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—Entonces, ¿así no voy bien? —Reki se movió por toda su habitación, como si de un pase de modelos se tratase, mostrándole su vestimenta al chico que lo miraba sentado en su cama con las piernas cruzadas. Miya mordió su labio inferior intentando aguantar una carcajada, sin embargo aquel intento fue en vano, pues su risa acabó retumbando por toda la estancia haciendo que el pelirrojo frunciese el ceño, molesto y avergonzado.
—Reki no puedes ir así a una cena de navidad —Miya cogió aire, apretando su barriga después de la risa —. ¿No tienes algo más arreglado que una sudadera y unos vaqueros?
Reki resopló y volvió a abrir todos los cajones de su armario. Rechazaba todo lo que veía sin la necesidad de preguntarle a Miya, pues ya sabía que el chico lo iba a odiar todo. Suspiró, cansado. ¿Por qué tenía que arreglarse tanto para esa cena? Solo eran unos amigos celebrando las fiestas juntos… ¿Por qué, además, tenía ganas de ir arreglado a esa cena? Bueno, quería que Langa lo viera de una forma diferente a cómo siempre vestía, algo más arreglado, algo más allá de la ropa con la que siempre hacían skate… ¿y por qué demonios quería que Langa lo viese así? Aquella pregunta tenía una respuesta mucho más complicada que todas las demás. Y tampoco estaba dispuesto a afrontarla escondiéndose siempre en que "serán cosas de su imaginación", "cosas de su cabeza" o "cosas con las que su corazón pretendía engañarlo". No quería aceptar que los nervios por ver a Langa cada día, la sonrisa de su rostro al verlo cumplir sus metas, o ese nudo apretado en la boca del estómago cuando algo malo le sucedía al otro era algo más que una simple amistad.
Quizá debería preguntarle a Joe y Cherry... negó para sí mismo. "Esos dos no saben ni ordenar sus sentimientos, no creo que puedan hacerlo con los míos". Suspiró, rindiéndose.
Divagó, mucho más de lo que creía, removiendo la ropa en sus cajones; no buscaba nada en especial, no buscaba nada, a decir verdad, solo quería tener un instante para sus pensamientos, para ponerlos en orden, para rechazarlos uno por uno según iban apareciendo.
—¡Reki! —la voz de Miya lo sacó de sus pensamientos, movió la cabeza, aturdido y se giró hasta mirarlo —. Llevo un rato diciéndote que esos vaqueros negros con esa camisa están bien.
—Hmm —Reki miró la ropa que tenía encima de la cama; ni siquiera se había dado cuenta cuándo había sacado todo aquello de su armario —. Ni siquiera sabía que tenía esa camisa.
—Pues agradécele al Reki del pasado que la comprase, porque si no irías hecho un desastre —Miya se estiró en la cama y se levantó de un salto —. Me iré a casa, yo también tengo que arreglarme.
—¡Ah! —Reki miró su móvil mientras Miya recogía sus cosas —. Joe dice que se retrasa la cena media hora, ha tenido problemas con el risotto.
—Esos problemas se llaman Cherry… —Miya rodó los ojos, poniendo cara de asco —. Estoy harto de esos dos, y eso que son los adultos del grupo… En fin, ¡pues nos veremos en el restaurante!
Cuando se quedó solo, Reki se tumbó en la cama, sobre toda su ropa, sin importarle mucho que algo acabase arrugado bajo su peso. Quería ir a patinar, hacía ya un par de días que no lo hacía. Los mismos días que llevaba sin ver a Langa. Un suspiro dejó sus labios. Tenía incluso más ganas de ver a Langa que de patinar.
Entonces se levantó de la cama de un golpe. Los ojos abiertos de par en par. El corazón saltando en su pecho. ¿Tenía más ganas de ver a Langa que de patinar?
—¡¡¡¡MAMÁ!!!! —el grito del chico retumbó por la casa entera. Sus hermanas, que jugaban en el salón, se asustaron y su madre, que preparaba la cena, corrió hasta la habitación de su hijo, abriendo la puerta de par en par esperando encontrarse lo peor.
—¿¡Qué demonios pasa?! —la mujer se acercó a su hijo, inspeccionando cada detalle de su rostro, por si podía encontrar algo que estuviese mal —. Reki, ¿qué es?
—Mamá… —Reki tragó saliva intentando así que las palabras saliesen más fácilmente de su boca, aunque no sirvió para absolutamente nada. El chico gruñó, frustrado —. Mamá, tengo ganas de ver a Langa.
La madre se cruzó de brazos un instante, enarcando una ceja y mirando fijamente a su hijo.
—¿Todo esto… por que quieres ver a Langa? —Reki asintió con intensidad.
—No solo eso —cogió aire —, tengo más ganas de verlo que de hacer skate.
La mujer entonces relajó su rostro. Sus facciones cambiaron y una sonrisa se dibujó en el rostro de la madre. Incluso Reki pudo escuchar una pequeña risa procedente de ella. La mujer acarició la cabeza de su hijo.
—Entonces, ¿por qué no te vistes y vas a buscarlo a casa? Así pasaréis un rato más juntos.
A Reki aquella idea de su madre le pareció la mejor del mundo. Su corazón empezó a latir, emocionado, solo con el simple pensamiento de pasar con Langa algo más que lo que durase la cena de amigos que iban a tener horas después.
***
Cuando Langa abrió la puerta de su apartamento sintió sus mejillas teñirse de un suave rojo. Reki estaba allí parado, con esos vaqueros desgastados y esa camisa azul que le resaltaba el rojo de su pelo. Reki también se quedó mirando a Langa más tiempo del necesario. Había cambiado su ropa habitual por unos pantalones grises y un jersey de cuello alto en color negro.
“Está muy guapo” pensaron ambos al unísono, perdidos en la mirada del contrario.
—¡¡Reki!! —la madre del medio canadiense apareció a sus espaldas, con una sonrisa enorme dibujando su rostro —. Justo Langa estaba hablando de ti…
—¡Mamá! —el chico se giró mirando a su madre de la manera más amenazadora que podía, rogando por que mantuviese la boca cerrada unos minutos.
—¿Ah sí? —Reki rascó su nuca, nervioso —. ¿De qué hablabas?
—¡Nada! —Langa movió la cabeza de lado a lado con ímpetu, impidiendo que su madre tomase la delantera —. Solo decía que hoy irías a la cena en el restaurante de Joe.
La mujer miró a su hijo, con sus mejillas sonrojadas, apartando la mirada de su amigo, y supo perfectamente lo que ocurría. Así que simplemente asintió, cómplice de la mentira de su pequeño. Ocultando que realmente Langa llevaba más de cuarenta y cinco minutos hablando sobre cómo iría Reki a la cena, si irían a hacer skate al día siguiente, sobre lo mucho que echaba de menos al pelirrojo y un largo etcétera de cosas, todas relacionadas con el chico que ahora estaba en la puerta de su casa.
—Bien —Langa se giró para besar la mejilla de su madre y coger una bufanda —, nos vamos o llegaremos tarde.
—¡Pasadlo bien! —la mujer se despidió de ambos con la mano —. No volváis tarde. ¡Abrigaos!
Ambos caminaban hacia el restaurante sin hablar de nada, aunque el silencio que los envolvía no era incómodo para nada; al contrario, era acogedor y calmado, no necesitaban palabras para disfrutar de la compañía del otro.
A pocos metros del restaurante ya veían el coche de Hiromi, también podían escuchar los gritos de Kaoru y Kojiro en el interior. Reki soltó una suave risa, imaginando la escena. Langa lo miró de medio lado, intentando averiguar el por qué de esa tímida carcajada.
—Seguro que se están peleando por el vino —Reki sonrió de medio lado.
—A Cherry le gusta tinto.
—Y a Joe blanco —ambos sonrieron —. Así que Joe habrá puesto blanco y Cherry le estará diciendo…
—… ¡no me pongas esta bazofia de vino, gorila estúpido! —hablaron al unísono, leyéndose la mente.
Una suave brisa los envolvió en ese preciso instante. Reki sonrió al darse cuenta del rojo de la nariz de Langa, aunque pensó que era por el frío. ¿Cómo podía imaginarse que el sonrojo de Langa había sido por ver cómo su flequillo se había sacudido por el aire y había podido admirar el ámbar brillante de sus ojos? No podría imaginarlo ni en un millón de años.
—Vamos, seguro que Miya también está que echa humo esperándonos.
***
Al terminar la cena Hiromi acordó que el llevaría a un Miya somnoliento hasta casa. Y ni Reki ni Langa quisieron preguntar por qué Cherry parecía estar alargando más de la cuenta el quedarse en el restaurante con Joe, quizá porque ya sabían la respuesta o quizá porque no querían saberla realmente.
Al abrir la puerta del restaurante el frío azotó sus rostros y ambos se abrazaron a sí mismos. Ellos también querían que alguien los llevase en la calidez de un vehículo hasta la puerta de su casa, pero Hiromi se había marchado minutos antes mientras Langa ayudaba a Kojiro a recoger todo el estropicio que el propio Hiromi había creado mientras lloraba por esa mujer de la floristería.
—Reki, es tarde —Langa miraba sus pies mientras hablaba, nervioso —, si quieres puedes llamar a tu madre y dormir en mi casa… Tengo un cuarto de invitados.
—Eh —Reki tuvo que cerrar la boca un instante, mientras por su cerebro activaba la alarma y empezaban a acumularse miles de pensamientos —. Sí, sí. Le mandaré un mensaje, quizá ya esté dormida.
Al sacar las manos de los bolsillos, Langa pudo observar cómo el blanco y el rojo se había apoderado de ellas a causa del frío. Reki tiritaba, aunque quería disimularlo a toda costa. También temblaba de los nervios. De pensar que iba a pasar más tiempo todavía con Langa. El canadiense no pensó demasiado y tocó con la punta de sus dedos el dorso de la mano de Reki; el otro detuvo sus pasos, casi sin creerlo.
—Tienes las manos heladas —Langa lo miró, con su gesto serio, casi sin expresión. Y Reki no supo interpretar ese tono de voz —. Trae, yo al menos las tengo calentitas.
Y no dijo más antes de entrelazar sus dedos con los del otro. Reki quería decir algo, algo así como “no es necesario” o “tengo unos guantes en el bolsillo, Langa”, pero las palabras se atascaban en su garganta cada vez que intentaba empezar a hablar.
Mientras avanzaban, así, agarrados de la mano, Reki se quedó divagando, esperando a que el otro soltase el agarre; el tacto de Langa era suave, era gustoso y, sí, sus manos realmente estaban calentitas en comparación a las de él, así que no quería perder la oportunidad de tener sus dedos apretados contra los de Langa un poco más. Disfrutaría del momento un tiempo, al menos hasta que el otro quisiera soltarlo.
Quizá Reki se habría puesto un poco más nervioso si hubiese sabido que Langa no lo iba a soltar por nada del mundo.
