Chapter Text
Era el primer día en el que Chifuyu trabajaba de cajero en aquella gasolinera. El turno de noche era de lo más aburrido pero estaba acostumbrado a esperar.
Escondido tras un manga sobre el mostrador, leía sin prestar mucha atención mientras le molestaba la luz tintineante de los fluorescentes. Su flequillo oscuro le defendía de vez en cuando y a veces le impedía ver. La radio estaba rota, las cámaras apagadas. Algunos mosquitos se reunían alrededor de las lámparas y de los frigoríficos. A decir verdad, el ruido de fondo impedía un silencio absoluto en aquella tienda anticuada, escondida a las afueras, pero cerca de las luces nocturnas de Tokyo.
Estaba a punto de cerrar, no pisaba un alma la entrada desde hacía una hora entera. El reloj de la pared marcaba la una menos diez cuando la puerta de cristal se abrió, dejando entrar una ligera brisa de verano.
Chifuyu tenía un oído muy refinado. Así que levantó la vista poco a poco de las hojas entintadas, tras percibir el golpe de un dedo contra el seguro de una escopeta. Sus ojos verdes se encontraron con los de aquel hombre que le amenazaba.
—Dame todo lo que tengas.
Colocó el arma delante de su cabeza y le lanzó una enorme bolsa de basura.
—Si haces lo que te digo, saldrás de esta, chaval.
Tras echarle un vistazo, Chifuyu notó cómo temblaban los brazos y las piernas de aquel encapuchado. Y sin pensárselo mucho, se encogió de hombros y tiró aquel manga shojo al suelo. Se puso los guantes de trabajo, a juego con su uniforme azul que estaba como nuevo. Abrió la caja registradora y sacó un billete tras otro, mientras el ladrón le metía cierta prisa.
La boca de la escopeta rozaba sin parar su mono de trabajo, pero el que la sostenía no estaba manteniendo la mirada fija en el objetivo. Sus pupilas dilatadas jugaban a un partido de tenis que empezaba en la puerta y acababa en las manos de Chifuyu, que lentas como tortugas, obedecieron la única orden que tenían.
—¿Eso es todo? —preguntó con los dientes apretados. Continuaba señalándole con el arma.
—Si quieres te pongo un ambientador de pino — suspiró, jugándose el pellejo—. O unos chicles de fresa.
—¿Te crees muy listo? —Su dedo temblaba en el gatillo.
Chifuyu levantó los brazos ante el gesto y eliminó la sonrisa de su cara; ese hombre iba en serio.
—Gilipollas.
Por suerte o por cobardía, se alejó andando como un cangrejo desconfiado. Retiró el arma entre ambos y se dio la vuelta justo en la salida. Dispuesto a pegar la carrera del siglo al tocar el pomo de la puerta de cristal.
—Eh, tío —Chifuyu lo llamó.
El ladrón giró sobre sus talones y antes de poder darse cuenta de que el cajero había sacado un arma, recibió un tiro en la cabeza. Sin desviarse ni un centímetro, en la parte de la nariz.
—Tu cambio.
***
La bolsa y el cuerpo cayeron sobre las baldosas como pesos pesados. Chifuyu guardó la pistola bajo el mostrador y recogió el manga que había cogido prestado. Con los codos sobre la mesa, quería terminar de leer aquel capítulo donde la torpe protagonista tenía que elegir con que chico guapo y anormalmente idiota quedarse. Podía darse un capricho tras todas las molestias que le había causado aquel ladrón de tres al cuarto. Llevaba esperándolo toda la noche, y ahora, iba a obligarle a hacer horas extra para limpiar todo ese desastre.
—Como si no tuviese cosas más importantes que hacer —masculló, estirándose, aunque nadie pudiera responderle.
Entre refunfuños, sacó toda la energía que le quedaba para meter a ese tipo en otra bolsa enorme y poder frotar a conciencia los restos de aquel cuadro de sangre. Antes era más preciso a la hora de hacer volar algún que otro seso, pero en estos últimos meses, le estaba costando mucho poder concentrarse. Esta vez solo quería acabar pronto para ir a su cita. Pensaba que era estúpida, pero era suya al fin y al cabo.
Cuando dio por terminada la limpieza, arrastró la bolsa hasta el maletero de su coche. Viejo, recién pintado y sin matrícula.
<< Y con olor a quemado. >>
Se había olvidado la ropa, así que se puso encima un abrigo grueso con cuello para disimular el olor a sangre y productos de limpieza. No era suyo, lo sabía porque todavía olía a esa persona. Encendió el motor y condujo con parsimonia, sin llamar la atención, hasta el punto de encuentro. En el asiento del copiloto le acompañaban el manga abierto por la mitad y unos cuantos fajos de billetes arrugados, de propina, por el esfuerzo.
El edificio donde había quedado se encontraba en una zona apartada del centro, a pocos minutos de su último trabajo. No había muchas farolas que funcionasen y a esas horas solo quedaban borrachos y gatos nocturnos por la calle. A lo segundo trataba de dar un hogar, a lo primero de alejarlos de su camino.
No le fue difícil esconder el vehículo en el mismo callejón maloliente de siempre. Cargó al hombro la bolsa en la que relucían los destellos de cualquier luz que le iluminase y lo guardó en un contenedor vacío que estaba de pega. Dentro, ya había otro visitante a juego que haría una innegable compañía al suyo. Gran conversación intelectual.
Subió por las escaleras de incendios con más velocidad de la que había conducido y al verle sentado sobre los canalones oxidados mientras enseñaba los colmillos, se le iluminó la cara. Aunque se le apagó al verle fumando de nuevo.
***
Él le miró desde arriba con curiosidad y una mueca sonriente dibujada en el rostro.
Baji era un chico larguirucho, tenía pequeñas quemaduras por todas partes y su cabello negro le hacía parecer todo lo demonio que podía llegar a ser. Y probablemente siempre fue.
Alargando un brazo, agarró a Chifuyu del codo y le ayudó a escalar hasta al tejado. A pesar de que llevaba esperándolo allí sentado un par de horas, no parecía enfadado. Tras dar una calada, solo le preguntó:
—¿Te ha seguido alguien?
—No lo sé —respondió sin interés y levantó los hombros—. Tampoco me importa.
Solían hacerse esa pregunta aunque ya supieran la respuesta. Baji se mantuvo en silencio unos segundos e hizo lo mismo. Ante la mirada de muerte de Chifuyu, soltó una risilla nerviosa y decidió apagar el cigarrillo contra la suela de sus deportivas hechas polvo. Pero no pudo evitar que el más bajo se acercara de mala gana y aplastase la punta de su nariz con los dedos.
—Baji, cuando me dijiste que me debías una cena, no me esperaba acabar tomando hamburguesas a las dos de la mañana sobre un trozo de chapa.
Chifuyu señaló con la cabeza el pequeño picnic socorrido que había montado sobre todas aquellas tejas malogradas. Con bolsas de papel manchadas de aceite sobre una manta, un par de bebidas del tiempo y alguna que otra servilleta suelta por pura cortesía. Baji era un chico que daba sorpresas. Así que hizo unos cuantos aspavientos con los brazos para liberarse del agarre.
—Es cuando mejor sabe —dijo, y contó con los dedos—. Como la segunda cena o la última cena. O el pre-desayuno, la comida más importante de la noche.
Chifuyu puso los ojos en blanco y se dejó caer sobre el tejado junto a él. Cerró los ojos hasta que Baji le lanzó sobre el abdomen una hamburguesa envuelta en papel grasiento, sus favoritas. Se hizo una coleta de caballo socorrida y le ordenó comer, mientras devoraba la suya y hablaba al mismo tiempo. Chifuyu era más bajo que él y aún más delgado pero también tenía más mal genio.
—¿Cuánto te van a dar por ese? —preguntó Baji, con la boca llena de pan.
Señaló con el pulgar el cadáver que había escondido en el contenedor de abajo, justo al lado del suyo. Chifuyu frunció el ceño mientras trataba de sentarse adolorido y se quitó los guantes que aún tenían manchas rojas dibujadas. Tiró de ellos con los dientes y los guardó deprisa en los bolsillos del abrigo. No acostumbraba a dejar huellas en ninguna parte; solo en una persona.
Baji observaba la escena con mucho placer.
—¿No te pagan otra vez? —adivinó tras tragar la comida como un pato. Que le ignorase no era buena señal—. Es… ¿por lo de la última vez?
—Lo siento, no hablo bocallena —Chifuyu recibió un codazo en las costillas y evitó la pregunta que no quería responder con otra nueva—. ¿Y tu acompañante?
—Por ahí anda, tranquilo, no va a irse a ningún sitio —respondió con sorna, volviendo a señalar el contenedor falso. Sabía que Chifuyu era astuto pero se podía confiar en él—. Traficante de primera, drogó de más a quién no debía, tiro en el ojo derecho. ¿Y usted?
Baji apoyó las manos sobre el tejado, a ambos lados y con los hombros a la vista. Le habían robado el abrigo para las noches frías de verano.
—Ladrón de poca monta, iniciado en una banda, se cargó a quién no debía, tiro en la napia. —Chifuyu le siguió el juego y dejó caer la cabeza sobre el hombro desnudo de Baji, pegó un bostezo antes de volver a hablar—. Siempre estamos igual. ¿No ibas a dejarlo?
—¿Y tú qué?
—No, no. Tú primero, yo luego te sigo.
—Insisto, los tontos van antes.
Si alguien común y corriente les estuviese viendo ahora, le parecería que discutían sobre dejar de fumar.
Terminaron de comer y de lanzarse patatas fritas el uno al otro. Tras hacer un ruido insoportable sorbiendo por la pajita, Baji se puso el jersey que llevaba atado a la cintura y se tumbó bocarriba como acostumbraba a hacer, con las manos cruzadas tras aquella nuca de mechones azabaches sueltos.
Chifuyu dejaba caer el peso de su cabeza contra su pecho, más somnoliento que despierto. Aspirando el aroma que desprendía aquel jersey gris que picaba y que tanto conocía. Que siempre llevaba consigo y le daba sentido a todo. Su piercing de la oreja a veces se enredaba con el pelo de Baji.
Mientras era confundido con una almohada, Baji retiraba el brazo y posaba una de sus manos sobre la cabeza de Chifuyu. Le gustaba jugar con sus mechones suaves y teñidos de cabello negro, al observar las estrellas, o los satélites, o incluso los aviones que cruzaban el cielo nocturno.
***
—Eres una terrible influencia para mí —Baji canturreaba, en su afán de molestar el mayor tiempo posible en la Tierra.
—Bueno, he matado a gente que se lo merecía. Pero eso no me hace menos culpable.
Chifuyu contestaba con la cara engullida en el pecho de Baji y apenas se le entendía. Como si hablase en sueños. Como si solo pudiese descansar allí.
—Somos unos monstruos —Baji se reía. Hizo gestos fantasmagóricos al mover los dedos de su mano libre, enredándose aún más en el pelo de Chifuyu—. O así es como nos llama el periódico.
—Los monstruos no tienen la culpa de que gente como tú y yo existamos —dijo adormilado.
—Quizá no deberíamos existir.
Aquella frase silenciosa era lo suficientemente fuerte como para despertar a Chifuyu por completo y hacerlo levantarse de golpe entre pequeños quejidos. Baji volvió a sentirse un poco más solo de repente, observó cómo Chifuyu le daba la espalda al sentarse sin haberse alejado de él.
Baji arrugó la frente, sin poder retirar la mirada del sitio exacto en el que su jefe había disparado a Chifuyu en el último enfrentamiento entre sus bandas. Quería preguntarle si le dolía, quería preguntarle tantas cosas que le hacían sentir diferente. Pero ya sabía la respuesta que iba a recibir. Nunca pasaba nada pero por su cabeza pasaba un todo demasiado deprisa. A veces podía jurar que se le escapaba el corazón del pecho, y si eso pasase, se lo daría a Chifuyu sin problemas.
<< Tenía muy claro lo que tenía que hacer, iba a hacerlo. >>
—Quizá sirvamos para otra cosa.
La voz de Chifuyu le sacó de sus pensamientos y se relajó de nuevo. Le hablaba de espaldas, con las manos apretadas. Él respondió, dando un chasquido con la lengua. Ya habían tenido esta conversación antes.
—¿Cómo qué?
—Yo qué sé, ¿nunca has pensado en retirarte algún día? Lejos.
—Bueno, he pensado en acabar dentro de un ataúd de aquí a cinco años —bromeó Baji.
—No seas imbécil —hinchó las mejillas, las posó sobre sus nudillos—. Me refiero a vivir en el campo, respirar aire fresco, trabajar la tierra.
<< Ya sabes. Cosas de esas. >>
—Me atropellarías con un tractor el primer día —Baji ya no sabía cómo tomarse aquella insistencia en lo imposible, así que se reía enseñando sus colmillos—. Y ya trabajo la tierra, Chifuyu, entierro gente en ella.
El moreno le ignoró, como solía hacer cuando el del pelo de anuncio de champú soltaba estupideces de tres en tres.
—Yo creo que estaría bien. —Chifuyu comenzó a jugar con sus dedos, a mirarlos—. Comeríamos mejor, nadie nos obligaría a matar a nadie, como mucho podríamos cargarnos al vecino toca narices o podríamos tener mascotas. Yo me encargo de los gatos y tú de los perros.
<< Siempre he querido llamar a uno, Excalibur. >>
—Me parece justo —asintió Baji, ajustándose la coleta—. ¿Y cuándo me dices que te despiertas?
—Justo ahora —bufó y se llevó las manos a la cabeza, a la frente. Como si fuese una migraña—. Lo digo en serio, estoy harto de vivir en tejados.
—A mí me gusta, es cuando estoy contigo.
Baji gateó un poco hasta quedar de rodillas, tras él. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos para envolver el cuerpo de Chifuyu en un abrazo perfecto.
Era lo más cálido que recordaba.
—No lo he dicho en ese sentido —Chifuyu arrastró las palabras y se dejó caer de nuevo sobre el pecho de Baji. Agarrando una de sus muñecas
Porque para Baji la vida era muy sencilla, en ese instante, tenía entre sus brazos todo lo que necesitaba para seguir vivo. Todo lo demás era puro papeleo, modales, maneras, rutinas. Esperas y sangres. Para el chico del flequillo largo y teñido por séptima vez eso no era suficiente. Quizá porque era unos años más pequeño e iluso, o porque era más listo que ninguno. El chico de la coleta quería pensar que algún día lo sería, pero Chifuyu no olvidaba y Baji no podía darle lo que él quería.
Ilusiones, espejismos, anhelos.
<< Imposibles, fantasías, mentiras. >>
No pertenecían al mismo lugar y eso debía cambiar esa noche, Baji ya no podía esperar más a que los sueños de Chifuyu se cumpliesen por arte de magia.
—¿Sabes? —Se estiró todo lo largo que era—. En el fondo tienes razón.
Fingía no prestar atención cuando se levantó poco a poco. La mano de Chifuyu quedó en el aire al notar como Baji se alejaba de su agarre. Dejándolo helado, le había dado la razón en algo.
—Hoy estás raro —le respondió.
—Lo soy.
—Más raro.
Chifuyu se abrazó a sí mismo, notaba que fallaba algo. Baji anduvo por el tejado durante un par de minutos, sin que sus miradas se chocasen en ningún momento.
Entonces se detuvo, sacó el paquete de tabaco de sus calcetines y lo lanzó lejos, a la carretera. Después se mordió los nudillos, una extraña costumbre que le aliviaba cuando estaba nervioso. Fingir también era parte de ser un asesino.
—¿Te has vuelto a meter en un lío? —preguntó Chifuyu con una voz muy dulce, de otro mundo. Tratando de acertar con suerte.
Ese sonido siempre lo traía de vuelta de su propio infierno. Y la última vez que le sacó, recibió un balazo en las costillas que por poco lo mata. Baji alzó la cabeza y respiró profundamente con el abdomen. Con los ojos dorados y vidriosos, sacó un bulto envuelto de sus bolsillos y se lo lanzó sobre el regazo.
La mirada de Chifuyu se heló tan rápido como su sangre y su respiración se detuvo. Un brillo metálico escapó del macuto que Baji le había tirado.
—Tengo un trabajo para ti.
***
—Hablas como el idiota de mi jefe. —Chifuyu negó con la cabeza repetidas veces—. ¿Qué es esto?
Sabía a la perfección lo que era, lo notaba en el peso, lo sentía en la frialdad que emanaba y sobre todo no quería creerlo. Quería confiar en que le estaba gastando una broma, en que sería otra hamburguesa explota venas con la que intoxicarse. En que volverían a quedar en el mismo tejado, en unos días, en unas semanas, cuando fuesen libres de todas sus deudas una vez más. Aunque cada vez esos momentos pareciesen más lejanos entre sí. Nunca del todo pero aun así juntos.
—Pues es una pistola —contestó Baji, tan rígido como el mármol—. Se la birlé a uno de los tuyos la última vez.
—No.
Las sílabas se dibujaron en sus labios muy despacio. Serias, aterradas.
—Lo vas a tener que hacer igualmente —suspiró derrotado y levantó los brazos—. Digamos que tu jefe y el mío no se llevan del todo bien. Es cuestión de tiempo que no podamos ni decidir.
—¿Y qué? ¿Ahora somos enemigos? —Chifuyu se puso en pie como el muñeco de una caja de música, tan rápido como si funcionase con una manivela que Baji acababa de girar con fuerza—. No voy a matarte.
Hizo el amago de devolverle la pistola entre las manos desnudas. Pero Baji no se movió, no se acercó. Como un animal herido que desconfía de los humanos, acorralado. Se mordió el labio inferior y sonrió. Casi haciéndose sangre. Sus ojos encogidos le descubrían por completo pero sonreía. Y su voz se quebraba con cada palabra raspada que escapaba por su garganta.
—Lo saben, joder, saben que nos vemos todas las noches.
—¿Y a nosotros qué? —Chifuyu se llevó una mano al pecho y apretó con fuerza los botones de su abrigo prestado, gritó sin importar que alguien pudiese oírle. Quería que alguien le oyese en especial—. ¡Teníamos un código! ¡Tenemos un código!
—Pues lo rompo.
Baji alzó los hombros, tranquilo, sin más. Metió las manos en los bolsillos grandes del pantalón vaquero y vio como Chifuyu enfrentaba su vista contra el tejado, el suelo de ambos. Con los párpados cerrados con llave y los puños apretados, negó sin parar.
—¡No puedo hacerlo! —amenazó, sintiendo un enorme calor en el rostro. Un fuego enrojecido—. No puedes pedírmelo.
—Ya lo sé —murmuró el chico de los colmillos blancos, de repente, parecía mucho más mayor de lo que en realidad aparentaba—. Por eso voy a hacer esto.
Baji solía esconder más de una sorpresa en la manga. Acostumbraba a llevar un par de armas de fuego en cualquier parte del cuerpo, por si las moscas. La primera se la había otorgado a Chifuyu, la segunda acababa de sacarla tras su espalda y apuntaba al mismo chico con ella.
Chifuyu abrió los ojos al escuchar el contacto que liberaba el seguro. Un par de pasos llevaron a Baji en su dirección, frente a frente, apuntándole a la cabeza. Así disparaban ellos, rápido, sin dolor, sin fallar ni una sola vez desde que eran pequeños. Conocidos y temidos por ello.
—¿De verdad vas a apretar esa pipa?
Los párpados de Chifuyu estaban tensos, su cuerpo seguía cansado por los últimos meses, por toda su vida. Pero por dentro solo quería romper en llanto, aunque no recordase cómo se hacía. Jamás le había dolido tanto un gesto al que estaba tan acostumbrado.
—Como si no me hubieses visto hacerlo antes. Vamos, ahora me dirás que empiezas a tener sentimientos —amenazó Baji. Su tono era desafiante y hacía todo lo posible para que sus manos no temblasen con cada mentira, con cada gota de sudor en la frente. Con la brisa de verano removiendo su coleta casi deshecha—. No me fastidies.
—Si esto es una manera de buscar que me confiese, es muy mala —sollozó Chifuyu entre algún que otro hipido, en busca de aire que traspasase el nudo de su garganta.
Quería buscarle la gracia como Baji solía hacer, pero no funcionaba. Un par de lágrimas recorrieron sus mejillas sin permiso alguno, hasta llegar a una sonrisa lastimera.
—¿Por qué haces esto?
—Porque si tú no lo haces, y no lo harás. Tendré que hacerlo yo —Baji hablaba entre dientes, con la sonrisa nerviosa puesta, con la mandíbula apretada. Si la separaba, se le escaparía todo el aire de los pulmones—. Y si tengo que matarte, mejor ahora que nunca. No puedo encariñarme más contigo, ¿lo entiendes?
Jugueteó escogiendo sus palabras precisas, era como hablarle a un gato de la calle.
—¿Y para qué me la has dado?
Apenas podían verse los ojos del moreno tras aquel flequillo largo, pero el brillo de sus ojos verdes era tan deslumbrante como el de la pistola que ahora alzaba en la mano.
—Como si no fueses a defenderte. —Se escudaba Baji. Deseando que fuese cierto, que Chifuyu acabase con todo de una vez—. No eres una víctima cualquiera, imbécil. Siempre te he considerado un igual, y si tiene que pasar, quiero las mismas condiciones.
Una risa desquiciada empezó a escapar poco a poco de la garganta de Chifuyu. Sorbió por la nariz y se secó las lágrimas saladas con la manga de su abrigo. Del abrigo de Baji.
—Me matas y encima quieres elegir cómo —murmuró Chifuyu, echando la cabeza hacia atrás.
Observando el cielo nocturno por un último segundo más, con la vista empañada de lágrimas rebeldes. Sin estrellas, sin satélites. Y sin aviones.
—¿Todo se acaba así sin más? —soltó una carcajada seca, segura y bajó la cabeza para enfrentar a su oponente—. No me da la gana.
Tiró la pistola al suelo y le miró a los ojos como si pudiese ver a través de él, de todo lo que pretendía hacer.
—Yo nunca decido nada, ¿verdad? —ladeó levemente la cabeza—. Si tan claro lo tienes, dispara entonces.
Recibió como respuesta un chasquido con la lengua.
—Nunca has sido bueno siguiéndome el rollo, ¿verdad? —Baji agarró el arma con ambas manos, con chulería, dejó de temblar—. Te has vuelto un blando de mierda.
—Ya te dije que quería dejarlo, quizás esta vez no tenga otro remedio.
Chifuyu rodó los ojos y se dejó caer de rodillas sobre las tejas, un ruido seco que habló por sí solo. Desarmado, preparado y decidido. Sin más miedo, sin más arrepentimiento. Con toda su alma a la vista de quien lo viera.
Y Baji comenzó a mostrar su resolución, con los ojos rojos y una voz quebradiza que lo delataba.
—Nos perseguirían eternamente, nadie es de fiar, lo sabes —asintió, mostrando sus colmillos—. No hay otra opción.
—Lo sé, adelante.
—Sabes por quién lo hago.
Baji solo podía pensar en que Chifuyu se merecía una vida, lejos de los tejados de los que él no podría escapar nunca. Lejos del dolor de los disparos, de las traiciones, de los trabajos forzados, de las esperas eternas para verse solo unas horas, de las salpicaduras de la sangre caliente, lejos de él.
—Sabes por quién —se repitió, mordiéndose el labio inferior.
Él no podía huir, tampoco convencerlo.
—Y yo te quiero, Baji —dijo Chifuyu en un susurro, resguardado en una sonrisa tan pura como la primera que tiene alguien al ver al amor de su vida—. Aunque seas un estúpido.
—Qué le vamos a hacer. Lo hemos pasado bien.
Baji le devolvió la sonrisa, bajo las mismas estrellas, los mismos satélites, y quizá los mismos aviones de siempre.
Bajo el cielo, sobre el tejado. En la ciudad donde ambos se habían conocido, criado, nacido. Su Tokyo, sus tejas viejas y frías, sus mangas de chicas, sus hamburguesas grasientas, sus abrigos calentitos, sus jerséis que picaban, su coche que olía a quemado, sus gatos callejeros a los que adoptaban sin siquiera parar a pensarlo.
<< Su Chifuyu, su Baji. >>
Su todo.
Sabía que iba a hacerlo tarde o temprano. Así que empuñó con fuerza el arma, con solo una mano firme, la sujetó. Respiró por la nariz, soltó el aire caliente por la boca. Y de un mero movimiento, cambió la dirección de la boca de acero hacia su propia sien.
Tal vez, por puro instinto, o por otra cosa que nadie podía reconocer. Chifuyu abrió los ojos, horrorizado, y se arrastró hasta la pistola que había tirado sobre las tejas rotas. La agarró sin dudarlo y apretó el gatillo, como siempre, sin fallar en el objetivo.
***
Al amanecer, varios coches de policía aparcaron a la entrada de aquel edificio de mala muerte, que antes había sido un hotel variopinto. Una cinta policial recorrió el edificio sin sentido.
La vecina medio sorda del piso más alto los había llamado tras oír un par de disparos a las cuatro de la madrugada. Dos detectives escalaron por la salida de emergencia, engullidos en sus gabardinas. Y en aquel tejado, hallaron dos cuerpos con la cara deformada y las dos armas del delito.
—Se dispararon ambos desde muy cerca. Menudos bestias.
—¿Quiénes son, Tachibana? —preguntó uno de ellos.
Naoto Tachibana se agachó junto a ambos cadáveres, sin despeinar su flequillo perfecto y oscuro.
—Por la forma de los cuerpos y del cabello, me gustaría pensar que son Chifuyu Matsuno y Keisuke Baji. Sus bandas son enemigas desde hace generaciones. Esas pistolas tienen la marca de ambas familias.
El detective más joven agudizó la vista y descubrió aquella letra S grabada en el frío acero, que delataba a la mafia de Sano.
—¿Los asesinos en serie? Eso sí que sería matar dos pajarracos de un tiro —se rio.
—Por la forma —dijo Naoto, llevándose la mano al mentón—, parece hasta pasional.
Los cuerpos estaban juntos, uno encima del otro. Las armas estaban justo al lado. Y una de ellas tenía la herida limpia de una bala marcada.
—Oh —susurró el detective Tachibana, y después sonrió—, que raro.
***
« Los cadáveres hallados en una de las periferias de la región de Kantō, no pertenecen a los ya conocidos como amantes del tejado. A pesar de la sangre salpicada encontrada sobre los cuerpos, tras varias pruebas fehacientes, los forenses hallan otro código genético que pertenecía a dos hombres desaparecidos la misma noche de los hechos. Nos revelan que murieron horas antes en circunstancias y lugares diferentes. La policía aún no ha… »
Tras morderse los nudillos con insistencia y raspárselos con esa corta barba oscura, que casi era pelusa, Baji se cansó de leer de pie en voz alta y arrugó el periódico extranjero en forma de cilindro.
—Tuviste una idea horrible —dijo, y golpeó al más pequeño en la nuca con su arma arrojadiza de papel tintado. Como el que enseña a un perro maleducado a obedecer—. ¡Aunque al menos nos han cambiado el mote!
—Por algo soy tu mala influencia. No haberme seguido.
Chifuyu se quedó sentado y escondió el cuello entre los hombros, su camiseta blanca y sudada parecía más grande que de costumbre. Tanto, que metió media cabeza por el cuello de esta, gimiendo molesto. Su pelo corto y rubio, sin teñir, se movía solo con la brisa del otoño. Habían tenido una tarde dura trabajando pero ya no estaba tan cansado. A pesar de que Baji le golpease suavemente con los dedos de los pies en el culo, o le pinchase con el periódico, para demostrarle lo enfadado que estaba.
—Cómo para no hacerlo… —Baji se cruzó de brazos, soltando un bufido por la nariz, deshaciéndose su coleta de trabajo. Dejó en el suelo, empujando con el pie un cómic nuevo que había comprado, acercándolo a su futuro dueño. Se agachó a su lado y le tiró de la mejilla—. No sobrevivirías ni un solo día sin mí.
Chifuyu puso los labios como el pico de un pato y asintió.
—Tienes razón.
—Yo tampoco podría.
—Ya lo sé.
Aunque tratasen de buscarlos por todos los medios ya estaban demasiado lejos de todos ellos. Y no tendrían que verse encima de ningún tejado, podían hacerlo todos los días al despertarse. Llenos de tierra. O en el porche de madera donde estaban sentados, en las escaleras donde apoyaban la cabeza en el hombro del otro mientras se daban la mano. Porque en el campo, al caer el sol, junto a unos fajos de billetes de una gasolinera anticuada y un coche recién pintado sin matrícula, se ven mejor las estrellas, los satélites y, quién sabe…
<< Quizá los aviones también. >>
—Chifuyu.
—¿Qué? —canturreó en una vocecilla, con los ojos cerrados a través de ese flequillo largo que levantaba con pequeños soplidos
—Ya que dimos en adopción a los otros antes de irnos —se rio, enseñando los colmillos de siempre—. Tenemos que pillar otro gato.
***
