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Fue aquella madrugada tras sortear quién iba a ser el amigo invisible de cada uno, cuando Reki y Langa volvieron junto a Miya en el Micra con Shadow.
Mientras los otros tres charlaban con despreocupación sobre las carreras que habían presenciado y dándose cuenta que Miya nunca había tenido un Beef contra Reki, este empezó un pique entre los dos de quién podría a ganar con más facilidad; Langa estaba ausente de todo esto. Con su mano entrelazada a la de Reki en el asiento de atrás, pensaba en qué le podía regalar el día 25 que es cuando habían fijado a la noche repartir los regalos. Sin duda necesitaba el consejo de su madre.
Shadow les dejó en la esquina del restaurante de comida rápida donde Reki y él a veces compraban una hamburguesa pequeña como picoteo de madrugada.
No es que, extrañamente en él, tuviese mucha hambre, pero si Reki lo sugería, él nunca decía que no a una invitación a comer.
Sin embargo, tras quedarse solos, Reki se subió al monopatín y haciéndole una seña a Langa para que le siguiese, pasó de largo del restaurante y enfiló el camino en dirección hacia la zona donde se encontraban las viviendas de los dos.
Langa no podía negar que estaba desilusionado. No quería irse ya a dormir, quería quedarse un poquito más con Reki, pero no quería obligarle a trasnochar más si estaba cansado.
Así que le siguió en silencio, cuando se dio cuenta que giraba por una calle a la derecha, desviándose totalmente de la ruta habitual.
—¿Reki? —le llamó por si se había equivocado. El otro se giró y, a pesar de la oscuridad, pudo distinguir una sonrisa confiada.
Reki se conocía cada rincón de la ciudad y sin duda iba a algún lugar nuevo que quería enseñarle a Langa.
Aceleró la velocidad y se situó a la par de Reki. Este soltó una carcajada cuando justo llegaron a una cuesta. Aquello era una carrera y Langa nunca rechazaba un desafío. Esta vez le ganó Reki por poco al acortar tras grindear la barandilla de una casa.
Luego echó por el callejón trasero de esa misma casa.
Langa le imitó.
Al final del callejón Reki se detuvo y se giró sonriendo con ojos brillantes a Langa. Este se quedó boquiabierto porque detrás de ellos había un pequeño acantilado y se podía contemplar la bahía bañada por la luz de la luna.
—Reki, esto es precioso.
—Es una pasada. ¿ A que sí?
—Muy romántico.
—Sí.
Langa notó como la voz de Reki sonaba emocionada. Él adoraba eso de él, lo detallista que era y como siempre tenía mil sorpresas y nuevas cosas que mostrarle. La vida con él siempre era emocionante y llena de estímulos que le hacían sentirse tan vivo.
La luz plateada de la luna brillaba en los grandes ojos de Reki como si fueran dos espejos. Su piel parecía resplandecer, su cabello rebelde era agitado con suavidad por la brisa del mar y sus labios estaban entreabiertos lo que hacía más notable su respiración tranquila por la paz de aquel lugar.
Langa se inclinó hacia él y le besó.
Su boca fue bienvenida y abrazada con anhelo. Notaba el ligero sabor salado del dentífrico favorito de Reki mientras su lengua tibia jugaba con la suya. Estaba ansioso y hambriento de él, como Langa lo estaba cada vez que estaban juntos pero debían contenerse porque había más gente alrededor.
Reki emitió un gemido quedo cuando Langa jugó a acariciarle el paladar. Le abrazó pegando totalmente su pecho contra el de él y su mano derecha empezó a acariciarle la nuca mientras sus dedos se enredaban en los mechones suaves de su cabello. Notaba las manos de Reki apretarse contra los omoplatos de Langa siguiendo el mismo ritmo que sus labios al moverse juntos.
Langa notaba como su corazón se empezaba a acelerar conforme las respiraciones de los dos se alteraban y un calor muy picante crecía bajo su estómago. Quería más, mucho más.
Entonces Reki le empujó y se echó dos pasos atrás, bajando la cabeza, mientras decía con voz descompuesta:
—Basta.
Langa le siguió sin comprender su reacción.
—¿Reki, estás bien?
Reki se estaba tapando la cara con los brazos, lo que Langa sabía que era porque estaba totalmente sonrojado.
Aquello le hizo sonreír con ternura.
Juguetón le preguntó:
—¿Acaso no te gustaba lo que nosotros hacíamos?
Reki chasqueó la lengua y soltó un sollozo sin descubrirse el rostro.
—Sabes que me gusta demasiado.
—¿Entonces por qué no seguimos? —continuó un poco más su juego Langa.
—¡Langa! —le advirtió Reki bajando un poco los brazos y pudo ver su ojos con una mirada desaprobadora.
Langa sabía que de seguir siendo travieso, Reki se iba a enfadar con él, así que respiró hondo y deseó que el frío de aquella noche de diciembre enfriase también su cuerpo.
—Podemos hablar de otro tema que nos distraiga —le propuso.
Reki asintió.
—Sí, por favor, conforme estoy no puedo patinar.
Aquello provocó una risita de Langa.
—¿De qué te ríes? —se hizo el ofendido Reki—Tú también…
—Lo sé.
—¡Ahhh! ¡Cambiemos de tema, por favor!
—De acuerdo, de acuerdo.
Lo único de que quería hablar Langa, además de como se excitaban mutuamente al besarse, era sobre quién le había tocado a Reki como amigo invisible, pero sabía que el otro se iba a negar a responderle porque era arruinar el fin del juego. Tenía razón.
Así que le dijo con ternura:
—Me encantaría pasar la Nochebuena contigo.
Langa esperaba una réplica cariñosa tipo „ a mí también“, pero Reki lanzó un chillido, bajó sus manos de la cara completamente por la sorpresa y Langa apreció como su rostro estaba igual de rojo que el de un semáforo.
—¿Que tú quieres que nosotros, tú y yo?
Langa no comprendía el porqué estaba tan abochornado y como perdido.
—Sí, pero quizá mi madre no esté de acuerdo.
—Ten por seguro que mi madre tampoco.
—¿No? —exclamó Langa desconcertando—. Pensaba que al no ser tú cristiano, no le importaría tanto a tu familia.
—¿Que tiene que ver esto con ser cristiano o no…?
En ese momento el rostro de Reki se quedó como congelado, sus pupilas se dilataron y su boca quedó abierta a media frase.
—Un momento, un momento, creo que no estamos hablando de lo mismo —añadió moviendo las manos con vehemencia.
—Sí que lo hacemos, estamos hablando de pasar juntos la nochebuena.
Reki tragó saliva para darse ánimos antes de atreverse a preguntar:
—¿Juntos dónde?
Langa no entendía el porqué Reki estaba tan nervioso.
—En mi casa.
—¿En tu casa? —repitió sin calmarse en absoluto.
—Así podrás probar el asado tan delicioso que prepara mi madre.
—¿El asado?
Tras unos segundo de parecer meditarlo, el cuerpo de Reki perdió toda la tensión y se echó a reír.
—Me estabas invitando a ir a cenar con tu madre y contigo en tu casa para celebrar la nochebuena. Hablabas de la costumbre canadiense, no la japonesa.
Langa no comprendía para nada ni la tensión previa de Reki ni el buen humor actual.
—¿Que sino? ¿A qué costumbre japonesa te refieres?¿A comer la tarta esa de Navidad?
Reki sin dejar de reír miró con mucha ternura a Langa.
—Ay, eres tan inocente.
—No lo soy —replicó un tanto ofendido Langa —. Si me explicas el porqué me has malentendido. ¿En qué pensabas cuando te dije de pasar la nochebuena juntos?
Eso hizo que volviese el sonrojo de Reki.
—¡Huy! ¡Debe ser tan tarde! ¡Vámonos a casa!
Antes de que pudiese subir al monopatín, Langa le agarró de la muñeca.
—Reki, please, cuéntamelo.
—No te lo voy a explicar —le advirtió Reki intentando soltarse.
Langa sabía que cuando Reki se cerraba así, era inútil insistir, así que lo dejó estar y con toda sinceridad le dijo:
—Hablaba en serio cuando decía que me gustaría que cenaras en mi casa, pero tal vez es demasiado pronto para mi madre. Hace dos años fue la última vez que mi padre estuvo con nosotros —la voz de Langa se quebró —. El año pasado ella no tuvo el ánimo de celebrarlo, sin embargo este año está animada —al recordar como ella volvía a sonreír e incluso ponía villancicos de internet, Langa sintió que la angustia que le atenazaba al mirar al pasado se dispersaba y siguió con más energía—: Incluso vamos a adornar la casa y hacernos regalos. Creo que necesitamos los dos, ella y yo, tener una pequeña celebración de Navidad para, de alguna forma, avanzar.
Mientras le hablaba Reki había vuelto a relajarse, se había acercado más a él y le miró con mucha ternura mientras le acariciaba la mejilla.
—El año que viene, Langa. El año que viene lo celebremos los tres juntos.
Se besaron con ternura y tras esa promesa se sonrieron, chocaron los puños haciendo el signo del infinito y patinaron hacia su hogar.
