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Fue una mañana de Navidad, igual que las anteriores, iguales que las posteriores.
Fue una mañana sin regalos, ni dulces.
Fue una mañana con golpes, con reproches, con dolor.
Fue una mañana sin lágrimas.
No recuerda cuando empezó, porque antes de tener consciencia de lo que permanece en la memoria, la Navidad era eso.
Un tiempo para recibir recompensa por el esfuerzo de todo el año en los estudios, en las actividades extraescolares, en las competiciones.
Cada año el balance era negativo.
No se había esforzado lo suficiente. Se había relajado. Podría haber llegado a más, pero prefirió vaguear.
Que el nombre de otros estuviese por delante en las lista donde él estaba era un deshonor para el gran apellido que él portaba.
¿Qué diría su abuelo? Aquel hombre sin tacha, modelo para tantos. De estar vivo aún se avergonzaría de su nieto.
Su padre apenas despuntar el alba, cada mañana de Navidad, le despertaba él mismo, aunque lo cierto es que él no dormía en toda la noche ansioso por lo que iba a suceder.
Sabía que a todos los otros niños del mundo les costaba pillar el sueño, nerviosos y esperanzados de que Papá Noel les trajese los regalos que le habían pedido en sus cartas.
Él solo le había escrito una vez una carta.
Las dos cuartillas no eran suficiente espacio para enumerar todos los juguetes, los libros, los cds de música que quería recibir para Navidad. Papa Noel podía cumplir cualquier deseo, así que seguro que el día de Navidad bajo el abeto encontraría cajas y más cajas envueltas con papel de regalo.
El error fue dejar la misiva con dirección El Polo Norte en la bandeja donde el servicio recogía el correo. Si el sobre no hubiese sido rojo, quizá una de sus tías no lo hubiese descubierto. Pero lo hizo, reconoció la caligrafía infantil del sobre, lo abrió, leyó su contenido y lo pasó a sus hermanos. Su padre les dejó a sus hermanas el castigo.
Los golpes en los nudillos le impidieron escribir sin dolor durante más de una semana.
¿La justificación del castigo?
¿Acaso no tenía suficiente con todas las comodidades que la vida lujosa en la mansión le daba?
¿Tan egoista y codicioso era que no pensaba en la cantidad de niños en el mundo que no tenían ni un juguete?
Él no lo sabía, en su inocencia, pero lo que había despertado la ira de sus mayores, no era la absurda lista de regalos, sino el deseo que cerraba la carta:
Deseo una Navidad sin castigos.
No fue posible.
Esa Navidad, como todas las anteriores, como las posteriores; tras su padre despertarle, o levantarle tras una noche de insomnio, le llevaba hasta el estudio donde sus tías ya le esperaban.
Recuperaban el libro encuadernado en cuero donde el año anterior habían escrito los propósitos y las metas a cumplir.
Ni uno solo se había completado al 100%.
Nada importaba si había llegado al 97%, era un fracaso.
Por cada fallo, le correspondían cinco golpes.
Eran cinco los objetivos establecidos.
Cinco por cinco, veinticinco, como el día de Navidad.
Esos veinticinco golpes se podía incrementar si él perdía su sonrisa de agradecimiento por el correctivo recibido. Si llegase a derramar una lágrima serviría de multiplicador.
Así que recibía los golpes con una sonrisa falsa que había aprendido a pesar de su corta edad, aunque por dentro estuviese aterrorizado, aunque creyese con el siguiente golpe podría perder el conociendo por el dolor tan insoportablemente abrasador que sentía en la piel lacerada de sus brazos.
Quería gritar:¡Parad! ¡Deteneos! ¡Duele, duele tanto! ¿Por qué sois tan malas conmigo? Yo me esfuerzo todo lo que puedo en el colegio, entrego mis trabajos a tiempo, apruebo holgadamente todas las asignaturas. Soy el que más participa en las actividades. Mis profesores me ponen de ejemplo, pero nunca estáis contentas conmigo. ¿Por qué?
¿Y tú, padre? ¿Por qué no me quieres?
¿Es porque madre no está más con nosotros?
¿Por qué no te das cuentas lo importante que eres para mí? ¿Por qué no me abrazas como otros padres hacen con sus hijos?
¿Por qué?
¿Por qué?
¿Por qué?
¿Por qué mi vida es como un cuento de terror? ¿Por qué vivo con las malvadas brujas de los cuentos?
Naturalmente nunca dijo esto.
Como había aprendido a decir, tras enseñarle a base de bofetadas hasta que las palabras salieron claras y firmes de su boca; cuando sus tías daban por concluido su castigo anual del día de Navidad y ellas le preguntaban:
—¿Sabes el porqué hacemos esto?
Él les contestaba, como ido por intentar enmascarar su dolor y su miedo con una sonrisa:
—Porque me amáis.
El amor.
La Navidad era amor.
En su casa el amor era incentivarle con la promesa de que si el año siguiente lograba los objetivos que tras el castigo escribían en el libro, no tendría más golpes y tal vez tuviese tarta y recibiese algún regalo.
Pero cada año el único dulce que recibía eran las marcas de su piel.
Si él no recordaba cuando empezó ese ritual de amor en Navidad, si sabía cuando terminó.
Tras su marcha a América.
No volvía a casa por Navidad.
Tampoco su padre se lo pedía.
Ni sus tías.
Le exhortaban a esforzarse.
Él les obedecía.
Por primera vez en toda su vida el terror que sentía en Nochebuena no estuvo presente.
No había más golpes en Navidad.
Su padre murió.
Él volvió a Okinawa.
El año siguiente en Navidad, sus tías, al ser él cabeza de la familia dejaron de lado el libro de logros, la vara y el encerrarle en el estudio.
Solo le felicitaron las Pascuas y le dijeron que al fin se sentían orgullosas tras todo el esfuerzo realizado por ellas para motivarle a ser el mejor. Al fin todos sus antepasados estaban orgullosos de él.
Él solo sonreía, con una mueca postiza, que a base de disfrazar su verdadero estado de ánimo durante tantos años, ya hasta él mismo creía real.
Luego se dirigía al altar familiar y con una sonrisa infantil absurda en su rostro adulto exclamaba:
—¡Feliz Navidad, papá!
