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Érase una vez… una tierra muy lejana en la que predominaban los reinados, la magia y muchos secretos sin revelar. No existía mucha tecnología y la comunicación instantánea era algo impensable aún, ridículo de pensar. No había escuelas ni universidades, todos los conocimientos se pasaban de boca en boca, mayoritariamente entre familias o entre mentores y discípulos. Muchos al final solían continuar con el trabajo familiar y muy pocos eran capaces de arrancar de aquella herencia.
Herencia… podía ser algo esperado por muchos, un alivio para sus almas, una pasión con la cual seguir, un consuelo de lo que ya no estaba o una ambición que obtener. Pero para otros era una condena.
Todoroki Shoto era un condenado y su sangre estaba maldita, porque los genes de su padre conllevaba a la desgracia y fue algo que lamentablemente, aprendió a una muy temprana edad.
Estar en la parte superior de la pirámide social era un deseo imposible para muchas personas, casi como buscar agua dulce en medio del desierto; un lugar al cual era difícil escalar, pero si nacías ahí, eras un afortunado. Pero Shoto se sentía de todo menos afortunado. Muchos desearían su lugar, pero desconocían los secretos que las paredes de un castillo podrían ocultar. Todos ven la buena fortuna, el dinero, el estatus y el poder… sin embargo, nadie quiere ver la miseria y mucho menos mostrarlas.
Enji estaba avergonzado, pero a su vez un poco preocupado.
Desde muy joven, él escaló. Estaba lleno de ambición, incluso le dio la espalda a sus padres hasta poder cumplir su deseo de estar dentro de lo más alto de la sociedad. Enji quería ser alguien importante, con reconocimiento y que todos admiraran su valor, pero que también temieran ante su presencia. ¡Cosa que logró con éxito! Actualmente era el comandante de la guardia real del castillo, entregando su fiel servicio a los reyes Yaoyorozu, a la princesa Momo y al reino de Creati.
Todoroki Enji velaba por el bienestar de la familia real y de la seguridad del reino, eso era un hecho. Pero no podía proteger todo a la vez…
Su vida en el castillo comenzó cuando tenía 17 años, desde joven había empezado a entrenar con el fin de ser un soldado. Quería ser alguien importante y dejar su huella en el reino, pero también quería ser capaz de dejar una descendencia que gozara de los lujos de la nobleza y que se mantuviera allí, remarcando aún más la huella en las próximas generaciones y que su apellido resonara como un símbolo de esfuerzo y gloria.
Todo iba acorde al plan, consiguió una esposa, se casaron y tuvieron cuatro hijos… Lamentablemente, existía la gente envidiosa, de eso estaba seguro. Las maldiciones de parte de personas que manejaban la brujería habían querido arruinarlo muchas veces. Sin embargo, el pelirrojo siempre se mantuvo de pie y con el mentón en alto, no podía flaquear, no podía decaer; si lo hacía, el reino se desmoronaría. Tuvo que mantenerse firme ante todo, aunque eso perjudicara a su familia.
Y si que se vio perjudicada, como si un demonio estuviera constantemente al acecho, causando estragos a todo lo que Enji le ponía una mano encima. Pero el único demonio que sembraba el caos era nada más ni nada menos que él mismo.
Primer hijo, Touya. Era demasiado débil y enfermizo para las labores que Enji pensaba asignarle, para las cuales lo entrenaría… En su lugar, terminó desapareciendo con un gran odio por su familia, odio que había ido acumulando en su interior hasta no dar más.
Natsuo, el tercero, nunca le perdonó a su padre lo que había causado en Touya. Él sí entró a la guardia, solo que en un campo diferente para mantenerse lo más alejado posible de su padre, tampoco se aferró a su entrenamiento, hizo todo lo que estuvo a su alcance para conseguir otro mentor dentro del castillo.
Fuyumi probablemente era la más cercana a su padre; siempre amable y servicial. Fue la segunda en nacer, no mucho después de Touya. Se volvió una de las sirvientas de la princesa Momo, la conocía prácticamente desde que nació, no mucho antes de que también naciera el menor de sus hermanos, Shoto.
Pero Shoto era un caso aparte, Enji quería que el bicolor fuera su sucesor perfecto, aquel que más adelante tomaría su lugar trayendo gloria a su apellido y honra a su familia… cosa que no había logrado realizar con su primogénito Touya. Sin embargo, el destino parecía ponerle cada vez más obstáculos a sus planes. La huida de Touya, las intensas discusiones con su mujer… y claro, los hechizos. Nunca pensó que su mujer podría ser una bruja capaz de someter a su propio hijo en un hechizo, aquello era un acto imperdonable el cual no podía dejar pasar, pero lamentablemente la peliblanca enloqueció y no hubo mucho que hacer al respecto.
El menor de los Todoroki guardaba lo que parecía ser la maldición de un eterno silencio y ensimismamiento. Debían mantenerlo oculto hasta encontrar una solución al gran problema que suponía tener un hijo maldito, nadie en el reino podía enterarse. Solo las personas autorizadas conocían la condición del pequeño Shoto, el cual después de los cinco años, perdió su voz y ningún médico de los más calificados en el reino pudieron encontrar una cura para él.
¿Debía Enji darse por vencidos en encontrar la cura para su hijo? No podía hacerle eso a él. No podía darse por vencido.
De no ser por el boca en boca, quizás no se hubiera enterado de que existía una persona que podría tener la capacidad de curar al ahora adolescente. Nunca había escuchado de alguien así, pero necesitaba contactar a aquella curandera que vivía en las cercanías del bosque. Se decía que era capaz de detectar y curar cualquier enfermedad, no podía estar seguro de qué era cierto y qué no, pero debía probar.
Aquella curandera se iba tornando su última esperanza para romper el hechizo que tenía atrapado a su hijo, quería que él llevara una vida normal e hiciera honor a su apellido, y de ser posible, comprometerlo con la princesa Momo. Sería un gran logro para su familia, ambos tenían la misma edad y estaba seguro de que se llevarían bien. Al menos cuando pequeños lo hacían.
Si lo que se decía de la curandera era cierto, era probable que fuera una bruja encubierta. Eran pocas las personas que practicaban la brujería últimamente, aún existía el miedo de volver a ser perseguidas y quemadas en la hoguera como pasó años atrás. Ahora solían moverse en la oscuridad y nadie reconocería practicar algo como aquello… Así como su ex mujer había hecho… Pero ella fue un caso diferente, estaba desquiciada.
Entonces, Enji envió a buscar silenciosamente a la curandera como una orden oficial del castillo. El rey estaba enterado de la situación de Shoto, razón por la que ha mantenido su apoyo en la búsqueda de la cura del hijo de su fiel guardia, amigo y mano derecha; le debía la vida, así que lo menos que podía hacer, era asegurar el bienestar de su hijo.
Esa tarde, el comandante de la guardia real, fue a visitar a su hijo. Se apoyó en el marco de la habitación y observó al bicolor con un libro en mano; aunque apenas sintió la presencia del mayor, le puso los ojos encima. No dijo nada, pero sus ojos demostraban que ya estaba cansado de esperar que alguien rompiera el hechizo… O eso es lo que Enji pensaba, no tenía idea de lo que podría estar pasando por la mente del joven de diecisiete años.
Dos días después, la curandera de la que hablaban los pueblerinos había puesto pies en el castillo y no venía sola. La mujer tenía el cabello liso, era baja y rellena, parecía bastante normal a los ojos del comandante y su acompañante no se quedaba atrás, era poco más alto que ella y su parecido era claro como el agua, solo cambiaba que el chico era rizado y lucía mucho más joven.
—Bienvenidos sean al castillo, el Rey y la Reina Yaoyorozu están encantados de recibirlos, al igual que yo —habló el pelirrojo con algo de desconfianza hacia los recién llegados, esperaba que la mujer fuera tan buena como se rumoreaba —. Los guardias los llevarán a una habitación donde podrán permanecer el tiempo que pasen aquí.
La mujer y el joven hicieron una reverencia.
—Muchas gracias, ¿Cuándo podremos conocer al enfermo? —preguntó la mujer, iba directo al grano, quizás era una mujer ocupada. Aún así, al estar ahí por una orden real, debían actuar de acuerdo a lo que se dijera en el castillo.
—Por ahora se instalarán, los sirvientes les llevaran comida y en un par de horas, un guardia los escoltará a la reunión donde hablaremos del asunto —explicó Enji con total formalidad, aunque de ser por él, agarraría a la curandera y la llevaría directamente con su hijo. Pero debía seguir el protocolo, debía ser paciente.
La mujer asintió y el corpulento hombre se marchó dejándola a ella y a su hijo a manos de dos guardias que los guiaron a la habitación designada.
Caminaron a paso tranquilo por los pasillos que se le indicaban, aunque el joven de cabellos rizados iba a duras penas cargando la maleta que contenía todo el equipo de trabajo de su madre. No era nada liviano, podía con él, pero después de haberlo cargado por un periodo prolongado de tiempo, ya se le empezaban a entumecer los brazos.
Recién pudo suspirar aliviado cuando llegaron a la habitación, aunque el aire se le cortó rápidamente apenas vio que la habitación que le estaban entregando era mucho más grande que la cabaña en la que vivían en el bosque. Izuku amaba la cabaña, era acogedora; pero aquel sitio era demasiado para él… Y solo era una habitación en el castillo para plebeyos como ellos, ni se imaginaba el tamaño de la habitación de los reyes o de la princesa.
¡El castillo era enorme! Era la primera vez que ponía un pie allí, dudaba que su madre lo hubiera hecho también. Lo más lejos que llegaban era al comercio en busca de suministros o cuando les pedían visitar a algún enfermo en casa para tratarlo.
Pero ese sitio era una completa locura. Nunca había visto algo así tan de cerca.
Miró todo con sorpresa, sus ojos verde esmeralda estaban tan abiertos que pensaba que en cualquier momento se desprenderían de su cabeza. Estaba impresionado, pero al mismo tiempo, Midoriya se sintió pequeño. El castillo era un sitio muy amplio, casi como un laberinto y estaba seguro de que si salía sin guía, iba a terminar perdido y pasando vergüenzas. Aunque pasar vergüenzas para él no era novedad, por eso, a veces prefería la soledad del bosque, al menos era más tranquilo y rodeado de naturaleza. Ahí no se sentía siendo tragado por cuatro paredes o por la presencia de las personas; había libertad y tranquilidad.
Pero a pesar de que le hacía mucha ilusión conocer el castillo y tener esta oportunidad de trabajar junto a su madre para atender a alguien de la nobleza, había algo que no estaba bien allí. No sabía que era, pero apenas pusieron un pie allí y apareció frente a ellos el general de la guardia, un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza.
Izuku tenía buenos instintos y si sentía que algo no iba bien, es porque no iba bien.
—¿Izuku? —la voz de su madre lo sacó de sus pensamientos y no pudo evitar sobresaltarse un poco. No era momento de pensar en teorías conspirativas del castillo, ¿No?
Había estado dando vueltas por el lugar, mirando todo con gran impresión mientras se perdía en su cabeza. No se dio cuenta en cuanto los guardias salieron de la habitación dejándolos nuevamente a solas.
—¿Pasó algo? —Izuku se giró con rapidez para mirar a su madre.
Debía admitir que estaba preocupado, hasta ahora habían estado viviendo tranquilamente por un tiempo desde que llegaron a ese reino, vivían cerca del bosque y la parte de la población que se encargaba de la agricultura. Hasta ahora habían mantenido un perfil bajo, involucrándose solo con los aldeanos y viviendo humildemente. Nunca se habían metido con nadie de la realeza o llamado la atención, por eso se sorprendió mucho cuando los guardias reales llegaron a la puerta de su cabaña el día anterior, solicitaron la presencia de su madre en busca de sus servicios de curandera.
Al parecer, el rumor de las habilidades medicinales de su madre se propagaron hasta que llegaron dentro de las paredes de la realeza.
Dijeron que necesitaban de sus servicios para ver a un enfermo en el castillo, pero aún así temía que se hubieran enterado de algo o que creyeran que su madre hacía brujería. Su madre era una mujer que ha viajado mucho y que es muy inteligente y habilidosa en lo que hacía, pero no era una bruja.
No podían culparlo por ser desconfiado, especialmente si su don le daba la capacidad de percibir más allá de lo que cualquier otra persona podía. Ahora no estaba muy seguro de las intenciones que en el castillo tendrían con ellos, hasta ahora estaban siendo hospitalarios, pero no podía bajar la guardia, no con aquella fuerte vibra negativa que escondía el castillo.
—Espero que no sea la princesa la que esté mal —comentó su madre preocupada.
Izuku apretó sus labios mostrando una leve sonrisa.
—Seguro no es nada grave, mamá —trató de calmarla, aunque si lo decía en voz alta, esperaba poder creérselo él mismo.
Su madre era una persona muy amable y preocupada por el bienestar del resto, estaba en su naturaleza. Se ha dedicado toda su vida a ayudar al resto usando sus dones en la medicina. No importaba a quién fuera, ella estaría allí para ayudar a quien fuera, sin importar su nacionalidad, ni su raza, ni su nivel económico.
Izuku había sacado eso de ella también, por eso desde muy pequeño la ha admirado y ha decidido aprender todo lo que pueda de su madre. Solía acompañarla y ayudarla con su trabajo, siempre dispuesto a aprender y apoyando con sus propias cualidades también.
Por poco los guardias solo se llevan a su madre, dejándolo a él solo, pero Inko se impuso diciendo que iban los dos o ninguno. También mencionó que era su asistente y la ayudaba a que el trabajo fuera más eficiente… No era para nada una mentira, pero los sujetos no parecían convencidos. No los culpaba, seguro todos hablaban de Inko, pero nadie mencionaba a su acompañante.
—Ya luego nos pondrán al tanto de la situación —agregó el rizado mientras apoyaba una de sus manos en el hombro de la mujer, aquello le entregó calma.
La más baja sonrió y decidió sentarse sobre una de las camas de la habitación.
La incertidumbre de no saber a lo que iban le generaba mucha desconfianza, pero si en verdad había alguien que necesitaba ayuda y los curanderos personales del castillo no pudieron hacerse cargo al punto de recurrir a un rumor… Entonces, definitivamente algo estaba pasando. Algo grave. Percibía rencor, dolor, angustia y tristeza en el aire; no sabía desde dónde, pero estaba ahí, constantemente.
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Unas horas después de que unas sirvientas les llevaran algo de comida a la habitación después del largo viaje que habían hecho hasta allí, unos guardias fueron a buscarlos para llevarlos a la sala de reuniones del castillo, lugar donde les explicarían finalmente la situación a la que se enfrentaban.
Se encontraban sentados en el costado de una alargada mesa, en la habitación aún no llegaba nadie más que los guardias que los habían escoltado, así que esperaban silenciosamente la llegada de las mayores autoridades del reino.
Aunque no tenían idea de a quienes estaban esperando.
Cada segundo más que pasaban en silencio, los nervios de Izuku aumentaban. Se encontraba mirando fijamente el mármol de la mesa mientras que su madre tarareaba suavemente, balanceándose en su lugar. Inko solía hacer eso cuando necesitaba calmarse, también debía estar nerviosa por estar en el reino. Izuku aún no le decía lo que percibía en ese lugar, no quería preocuparla aún, debían asegurarse de verificar al enfermo primero y hacer todo lo posible por ayudarle.
Si llegaba a decir algo antes, seguro no sería bueno para ellos. Sabía cómo defenderse, Midoriya tenía sus trucos bajo la manga; pero a pesar del aire inquietante que guardaba el castillo, él quería ver con sus propios ojos lo que estaba pasando antes de tomar acciones. No podía arrancar sin ver el panorama completo, Izuku no era así.
Fue sacado de sus pensamientos por la llegada de nuevas personas en la sala. La inquietud aumentó y un escalofrío volvió a recorrer la espina dorsal del pecoso apenas vio de pie al corpulento pelirrojo de hace unas horas. Pero esta vez no venía solo, una chica de cabellos platinados con mechones rojizos le acompañaba. Era un cabello bastante curioso al parecer del peliverde.
—Déjennos a solas —ordenó el general y todos los oficiales desaparecieron del lugar, dejando solo cuatro almas en la sala de reuniones.
¿Le parecía eso inquietante al peliverde? Demasiado. ¿Y los reyes? No tenía idea, pensaba que al menos alguno de la realeza se presentaría, pero quizás no eran ellos exactamente los que necesitaban los servicios de su madre.
¿Sería la chica la que estaba enferma?
—Lamento las tardanzas, me presentaré mejor ahora —el hombre de cabellos rojos que llevaba una cicatriz en su rostro, rompió el silencio que había inundado la sala después de que los oficiales cerraran la puerta —. Mi nombre es Todoroki Enji, general de la guardia oficial del Rey Yaoyorozu. Y ella es Fuyumi, mi hija —presentó el hombre.
—Hola —saludó la chica con una sonrisa amable que no alcanzaba a llegar a sus ojos, sus orbes estaban cargadas de preocupación y un poco de esperanza —. Nos alegra mucho que estén aquí, ahora mi padre les explicará más a detalle la situación de mi hermano.
Oh… Así que es el hijo del general el que está en problemas. Aún así, el hombre no le daba buena espina, pero su hija lucía como alguien amable y de buena fe. Su instinto decía que al menos podía confiar en ella. Eso le tranquilizaba un poco y le hizo preguntarse cómo sería su otro hijo. ¿Sería intimidante como el general o amable con Fuyumi?
—¿Cuáles son los detalles? —preguntó Inko yendo al grano, no quería perder más tiempo.
—Un hechizo —el hombre espetó con seriedad y firmeza en sus palabras.
Izuku alzó su mirada, cruzando por primera vez sus ojos con las orbes turquesa del general. Por primera vez sintió sincera curiosidad ante aquel caso, ¿Un hechizo? ¿Cómo?
Su madre se tensó a su lado.
—No soy una bruja, prefiero aclararlo desde el inicio —habló con firmeza, escondiendo bajo la mesa el temblor de sus piernas
—Eso cree mi padre —Fuyumi se apresuró a decir —. Hasta ahora ningún curandero del reino o de los alrededores ha podido dar con lo que padece mi hermano, es por eso que ustedes son nuestra última esperanza —añadió con un toque de desesperación en su voz, pero a la vez con algo de añoranza.
—¿Cuáles son los síntomas? —Izuku se apresuró a preguntar, antes de que su madre lo hiciera.
Los dos Todoroki pusieron su mirada en él y por un instante se sintió pequeño, hasta ahora solo parecían haber estado enfocados en su madre, olvidando su presencia.
—Esto se viene remontando hace años, alrededor de doce años —Enji frunció los labios con algo de dolor, aunque a pesar de que su espíritu era como el fuego, había frialdad en sus ojos —. Creemos que su madre lo hechizó después de enloquecer, cuando solo tenía cinco años.
¿Cinco años? Izuku se sobresaltó espantado, era un niño y hasta ahora había pasado mucho tiempo… Eso significaba que debía tener aproximadamente su edad.
—¿Y qué le pasó? —Inko cuestionó preocupada. Sabía que si era un hechizo, no había manera de que pudiera manejarlo, si era una enfermedad física seguro podría. Pero por suerte venía con Izuku.
—Desde… —a Fuyumi se le cortó la voz y tembló un poco —. Desde que mi madre lo atacó en medio de una crisis, mi hermano menor, Shoto… Dejó de hablar.
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Enji se paró frente a aquella puerta que solo él, Fuyumi o Natsuo solían visitar; claro, a parte de ciertos guardias y sirvientes cualificados para atender las necesidades básicas de su hijo, el cual llevaba años encerrado en aquella habitación para evitar esparcir rumores o en caso de que lo que sea que tuviera, fuera contagioso.
Tocó la puerta y después de unos segundos giró la manilla.
Como Shoto no respondía, le dejaba veinte segundos antes de abrir. Esa era la regla para cualquier persona que tuviera el derecho de entrar a ese piso del castillo, eso también se lo había explicado a los dos invitados.
Izuku, Inko y Fuyumi se encontraban fuera del campo de visión, esperando a alguna señal de Enji que los invitara a pasar a conocer al hijo menor de los Todoroki.
Midoriya se sentía nervioso, era la primera vez que se sentía así ante un trabajo de curandería y estaba casi seguro que se debía a la mezcla de emociones que percibía en aquel lugar. No estaba del todo bien, no sabía qué creer de toda la situación que Enji y Fuyumi les habían contado. Definitivamente algo había pasado, pero necesitaba ver a Todoroki Shoto con sus propios ojos para poder aclarar su cabeza y poner en orden sus pensamientos.
El general ingresó a la habitación, su hijo menor, Shoto, se encontraba sentado en uno de los sillones de su gran habitación con un libro en mano. Siempre lo hallaba así.
Apenas Enji entró, el bicolor desvió su mirada del libro para encarar a su padre con desprecio en sus ojos. A veces se preguntaba si no podían dejarlo en paz, le gustaría que no estuvieran constantemente vigilándolo y que le dieran la oportunidad de salir de allí; no era uno de los animales exóticos del rey ni un criminal para que lo mantuvieran así. Aunque dijeran que era para protegerlo, era un prisionero.
Ningún lujo se compararía con la libertad que tanto anhelaba.
Shoto no le quitó los ojos de encima a su padre hasta que se designó a hablar.
—Shoto, hemos traído a una nueva curandera —informó el pelirrojo.
El heterocromático rodó los ojos y cerró su libro con fuerza para luego dejarlo a un lado. Luego se dejó caer sobre su sofá.
Estaba acostumbrado a aquellas visitas, solo debía dejarse ver y ya luego se irían. Siempre era así, nunca encontraban nada en él. Pero su padre no se daba por vencido.
Enji asintió y luego salió por la puerta para luego hacer unas señas.
—Pueden pasar —informó el noble.
Inko asintió con la cabeza y luego miró a Izuku. El peliverde tragó y asintió volviendo a tomar la maleta en sus manos.
Ambos caminaron hasta cruzar el umbral de la puerta e Izuku por poco deja caer la maleta mientras ahogaba un grito. ¿En verdad esa era una habitación? ¡Parecía una biblioteca! Y definitivamente era como tres veces más grande que la habitación de invitados que le habían cedido en el castillo.
Si así era el cuarto de un noble, en verdad no quería pensar cómo era el de los reyes. Seguro se infartaría si lo veía, pero estaba seguro de que lo matarían antes de que pudiera posar sus ojos allí.
Su madre le pegó un codazo sacándolo de su impresión ante tan grande cuarto. E incluso parecía tener todo lo que se requiere en una casa para subsistir, y claramente más.
Pero en fin, sacudió su cabeza y se centró en lo que realmente importaba en esos momentos, aunque casi suelta otro grito, esta vez al ver al hijo menor del general.
Si las miradas mataran, él ya estaría mil metros bajo tierra.
Sus piernas temblaron, no era su mirada lo que lo intimidaba ahora mismo. Había muy pocos casos en los que había tenido esta percepción y eso no indicaba nada bueno, pero a su vez, era diferente al resto de las veces. El bicolor frente a ellos no padecía ninguna enfermedad, podía percibirlo y seguro su madre igual lo haría más tarde. Tampoco existía ningún hechizo, en ese sentido estaba completamente limpio.
Pero su aura… Izuku palideció. Su aura era algo que conocía como aura negra o ausencia de una, había algo, aunque era casi imperceptible, estaba casi totalmente apagada. Si no estaba muriendo, entonces había pasado por algo muy malo y probablemente se remontaba a los tiempos en que su madre enloqueció.
Izuku era alguien muy expresivo y cuando vio al bicolor frunciendo el ceño hacia él, supo que de seguro puso una cara de espanto. Volvió a sacudir su cabeza y luego miró a su madre.
No quería que el chico pensara que su apariencia o algo así lo espantaba. Claro que no, pero su presencia y su aura definitivamente lo había tomado desprevenido al punto de hacerlo temblar.
—Bueno, los dejaré a solas, cualquier cosa, los guardias estarán tras de la puerta —habló el general antes de marcharse. Aquellos segundos de silencio fueron los más largos que había sentido en su vida.
—Hola, Shoto-kun —su madre saludó con una sonrisa —. Yo soy Midoriya Inko y este es mi hijo y ayudante, Izuku. Nos informaron sobre tu caso así que ahora vamos a hacer una revisión general —explicó la mujer luego de haberlos presentado e Izuku sacudió su mano en un saludo tímido.
El bicolor observó a Izuku con los ojos entrecerrados y el rizado creyó que se le iría el alma del cuerpo en cualquier momento, huiría y dejaría su cuerpo completamente abandonado.
Enseguida, la mujer ordenó a su hijo que abriera el maletín y comenzó a darle las órdenes que solía darles en la atención de cualquier enfermo con el que habían tratado antes. No podía decirle inmediatamente lo que había percibido, así que asistió a su madre en todo lo que podía, ella pronto se daría cuenta que no había ningún problema físico y después él tendría que confesar que tampoco existía hechizo alguno.
¿Qué le dirían al general Enji?
No pasaron mucho tiempo en el cuarto de Shoto, pero entre más lo hacían, Izuku más se familiarizaba con las emociones que desprendía el joven y su mente se volvía más clara.
Había un vacío en su interior mezclado con rabia, tristeza, rencor y desesperación.
Al final, Inko no había encontrado nada en Shoto y le dijo que disponía de muy buena salud, incluso lo felicitó. Shoto ante ello solo asintió bajando la cabeza y escondiéndose tras su flequillo. La mujer luego miró a su hijo e Izuku lo supo, negó suavemente y los labios de su madre se apretaron en una fina línea.
Izuku apretó sus manos a los costados y cerró los ojos con fuerza, asegurándose de haberle dado la espalda al chico que además cargaba con una cicatriz en su ojo izquierdo, probablemente una consecuencia del ataque de su madre. Aún así, después de pasar esos minutos ayudando a su madre y percibiendo una nueva parte del joven, pudo ver lo vulnerable que era también, lo triste que se veía y no pudo evitar sentirse mal.
Recordó las palabras de Enji antes de ser llevados a la habitación de su hijo.
“—Si no encuentran nada en él, harán como que nada de lo que vieron aquí pasó o los buscaremos y mataremos”.
Suspiró con enfado. No podía simplemente hacer como si no hubiera visto nada.
Cuando el pelirrojo junto a su hija volvieron a aparecer en la espera del veredicto final de la curandera, fue él quien dio el primer paso hacia el general. Esperaba no arrepentirse de aquello más tarde, pero algo dentro de él decía que era lo correcto, quería hacer lo correcto.
Ya se había decidido y sus ojos mostraban la determinación sobre su decisión. Inko pudo verlo también, ella no tenía las mismas percepciones de su hijo, sus dones eran diferentes, pero confiaba en que lo que él decidiera, sería lo correcto. Estaba en su naturaleza.
—¿Y…? —Fuyumi planeaba preguntar, pero Izuku se apresuró a contestar.
—Después de un estudio intensivo sobre la condición de su hijo menor, llegamos a una conclusión alarmante —Izuku se tomó una pausa para inhalar con fuerza y mirar a los dos familiares del dueño de la habitación. Pudo ver cómo sus caras se desconfiguraban ante la incertidumbre de la noticia que estaba por venir. Pudo sentir también la mirada dispar del heterocromático penetrando su nuca, al parecer él también no entendía qué estaba pasando, pero eso en vez de detenerlo, le dio más valor y se lanzó a la boca de los lobos —. Todoroki Shoto está bajo un grave hechizo sin precedentes.
