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Hice todo lo que me pidieron. Situación desesperada, medidas desesperadas, ¿no? Cuando hace años me dijeron que mi hija tenía serias alergias, no los creí. Fue la última vez. Y ahora lo vi venir.
Extraña enfermedad, casos en un país lejano. ¿Cómo qué se multiplican? ¿Cómo que aparecen brotes? No me pillaría desprevenido.
Hice lo que me pidieron, lo que nos pidieron. Quédate-en-casa. No es tan difícil, ¿Cierto? Los pasillos eran lo suficientemente largos y las estanterías estaban llenas de libros. Amasar pan, hacer acopio de papel higiénico…
Los casos empezaban a subir. Tal y como me esperaba. Tal y como temía. Las calles se quedaron vacías. Desde el otro lado debía ventana, el mundo se vaciaba. Desde la ventana memoricé cada balcón, cada vecino. Aquel tiene las flores más sedas que las mías, esa aprovecha para pasear al perro a las ocho de la noche… envuelto en traje protector, tomaba la compra semana a semana, siempre al anochecer, cuando menos gente hay.
Porque ya no era una simple enfermedad. Aquella… cosa, estaba arrasando. Los números hablaban solos. Noticiero tras noticiero, contagios, muertos que se amontonaban en las calles. Pronto los libros dejaron de surtir efecto, los paseos por el pasillo, el vigilar a los vecinos… Hospitales que parecían tragarse a la gente para escupir sus cuerpos sin vida. ¿Sabían que en una metrópoli de un país occidental se descubrió un camión en medio de la calle repleto de cadáveres? Los muertos no entraban en las morgues. Y los vivos pronto buscarían sitio en ellas.
¿Cómo querían que yo saliese? Cada vez que abría la puerta, los estertores de mi hija, de todos los miles de muertos, me impedían dar un paso más allá. Me suscribí al servicio de emergencias del supermercado, que enviaba un chico con traje de protección con mi compra una vez cada dos semanas. Yo salía entonces, ataviado de la misma manera, y recogía la compra con guantes desechables que sanitizaba e higienizaba después de cada uso. Los días pasaban uno tras otro, los meses parecían desaparecer como agua en un desierto. El tiempo, las estaciones… Todo se iba. Menos los contagios.
"Esto lo paramos juntos". "El virus se derrota unidos".
Mentira. Mentira. Mentira, mentira, mentira. ¿Cómo iba a detenerlo nadie, si ya todo el mundo se paseaba por las calles? Los números no dejaban de subir, bajar, subían y bajaban. ¿Cuánto tiempo llevábamos con aquella enfermedad? ¿Cuántos muertos llevábamos? ¿Cuántos contagios? Se acabó.
"Deje las bolsas y cajas ahí, entre la escalera y la planta", le decía al recadero a través de la puerta. "Encontrará el dinero debajo de ésta"
Un intercambio sencillo. Después de un tiempo prudencial, agarraba las bolsas y cajas, y no volvía a preocuparme del mundo exterior hasta el mes siguiente.
Mi apartamento era mi pequeño mundo. Las arañas entre mis estanterías, mis súbditos. La televisión, la radio, Internet, cada vez estaban más lejos. ¿Pará qué exponerse al dolor, al sufrimiento?
"Deje los paquetes en su lugar. Recoja el dinero". Otro mes, otro intercambio. Las palabras "vacuna", "antígenos", o "PCR" resonaban en mi pequeño reino de cuando en cuando. Eran idiotas. Todo el mundo sabe que no se puede derrotar a un enemigo que se adapta. Lo único que puedes hacer, es adaptarte tú también, y considerar a todas esas personas que ves en la calle, entre las flores secas de la ventana, como peligros biológicos.
Otro mes. Otro… Un momento, ¿qué estaba pasando? Escuché el tic-tac del reloj para comprobar que se movía, pero allí no había nadie a la hora acordada. ¿Y el repartidor? "¿Y si se infectó? ¿y si infectó tu comida?". No, eso era estúpido: conocía perfectamente los protocolos de desinfección que usaban en el supermercado. El repartidor se habría retrasado.
Pasó una hora.
Pasó un día.
Pasó una semana.
Mierda.
Llamar al supermercado fue inútil, estaban tan saturados que ni siquiera recibía línea.
A mediados de la segunda semana, suspiré. Suspiré bien fuerte haciendo acopio de fuerzas, las suficientes para descolgar el viejo traje de riesgo biológico: algo dado de sí por aquí, remedado por allá, pero perfectamente válido.
Di un paso. Di el segundo. Y, de repente, estaba en la calle: Lo más expuesto que había estado en más de un año. Sentía el aire alrededor del traje, de reojo veía a los otros mirarme… no importa, seguridad, ante todo: las dos cuadras que había hasta el supermercado eran dos potenciales focos de contagios. Incluso el propio comercio, con sus estantes, sus pasillos estrechos, el papá y la niña comprando yogures saborizados. A mí no me importaba: yo conocía de sobra la localización de la sección de congelados y la de latas en conserva. El único problema fue cuando la niña con tapabocas se volvió hacia mí y empezó a gritar.
—¡Un fantasma del virus! ¡Un fantasma del virus!
Y, mientras yo la miraba, sin vida en los ojos, no pude evitar darme cuenta de que mi mano enguantada atravesaba limpiamente las latas de conservas.
