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Category:
Fandoms:
Relationships:
Characters:
Language:
Español
Stats:
Published:
2022-03-19
Completed:
2022-09-10
Words:
4,588
Chapters:
2/2
Comments:
10
Kudos:
56
Bookmarks:
3
Hits:
715

Buenas noches.

Summary:

Nica despierta en mitad de la noche, encontrando a Tiffany a su lado. No reconoce dónde está o cuánto hace desde la última vez que tuvo el control. Debe decidir si es capaz de hacerse pasar por Chucky o quiere ser ella durante los pocos instantes que le queden de libertad.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter Text

I

 


La luna luminosa

huyó con las Pleyadas;

la noche silenciosa

ya llega a la mitad.

 

—Safo.

 

Despertó envuelta en la oscuridad. La respiración pesada, un grito atragantado del que no se oyó nada. Notaba el cuerpo frío. Las sábanas revueltas, arrugadas, aún húmedas por el sudor. Se esforzó por controlar el pánico, por obviar el sabor agrio que llenaba el paladar, que la quería hacer gritar, arrastrarse, buscar ayuda. Tomó una bocanada de aire, cerrando los ojos, obligándose a controlar la respiración. Notaba el reconocible olor metálico, sangre, en alguna parte del dormitorio. Se obligó a no abrir los ojos aún, a no dejarse llevar por el pánico.

Otra bocanada, soltando el aire con suavidad. Los latidos se acompasaban, la rigidez de la pesadilla se esfumaba, como si el mal sueño no fuera más que fruto de una vívida imaginación, como si en la realidad nada pudiera dañarla. Abrió los ojos, con calma, paseando la mirada por la habitación, esperando que los ojos se acostumbrasen a la penumbra. No reconocía la casa, no sabía cuánto hacía desde su último despertar. Ningún cuerpo. Ninguno que pudiera ver, al menos. Le trajo una absurda calma, una pueril tranquilidad. Pero se olía la sangre, aún no habían limpiado, aún no se notaba el denso olor a desinfectante. ¿Cuántos habría en esa casa? ¿Cuántas muertes más descansaban a sus espaldas sin que siquiera pudiera recordarlas?

Las nubes cenicientas pasaron con calma. La luna bañó el dormitorio con luz plateada, tan intensa como si fuera la mañana. Luna llena. Llevaba al menos dos semanas sin despertar. Observó con curiosidad. Paseó la mirada sin moverse, atisbando los muebles baratos, esos que venían en cajas para montar. Miró la mesilla de noche. Un libro con una esquina doblada, cuyo lector jamás terminaría. Un marco, demasiado inclinado para ver la foto. Ojalá la curiosidad la hubiera abandonado en aquel momento. En la cómoda descansaban un par más de fotos. Una familia completa, niños. Tenían niños. Un nudo se asentó en el estómago, la bilis quemó el inicio de la garganta, mientras se obligaba a tragar. ¿Habían matado a los niños? ¿Mataron a los padres y los niños estaban vivos? ¿Lo habrían visto?

Necesitó centrarse en otra cosa. Necesitó volcar su atención en algo más, para abandonar la respiración que volvía acelerarse, los ojos en los que las lágrimas quemaban. Quiso convencerse, con más insistencia de la necesaria, que sólo por eso se concentró en ella. La abrazaba, dormían abrazadas. Ella la rodeaba, Tiffany acomodaba la espalda, se acurrucaba contra el pecho y enlazaba los dedos con su mano. Tiffany Valentine, durmiendo entre sus brazos con la misma calma que un ángel.

Sintió una envidia visceral. La rabia asentándose en el estómago, la mandíbula tensa… Era curioso, la rapidez con la que el terror fue sustituido. Enviaba a aquel hombre terrible. Ese hombre que dominaba el cuerpo, que hacía cosas horribles en su nombre, que le había arrebatado toda su vida, su familia, cualquier futuro posible. Envidiaba que pudiera reír, que que pudiera matar impune, que tuviera su cuerpo como si fuera una muñeca… Y envidiaba que la tuviese a ella. Envidiaba aquello con una profundidad absurda, como si fuera peor que los crímenes, que arrebtarle su propia vida. Sabía cómo la trataba, sabía cómo se burlaba, cómo le gritaba y la humillaba sin miramientos. Odiaba que la hiciera enfurecer, que la hiciera llorar, que provocase las lágrimas, los sollozos silenciosos y las culpables miradas al espejo. Odiaba que tuviera a Tiffany. Odiaba que Tiffany estuviera enamorada de él.

Tiffany estaba despierta. La notó despertar. Notó el sobresalto, la respiración acelerada, que amenazaba con volverse jadeante, enfermiza, comenzando a hiperventilar. Nica. Por supuesto que era Nica. No se movió. Continuó con los ojos cerrados, con la respiración calmada y la mano enlazando los dedos agarrotados por el terror. Chucky la habría despertado de golpe, sin miramientos. Una patada después de una pesadilla, un bufido, un vaso de agua pedido como si fuera su sirvienta… Nica jamás la trataría así. Era arriesgado. Era arriesgado dejarla a su antojo, dejarle el control, fingir dormir. Era arriesgado y aún así se resistió al impulso de llevar la diestra a la mesilla, de abrir el primer cajón y tomar una de las inyecciones que la pondrían a dormir. Quería ver qué hacía. Quería notarla, conocerla mejor.

Era tan preciosa cuando dormía… Ni siquiera podía ver más que el rubio cabello revuelto y sabía que era preciosa. La respiración calmada, el cuerpo acurrucado contra ella, como si fuese su refugio. Tenía tantas ganas de dejar una caricia… Una sola caricia con el pulgar, cargada de cuidado, sobre la mano que tomaba. Una caricia en el rostro, contemplando las mejillas, quedándose con cada lunar, y minúscula marquita que hacía su rostro aún más perfecto. Un beso. Sólo un beso. Un roce en la mejilla, un suspiro sobre la piel, notando la piel erizarse y sus propios latidos acelerarse. Un beso. Un beso en los labios. Un roce pausado, casto, notando la respiración tranquila, quedándose con la calidez de sus labios, notando el cosquilleo incluso tras separarse. Era injusto. Era terriblemente injusto que no pudiera tener nada de aquello.

Despertaría, estaba segura. Un solo roce bastaría para hacerla despertar. Y entonces tendría que fingir ser aquel desgraciado, sólo para tener unos segundos más de vida. Ella la descubriría, con un solo vistazo a los ojos. O aún peor, no la descubriría. Buscaría besarla, y eso sería aún peor, ¿verdad? Porque la estaría engañando, porque no sería la persona que ella esperaba. Deseaba tantísimo que despertase…

Permanecía quieta, con la respiración igual de pausada. Refugiada en las sábanas revueltas, en las mantas, en la calidez de los cuerpos juntos. ¿Y si despertaba? ¿Y si fingía que era Chucky, que no había notado el engaño? ¿Y si le ofrecía unas horas de libertad, sólo para ambas, sin que nadie más lo supiera? Era justo, ¿verdad? Chucky tenía decenas de ligues, ¿por qué no iba a hacer ella lo mismo? El romanticismo la perdía, necesitaba confianza… ¿Y acaso no tenía ya esa confianza con Nica? Cada vez que la miraba de esa forma tan especial, cada vez que el miedo daba paso a algo mucho más diferente. Se humedeció los labios, pensó las palabras en la cabeza. Se removió, fingió un bostezo y al fin rompió el silencio, con tono adormilado.

—¿Qué pasa, cariño? ¿Una pesadilla?

Nica se sobresaltó, pese a la dulzura del tono, pese a saber que aún no podía saber nada del engaño. Le sobresaltó que su deseo cobrase realidad tan rápido, que la voz que ansiaba en su cabeza salía de fuera, del dormitorio.

—Yo no tengo pesadillas.

Se esforzó por sacar aquel tono hosco, ligeramente más agudo que su propia voz. Algo más, debía decirle algo más. Estúpida. Eso estaría bien, pero el insulto se quedaba atravesado en la garganta, sin querer encontrar el camino, sin querer ser mala. No podía. No podía tratarla así.

—Me lo ha parecido, te has despertado tan de repente… ¿Quieres algo, Chucky?

—Ya te he dicho que yo no tengo pesadillas, estúpida. ¿Cuántas veces hay que repetirte lo mismo para que te entre en esa cabeza hueca, eh?

Estúpida. Nica notó el sabor rancio en el paladar al instante, agrio, desagradable. Peor que la bilis, peor que cuando el condenado Chucky obviaba lavarse los dientes en días. No quería. No quería volver a tratarla así, aunque significase el fin de la noche. Ahora no tenía sentido, ahora no podía escapar. Tal vez en otro momento, cuando fuese necesario, cuando tuviera oportunidad de abandonar aquel infierno… Pero, ¿por qué tratarla así cuando no iba a conseguir nada?

—No me digas esas cosas, Chucky.

El tono salió en un quejido, revolviéndose, pegando aún más el cuerpo a Nica. Tiffany tomó la mano con más fuerza, la acarició con suavidad, buscando calmarla. Se tomó unos segundos, esperando, atisbando el silencio y decidiendo que podía actuar. Se giró, hasta dejar el rostro frente al de Nica, sin movimientos bruscos, sin querer que apartase la mano que descansaba en la cintura. Colocó la diestra en la mejilla, acariciándola con suavidad, observándola con detenimiento y una sonrisa cargada de dulzura. Le apartó el pelo del rostro, repasó las cejas, la curva de la nariz, el mentón y el inicio del cuello.

El pánico de los primeros segundos, al notarla girarse, se esfumó en cuanto posó la mano en la mejilla y comenzó a notar las caricias. El miedo la abandonó, dejando una paz que pocas veces podía sentir. Dejó el brazo en la cintura, acariciándole la espalda, tratándola con una dulzura que sería su sentencia. La descubriría, por supuesto que sí, pero quería tener un sabor dulce al sumirse en la oscuridad. Pasó la punta de los dedos con fascinación, arriba y abajo, notando la piel erizarse, sonriendo tonta al notar cómo se estremecía con gusto.

Podía verle el rostro a la perfección. Podía ver el brillo fascinado, podía notar cómo la contemplaba, como si fuera la única mujer sobre la faz de la tierra, como si nadie más importase. ¿Por qué Chucky nunca era así de dulce? ¿Por qué no la trataba así, por qué no la trataba con ese cuidado? Se inclinó sin abandonar sus ojos, pidiendo permiso, queriendo dejar un beso en los labios. Notó a Nica intentar retroceder, notó la respiración cortada, el pánico aflorando. Era tan buena, tan leal… Cualquiera se hubiera aprovechado, la habría dañado en su lugar y ella temía un solo beso

—Sé que eres tú, cielo.

Susurró, aún acariciando la mejilla, descendiendo las caricias por el cuello para calmarla. Notó el desconcierto, el terror de verse descubierta, el temor a las consecuencias, seguido al desconcierto por aún no tener daño alguno. Vio a Nica fruncir el ceño y le ofreció una dulce sonrisa, sin detener las atenciones.

—Siempre sé cuando eres tú. Sé que no siempre duermes, que aunque Chucky esté algunas veces puedes ver lo que hace, notarlo. Sé cuando me miras, cuando le tienes envidia, cuando quieres ser tú.

Le apartó otro mechón del rostro. Lo colocó tras la oreja, con una delicada caricia, dándole tiempo. Se inclinó un poco, y se quedó cerca, observando, esperando. Si iba a darle libertad por qué no una libertad completa. Que ella decidiera, que eligiera qué quería hacer. La observó acercarse, conteniendo la respiración, con el pulso acelerado y una temblorosa mano que se posó dubitativa en la mejilla. Se humedeció los labios, contemplando el tono rojizo que tenían los contrarios, aún sin el carmín. Un roce, no más que un roce, los labios contra los suyos, con la delicadeza que había imaginado. Se quedó cerca, compartiendo la misma respiración, notando el entrechocar, repasando las mejillas extasiada.

Nica volvió a inclinarse, con el mismo cuidado, con un atisbo de más decisión. Un beso más largo, cargado de la misma delicadeza. En la boca se entremezclaban el sabor del carmín dulce con el resquicio de los cigarrillos. Se separó dejando escapar un suspiro, sintiéndose aún más frágil. Cada caricia le aceleraba el puso, traía paz, seguida de intranquilidad, de miedo. ¿Y si volvía a perder el control? ¿Y si se enteraba de lo ocurrido y buscaba vengarse?

—No tengas miedo, corazón. —Susurró Tiffany. Repartía suaves besos por las mejillas. Prosiguió con las caricias, la envolvió mientras la notaba temblar como una hoja. La idea de que le tuviese miedo traía un horrible sabor agrio—. No voy a dejar que te haga daño. Estás segura conmigo.

Nica dejó escapar un sollozo, se removió, temblando, y buscó acurrucarse aún más en sus brazos. El temor, de escuchar sus pensamientos en voz alta, de no ser más que un libro abierto. La certeza de que no escaparía, la sensación de que, tal vez, no quería hacerlo.

—No me pongas a dormir, por favor. —Susurró, refugiando el rostro en su cuello, hablando contra la piel, rozando los labios y sintiendo la vida, los latidos que se contenían—. No voy a hacer nada.

—Lo sé, cielo. Ya lo sé…

Buscó acallar los bajos sollozos, la envolvió entre los brazos, la atrajo y dejó suaves besos en el pelo, caricias. No, no pasaba nada por no abrir por una noche el cajón, por no ponerla a dormir y hacer que Chucky volviera.

—¿Puedes acariciarme?

Le sonó frágil el tono, la pueril súplica de una niña que despierta tras una pesadilla. Cerró los ojos, apoyó el rostro en el pecho, se concentró en los latidos.

—Claro que sí, cariño.

Comenzó una cancioncilla suave, un rumor, sin detener los besos, sin pausar las caricias. Formuló primero la promesa en su cabeza, haciendo que el corazón se acelerase, que mirase a los lados, segura de que habría consecuencias. Esperó, hasta notar que Nica se calmaba. Otro beso suave en los labios, seguido del roce nariz con nariz.

—Te prometo que encontraré la forma de que siempre estemos juntas.