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Canción de cuna

Summary:

Después de los acontecimientos de "Río arriba, como un salmón", Andrés y Martín se encuentran disfrutando de su tiempo en el monasterio cuando reciben una inesperada llamada que les hará replantearse algunas de sus convicciones.

Notes:

Queridos lectores:

Como veréis, esta pequeña historia es una continuación de RACUS. No tenía pensado seguir la saga, pero quería participar en el evento de "Berlermo Firsts" y se me ocurrió esto. Os pido perdón por lo que vais a leer, porque no es, ni de lejos, mi mejor trabajo. Tampoco es un tema del que sepa mucho, así que mis disculpas si hay incongruencias. Me apetecía poner a Andrés y a Martín en esta situación: una primera vez... curiosa y, ojalá, no la más esperada.

Es recomendable haber leído "Río arriba, como un salmón" para entender mejor "Canción de cuna", pero no es imprescindible.

Deseo que, al menos, os divirtáis leyéndolo. Este trabajo va dedicado especialmente a todos los SALMONES. <3

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Una llamada inesperada

Chapter Text

A Martín siempre le habían gustado las tardes de otoño en Florencia. 

Sabía que, en general, la gente solía preferir la primavera o el verano por esa esperada promesa de buen tiempo, de espacios abiertos, pero, desde hacía años, había sido en aquellos momentos, cuando la temperatura del aire empezaba a cambiar en el patio y las hojas de los árboles se tostaban junto a la ribera del Arno, cuando Martín había sentido un cosquilleo de anticipación en el cuerpo: sabía que los viajes estivales de Andrés con la nueva novia o esposa de turno llegaban a su fin y que se acercaba el tiempo de encerrarse juntos en la capilla a hacer realidad sus sueños. Y aunque, finalmente, las cosas habían cambiado entre ellos y ahora la presencia de Andrés era una constante en su vida, Martín aún tenía demasiado integrado en su cuerpo el maravilloso recuerdo del pasado, de tantas y tantas frías noches metido entre las cuatro paredes del monasterio planeando atracos con el amor de su vida, como para deshacerse de aquella sensación tan placentera.

Hacía ya varias semanas que el calor sofocante del verano florentino había dado sus últimos coletazos y por fin el otoño se había adueñado con soltura de los colores, los olores y los ambientes. En aquellas tardes de mediados de octubre, la temperatura era tan agradable que a Martín le encantaba sentarse en el patio del monasterio a leer -aunque, con sus recientes problemas de visión, no podía hacerlo durante mucho tiempo porque pronto empezaba a dolerle la cabeza-, a tocar la guitarra, a escuchar los cantos gregorianos de sus vecinos religiosos o, simplemente, a ver las nubes danzar en la inmensidad del cielo.

Pero, sin duda, lo que más le llenaba el alma en aquellos momentos de relajación y paz era disfrutar cada segundo con Andrés. El español estaba sentado en una de las tumbonas del patio, con los pies apoyados en el suelo a cada lado de ella y con su cuaderno de dibujo entre los muslos. Había en sus facciones una expresión de concentración absoluta mientras trazaba con ambas manos el contorno de a saber qué fascinante criatura voladora o fachada románica sobre el papel. 

Esbozando una sonrisa tierna y satisfecha, y con la vista clavada en el perfil de Andrés, Martín se maravilló de que, después de tantos años, aquel hombre aún pudiera provocarle en las entrañas un cosquilleo tan intenso como el de una descarga eléctrica. Faltaban pocos días para que se cumpliera un año del atraco con éxito el Banco de España y, por lo tanto, de que ambos hubieran tenido al fin los suficientes arrestos para enrolarse en aquella relación amorosa que tantos años había estado cocinándose a fuego lento. A veces, cuando se despertaba en mitad de la noche sobresaltado por alguna pesadilla o ruido inconveniente, a Martín todavía le parecía mentira que la vida que llevaba pudiera ser real, que Andrés estuviera de verdad tumbado a su lado con aquel cuerpo tan elegante pegado al suyo, haciendo que se le erizara la piel del hombro con cada nueva respiración.

Despacio, como por instinto, el argentino bajó la vista hasta posarla sobre la alianza dorada que brillaba en su dedo anular. Aquel trocito de metal era toda la confirmación que necesitaba Martín para quedarse tranquilo y volver a respirar cada vez que lo acechaban las dudas. No era sólo que el anillo abrazara su dedo con tanta coherencia como si ambas partes fueran indivisibles, sino que, además, le besaba el alma cada vez que lo sentía en contacto con su piel. Era el símbolo inequívoco de que Andrés y él habían decidido aceptar por fin quiénes eran y habían unido sus vidas con actos además de con palabras.

Vagamente, con los ojos aún perdidos en la superficie de la alianza como si en ella estuviera escrita la novela de su vida, Martín recordó el día en que Andrés le había pedido que se casara con él, en lo alto del campanario, arrullados por la impetuosa voz del río Arno a sus pies e iluminados por los primeros rayos de un amanecer tan mágico como metafórico. También se le vino a la memoria la boda, que había tenido lugar tan sólo un par de meses después de aquello, en pleno enero y con todo el patio del monasterio nevado. Había sido una ceremonia sencilla e íntima a la que habían invitado únicamente a Sergio y a su nueva familia. En su día, habían considerado que hacer que la banda se reuniera tan sólo dos meses después de que cada uno hubiera rehecho su vida en distintas partes del mundo quizá no fuera una buena idea. Y, aunque a Martín le habría encantado tener también allí a Santiago, aquellos testigos habían sido suficientes para que Andrés y él sellaran su compromiso a ojos de la ley.

Con aquellos pensamientos aún en la cabeza y una sonrisilla distraída en los labios, Martín alzó la vista del anillo y se encontró con los ojos oscuros del español, que había dejado de pintar por unos instantes y lo miraba con las cejas alzadas y expresión indulgente, como si supiera sin atisbo de duda lo que Martín estaba pensando.

- ¿Qué? - preguntó el ingeniero poniéndose ligeramente colorado. A pesar del tiempo que había pasado y la increíble confianza que se respiraba entre los dos, Martín aún se ruborizaba cuando Andrés lo pillaba in fraganti mirándose el anillo con adoración.

Sin decir nada, el español movió la cabeza de lado a lado y volvió a centrarse en su pintura como si nada, pero en sus labios había aparecido también una sonrisa pícara y presumida que le provocó a Martín ganas de besarlo y de pegarle un puñetazo al mismo tiempo.

Entonces, la vibración insistente de un móvil rompió la bucólica calma que los rodeaba. Soltando suavemente el pincel sobre un pañuelo, Andrés se llevó la mano al bolsillo del elegante batín de seda y extrajo el teléfono con un suspiro de resignación para comprobar de quién se trataba. Ágilmente, se levantó de la tumbona, se pegó el aparato a la oreja y echó a andar hacia el interior del monasterio para responder, no sin antes inclinarse sobre Martín y robarle un fugaz beso en los labios.

Como siempre que ocurría aquella clase de cosas inesperadas, Martín las vivía como todo un acontecimiento y, por mucho que intentara disimularlo, se le ponía cara de simple. Se preguntaba con una mezcla de curiosidad y miedo cuándo dejarían de sorprenderlo los gestos de cariño que Andrés tenía con él, porque le encantaba seguir viviendo cada uno de ellos como si todos fueran el primero. 

Aún no se le habían ido del todo a Martín las mariposas del estómago cuando oyó a su espalda los pasos de su pareja, que sonaban quedos y amortiguados por efecto del césped del patio. El español volvió a sentarse a horcajadas en su tumbona y agarró los pinceles para intentar retomar la pintura donde la había dejado, pero, de repente, había en su postura, en sus gestos, una cierta tensión que Martín no había percibido antes de la llamada. Por supuesto, todas las alarmas se encendieron en el cerebro del argentino en un abrir y cerrar de ojos.

- Andrés, ¿está todo bien? - preguntó Martín incorporándose en su hamaca para observar al español con mirada inquisitiva.

Los músculos de la mandíbula de Andrés se contrajeron ligeramente al oír las palabras de Martín y sus ojos castaños se volvieron despacio para mirarlo, pero no dijo nada por espacio de unos segundos. El problema era que, cuanto más se prolongaba su silencio, más claro quedaba que no sabía muy bien cómo responder a aquella pregunta, lo que sólo contribuyó a que el cuerpo y la mente de Martín se pusieran en alerta máxima. 

- Me estás asustando - añadió con voz temblorosa el argentino, que ya se temía lo peor. 

¿Estaría herido algún miembro de la banda? ¿Se habría echado atrás el Estado español en su promesa de dejarlos libres y no volver a buscarlos? Al ver la cara ansiosa de Martín, Andrés debió de apiadarse de él, porque, por fin, soltó un suspiro para dejar escapar la frustración que parecía estar sintiendo, volvió a abandonar los pinceles sobre el pañuelo que tenía en el asiento y miró a Martín con cara de fastidio.

- Era Rafael.

- ¿Tu hijo? - preguntó Martín sorprendido, porque era la última persona cuyo nombre esperaba oír en aquella conversación. 

El argentino intentó hacer una rápida recapitulación de los pocos datos que tenía sobre la situación del joven, por si podía arrojar algo de luz sobre el motivo de la preocupación de Andrés. Él había estado presente cuando su compañero había perdonado tanto a Rafael como a Tatiana durante su reencuentro en Lisboa, justo después del atraco al Banco, y sabía que, actualmente, la relación entre ellos era cordial, así que mantenían cierto contacto y hablaban de vez en cuando. Las últimas noticias que tenía Martín eran que la pareja se había establecido en Viena, la ciudad de la música, donde Tatiana seguía dedicándose a dar conciertos -oficialmente, al menos-. Sin embargo, no era un tema del que hablase mucho con Andrés porque, aunque los agravios habían quedado aparentemente olvidados entre los miembros de aquella familia, Martín suponía que Andrés siempre llevaría clavada en el corazón la traición que había sufrido por parte de su hijo y su exmujer, y le parecía que eran unos barros que era mejor no remover a menudo. No en vano Andrés no había hecho ningún esfuerzo por verse con ellos en el último año, a pesar de haberlos invitado a visitar el monasterio cuando quisieran.

- ¿Recuerdas lo que les pedí a Rafael y a Tatiana la última vez que nos vimos, cuando nos reconciliamos? - comentó entonces Andrés, sacando a Martín del baúl de los recuerdos.

- ¿En Portugal? No, no sé a qué te referís.

- ¡Les pedí que no me hicieran abuelo todavía, Martín! - exclamó Andrés con vehemencia al tiempo que se levantaba de la tumbona y se ponía a pasear por el patio.

Por un instante, en la mente del argentino se produjo un cortocircuito. No estaba seguro de haber oído bien lo que había dicho Andrés ni lo que aquello significaba. Como llevado por un impulso automático, Martín se levantó de su hamaca también y se acercó a su pareja para agarrarlo por el brazo.

- Esperá, esperá. A ver si lo entendí bien. ¿Me estás diciendo… que Rafael y Tatiana tuvieron un hijo? - preguntó despacio mientras buscaba con sus ojos los de Andrés y, cuando los encontró, vio en ellos tal ultraje que no pudo evitar soltar una sonora carcajada. 

De repente, toda la preocupación que lo había asaltado hacía unos minutos se evaporó como una gota de agua en pleno verano. Sin embargo, Martín notó bajo sus dedos, que todavía tenía puestos sobre la sedosa tela que cubría el brazo de Andrés, que el español se ponía aún más tenso y, sin pensarlo dos veces, lo atrajo hacia sí para darle un abrazo lleno de ternura.

- Pero, enhorabuena, boludo. ¡Que sos abuelo! - lo felicitó Martín, aprovechando que estaba tan cerca del cuello de Andrés para darle un par de besos en la suave piel de aquella zona. 

Poco a poco, derretido por el abrazo efusivo del ingeniero, el cuerpo de Andrés fue relajándose hasta que él también rodeó la cintura de Martín con los brazos y se dejó mimar.

- Es lo único que les pedí, Martín. ¿Cómo se han atrevido? Ser abuelo me hace viejo - susurró el español con pena contra la mejilla del argentino.

- Sí, bueno, acá ya conté dos canas nuevas, ¿viste? - rió Martín en su oído mientras le acariciaba el pelo oscuro que, efectivamente, se iba salpicando de hebras plateadas a medida que pasaba el tiempo.

Con una sonrisa en los labios, Martín se apartó un poco de Andrés y le agarró las mejillas con ambas manos para poder mirarlo a los ojos.

- Para mí siempre serás el hombre más bello del universo, ¿me oís? - le aseguró Martín mientras acariciaba dulcemente con los pulgares las arruguitas que su pareja tenía en las comisuras de los ojos. - Escuchame, Andrés: yo siempre pensé que morir joven de forma heroica era una victoria. Pero desde que estoy con vos, desde que la vida nos dio una segunda oportunidad…, la idea de hacerme viejito a tu lado es la que más me atrae como plan de futuro. Además, vos sabés que siempre me gustaron los hombres mayores.

Lanzándole una mirada asesina que era mitad real y mitad fingida, Andrés negó con la cabeza haciéndose el ofendido, pero Martín supo que sus palabras habían tenido el efecto deseado cuando el español se inclinó hacia delante y le dio un pequeño beso en los labios.

- ¿Te… Te invitaron a conocer al bebé? ¿Tenés que ir? - preguntó Martín con cautela cuando Andrés volvió a echarse hacia atrás. No sabía a ciencia cierta qué terreno estaba pisando.

De nuevo, como había ocurrido hacía tan sólo unos minutos, el español guardó silencio unos instantes antes de responder, presa de la incomodidad. 

- Sí, me lo dijeron…, pero no fui.

- ¿Cómo? - inquirió Martín con la confusión pintada en las facciones. De pronto, lo asaltó la frustrante sensación de que Andrés le había estado ocultando algunas cosas durante aquellos meses. - ¿Se puede saber cuándo nació?

Al menos, Andrés tuvo la decencia de apartar la vista, como si se avergonzara de no haber hecho partícipe a su compañero de vida de aquellos datos que cualquier otra persona habría considerado relevantes.

- En mayo.

- ¿¡EN MAYO?! - exclamó Martín llevándose las manos a la cabeza. A pesar de la estupefacción que le provocaba toda aquella situación tan surrealista, su cerebro científico echó cálculos a la velocidad habitual. - ¡Pero de eso hace cinco meses, Andrés! ¿Hace cinco meses que sabés que tenés un nieto y no te pareció apropiado compartir esa información conmigo?

- Por Dios, Martín, pero, ¿por qué es tan importante para ti? - se desesperó Andrés girando sobre sí mismo hasta que le dio la espalda.

- Porque lo es para vos, carajo. Con los demás podés fingir si querés, pero a mí no me engañás, querido - lo desafió el argentino, que, en un par de zancadas, se plantó de nuevo junto a Andrés, le dio media vuelta y volvió a agarrar su cara entre las manos para que lo mirase a los ojos. - Te pasaste años repudiando a tu hijo y, al final, cuando lo conociste bien y pasaste tiempo con él, te arrepentiste. Lo querés. Y sé que te arrepentirás también si no formás parte de la vida de ese bebé.

En las pupilas de Andrés, Martín leyó con claridad meridiana que sus palabras habían vuelto a dar en el clavo. Había un brillo en aquellos ojos oscuros que hablaba de orgullo, pero también de un miedo atroz al que su dueño no se atrevía a enfrentarse.

- ¿A qué le temés? - continuó Martín cuando vio que Andrés no estaba muy por la labor de aportar nada a la conversación. Pero, entonces, la sombra de la duda se cirnió sobre él como un buitre despiadado y al argentino se le encogieron las entrañas de forma repentina. - ¿Es por… Tatiana?

Martín odiaba mostrarse inseguro, especialmente después de todo lo que habían pasado juntos Andrés y él. En aquel maravilloso tiempo que llevaban de relación, el español no le había dado ni un solo motivo para dudar de su amor, pero también Martín tenía traumas no superados que asomaban de vez en cuando su fea cabeza, sobre todo cuando estaba desprevenido, y le hacían reencontrarse con su lado más feo y oscuro.

- No, no es eso - lo tranquilizó Andrés poniéndole una mano en el antebrazo. - Me sigue incomodando que mi exmujer se liara con mi hijo, no te lo voy a negar, pero sabes que ya no siento nada por ella. Es otra cosa… no sé, no estoy seguro.

- Bueno, sea como sea, tenés que ir a conocerlo. Si querés, yo te puedo acompañar.

- No va a hacer falta… - explicó Andrés con otro suspiro. Había soltado tantos aquella tarde que Martín tenía miedo de que, a ese paso, acabara desinflándose. - Al parecer, Rafael piensa lo mismo que tú. Me ha dado por teléfono un discursito sobre la familia muy parecido al tuyo y me ha informado amablemente de que piensan presentarse aquí en un par de días para pasar el fin de semana con nosotros.

Igual que si le hubiera dicho que un platillo volante estaba a punto de aterrizar en el jardín, Martín se quedó inmóvil un momento, tratando de procesar la información. Aquella era una eventualidad con la que no había contado. Una cosa era animar a Andrés a formar parte activa de la vida de su nieto y otra muy distinta que, de buenas a primeras, Rafael y Tatiana se autoinvitaran a su casa con un niño casi recién nacido en los brazos.

- ¿Acá? Le dijiste que el monasterio no está muy adaptado para un bebé, ¿no? - preguntó Martín con el ceño fruncido y los brazos en jarras. De pronto, la perspectiva de que invadieran su intimidad de forma tan gratuita le estaba produciendo cierto dolor de cabeza, aunque, por el bien de Andrés, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, claro.

- Sí, pero mi hijo es bastante cabezota - se quejó Andrés al tiempo que se encogía de hombros. - No sé a quién habrá salido.

- ¿No tenés ni una ligera idea? - bromeó el argentino tirando del cinturón del batín de Andrés para que el cuerpo del español se pegara por completo al suyo.

- Ninguna - negó Andrés mientras alzaba una de sus manos hasta el cuello de Martín y empezaba a acariciarle los cortos mechones de la nuca. Poco a poco, una sonrisa traviesa, diabólica, asomó a sus tentadores labios. - Ya no te veo tan animado con la perspectiva de ser abuelo.

- ¿Yo? Perdoname, pero el abuelo acá sos vos, ¿eh?

Lentamente, sin perder aquella sonrisa pérfida, el español le agarró a Martín la mano que aún tenía enredada en el cinturón de su bata y se la alzó hasta que estuvo a la altura de los ojos de ambos. Sin comprender, el argentino siguió la mirada de Andrés hasta el anillo que descansaba en su dedo anular, tan evidente, tan delator. Y, entonces, a Martín se le abrió la tierra bajo los pies, porque justo en aquel instante, se dio cuenta de que el vínculo legal y emocional que suponía aquella alianza lo convertía, a sus tiernos cuarenta y cuatro años, en abuelo a él también.

Al ver cómo palidecía de repente la piel de las mejillas del ingeniero, el que soltó una carcajada llena de guasa fue Andrés y, acto seguido, le acarició la mandíbula con dedos suaves y tranquilizadores.

- No sufras, Martín. A ti las canas también te sientan bien - le dijo al oído provocativamente, con un susurro que al argentino le puso la carne de gallina. 

Justo después, Andrés se apartó de él con una última mirada perversa y echó a andar hacia el interior del monasterio con lentitud, haciendo que, con cada paso, se contonease elegantemente aquel cuerpo flexible y duro como una caña de bambú. Cuando tan sólo le faltaban un par de pasos para alcanzar la puerta, no obstante, el español se volvió de nuevo hacia Martín, que lo observaba como hipnotizado desde el centro del patio como si alguien lo hubiera dejado clavado allí para siempre. Alzando las cejas y la barbilla con humor, Andrés le sonrió por última vez enseñando todos los dientes.

- Ahora ya no miras el anillo con tanto cariño, ¿eh? - le soltó desde el umbral de la puerta antes de desaparecer en la penumbra del edificio, y su burlona risa respirada hirió al argentino directamente en el orgullo como si fuera el proyectil de una ballesta.

Y Martín, plantado como seguía en el patio, tuvo que reconocer que, de pronto, la vida le parecía una hija de la grandísima puta.