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El sudor se le pega al cuello, pero no se afloja los botones de la camisa. El clima es húmedo, y la lluvia trae un viento suave que le recuerda a Mitsumi a Ishikawa. Huele a pan caliente y hojas húmedas; y, bajo los ojos de Mitsumi, Tokio es una pintura renacentista repleta de gris, azul y blanco.
Terminó con Shima. Le duele el pecho.
Recuerda su primer día de escuela en Tokio, sofocada y pérdida. Pero lo que más recuerda es la sensación de sus pies contra el asfalto, el vómito ácido escurriendo por su garganta y el cosquilleo en su garganta deseoso por hacer amigos. Ella es una chica de sensaciones, de emociones; las palabras son ramas, pero las sensaciones son las raíces.
Le duele la cara. Le duele el alma.
El sudor fluye en sus piernas, la tela de la camisa le pica y la garganta le arde. Está entumecida, pero dolida, y le cuesta ponerle un nombre a este sentimiento que flota entre la tristeza, la decepción y la ira.
Camina como si nada, con el corazón partido y la mente tiesa por las calles mojadas y calurosas, preguntándose si es que Shima alguna vez la vio como algo más que una amiga de ojos esperanzados y sentimientos frágiles. Por primera vez en la vida de Mitsumi, ella no quiere honestidad.
Cuando llega a su hogar, se quita los zapatos y el uniforme. Su tía no está en casa, y el agua caliente de la ducha le alivia la cara que aún no llora y la espalda cansada de cargar algo que no existe. Mitsumi se asea, se viste, se cepilla y apaga todas las luces. Y no es hasta que está en la tranquilidad de su cuarto, en su cama, rodeada de sábanas y una almohada fría, que su cuerpo se relaja y saca el dolor acumulado en el cuerpo.
Llora hasta quedarse dormida.
 ̄ ̄
Mitsumi sabe, que todos saben, que ella está deprimida.
No es la mejor para ocultar sus emociones, pero sabe cómo comprimirlas para que no afecten sus estudios ni su vida cotidiana. Muchas veces ni siquiera es capaz de leer el ambiente en una habitación, pero puede sentir esta preocupación emanando de sus seres queridos. Ha estado albergando está tristeza por casi un mes y medio, pero es cuando el periodo de relajación escolar empieza, que siente que el agotamiento se le cuela en los sesos.
Los actos pequeños de apoyo son dulces, pero la ligera apatía que mancha sus días le impide disfrutarlo de la manera correcta. La tía preparando sus comidas favoritas, regalandole algo de ropa y maquillaje que sobra de su trabajo e invitandola a pasear juntas, Mika compartiendo sus almuerzos y comprándole bocadillos, Yuzuki abrazándola más a menudo, Makoto haciendo sus apuntes y facilitándole ciertas tareas, Yamada intentado adular su aspecto ligeramente demacrado, Mukai comprando galletas todas las mañanas. Incluso Fumi la llama más a menudo y luego de comentarle que empezó a tejer, le promete que le regalará un suéter en las vacaciones. Incluso Shima, con quién ha mantenido una relación tensa, la halaga y le regala un labial rojo cereza en la única ocasión en la que están solos.
Mitsumi se da cuenta, de nuevo, que las palabras de Yazaka eran verdad. Ella es una chica amada, enjuagada del amor de sus seres queridos. Ella ha estado triste, ellos lo saben, y dentro de poco la gentil privacidad y paciencia que le ofrecen será sobrepasada por la preocupación.
No está segura de poder manejarlo.
 ̄ ̄
Una tarde de helechos húmedos y abejas tímidas, Ujiie Kiyohito confronta a Mitsumi Iwakura.
Una tregua se asentó entre ellos luego de esa tarde en la que derramaron mocos y lágrimas uno frente a otro. Mitsumi se atrevía a pensar que había un especie de compañerismo, una unión que no tiene con muchos de sus amigos pero que sí posee con él. Esa frustración, ese odio y ese cansancio que rompe huesos. Aliados, por el mismo enemigo invisible.
Kiyohito era diferente a sus amigos, él no le daba regalos, no le facilitaba tareas. Él no hacía nada especial ni la trataba distinto. Pero Kiyohito observa, como un depredador a la presa, el rostro de Mitsumi cuando cree que ella no lo nota. Sus ojos son oscuros, absorbentes y salvajes, a pesar de la propia apariencia tranquila y apática del mismo. Kiyohito es de pocas palabras y pocos amigos, pero es de ojos altaneros y sonrisa rara. Él está listo para atacar, para morder y disecar a Mitsumi si lo cree conveniente.
Quizá, por eso, mientras él y Mitsumi observan las gotas de lluvia caer, protegidos por la cubierta del techo escolar, Mitsumi no se sorprende cuando le pregunta.
─¿Qué te duele?
Pero si la forma en que lo hace.
Mitsumi había preparado un diálogo, una oración perfecta para decir en caso de que alguien le preguntará cómo estaba. Tenía las palabras contadas, las letras ordenadas y la sonrisa practicada. Tenía la mentira en la lengua, preparada, aguardando como un cuchillo que espera rasgar carne o una víbora hambrienta por un ratón. Estaba lista.
Pero cuando Ujiie le preguntó, se escurre y se empapa de tristeza.
Mitsumi llora, sus lágrimas se confunden con el agua que cae del cielo despejado. Repleta de vergüenza, mortificada por llorar otra vez frente a Ujiie, se intenta reír de su llanto, pero cuando él le presta un pañuelo y la abraza, lo único que puede sentir es alivio y agradecimiento.
Mitsumi llora en un hombro que huele a libros y miel.
 ̄ ̄
Dos días después, la tía Nao le pide que le diga la verdad. Es de noche, el verano en Tokio suele ser lluvioso y húmedo, pero esté cielo oscuro parece diferente a los normales. Más silencioso y helado.
Cuando la tía Nao se preocupa, su ceño se frunce y su manzana de Adán se tambalea. Ambas están sentadas en el sofá, con las luces apagadas, viendo una película que Mitsumi dejó de entender a la mitad; cuando su tía la mira fijo y le susurra palabras suaves.
Mitsumi tiene sueño, un cansancio diferente al que está acostumbrada agregándose a uno con el que nació y las ganas de dormir, así que por eso supone que le cuenta la verdad a la mujer que a veces ve como otra madre.
Le cuenta las palabras de Shima, su sonrisa incómoda y el sudor en su cuello. Le cuenta como lloró ese día, como se dió cuenta que fue igual a aquellos a los que Shima no podía negarse; asustado de romper corazones y amistades. Cómo sentía que no podía contarle a sus amigos, a su familia. El sentimiento tan sucio que intentó limpiar con jabón. Mitsumi se sincera, con lágrimas en los ojos, cansada de llorar y sin saber qué más hacer.
Cuando termina, la tía la abraza, de la misma forma que Mitsumi abraza a la tía cuando empieza a recuerdar aquellas épocas en las que no podía ser ella misma. Es un abrazo cálido, una unión dolorosa entre mujeres y niñas de corazones rotos. Una conexión fuerte, que a pesar de las diferencias entre cuerpos y almas, se entiende y devora. La tía la reconforta y la mima, como una madre a su bebé, abrazándola y recordándole lo hermosa persona que es.
Mitsumi se siente cálida esa noche, mientras duerme en la cama de su tía como solía hacer cuando era una niña que le tenía mucho miedo a la oscuridad.
Cuando se despierta, mientras siente la brisa tierna atravesar la ventana acariciarle el cuello y la mejilla, Mitsumi, después de mucho tiempo, sonríe.
