Work Text:
—Leo, ¿cómo se conocieron Elliot y tú?
Oz hizo la pregunta. Y Leo se quedó estático viendo la nada. Lo tomó desprevenido. No sabía qué responder. No es que lo haya olvidado, sino que ya no había pensado en eso. Se concentró en lo feliz que estaba por vivir solo con Elliot que lo demás había pasado a segundo plano. Tal vez conforme los fuera contando, sus memorias se volverían más claras. De lo que sí está seguro es que le gustaba molestarlo solo para ver su expresión. Es muy divertido y con esa motivación iba al salón de música para molestarlo. Le gustaría que él estuviera haciéndole compañía, pero se quedó en la mesa de postres y estaba con Gilbert, su hermano a quien no veía desde hace tiempo.
—Lo conocí en la Academia Lutwidge…
Así fue como su mente regresó al tiempo en el que estudiaba.
Leo recordó que no era un estudiante nuevo en la escuela, ya tenía su salón asignado y los compañeros eran los mismos de siempre. Iba a la biblioteca y a tocar el piano con mucha normalidad. Realmente no había nada extraño o algo que fuera relevante.
Él estaba tan fastidiado por el final que tuvo su última lectura porque no tuvo sentido, las acciones del protagonista fueron para evitar ese desenlace y aún así lo tuvo. Su humor era malo y quería tocar el piano para despejarse, pero conforme se iba acercando al salón escuchó una melodía que lo hizo detenerse y concentrarse en el sonido.
Lo consideró un poco anormal porque el salón a esas horas siempre estaba vacío, muy rara vez veía a alguien entrar ahí. En esta ocasión un estudiante seguía dentro. Retomó el camino y se puso de pie frente a la puerta entreabierta. Se asomó y vio a Elliot por primera vez. Él estaba tan enfocado tocando el piano que no se dio cuenta de que era observado.
Conocía esa melodía porque Leo fue quien la compuso. Ahora entendió por qué no encontraba sus partituras por ningún lado, las olvidó en el salón. Dejó de estar detrás de la puerta y entró.
—Te equivocaste de tecla.
Hablar de repente provocó que Elliot se detuviera y mirara hacia el lugar donde provino la voz. Leo se acercó y apoyó una de sus manos sobre el piano.
—Recuerdo que terminamos peleando esa vez —dijo con una sonrisa—, para Elliot es muy difícil reconocer cuando se equivoca, me miraba con enojo, como si me estuviera pidiendo que me fuera y que lo dejara…
Se calló cuando vio que Elliot y Gilbert se acercaron al lugar donde estaba con Oz y Alice. Ahora parecía que los tres querían conocer la historia. Bien, no tenía ningún problema.
—¿Qué les estás contando? —preguntó Elliot al ver como Oz y Alice estaban muy atentos a lo que decía. Realmente querían saber la historia, tenían puesta toda su atención.
—De cómo terminamos peleando la primera vez que nos vimos —confesó y siguió con la historia.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó desconcertado.
Pudo entender su reacción. Era muy extraño que estuviera tocando el piano y luego un desconocido llega a decirle que se equivocó en una tecla. Son cosas que no pasan todos los días.
—Compuse esa canción —respondió con un tono de voz aburrido—. Me la aprendí de memoria.
—¿Y?
¿Qué? Esperaba una respuesta diferente, un agradecimiento o que le preguntara en dónde estaba su error, no que se creyera un sabelotodo que hacía todo perfecto. Le molestó su reacción y en vez de explotar, solo respiró profundamente. No le quería contestar, aunque tenía muchas ganas.
—Ese encuentro hizo que tuviera una mala impresión de Elliot, tenía muchas ganas de insultarlo —aguantó las miradas boquiabiertas de los oyentes— deseé ya no volverlo a ver, me cayó mal…
—¡Porque apareciste de la nada! —interrumpió—. Quería pasar un momento ignorando las clases, no que un extraño apareciera para decirme mis errores.
Leo abrió la boca ante esa declaración. No se molestó, solo fue inesperado escuchar eso. Se peleaban de vez en cuando, pero no podían durar mucho tiempo enojados, luego de un rato volvían a actuar cariñosos.
—Sin discutir —intervino Oz y se puso en medio de los dos.
Leo suspiró e intentó tranquilizarse. Tenía que medir sus palabras o Elliot iba a explotar con facilidad. Años habían pasado y aún permanecía esa parte de él, tal vez ya era un rasgo de su personalidad.
Después le intentó explicar por qué estaba presionando una tecla errónea. Se acercó para demostrarle su afirmación. Ahora Leo era quien tocaba el piano, específicamente la parte en la que Elliot cometía errores, y en vez de que le agradeciera, solo recibió una mirada de molestia y que se levantara de su lugar, dejándolo solo. No había por qué actuar así. En ese momento supo que ya no quería verlo. Tal vez tenía muchas cosas en su cabeza que se desquitó con él, podía ser y no se hizo más preguntas.
A veces lo veía en los pasillos y rápidamente miraban hacía otro lado. Al menos no compartían clases ni habitación. Leo no lo iba a poder soportar. Recordó cuando fue a la biblioteca a buscar su siguiente lectura y lo encontró, casi quiso irse en ese momento, pero decidió acercarse. Fingió ver los libros y agarró uno sin fijarse en el título, solo lo tomó para evitar estar mucho tiempo junto a él.
—Ese libro tiene un buen inicio, pero recae en la mitad. No te lo recomiendo.
¿Eh? Lo miró de reojo y leyó la sinopsis del libro para saber si tenía razón. Lo dejó en su lugar. Odiaba admitirlo, tenía razón, no le resultó atrayente. Eligió otro y se fue de la biblioteca. Fácilmente pudo callarlo, decirle que su opinión no le era importante, sin embargo por el mal sabor de boca que le dejó su última lectura, decidió hacerle caso. Ese día algo sintió diferente y no supo qué fue.
—Pensé que te ibas a llevar el libro de todas formas —comentó Elliot.
Leo negó con la cabeza.
—¿Y luego qué pasó? —cuestionó Alice con impaciencia—. ¿Cómo fue que empezaron a llevarse bien? ¿Quién se declaró primero?
Sonrió ante las preguntas de Alice. Vaya que atrajo todas su atención y Leo pensó que la historia era aburrida. Aunque decidió que fuera Elliot quien continuara, así que le hizo un ademán con la mano. Estaba ansioso por escuchar su versión.
No había una razón por la que le dijo que el libro que había elegido no era tan bueno. Simplemente lo comentó como una forma de poder arreglar las cosas, de hacer el esfuerzo por llevarse bien y lo mejor es que se quedó callado antes de responderle con un comentario sarcástico. Si antes lo frecuentaba en los pasillos, ahora pasaba más seguido. Algo le estaba tratando de decir el destino y no sabía qué. Solo que le empezó a dar curiosidad; lentes, cabello negro y parecía ser un estudiante aplicado, con una personalidad tranquila que no duda en explotar dependiendo el momento. Dos encuentros en los que cruzaron palabras y esa fue su impresión, aparte lo sentía como alguien que decía los errores de los demás. Se preguntaba si él se creía alguien perfecto.
"Leo Baskerville".
Ese era su nombre. Lo supo cuando lo volvió a encontrar en el salón de música. Sintió desagrado, algo así como una molestia en el estómago, solo de pensar en que lo vería muy seguido ahí. Al escucharlo tocar su mente se convirtió en un remolino, el pensamiento destacable era que no lo hacía nada mal y muy rara vez se equivocaba. Tal vez porque la melodía era la que Elliot tocó el otro día.
Se detuvo cuándo lo vio en el umbral de la puerta.
—¿Qué haces aquí?
No respondió, solo dejó sus cosas y se sentó en el lugar vacío de la banca. Odió estar cerca de él, pero lo hizo para satisfacer su curiosidad. No se hizo a un lado, permaneció inmóvil.
—¿Desde cuándo llevas tocando? —preguntó.
Esperó que su voz sonara amable porque su duda era en serio. Si rara vez cometía un error entonces debía de tener años tocando. Diría que estaba en el mismo nivel que él o un poco más alto.
—Desde niño —contestó.
Era de esperarse. Ese mismo día tocaron por primera vez juntos, lo único que evitaron fue que sus manos chocaran. Todavía no habían olvidado la mala impresión, una idea que abandonaron cuando se preguntaron sus nombres, Elliot se excusó diciendo que ya se habían visto muchas veces.
—Empezamos a llevarnos bien al frecuentar tanto el salón —contó Leo—. Fue una manera de conocernos, no sé cuándo empezó a atraerme. Tal vez cuando esperaba que apareciera y tocáramos juntos.
—Sospeché de sus sentimientos cuando me regaló una canción.
Leo se rió. No esperó que todavía recordara eso y luego se sintió avergonzado al saber que no ocultó sus sentimientos bien. Le regaló una canción al verlo disfrutar el sonido que producían sus dedos con las teclas. ¿Debería contar eso? Tal vez sí, pero ya no recuerda muchas cosas de ese día. Solo su sonrisa y que Elliot se sintió muy confundido, aún así aceptó el detalle.
—¡Quiero escuchar esa historia! —gritó Alice y dio unos brincos en su lugar
—Para otra ocasión —intervino Elliot y Leo se relajó al escuchar eso, iba a tener que hacer memoria de ese día—. Me declaré primero.
Oz y Alice abrieron la boca sorprendidos. Gilbert solo se quedó en silencio escuchando la historia. Entonces Leo prosiguió.
Muchas cosas estaban pasando por la cabeza de Leo cuando le regaló la canción a Elliot. Se preguntó por qué lo había hecho. No es que se haya arrepentido, tenía una copia de la partitura, solo que fue muy inesperado. Ni siquiera le gustaba.
Antes de dormir, su mente le recordó lo que hizo, solo tenía ganas de taparse la cara con la almohada o de apagar su cerebro un rato. La vergüenza lo invadía. Por eso dejó de ir a tocar el piano por un tiempo, siguió yendo a la biblioteca por los libros que tenía en la mesa y que debía entregar después. En vez de que afrontara la situación, lo estaba evitando y lejos de que se sintiera mejor, todo se volvió peor. Agradeció que no compartieran clases juntos porque en ese momento, Leo habría preferido saltarse las clases y preguntarle a uno de sus compañeros los temas que habían visto.
«Qué situación más patética». No había por qué sentirse tan avergonzado, no hizo nada malo. Con la canción compartió una parte de él con Elliot. Incluso pensándolo ahora, se preguntó si seguía conservando la partitura. Ese no era el tema ahora, más adelante se lo preguntaría.
Cuando tuvo su golpe de realidad fue al escuchar que alguien tocaba la puerta de su habitación. Algo extraño porque no compartió el número con nadie, alguien debió haberlo descubierto. Abandonó esas ideas sin importancia y abrió la puerta. Casi quiso cerrarle en la cara al verlo. Sin embargo, ya se estaba cansando de su tonta actitud. Lo dejó entrar y no lo interrogó. Prefirió que él hablara primero.
—Ya no has ido a tocar el piano, ¿sucede algo?
¿Por qué se estaba preocupando? Siendo el único que iba al salón estaba claro que sentiría su ausencia. Además ya empezaron a llevarse bien, si no fuera así no le habría regalado la canción… Maldita sea, no era el momento para que pensara en eso.
—No —contestó rápidamente—. He estado ocupado con tareas —mintió.
Elliot no le creyó tan fácil. Pudo asegurarlo al ver cómo levantó su ceja. No se le da bien mentir y Leo solo deseó que se fuera, pero no tuvo valor para decir algo así.
—No sabes mentir, idiota.
—¿Vas a decirme algo o no? —inquirió y esperó que su voz sonara intimidante, aunque solo logró que Elliot sonriera—. Por si no lo sabías tengo cosas qué hacer.
De nuevo estaba mintiendo y esta vez Elliot no iba a caer. Lo escuchó reírse. Se empezó a enojar. ¿Por qué razón había venido?
—Fue divertido verlo molesto —comentó Elliot, interrumpiendo la historia y Leo se quedó un poco desconcertado, eso es algo que él diría—. Su habitación fue el lugar donde me declaré —ante las miradas pícaras, bufó—. ¡Y no pasó nada de lo que deben estar pensando!
—Entonces, ¿por qué te ruborizas? —pronunció Leo, se llevó su mano en la boca para tapar su sonrisa. Ver a Elliot ruborizado es una imagen muy tierna y que tratará de mantener en su mente.
—¡Leo!
—No sabía de ese lado pervertido tuyo —dijo Oz. Se refirió a Elliot.
El comentario provocó la molestia de Elliot quien casi empezaba a pelearse con Oz. Leo hizo el esfuerzo por contener la risa. De seguro sus miradas fueron solo para molestar, no porque realmente hayan pensado que pasó algo más que su confesión.
—No tenías por qué esconderte —expresó Gilbert dirigiéndose a Leo—. Solo le regalaste una canción.
Lo entendió tiempo después. Asintió, tenía razón. Por eso es que le abrió la puerta. Empezó a reírse al recordar su declaración, acción que llamó la atención de los presentes. Todos estaban mirándolo.
—Recuerdo que te reíste cuando me declaré y te pregunté qué era tan gracioso.
Volvió a asentir. No iba a olvidar un momento así. Puede revivir todas las palabras de Elliot, pero si se centra en lo que le contestó, su mente está en blanco, ahí hay una laguna. Él debe tener la respuesta, tal vez fue vergonzoso y por eso lo olvidó, no porque no sienta nada o no sea importante.
—Me hubiera encantado grabar —soltó—. Verte tan nervioso es una imagen que no puedo borrar.
—¿Elliot nervioso? —se burló Oz—. Me es difícil imaginarlo.
—¡Cállate, maldito enano!
Pudo decir más, pero eso sería hacerlo enojar más. Se mordió la lengua para aguantarse. El gusto por verlo enojado no ha desaparecido. Con ellos dos a punto de pelear se le iba a dificultar seguir con la historia. Gilbert trató de tomar el brazo de Oz para alejarlo de Elliot y que se contuviera, Alice estaba siendo espectadora, pero la situación al parecer ya la estaba molestando.
—¡Dejen de pelear, idiotas! —dijo refiriéndose a Oz y a Elliot—. Leo no ha terminado de contar la historia.
Los dos dejaron de mirarse de forma amenazante y se giraron para ver a Leo quién estaba serio. Giró los ojos y siguió, aunque se quedó callado unos segundos al pensar en lo que les contaría a continuación.
—Me invitó a conocer a su familia y Elliot me dejó solo un rato porque sus padres hablaron con él —hizo una mueca al recordar eso, pero era necesario. No todo en su relación fue dulce—. Yo estaba caminando de un lado a otro en la sala, los libros de su biblioteca no me iban a poder distraer.
Siendo Elliot de la nobleza, Leo estaba seguro de que su familia no lo iba a aceptar tan fácil. Cuando le habló de conocer a su familia sabía que eso iba a pasar. Al llegar a la mansión Nightray lo presentó como la persona de la que se había enamorado.
«No es importante, eso ya pasó». Suspiró. Mejor contar otras cosas. Si su familia lo quiere o no actualmente ya no es algo en lo que se debe de enfocar, sino en el presente, de que está con la persona que ama a pesar de los problemas en el camino.
—La primera vez que nos besamos fue en su habitación.
Se detuvo ante sus miradas. No parecían malinterpretar la situación, sino que parecían querer escuchar el punto de vista de Elliot.
—Al final les dije que no me iba a separar de Leo…
—¡Triunfó el amor! —interrumpió Alice.
—Déjalo terminar, coneja estúpida.
Ahora eran ellos dos quienes parecían querer pelear, pero ante la mirada fulminante de Leo se pusieron a sus lugares y siguieron poniendo atención. Ya la historia estaba llegando a su fin.
—Padre y madre pusieron una residencia a mi nombre. En ese lugar decidí vivir con Leo una vez que dejemos la academia.
Y en ese lugar han pasado muchas cosas que reforzaron su relación. Lo único que falta es un piano y por el espacio vacío en la sala. Sin embargo, no llevan mucho tiempo viviendo juntos, así que no hace demasiada falta. Cuando mira hacia atrás se sorprende por todo lo que han avanzado y pensar que en un inicio Leo no lo quería volver a ver. Tiene una expresión nostálgica y siente el brazo de Elliot sobre sus hombros.
—Sí, Elliot —afirma Leo. El aludido ladea su cabeza—. La canción que te regalé fue una muestra de mis sentimientos.
Tal vez por eso sintió tanta vergüenza. Era como el temor de ser rechazado por tantas cosas que, al final, solo se quedaron en su cabeza; en cosas que nunca pasaron. Por eso fue a su habitación de la academia, para darle una respuesta. Siente un beso rápido en sus labios. Luego miran a los tres, parecen estar felices por escuchar.
—¡Lo sabía! —El grito emocionante de Alice los hace sonreír.
—Gracias por contarnos la historia, Leo.
Leo se desconcertó un poco por el agradecimiento, no era un tema privado. Al final Leo estaba feliz por la pregunta, sí le hizo revivir muchos momentos, los dulces y los amargos, algo así recuerda haber leído en un libro porque no tiene dudas de que encontró la felicidad al lado de Elliot.
