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Enhebrando el primer hilo

Summary:

Dreganhurn, la diosa del tiempo ha invocado a Rozemyne para que vuelva al pasado y salve a Ferdinand de morir, dejando una parte de su propio hilo en el proceso. Ferdinand cursa el quinto año en la Academia Real, un turnisbefallen ha aparecido de la nada y una misteriosa chica ha llegado al rescate.

Notes:

Culpo a AbsoluteColor por inspirarme con sus fanfics "Precious" y "Playing hide and seek in lecherous roles" por la creación de la siguiente historia.
Sin tus historias y los dibujantes de Pixiv, esta historia no existiría.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: El tiempo en que te conocí

Chapter Text

No sabía cómo, pero la recolección conjunta con los aprendices de caballero de Dunkelferger se había vuelto una locura.

En este punto, era un milagro que ninguno hubiera muerto, incluyéndose a sí mismo.

—¡Dejen de atacar esa cosa! —gritaba Heitzitze, demostrando que no era tan estúpido como había llegado a pensar.

—¡Manténganse en el aire! ¡rápido! —ordenó otro de los Dunkelferger que lo estaba acompañando como pago por el último ditter que había ganado contra ellos.

Ferdinand cruzaba su quinto año en la Academia Real. Él, Eckhart y Heidemarie requerían algunos insumos para hacer pociones que bien habría podido comprar con sus ahorros si el tonto de Heitzitze no hubiera sido tan insistente de tener otro ditter para recuperar su estúpida capa Dunkelferger junto con su honor. Nada de esto estaría pasando si ese estúpido cerebro de músculo hubiera aceptado que le devolviera su capa hace dos años.

—¡Rio… Aghh!

Otro intento de pedir ayuda interrumpido por la extraña criatura negra que se parecía demasiado a los trombes de Erenfhest. A diferencia de la anterior, esta habría terminado en tragedia si Ferdinand no se hubiera lanzado de cabeza para mover al aprendiz de caballero que se había descuidado.

El dolor de las zarpas del maldito animal en su brazo descubierto era terrible, por no hablar de la tremenda fuerza con que había sido empujado entre su impulso por cubrir a su compañero y la fuerza empleada por la bestia fey, haciéndole perder todo el aire por el golpe.

—Lord Ferdinand, ¿está usted bien? —gritó su asistente, Justus, llegando en ese momento.

—Si —respondió el joven archi duque aguantando el dolor persistente en su brazo junto con los otros golpes recientes luego de constatar que no tenía un solo vial con pociones a su disposición—, ¿alguna idea de qué es eso?

—No, mi señor, lo lamento. Nunca había visto esa criatura antes.

Ferdinand observó a su alrededor, escuchando la voz de Heitzitze dar órdenes a diestra y siniestra, en tanto los Dunkelferger sonaban igual que un avispero.

El monstruoso animal negro, el mismo que había quintuplicado su tamaño luego de absorber los ataques de los aprendices y del mismo Ferdinand, además de devorar sus intentos de pedir auxilio, brincaba ahora con impaciencia, tratando de atrapar a alguno de ellos entre sus fauces.

Debía haber alguna manera de pedir ayuda o acabar con esa cosa.

Eckhart no tardó en alcanzarlos, observando con aprehensión a la criatura y a los otros aprendices.

—Justus, ¿cómo hacen los caballeros de Erenfhest para acabar con los trombes?

—Lo lamento mucho, Eckhart, no pertenezco a la orden, así que desconozco esa información. Lo único que sé, es que utilizan un hechizo para obtener armas negras, capaces de despojar al trombe del mana robado.

Ferdinand ya sabía eso. De pura casualidad había escuchado a Silvester rogarle a su primo Karstedt que le enseñara el hechizo en algún punto durante el otoño, cuando no le quedó más opción que regresar al ducado. Por supuesto, Karstedt se había negado, alegando que había una prohibición de utilizar armas negras para algo más que cazar trombes.

—¿Ahora qué están haciendo esos cerebros de músculo? —murmuró Justus.

Ferdinand siguió su mirada, sintiendo como su corazón se aceleraba y su sangre corría fría ante la escena desarrollándose más abajo.

Heitzitze y varios otros Dunkelferger giraban a gran velocidad alrededor de la abominación negra de varios ojos en un intento por distraerlo. El asistente adulto de Heitzitze ya tenía el schtappe en alto para pedir ayuda, sin embargo, las zarpas de la bestia fey no tardaron mucho en librarse de los molestos Dunkelferger, preparándose para saltar sin dejar de observar al único otro adulto, además de Justus, que los había acompañado.

—¡Esos idiotas! —murmuró Ferdinand dirigiéndose a toda velocidad para mover al adulto, convirtiendo su schtappe en un escudo.

El asistente salió disparado por los cielos a causa de la carga de Ferdinand, quien observó apenas un segundo para constatar que Justus y Eckhart ya estaban en camino de salvar a la persona que intentaba pedir ayuda. Al segundo siguiente comenzó a subir, alertado por sus oídos de la cercanía de la bestia sin llegar a ponerse del todo a resguardo.

Un enorme colmillo había alcanzado a hacerle un largo corte en su pierna.

Se mordió la lengua conforme trataba de alejar a la bestia con su espada. No sabía que era más doloroso, si los cortes que tenía o sentir el veneno de esa cosa circulando con más potencia dentro de su cuerpo.

Se sentía exhausto. Le faltaba el aire. Le dolía cada músculo del cuerpo. Y su mana se sentía extraño, casi como si comenzara a estancarse.

Entonces pasó lo más extraño del mundo.

Un enorme círculo brillante apareció por encima de él y su bestia alta desapareció.

Podía sentir el miedo conforme su cuerpo caía en picada. Temía voltear abajo y darse cuenta de que lo esperaban unas enormes y letales fauces abiertas, de modo que vio el momento en que alguien aparecía del círculo antes de que desapareciera, dejando detrás a la persona, quien comenzó a caer. A diferencia suya, el sujeto recién aparecido intentaba caer mucho más rápido que él, con el cuerpo tenso como si se tratara de una jabalina o una lanza que toma dirección a su objetivo.

¿Qué rayos estaba pasando ahora?

El recién llegado se acercó a él a una velocidad vertiginosa. Por alguna razón, parecía que Dreganhurn había detenido el tiempo a su alrededor, dejando que solo la chica, porque era una chica la que había aparecido, siguiera moviéndose con rapidez hacia él.

Un par de ojos dorados lo miraban con determinación. Cabello azul tan oscuro como el cielo nocturno se agitaba como una bandera tras ella, sujeto con firmeza en lo alto de su cabeza. Y sus brazos, que antes habían permanecido a ambos lados de ella se levantaron de improviso, alcanzándolo y enjaulándolo.

¿Qué tenía esta mujer en la cabeza? ¿Acaso albergaba deseos suicidas? ¿No había notado que iban directo a las fauces de ese monstruo?

Entonces sucedió algo aún más extraño. No supo de donde salió una criatura de un color amarillo pálido que los atrapó en su interior. ¿Cómo? ¿Porqué? ¿Qué, en el nombre de todos los estúpidos dioses estaba sucediendo?

Sintió como su cuerpo y el de la chica golpeaban contra algo cálido y mullido, demasiado acogedor para ser el apestoso hocico húmedo de la criatura debajo de ellos. ¿Dónde estaban?

—¿Estás bien? —preguntó la chica con una voz que mostraba preocupación. Él asintió, incapaz de articular nada a causa de toda la confusión a su alrededor.

La joven lo soltó entonces, poniéndose de pie de un salto y acomodándose en una especie de asiento mullido.

—¡Sujétate fuerte!

¿Sujetarse de dónde?

Habría preguntado si una repentina sacudida no lo hubiera hecho cerrar la boca y casi morder su lengua. Podía escuchar el sonido de dientes cerrarse más abajo y lo que pareció un aullido molesto y amenazante.

Como pudo, Ferdinand se sentó en el asiento frente a él, ese que había aparecido de la nada al lado de la chica. La curiosidad era tanta, que había dejado de sentir sus heridas de manera momentánea.

Estaban dentro de lo que parecía un carruaje con las sillas más acolchadas y cómodas en las que se hubiera sentado alguna vez. El carruaje era del mismo color amarillo claro, casi blanco tanto por dentro como por fuera, según podía apreciar a través de las ventanas que los rodeaban. La joven sujetaba un extraño círculo que iba unido al resto del carruaje, casi como si estuviera guiando con eso.

—Agárrate bien, vamos a girar.

Ferdinand apretó sus manos con fuerza al asiento, sintiendo como su cuerpo era jalado hacia abajo en tanto el carruaje giraba tanto, que estaba casi en posición horizontal, dejando sus cuerpos paralelos al suelo.

El carruaje se movía tan rápido, que pronto había alcanzado a los dunkelferger, estabilizándose de nuevo en una posición más normal antes de que la chica se asomara por la ventanilla a su lado, justo junto a Heitzitze.

—¡Diles que suban, ahora!

La voz de esta mujer era tan autoritaria como la de su padre cuando daba órdenes. Era imposible no obedecerla.

Heitzitze le dio un vistazo rápido. Ferdinand asintió en ese momento. La orden no tardó en retumbar y la chica hizo que el carruaje se elevara con rapidez. Ferdinand volteó sobre su asiento, notando que todos los Dunkelferger los seguían de cerca, dejando cada vez más atrás al monstruo.

Una vez en las alturas, Ferdinand intentó asomarse como lo había hecho la chica, golpeando su frente contra el vidrio. ¿Cómo había hecho ella para desaparecer el vidrio?

—¡Escúchenme bien! —ladró la mujer a su lado con la mitad de su cuerpo fuera del carruaje y una mano todavía en el extraño círculo—, ¡esa cosa es un turnisbefallen! ¡se alimenta de mana! ¡los que tengan fuerza para seguir luchando, muestren sus armas ahora!

Volteando en derredor, Ferdinand observó cómo menos de la mitad de los dunkelferger la obedecían, no muy seguros. La chica recitó algo en una voz muy baja que a Ferdinand le pareció una oración. De pronto, las armas expuestas tomaron un color negro mucho más intenso que el de la bestia bajo ellos.

—¡Estas armas son especiales! ¡pueden acabar con el turnisbefallen! ¡céntrense en cortar sus patas mientras yo curo a los demás!

—¡Ja! —respondieron los dunkelferger antes de lanzarse de nuevo al ataque.

Justus llegó en ese momento junto con Eckhart, observándolo preocupados.

Ferdinand se alejó sobresaltado cuando el vidrio desapareció junto con la extraña pared peluda, formando una puerta junto a él.

—Manténganlo a salvo —ordenó de nuevo la extraña chica, mirando a los asistentes de Ferdinand—, no he podido revisarlo por la premura, pero es posible que no pueda sanarse solo con una oración.

Eckhart parecía a punto de gritar y atacarla. Justus se movió más rápido, por suerte, tomando a Ferdinand y sentándolo con él sobre la bestia alta. Hasta ese momento, Ferdinand pudo notar que había estado en el interior de un grun blanco amarillento que, además, reducía su tamaño de repente, como si supiera que él ya no se encontraba en su interior y hubiera desechado el espacio extra que le había supuesto cargar con él.

—¡Necesito que los heridos se acerquen a mí, ahora! —ordenó de nuevo la chica.

Justus lo miraba perplejo. Eckhart se notaba ansioso. Ferdinand solo asintió, demasiado cansado como para negarse o decir nada.

Esta vez la chica, con la mitad de su cuerpo fuera del extraño grun, hizo aparecer una herramienta sagrada en su mano libre antes de comenzar a cantar lo que, a todas luces, era una oración. Pequeñas luces verdes comenzaron a salir del báculo que sostenía entre sus manos, lloviendo de inmediato sobre todos los que estaban a su alrededor y alcanzando a algunos de los aprendices luchando más abajo. Las luces se sentían cálidas y reconfortantes, aminorando un poco su dolor.

La joven los observó a todos luego de guardar la herramienta divina. Era una mirada que parecía evaluarlos a todos.

Ferdinand podía sentir como una parte de su cuerpo era sanada. Seguía sintiéndose cansado y el interior de su cuerpo dolía como si hubiera sido envenenado por su madrastra, Verónica.

—Tú, tú, tú y tú —comenzó a ordenar ella de nuevo, señalando a Ferdinand al último—, quiero que busquen un lugar dónde resguardarse. Si tienen pociones disponibles tómenlas ahora y no se acerquen. Los demás, conmigo.

Justus y Eckhart se alejaron con Ferdinand y los otros 3 aprendices que habían sido señalados. Ferdinand no pudo evitar mirar atrás, notando el momento preciso en que la chica invocaba una enorme lanza y un manto, justo antes de recitar algo que no pudo escuchar, viendo por último como todas las armas se volvían negras en un santiamén. Después, no pudo ver ni escuchar nada. Dolor era lo único que parecía haber para él en ese momento.

.

—¡Lord Ferdinand! ¡Lord Ferdinand! —decía Justus moviendo al joven de casi quince años que había depositado en el suelo junto a los otros chicos heridos.

—¡Justus, dale esto! —dijo Eckhart, entregando un vial de su propio cinturón al asistente adulto.

Con dificultad, Justus abrió la boca de su señor para verter un poco de poción. Tuvo que detenerse, el líquido le escurría por un lado, era obvio que no la había bebido.

—Mi Lord, lamento mucho lo que voy a hacer— murmuró el hombre de cabellos grises con la preocupación agolpándose en su garganta.

Justus tapó el vial, arrancó un pedazo de su propia ropa que lavó con un rápido washen y volvió a abrir el vial para mojar el pedazo de tela con la poción antes de introducirlo en la boca semi abierta de Ferdinand, asegurándose de frotar bien la lengua, el paladar, los dientes y el interior de las mejillas antes de dejar el pedazo de tela roto ahí, vertiendo un poco más de poción en él.

Hubo una explosión, estaba seguro.

El fuerte sonido de algo explotando seguido de una onda de choque los alcanzó casi de inmediato. Era una suerte que ambos hubieran reaccionado a tiempo, usando sus propios cuerpos para cubrir al joven señor al que servían.

—¿Qué carajos…? —murmuró Justus antes de recordar que estaba rodeado por menores de edad, mordiéndose la lengua para no terminar de maldecir.

—¿Qué fue eso? —preguntó el otro adulto del grupo antes de enderezarse del lugar donde había intentado proteger a los tres estudiantes heridos.

Justus observó a su alrededor. El suelo parecía quemado al igual que la poca vegetación a su alrededor y las rocas que los habían protegido en parte del fuerte viento creado por la onda de choque.

Los otros tres estudiantes estaban todavía conscientes, debían estar sufriendo bastante dolor si no podían ocultarlo de sus rostros, lo cual preocupó aún más al erudito. ¿Qué tan mal estaba Lord Ferdinand para haber perdido el conocimiento?

—Eckhart, ¿tienes más pociones?

El peliverde negó. Podía leer el apuro y la preocupación en sus ojos.

Justus se mordió el labio para no maldecir conforme tentaba su cinturón. Él tampoco tenía más poción y, de cualquier modo, bien sabía que las pociones normales no eran suficientes para su amo.

Vítores y gritos de victoria no tardaron en alcanzarlos. El escándalo de los dunkelferger pronto los envolvió, anunciando la llegada de los aprendices que volvían victoriosos donde ellos se encontraban refugiados.

El extraño grun, que Justus había pensado que se había tragado a su señor apenas unos minutos atrás apareció entre los dunkelferger que festejaban y gritaban, ensalzando a la misteriosa mujer que salvara a Lord Ferdinand y les diera armas negras para poder protegerse.

El grun desapareció luego de que la chica bajara de él. ¿Era una especie de bestia alta? Si Justus no hubiese estado tan preocupado por Lord Ferdinand, habría empezado a hacer todo tipo de preguntas para averiguar más sobre la extraña bestia alta salida de solo los dioses sabían dónde.

—¡Ha sido una gran pelea! —vitoreó con emoción Heitzitze antes de mirar al lugar donde se encontraban los heridos.

Justus notó el instante en que la comprensión entró en el testarudo muchacho, cambiando la emoción de la victoria por la preocupación. Lo vio correr hacia ellos, observando de un lado a otro.

—¿Están bien?

En ese momento se cortó el jolgorio, dejando detrás un silencio pesado en el cual, los pasos firmes de la mujer que los había auxiliado era lo único que se escuchaba.

—Necesito examinarlos —anunció la mujer, observándolos con su hermoso rostro tenso y con el ceño fruncido—, es posible que hayan sido envenenados por el Turnisbefallen.

Justus alcanzó a apreciar algunos murmullos de sorpresa y angustia. Él mismo se sentía angustiado. Por mucho que esta chica los hubiera ayudado, no estaba seguro de permitirle examinar a Lord Ferdinand. Al parecer, Eckhart tampoco estaba dispuesto a confiarle la vida de su señor, no había tardado nada en ponerse en el medio.

—¡Los que estén sanos, divídanse en dos grupos! ¿¡Uno irá a tomar las partes del Turnisbefallen y el otro grupo deberá conseguirme ingredientes y un caldero para mezclar! Puedo crear un antídoto y pociones reconstituyentes, pero carezco de los materiales en este momento.

—¡Ja!

Justus no sabía si los dunkelfergers eran todos estúpidos por seguir ciegamente las indicaciones de una extraña o solo era algún tipo de sentido de obligación luego de recibir su ayuda… tal vez nunca lo sabría.

—Mi Lady —interrumpió el otro adulto, obligando a Justus a voltear un momento—, ¿de dónde espera que se obtenga el material para las pociones? ¡no queda nada aquí que podamos utilizar!

Justus miró a la chica observar el lugar a su alrededor antes de suspirar, sacando un vial de su cintura y bebiendo la mitad antes de hacer una mueca de disgusto, tapándolo y regresándolo a su lugar en su pecho… un lugar extraño para llevar nada, si le preguntaran a Justus.

—Tiene razón, me encargaré en un minuto.

La chica cantó algo y su schtappe se transformó de nuevo en el báculo que había visto arriba, debía ser el instrumento divino de Flutrane, la diosa del agua. La escuchó cantar una oración a Flutrane y sus doce exaltados. Sin que nadie pudiera esperarlo, el pasto comenzó a crecer, la tierra a tomar su rico tono rojizo de siempre y las plantas a recuperarse a su alrededor. Justus nunca en su vida había visto algo más hermoso que esto.

Escuchó entonces un gemido de cansancio que llamó su atención. La chica levantó el báculo de la tierra y lo regresó a su forma de schtappe. Había círculos morados apenas insinuados debajo de sus ojos y se veía más pálida de lo que ya era. Aun así, una sonrisa noble adornaba su rostro, intentando ocultar el cansancio que debía estar sintiendo.

—Listo. Imagino que no estamos en ninguno de los sitios de recolección de la Academia, ¿cierto?

Justus asintió, aunque por la mirada de la joven, supuso que el otro adulto que los acompañaba también estaba asintiendo.

—Vayan a buscar las cosas pronto, por favor. No es necesario que pidan más ayuda, prometo sanar el resto de la tierra una vez que todos nos hayamos recuperado.

El otro adulto asintió antes de dedicarle una mirada suplicante a Justus, éste asintió. No habría poder sobre la tierra que lo moviera de su lugar al lado de su señor. Él se quedaría ahí con los heridos.

—¿Quién eres tú? —preguntó Eckhart de manera cortante, desenvainando su espada sin dejar de interponerse entre ellos y la misteriosa joven una vez que todos los que estaban sanos se hubieran marchado.

La chica bajo los hombros soltando un suspiro de resignación. ¿Dónde estaban los modales de dama noble que había mostrado hacía un momento? No había rastro de su sonrisa noble o de su rostro decidido y listo para dar órdenes, en su lugar podían apreciar a una jovencita de unos 15 años o cercana a ellos igual que su señor, exhausta, preocupada y aparentemente frustrada que dio dos pasos cansados hacia la espada de Eckhart, dejando que el filo de la misma se posara entre su cuello y sus hombros como si se tratara de la hoja de un árbol.

—Si quisiera lastimarlo, habría aprovechado para hacerlo mientras estábamos dentro de mi bestia alta, ¿no te parece? —estipuló mirando a Eckhart a los ojos.

Su compañero dudó por un momento, luego bajó su espada y se hizo a un lado. La joven se dejó caer sin nada de gracia al lado de Justus. La preocupación era palpable en su rostro que examinaba con rapidez el cuerpo de Lord Ferdinand y la armadura dañada antes de voltear a ver a los demás.

—No me queda demasiada poción ultra amarga, pero parece que no puede tragar solo de todas maneras.

Justus la observó tomar el vial del que había bebido momentos atrás para verter un poco en el trapo húmedo que yacía en la boca de Ferdinand. No era ni la mitad de lo que había quedado. Luego ella se tomó el resto, haciendo una cara de disgusto antes de cerrar el vial y voltear a ver a Justus.

—Cuida de Ferdinand mientras atiendo a los otros.

Justus asintió, tomando nota de que la extraña conocía el nombre de su maestro, pero sin atreverse a decir nada cuando el ceño en el rostro de Ferdinand comenzó a arrugarse.

Eckhart pareció notarlo también, pues no tardó nada en lanzarse al suelo para ver a Lord Ferdinand de cerca, luego de que la joven se acercara a los otros tres.

El pecho de su joven maestro subía y bajaba ahora de manera rápida y pronunciada. Parecía tener mucho dolor. Por terrible que esto pareciera, era un alivio, significaba que seguía vivo y que la poción que le había dado la mujer había comenzado a hacer algo de efecto en su cuerpo.

—Resista, mi Lord, solo un poco más —suplicaba Eckhart a su lado con los ojos acuosos y la nariz arrugada.

—Tranquilo Eckhart, Lord Ferdinand estará bien ahora.

—Iré a buscar los materiales que utiliza para sus pociones, Justus —anunció Eckhart lanzando una última mirada desconfiada a la joven que atendía a los tres dunkelferger heridos—, te lo encargo.

Justus asintió, mirando una última vez a su alrededor para tomar nota de los jóvenes ahora sin armadura siendo examinados por cortes pequeños, en tanto Eckhart salía corriendo del sitio y el rostro de Ferdinand comenzaba a teñirse del noble color de Gedhuld a causa de la fibre.