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La luna y las estrellas

Summary:

¿Qué sería la luna sin las estrellas? Lo mismo que Tsukishima Kei sin Yamaguchi Tadashi.

Notes:

¡holi, holi!

aquí vengo con el sexto relato perteneciente al softober, esta vez utilizando la palabra "manta".

espero que os guste este relato que me ha dejado el corazón calentito al escribirlo, así como algunos headcanons sobre yams, tsukki y kageyama que he dejado por ahí como quien no quiere la cosa, jeje

esto está dedicado, como no podía ser de otra manera, a sam

¡muchas gracias por leer!

besis de fresi de la sugamari, ¡nos leemos en twitter !

Work Text:

¿Ir a tu propia graduación con unas ojeras que te lleguen hasta el suelo? No era problema para Yamaguchi Tadashi. Además, contaba con un as en la manga: su mejor amiga, Yachi Hitoka, era una experta en esconderlas con maquillaje. E incluso si no hubiera tenido esa solución no le importaría. Habría merecido la pena.

 

La noche anterior se la había pasado cosiendo. Solamente le quedaba unir todas las piezas para formar la manta perfecta. El crochet se le daba bastante bien —que era como estaban hechas todas las partes—, pero no es que fuese une experte en costura tradicional. Fue una tarea un poco más ardua de lo que se pensaba en un principio. Pero no pasaba nada. Iba a conseguir acabarla sí o sí. Tenía que dársela a Tsukki al día siguiente.

 

El chillido del timbre de su casa le sacó de sus pensamientos: se encontraba mirándose al espejo para poder comprobar mejor que se estaba abotonando bien la camisa. Como no había nadie más en casa, tuvo que ir elle a abrir. De todos modos, sabía quiénes eran.

 

—¡Pero qué guapísimos estáis! Qué fuerte —fue lo primero que dijo, nada más ver a sus mejores amigos de semejante guisa—. ¿El mono? Dios, Yachi, qué bien te sienta el azul celeste. ¡Y Hinata! El traje azul oscuro. Qué envidia. Qué guapos.

 

Los mencionados no tardaron en abrazarle con fuerza, empezando a reír con alegría. Aquel día las emociones estaban a flor de piel y solamente salía sonreír y reír. Nada más. Si se lloraba, solamente sería de lo bonito. No estaba permitida la tristeza. ¡Se iban a graduar!

 

—Tú sí que estás guape, Yams. La camisa te queda de escándalo. ¿Al final vas a ir con el traje crema o con el rosa palo? —Hitoka le besó las pecas del cachete izquierdo.

 

—¡Los dos te quedaban genial! —Shoyo, a la misma vez, besó las pecas del cachete derecho.

 

—Pues el de color crema fue el que compramos al final —algo ruborizade, dedicó una sonrisita a ambos.

 

—¡Genial! Vamos entonces a maquillarnos, que hay que ocultar unas ojeras que he visto ya por ahí y no me han gustado nada… —La rubia le sacó la lengua, caminando como Pedro por su casa en dirección a la habitación de Tadashi. Su otro invitado le siguió, entre pequeñas risotadas y casi gritando lo que quería que la chica le hiciera de maquillaje.

 

Yamaguchi se quedó mirando a sus amigos con una pequeña sonrisa y, tras unos segundos, reaccionó para ir tras ellos a su propia habitación.

 

—Empiezo contigo, Dashi, que voy a tardar más.

 

Menos mal que Yachi ya venía maquillada de casa porque así ahorraban bastante más tiempo. De todos modos, tenían bastante margen. Habían ido dos horas antes de que el acto comenzase, y tampoco estaban demasiado lejos de la preparatoria Karasuno.

 

—Es que a quién se le ocurre poner una graduación por la mañana… —Protestaba Hinata mientras daba vueltas por la habitación de Tadashi, cotilleando todo como si fuese la primera vez que estaba ahí.

 

—Piensa que así tenemos todo el día para celebrar.

 

—¡No te muevas! —Hitoka le dio un golpecito en el hombro para llamarle más aún la atención.

 

—Perdón.

 

Veinte minutos más tarde, Yamaguchi tenía las ojeras muy bien tapadas y llevaba un eyeliner de escándalo, muy fino y elegante. Además, le puso un poco de sombra de ojos color amarillo clarito y le dibujó estrellitas en las pecas. Estaba perfecte.

 

—Yams… Estás guapísime.

 

—¡Qué bien te ha quedado, Yachi! ¡Qué bien te sienta, Guchi!

 

—Muchas gracias a los dos —el sonrojo era notorio en las mejillas de le chique.

 

Se miró al espejo para ver qué tal estaba, y parecía que el tiempo se había detenido en ese preciso momento. Se sentía verdaderamente bien. Era de las primeras veces que podía estar delante de su propio reflejo y no sentir rechazo; no había disforia por ningún lado. Quería hasta llorar de felicidad, pero tuvo que saber controlarse porque iba a ser un desperdicio el estropear todo el trabajazo que había hecho Hitoka en su cara.

 

Cuando se giró, pudo ver cómo sus amigos estaban ya con el maquillaje de Hinata. Ellos sabían lo que significaba para Tadashi mirarse al espejo, por lo que prefirieron seguir con lo suyo para darle el espacio que necesitaba. Yamaguchi lo agradeció. Siempre habían sabido cómo actuar en estas situaciones, y se sentía muy afortunade de tenerles a su lado. No podía pedir amistades mejores.

 

—¿Entonces vas a decirle a Tsukki lo enamoradísime que estás de él? Después de darle la manta y eso, me refiero —pudo ver cómo Yachi le dedicó una pequeña mirada por el rabillo del ojo, volviendo automáticamente después a seguir con el eyeliner de Hinata.

 

—¿¡Qué!? —No se esperaba para nada esa pregunta, y los nervios invadieron su cuerpo.

 

—¡Yamaguchi y Tsukki debajo de un árbol dándose un piquitooooo!

 

—¡Que te quedes quieto, Shoyo!

 

¿Debería hacerlo? Si no lo hacía aquel día tal vez sería demasiado tarde. O no. ¿Qué pasaba si no era correspondido? ¿Y si le resultaba patético? ¿Y si le resultaba elle patétique? Podría pedirle perdón y salir corriendo. Pero es que estaba cansade de hacer siempre lo mismo. Estaba cansade de huir siempre. Las piernas ya no querían responder más. Su cabeza y su corazón le gritaban con todas su fuerzas que actuase. Que no evadiera nada más. 

 

Tal vez sí que debería decirle a Tsukishima que llevaba enamorade de él desde aquel día que espantó a los niños que se estaban metiendo con elle al salir de clase.

 


 

El gruñido de Tsukishima resonó por todo el pasillo. Volvió a colocar la caja en su sitio, parecía que era la perfecta pero el regalo no cogía por un par de centímetros. Se puso a mirar en la balda de arriba por si había una un poco más larga pero que no fuese muy hortera.

 

—No entiendo qué hacemos en un Todo a cien. En traje. Una hora antes de nuestra graduación —las pausas que hacía Kageyama entre frase y frase hacían su protesta aún más molesta para Kei.

 

No tardó ni un segundo en girarse para mirar a su mejor amigo con los ojos entrecerrados.

 

—Ya sabes por qué estamos aquí, idiota.

 

—No estaba haciéndote una pregunta literal. Era retórica, o como se diga. Luego es a mí a quien le cuesta.

 

—Nos pasa lo mismo a los dos, así que por supuesto que también te cuesta —tras ese retintín representado con palabras, volvió a fijar su atención en lo que tenía frente a él—. Podrías hacerme un enorme favor y también ponerte a mirar cajas. Gracias.

 

Suspiros y frustraciones después, consiguieron encontrar lo que estaban buscando —valga la redundancia—. Hasta había una minúscula sonrisa en los labios de Tsukki mientras pagaba. No lo reconocería en voz alta, pero le hacía especial ilusión hacerle ese regalo a Yamaguchi. Y, aunque fuese raro en él, también estaba un poco nervioso. Tadashi sabía que hacía cerámica, pero siempre que le pedía que le regalase algo se negaba. La razón era que llevaba en su cabeza esa idea durante muchísimo tiempo y quería que fuera la primera pieza suya que tuviera. Que fuera algo sorpresa. Algo especial. Por eso mismo, lo primero que iba a tener suyo sería la cuchara de cerámica con ranitas dibujadas que le iba a dar tras la graduación. Solamente lo sabía Kageyama, y tenía por seguro que no le iba a decir nada a nadie. Ni a Shoyo. De hecho, a quien menos debía decírselo era a él. Seguro que se le escapaba o algo.

 

—Entonces se lo darás antes de que nos vayamos a comer, ¿no? —Tras el asentimiento de Kei, Tobio le imitó—. Bien, mejor. Así evitas que mucha gente esté pendiente. Ya sabes que a la comida van a venir todes.

 

—Ya. Eso es verdad. Tadashi se pondría muy nerviose.

 

—¿Y tú no? —Una sonrisa malvada se posó en los labios de Kageyama—. ¿Es que al final no le vas a pedir salir?

 

—No sé cómo hacerlo. ¿Tú cómo le pediste salir a Hinata?

 

—Simplemente le pregunté si quería que le colocara la pelota durante toda la vida.

 

—¿Me estás vacilando? ¿Entendió a lo que te referías? Estamos hablando de Shoyo, que no es que sea muy espabilado.

 

—Entre nosotros dos nos entendemos siempre, incluso con la mirada. Cuando le dije eso, vino corriendo a besarme. Y ya después gritó a los cuatro vientos que era mi novio.

 

—Ya, de eso sí me acuerdo —y se rió cuando se le vino la imagen a la mente—. Gracias, me ha servido bastante.

 

Mientras que Tobio no comprendía muy bien en qué le había ayudado tanto, Tsukki no paraba de darle vueltas al asunto. Su mejor amigo tenía toda la razón. Iba a decirle a Yamaguchi todo lo que sentía de la manera en la que solamente elle le entendería. Algo que fuese especial para les dos. Aún no sabía muy bien cómo hacerlo, pero tenía todo el acto de su graduación para poder pensarlo.

 


 

Por fin estaban graduades. Después de dos horas de aburrimiento máximo, oficialmente habían terminado la secundaria.

 

Tanto Tsukki como Yamaguchi estaban demasiado nervioses porque eran conscientes de lo que tenía que pasar en ese momento. Se pusieron de acuerdo para verse en la parte trasera del edificio para tener un poco más de intimidad, y no tardaron mucho en llegar. De hecho, lo hicieron casi a la vez. Sus amigos también les dieron espacio, así que se fueron hacia la salida para esperarles allí e ir a comer con el resto.

 

—Hola —sacó valor para hablar primero Tadashi, intentando romper el hielo, a pesar de que las piernas le temblaban un poco.

 

—Hola —el saludo de Kei era un poco más tranquilo: él llevaba los nervios por dentro.

 

—Tengo algo que darte —dijeron casi al unísono, solamente con un segundo de diferencia, y no pudieron evitar reír por lo bajo.

 

—Tú primero, si quieres. —Para Tsukishima cuadraba que fuese así, más que nada porque de esa manera podía acabar él con la declaración de sus sentimientos.

 

Tras un asentimiento por parte de le chique, le tendió una bolsa color verde oscuro con una luna en el centro. Se notaba que lo había preparado todo con mucho mimo, y más aún cuando sacó el paquete envuelto en un papel de regalo de estrellas. Daba hasta pena abrirlo y deshacer ese empaquetamiento tan precioso. Aún así, comenzó a abrirlo con sumo cuidado. No se perdonaría estropearlo. 

 

El silencio de sus bocas invadió la escena. Solamente se podía escuchar el corazón de Tadashi correr a mil por hora, ansiando salir por su garganta. Necesitaba una respuesta. Kei estaba parado, sin expresión ninguna —o eso pensaba Yamaguchi—. Y, de repente, pudo ver cómo una lágrima rebelde correteaba por la mejilla del rubio.

 

—¿Tsukki?

 

—Esto es precioso, Yams. No tengo palabras. ¡Somos nosotros! Representados en una manta. O eso creo. No sé si lo he entendido bien. Pero no importa, sigue siendo la cosa más bonita que he visto nunca. —“Después de ti”, ahogó en su pensamiento.

 

—Lo has entendido a la perfección… —La sonrisa llena de emoción acompañó a le pecose mientras se colocaba al lado del más alto, comenzando a señalar algunos de los cuadrados que componían aquel regalo—. Mira, son la luna y las estrellas. También hay un dinosaurio y una rana. Cucharas y tenedores. Y nos intenté hacer a nosotres pero fue muy difícil así que nos puse como cuervos rechonchos —se notaba que le hacía muchísima ilusión explicarle el significado de aquel obsequio.

 

Tsukishima no podía dejar de mirar a Yamaguchi. Pensaba que tenía suerte de tener delante suya el firmamento más bonito que había visto nunca, con tantas estrellas jugando por sus mejillas. Pero tocaba volver de ese mundo de fantasía para poder darle lo que él le había traído. 

 

—Muchas gracias por esto. Es el mejor regalo que me han hecho nunca. Me taparé con ella todas las noches —agradeció mientras guardaba la manta en la bolsa, intentando ocultar así su propio nerviosismo.

 

—El verdadero mejor regalo es que te haya gustado tanto.

 

—Espero que también lo sea esto que tengo para ti —acto seguido de decir esas palabras, le tendió una caja de estrellas que encontró gracias a Kageyama—. Ten cuidado. Es frágil.

 

Y eso hizo. Cuando lo sacó de la caja, fue quitándole el envoltorio muy despacito. No se creía lo que tenía delante de sus ojos. Quería ponerse a llorar en ese mismo instante. Por fin tenía una pieza de cerámica hecha por Tsukki, pero es que además no era algo cualquiera. Era una cuchara. Él sabía lo mucho que le gustaban y lo que significaba para elle el hecho de coleccionarlas. ¡Pero es que encima era de ranitas! Y, por si fuera poco, también había escrito su nombre con una letra preciosa. 

 

Con delicadeza, la colocó dentro de la caja —y esta a su vez dentro de la bolsa— para luego lanzarse a los brazos del rubio. Le abrazó con todas sus fuerzas y todo el cariño que llevaba dentro, que no era poco. Algunas lágrimas rebeldes navegaron entre las estrellas de sus mejillas, las cuales no se estropearon gracias al eyeliner waterproof que había usado Yachi. Escondió su propio rostro en el cuello ajeno, aspirando el aroma de la colonia que siempre llevaba Kei: cítrico con aromas frutales.

 

—Gracias. Muchísimas gracias. No sé ni qué más decirte.

 

—No te preocupes. No hace falta más. Gracias a ti, Tadashi.

 

Entonces, a Tsukishima se le vino a la cabeza la conversación que tuvo con Kageyama al salir de la tienda en la que compraron la caja. Aquella sobre cómo decirle a le chique que estaba enamorado de elle. 

 

—Oye, Yamaguchi —empezó diciendo y, al escuchar un “Mhmh” por parte de le contrarie, cogió aire para poder seguir—. ¿Quieres ver Jurassic Park conmigo para siempre? ¿Quieres que vayamos a todos los museos del mundo? ¿Quieres que juntes hagamos la mejor colección de cucharas y tenedores?

 

Estaba a punto de caerse redondo al suelo. Pero, lo mejor de todo, es que no solamente él, sino que Tadashi iba por el mismo camino. El nerviosismo que tenían les dos era increíble.

 

—Haría cualquier cosa si es a tu lado, Tsukki.

 

Tras esa sentencia, agarró con manos temblorosas las solapas de la chaqueta de Kei para poder pegarle a elle lo máximo posible e iniciar un beso muy torpe. Era el primero que se daban, pero tenían muy claro que no iba a ser el último.


Al final Tobio tenía razón y la mejor manera de expresar sus sentimientos era con esas cosas que hacían su relación única. Esas cosas que solamente entendían les dos. Esas cosas que hacían que fuesen uno. Que fuesen Tsukkiyama.

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