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1.
Por fin vuelvo a casa. Después de estar casi cuatro años yendo de un lado a otro he conseguido una plaza fija como orientador educativo en el instituto al que asistí cuando era joven —me acabo de sentir súper viejo con esta expresión, qué horror—. Además, me voy a reencontrar con Kageyama Tobio. Fue mi mejor amigo durante la secundaria y ahora es profesor en el mismo centro. Bueno, él y su novio Miya Atsumu. Ambos imparten la asignatura de Educación Física junto a otro muchacho que aún desconozco.
Mentiría si dijese que no estoy nervioso. Más bien siento que me voy a cagar encima en cualquier momento. Pero no pasa nada. Todo va a ir bien. Va a ser un día maravilloso. Maravillosa va a ser la acogida de mis compañeros. Compañeros que seguro que me van a caer genial. Genial como va a ser mi primer día. Definitivamente me quiero morir.
—¡Sugawara-san! —un grito hace que me sobresalte y que casi me estampe contra la puerta del edificio, pero cuando me giro puedo ver al chico de cabellos oscuros a quien tanta estima le he tenido siempre.
—¡Kageyama, corazón! —no tardo en estrujarle entre mis brazos.
—Qué ilusión me hace que estés aquí. Te echaba de menos. Siempre has sido el único amigo que me ha entendido al cien por cien, por eso eres el mejor. Tengo ganas de presentarte a Atsumu —me deja un poco parado que Tobio se ponga tan cariñoso, pero no voy a quejarme. Yo también le echaba mucho de menos. Gracias a que él está aquí, me siento mucho más en casa todavía.
—Desde que tienes novio estás mucho más moñas, eh —tampoco quiero desaprovechar la oportunidad para meterme un poco con él, notándose que es de broma por la mueca divertida que tuerzo en los labios nada más separarme del abrazo.
—A veces le cuesta, pero lo intenta —una voz desconocida se une a nuestra conversación.
No puedo evitar analizar un poco la apariencia del muchacho. Es alto, esbelto y guapo de cara. Se nota que es profesor de Educación Física, sí. Además, tiene un rubio mucho mejor teñido que cuando Kageyama me pasó la primera foto de los dos juntos —cualquier cosa que se hiciera lo iba a mejorar, no voy a mentir—. Y parece que tiene una sonrisa socarrona perenne en la boca. Así es Miya Atsumu, el novio de mi mejor amigo.
—¡Tsumu! Este es Sugawara, de quien te hablé.
Después de una animada presentación, decidimos entrar en el instituto antes de que se nos haga tarde. Yo necesito tener tiempo extra para colocar bien las cosas que llevo en el maletín y para poder hacerme al despacho antes de la reunión que tengo con el director del centro. Y si también puedo conocer a más compañeros, mejor. De todos modos, me tranquiliza el hecho de que en el caso de que me lleve menos bien con alguno, voy a seguir teniendo el apoyo de Tobio y Atsumu.
Una vez nos encontramos en la sala de profesores, se puede escuchar un “Buenos días” genérico de muchos profesores algo animados pero a la vez con ninguna gana de comenzar un nuevo curso escolar. Es gracioso porque la mayoría parecen zombies andantes. Pero al menos intentan sonreír. A algunos les sale regular, si se me permite opinar.
—¡Hey, hey, hey! Tú eres el nuevo orientador, ¿verdad? ¡Tienes pinta de ser una persona súper guay! ¡Yo soy Bokuto Koutarou, profesor de Educación Física! —La energía de este muchacho eclipsa al resto, y no tarda en tenderme la mano con especial ilusión. Aún tengo que procesar un poco, porque me ha pillado bastante desprevenido. De todos modos, agradezco que haya sido él quien se ha acercado a mí: los primeros días me va a costar mucho iniciar conversaciones.
—Cariño, no todo el mundo tiene la misma energía que tú por las mañanas —un chico moreno y con gafas se acerca para dejarle un beso en la cabeza, como si eso fuese a calmarle, pero no tarda en girar la cara hacia mi dirección y dedicarme una sonrisa—. Akaashi Keiji, profesor de Lengua y Literatura.
—¿Aquí todos sois pareja o? —No se me ocurre nada mejor que intentar hacer un comentario de broma. Al menos se ríen, pero no sé si es una risa genuina o lo hacen por pena. Me rasco la cabeza con un poco de nerviosismo, y acabo por sonreír como mejor puedo—. Así es, soy el nuevo orientador. Sugawara Koushi para servirles.
—¡Encantado! ¡Eres muy gracioso, Suga! ¿Puedo llamarte así? ¡Espero que sí!
—Claro, puedes llamarme como quieras, Bokuto.
—Es un placer, Sugawara-san.
—Lo mismo te digo, Akaashi.
Kageyama y Miya se unen a la conversación. Ahora que lo pienso, creo que Tobio me comentó alguna vez que se llevaba muy bien con su compañero de departamento, que también tenía a su pareja trabajando en el instituto. Seguramente sean estos dos. Parecen agradables.
—¿Por qué tanto revuelo? —otra voz nueva hace acto de presencia en la sala.
Alzo la cabeza en dirección al sonido para poder comprobar quién está entrando y —perdón por la expresión— casi me caigo de culo. Creo que es la persona más guapa que he visto en mi vida. Kags nunca me ha hablado de nadie así.
—¡Toto! ¡Hay un orientador nuevo! —Bokuto no tarda en correr hasta el desconocido, aunque está más que claro que para él no lo es.
—¿En serio? Qué bien —nuestras miradas se cruzan. Me voy a morir. Me voy a derretir. El corazón me late con demasiada fuerza. ¿Me va a dar un infarto?—. Un placer. Soy Oikawa Tooru e imparto Historia.
—Suga —carraspeo rápidamente—. Sugawara Koushi. Encantado.
—Suga me gusta más, si no te importa.
—No hay problema —intento ocultar el enorme gay panic que me está dando con la sonrisa más grande y amable que puedo esbozar.
—¡Yo también le digo Suga! Es más guay —Koutarou sigue revoloteando alrededor, abriendo con ilusión esos ojos de búho que tiene.
—Entonces me quedo con Kou.
Definitivamente me va a dar un infarto. Parece un príncipe encantador. No, me corrijo. Parece el príncipe más encantador. Y me da pena tener que irme a mi despacho. Él también se va rápido porque tiene clase a primera hora. Espero que coincidamos más y poder conocerle mejor. ¿Beberá café? Yo no —me sube demasiado la tensión—, pero por estar con él me bebo todo el chocolate que hay en la máquina de la sala de profesores si hace falta. No sé si seré capaz de proponérselo. Qué vergüenza. Algún día lo haré. Espero.
2.
Ya ha pasado una semana desde que llegué al instituto. Mi adaptación está siendo bastante buena, tanto al trabajo en sí como a la relación con mis compañeros. Aunque diré que esto último ha sido posible gracias a que todos son bastante agradables. He hecho buenas migas con Akaashi y con el profesor de Filosofía, que se llama Tendou —es muy divertido y le encanta hablar—. La mayoría somos jóvenes, de una edad similar, así que eso también lo facilita todo mucho más.
Con los adolescentes me está yendo bien. Al ser principio de curso todavía no han venido muchos a hablar conmigo, pero confío en que poco a poco se vayan abriendo un poco más y acaben llamando a mi puerta; me consta —por lo que me ha contado el director— de algunos que van a requerir mi ayuda. Y yo estaré aquí, esperándoles con los brazos abiertos.
—¿Cómo se te presenta hoy el día, Suga? —La pregunta de Tobio me saca de mis pensamientos.
—Pues tengo a las diez y cuarto a un muchacho de primer curso, y luego a las doce viene una chica de tercero —cuando termino de contestarle, me relamo los labios para limpiar los restos del chocolate que me estoy bebiendo.
Sí. Solo. Y no. Aún no le he dicho a Oikawa que tomemos uno juntos.
—Entonces no es mucho. Seguro que te va muy bien.
—Sí, es un día tranquilito, pero me quedaré por aquí las horas vacías para preparar algunos recursos y leer artículos.
—Se nota que te gusta lo que haces —Atsumu hace acto de presencia, dejando su maletín sobre la mesa para luego ir a besar a Kageyama a modo de saludo. Son demasiado monos. Y qué envidia me dan.
—Me alegra mucho poder transmitirlo.
No recibo más respuesta. Solamente miran a algo que hay detrás de mí y, con prisa, cogen todas sus cosas para marcharse. ¿Sería el director? Ni idea. Tampoco voy a darle excesiva importancia.
—¡Nos vemos!
—¡Hasta luego, Suga!
Me da tiempo a alzar la voz con un “¡Sí!” justo antes de quedarme solo en la sala de profesores. Se me escapa un pequeño bostezo producto de haber descansado anoche un poco mal: hacía verdadero calor y me costó horrores conciliar el sueño. Todo por no haber ido todavía a comprarme aunque sea un ventilador pequeño. Me pesan un poco los párpados, pero confío en que el chocolate no tarde en despertarme —normalmente me funciona—.
—Por lo que veo alguien tiene sueño, ¿no?
El susto que me doy es increíble, casi se me derrama la bebida encima de los papeles que tengo sobre la mesa. Y ahora entiendo por qué esos dos cabrones se han ido con tanta prisa. Querían dejarme a solas con él. Querían dejarme a solas con Oikawa. Juro que los voy a matar con mis propias manos.
Una sonrisa nerviosa se posa en mis labios. Porque estoy nervioso. Estoy MUY nervioso.
—Es lo que pasa por no tener ventilador, supongo. Me dormí a las tres casi por culpa del bochorno que hacía.
—Puedo darte uno que tengo de sobra, si quieres. Te lo traigo mañana.
¿Cómo es posible que alguien me parezca tan atractivo cuando lo único que está haciendo es ofrecerme un ventilador para que no me muera por las noches sudando como un porcino?
—¿¡En serio!? Te lo agradecería un montón, Oikawa. No sé si eres consciente de que me estás salvando la vida.
—Claro que sí. Precisamente, por eso lo hago, Kou —y tiene el valor de sacarme la lengua.
Le odio. Le odio tantísimo. Es que dice eso y se queda tan pancho. ¡Que me conoce desde hace una semana! No me lo puedo creer. ¿Y yo qué hago? ¿Me tiro al suelo y convulsiono? Me doy hasta vergüenza por pensar estas cosas. Pero otra cosa no puedo hacer. Y rezo y suplico y me arrodillo para que no se me note en la cara. ¿Me habré ruborizado? Espero que no. Como mucho puedo estar sudando de los nervios, pero eso puede ser perfectamente porque tengo mucho calor. Que tampoco es mentira.
—Idiota —es lo único que me sale, murmurado entre dientes.
—¿Hm?
—Nada, que qué tal se te presenta el día —pongo una voz un poco más aguda de lo normal. Lo hago a posta, por supuesto. Sé que me ha escuchado, pero no voy a darle el placer de repetirlo.
Por su parte, aguantar una risa se queda en un intento. Adorabl—¡No! ¡Ya basta de pensar en esas cosas, Sugawara Koushi! ¡Has venido a trabajar, no a ligar!
—Pues bien. Luego tengo un hueco, así que volveré. Es después de la clase que tengo ahora, ¿te pillará por aquí?
¿Le pido si quiere tomarse un chocolate conmigo? Es el momento perfecto. Me acaba de decir lo de su hora libre. Me acaba de preguntar si estaré. ¡Es que es ahora o nunca! Odio que me dé tanta vergüenza.
—¡SUGA, COLEGUÍN! —Tendou aparece de repente, vociferando a la par que se adentra en la habitación—. Qué bien que estés aquí para hacerme compañía, que hasta dentro de dos horas no tengo otra clase.
Pues no. No era el momento perfecto. Llámalo destino, llámalo energía, pero algo me acaba de decir que no era la ocasión adecuada para pedírselo. O simplemente que yo soy un cagado y voy a aprovechar que acaba de venir Satori para tener una excusa y no hacerlo.
Pero prometo que lo haré. De verdad que sí. Yo soy el primero que quiere.
3.
Aún me cuesta procesar que estamos ya en noviembre. Ya estoy completamente adaptado a mi nueva vida, a vivir solo y no depender tanto de mis padres. Además, tengo organizado el horario de lo que queda de trimestre, cosa que también ayuda en mi bienestar personal —me daría mucha ansiedad de no ser así—. Y mi relación con los compañeros cada vez va más in crescendo. A veces hasta hemos salido a tomar algo juntos.
Hace poco fui a ver a mi abuela a la residencia y lo pasamos muy bien. Le puse al día de todo un poco y, cómo no, le hablé de Oikawa. Parecía bastante ilusionada cuando le comenté que me llevaba bien con la gente del trabajo y que a algunos podría considerarlos hasta amigos. Me preguntó por Tobio. Vimos fotos suyas con Atsumu.
—No me puedo creer que Kageyama esté con un muchacho que tenga el pelo tan mal teñido —fue lo que me dijo, a lo que yo solté la carcajada más fuerte de mi vida.
—¡Son fotos antiguas, abuela! Ahora está mucho mejor. Más rubio. Además, es muy majo. Hacen muy buena pareja.
—Pues te los traes un día de visita. Tengo que darle el visto bueno a ese tal Miya.
Después de eso, estuvimos hablando sobre Bokuto y Akaashi. Le cayeron bien con solamente decirle cómo son y la buena relación que tenemos. También me dijo que Keiji parecía la persona perfecta para ser mi amigo. Tranquilo para calmar mi caoticidad, pero ambos igual de centrados en la vida. Le recordó un poco a Tobio.
No se me olvidó mencionarle a Tendou, y tiene ganas de conocerle. Realmente, quiere que le presente a todos. Tengo que apañármelas, pero lo haré. Sé que eso le va a poner muy feliz. Algún día que vayamos a dar un paseo por el parque que está cerca de su residencia les diré que me esperen allí. Puedo darle una sorpresa. Me apetece que se lo pase bien y que salga de esa monotonía.
—Bueno, pero yo quiero que me cuentes lo que más me interesa. Quién es ese Oikawa, que se te nota en la carita tan preciosa que tienes que es alguien muy especial —me cortó justo cuando iba a pasar a hablarle del director del centro.
Respiré hondo para no ponerme demasiado nervioso. Seguro que estaba más rojo que un semáforo. Lo sé porque mi abuela me estrujó los mofletes y siempre lo hace cuando me ruborizo. Eso me trae muy buenos recuerdos y es algo que se me ha pegado de ella: siempre se lo hago a Tobio.
—Es uno de los profesores de Historia del instituto. Es un chico muy agradable, nos llevamos bastante bien. Y tuvimos mucha conexión desde que nos conocimos. ¡Hasta me regaló un ventilador que le sobraba conociéndonos solamente de una semana!
—Y te gusta.
—¡Abuela!
—A esta anciana no le engañas. Tú no te has visto mientras hablabas de él, Koushi mío. ¡Pero no pasa nada que sea así! Es un sentimiento muy muy bonito. Y me pone muy feliz verte así.
No pude casi hablar. Siempre me ha emocionado mucho que mi abuela me diga cosas bonitas. Nunca pierde esa esencia suya, y eso es maravilloso. Ella es maravillosa. La quiero tantísimo que podría reventar ahora mismo. Lo siento por las demás abuelas, pero creo que la mía es la mejor —y sé que todos los nietos del mundo dicen lo mismo—.
—¿Sabes si es recíproco?
Me encogí de hombros a la par que suspiraba.
—No lo sé. ¿No creo? Aunque suele venir a hablar conmigo mucho, más que con los demás. Al menos presenta interés, o eso parece. Según Kageyama solía hablar con todo el mundo el año pasado, pero este está más centrado en mí. A lo mejor es por ser el nuevo.
—A veces me pregunto si eres tonto, cariño.
—¿¡Otra vez, yaya!?
—¡Te lo digo con amor! ¿Es que no te estás dando cuenta de lo que me estás diciendo? Mínimo le atraes, Koushi. ¡Haz algo! No sé cómo cortejáis los jóvenes de hoy en día, pero tienes que actuar ya.
—Llevo un tiempo intentando pedirle que se tome un chocolate conmigo. El típico de máquina que hay en la sala de profesores. Pero es que hasta eso me da corte. ¿Y si me dice que no?
Mi abuela me agarró de la mano con cariño, dejando un leve apretón y besando acto seguido el torso de esta. Me dedicó una de las sonrisas más bonitas que he visto en mi vida, pero luego comenzó a reír con ternura.
—Si nunca se lo pides, nunca sabrás si te dirá que sí o que no.
Esa respuesta se me ha repetido una y otra vez en mi cabeza desde aquel día. Mi abuela tiene razón —como siempre—, tengo que mover ficha ya. Si aparece en algún momento de la mañana por aquí tal vez se lo pida. ¿De verdad será recíproco? No creo que le guste como tal, pero a lo mejor sí que le llamo la atención. Me parecería increíble si es así.
Gracias a hablar con ella me di cuenta de que es difícil sacármelo de la cabeza y, que siempre que pienso en él, me acabo poniendo rojo como un tomate. Justo como ahora, mientras intento revisar lo que voy a trabajar con el alumno que tengo en la siguiente hora. Espero que nadie entre en la sala de profesores porque me moriría de vergüenza. Menos mal que estoy solo.
—Buenos días, Kou.
Antes lo digo, antes pasa.
—¡Buen día, Tooru! Justo me pillas recogiendo para irme a mi despacho. En breve viene un niño, así que tengo que preparar todo —miento lo mejor que puedo, cerrando con prisa mi cuaderno y agarrando los papeles que tengo sobre la mesa—. Luego te veo. ¡Espero que tengas un buen día!
Nos dedicamos mutuamente una sonrisa cálida y me marcho. Seguro que he hecho el ridículo. Otro intento fallido y otro día en el que no le pido que se tome un chocolate conmigo.
4.
Voy en el coche con Akaashi, Bokuto y Tendou. Es de agradecer bastante que yo vaya en el asiento del copiloto porque así Keiji puede ir más tranquilo conduciendo. Los otros dos cantan a gritos las canciones que van sonando en el reproductor de música y bueno, para qué mentir, yo también canto la mayoría. Estamos de camino a la cena de Navidad del instituto a la que asistimos todos los trabajadores del centro. Me hace muchísima ilusión poder compartir esto con ellos porque tengo la sensación de que lo vamos a pasar genial.
¿Que por qué no estoy yendo con Kageyama y Atsumu? Porque no me apetece ser sujetavelas. ¿Que por que no estoy yendo con Oikawa? Porque no me apetece que exista la posibilidad de poder hacer el ridículo.
Y no. No conduzco. Me da pánico. Y pereza. ¿Para qué necesito el carnet de conducir si puedo ir a los sitios andando o en transporte público? O, lo que es mejor: ¿Para qué conducir si tus amigos pueden hacer de chóferes? Yo lo considero un chollazo.
—Ya hemos llegado, chicos —anuncia Akaashi nada más aparcar.
En un abrir y cerrar de ojos ya estamos dentro del local. Está todo preparado para nuestra celebración. He podido divisar a lo lejos una máquina de karaoke, así que ya sé dónde voy a acabar esta noche después de un par de chupitos.
—¡Hola, Sugawara! —Me saluda el director, que va de la mano con alguien que desconozco—. Te presento a mi pareja, se llama Kozume Kenma.
—Encantade —parece que es de pocas palabras o que está algo abrumade por toda la gente que hay por aquí. O las dos a la vez, que también puede ser.
—¡Hola, Shoyo! —Devuelvo primeramente el saludo al alegre muchacho que, sorprendentemente, nos dirige a todos muy bien—. Y hola, Kenma. Es un placer.
Ya ha llegado Oikawa, quien se acerca a darme dos besos a modo de saludo. Qué bien huele. Y qué guapo se ha puesto. ¿Cómo se atreve a dejarse dos botones abiertos? ¿Quiere acaso que me desmaye y me caiga redondo al suelo?
—Has venido muy guapo, Kou —me suelta de repente. Me pilla bastante desprevenido porque estoy mirando por el rabillo del ojo cómo Hinata y su novie se van para hablar con otros compañeros.
Si para él estar guapo es ir con unos pantalones de campana, una camisa de rayas y el pelo un poco despeinado creo que debería mejorar un poco su criterio. E ir al oculista. De todos modos, cómo no, me ruborizo. Espero poder controlarlo un poco y no ser un fresón.
—Tú también has venido guapísimo, Tooru. Como siempre —mierda.
Me guiña un ojo y hace un gesto con la cabeza para que le siga.
—¿Te pones a mi lado en la cena? Venga, vamos —tras sus palabras, lo único que puedo hacer es asentir con la cabeza y comenzar a caminar detrás suya. Definitivamente necesito pedirme un tinto de verano pero ya.
La noche va avanzando bastante bien. Hemos cenado entre risas, ya que el grupo de amigos nos hemos sentado todos cerca. Sentarme entre Oikawa y Tobio y estar frente a Tendou ayuda mucho a que sea más ameno. La comida ha estado buenísima, que ese dato también es importante —al menos lo es para mí—. Ahora toca pasar a las copas, al baile y… al karaoke.
Akaashi y yo somos conscientes de que necesitamos un algo de alcohol recorriendo nuestra garganta para poder soltarnos un poco, y por eso mismo estamos yendo hacia la barra para pedirnos un chupito cada uno. Escogemos que sea de crema de orujo; es mi favorito y quiero que Keiji lo pruebe. Está muy rico y no es tan desagradable al beberlo de golpe.
—¡Otro!
—¡Pero ‘Kaashi!
—Solo uno más. Por favor.
—Pues uno más será.
Al parecer le ha gustado. Nos bebemos el otro antes de ir hasta el resto, que ya están bailando de forma animada con sus copas en la mano. Tooru, por lo que veo, no tiene nada. Y se está acercando a mí. Ya no sé si estoy con las mejillas encendidas producto de los nervios o de lo que me he bebido.
—¿Quieres que cantemos algo en el karaoke? —noto que se me va a salir el corazón del pecho cuando me hace esa pregunta. Cómo no voy a querer cantar con él.
—Solamente con una condición: que sea One Direction —menos mal que me he tomado los dos chupitos, ahora se lo agradezco a Akaashi.
—Trato hecho.
Tardamos un poco en conseguir ver cómo funciona lo del karaoke, viéndose entorpecido el proceso por culpa de la poca costumbre que tengo de beber alcohol. No estoy borracho. No tendría problema en reconocerlo si así fuera. Simplemente estoy un poco más contento de lo normal. Y tonto. ¡Pero por fin empieza a sonar la canción que hemos escogido! Los primeros acordes de What Makes You Beautiful inundan la sala y las miradas de todos los presentes se centran en nosotros de forma automática. Que disfruten.
Parece que nos estamos dedicando la canción el uno al otro. Y ojalá fuese así, porque que lo parezca no significa que sea de verdad. Al menos por su parte. Porque yo sí que pienso todas y cada una de las palabras del estribillo. Es algo estrafalario darse cuenta de que te estás empezando a enamorar de alguien mientras estás cantando una canción de One Direction con esa persona en cuestión y después de haberte bebido dos chupitos seguidos. Pero qué le hago. No puedo evitar pensar que Oikawa Tooru me gusta muchísimo y que soy idiota por no haber sido capaz aún de proponerle hacer un plan cualquiera. Ni el chocolate. Lo único que he estado haciendo es observar en la distancia, pasar algunos ratos en la sala de profesores —tanto a solas como en compañía—, y compartir espacio y tiempo en las quedadas para ir a bares con el resto del grupo.
Mi abuela ya me ha regañado bastante con esto, pues siempre espera que en la próxima visita le cuente algún avance y lo único que hago es llegar con más miedo aún de decirle nada. Cuanto más tiempo pasa, más me cuesta. Y es porque cada vez me va gustando más. Es exhaustivo. Yo mismo lo soy.
Cuando quiero darme cuenta, estoy cantando la última frase de la canción. Todo el mundo empieza a aplaudir y Oikawa me da un fuerte abrazo seguido de un beso en la cabeza. Ahora sí que estoy rojo por la vergüenza. Pero sonrío muchísimo. Aunque haya estado en mi mundo, me lo he pasado muy bien. Con Tooru es imposible que no sea así.
—Parecía que estabas teniendo una realización ahí arriba —me comenta Tobio, una vez que estoy con él y Atsumu algo apartados en la zona de la barra.
—Y la he tenido. Es como si me hubiese enterado en ese momento de que me estoy enamorando. Me cuesta hasta decirlo en voz alta.
—¿Mientras cantabas One Direction? Menuda fantasía —es el rubio quien habla ahora.
—¿Has pensado en decirle algo?
—Quizás pedirle de una vez lo del chocolate. Aunque no sea en la sala de profesores. Pero me da bastante corte, y más después de haber cantado.
—Y de la manera en la que habéis cantado.
—¡Atsumu! —Kageyama no tarda en saltar.
—¿Qué? Es la verdad, cariño.
Mi mejor amigo rueda los ojos antes de apoyarse en la madera y llamar la atención del camarero para poder pedirle otra copa.
—¿Y si bebes un poco más? A lo mejor estando más contentillo te animas —dice aún sin girarse, encogiéndose de hombros después.
—Corro el riesgo de hacer el ridículo. Prefiero pedírselo cuando no haya bebido nada y estando enteramente consciente a ser posible. Hoy no es el momento.
Llegará el día. Espero que no sea demasiado tarde.
5.
Ya son las vacaciones de Navidad. Hace frío, suenan villancicos allá a donde vayas, y hay muchísimos anuncios de juguetes para los más peques. También están las luces puestas, pero solamente se encienden cuando anochece. Es la época de hacer regalos, y es la razón por la que me encuentro en la calle. Voy de tienda en tienda y tiro porque me toca. ¿Qué puedo comprarle a mi abuela? Es lo único que me falta. Pero es que es muy difícil de regalar.
Resoplo delante de un escaparate y sale algo de vaho. Sin querer empaño el cristal, así que aprovecho para dibujar una carita sonriente que luego no tardo en borrar. Estoy intentando hacer memoria de algo que me haya dicho que le haga ilusión o de qué puede necesitar. ¿Qué tal algún set de hilos de diferentes colores? Creo recordar que tiene pocos y suele ser algo que use mucho: le encanta coser. Y luego puedo comprar un dedal básico para decorarlo con pintura, que así es más personal y sé que le va a gustar más. Pues ya está. Decidido. Ahora solamente me queda ir a una mercería.
—¡Qué grata sorpresa! —escucho detrás de mí cuando estoy haciendo el amago de comenzar a caminar.
Me quedo estático en el sitio, aunque sonrío como nunca. No pensaba que me iba a encontrar a Oikawa en una situación así, pero tampoco voy a poner queja alguna. Al girarme, veo que no viene solo; un niño le tira un poco del agarre que tienen sus manos.
—Tito Tooru, ¿quién es? —Intenta decirle por lo bajo, como si yo no fuese a enterarme.
Obviamente, finjo que no he oído nada y me espero con una pequeña sonrisita. Aunque por dentro estoy siendo la persona más impaciente del mundo. ¿Qué le va a contestar? ¿Qué le va a decir de mí? Me siento como en el estribillo de Lovefool —la canción de The Cardigans—, llorando, rezando y rogando que me quiera. Pero no creo que le responda eso al que parece que es su sobrino. Aun así, ojalá.
—Él es Koushi. Trabaja en el mismo instituto que yo. Es una persona muy especial, seguro que te cae muy bien.
Ah. ¿Qué quiere decir con “una persona muy especial”? Oikawa Tooru, no puedes decir eso y después quedarte como si nada.
—¡Hola, Koushi! Yo soy Takeru —hasta se pone de puntillas para intentar saludarme mejor. Qué tierno.
—Puedes llamarme Suga si quieres. De Sugawara —acabo por ponerme en cuclillas y así estar a su altura sin que tenga que hacer mucho esfuerzo—. Es un placer conocerte.
Vuelvo a mi posición inicial cuando la respuesta del menor es asentir con la cabeza y sonreír con algo de timidez.
—¿Qué hacías por aquí? Parecías muy concentrado en ese escaparate —la sonrisa que tiene en los labios me da a entender que me ha visto haciendo la carita sonriente en el cristal y luego borrándola. Qué corte.
—Busco un regalo para mi abuela. Justo me iba a buscar alguna mercería, menos mal que aún hay tiempo. ¿Y vosotros?
—Acabamos de salir para dar un paseo y después merendar. A este enano le encanta el dulce, así que a ver qué encontramos por aquí cerca.
¿Debería decírselo ahora? Podría perfectamente proponerle a él y a su sobrino tomar un chocolate caliente los tres juntos. Por fin me quitaría la espinita que llevo teniendo clavada desde que empezó el curso.
Estoy a punto de abrir la boca cuando, de repente, las luces comienzan a encenderse poco a poco. No me he dado ni cuenta de que ya ha anochecido. Los colores son preciosos y la calle queda iluminada a la perfección. Es un espectáculo digno de ver.
—¡Tito, tito! ¡Las luces! ¡Qué bonitas!
—¿A que sí? Podemos ver todas las del paseo si quieres.
No. Creo que no es buen momento para preguntarle. Se nota que quiere pasar un buen rato con Takeru. Los dos a solas. En familia. Tengo muchos más días en los que poder tomarme un chocolate con Tooru. Pero hoy no va a ser así.
—Pues espero que lo paséis genial. Yo creo que iré a casa y de camino miraré si hay alguna mercería. Si no, a ver si mañana tengo más suerte —inicio mi despedida, girando un poco el cuerpo en dirección a la que voy a comenzar a caminar.
—Muchas gracias, Kou. Nos vemos pronto, espero.
Tras un abrazo de despedida al que se une el pequeño sin dudarlo dos veces, emprendo mi marcha al apartamento. Sé que va a llegar el día en el que me atreva a hacer algo. Va a llegar el día en el que me atreva a pedírselo.
+ 1.
Ya estamos en el segundo trimestre. De hecho, es el primer día. Estoy solo en la sala de profesores, así que voy como Pedro por su casa. Las vacaciones de Navidad han ido bastante bien y a mi abuela le gustó el regalo —creo que era lo que más me importaba de todo—. Hace un par de días me mandaron una foto desde la residencia en la que salía usando el dedal. Lloré un poco, no voy a mentir. Me hizo mucha ilusión.
Acabo de terminar de comerme un sándwich mixto —ese ha sido mi desayuno— y me levanto para tirar la servilleta a la basura. No sé por qué, pero hoy me he levantado bastante cantarín. Empiezo animado la semana. Hasta hago canasta con la bola de papel.
— Love me, love me, say that you love me —canturreo la canción que tanto me recuerda a él, mientras hago un par de pasos de baile improvisados y muy mal coordinados.
— Fool me, fool me, go on and fool me —alguien me sigue la letra. Y no es una persona cualquiera. Es Oikawa. Qué bien canta.
Ojalá poder meter la cabeza en la papelera cual avestruz y no sacarla nunca. Pero tengo que armarme de valor para girarme y dedicarle una de las sonrisas más sinceras que he esbozado en la vida.
—No sabía que te gustaba esta canción —es lo primero que le digo, caminando hasta él—. Cantas muy bien.
—Tú no te quedas atrás, Kou.
Tal vez haya demasiada proximidad entre nosotros, y no me molesta en absoluto. ¿Que por dentro puedo estar con el corazón a punto de estallar? Eso ya es otra cosa mucho más secundaria. Me parece más importante poder apreciar de cerca la manera tan bonita que tiene de sonreír.
—¿No tienes clase ahora? —me sale en un hilo de voz. Se nota demasiado lo nervioso que estoy.
—No. He venido antes para estar un rato contigo. ¿Te apetece que tomemos un chocolate? Sé que no te gusta el café —y se separa de mí para ir hasta la máquina.
No me puedo creer que haya sido él quien lo haya propuesto. Eso era algo que supuestamente debería haber hecho yo. Sí es cierto que llevo casi cuatro meses intentándolo, pero siempre ha pasado algo que me ha achantado para no lograrlo. Él, sin embargo, lo ha hecho con la mayor naturalidad del mundo. Como quien te pregunta qué hora es. Y a eso se le añade su encanto natural.
Además, ¿qué intenciones tiene diciéndome que ha venido antes para estar un rato conmigo? Yo de verdad no quiero hacerme ilusiones, pero es que parece que está más claro que el agua. Puede querer estar un rato conmigo porque le caigo bien y le gusta ser mi amigo, pero no creo que sea por eso, ¿no? Me da miedo luego darme la hostia.
—¿Cómo han ido las navidades? —corto el silencio que se ha formado por mi culpa al no haberle contestado a lo último que me ha dicho.
—¡Bien! He podido disfrutar mucho con mi sobrino, es un cielo de niño —se nota que le quiere un montón—. Te voy a enseñar lo que me ha regalado, que creo que a ti también te puede gustar mucho.
Deja los dos vasos llenos de chocolate encima de la mesa. Agarra su maletín y saca una agenda bastante bonita de color azul celeste y blanco. Me la tiende sin decirme nada verbalmente, pero su mirada me incita a que la abra. Además, la manera en la que alza las cejas me hace pensar que tiene que ver conmigo lo que hay dentro.
No me equivocaba. Cuando estoy en la primera página, que supuestamente vienen en blanco, me encuentro un dibujo. Se nota que es de Takeru, tiene el estilo y trazo típico de un niño de siete años. Lo que no puedo creerme es que haya dibujado esto. El pequeño sale en el centro, y hay dos personas a sus lados que le agarran de la mano correspondiente. Uno es su tío, eso ya me lo esperaba. Pero el otro… Soy yo. Y ha escrito Tito Tooru, Suga y un corazón entre nuestros nombres. ¿Acaso se ha dado cuenta de que me gusta? Tampoco es que sea muy complicado. Seguro que el propio Oikawa lo ha notado. Es demasiado obvio. Soy demasiado obvio.
—El dibujo es muy bonito. La verdad es que tu sobrino es un primor —definitivamente soy idiota. Pero es que no sé qué más decirle. Estoy muy nervioso. ¿Y si empiezo a soltar una verborrea increíble? Es mejor ir a lo seguro.
Dejo rápidamente la agenda sobre la mesa, con una sonrisa un poco nerviosa en los labios y con las mejillas un poco encendidas. Digo un poco por no decir que me las noto ardiendo. Y precisamente no es por tener fiebre. Lo único que tengo es amor.
—¿A que sí? —él parece tan tranquilo, pero yo tengo que coger el chocolate para estar ocupado en algo e intentar que no se me note la inquietud.
Asiento con la cabeza, dándole un primer trago. Está caliente, pero el frío que hace y mi garganta lo agradecen. Oikawa vuelve a acercarse un poco a mí y acaba por arrebatarme el vaso que tengo entre mis manos. ¿Qué está haciendo?
Cada vez está más y más cerca. La distancia está huyendo en estos momentos, haciéndole un favor a Tooru pero provocándome a mí un vértigo increíble. Es como si estuviese en el filo de la azotea del edificio más alto del mundo, a punto de saltar, dudando. Y de repente alguien me empuja. Caigo al vacío con la adrenalina recorriéndome por todo el cuerpo. Pero dos suaves almohadas me acogen entre ellas para no estrellarme contra el suelo. Son cálidas, y saben a chocolate.
Creo que es el mejor beso que me han dado en la vida.
Mis manos acaban en la nuca ajena, con los pulgares haciendo pequeñas caricias en sus mejillas. No quiero separarme nunca, pero acabo haciéndolo por culpa de la falta de aire. Mi pecho sube y baja, y yo sigo estático en la misma postura. No me salen las palabras.
—¿Cuántas cosas más tengo que hacer para que te des cuenta de lo mucho que me gustas, Sugawara Koushi? —Su voz ronca hace que se me pongan los pelos de punta.
Y qué se supone que tengo que contestar a eso. Mi yo más cuerdo le volvería a besar y le diría que también le gusta. Mi yo en pánico empezaría a decir tantas cosas que ni él mismo sabría qué está diciendo. Como es de esperar, gana el segundo.
—Es que soy idiota. ¡Siempre buscaba la razón más tonta por la que pensar que no te gustaba! Desde que te vi no pude evitar que me llamaras la atención. Y poco a poco fue yendo a más. ¡Pero no me atrevía ni a pedirte que te tomaras un chocolate conmi…
No puedo seguir hablando porque mis labios están más ocupados con otra cosa. Oikawa me ha cortado la verborrea para volver a besarme. ¿Por qué siempre hace todo lo que yo quiero pero no me atrevo?
Al menos me consigo calmar un poco. Por eso mismo, cuando nos separamos, respiro hondo antes de hablar.
—Me estoy enamorando de ti. Me da mucho miedo. Quiero tener una cita contigo —parece mentira que quien esté hablando soy yo.
—Eres adorable —me acuna el rostro en la palma de la mano derecha mientras me lo dice—. Vamos a tener la mejor cita, ya verás. ¿Dejas que la organice yo?
—¡Ni hablar! De eso me voy a encargar yo —casi salto en el sitio, algo sobresaltado, y le miro desafiante—. No me has dicho nada sobre lo de que me estoy enamorando de ti. ¿No te asusta?
—¿No ha quedado claro con los besos que te he dado y todo lo que te he dicho? ¿No ha quedado claro con el dibujo de mi sobrino? —se me escapa una risa por lo bajo con eso último, me sigue pareciendo lo más adorable del mundo—. Love me, love me, say that you love me…
—Te quiero.
—Y yo a ti, Kou. Mucho.
