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No podía creer que tuviera que volver a irse.
Tres generaciones de Periwinkle después…Volvía a ser su hora de marcharse.
Felí suspiró, triste, y miró al pueblo, que poco a poco iba cambiado, más y más alejado del Fairy Oak al que había llegado por primera vez hacía ya tantos años. Tan concentrada estaba que no oyó llegar a Grisham. No hasta que su fea tos comenzó a llenar el silencio.
“Es duro decir adiós, ¿verdad?” ella sonrió, intentando (y fracasando) fingir que no entendía que el hombre hablaba de sí mismo. “Quería despedirme, bien. Vi…creo que aún podrá aguantar hasta los bisnietos, pero yo…eres la única hada que ha vuelto todas y cada una de las generaciones. Gracias.”
“¡Faltaría más, es mi trabajo!”
“Y el mío ser panadero Y periodista, pero nadie me ha pedido que mis bollos sean tan deliciosos ni mis artículos tan fáciles de leer, ¡algo de mérito nos tenemos que dar!” calló durante un segundo. “Hasta siempre, Felí.”
“Grisham, no…”
Aquello no podía ocurrir. Grisham aún era un niño, el muchacho que había venido siempre que la más mínima excusa se lo permitía a su casa, no podía…
…al menos, pensó, permitiéndose ser egoísta por una vez en su vida, ella no estaría allí para verle desvanecerse del todo.
Felí retornó años más tarde, para encontrarse con un chico de pelo idéntico al que una vez la ahora extremadamente anciana (y canosa) Pervinca tenía.
“Hola Felí, te presento a Grisham.”
