Work Text:
En su cabeza se reproduce una canción que no ha escuchado nunca, surgió de la nada. No se parece a ninguna melodía que haya tocado antes y revisó sus partituras para asegurarse. Hay algo que hace que tenga cerrados sus ojos y las manos están tocando un piano invisible en el aire. Como si se estuviera asegurando de cuáles teclas presionar para que suene igual.
Entonces suelta un suspiro, abre sus ojos, se acomoda en el asiento y empieza a deslizar sus dedos por las teclas para producir una mezcla de sonidos graves y agudos. No necesita ninguna partitura en este momento, solo reproducir tal cual suena la canción en su cabeza. Al final la melodía tiene algunas modificaciones, pero la esencia se mantiene. Está tan sumergido en la música que perdió la cuenta de las veces que lleva tocando lo mismo, pero a Elliot no le molesta.
—Te equivocaste de tecla.
Conoce esa voz. El ambiente que creó se deshizo con esa voz porque se detuvo, se volteó y vio a Leo sobre el sillón. No tiene ningún libro, solo una libreta y al lado hay una pluma. Se pregunta cuánto tiempo lleva acostado y si estuvo desde que empezó a tocar. No hace falta decir que sus palabras lo dejaron desconcertado.
—¿Cómo sabes eso? —pregunta.
Su vista sigue fija en Leo, quien no se inmuta. Parece actuar como si no hubiera escuchado
—Desde que estoy aquí has repetido la misma pieza y la he memorizado —contesta con su voz suave, indiferente.
«Maldito» piensa Elliot. Ve como toma su libreta y finge leer algo. ¿Acaso había acabado de leer todos los libros de la biblioteca que ahora su único entrenamiento es leer apuntes?
—¿Y?
—Es mi deber comunicarte tus errores, así que por eso te digo que te equivocaste de tecla.
Reprime sus deseos de querer mandar a la mierda a Leo. Esperaba que estuviera mintiendo, no había manera de que se hubiera equivocado, no cuando su mente había creado la secuencia de notas. La molestia está en su rostro.
¿Qué sabía él? No estuvo desde que empezó a tocar. Quería golpearlo, pero se contuvo. Trató de respirar varias veces para tranquilizarse. Esperaba que mintiera, que solo estaba en el salón para molestarlo. Sin embargo, ninguno de los dos se movió de sus lugares y permanecieron en silencio. Luego de un rato, Elliot se volteó, chasqueó la lengua y trató de entender por qué le dijo que se había equivocado. Repitió la melodía, observó las teclas. Después pudo localizar sus errores, odiaba admitirlo, pero tenía razón. Aquello que pensó que se trataba de una modificación en la canción no lo era, sino el sonido de una nota incorrecta.
Agradeció permanecer en silencio. No había algo que pudiera decir para tratar de refutar a Leo, no cuando él aprendió a tocar por su propia cuenta y a la perfección. Disfrutó el sonido. Ahora la canción sonaba tal cuál imaginaba y Elliot no pudo evitar sonreír por ello.
Leo pasó como un sentimiento fugaz en su cabeza y Elliot se odió por eso. No quería pensar en él. Se preguntaba por qué tenía que estar con él escuchando, no iba a poder tolerarlo más si soltaba otro de sus comentarios. Había algo que no entendía, no era la primera vez que los dos estaban en el salón, muchas veces habían tocado juntos, incluso se habían intercambiado canciones.
¿Qué había de diferente? Nada, solo que Elliot no se dio cuenta de cuándo entró Leo. Eso pudo ser por el ruido fuerte que casi hacía que otros sonidos pasaran desapercibidos y la puerta no estaba en su campo de visión como para saber si alguien entraba o no. Ignoró todos esos pensamientos e hizo el esfuerzo por no detenerse cuando vio de reojo las hojas que dejó su sirviente sobre el atril.
Tenían las notas musicales bien colocadas junto con los tiempos. Era una letra muy cuidada, casi como si se tomara el tiempo en hacerlas. Siguió tocando, alzando y bajando la mirada para ver las partituras que coincidían con la melodía.
«Leo».
Con las hojas supo que él estuvo desde qué empezó a tocar o tal vez por repetir tantas veces la melodía es que acabó escribiendo las notas. De repente siente algo sobre su espalda y hace el esfuerzo por seguir. Mantiene la concentración y de nuevo piensa en Leo, solo que ahora imagina la expresión de su rostro. Quizás está relajado escuchando y está apoyado en él para sentir calidez. No lo comprende y mucho menos cuando uno de sus brazos rodea su cintura.
"El clima no es frío como para que él actúe así" piensa. Por un lado quiere que Leo lo suelte, pero no sé puede engañar a sí mismo diciendo que no disfruta la cercanía. Puede que los ojos de Leo sigan cerrados y deja que su cabeza imagine un montón de escenarios. Sus dedos se detienen ante la cuestión de si sigue viendo luces doradas. Eso puede que permanezca igual y no luce atormentado… o lo está disimulando para no preocuparlo, fue por eso que no le había dicho lo que veía. Son sus pensamientos durante el silencio.
Ha pasado tiempo desde que se conocen. Es la razón por la que Leo decidió sincerarse sobre un tema del que nunca ha hablado con nadie: las luces doradas que ve. Al principio pudo molestarse por no haberle dicho nada, pero cuando reflexiona, puede entender por qué es algo que guardó por mucho tiempo y por qué mantiene sus ojos ocultos con su cabello y los lentes. Eso es lo que piensa mientras el salón está en silencio y siente el peso de Leo en su espalda, pero no le desagrada, está bien. Porque no le molesta que él haya aparecido, es más, le gusta cuando lo tiene cerca, cuando escucha atentamente el piano porque nadie en su familia lo hace; solo él.
—Te detuviste... —susurra Leo y está seguro de que dejó la oración a medias.
Eliot no lo obliga a continuar. Su mente se centra en el tema de las luces doradas, sin embargo está dudando sobre si sería buena idea que hablaran sobre eso, pero sería una forma más de arruinar el ambiente que crearon.
—¿Sigues viendo las luces doradas?
Ante esa cuestión vuelve a sentirse ligero y es que ahora Leo no está descansando en su espalda, sino que está sentado a su lado. Él no responde y rápidamente se arrepiente de haber hecho la pregunta. La mano derecha de Leo está sobre las teclas del piano y empieza a tocar a un ritmo lento. Elliot deja que él sea quien toque, escucha atento y lo mira. Por el cabello cubriéndole el rostro no puede ver su expresión, pero imagina que está muy concentrado y con una sonrisa de boca cerrada.
—Cuando estaba en el sillón, muchas luces doradas brillaban a tu alrededor.
Quiere saber si el escenario era una escena hermosa, pero no debe serlo. Ese mismo día le dijo que prefería haber tenido otra vida, una en la que su vista estuviera libre de esos destellos.
—Supongo que nunca dejarás de verlas —lo dice y trata de recordar el inicio de la canción, al mismo tiempo le gustaría saber si resultó de su agrado. Si es así entonces se encargaría de tocarla para él todas las veces que quisiera.
—Me he acostumbrado
Sus labios ya no esbozaron una sonrisa, están en una línea recta. Elliot no cree que sea indiferencia, sino que está concentrado y ya no se escucha otra cosa más que el piano. Los dedos de Leo no se detienen y se percata de que está tocando la canción de su cabeza, no mintió cuando dijo que la había memorizado. Es una versión lenta, pero para ser con una mano le sale bastante bien. No supo cuánto tiempo pasó cuando se detuvo.
«Me he acostumbrado». Lo dice con mucha normalidad, sin embargo se tratan de luces que ha visto por mucho tiempo, no es de extrañar que ya sea algo parte de él.
—¿Qué pasa? —pregunta y lo mira de reojo—. ¿Por qué no continuas? Quería escucharte.
Se quedó mucho tiempo en sus pensamientos, se mantuvo rígido en su lugar. Piensa en el tono de voz que ocupó, es dulce y está diciendo la verdad. Lo hace feliz, un sentimiento que no dura mucho tiempo cuando recuerda las luces doradas y cómo en ese tiempo Leo actuaba raro. No es como si no se hubiera dado cuenta, leyó más libros que de costumbre y se la pasaba tocando el piano por más tiempo.
—N-no pasa nada.
Es lo único que puede decir. «Quería escucharte» esas palabras son como un eco dentro de su cabeza. Trata de recordar la canción que tocaba en el inicio y entonces sus dedos vuelven a moverse. Es para despejarse. No se le ocurre otra cosa, solo que siempre estará a su lado, incluso si llega un momento en el que desee borrar su existencia. Elliot siempre estará para Leo, no puede ignorar a la persona que se ha vuelto muy importante para él.
Leo apoya su cabeza sobre su hombro. No se mueve, sino que escucha atentamente el delicado sonido que sale y espera no ser una molestia para Elliot quien realiza los movimientos de una forma lenta al tenerlo sobre su hombro y la melodía no es desastrosa. Supone que Leo no quiere levantarse, quiere estar cerca para seguir escuchando y se pregunta si siente lo mismo por él, ese sentimiento que decidió no ponerle nombre, pero que está ahí.
Se levanta, pero no para irse. No quiere eso. Leo apoya su espalda, dejando que el sonido lo envuelva.
—¿Sabes? —comienza a hablar—. Recuerdo cuando vivía en el pueblo y todos me consideraban como alguien raro, ellos preferían mantenerse alejados de mí. Pasé mucho tiempo sin querer socializar y me encerré en los libros —hace una pausa, Elliot dejó de tocar para poner atención a cada palabra—, por mucho tiempo me atormentaron las luces y las voces. Sin embargo, todo cambió cuando te conocí y empecé a pensar que mi existencia no era tan mala.
Si Leo estuviera sentado a su lado, le gustaría mirarlo directamente a los ojos, le quitaría los lentes y haría a un lado su cabello para despejar su campo de visión. También tiene ganas de poder abrazarlo. Lo conoció en el hogar de Fianna y él se mantenía alejado de todos, siempre estaba con un libro.
—No vuelvas a decir eso —pide, Leo lo mira sin comprender—. Tu existencia no es mala y no pienso que traiga desgracias, me alegra haberte conocido.
Leo dejó de estar apoyado en su espalda, pero sigue sentado detrás de él.
—Me sentiría demasiado culpable si llegaras a morir —soltó y pudo percibir la tristeza en su voz.
¿A qué venía eso? ¿Será algo que le dijeron las voces o simplemente se trata de una pesadilla? Se estremece de solo pensarlo, hasta la entrada de aire a sus pulmones se le dificulta.
—Idiota, no pienses en cosas deprimentes.
Escucha el suspiro de Leo y vuelve a sentir su peso sobre él.
—Me gustaría quedarme así para siempre. Escucharte, servirte y estar para ti.
Puede sentir que sus signos vitales están estables otra vez cuando escucha eso; cambió de tema. Al escuchar su voz vuelve a tocar, esta vez con alguien en mente y espera hacerlo feliz. Le gustará creer que la canción no surgió de la nada, sino son sus sentimientos por Leo, aquellos que pueden ser un agradecimiento por contarle algo importante como las luces y las voces, también son aquellos que se hicieron presentes cuando menos se dio cuenta. No nada nada por eliminarlos, le gusta la sensación nueva. Pausa la canción porque sigue sin responder a lo que le dijo Leo. Él ya está a su lado sin percatarse y se giró para que los dos estén mirándose.
Elliot no ve los ojos de Leo, tiene el cabello cubriéndole la cara, pero en este momento no es algo que le importe, solo toma su rostro con las dos manos y junta su frente.
—No voy a morir —susurró en un intento de calmarlo y hacer que elimine esos pensamientos—, yo también quiero estar contigo.
Es honesto. Elliot también desea estar siempre con él, cuidarlo y escucharlo. Lo quiere, eso es algo de lo que no tiene dudas. Se aleja un poco cuando ve que una lágrima se resbala en los ojos de Leo, se quita los lentes y los deja arriba del piano, hace a un lado los mechones de su cabello para limpiarse. Se siente un poco desconcertado cuando ve que está llorando y quiere preguntarle por qué.
—L-lo siento —dice cuando baja sus manos y permite que Elliot lo vea a los ojos.
«¿Desde cuándo tiene unos ojos hermosos?». A decir verdad, es la primera vez que ve sus ojos violetas que reflejan las luces doradas. En el tiempo que lleva siendo su sirviente, no dejó de tener el cabello en su cara y ahora comprende la razón por la que prefería mantenerlos ocultos.
—Te quiero, Leo.
Espera que él se tranquilice. No entiende el porqué se disculpa cuando no ha hecho nada, no le ha causado daños. Lo que puede hacer en este momento es abrazarlo, su existencia no va a traer desgracias a quienes lo rodean. Elliot se encargará de estar siempre con él. De repente siente como su uniforme se empieza a humedecer por las lágrimas. No dirá nada como "no llores" porque siente que no será de ayuda, en vez de eso acaricia su espalda con su mano.
Dijo que ya no consideraba su existencia tan mala, pero al parecer ese pensamiento no ha desaparecido completamente. Piensa que dentro de Leo hay miedo.
—Las voces —dice con voz débil.
—¿Las voces?
Deshace el abrazo para poder ver a Leo, pero tiene la mirada abajo. Supone que es porque no quiere que vea su apariencia al llorar.
—Solo causo daño a las personas que me rodean.
¿Eso es lo que dicen las voces? No tiene por qué preguntárselo cuando la respuesta está clara. Ocupó un tono de voz triste al decirlo que siente como su corazón se agrieta, se siente molesto al mismo tiempo por esas ideas que no será fácil que Leo haga a un lado. No sabe lo que puede decir, pero que estará a su lado siempre y que no morirá es algo de lo que está seguro.
—No, Leo —dice volviendo a tomar sus mejillas para que lo mire—. Las voces están mintiendo.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? Tú no eres el que ve luces doradas y que escucha voces.
—Tal vez en eso tienes razón, pero no me has lastimado —habló—. Tú no lastimarias a las personas importantes para ti.
En este tiempo que ha sido su sirviente es algo que puede afirmar. No parece querer responder. Elliot empieza a hacer a un lado el cabello que ha caído en el rostro de Leo, pasa su mano por sus ojos violetas. Está a punto de hacer algo que considera que es muy raro en él. No está seguro si es lo correcto, pero se acerca poco a poco a Leo, no hace nada por alejarse, tal vez sabe lo que está a punto de hacer y no se resiste.
¿Acaso es algo que esperaba? Lo besa. El beso avanza lento, duró pocos segundos. No obstante, es el tiempo suficiente para que le resulte suficiente asimilar todas las emociones que está sintiendo. Vuelve a poner las manos en sus mejillas y junta su frente con la de Leo.
—¿Y sí algún día…?
—Maldita sea, Leo, te dije que no hables de cosas deprimentes —interrumpe. Sabía lo que quería decir, aunque no lo dejó terminar—. Estaré contigo siempre.
Y lo dirá todas las veces que sean necesarias hasta que Leo esté seguro, hasta que el miedo desaparezca en él. Elliot baja sus manos y no tuvo tiempo de reaccionar cuando siente que lo besa. No siente que esté actuando precipitado porque lo conoce desde hace tiempo y están juntos en todos lados. Al menos puede confirmarse que el sentimiento es mutuo.
Al alejarse, Elliot le dedica una mirada sorprendido y se tapa la boca al mismo tiempo que se voltea. Le gustó el beso que le dio Leo, aunque lo tomó desprevenido.
—Yo también te quiero.
Utilizó un tono despacio que quiso saber si lo dijo con la finalidad de que él solo lo escuchara. Sigue sin voltearse y al parecer Leo quiso llamar su atención cuando el salón deja de estar en silencio y se llena de la melodía que Elliot estaba tocando. Esta vez no dudó en moverse un poco para alcanzar las teclas del lado izquierdo.
En su cabeza solo se repiten las palabras de Leo. Hay varias cosas que lo hacen feliz en este momento: que la confianza que los se tienen permitió que hablara de un tema del que nunca habló con nadie, que él haya puesto atención a la canción de su cabeza para luego repetirla y que sus sentimientos son correspondidos.
Las manos de Elliot volvieron a moverse, Leo no se detuvo, los dos están tocando al mismo tiempo y se sincronizan tan bien que en ningún momento suena una tecla equivocada, los dos crean un dueto maravilloso. En el salón crearon un ambiente que será difícil de olvidar porque no es igual a otras ocasiones. Puede ser que no haga desaparecer por completo el miedo de Leo, pero al menos estará siempre con él y lo cuidará.
