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Aroma a mandarina

Summary:

Kageyama Tobio cuenta su historia con Hinata Shoyo.

Notes:

¡holi!

aún me cuesta procesarlo, pero ACABO EL SOFTOBER CON ESTE ONESHOT ! la palabra "mandarina" cierra este reto de octubre en el que he tenido el honor de participar, ¡así que espero que os guste lo que os dejo por aquí!

muchísimas gracias por leer !

besis de fresi de parte de la sugamari y nos leemos en twitter ! ♡

Work Text:

Recordaba como si fuese ayer ese aroma a mandarina. Me era imposible no hacerlo, y menos aún cuando me di cuenta de que lo que sentía de pequeño era mucho más que simple admiración y amistad. No sabía si con seis años puedes enamorarte de alguien. No sabía si con seis años eres consciente de lo que eso significa y lo que eso conlleva. Pero lo que sí sabía era que yo sentía amor. De una forma u otra, pero ahí estaba.

 

Recordaba los días que pasábamos jugando a voleibol con mi abuelo. Cuando nos íbamos a su casa a merendar los bollos de leche untados de nocilla que nos preparaba su madre. Las risas que compartíamos siempre que su hermana intentaba dar dos pasos y acababa cayéndose de culo —pobre Natsu, tenía apenas un año—. Las tardes que compartíamos a diario, dando igual lo que hiciéramos. Pero estábamos juntos. Siempre. 

 

Recordaba cuando nos tuvimos que mudar a la capital por culpa de la enfermedad de mi abuelo. Aquella despedida fue la más dura que tuve en mi vida después de la del hombre había sido como mi padre —la cual llegó un par de años más tarde—. Un Hinata Shoyo de diez años me decía adiós con la mano mientras intentaba sonreír lo máximo posible para que yo no estuviese triste; lo que él no sabía era que podía ver las lágrimas de cocodrilo que correteaban por sus mejillas. Y yo lloré dentro del coche mientras nos alejábamos. En ese momento estaba dejando allí a la única persona que me comprendía a la perfección. Estaba dejando allí a la persona que terminaba de completarme.

 

Recordaba que perdimos el contacto por completo. 

 

Los años fueron pasando hasta que una nueva mudanza llegó a mi vida. Esta no fue por una razón tan triste como la anterior. Me iba a otra ciudad para poder estudiar lo que de verdad me gustaba. Era un cambio un poco brusco, pero estaba convencido de que iba a poder lidiar con la situación. Cosas peores tuve que vivir, por desgracia.

 

—Cualquier cosa me llamas, ¿vale? —Me decía mi hermana, después de llenarme la cara de besos—. Por favor.

 

—No te preocupes, Miwa. Todo va a ir bien —yo intentaba tranquilizarla, hasta esforzándome por sonreír.

 

Lo que no sabía en ese momento era que iba a coincidir con él

 

Cuando pude darme cuenta ya era demasiado tarde. La estación estaba abarrotada, pero ese pelo se reconocería hasta con la luz apagada. El aroma a mandarina volvió a hacerse presente en mi vida. Anhelaba que no se fuese nunca. 

 

Intenté alcanzarle por toda la estación, pero siempre había alguien que se interponía en mi camino. Y lo peor de todo era que no me salían las palabras. Me era imposible abrir la boca y gritar su nombre. Tenía un nudo tan grande que lo impedía. Pero yo seguía corriendo.

 

—¡Shoyo! —Por fin fui capaz de hablar.

 

Y la única respuesta que tuve fue el sonido de la puerta de un taxi cerrarse a unos metros de donde yo me encontraba.

 

Que volviéramos a encontrarnos no llevó mucho tiempo. Más concretamente, fueron dos días. Era el primer día de la semana y, además, el primer día de universidad. Yo pensaba que no conocía a nadie, pero me equivocaba. Compartíamos clase. Iba a poder verle de lunes a viernes todas las mañanas.

 

Al acabar la asignatura quise ir a hablar con él. Fui hasta donde se encontraba y me quedé de pie como si fuese el emoji de WhatsApp. No sabía qué decirle. ¿Qué se supone que se hace cuando te reencuentras con una persona que llevas sin ver casi nueve años y que, además, piensas que llevas desde entonces enamorado? Se notaba que no tenía respuesta a esa pregunta. Abrí la boca pero no salía ni una sílaba. El shock era increíble. Después de tanto tiempo estaba ahí. Le tenía frente a mí.

 

—¿Kageyama?... —Un hilo de voz cortó el silencio. Dios, su voz había cambiado muchísimo. 

 

Mis mejillas se pusieron de color rosado a la par que asentía con la cabeza.

 

—¡KAGEYAMA! —Y me noté aprisionado por unos brazos.

 

Yo no era —ni soy— demasiado fan del contacto físico. ¿Pero con Shoyo? Me daba —y me da— igual todo. Sus abrazos eran —y son— el espacio más seguro que podría llegar a tener nunca. Y poder recuperarlo fue como volver a cuando teníamos seis años. Cuando todo estaba bien. Aunque, desde ese momento, lo único que podía hacer la vida era mejorar.

 

—Te he echado mucho de menos —fue lo único que mis cuerdas vocales me permitieron susurrar. Seguía teniéndolas agarrotadas por la emoción del momento.

 

—Y yo a ti, Tobio —su forma de pronunciar mi nombre hizo que me recorriera un escalofrío por todo el cuerpo. Sonaba demasiado bien—. No quiero que pienses que te olvidé. No sabía cómo contactar contigo.

 

—No pienso eso, boke —apreté más aún el abrazo si es que eso era posible—. Yo tampoco sabía cómo contactar contigo.

 

Noté la camiseta algo húmeda. ¿Estaba llorando? Sí. Bastante. Pero era de emoción, porque también tenía una sonrisa de oreja a oreja. Era increíble la manera en la que seguía conservando la misma pureza que hacía nueve años. Seguía siendo ese niño que soñaba con saltar más alto que nadie y llegar a todas las metas que se propusiera.

 

Yo también me emocioné. La gente nos miraba flipando en colores, pero a mí me la sudaba. Sé que a Hinata también. Más que nada porque, sin aquel momento, ahora no estaríamos como nos encontramos.

 

Han pasado dos años desde el reencuentro. Uno y medio desde que empezamos a salir oficialmente. No sé si sigue en los brazos de Morfeo aún porque me está dando la espalda y lo único que puedo ver es el color mandarina de su pelo. Estamos en mi piso gracias a que a mi compañero y amigo Sugawara le daba igual que se quedase aquí a dormir —y porque él se ha ido a casa de su novio Oikawa—. 

 

—Kageyama… —Hasta su voz somnolienta es adorable, pero no le digáis que yo he dicho eso.

 

Remolonea un poco en la cama, buscando mi atención. Así que, si me disculpáis, voy a ir a ver qué quiere. Seguramente mimos. Tendré que dárselos.

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