Work Text:
Prompt 20. Disculpas
Pairing: Rei x Yaten
Desearía haberse mordido la lengua.
La botella de agua iba de un lado a otro entre sus manos, en la espera de que la arquera saliera de los vestidores. Estaba allí para ofrecer una disculpa. Sí, Yaten Kou iba a disculparse con Rei Hino.
¿Por qué motivo y razón? El percance había acontecido tres semanas atrás.
Su día había iniciado de la peor forma posible: con pesadillas abrumando su sueño. Cruelmente, su inconsciente le mostró las ruinas de su planeta, el sufrimiento de su gente y la desaparición repentina de su princesa. Yaten, al alba, había despertado agonizante por las visiones y no fue capaz de volver a dormir. Asistió a clase más por obligación que por ganas. Estaba harto de fingir aquella vida falsa de humano.
Y si la irritación por su falta de sueño era poco, a ello se sumó la llamada de atención que obtuvo del profesor de educación física por negarse a participar en alguna de las actividades deportivas y el anuncio desagradable de su manager de que participarían en un evento social por el galardón que habían recibido de la embajada por su contribución a la difusión internacional de la cultura nipona.
¡No tenían tiempo para esas estupideces!
La inquietud que agitaba su espíritu por las pesadillas lo tenían con los nervios de punta y, ya para el medio día, estaba en su punto de hervor: ruido por doquier, calor insoportable, fans stalker, hermanos que parecían querer encajar con ese mundo. Yaten sólo quería largarse a su casa y no pensar más.
Para cuando la campana de salida sonó, el menor de los Kou estaba al borde del hartazgo y, más que buscar a quién se la debiera, buscaba a quién se la pagara. E Hino había sido la perfecta voluntaria.
La sacerdotisa arribó a Jūban para reunirse con sus amigas y parlaba cosas sin sentido con el afán de que todos fueran a una cafetería por un postre o al centro de videojuegos, incluyéndolos a él y a sus hermanos. El timbre alegre y despreocupado que vibró en su voz al soltar la insulsa invitación, lo había enfurecido:
—¿Qué no tienes nada útil qué hacer? ¿No sabes hacer otra cosa que perder el tiempo? La vida debe ser fácil contigo ¿no?, ya que prefieres ocuparte en banalidades e insignificancias. Qué envidia niña, no tener que preocuparse por nada.
Aunque todos conocían el carácter huraño y arisco del menor de los Kou, ninguno adivinó que de repente estallaría con un regaño que resonó por todo el lugar, causando que además de las cinco amigas y los dos hermanos, varios alumnos de Jūban que pasaban por allí, se enteraran de la reprimenda que el idol le daba a la chica de la escuela cara de Santo Tomás.
—Yaten, tranquilízate. ¿Qué te sucede? —intervino Taiki, percatándose de las miradas de la gente alrededor.
—Discúlpalo Rei. Sucede que ha estado estresado todo el día y está que no se soporta ni él mismo —medió Seiya, observando la palidez en el rostro de la doncella de Hikawa.
Rei pestañeó, reaccionando a las palabras de ambos jóvenes y atestiguando cómo el pelipata bufaba incrédulo por los amagos de justificación.
—Claro, no hay problema, entiendo. Ya será en otra ocasión.
—¡Pero nosotras sí vamos! —gritoneó Serena, contribuyendo a desvanecer la incómoda tensión— ¿Podemos ir a comer los panecillos de membrillo que nos invitaste la otra vez? Estaban para morirse.
—Es verdad. Y el té de lavanda con miel me dejó extasiada —afirmó Minako, colgándosele del brazo contrario al que la princesa de la luna se había afianzado.
La chica Hino sintió su cuerpo relajarse con las acciones de sus amigas y asintió sonriendo. Amy y Lita exhalaron con alivio al notar la situación suavizada y, amables, se despidieron de los hermanos Kou, echando a caminar detrás de las otras tres.
Yaten rodó los ojos con fastidio y se apresuró a subir a la camioneta que ya los esperaba en la acera.
—-No tenías que ser tan idiota —señaló Seiya al cerrar la portezuela.
—Es cierto, bastaba con decir que en otra ocasión y ya. No es necesario dar una mala imagen para el grupo —amonestó Taiki.
—Mi misión en este planeta no es complacer a nadie —soltó agrio y optó por ignorarlos todo el trayecto.
¿Por qué la defendían? De cualquier modo, el menor de los Kou no consideraba haber dicho ni una mentira: aquellas niñas, únicamente, se dedicaban a perder el tiempo y sus energías en cosas superfluas y tontas como perseguir idol, pasearse por allí o descuidar sus estudios. ¿Qué cosa había dicho que no fuera verdad? ¿Qué sabían ellas de dolor, sufrimiento y sacrificio? No tenían una idea.
Sin embargo, la realidad vino y le refutó cada uno de esos prejuicios.
Unos días después del incidente, la agrupación fue convocada a una reunión en un Instituto de Música para presentarles al nuevo equipo de producción que llevaría su siguiente álbum y en el cual incluirían versiones orquestales.
Acudieron a la cita a las nueve de la mañana y, en uno de los recesos, Yaten dio un paseo por las instalaciones. En su trayecto, pasó por las salas de práctica y los sonidos firmes e insistentes de un piano taladraron en sus oídos, despertándole la curiosidad. Se acercó sutilmente a la ventanilla rectangular de la puerta cerrada y observó al ejecutante.
Arrugó el ceño al reconocer la figura que tocaba.
Al inicio dudó de su propia percepción, pero mirando más a detalle, confirmó de que se trataba de Rei Hino. A pesar de la coleta alta en que se arreglaban sus cabellos y el conjunto deportivo que portaba, logró atisbar sus rasgos característicos: el color caoba de su pelo, su rostro afilado y las pupilas violáceas que apenas y se asomaban entre pestañeo y pestañeo sobre las teclas.
Veíase concentrada y completamente absorta en la tarea de recorrer sus manos sobre el teclado, arrancándole al instrumento esa melodía incesante y rítmica. No reconocía la pieza, aunque le parecía haberla escuchado alguna vez. Y, es que entre las escasas cosas que disfrutaba de ese planeta, estaba el arte, aunque no era muy docto en el tema de música clásica.
—Ah, el allegro de la 960 de Schubert —se refirió a la sonata—. Hacía un tiempo que no la escuchaba tocar esa pieza. En los últimos meses ha estado obsesionada con míster Beethoven.
Yaten abandonó la contemplación de la doncella y se volvió ante la voz, encontrándose con una mujer pelirroja de alrededor de unos cuarenta años, de traje y anteojos, a unos dos metros de él. Ni siquiera la había escuchado llegar.
—Veo que ha sido cautivado por nuestra alumna estrella.
—¿Qué? No, yo…
—Vamos joven, no sea tímido. No es algo extraño, ha ocurrido así desde que la señorita Hino se unió a este Instituto a los seis años. Tiene muchos admiradores de todos los géneros y de todas las edades.
—¿Desde los seis años?
—Religiosamente, tres horas, cada día. Es nuestra prodigio, aunque no quiera dedicarse profesionalmente a esto.
Yaten dejó de prestar atención a la información no requerida de la docente y, echando un ultimo vistazo a la imagen de la sacerdotisa, se alejó de la puerta, arrastrando en sus oídos la desenvuelta melodía que resonaba bellamente por todo el pasillo.
El idol se negó a creer que esa niña fuera su creadora.
Una semana más tarde, hubo una modificación en el guion para el primer musical en el que Three Lights participaría bajo la dirección de Akane Gushiken. La mujer les había indicado que les enviaría una copia, pero la impaciencia de Yaten por comenzar a ensayar lo antes posible, le llevó a pedirle que le indicara dónde podía pasar a recogerla en las siguientes horas. La directora, resignada, le señaló la sala de profesores del Colegio T. A. y el idol, enfundado en un atuendo que casi lo cubría de pies a cabeza, se dirigió allí.
Obtuvo la copia deseada y, en su camino de vuelta, como una maldición, reconoció a la doncella de Hikawa. Al pasar por la gran biblioteca, la miró a través de los cristales, sentada frente a una pila de libros con títulos sobre matemáticas, teoría política y sociología. El lugar se veía bastante desierto, debían ser ya alrededor de las seis de la tarde. Usaba su clásico uniforme y se tallaba los ojos con cansancio.
¿Entonces sí dedicaba tiempo a estudiar?
Yaten chasqueó la lengua y se retiró de allí. No obstante, la siguiente vez que la vio en la puerta de Jūban en la espera de sus amigas, no le pasaron desapercibidas las bolsitas azuladas bajo sus ojos. Está de más decir que la sacerdotisa apenas y se atrevió a dirigirle la mirada.
Finalmente, su realización se completó la noche en que asistieron al dichoso evento social donde los galardonaban por su participación en la difusión de la cultura japonesa.
En el gran salón repleto de personas de todo medio, los hermanos Kou en compañía de un agente de la disquera, departían palabras y gestos con otros invitados. Yaten apenas podía esconder su tedio por estar en ese lugar y, con insistencia, recorría con sus jades cada rincón en busca de algo interesante para poner su atención. En su indagación, dio con Rei Hino entre los asistentes. Iba del brazo de un hombre mayor, ataviado en un elegante traje gris.
El agente notó la curiosidad del menor de los Kou por el gallardo personaje al otro lado del salón.
—Ah, ese es el senador Takashi Hino, el líder del partido liberal de Japón. Tiene mucha influencia en la cámara de representantes y en los medios de comunicación. Es la primera vez que lo veo en persona.
La información atrajo la atención de los otros dos hermanos.
—Oigan, la que va de su brazo ¿no es Rei? —inquirió Seiya, identificándola.
—Ya se me hacía extraño que llevara ese apellido tan particular —agregó Taiki, corroborando.
—¿La conocen?
—Es una conocida de la preparatoria.
El agente alzó las cejas, sorprendido por la casualidad.
Los tres muchachos observaron a la doncella de Hikawa. Era otra. Lucía un vestido largo en transparencias color blanco y su cabello, arreglado con cuidado en rizos, caían delicadamente sobre su espalda. El discreto maquillaje en su rostro se encargaba de delinear y resaltar sus facciones.
Sus gestos eran gentiles y recatados. Su andar, erguido y suave, como si se deslizara sobre el salón. Saludaba con mansas inclinaciones y departía breves líneas que salían de su boca. Luego callaba y el hombre a su lado —de perfil distinguido, pero de rasgos duros— desenvolvía el resto de la conversación.
Los tres concluyeron que no se parecía nada a la chica que solía reír y conversar ávidamente con sus amigas.
Yaten bebió un poco de agua mineral y Seiya y Taiki se entretuvieron con un par de mujeres que les pidieron un autógrafo.
—¿No es esa la pequeña Rei Hino? —preguntó un hombre de unos cuarenta años a otro, de más o menos la misma edad—. Tenía muchos años que no la veía.
El peliplata, ante el nombre conocido, no pudo evitar atender la conversación.
—La misma. No solía venir a estos eventos, pero desde hace unos dos años la vemos con mayor frecuencia en el medio. Dicen que su padre la está preparando.
—¿Para incursionar en la política?
—Probablemente. Es la carrera familiar y no hay un Hino de la línea paterna que no haya hecho carrera política. Ella es la única hija.
—Es una posición difícil con una sombra como la de Takashi, sobre todo para una mujer —opinó el hombre de traje marrón, bebiendo de su copa—. Escuché que asiste al colegio privado de Santo Tomás. Su padre no debe haber querido que se mezclara con personas ordinarias al enviarla a una preparatoria pública. Mi hija se moría de ganas por asistir allí, pero ni la cuota, ni la admisión inicial son una broma. A pesar de que es un colegio católico, su educación es de élite.
—Ha crecido muy bien. Se parece muchísimo a su madre Risa. ¿No la conociste? —su interlocutor negó—. Cuando eran pequeños, mis hijos jugaban con ella en el jardín de niños y se llevaban muy bien. Desgraciadamente, Risa murió y la pobre niña se quedó a cargo de su padre y su temperamento tan particular. Takashi es mi amigo, pero sabes lo exigente y riguroso que puede llegar a ser. No dudo que haya sido severo con su crianza. Aun así, he escuchado maravillas de esa muchachita: toca, baila, pinta, tira con el arco, instruida en el chanoyu…
—También lo he oído —confirmó el otro—. Una de mis grandes expectativas esta noche es su actuación. Supe que nos deleitará con la sonata diecisiete. Todavía recuerdo cuando tocó aquellas suites de Händel en el cumpleaños del coronel Saotome. Sigo sin creer que haya tocado así con sólo diez años.
¿De quién rayos estaban hablando esas personas? ¿Hablaban de la misma Rei Hino a la que no parecía importarle nada en la vida?
Yaten se desconcertó y rememoró los encuentros con ella en el Instituto y en Santo Tomás. ¿Era posible que no se tratara de la misma persona?
La velada transcurrió entre bocadillos, copas y baile.
De un momento a otro, el espacio donde descansaba un negruzco piano forte comenzó a iluminarse, en contraste con la luz tenue que envolvía el salón.
El embajador dedicó unas palabras de agradecimiento a los asistentes y por el apoyo recibido en la organización de múltiples eventos que enumeró, pero que a Yaten mínimamente le interesó escuchar. Luego de su palabrería, anunció el número especial de la noche, el cual correría a cargo de Hino Reiko, la preciada hija del senador Hino: una ejecución de la sonata para piano N° 17 de Beethoven.
«En los últimos meses ha estado obsesionada con míster Beethoven.»
Las palabras de la profesora acudieron a la cabeza del menor de los Kou.
—¿En serio? ¿«La tempestad»? —habló Taiki, dudoso de las habilidades que aquella chica pudiera poseer para tocar una pieza así de compleja.
Yaten atendió las palabras de su hermano y alzó una ceja, intrigado. De acuerdo con lo escuchado en la academia y lo dicho por la mujer pelirroja, tenia el talento. Si bien, sólo había escuchado dos minutos en esa ocasión, fue lo suficiente como para saber que la joven no se quedaría pasmada sin saber qué hacer, pero igual no había presenciado la pieza completa.
Una ronda de aplausos dio la bienvenida a la jovencita engalanada en su refulgente vestido blanco, la cual efectuó una reverencia inicial y, sin preámbulos, tomó su lugar en el banquillo recubierto.
Una mansa secuencia inició el allegro que, enseguida, se rompió en otra más vigorosa y melodiosa. Con destreza, sus manos iban y venían sobre el bicolor teclado. No había en sus movimientos signo de vacilación o torpeza; por el contrario, denotaban armonía y precisión.
Lo que había visto y escuchado en el Instituto había sido nada. Desconocía que esa niña poseyera tal agilidad y pericia. Con que ese era el resultado de tres horas, cada día, desde sus seis años.
—No sabía que la hija del senador fuera así de buena. Con ese talento bien podría estar en un conservatorio en Viena —comentó una mujer de vestido azul a otra que, a su lado, sostenía un abanico. Ambas parecían mayores.
Yaten, todavía admirado por la vivacidad con la que la sacerdotisa hilaba las últimas sucesiones del primer movimiento, en la antesala del adagio, se encontró formulándose ese mismo pensamiento.
—Su padre no lo permitiría. Es la heredera Hino y, como tal, debe posicionarse en las filas del partido o, al menos, colocarse en el cuerpo gubernamental. Esto sólo es muestra del grado de perfeccionismo de su educación. Es fantástica—elogió la interlocutora, dejando a un lado el abanico y tomando una de las copas de vino espumoso que le ofreció el personal del servicio al pasar.
La del vestido azul asintió, observando con maravilla, a la encantadora jovencita entretejer la cadencia adornada del precioso segundo movimiento. Con una sonrisa, se acercó en secrecía a su compañera para susurrarle—: Mi marido me dijo que el senador comentó que su hija estudiará ciencia política en la Universidad de Tokio. Con suerte, logre comprometer a alguno de mis hijos con ella.
Al último cotilleo, la oyente se deshizo en risas y Yaten, sin saber el motivo, percibió un sentimiento de indignación al escucharlas.
Sin embargo, los impetuosos sonidos que vibraron en todo el salón con la apertura del allegreto, sacaron a los tres de cualquier pensamiento que cruzara por su mente. El dramatismo, la cadencia, la fuerza y la elegancia impregnadas en cada una de las notas que llovían en los oídos de los presentes como una verdadera tormenta, imposibilitaba el dejar de mirar a la artista en el piano.
La bella tensión creada por la magnífica pieza y ejecución se adueñó de la estancia. Y Yaten, en medio de ese trance y en ese rio de tumultuosas notas, creyó escuchar el grito de un alma cautiva.
Entre el vórtice de pensamientos y sensaciones que afloraron por los acelerados, enérgicos y concisos sonidos del piano, así como de la información no pedida, Yaten comenzó a sentir vértigo.
¿Cómo era ella capaz de vivir de ese modo? ¿Qué clase de presión tenía esa niña que soportar desde tan temprana edad y, quizá, toda su vida?
La mirada del menor de los Kou, irremediablemente, se tornó al hombre de digno porte al otro lado del salón. El político contemplaba a la pianista y sonreía con orgullo, satisfecho de aquella que era su perfecta creación.
Su atención fue demandada de vuelta por las dramáticas notas del tercer movimiento, arremetiendo una a otra, como si flechas de fuego salieran disparadas de los dedos fuertes y largos que acariciaban sin cesar las teclas.
La marea de sonidos no se detenía y su ejecutora se mantenía imperturbable, erguida y grácil. Sus labios, ligeramente entreabiertos, daban discretos indicios de que el aire ingresaba a sus pulmones. Sus mejillas, tinturadas de un tenue carmín, signo de su esfuerzo y brío por casi veinticinco minutos de performance. Sus ojos, atentos en las teclas, casi absortos en el movimiento de sus manos, señal de su obsesiva necesidad de perseguir y alcanzar la siguiente nota y la siguiente y la siguiente.
La doncella, hasta el último sonido de la hermosa e inquietante pieza, pareció envuelta en un hechizo.
La música cesó y, por unos segundos, el silencio de apoderó del salón, como si el aire tuviera que volver a circular por el cuerpo de cada persona reunida allí, para siquiera reaccionar. El aplauso fue general y prolongado. La pianista, en medio de tal ovación, reverenció dócil.
Al abandonar su lugar en el piano y unirse a su padre de nueva cuenta, la gente a su alrededor la colmó de felicitaciones y elogios. Ella solo sonreía grácil y modesta, como una encantadora muñeca.
—Increíble. Ni un error en la partitura. Es muy difícil escuchar la ejecución de un principiante y que ésta no tenga detalles de precisión o de velocidad —opinó Taiki, asombrado por la presentación.
—Sinceramente, no me esperaba que Rei Hino fuera esta clase de persona. Parece tan distinta con Bombón y sus amigas —agregó Seiya a la opinión del mayor, observando a la pelinegra a la distancia, igual que sus otros dos hermanos.
Yaten se abstuvo de hablar, aun incrédulo y confuso por lo ocurrido con esa chica.
Al parecer ellos no eran los únicos que querían transmitir algo. Rei Hino también quería transmitir un mensaje: de disciplina, rendición y obediencia. La doncella vivía su propia tragedia y, tal vez, su manera de respirar y rebelarse de aquel yugo que la apresaba y consumía, era siendo esa Rei Hino despreocupada, insolente y fangirl que —hasta entonces— todos ellos conocían. El menor de los Kou incluso dudaba de que sus amigas conocieran esa faceta de la sacerdotisa de Hikawa.
Su empatía por ella comenzó a forjarse en ese entonces y, luego de días de recapitular el percance acontecido semanas atrás, en que le había gritado, concluyó que se había pasado un poco de la raya. No obstante, Yaten no se veía yendo a buscarla para disculparse y tampoco había logrado coincidir con ella en Jūban.
Favorablemente, supo por la bocazas de Minako que era capitana del equipo de arco de su escuela y, cuando supo que se llevaría a cabo la liga deportiva interescolar —en la que participaban escuelas públicas como privadas— y que el equipo de arco de Santo Tomás asistiría a Jūban para la competencia, el idol vio su oportunidad.
—Buen trabajo —dijo, saliéndole al paso en cuanto apareció por el corredor. Le extendió la botella.
—Yaten.
La joven parpadeó y, sorprendida, tomó el líquido.
—No sabía que eras buena con el arco. ¿Desde cuándo practicas tiro?
—Desde los ocho —respondió en automático, aturdida de que ese dialogo estuviese formulándose—. Pero es comprensible, no tendrías por qué saberlo. No es que conversemos mucho. Tampoco somos amigos. Y si te soy franca, me tensa ahora mismo el hecho de tenerte frente mío, hablándome así de la nada.
—Sí, lo sé —convino Yaten, dando lo mejor de sí para no incomodarse más de lo que ya estaba con la situación—. Yo tampoco esperaba estar aquí. Ni siquiera habría sido necesario, en realidad.
Rei lo miró sin entender.
—Siento lo del otro día —soltó serio y sin alargar más el preámbulo—. Creo que fui duro con mis palabras. Estaba enojado por diversas razones y terminé desquitándome contigo. Discúlpame si dije algo hiriente o fuera de lugar sin saber.
—¿Sin saber qué? —indagó la doncella, recelosa.
—Si saber nada. Como bien lo dijiste, no somos amigos y tampoco nos conocemos tan bien como para que yo asegure algo sobre ti o tu asegures algo sobre mí.
Rei se relajó ante sus palabras.
—Mi intención no era otra que pasar tiempo con amigos y divertirnos juntos. Ya fuera estudiando, yendo a la cafetería o al centro de videojuegos —se explicó, mirándolo a los ojos—. No siempre fui muy sociable y tal vez mi insistencia fue un poco inoportuna. Sigo reflexionado sobre eso.
Yaten sintió resquicios de culpa por lo último.
—Oye, no te lo tomes tan en serio. Fui yo quien reaccionó agresivamente, no eres tú la que tiene que reflexionar nada. Por eso vine aquí a ofrecerte una disculpa: lamento mi comportamiento del otro día.
El tono que él uso, así como la ligerísima inclinación de cabeza, bastaron a Rei para ver su sinceridad.
—Disculpa aceptada —blandió una sonrisa—. Y, aunque no te conozco lo suficiente, sé que no fue sencillo tomar la resolución de venir aquí a disculparte, así que lo aprecio mucho. Gracias por el agua —dijo y, dando por zanjados sus asuntos, se despidió con un gesto. Pasó a su lado, continuando con su camino.
Fuera de su vista, Reiko no pudo evitar que la sonrisa modesta se le alargara en otra más alegre. La acción del idol le había causado una emoción agradable, como si una partecita de todo el peso sobre sus hombros se aligerara.
—Oye, Hino.
La chica se giró a su llamado.
—Los videojuegos no me parecen mala idea. Digo, si alguna vez quieres ir, no creo que puedas vencerme.
La sacerdotisa no pudo eludir que se le escapara una risita. Recuperando la compostura, le miró altiva.
—He jugado desde que tenía doce, por lo que no puedo asegurar tu victoria. Esperaré ese día con expectación. No se vale llorar. Nos vemos.
Yaten respondió con una arrogante media sonrisa y un gesto de mano en señal de despedida.
Sí, quizá ahora no eran amigos, pero el menor de los Kou no descartaba que ya estuvieran en camino de serlo.
