Work Text:
Prompt 27. Jamás he hablado de esto
Pairing: Minako x Seiya
—Estoy bien, no es necesario que vengas. Es una simple gripe, no es para tanto —aseguró Minako, soplando por enésima vez al pañuelo mentolado en su nariz—. Sí, sí, te llamaré si necesito algo. Bye, bye.
Un fuerte estornudo la asoló en cuanto colgó el móvil y lo aventó al lado de su almohada.
Lo cierto era que se sentía fatal. Le dolía la cabeza, el cuerpo y el pecho; sentía su rostro completamente hinchado y le escurría la nariz. No podía respirar y, por ende, tampoco podía dormir bien.
La rubia no sabía si tenía los ojos llorosos por la afección o por las puras ganas de llorar. Y, sin embargo, le acababa de casi jurar a Rei que se encontraba bien y que sólo era una gripe pasajera. Obviamente le había mentido con total descaro, pero tampoco podía soportar la idea de ser una carga.
¿Por qué molestar a la gente por una idiotez como un catarro? No se estaba muriendo, aunque se sintiera así.
Si le hubiere dicho a su amiga la verdad, Mina estaba convencida de que la tendría en su puerta a la media hora. No quería mostrarse débil y dependiente. ¿Desde cuándo necesitaba ayuda para algo tan trivial? Ella podía cuidarse sola.
Siempre había así.
Por eso la sorprendió tanto la presencia de Seiya en su puerta. El joven vocalista ni siquiera le dio una explicación sobre cómo se había enterado de su convalecencia o cómo había llegado allí, aunque Minako intuía que la guardiana de fuego había tenido algo que ver en el asunto. De un tiempo a la fecha, Rei se dedicaba a crearles momentos juntos. Específicamente, desde que ella le había confesado que albergaba sentimientos por el mediano de los Kou.
Atribuyó a la inmensa amabilidad de Seiya el hecho de compadecerse de ella y darse a la tarea de ir a verla a su departamento. Y Mina no se sentía nada halagada con ello, sino más bien avergonzada de que la viera en ese lamentable estado.
—De verdad, Seiya, estoy bien. Un poco de descanso bastará para recuperarme—insistió la rubia, dejando ir el termómetro de su boca.
—¿Treinta y ocho de temperatura es estar bien? Entonces sí que estás delirando, Mina.
—Con el medicamento se pasará. No es grave, es una simple gripe. No es nada.
—Minako, no es una simple gripe. Y aún si lo fuera, eso no significa que no sea nada. Si te sientes enferma ya es bastante, deja de minimizar lo que sientes. Está bien enfermarse y también está bien dejar que te cuiden.
El tono serio y regañón que el muchacho usó, junto a la expresión de preocupación pintada en su cara, provocó que a la rubia se le aguaran los ojos.
—No estoy acostumbrada —murmuró, evadiendo su mirada.
—¿A enfermarte o a que te cuiden?
—A ninguna de las dos cosas. No puedo permitirme enfermarme y estar mal. No quiero ser una molestia ni una carga para nadie. Debo poder ser capaz de solucionar mis problemas sola. Debo ser suficientemente fuerte. Debo…
—¿Y quién te dijo que eso debe ser así? —preguntó el pelinegro, cortando su discurso que más parecía una autoflagelación.
—¿La vida?
Seiya la miró interrogante.
—Desde que mis padres no están en este mundo, he tenido que aprender a cuidarme sola y a valerme por mí misma. Cada vez que necesité algo, tuve que trabajar duro para conseguirlo. Cada vez que necesité un consuelo, tuve que ser animarme y ser fuerte. Cada vez que enfermé, tuve que superarlo rápido o ignorarlo porque ¿sabes? el mundo no se detiene por nimiedades. Y si no soy yo misma ¿quién más verá por mí? Estoy completamente sola en este mundo, así que debo ser autosuficiente.
Cuando la última palabra se desvaneció de sus labios, Minako se percató de lo que había dicho. Jamás se había abierto de aquella manera a nadie más que a sí misma y el pensamiento de que él conociera un lado tan lamentable de ella, de pronto la avergonzó. Con un amago de sonrisa se apresuró a decir:
—Creo que hasta ahora no me ha ido mal, he crecido bien cómo puedes ver. Más eso no significa que pueda darles problemas a otros. Especialmente con tonterías como esta.
—Minako, ya te dije que no es una tontería —amonestó Seiya con sus ojos puestos en ella.
Minako comenzó a toser flemáticamente y él le extendió pañuelos.
¿Cómo era posible que, en ese estado, ella continuara esforzándose por permanecer incólume y mostrarse autosuficiente? ¿Cuánto ella había tenido que sufrir y afrontar para contarse todas esas mentiras y construirse aquel caparazón? Particularmente, cuando la chica Aino era conocida por su espíritu alegre y enérgico.
Seiya comprendió que esa era la máscara tras la que ella había elegido ocultar su vulnerabilidad y desamparo.
—Tampoco estás molestando a otros o incomodándolos. Por lo menos, no a mí. Y estoy seguro de que todas las personas que te aprecian piensan de la misma manera —dijo el pelinegro, limpiando con sus dedos los bordes de sus pestañas. Un par de lágrimas se habían escurrido de sus añiles—. No es vergonzoso pedir ayuda y tampoco el recibirla. En momentos como este, mereces ser cuidada y apapachada para sentirte mejor.
—No quiero contagiarte —intentó su última tentativa.
—No me contagiaré. Y aun si lo hago, no me importa. Por ahora, quiero ayudarte y cuidar de ti. ¿Me dejarás?
Minako alzó los ojos y se encontró con ese gesto cálido alegre del que, irremediablemente, se había enamorado. Con una sonrisa, esta vez genuina, asintió rendida.
—¡Perfecto! Te haré algo de comer y un té —anunció, incorporándose de un brinco.
A grandes pasos, se dirigió a la cocina en busca de los ingredientes y medicinas que había llevado consigo en su camino al departamento de la rubia.
Por su lado, la guardiana de venus se acomodó bajo el edredón y, como si su pecho se hubiera liberado del peso de un mundo, sus ojos se sintieron soñolientos. A lo lejos, el sonido de trastos, el aroma de comida casera y té, arrullaron su sueño.
