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Mierda…
Las palmas de sus manos duelen y pican, hay un ardor en ellas que lo frustra no solo por el escozor que lo obliga a fruncir el ceño como un niño, sino también por el simple hecho de no lograr ser tan bueno con la espada como su hermano mayor Jacaerys. No importa cuánto practique durante el día con esmero y sudor, cuánto lo intente bajo el manto de la noche en las playas de Driftmark; en esas prácticas clandestinas con su padrastro Daemon. Por mucho que lo quiera, por muy fuerte que sea su deseo, el manejo de la espada no es su rasgo más hábil.
Lucerys ya no es un niño. No puede esperar ser un gran señor y esconderse bajo las faldas de su madre cuando no pueda defenderse si es que las cosas se complican. Y las cosas siempre se complican, siempre.
Frustrado y enojado consigo mismo, a Lucerys le toma un momento darse cuenta que varios hombres, cazadores en su mayoría, lo llaman desde una mesa junto al fuego. Aemond Targaryen, su señor esposo, está allí con ellos; y por su tosca expresión parece desear estar él mismo en cualquier parte de Westeros que allí. Luke no puede evitar suspirar en empatía, después de todo están allí a pedido de su madre.
A su alrededor, el campamento se mueve a su propio ritmo. Es la primera vez que recibe la invitación para darle caza a un jabalí junto a la Casa Baratheon. Y no es como si lo quisiera precisamente, pero a sabias palabras de su madre la Reina, es mejor tener a los Baratheon en su visto bueno. Eso quiere decir, tener que participar en su cacería de animales salvajes.
Fingiendo una sonrisa cortés, Lucerys acompaña a los hombres de Borros Baratheon en su mesa. Todos ellos inclinan su cabeza en respeto, unos más sinceros que otros. Aemond es el único que sigue bebiendo vino.
– Veo que su práctica con la espada ha sido intensa, mi Príncipe –dice uno de los hombres, de largo cabello y barriga abultada– Espero que Ser Theo haya sido de su agrado, mi señor.
Lucerys toma asiento junto a su esposo, quien se relaja levemente con su presencia.
– Por supuesto, no esperaba nada menos de sus hombres.
Su respuesta satisface a los cazadores que lo rodean, pese a que Aemond hace un sonido burlón con la garganta. Si tan solo fueran más jóvenes, Lucerys se hubiera salido con la suya y regalado un golpe a su tío. Lo único que se puede esperar de ésta cacería es que las cosas salgan según lo planeado.
Eso quiere decir que no necesita que su esposo sea un idiota hacía sus anfitriones.
– Es bueno que te hayas divertido, sobrino –dice Aemond. Claramente burlándose de sus manos.
Lucerys sonríe, volteando hacia su esposo.
– Espero que también te hubieras divertido, tío.
Su respuesta obliga a Aemond a mantener su feliz fachada. Oh, Luke sabe bien que ésta visita a los Baratheon es meramente política. Eso no lo hace más feliz o soportable, y Lucerys ama molestar a Aemond por ello.
– Ha sido más que interesante, sobrino… –responde Aemond mientras su vaso de vino es nuevamente llenado por un joven– Éstos buenos caballeros me han hablado de sus proezas y hazañas. Cada una igual de increíble.
La mesa se llena de risas y brindis, derramando vino y júbilo por doquier. Aunque por el parpadeo nervioso de su esposo, Luke duda de que tales historias hubieran sido tan creíbles.
– El príncipe Aemond nos ha hablado también de sus historias –dice otro de los hombres, en aspecto más ebrio que los demás.
A su alrededor, los hombres hablan y adulan.
El primer cazador, el del gran estómago, voltea verlo nuevamente.
– ¿Qué puede decir usted, joven Velaryon? ¿Qué gran hazaña ha hecho? –pregunta, pero duda que su curiosidad sea genuina.
Los hombres en la mesa ríen y lo apoyan, alentando a contar una historia para ellos. Aemond, el traidor, oculta su sonrisa condescendiente bajo su vaso de vino. Cruel esposo mío, piensa el joven príncipe.
El clamor de los hombres no se detiene.
Lucerys sonríe.
– Monté dos dragones al mismo tiempo.
Aemond se ahoga con su vino.
