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Language:
Español
Series:
Part 4 of El Nuevo Deleite del Reino , Part 3 of La Moraleja de la Historia
Stats:
Published:
2022-11-14
Updated:
2022-11-25
Words:
14,094
Chapters:
2/4
Comments:
44
Kudos:
563
Bookmarks:
103
Hits:
14,695

Dandelions

Summary:

Lucerys Stark era un portador, una criatura sagrada en la cultura valyria; si los dragones eran fuego hecho carne, los portadores eran dragones hechos humanos. Para los Targaryen, los portadores eran los más dragones entre ellos, sus divinidades más puras, ¿qué más podrían ser para aquellos que se consideraban dioses entre los hombres?

¿Aemond Targaryen tenía una oportunidad para amar a su sobrino? ¿Podía hacerlo suyo y atesorarlo o la codicia por Trono de Hierro los separaría?

Notes:

Soundtrack:
Dandelions – Ruth B
Wings - Birdy
Just the two of us – Grover Washington Jr
Red - The Rose
Don't blame me - Tylor Swift

El sobrenombre de Lucerys es "Luce", que se lee y se pronuncia como Luke.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Mientras el Salón del Trono rezumbaba con energía expectante, Aemond Targaryen era como una cuerda tensa, rebosante de nerviosismo. Nadie podría adivinarlo por su fachada estoica e inmóvil, pero sus manos estaban en un fuerte agarre detrás de su espalda y su corazón latía como el movimiento de las alas de un colibrí en su pecho desde que el rugir de los dragones hizo eco por toda la Fortaleza Roja momentos atrás.

Su hermana Rhaenyra Targaryen y su familia llegaban del Norte después de cuatro años —a Aemond le había costado aceptarlo, pero era por su abuelo y su madre que Rhaenyra ya no encontraba cómoda su estadía en la Fortaleza Roja. Además de ser la Princesa Heredera de los Siete Reinos, todavía era la Dama de Winterfell y la esposa de Lord Rickon Stark, por lo que dividía su tiempo entre Desembarco del Rey y Winterfell. Rhaenyra y Lord Rickon habían vivido en la capital los primeros seis años de su matrimonio, pero tuvieron que mudarse al Norte cuando Lord Benjen Stark falleció, dejando a Lord Rickon para tomar su lugar como el nuevo Señor de Winterfell.

Podría parecer un arreglo inadecuado que la Princesa Heredera viviera en la fortaleza de su esposo cuando su deber era permanecer junto al Rey o tomar su asiento como la Princesa de Dragonstone , sin embargo, Rhaenyra había decidido volar de un lugar al otro cada vez que fuera requerida en la Fortaleza Roja o para supervisar Dragonstone. Tengo un deber con el reino, es verdad, pero también tengo uno con mi esposo y mis hijos. Nunca podría alejarlos de la herencia de la mitad de su sangre y rompería mi corazón pasar demasiado tiempo lejos de ellos, les había explicado a Aemond y sus hermanos cuando se preparaba para partir aquella primera vez.

¿Y nosotros, hermana? ¿No te rompe el corazón dejarnos? Había preguntado Aegon, sus ojos rojos por el llanto que se había esforzado en ocultar desde que Rhaenyra les dijo que se iba.

Oh, mi tonto hermanito, por supuesto que sí, Rhaenyra lo tomó en sus brazos, mi corazón ya los añora, pero vendré a verlos tan seguido como me sea posible. Alcanzó a Helaena y Aemond, los tres apiñados contra el pecho de su hermana mayor, rodeados por brazos cálidos, sólo estaremos separados por un vuelo de dragón, me verán tanto que ni siquiera parecerá que me he ido.

No es suficiente, Aemond se había enterrado más profundo en el abrazo, recibiendo dulces besos en su frente a cambio.

Y no lo había sido, no cuando los tres habían estado tan acostumbrados a la presencia constante de su amada hermana. Ya no podían correr a sus brazos cuando tenían días malos, ya no tenían comidas alegres ni juegos de escondidas en la fortaleza; ya no pasaban las tardes sentados entre las raíces del Arciano, escuchando historias de sus antepasados valyrios por boca de su hermana o escuchando canciones en lengua antigua de la voz profunda de Lord Rickon. Tampoco había más paseos en dragón, en Syrax, ni juegos tontos con sus pequeños sobrinos.

Rhaenyra mantuvo su palabra y visitaba la Fortaleza Roja al menos dos veces cada vuelta de luna y se quedaba un par de días, llevando a Jacaerys o Cregan con ella, quienes eran lo suficientemente mayores para volar durante tantas horas, pero nunca los dos al mismo tiempo por cuestión de seguridad. Lucerys, con apenas tres años entonces, no había podido hacer los viajes y permaneció en el Norte con su padre y su abuela, Lady Lysa Stark.

En la Fortaleza Roja sólo tenían a Lord Bennard Stark, el hermano de Lord Rickon, y sus hijos como compañía. Buena compañía en lo que respectaba a Aemond y sus hermanos, quienes definitivamente los preferían —cómo no hacerlo cuando eran también la familia de su hermana y sobrinos— a los nobles que su madre y su abuelo les empujaban para hacer amistad. Lord Bennard, quien se quedó en lugar de Lord Rickon en el Consejo, los entretenía contándoles terroríficas historias del Norte y los salvajes, Benjen y Brandon eran francos y no temían a los regaños por jugar rudamente con Aegon y Aemond, hasta Elric prefería pasar tiempo buscando bichos con Daeron para Helaena. 

Ellos y los otros norteños que permanecieron en la Corte simplemente miraban para otro lado cuando los sureños los criticaban y se disculpaban con ligereza cuando la Reina o la Mano los reprendían por actuar tan familiarmente con los príncipes y la princesa. Nuestro Señor y nuestra Princesa nos ordenaron cuidar de su familia y eso también significa evitar que sufran de aburrimiento.

Aemond no se dio cuanta hasta más tarde que ese cuidar de su familia no incluía a su madre ni a su abuelo.

Fueron cinco años de visitas a espalda de dragón, con sus onomásticos como los eventos más esperados cada año ya que era cuando podían ver a Rhaenyra y sus sobrinos por más tiempo, a excepción de Lucerys. El Rey siempre había cuestionado que su nieto más pequeño no hiciera los viajes cuando tenía la edad suficiente, fuera en dragón o en barco, pero Rhaenyra y Lord Rickon argumentaban que un Stark de sangre siempre debía permanecer en Winterfell; nadie había encontrado la manera educada de señalar que Lord Rickon podía ser quien se quedara, siendo Lord Stark y todo.

Cuando Helaena cumplió trece días de nombre, el mismo año en que Lucerys había cumplido ocho, fue que descubrieron porqué Rhaenyra y su esposo habían mantenido a Lucerys lejos de la capital. Lucerys Stark era un portador, una criatura sagrada en la cultura valyria; si los dragones eran fuego hecho carne, los portadores eran dragones hechos humanos. Para los Targaryen, los portadores eran los más dragones entre ellos, sus divinidades más puras, ¿qué más podrían ser para aquellos que se consideraban dioses entre los hombres?

El último portador había sido el Príncipe Aemon Targaryen, el padre de la Princesa Rhaenys la Reina que Nunca Fue. Antes de él habían estado el Príncipe Aenar Targaryen, su propio abuelo paterno, uno de los padres del Rey Viserys y el Príncipe Daemon; también el Príncipe Dael, uno de los padres de la difunta Reina Aemma y uno de los abuelos maternos de su hermana Rhaenyra. Los tres portadores eran hijos del Rey Jaehaerys y la Reina Alysanne, razones por las que también se consideraba tan bendecido a su matrimonio. Y antes de ellos habían existido el Rey Aenys y su hijo el Príncipe Viserys, ambos hijo y nieto, respectivamente, del Conquistador.

Lucerys Stark, el tercer hijo de la Princesa Heredera Rhaenyra Targaryen, era el primer portador en dos generaciones, no queríamos exponerlo a demasiada atención tan pronto, padre, esperábamos mantenerlo lejos de las miradas del resto del reino. Si Rickon no me hubiera hecho ver la razón de que el retraso en la revelación podría volverse contraproducente, hubiera dejado pasar más tiempo. Además, Luce ya estaba ansioso por encontrarse con su familia de Desembarco del Rey. Había explicado Rhaenyra frente a toda la familia, aunque los detalles de su decisión y sus preocupaciones se mantuvieron a puerta cerrada entre ella, Lord Rickon y el Rey.

La madre de Aemond había querido involucrarse, considerándolo su derecho como Reina y abuelastra, pero Rhaenyra había apelado que el asunto sólo competía a los de sangre valyria, sangre Targaryen, y a Lord Rickon como el padre de Lucerys. El Rey, esta vez, no se había dejado convencer por su esposa y había accedido, como era usual, a la petición de su primogénita.

La condición de Lucerys se anunció en la Corte una semana después del onomástico de Helaena y los cuervos volaron con la noticia a todos los rincones del reino no mucho después. Lucerys Stark se convirtió en el favorito del reino, en el favorito de su abuelo el Rey e incluso la Princesa Rhaenys pareció adquirir un punto débil por él. Ser especialmente apreciado por el padre y la tía de Aemond era comprensible considerando que los padres de ambos habían sido portadores.

Aemond había estado celoso de su sobrino al principio, pero un poco fascinado también.

No sólo por la atención que recibía sin esfuerzo, por una simple casualidad del destino, sino porque también consumía el tiempo que Rhaenyra podía pasar con Aemond, dejándolo sin nada. Cuando ella estaba en la Fortaleza Roja se aseguraba de pasar tiempo con sus cuatro hermanos, pero siempre tenía tiempo adicional para gastar con Aemond —él era su hermano favorito, Rhaenyra se lo había dicho. En ese tiempo, a pesar de que ella y Jacaerys, como su heredero, y Lucerys se quedarían durante varias vueltas de luna, su tiempo estaba dividido no sólo con el Consejo, el Rey, sus hermanos, sus hijos y su nuevo embarazo, sino que invertía mucho tiempo asegurándose de que Lucerys no fuera acosado por las damas y los señores de la Corte.

¿Y cómo podría Aemond no estar fascinado? Lucerys era como un milagro valyrio, prácticamente magia pura hecha carne. Para un niño que amaba y encontraba consuelo en el folklore valyrio, en la historia de su Casa y sus ancestros, era como si una criatura de cuento hubiera cobrado vida.

Todavía.

Le tomó tiempo a Aemond descongelarse del todo con su sobrino más joven o, más bien, Lucerys se las había arreglado para descongelarlo. Un poco irónico considerando que la mitad de Lucerys estaba hecha de hielo. Comenzó en el patio de entrenamiento, Lucerys había estado pidiendo a Aegon y Jacaerys un enfrentamiento, pero los tres lo habían negado; no querían lastimarlo, dijeron; que no era lo suficientemente hábil para pelear contra ellos, los chicos mayores, aseguraron. Aemond lo había encontrado ridículo, él sabían que Jace y Cregan siempre entrenaban con Lucerys en Winterfell, incluso los había visto practicar en el Bosque de Dioses con sus primos Stark bajo la mirada de Lord Bennard y, si bien Lucerys no lo hacía maravillosamente, tampoco era terrible y no merecía la vergüenza que su tío y hermano le estaban haciendo pasar frente a los Capas Blancas, los Capas Doradas y los otros que estaban practicando.

Aunque Aemond supuso que lo que Aegon y Jace intentaban hacer era no lastimar o avergonzar —más— a Lucerys frente a tanta gente, especialmente no cuando el Rey había declarado que cualquier daño que le sucediera a su amado nieto portador sería sancionado duramente. Los Guardias Reales incluso estaban bajo nuevas reglas a seguir para tratar y proteger adecuadamente a un portador. Puras tonterías, se había quejado Rhaenyra; el Rey Aenys y el Príncipe Viserys nunca habían sido tratados o considerados como flores delicadas, ni siquiera el Rey Jaehaerys y la Reina Alysanne habían sido tan sofocantes con sus hijos , ¿por qué Lucerys tendría que serlo? Pero al final había accedido por la insistencia del Rey.

Que Lucerys pueda tener hijos de su propio cuerpo no significa que no sea capaz de golpear sus traseros en el suelo, hermano, sobrino, había dicho Aemond, cansado de la discusión sin sentido. Por supuesto, sus palabras no habían persuadido ni terminado el asunto, pero se ganó una sonrisa agradecida y un seguidor.

Lucerys comenzó a seguirlo dentro de la fortaleza. Si Aemond estaba en la biblioteca, Lucerys tomaba un libro y se sentaba junto a él, a veces en silencio y otras preguntándole a Aemond sobre lo que estaba leyendo. Cuando sus lecciones no se superponían, Lucerys entraba en las de Aemond y simplemente se sentaba a esperar a que Aemond estuviera libre. Entraban en las cocinas, cuando Lucerys lo convencía para ir a obtener algunos dulces o pan recién horneado, y Aemond veía a su sobrino sonreír dulcemente y agradecer con ojos brillantes a los cocineros y los sirvientes; lo había notado antes, pero Lucerys siempre era amable con todo el mundo, nunca escatimaba saludos y sonrisas. En ocasiones, Lucerys se escabullía en medio de la noche a la habitación de Aemond y le contaba sobre sus días en Winterfell a cambio de las historias de Aemond en la Fortaleza Roja. Cuando Aegon y Jacaerys le hacían bromas o se burlaban por su falta de dragón, Lucerys lo consolaba, asegurándole que un día tendría uno.

No les prestes atención, son tontos. Tío, recuerda que el tío Daemon se unió a Caraxes hasta que tuvo casi veinte días de nombre y Lady Laena Velaryon se unió a Vhagar a sus quince onomásticos. Cregan no tuvo dragón hasta hace dos años cuando se unió a Greyghost. Y recuerda que yo tampoco tengo dragón. Tu huevo no eclosionó, pero yo ni siquiera tuve uno. Había dicho Lucerys mientras le sostenía las manos. Aemond se sintió mal de nuevo, pero un poco consolado, él no era el único extraño entre todos ellos.

Sólo habían quedado dos huevos de la última nidada de Syrax, de uno eclosionó el Vermax de Jacaerys y el otro, que fue destinado a Cregan, no eclosionó como el de Aemond. Ya que no se consideraba de buen augurio dar un huevo que había estado destinado a otro, especialmente no dentro de la misma generación, Lucerys había crecido sin un huevo en su cuna. Pero ya que Lucerys era la manzana en el ojo de todos, así como existía el sano temor  a la ira del Rey por cualquier desaire a su nieto favorito, Aegon y Jacaerys nunca se atrevían a burlarse de él. No estés triste, tío Aemond, tu dragón te está esperando en alguna parte, estoy seguro, así como el mío también me espera.

Y entonces Lucerys les devolvía las bromas con ayuda de sus primos Stark y Daeron. Los norteños en la Corte también ofrecían ideas y coartadas, incluso Lord Bennard y su esposa Lady Margaret lo ayudaron un par de veces. Una ocasión muy memorable fue cuando Helaena los dejó tomar prestados algunos de sus bichos. A pesar de que todo el mundo sabía lo que Lucerys hacía, nadie decía nada, tal vez porque lo encontraban divertido e inofensivo —que lo era, las bromas nunca estaban destinadas a dañar nada excepto el orgullo— o porque Lucerys poseía la ya mencionada inmunidad por el amor del Rey. Las bromas pararon cuando Rhaenyra los sentó a los cuatro y los hizo hablar sobre lo que estaba pasando, al final hubo regaños, disculpas y castigos; Aemond perdonó a su hermano y sobrino cuando las disculpas fueron dadas con sinceridad, y así la guerra de bromas terminó.

Antes de darse cuenta, Aemond había olvidado cualquier molestia infantil que sintiera hacia Lucerys y, en cambio, disfrutó genuinamente de su compañía. Pronto los dos estuvieron corriendo por la fortaleza, explorando todas las habitaciones y encontrando pasadizos secretos. Se sentaban juntos en las comidas, las cabezas juntas y susurrando sobre cualquier nueva aventura que se les ocurriera; Aemond empezó a colocar comida en el plato de su sobrino, sus bocadillos y postres favoritos o alcanzándole los platillos que estaban lejos de su asiento. Aemond le leía en voz alta libros en alto valyrio y respondía pacientemente las preguntas de Lucerys; a su vez, Lucerys le enseñaba frases en lengua antigua. Se emparejaba con él durante los entrenamientos y era tan duro y serio como lo sería con cualquiera, nunca insultaría a Lucerys actuando de otra manera; eso siempre le ganaba sonrisas brillantes, agradecidas y felices. Su sobrino le había hablado sobre lo frágil e inútil que a veces lo hacían sentir las acciones o palabras de los demás, y aunque agradecía la consideración del Rey, realmente le molestaba que lo trataran como una muñeca o una pieza frágil de cerámica. No me voy a romper y aunque fuera posible, no tengo miedo de romperme. Aemond se había sorprendido por la seriedad y madurez de su sobrino.

Lucerys se acercaba a su noveno onomástico, pero a veces actuaba demasiado maduro para su edad. Aemond lo atribuyó a su condición de portador, no por ser uno en sí, si no por todo lo que ello implicaba. Su sobrino era un poco tonto y mimado, muy joven, pero no era idiota y sólo uno no se daría cuenta de las miradas y los susurros que lo seguían por toda la fortaleza —y más allá. Lucerys era un tercer hijo, un príncipe de sangre Targaryen que no portaba el nombre ni la apariencia, siendo un Stark en ambos aspectos. En otra vida eso podría haber sido un problema a los ojos de las víboras que eran las damas y señores sureños, pero en ésta eso quedaba en segundo plano porque Lucerys había demostrado ser el más Targaryen, el más bendecido entre toda la familia real, al ser un portador.

Pese a su sangre mezclada, había oído decir Aemond a su abuelo Otto Hightower. Aegon había estado a punto de salir en defensa de su sobrino, de todos ellos, pero Helaena lo había detenido con una mano gentil y un pedazo de queso en la boca. Aemond había agarrado un puñado de su vestido debajo de la mesa, en parte como agradecimiento por evitar que su hermano se ganara la ira de su abuelo y en parte para detenerse a sí mismo de decir algo también. ¿No era eso hipócrita? ¿No estaban sus palabras y sus acciones contra todo lo que la Fe de los Siete predicaba? ¿La Fe que su abuelo y su madre tanto alababan?

Aegon, Helaena, Aemond y Daeron eran mestizos también, mitad Hightower. Y no es como si esa mitad de su sangre pudiera presumirse de tener un linaje milenario de reyes y reinas, de grandes héroes y guerreros, de los hombres más antiguos en pisar Westeros. La sangre Hightower nunca podría compararse con la sangre Stark de los Primero Hombres, de los Reyes del Invierno, que actualmente todavía gobernaban la mitad del continente como Señores Supremos. El que Aemond y sus hermanos lucieran completamente valyrios no cambiaba ese hecho. Sin embargo, Aemond había aprendido temprano a mantener la boca cerrada respecto a este tema cuando su abuelo estaba al alcance del oído.

Jacaerys tenía cabello blanco plateado y los ojos grises, mientras que Cregan tenía cabello oscuro y ojos morados; Jacaerys tenía los ojos de Lord Rickon y Cregan los de su abuelo Viserys, además ambos tenían el rostro de su madre. Eran una mezcla perfecta de Targaryen y Stark, como al Rey siempre le gustaba aplaudir, especialmente encantado de que sus primeros nietos heredaron el rostro de su primogénita y que uno de ellos tenía sus propios ojos. Lucerys tenía la coloración Stark, pero su complexión era valyria en contraste con la robustez norteña que sus hermanos mayores ya comenzaban a mostrar; sin embargo, sus rasgos faciales eran todo Targaryen —y un poco Arryn. El padre de Aemond casi había sollozado la primera vez que vio a Lucerys desde que era un bebé, Aemma, te pareces a mi Aemma, había susurrado, completamente conmovido.

Darse cuenta de que ese fue el principal motivo del desagrado de su madre por Lucerys no le había tomado tiempo a Aemond. Eres una tonta al permitir que una mujer muerta te moleste, Alicent, había regañado su abuelo a su madre. Habían estado desayunando al día siguiente de la llegada de Rhaenyra y sus sobrinos, sólo ellos seis. No es correcto hablar así de la reina anterior, señor abuelo, dulce y valiente Daeron, que todavía era demasiado joven para comprender la saña que dividía a su familia, a quien Aemond, Aegon y Helaena siempre se esforzaban por proteger de lo peor, fue sometido a la furia de su abuelo por primera vez.

Los cuatro habían corrido a los brazos de su hermana mayor y su buen hermano. Rhaenyra tomó a Daeron en su regazo, untando un bálsamo curativo a los moretones que Daeron comenzaba a mostrar en sus brazos; Rickon estuvo parado junto a ella, abrazando a Aemond con un brazo sobre sus pequeños hombros; los demás niños estuvieron sentados en el suelo alfombrado, Jacaerys sostuvo una de las manos de Aegon y Cregan presionó su hombro contra el de su tío; Helaena se sentó al otro lado de Jacaerys, su espalda recargada contra el costado del niño, mientras le hablaba en voz baja y suave a Lucerys, ambos veían con atención el nuevo insecto que le habían traído del Norte.

Lo mataré, lo haré, y será lo más doloroso que Otto Hightower conocerá en su asquerosa vida, Rhaenyra había gruñido, su ira no había menguado desde que Aemond y sus hermanos llegaron llorando a sus aposentos. Rhaenyra hacía la misma amenaza cada vez que los veía heridos por las personas que se supone debían amarlos y cuidarlos y, como siempre, Lord Rickon la hacía entrar en razón. No lo harás, dulce dragón, sabes que estarías bajo sospecha.

Mi padre nunca creería tal cosa, había insistido, su mirada ardiente en la puerta mientras abrazaba más fuerte a Daeron.

Él no, pero sí la Reina y ella tiene el oído del Rey y de varios señores en el Consejo, Lord Rickon había acercado a Aemond hacia el lado de Rhaenyra. Bajo esa presión el Rey se vería obligado a actuar. No te castigará con la muerte, pero sí te desheredará y podría exiliarte; a ti, a mí y a nuestros hijos. La Reina no se conformaría con menos.

El silenció los había envuelto por un momento, todos sabían lo que el exilio de Rhaenyra significaría. Ya no habría nadie para protegerlos. Aunque Otto Hightower no estuviera, la Reina sí, además de los otros Hightower y todos los señores codiciosos que esperaban usar a Aegon para sus propios fines. Aemond y sus hermanos estarían solos.

Cuando seas reina podrás hacer lo que quieras con Otto Hightower, pero no ahora, había continuado Lord Rickon, quien besó a Rhaenyra en sus trenzas. Ahora abraza a tus hermanos y agrega esta transgresión a la larga lista que sé tienes escrita. Haremos que la lean en el juicio de ese horrible hombre cuando llegue el momento.

Tantos problemas, tanto dolor, por sangre y una corona.

Aemond, sus hermanos y sus sobrinos, todos demasiado jóvenes, pero ya conscientes de lo que sus existencias significaban, conscientes de lo que otros querían y esperaban de ellos, conscientes de las miradas y las palabras que los perseguían. Nunca completamente felices, nunca completamente a salvo.

Cada vez que notaba las miradas sucias y codiciosas de los miembros de la Corte en Lucerys, Aemond quería arrancarles los ojos. ¿Cómo se atrevían? Lucerys tenía ocho onomásticos. El abuelo quería que me casara con Luce, había dicho Aegon durante su viaje a Marcaderiva para el funeral de Lady Laena, pero sabes cómo es mamá con la Fe, se negó a comprometer a su hijo mayor con otro hombre. Dice que los Targaryen tenemos costumbres extrañas y nos sanciona, pero todavía me comprometió con Helaena.

Aemond no había dicho nada a Aegon, no supo qué decir, sólo se sintió molesto y vacío. Fue tiempo después que entendió el movimiento de poder que la Mano, porque Aemond había dejado de considerar a Otto Hightower su abuelo desde que también lastimó a Daeron, había intentado hacer. Casar a Aegon con el único portador de la familia haría más fuerte su reclamo al Trono, además de que unía las dos líneas del Rey Viserys y seguramente eso haría que Rhaenyra no tomara represalias contra ellos. La Mano realmente era un hombre muy estúpido, cegado por su auto-importancia.

Pensé que Helaena podría casarse con Jace, había logrado decir Aemond después de un rato, recordando que Rhaenyra había comentado muchas veces que Helaena sería una reina maravillosa para Jace, de lo feliz que sería si su hijo y su hermana se unieran. Yo también, Aegon había estado de acuerdo en voz baja.

Rhaenyra había volado al Norte para recoger a su esposo y así Lord Stark podía asistir, como representante de su Casa y como el consorte de la Princesa Heredera, al funeral de la prima de su esposa —Cregan había permanecido en Winterfell. Debido a la presencia de esos dos, Aemond y sus hermanos habían podido alejarse de su madre y la Mano, pasando tiempo con sus sobrinos y conociendo a sus primas. Fue un poco estresante estar en la presencia combinada de la Princesa Rhaenys y Lord Corlys Velaryon, ambos poseían presencias dominantes y estaba claro que no tenían mucho amor por Aemond y sus hermanos. Todos sabían que nunca habían perdonado el desaire del Rey al pasar por alto a Lady Laena a favor de Alicent Hightower, y justo cuando habían pasado por alto a la Princesa Rhaenys y su línea —la línea del Príncipe Aemon Targaryen— en favor de él y los suyos. Sin mencionar que también habían ignorado a Lord Laenor Velaryon por Lord Rickon Stark.

Rhaenyra había buscado el consejo de la Princesa Rhaenys muchas veces y Lord Rickon había estado haciendo acuerdos comerciales con Lord Corlys en nombre de la Casa Stark y el Norte desde que se casó con Rhaenyra, lo que había acercado a sus familias; y cuando se reveló que Lucerys era un portador, la cercanía se estrechó. También, según las historias de Rhaenyra, en su juventud había mantenido una buena amistad con Lady Laena, con quien siguió intercambiando cartas hasta antes de su muerte; con Lord Laenor había sido igual, se mantuvieron en comunicación, como los únicos jinetes jóvenes en Westeros, hasta que él también entró al abrazo del Extraño durante un viaje marítimo. Dejando una viuda y ningún hijo, Lord Corlys esperaba que el nuevo bebé de Lady Laena fuera un varón que heredaría Marcaderiva en lugar de Lord Laenor. Tristemente eso tampoco fue posible. Baela les confió días después que la Princesa Rhaenys le había dicho que ella sería la nueva heredera de su abuelo, que ella se aseguraría de eso. Ninguno de los niños tuvo dudas de que la Princesa Rhaenys lo lograría.

El Príncipe Daemon Targaryen, su tío, tampoco había sido agradable con Aemond o sus hermanos. Tratándose del funeral de su esposa, el Príncipe Daemon no tenía la obligación de ser amable con nadie, aunque nadie lo había acusado nunca de ser agradable con cualquiera. Los engendros Hightower, había dicho la noche en que Rhaena reclamó a Vhagar, cuando los adultos los habían alcanzado en la playa cuando la dragona volaba con su nuevo jinete a su espalda. Como si Aemond y sus hermanos fueran especialmente culpables de que todos los niños escaparan de sus habitaciones para acompañar a Rhaena.

Rhaenyra lo había amonestado con todo el fuego de una mamá dragona ofendida y furiosa, puras palabras mordaces en alto valyrio, ¿llamarás engendros también a mis hijos? Son mitad Stark.

Es diferente Rhaenyra, son tuyos, son sangre Targaryen, nuestra sangre, le había respondido el Príncipe Daemon con el mismo fuego y una mayor indignación.

Aegon, Helaena, Aemond y Daeron también son nuestra sangre. Son los hijos de tu hermano, tus sobrinos, Aemond se había preguntado si esa era la primera vez que el Príncipe Daemon se quedaba sin palabras.

No hubo mucha interacción entre ellos después de eso, pero el Príncipe Daemon no impidió que sus hijas pasaran tiempo con Aemond y sus hermanos. Tampoco hubo palabras ni miradas desagradables, pero estaba claro que el Príncipe Daemon no sabía qué hacer con ellos. Toda su actitud desagradable se dirigió a la Reina y la Mano, y sorprendió a todos cuando abogó junto con Rhaenyra ante el Rey para que Aemond y sus hermanos viajaran con ellos a Dragonstone.

Rhaenyra había prometido a Aemond y Lucerys que los llevaría a su asiento ancestral para que intentaran reclamar a alguno de los dragones que habitaban la isla. Ya que Marcaderiva estaba cerca, decidieron aprovechar el tiempo. También sería bueno que Baela y Rhaena conocieran el hogar ancestral de su familia paterna, en realidad sería bueno para todos los niños, especialmente aquellos que nunca habían salido de la Fortaleza Roja.

La invitación no incluía al Rey, ni a la Reina y mucho menos a la Mano, razón por la que la madre de Aemond se había negado de inmediato. Sin embargo, el Rey se conmovió, como siempre, por las acciones de Rhaenyra de unirse a sus hermanos, por lo que él aceptó. Después de que el Rey y su Corte regresaran a Desembarco del Rey, con una furiosa y preocupada Reina, y cuando fue aceptable que Baela y Rhaena dejaran a sus abuelos, todos abordaron un barco Velaryon y navegaron hacia Dragonstone con los dragones volando sobre ellos. Eran demasiados niños, y sólo dos adultos con dragones, para viajar volando —Rhaenyra todavía no permitía que Jacaerys y Daeron volaran solos o que Aegon y Helaena llevaran pasajeros cuando tampoco estaban acostumbrados a volar largas distancias, y el Príncipe Daemon siguió su ejemplo y no cedió ante la insistencia de sus hijas.

Cuando Aemond se unió a Silverwing algo por fin se sintió en paz dentro de él. Una pieza faltante encontró su lugar y su corazón se sintió ligero y más lleno. Eso era de lo que se había estado perdiendo, lo que sus hermanos y sobrinos tenían antes que él, ese sentimiento de inmensidad y calor que se expandía desde su corazón a cada parte de su cuerpo. Un sentimiento de libertad, que todo estaba bien, que todo era correcto, que siempre estaba acompañado. Nunca solo, nunca más solo, un eco había llegado a su mente durante su primer vuelo.

Ver a Lucerys volar en Vermithor a su derecha lo llenó de júbilo y lo hizo reír con deleite. ¿Se podía ser más feliz? ¿Habría algo que superara ese momento? ¿Algo podría llegar a ser más perfecto?

Su estadía en Dragonstone era uno de los recuerdos más felices que Aemond tenía, incluso con la presencia hosca del tío Daemon. Un viaje corto en barco fue todo lo que le tomó a Lord Rickon para domesticar, en su mayoría y en lo que importaba, a la bestia. Son tu familia y te llamarán como corresponde. Nada de esas formalidades tiene lugar aquí, entre nosotros. Te llamarán tío. Aemond se había preguntado si ese poder era algo que podría aprender o si Jacaerys y Lucerys lo habían heredado, parecía algo muy útil para poseer en una familia llena de personalidades fuertes.

Echaron de menos la presencia de Cregan, pero disfrutaron los vuelos tranquilos y las carreras en dragones; jugaron mucho en la playa, descalzos, persiguiéndose tontamente; conocieron a la gente pequeña que vivía en la isla y abordaron con preguntas a los pescadores; disfrutaron las noches junto al fuego de la chimenea cuando el tío Daemon les contaba historias de su juventud y de los peligros que él y Caraxes enfrentaron en los campos de batalla, especialmente las noches de tormenta cuando todos se acurrucaban en una habitación y oían a Lord Rickon cantar en lengua antigua. Incluso disfrutaron las lecciones con el Maestre Gerardys, quien les habló de Dragonstone y de magia y estrellas. Aemond nuca quiso irse, pero pronto estuvieron de regreso en la Fortaleza Roja.

Por primera vez, Aemond fue el receptor de abrazos y palabras orgullosas por parte de su padre. El Rey lo había felicitado una y otra vez por su unión con Silverwing, tanto que ordenó hacer un banquete para celebrar tanto a él como a Lucerys por vincularse con Vermithor. La sonrisa y los ojos brillantes del Rey nunca habían abandonado a su hijo y a su nieto esa noche. Aemond no recibió ninguna felicitación de su madre, sólo miradas que se dividían entre alarma y molestia. Su madre, quien siempre detestó que Aemond fuera cercano a Lucerys, pareció tomar como un ataque personal que el dragón que su segundo hijo reclamó estuviera emparejado con el tercer hijo pagano e impío de Rhaenyra Targaryen.

Aemond ni siquiera había tenido que imaginar el tipo de palabras con que su madre y su abuelo se referían a Rhaenyra y su familia, él mismo los había escuchado fuerte y claro innumerables veces.

Días después Rhaenyra partió de vuelta al Norte, quería dar a luz en la casa de su esposo, por lo que debía irse antes de que se volviera incómodo volar o navegar en su condición. Daemon y sus hijas también volvería a Dragonstone, el Príncipe Rebelde había aceptado ser el castellano de esa fortaleza y así Baela y Rhaena estarían sólo a un par de horas en dragón de sus abuelos. Todos los niños se habían aferrado los unos a los otros, habiendo forjado lazos fuertes en poco tiempo, prometiendo que escribirían todas las semanas y visitarían tan seguido como pudieran ya que todos tenían dragones.

Fue especialmente devastador escuchar los rugidos de despedida de Vermithor y Silverwing, quienes estarían separados por primera vez en casi la totalidad de sus vidas. El corazón de Aemond hizo eco de ellos mientras veía a Lucerys, parado en la popa del barco, desaparecer poco a poco en la distancia.

Meses después recibieron un cuervo con la noticia del nacimiento del tercer hijo de la Princesa Heredera Rhaenyra Targaryen; el Príncipe Jonnel Stark había llegado al mundo gritando con fuertes pulmones. Tiene cabello plateado dorado y ojos lavanda, había escrito Rhaenyra, tiene el rostro de Rickon, aunque mi esposo insiste en que su sonrisa es mía. Un nuevo príncipe, uno con la coloración de su madre y el rostro de su padre. El Rey se había regocijado, ordenó que las campanas tocaran y que los cuervos volaran con la noticia a cada rincón de Westeros.

Aemond y sus hermanos se habían reunido en la habitación de Helaena para celebrar, pero conscientes del descontento de su madre. Pasaron varios meses más hasta que Rhaenyra por fin viajó con su familia de vuelta a Desembarco del Rey para presentar a su nuevo bebé. En esa ocasión fue Lucerys quien tuvo que permanecer como el Stark de Wintefell, ya que Cregan se había perdido de mucho en el último viaje. Lord Rickon no podía dejar de asistir ya que era el padre y Jacaerys era el heredero de la Princesa Heredera —su presencia siempre era requerida.

En los viajes siguientes todos los sobrinos mayores de Aemond pudieron acompañar a Rhaenyra; con doce y once onomásticos, respectivamente, Jacaerys y Cregan ya podían hacer el largo viaje en sus propias monturas, pero siempre manteniendo el ritmo que su Syrax marcaba y, sobre todo, a la vista de su madre. Lucerys todavía tenía que montar en Syrax con su madre, con Vermithor siguiéndolos, pero lo aceptaba sin quejas y con dignidad; siempre el hijo obediente de su madre.

Cada vez que Lucerys estaba en Desembarco del Rey, él y Aemond aprovechaban el tiempo al máximo. Pasaban tiempo con sus dragones, volaban sin ir muy lejos, y se escabullían por todas partes, haciendo de las persecuciones de sus guardias un nuevo deporte. Lucerys lo escuchaba atentamente, nunca aburrido, mientras Aemond le hablaba de filosofía, de los libros nuevos que leía o de las cosas nuevas que los Maestres le enseñaban. Aemond también escuchaba a Lucerys cuando le hablaba de los señores y damas del Norte, de la historia de cada Casa nueva que aprendía y, sobre todo, de cada nuevo pedazo de historia que aprendía de la Casa Stark y la cultura del Norte.

Hacían planes descabellados como ir a Oldtown para rescatar a Daeron de los Hightower, el hermano menor de Aemond había sido enviado por su madre y la Mano para que fuera criado correctamente. Tenían mapas trazados y cientos de ideas sobre viajar al Muro y llegar a las Tierras de Siempre Invierno, de enfrentarse a los salvajes y defender al Norte de sus invasiones. Planes de simplemente volar bajo la nieve, respirar tranquilamente y ser libres de todo. Cuando Lucerys le confió los planes, ya en marcha, de sus padres para construir fortalezas para él y Jonnel, Aemond se entusiasmó y compartió ideas para nombrar su futuro asiento en Sea Dragon Point. Lucerys había tomado una de sus manos y le había prometido a Aemond que siempre habría un lugar para él ahí, con él, en cualquier momento.

Aemond había escondido su rostro, demasiado emocional por las palabras de su sobrino. Todo su interior cálido y su corazón de pronto demasiado grande para su pecho. Sólo había logrado agradecer a su sobrino, quien le sonrió a cambio y siguieron hablando, todavía con las manos entrelazadas.

Fue en una de las comidas con sus padres y hermanos, meses antes de la boda de Aegon y Helaena, que Aemond se dio cuenta de algo muy importante. Como siempre, el silencio los rodeaba, sólo cuando su madre les preguntaba sobre algo se atrevían a hablar. Aemond siempre se preguntaba si su padre encontraba todo tan sofocante como él, si se daba cuenta que no eran tan cercanos como una familia se suponía debía ser a pesar de compartir tiempo juntos —por corto que fuera éste. Su Gracia, ¿de verdad tengo que casarme con Helaena? La amo, pero sólo como un hermano ama a una hermana… no a la manera Targaryen. Había dicho Aegon.

¡Aegon! Ya hablamos de esto, dijo la Reina en lugar del Rey. Debes cumplir con tu deber.

Puedo cumplir con mi deber casándome con alguien más. Helaena también merece a alguien que la ame y atesore como amante y esposa.

Tienes razón, Aegon, dijo el Rey, sorprendiendo a todos, pero sobre todo a la Reina. ¿Helaena, piensas lo mismo que tu hermano?

Su Gracia, los niños no pueden saber lo que quieren, se trata de deber- la Reina fue interrumpida por una mano levantada del Rey, quien llamó a Helaena una vez más.

Helaena que había estado mirando sus manos, seguramente por un insecto, levantó la cabeza lentamente y miró impasible al Rey. Hilos verdes, hilos negros, deben tejerse juntos. Hilos verdes, hilos negros, entrelazados.

¡Ella quiere decir sí, Su Gracia! Repuso Aegon de inmediato, Aemond se abstuvo de patear a su hermano debajo de la mesa.

El Rey se tomó un momento, observando tanto a Helaena como a Aegon, antes de hablar. Su compromiso fue fortuito, en realidad había pensado en otra pareja para Helaena, una que su hermana Rhaenyra sugirió, Aemond vio a su madre hacer una mueca y esconder las manos en su regazo. Jacaerys, Aegon se enderezó en su silla y la mirada de Helaena se aclaró ante la mención del nombre de su sobrino mayor. Rhaenyra propuso un matrimonio entre Jacaerys y Helaena, para unir más a nuestra familia.

Eso sería maravilloso, ¿no, Su Gracia? Dijo Aemond por primera vez, ya que sus hermanos permanecieron en silencio. Estoy seguro que Jace cuidaría bien de Hel, Nyra ha criado bien a nuestros sobrinos, y Helaena también sería reina. Serían buenos rey y reina juntos.

La madre de Aemond había hecho un sonido extraño.

¿Entonces por qué nos comprometieron a nosotros, Su Gracia? Preguntó Aegon por fin.

El Rey miró a la Reina por un momento y ella evadió la mirada. Fue una decisión complicada de tomar y resultó de esta manera.

Los tres estaban insatisfechos con la respuesta, no explicaba nada. Helaena regresó su atención a sus manos escondidas, pero Aegon todavía empujó. ¿Cómo vamos a unir a la familia entonces? Si madre no quiere que Helaena se case con Jace, esa acusación le valió a Aegon una mirada furiosa de su madre, pero continuó, ¿entonces por qué no casarme con Lucerys? Había una mueca en el rostro de Aegon cuando lo dijo, como si él mismo no encontrara tan atractiva la idea a pesar de haberlo sugerido.

Aemond realmente quiso patear a su hermano en ese momento. ¿Cómo se atrevía Aegon a tratar a Lucerys como moneda de cambio? ¿Y por qué una pareja entre ellos y no con Aemond? Se había sorprendido ante ese último pensamiento.

Eso… eso no es apropiado, se apresuró a decir la Reina. Ella siempre había encontrado extraño que un hombre pudiera tener hijos, les había quedado claro a todos cuando supieron que Lucerys era un portador. Pero Aemond también sabía que la desaprobación de su madre se debía, sobre todo, a que no quería emparentar con Rhaenyra, pero se escudaba en su fe.

Somos Targaryen, sería un honor casarme con Luce, continuó Aegon, aunque todavía parecía encontrar extraña la noción. Sería un honor para cualquiera, Targaryen o no.

También tienes razón en eso, Aegon, volvió a hablar el Rey, queríamos a Helaena para Jacaerys porque así la línea principal Targaryen prevalecería junta y gobernaría, si eso no fue un golpe para la Reina y la Mano, Aemond nunca sabría lo que fue y le había sorprendido la repentina mezquindad de su padre, quien siempre se cegaba voluntariamente y hacía oídos sordos a lo que pasaba dentro de su propia Casa. Y aunque confío en que serías un buen consorte para Lucerys, no eres tú a quien veo a su lado, la mirada del Rey se movió solemnemente, es a Aemond.

Hubo silencio por un instante.

¡Viserys! ¿Qué dices? ¡Su Gracia! La Reina pasó del desagrado al desconcierto.

¿Padre?, había murmurado Aemond, viendo a su padre con completa sorpresa.

Sí, muchacho, dijo el Rey, ignorando a su esposa y dirigiéndose a Aemond con una gentileza como nunca antes. Los he observado desde la primera visita de Lucerys a Desembarco del Rey, veo el vínculo que han forjado y he visto un futuro maravilloso con ustedes unidos. Un portador debe ser atesorado por su pareja y tú ya lo haces, Aemond. Son jóvenes todavía, pero creo que crecerán para ser una pareja como las que sólo existen en las canciones. Me recuerdan a mis padres, el Príncipe Baelon y el Príncipe Aenar. Creo que mi abuela, la Reina Alysanne, vio en ellos lo que yo veo en ti y Lucerys. Que tú reclamaras a Silverwing y Lucerys a Vermithor, sólo confirmó mi pensamiento. Eres para Lucerys, Aemond, y él es para ti. Se casarán, lo hablaré con Rhaenyra.

La atención de Aemond se había alejado de la cena y su familia después de eso. No notó la mirada indulgente que su padre le envió, ni que Aegon se recostó derrotado y decepcionado en su asiento, mucho menos que Helaena susurró plata y bronce siempre se entretejen juntos, dragón de fuego y dragón de hielo, un nido en el mar, hilo verde e hilo negro, un lazo es un lazo, un uno de dos, suficiente, ya que sus palabras fueron ahogadas por la fuerte voz indignada y enojada de su madre.

Lucerys es para mí y yo soy para él, era todo lo que había estado en su mente, Lucerys es para mí y yo… yo lo quiero. Realmente lo quiero. El Rey, su padre, había dicho que le recordaban a antiguos príncipes que se amaron, le recordaban también a la pareja más enamorada en la historia de su Casa hasta el momento. Eso sólo podía significar que Aemond y Lucerys encajaban juntos, que estaban hechos el uno para el otro. Lucerys es para mí y yo soy para él.

Desde esa noche, Aemond había entrado en un estado de felicidad que ni siquiera la Mano pudo arruinar. La Mano le había sonreído —Otto Hightower nunca sonreía— y se aferró a los hombros de Aemond, mirándolo como si Aemond por fin hubiera hecho algo bien, como si la promesa que le dio su padre, de desposar a Aemond y Lucerys, fuera la promesa del Trono de Hierro para Aegon. Sin duda la Mano pensó que Aemond como el esposo de Lucerys significaba que el tablero se inclinaba a favor de su facción, de los Verdes. Aemond enterró sus uñas en sus manos, tratando de controlar la ira que empezó a burbujear en su sangre.

Odioso, odioso hombre repugnante que se atrevía a pensar en usar a Lucerys para sus propios fines, a tratar a Lucerys como un medio para fin, como si Lucerys no fuera un príncipe de sangre, como si ni siquiera fuera una persona. Aemond quiso reírse en su cara, como si Aemond fuera a permitir que la Mano, o cualquier otra persona, trataran de usar a su Lucerys.

A la boda había asistido toda la familia excepto Lord Rickon, que se quedó como el Stark de Winterfell para que todos sus hijos pudieran estar con sus tíos en un día tan especial, y Daemon Targaryen, quien también se quedó en el Norte con su esposo. Aemond nunca pensó que esa sería la palabra que usaría para relacionar a su tío y a su buen hermano. Un año después de que Jonnel naciera, llegaron noticias al Sur de la boda de Rhaenyra con su tío y de su esposo con ese mismo tío. Rhaenyra Targaryen, la Princesa Heredera, se había casado con Daemon Targaryen en Dragonstone según la tradición valyria y después Rickon Stark se casó con Daemon Targaryen frente al Árbol de Corazón de Winterfell.

Fue un escándalo.

La Fe y la Reina habían gritado sobre blasfemia y pecado, además de declarar inválidos dichos matrimonios. Rhaenyra y sus esposos simplemente declararon que no estaban rompiendo ninguna ley de los hombres —ley ándal— ni religiosa; Rhaenyra y Rickon se habían casado según la Fe de los Siete, pero también bajo los Dioses Antiguos, quienes no tenían reglas o decretos contra la poligamia. Al haberse casado con Daemon Targaryen a la forma valyria y norteña, no estaban atentando directamente contra los Siete, después de todo la doctrina contra la poligamia estaba sancionada dentro de su misma religión, no decía por ningún lado que estaba prohibida fuera de ella.

La Reina se había vuelto roja de furia cuando Rhaenyra, que había volado sólo con Lord Rickon a Desembarco del Rey para enfrentar al Rey, se lo había explicado tranquilamente, mostrándole los pasajes donde estaba escrito. Su hermana más tarde le confío que había leído el Libro de los Siete sólo para eso, para que no pudieran atacarlos a menos que estuvieran dispuestos a reescribir su libro santo.

El Rey había recaído de la impresión y Rhaenyra había tenido que explicarle una y otra vez que lo hicieron porque estaban enamorados, los tres de ellos, y le aseguró que todo estaba bien, que sus hijos y las hijas de Daemon, así como Lady Lysa Stark y los Velaryon, también estuvieron de acuerdo y los apoyaron. Somos Targaryen y Rickon es un Stark de los Reyes de Invierno, no obedecemos a dioses ni a hombres, le había recordado. El Rey había terminado por aceptarlo, pero no quería ver a Daemon Targaryen hasta que su molestia se desvaneciera. Habían pasado tres años desde entonces y el Rey todavía no quería ver a su hermano. Rhaenyra le había dicho a Aemond que su padre sólo estaba siendo infantil, Aemond había ahogado una risa.

Cuando Aegon le preguntó a Lord Rickon cómo había sucedido ese matrimonio, su buen hermano simplemente les había sonreído como si les estuviera contando un secreto. Hay muy poco que un pequeño y débil lobo puede hacer cuando se enfrenta a dos poderosos dragones.

No eres débil ni pequeño, hermano, había dicho Aegon.

No, pero los dragones siguen siendo poderosos, dijo a cambio.

¿Los lobos no se emparejan sólo una vez en su vida? Había preguntado Aemond.

Así es. Es por eso que si Rhaenyra y Daemon de alguna manera se las arreglan para irse antes que yo, no tendré a nadie más. Nunca podría ni nunca lo querría, contestó el hombre mayor. Somos bestias codiciosas, todos nosotros, chicos, y no hay nada malo o equivocado en eso, no si no hace daño a nadie más.

Durante el banquete de la boda, mientras veía a Lucerys bailar con Rhaenyra, Aemond había recordado lo dicho por su buen hermano. No se había dado cuenta que Aegon llegó a su lado ni que sus ojos también estaban fijos en el baile, en Jacaerys y Helaena bailando. Tal vez si Jace hubiera nacido portador y Helaena hombre, esta podría ser mi boda con él. Había dicho Aegon.

¿Por qué no tú como portador y Helaena todavía una chica? Aemond no apartó la mirada de su sobrino, quien reía mientras su madre lo hacía girar.

Porque entonces madre me haría casarme contigo, hermanito. Además, independientemente del género de ustedes dos, todavía me harían casarme con alguno de ustedes, recuerda que un portador también puede tener hijos con una mujer. Todas las partes funcionan correctamente, ya sabes. Aegon había hecho un gesto abortado para beber, pero no tenía copa en su mano.

No seas asqueroso, Aegon. La música paró y Aemond vio a Lucerys entregar a Rhaenyra a Cregan para el siguiente baile. Aemond se preparó para ir tras él.

Idiota, te digo esto porque pareces olvidar que Luce podría casarse con una mujer todavía, será el señor de su propia fortaleza, no querrá que otro hombre ponga en duda su gobierno. Quita esa cara, sólo bromeo. Padre dijo que te desposaría con él, ¿no? Además, dudo que Rhaenyra se niegue, eres su hermano favorito. Cualquier cosa que Aegon hubiera continuado diciendo se perdió cuando Jacaerys y Helaena llegaron frente a ellos, apenas reconocieron la presencia de Aemond cuando tomaron las manos de Aegon y lo llevaron a bailar con ellos la nueva canción.

Aegon se había iluminado al instante y los tres sólo tuvieron ojos sólo el uno para el otro. Aemond les había lanzado una mirada indulgente antes de encontrar a su propio dragón, a su pequeño lobo, para monopolizarlo el resto de la noche.

Fue dos días después de la boda, Aemond y Lucerys acababan de regresar de volar en Silverwing y Vermithor, cuando fueron llamados a la habitación del Rey. Ambos apestaban a dragón, vestían su ropa de jinete, y mientras Lucerys avanzó con una sonrisa, las manos de Aemond comenzaron a sudar. En la habitación del Rey también estaba Rhaenyra y después de que las cortesías estuvieron hechas, el Rey habló. Todo lo que Aemond pudo hacer fue observar el rostro de su sobrino en busca de cualquier reacción negativa, cualquier cosa que pudiera matar las esperanzas de Aemond.

Sorprendentemente, Lucerys no había reaccionado durante todo el discurso del Rey y Rhaenyra, permaneció en silencio hasta que ambos dijeron su parte y Rhaenyra pidió su opinión. Estoy de acuerdo, madre, abuelo, había hecho una pausa para corregirse a sí mismo por la formalidad de la petición, Su Gracia.

Maravilloso, el Rey sonrió genuinamente con sus pocas fuerzas.

Luce, Lucerys, Rhaenyra se había acercado para tomar la barbilla de su hijo, ¿eso es todo lo que tienes por decir? ¿No quieres pensarlo un poco? Es tu matrimonio de lo que hablamos.

Lucerys había sonreído a su madre y tomado su mano con cariño, estoy seguro y sé perfectamente de lo que hablamos, madre, ya no soy tan pequeño, había reído y entonces se volvió para mirar a Aemond. Cuando imaginaba cómo podría ser mi futuro esposo o esposa, todo lo que siempre veía era a Aemond. Todavía lo veo a él. Sólo quiero a mi tío.

Aemond había tragado con fuerza, ¿sólo así? ¿Tan fácil?

Lucerys había fruncido el ceño, soltando a Rhaenyra y acomodando un mechón de cabello blanco detrás de la oreja de Aemond. Sólo así. ¿Por qué tendría que ser difícil? Espera, tú también quieres esto, ¿verdad, tío?

Una risa un poco rara brotó de Aemond, sí, sobrino, yo también quiero esto.

¡Bueno! Entonces, uh, ¿prometo ser un buen esposo?, Lucerys había volteado a ver al Rey y a Rhaenyra, de pronto tímido y nervioso, ¿debo decir un voto ahora? ¿Se hacen votos cuando la gente se compromete?

Rhaenyra se había reído y Rey hizo un valiente intento de lo mismo, no necesariamente, los votos son para la ceremonia de boda, pero pueden hacer votos personales, Rhaenyra explicó y, como ocurrencia tardía, agregó, en privado.

Yo haré un voto ahora, Aemond se había acercado a Lucerys para tomar sus manos. Frente al Rey y la Princesa Heredera de los Siete Reinos, frente a mi padre y mi hermana, con los Dioses Antiguos y los Nuevos, y el Panteón Valyrio de testigos, así como por mi orgullo de ser el jinete de Silverwing y por mi nombre como Aemond Targaryen, te juro a ti, Lucerys Stark, que seré un buen esposo para ti. No permitiré que ningún daño llegue a ti, seré tu espada y tu escudo, y siempre buscaré tu felicidad. Nunca querré a nadie más, eres el único para mí, siempre lo serás. Lo juro y si un día he de romper este voto, encontraré mi final con mi propia espada.

Hubo quietud en la habitación, pareció que nadie respiraba y entonces, ¡no sé si puedo decir cosas tan hermosas y vergonzosas como esas! El rostro de Lucerys se sonrojó completamente, soltó las manos de Aemond y se lanzó contra él, escondiendo su rostro en su pecho y abrazándolo por la cintura. Pero también lo prometo, por supuesto que lo prometo, había agregado mientras apretaba más sus brazos alrededor de Aemond.

Aemond había sonreído suavemente, correspondiendo el abrazo y besando los rizos oscuros de Lucerys, eso está bien.

Entonces habían comenzado los sollozos, cuando Aemond levantó la cabeza vio a su padre y a su hermana con lágrimas en las mejillas y grandes sonrisas brillantes mientras los observaban.

No habían hecho un anuncio oficial ya que no querían desviar la atención de la boda reciente. Sólo la familia lo sabría hasta que el Rey decidiera lo contrario, toda la familia de sangre valyria y Stark fueron informados, al igual que la Reina y la Mano. La madre de Aemond no había estado contenta, ni siquiera se esforzó por actuar lo contrario, mientras que Otto Hightower casi se había pavoneado. Lord Corlys había fruncido el ceño, aunque los había felicitado, seguramente amargado de nuevo por otra oportunidad perdida. Cuando Rhaena se había acercado para felicitarlo, le contó de la intención de la Serpiente Marina por desposarla con Lucerys. Su prima más joven simplemente había puesto los ojos en blanco cuando vio la mueca que Aemond hizo, asegurándole que dicha intención nunca hubiera llegado a nada ya que Rhaena amaba a Lucerys como un hermano, nada más. Y Lord Corlys habría tenido que superar no sólo a Rhaenyra, Rickon y Daemon, sino también a Lady Lysa Stark, quien era mortalmente protectora de sus nietos y nietas y su felicidad. Rhaena se había visto especialmente cariñosa y halagado cuando mencionó que Lady Stark también consideraba a Baela y a ella sus nietas.

Un año pasó desde su compromiso con Lucerys cuando Aemond había tenido que volar a la guerra en Stepstones. La Triarquía había vuelto a levantarse y Aemond, Jacaerys, Cregan y Daemon se unieron a Corlys Velaryon para enfrentarla de nuevo. Lucerys había volado a Desembarco del Rey para despedir a Aemond, a su hermano y a su padre; todos los jinetes de dragón que lucharían, partirían juntos de ahí. Desearía poder ir con ustedes, había dicho Lucerys.

No digas tonterías, el campo de batalla no es lugar para ti, Luce, Aemond lo había amonestado, de pronto furioso y preocupado ante la idea de Lucerys en peligro.

No puedes decirme a dónde pertenezco ni qué puedo o no puedo hacer, Aemond Targaryen. Lucerys levantó la barbilla de manera imperiosa, soy un príncipe del reino, un Stark y un jinete de dragón, como tal debería proteger al reino también, es mi deber.

Calma tu fuego, criatura salvaje, Aemond había pellizcado sin daño la nariz de su prometido. Tu deber es hacer lo que el Rey ordene, y él te quiere a salvo. Yo también te quiero a salvo, eres demasiado joven para entrar en una situación tan peligrosa.

Lucerys había alejado su mano, el Rey me quiere a salvo porque soy un portador, además, tú y mis hermanos también son jóvenes. Tu narrativa no funciona conmigo, Aemond.

Aemond se abstuvo de suspirar, sabiendo que eso sólo aumentaría el enojo y la indignación de Lucerys, así que sólo lo abrazó y respiró en su cabello. Sonrió cuando Lucerys correspondió el abrazo, su criatura de nieve nunca podía permanecer enojada por mucho tiempo. Mi dragón, mi lobo, no digo lo que digo para molestarte. Todos tenemos un deber que cumplir, el mío, el de tus hermanos y tu padrastro es luchar, y el tuyo es prepararte para asumir tu papel como futuro señor de una fortaleza. También te quiero lo más lejos posible del peligro, es verdad, como todos los que te amamos. Y sí, no es justo que los que tú amas vayamos de cabeza al peligro del que queremos alejarte, pero las cosas son como son.

No me gusta, había refunfuñado todavía y entonces se separó para ver a Aemond directamente a los ojos, pero lo entiendo, sólo me preocupo. Aemond, mis hermanos y mi kepa ya prometieron regresar, prometieron que sobrevivirán y regresarán con nosotros. Quiero que lo prometas también… prométeme que volverás, que vivirás y volverás a mí.

Lo prometo, Aemond había tomado con reverencia el rostro de su amado entre sus manos. Volveré a ti, nada ni nadie lo impedirá, lo juro.

Bien, este es el segundo voto que me haces, recuérdalo bien, Lucerys lo había observado con ardientes ojos grises. En el primero juraste que buscarías que yo siempre fuera feliz, tú eres una parte muy importante de mi felicidad, ¿de acuerdo? Así que vuelve, te estaré esperando, no quiero casarme con nadie que no seas tú.

Antes de que Aemond hubiera podido decir algo, Lucerys lo besó.

Su primer beso en los labios.

Había sido sólo una breve presión de labios, una cosa dulce y casta, pero había significado el mundo para Aemond. Nunca había sentido nada como ese beso lo hizo sentir. Fue suficiente para que la resolución de Aemond se reforzara, él definitivamente volvería, volvería por Lucerys y por más de sus besos. El calor de los labios de Lucerys, su sensación y las fantasías de cómo sería devorarlos, de profundizar el beso, acompañaron a Aemond desde entonces. ¿A qué sabía la boca de Lucerys? Se preguntaba mientras patrullaba el campamento. ¿Qué ruido haría Lucerys contra la boca de Aemond? Se esforzaba por imaginar mientras comía. ¿Qué tan profundo podría volver los besos? ¿Qué tan sucios? Susurraba para sí mismo cuando se acostaba en su catre, esperando que el sueño lo reclamara. ¿Lucerys pediría, rogaría a Aemond por más? ¿Perseguiría los labios de Aemond? ¿Qué susurraría entre besos? ¿Lucerys preferiría los besos castos a los apasionados? ¿Los suaves y dulces a los duros y ardientes?

En cada momento de vigilia, Lucerys era todo en lo que Aemond podía pensar.

Lucerys y su sonrisa traviesa, Lucerys y sus brillantes ojos grises, Lucerys y sus suaves rizos oscuros. La voz de Lucerys, el abrazo de Lucerys, la piel de Lucerys, la boca de Lucerys.

Lucerys y Aemond tomados de la mano, abrazados. Lucerys y Aemond riendo juntos. Lucerys y Aemond volando en Vermithor y Silverwing, bajo el sol y bajo la nieve.

Lucerys, Lucerys, Lucerys.

Había pensado cuando le cortaron el ojo.

Lucerys, Lucerys, Lucerys.

Había susurrado en medio del dolor.

Aemond se había visto obligado a dejar Stepstones y volver a Desembarco del Rey para ser atendido adecuadamente. Había resistido, no queriendo dejar a sus sobrinos y a su tío, a todos los hombres con quienes había peleado y sangrado, pero su madre había insistido y luego el Rey lo había ordenado. Dos años había estado en Stepstones, había cumplido diecinueve onomásticos ahí, Lucerys tenía dieciséis y Aemond no había querido verlo, no había querido que Lucerys lo viera en ese estado. Horrible, mutilado, incompleto. Lo convenció de que esperara, que no volara para encontrarse y Lucerys, dulce y comprensivo Lucerys, había aceptado.

Así había pasado un año más, sólo intercambiando cartas y Aemond entrenando para regresar a su antigua fuerza, para acostumbrarse a pelear, a hacer todo, con un ojo.

Ahora, el nerviosismo de Aemond no se debía sólo a que era la primera vez en tres años que vería a Luce, no. Lo que lo tenía tan preocupado era que esta sería la primera vez que Luce lo vería sin un ojo. La última vez, cuando se habían susurrado promesas juveniles, pero aún confiados y firmes, Aemond había tenido dos ojos. Había sido un chico completo, ahora no era más que un hombre incompleto y desfigurado. Un zafiro por ojo y un parche para cubrir el horror —y aun así la terrible cicatriz era visible.

¿Qué pensaría Lucerys cuando lo viera?

¿Sentiría repulsión? ¿Estaría asustado de Aemond? ¿No lo querría más?

Se habían hecho promesas con inocencia juvenil, palabras que no deberían significar mucho viniendo de la boca de niños, pero fueron esas promesas lo que habían mantenido en marcha a Aemond. Esas promesas habían evitado que Aemond sucumbiera a su furia interior y a su desdén con el mundo. Lo habían mantenido cálido en su catre solitario durante la guerra en Stepstones. Lo habían consolado y preocupado a la vez cuando perdió su ojo.

Su preocupación habría cesado y sus preguntas habrían sido contestadas si Aemond no hubiera impedido que Lucerys volara en Vermithor para verlo cuando se enteró de la herida de Aemond. Cobarde, cobarde, cobarde, susurró su mente entonces.

Lo único que le importa a Lucerys es que estás vivo, Aemond, una cicatriz no lo asustará, había dicho Rhaenyra cuando Aemond buscó consuelo en su abrazo.

No es sólo una cicatriz, hermana.

Eso tampoco le importa, él te quiere por algo más que tu bonito rostro, había intentado bromear, pero Aemond simplemente había negado con la cabeza. Mi querido niño, susurró entonces, nada de esas cosas horribles que pasan por tu mente son verdad. Eres fuerte, eres valiente, ella sabía, por supuesto, ella siempre sabía, y eso es lo que Lucerys verá.

Todavía no, había insistido Aemond.

Y ahora aquí estaba, guisándose en la incertidumbre forjada por su propia mano durante años.

— ¡Princesa Heredera Rhaenyra Targaryen, Princesa de Dragonstone, Lady Stark y Dama de Winterfell! ¡Lord Rickon Stark, Señor de Winterfell y Primer Príncipe Consorte! ¡Segundo Príncipe Consorte, Daemon Targaryen, Lord Consorte de la Casa Stark! ¡Príncipe Jacaerys Targaryen, Heredero de Dragonstone! ¡Príncipe Cregan Stark, Heredero de Winterfell! ¡Príncipe Lucerys Stark, el Príncipe del Sol y la Luna! ¡Príncipe Baelon Targaryen! ¡Lady Baela Targaryen, Heredera de Driftmark! ¡Lady Rhaena Targaryen!

Rhaenyra siempre llamaba la atención cuando llegaba a la Corte con su grupo de norteños, pero ahora la atención se sentía más pesada, más juzgadora, ya que era la primera vez que se presentaba con el Príncipe Daemon y sus hijas como una familia conjunta con los Stark. Todos estaban curiosos por ver ese matrimonio de tres, por ver qué tan verdaderos eran el uno con el otro y si abrazaban a los hijos de unos y los otros como propios. Sin embargo, mientras más avanzaban dentro del salón, lobos gigantes se abrieron paso desde atrás, caminando alertas y majestuosos como los terribles depredadores que eran.

Lobos huargos acompañaban una vez más a la Casa Stark.

Las damas y los señores chillaron, asustados y escandalizados, echándose hacia atrás en un intento de alejarse lo más posible de los lobos. En contraste con los rostros serenos de sus cónyuges, hijos e hijas, Daemon Targaryen sonreía divertido y satisfecho; una mano en Darksister y la otra acariciando el pelaje de uno de los huargos que caminaba a su lado. El Príncipe Baelon reía mientras veía a los lobos desde los brazos de quien debía ser su niñera. Sin embargo, Aemond no se dio cuenta de nada de eso.

Su atención completa estaba en Lucerys Stark.