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Guren quería darle un regalo a Shinya, uno que pudiese llevar todos los días de su vida, recordándole que siempre estaría ahí para él.

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En la última semana, Guren había estado escuchando a Shinya hablar una, y otra, y otra, y otra vez, del tan esperado 22 de noviembre. Habían sido tantas las veces que el albino había repetido que su cumpleaños era en esa fecha, que juraría que terminaría soñando con la celebración en cualquier momento.

Habían pasado diez años desde que se conocieron, y nueve desde que el mundo se destruyó, ¿por qué seguía siendo tan intenso? Ya no era un niño. Guren se preguntaba, además, era obvio que tenía grabada a fuego esa fecha en su mente, ya fuera porque así lo deseaba tener, o porque Shinya era increíblemente pesado con lo que a su cumpleaños respecta.

Fuese cual fuese la respuesta a esa pregunta, todos los años lo celebraban, era una fiesta pequeña en honor a su amigo, y los únicos invitados eran el escuadrón y él, queriendo recrear los buenos momentos de su adolescencia, huyendo de sus actuales responsabilidades de adultos.

En un mundo que había sido destruido, ellos seguían dándole atención a las cosas insignificantes, como lo podría ser un cumpleaños, tal y como una familia haría. Su excusa sería que, aunque habían otras cosas de vital importancia, como sobrevivir, los recuerdos debían ser buenos, debían poder transmitir alegría en los momentos oscuros.

Además, gracias a que Shinya pertenecía a la familia Hiragi, siempre contaban con buenas comidas y bebidas para poder celebrarlo a lo grande, los platillos favoritos del cumpleañero no faltaban, y con ello, las fotos se quedaban guardadas en el álbum del albino.

No obstante, este año, Guren tenía un pequeño problema, uno del cual había sacado provecho y esperaba que pudiera funcionar de la manera que pensaba.

Cerca de la medianoche que marcaría el comienzo del día de Shinya, debía reunirse con Ferid. Sus encuentros con el vampiro eran tan escasos y casuales que, sabía que cuando se fijaba una fecha y hora, esta era inamovible, no podían haber cambios, tenían que aferrarse a ello, porque no tendrían otra oportunidad.

No obstante, le pidió si podía traerle dos cosas específicas para su mejor amigo. No había recibido respuesta por parte del séptimo progenitor, pero rezaba en su mente para que le cumpliera esos deseos.

Cuando miró el reloj de su oficina, eran las diez de la noche, y le había pedido a Kureto que entretuviera a Shinya todo lo posible. Le puso la excusa de que su intensidad para celebrar el cumpleaños le provocaría retraso en el trabajo y, sorprendentemente, el mayor había aceptado ayudarle.

Las cosas le estaban saliendo demasiado bien, algo que le provocaba escalofríos, pero no pensaba detenerse mucho más a pensarlo, y es que Guren valoraba el tiempo más que nadie.

Se incorporó de la silla, agarrando la chaqueta que descansaba en esta y se la colocó por encima mientras salía de la habitación, apresurándose todo lo posible por los largos pasillos de la última planta.

—¡Guren!— cuando la voz de Sayuri le llamó, maldijo en su cabeza que el primer contratiempo se plasmara frente a él como un muro.

Esperaba al menos que fuera fácil romperlo para continuar con su horario.

Giró sobre sus talones para mirarla de frente, esperando que volviera a hablar.

—¿A dónde vas? El cumpleaños de Shinya es dentro de poco— cuestionó, ladeando suavemente la cabeza.

—Tengo que hacer unos informes y hablar con unos subordinados, iré en un rato— respondió con desinterés.

Pero antes de que pudiera girarse y continuar, Sayuri volvió a llamarle, acercándose rápidamente a él para agarrarle de la muñeca.

Guren suspiró profundamente, manteniéndose en el sitio pero con una expresión más seria. El minutero avanzaba, y él estaba desperdiciando esos minutos.

—Esto es importante, Guren, no te olvides, por favor— cuando bajó la mirada a su rostro, pudo ver la súplica dibujada en él.

Se soltó del agarre, chasqueando la lengua con fastidio mientras se acomodaba el cabello. ¿Qué imagen tenían de él como para pensar que no iría al cumpleaños de su mejor amigo?

—Sayuri— arrastró su nombre, haciéndola ver que su paciencia empezaba a disminuir— ¿Me dices un solo año que no haya ido? Digo, para poder entender tu comentario.

La muchacha hizo una mueca, separándose del todo de su superior para dejarle espacio.

—Está bien, lo siento… es que últimamente estás muy distante, y pensé que no ibas a ir.

—Simplemente tengo trabajo, y ahora si me disculpas…— volvió a girarse, con lentitud, asegurándose de que la adversa no tenía nada más para decirle.

Y como no volvió a escuchar su voz, se marchó de ahí lo más rápido que sus piernas le permitían.

Eres un poco cruel con la gente que supuestamente amas, ¿no crees? — Mahiru resonó en su cabeza, haciéndole suspirar con amargura.

¿Eso se podía considerar un segundo problema? Porque realmente era molesta.

—No estoy para tus estupideces ahora, esfúmate— ordenó de forma tajante, saliendo por la puerta trasera del edificio.

Se dirigió al coche que tenía reservado para esta salida, y tras asegurarse que no había nadie a su alrededor que le fuera a comprometer, arrancó, yendo a toda la velocidad que el vehículo permitía.

Sus encuentros con Ferid solían ser en un barrio cercano a la sede de los Hiragi, un lugar lo suficientemente llamativo como para que se le descartara por obviedad.

Cuando llegó, miró el reloj de su muñeca antes de bajarse, eran las 22:45, todo iba según lo esquematizado. Fue una sorpresa que Ferid quisiera reunirse en un horario fuera de madrugada, pero él no pensaba ponerle quejas.

Bajó del coche para subir por la escalera que antes servía como parte de la salida de emergencia. Desenvainó la espada, manteniendo un agarre firme en la empuñadura.

Costaba decirlo pero, confiaba en Ferid, sobretodo cuando se trataba de reunirse para intercambiar información. No obstante, eso no significaba que los peligros desaparecieran simplemente porque iba a reunirse con el hombre, por lo que tenía que estar atento a cualquier imprevisto que pudiera surgir.

Abrió la puerta de la azotea, y a la distancia, una larga cabellera le hizo entrar en alerta.

—Por fin llegas— canturreó mientras se volteaba.

—He llegado a la hora, eres tú quien llega increíblemente temprano, ¿desde cuándo estás parado ahí?— miró a su alrededor antes de envainar.

—Mmm… déjame pensar…— llevó la mano hasta su barbilla— Desde las diez— chasqueó los dedos como quien había acabado de tener una iluminación divina.

—¿Para qué? ¿Nos estás limpiando el territorio?— bromeó, acortando la distancia entre ellos para apoyarse en la misma barandilla en la que se hallaba.

—Nah, de eso te encargas tú, y se te da increíblemente bien, por cierto.

Ferid copió su gesto, y ambos se quedaron mirando por un corto instante el paisaje que tenían delante. A pesar de que estaban a varios kilómetros de distancia, las luces de la sede Hiragi destacaban, aunque era de esperarse si en un mundo acabado no había vida nocturna. Aún así, Guren siempre se preguntaba por qué continuaban con la exhibición tan despampanante de su poder, era como si no tuvieran miedo de atraer la atención, más bien, parecía que buscaban que los monstruos o vampiros se acercaran, quizás para demostrarles su poder aniquilándolos.

—Me gustan las vistas de este lugar, me traen recuerdos— respondió finalmente a su pregunta, encogiéndose suavemente de hombros.

Guren llevó la mirada hasta él. Realmente sintió curiosidad, pero con Ferid era consciente que, aunque preguntase, si el vampiro no quería responder, no lo haría ni aunque tuviera una espada atravesándole el corazón.

—En fin, esto es para ti— se incorporó, sacando de su abrigo una pequeña caja aterciopelada de un rojo carmesí.

Lo ha hecho — fue lo primero que Guren pensó, y una sonrisa amplia se plasmó en su rostro mientras la agarraba para abrirla y comprobar que todo estaba en orden.

Resultó ser así, Ferid podía resultar bastante confiable para ciertas cosas, y por primera vez en la noche, Guren sintió tranquilidad.

—Vaya, nunca te había visto sonreír así, sí que le tienes aprecio a ese chico— soltó una pequeña risa— Aunque bueno, viéndote en la noche que murió, eso es evidente.

Y como si hubieran presionado un botón en el cerebro del teniente coronel, su expresión cambió, llevando la mano hasta la empuñadura de su arma. En ese instante, un amargo sabor inundó su boca, y todo su pecho sintió la opresión de un recuerdo que quería dejar bajo llave, pero que siempre terminaba saliendo a flote.

—Ya, ya, tranquilo, era un comentario para demostrar tu cariño— pasó por su lado, dejando palmaditas en su hombro mientras continuaba riendo.

Ferid tenía un humor retorcido, aunque la mejor forma de definirlo quizás sería diciendo que tiene una personalidad bastante única , nunca sabes con qué puede venirte.

—Pero bueno… ¿tienes lo que te pedí?— se inclinó para estar cerca de su oreja, susurrando la cuestión.

—¿Cuándo te he fallado?— guardó el regalo y sacó una carta perfectamente sellada— Está todo, te veo en tres días para tu respuesta.

—Aquí me tendrás— se la quitó, separándose de él para poder mirarla a través del reflejo de la luna— Felicita a tu amado por mí— bromeó, con una sonrisa traviesa en el rostro— Ah, te he dejado lo otro que has pedido en el sitio que indicaste, he sido cuidadoso, pero ándate con ojo de todos modos— su voz cobró un tono serio.

Otra cosa que llamaba la atención a Guren sobre Ferid, eran sus cambios de humor, era como si de un segundo a otro, otra personalidad se instalara en él, y de alguna forma, estaba seguro que conocía la verdadera del vampiro, pero se hallaba tan borrosa en sus pensamientos que no podía sacar alguna conclusión que le diera ventaja sobre el séptimo progenitor.

Ferid se despidió, y Guren dejó que se marchara primero para evitar sospechas. Todavía tenía para regresar una hora, debía pasar por su departamento primero, pero no creía que le robaría demasiado tiempo.

Diez minutos después, Guren se hallaba conduciendo de vuelta a su lugar de trabajo. El cansancio empezaba a apoderarse de su cuerpo, llevaba varias noches sin dormir, o si llegaba a descansar, eran apenas unas dos horas malamente dormidas en el sofá de su despacho.

Hoy sería el único día que su mente tendría para desconectar porque, por más irreal que pudiera parecer, Kureto le tenía el suficiente aprecio a Shinya como para dejarle libre a él y a sus amigos. Debía admitir que su amabilidad estaba reluciendo en la última semana, y esperaba que continuara así, siempre era una ventaja tenerle de aliado.

Aparcó, por fin, en una de sus tantas plazas, y se bajó mientras se estiraba. Podría aprovechar la festividad para dormir, pero prefería pasarla con el albino, principalmente porque sabía que en cuanto su cuerpo se dejara caer sobre la cama, su cerebro empezaría a ingeniárselas lo suficientemente bien como para hacerle caer en una pesadilla tras otra, y en segundo lugar, porque no se perdonaría si faltaba al cumpleaños de su mejor amigo después de verle rebosar en ilusión.

Ese pensamiento le hizo sonreír vagamente, y emprendió camino hacia su dormitorio para poder cambiarse de ropa.

Nada más abrir la puerta, un cuerpo tendido sobre la cama mientras comía una bolsa de patatas le hizo maldecir a todos los dioses, ahí estaba su tercer problema del momento, y probablemente el más insoportable de todos.

—¿Qué quieres Yuu?— preguntó con cansancio, tirando la chaqueta hacia la silla del escritorio.

¿Cómo has entrado? Tengo tu segundo par de llaves.

¿Por qué no te vas a tu dormitorio? El tuyo es más grande y la cama es más cómoda.

¿No tienes nada mejor que hacer? No, ¿y tú?

Eran preguntas que ya le había hecho antes, y sabía que la respuesta no había cambiado desde entonces.

—Quería hablar contigo— respondió con la boca llena mientras se sentaba.

Vaya, eso es nuevo — pensó, pero el hecho de que el contrario estaba manchando las sábanas donde se acostaría más tarde, era algo de mayor importancia.

—Ve a lavarte primero idiota, ¿cuántas veces te voy a decir que no comas en mi cama? Tienes una bonita mesa para ensuciar todo lo que quieras— golpeó su nuca con molestia mientras chasqueaba la lengua.

—¡Es que no te he escuchado venir!— le plantó una excusa ridícula antes de correr al baño para no recibir más golpes.

—¡Eso no tiene sentido!— exclamó, empezando a sentir como la irritación se apoderaba cada vez más de él.

Dejó el regalo sobre la mesa y se acercó a su armario para coger unas prendas más casuales, pensaba cambiarse, pero de vuelta la presencia de un molesto Yuu opacó sus intenciones.

—Ya está— le enseñó ambas palmas como prueba, con una sonrisa amplia— ¡El caso! He venido por algo muy importante.

—¿No puede esperar? Estoy ocupado ahora— habló con indiferencia mientras agarraba la ropa para cambiarse en el baño.

—¿¡No!?— el tono obvio, y ligeramente indignado hizo a reír a Guren— ¡Te he dicho que es muy importante! ¡Muy de mucho, de bastante, de necesito respuestas ya!

Tenía intenciones de entrar al baño con él, pero el adverso le cerró la puerta en la cara. Eso fue algo que le hizo soltar un bufido mientras se recostaba en la pared.

—Shinoa me ha dicho que mañana no estás, y ahora dices que tienes algo importante que hacer, ¿qué pasa? ¿Hay una misión ultrasecreta a la cual solo puede asistir el teniente coronel? ¡Quiero acompañarte!

A pesar de que el tema había sido puesto en el aire, Yuu no recibió ninguna respuesta por parte del hombre que le había acogido, por lo que los próximos cinco minutos se los pasó golpeando la puerta de madera, exigiéndole una contestación.

Terminó provocando que, nada más Guren terminó de alistarse, la abrió dejando caer un golpe sobre su cabeza, a lo que el menor se quejó con un puchero en los labios, sobándose en el sitio donde había sido dado con tanta rudeza.

—Es el cumpleaños de un amigo y vamos a pasar un par de personas el día con él— gruñó entre dientes su respuesta, fijándose en el reloj de la mesita de noche.

Todavía tenía unos diez minutos para llegar, pero esto se podría ver perjudicado si Yuu seguía interponiéndose en su camino.

—¿Eh? ¿Un amigo? ¿Tienes amigos? ¿Quién es? ¿Le conozco? ¿Y por qué vas tan guapo? ¿Seguro que no es una cita?— el bombardeo de preguntas causó que Guren sintiera que el tic de su ojo comenzaba.

—Yuu…— respiró hondo, tratando de no volver a gritarle— Te prometo que responderé a cualquier pregunta que tengas en otro momento, ¿sí? Otro momento— recalcó esas dos palabras— Pero ahora no tengo tiempo— tomó el regalo de la mesa, asegurándose de guardarlo en la chaqueta antes de que lo viera, y se sumara una pregunta más a la lista.

Se estaba arriesgando demasiado en hacerle esa promesa, pero eso sería un problema para el Guren del futuro, el Guren del presente solo deseaba poder reunirse con sus amigos de una vez por todas.

—¡Vale! Aquí me quedo entonces— sonrió complacido, tirándose sobre la cama— Y como vea que no cumples tu promesa, ¡te perseguiré hasta cuando vayas al baño!— Guren rodó los ojos, abriendo la puerta para salir— ¡Disfruta de tu cita!

—¡Que no es una cita!— contestó de vuelta, cerrando de un portazo mientras le maldecía por lo bajo.

Llegaría justo, incluso unos minutos después de las 00:00 pero estaría ahí, tal y como se lo prometió.

Cuando Guren estuvo frente a la puerta del apartamento de Shinya, el reloj en su muñeca marcaba las 00:15, tuvo un pequeño contratiempo porque varios soldados le detuvieron para agradecerle por la última operación.

Iba a llamar, pero su cuerpo se congeló cuando escuchó las risas de sus amigos en el interior, y no pudo evitar sonreír con tristeza.

Sayuri tenía razón, odiaba pensar en eso, pero era un hecho evidente. Se había apartado totalmente de la vida de sus amigos. Se hallaba luchando por ellos, pero en el proceso se había olvidado de lo importante.

¿Ya era tarde? No lo sabía con certeza.

La saliva se quedó atascada en su garganta por un momento, haciéndole tragar con dificultad. Dio un paso hacia atrás, pensando en marcharse, pero como si por primera vez el Universo quisiera darle una alegría, la puerta se abrió, provocándole un sobresalto en el lugar.

—¿Guren?

Reconocería esa voz a kilómetros, era la voz que le provocaba un sinfín de dolores de cabeza.

—¿Qué haces ahí parado?— preguntó nuevamente al ver que no recibía ninguna respuesta por parte de su amigo.

Guren pestañeó, mirándole por fin a los ojos. La expresión de Shinya estaba llena de dudas, pero era como si sus ojos albergaran una pequeña esperanza.

¿Era bienvenido? ¿No? ¿Qué debería responderle?

—Quiero decir, ¿por qué no llamaste? ¿O lo hiciste y no escuché?— añadió, pensando que sus palabras se podían malinterpretar.

Shinya le conocía demasiado bien como para sentir cuando algo podía causar que Guren sobrepensara. Y realmente, sus palabras causaron un pequeño alivio en la nube gris de pensamientos que tenía el pelinegro.

Sus comisuras se elevaron en una pequeña sonrisa, y sacó la cajita del bolsillo para ofrecérsela.

—Lo siento, tardé más de lo que pensaba consiguiendo tu regalo, espero que te guste— murmuró, sintiendo como sus mejillas cobraban un color rojizo.

Sentía como su rostro empezaba a arder, pero la emoción que se instaló en su pecho cuando vio la expresión contenta de su mejor amigo, era muchísimo mayor.

—Guren…— susurró, abriéndolo despacio— No tenías por qué, muchas gracias.

Ante sus ojos se hallaba un collar de plata con un pequeño anillo colgando de él, y en un lado de la caja, estaban las llaves de un nuevo coche.

—El coche te lo debía por haber roto el anterior que robaste— trató de suavizar el color rojo de su rostro hablando, pero cuando Shinya le miró con esa sonrisa tan sincera, su estado empeoró— Puedes venir a mi casa a recogerlo cuando quieras, es todo tuyo, y… podemos dar un paseo como cuando íbamos en moto— sugirió, rascándose la nuca como gesto nervioso mientras miraba hacia otro lado.

Quería romper el contacto visual, todas sus extremidades hormigueaban; era una sensación extraña para la cual no tenía respuesta.

Shinya no le respondió, y antes de que Guren pudiera volver a mirarle, el albino rodeó su cuerpo con fuerza por los hombros, abrazándole.

Guren se quedó paralizado, abriendo los ojos con sorpresa. Y cuando fue capaz de reaccionar, subió lentamente las manos por su espalda para atraerle un poco más a él.

Enterró el rostro en el espacio que había entre su cuello y hombro, llenando sus fosas nasales de la colonia que usó ese día y el suave olor afrutado de su cabello.

Todo el cuerpo de Shinya se sentía como un fuego, y Guren estaría encantado de quemarse si eso significaba que podía rodearle con ambos brazos, siempre, de esa manera.

—Gracias Guren, es precioso— su voz se escuchaba tan baja que el mencionado agradecía la distancia, así podía sentir hasta el sonido de su respiración.

Se separaron lentamente, como si el mero hecho de hacerlo resultara extremadamente doloroso para ambos. Aún así, Shinya mantuvo las manos en sus brazos, mientras Guren le rodeó la cintura, perdiéndose en sus azulados ojos.

—Hey parejita, ¿queréis pasar dentro ya o estáis esperando que alguno de la familia Hiragi os vea?— a sus espaldas, la voz de Goshi, empleando un tono divertido, resonó por todo el pasillo.

Tanto Shinya como Guren no pudieron evitar asustarse ante la repentina presencia, incluso el albino había olvidado que iba a salir para avisar a su pequeña hermanastra que ya estaban todos juntos.

—¿Vamos?— Shinya preguntó, tendiéndole la mano para que la tomara.

Y eso era un gesto que Guren no podía rechazar. Entrelazó sus dedos con los suyos y pasó al interior, permitiéndose poder disfrutar de lo que realmente le hacía feliz, de olvidar su angustia y todo el peso con el que cargaba.

En el interior, Guren fue reprendido por Goshi por su impuntualidad, causando la risa de las muchachas y Shinya, quien se apartó para poder traer las botellas y dulces que Sayuri y Shigure le habían preparado como regalo.

Por otro lado, Mito y Goshi habían encontrado unos nuevos discos para el antiguo vinilo de Shinya, por lo que la música no tardó en sonar, llenando el ambiente.

—Guren, ¿me lo pones?— Shinya se dejó caer a su lado, enseñándole el colgante que le había entregado momentos antes.

El mencionado asintió, tomándolo con cuidado y abrochándoselo como si estuviera tratando con la pieza de arte más valiosa.

Shinya sonrió, y aprovechó el momento para recostarse sobre su pecho, siendo rodeado al segundo por sus brazos.

—Deberías darme un beso, ya sabes, de felicitación— alzó la cabeza para mirarle, subiendo y bajando las cejas en un gesto insinuante; esa era una de sus típicas bromas.

Guren estaba acostumbrado, pero aún así, rodó los ojos mientras cubría su rostro con una mano, girándolo al lado contrario para que no le mirara.

—¡Hey!— se quejó, entre risas, pero estas cesaron cuando sintió unos cálidos labios posarse sobre su mejilla.

Fue un pequeño roce, un gesto que podría ser insignificante para otros, pero para Shinya significó que su corazón comenzara a saltar en su pecho, y casi que podía escuchar la voz de Byakkomaru susurrándole algo en el oído. Y para Guren… él se hallaba mirando en dirección contraria a su amigo, con el rostro nuevamente ardiendo.

Realmente sí parecía que habían vuelto a sus tiempos de secundaria.

Sus amigos mantenían una animada conversación, las risas y los ruidos de las copas estaban presentes, pero ellos dos se sentían como si estuvieran dentro de una pequeña burbuja donde eran los protagonistas, y los únicos presentes.

No obstante, cuando “photograph” empezó a sonar, Shinya se incorporó con rapidez, tomando la mano de Guren para levantarle también. Eso ocasionó una pequeña risita por parte del pelinegro, quien como si nunca hubiera bailado con su amigo, cuando en realidad lo habían hecho un centenar de veces, cobró una actitud más tímida.

—Vamos Guren, baila conmigo, me encanta esta canción— le pidió el albino con una sonrisa entusiasmada, rodeando sus hombros.

¿Y cómo se podría negar a eso? Si le estaba mirando con esos ojos tan bonitos , o al menos ese era el punto de vista de Guren.

—Bueno, supongo que no me puedo negar a las peticiones del cumpleañero— respondió, riendo suavemente mientras un brazo rodeaba su cintura y su otra mano entrelazaba sus dedos con los suyos— Pero como reciba una risa de tu parte dejo de hacerlo, quedas advertido— achinó los ojos tratando de dar un aura intimidante, pero lo único que logró fue hacerle carcajear.

—Está bien Guren, hoy será el único día que no me ría de tus penosas formas de bailar— prometió, guiñándole un ojo.

El adverso puso los ojos en blanco, y pasó a ejercer algo de presión en el agarre de su mano para hacerle girar en el sitio.

Una imagen encantadora , pensó Goshi, y les tomó una foto en el momento exacto donde Guren atrajo nuevamente a Shinya hasta él, dejándole recostado sobre su pecho, ambos con una sonrisa en el rostro por las continuas risas que no podían evitar soltar debido a los múltiples intentos del pelinegro por bailar en condiciones.

Y esa foto quedó enmarcada en el escritorio de la oficina de Guren; si ese era el último cumpleaños que iban a pasar juntos, al menos quería conservar un recuerdo lo más lindo posible de él.

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