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Los dragones abandonando a sus jinetes, al ser vivo con el que compartían el vínculo más profundo, debió hacerlos entender que todo estaba perdido.
El recuerdo de su último vuelo, sus alas batiendo en el ocaso, sabiendo lo que les costaría tanto aprender. Que no hay que mirar atrás ni una sola vez si se quiere sobrevivir.
Debía ser sincero y aceptar el pobre destino que estaba frente de él. Había perdido tanto, poco a poco o de golpe, la forma carecía de importancia en ese momento, simplemente lo habían dejado sólo en este mundo.
Su madre y Daemon trataron de mantenerlos juntos. Aprendieron a salir en sigilo, hacer lo menos de ruido posible, apreciar hasta la más pequeña pieza de comida y buscar refugio seguro. Pero los recursos se agotaban y debían moverse para evitar morir de hambre.
No iba a pensar en cada caída. Le dolió cuando enfermó su madre, una simple herida se convirtió en una infección horrible. Ese era una de las cosas en las que debían pensar, ni siquiera se tenía la posibilidad de usar algún tipo de remedio, no había nada útil después de unos meses, la rapiña había sido enorme y para encontrar algo, debían seguir en movimiento.
Pronto, ni siquiera encontrar agua sería sencillo, primero toda quedaría contaminada y con el paso del tiempo, congelada.
La fiebre de Rhaenyra y la infección que se diseminó por todo su cuerpo sería el motivo que le causó una muerte horrible y con dolor tremendo. Decía cosas sin sentido, sobre un peligro inminente que les pisaba los talones, pero que no cerraría su garra sobre ellos hasta el último momento. Cuando no despertó tras la última fiebre, fue un alivio.
Ese día sus lágrimas agotaron su cuerpo y dejaron vacío su corazón.
No pudo llorar por Daemon cuando cayó y tuvieron que dejarlo atrás, tenía las piernas rotas y no podrían cargarlo por mucho tiempo. Sus hijas quedaron mudas por muchos días con el dolor marcado en el rostro. No tuvo lágrimas para él, pero recordaba en sueños sus gritos y despertaba asustado, jurando que lo vería aparecer, con los ojos muertos y el cuerpo ensangrentado.
Por Baela y Rhaena elevaron una plegaria, un minuto de silencio cargado del terror que experimentaron, porque estaban rodeados por cientos de muertos, su carne cayendo en trozos de sus huesos. Aprendieron a ser realistas y a saber cuándo la batalla estaba perdida, de haber regresado por ellas, ninguno habría vivido para ver el amanecer.
Esperaban sobrevivir y no ser arrastrados como sucedió con las gemelas, cuyas extremidades fueron arrancadas, cuya carne fue consumida.
La siguiente reacción visceral fue cuando sus hermanos pequeños pillaron una enfermedad extraña que los llenó de ronchas por todo su cuerpo. Habían cruzado por una villa, buscaron por todos lados algo de comida. Cuando encontraron cuerpos recién fallecidos que no parecían haber sido atacados, pensaron en lo peor.
Lo peor llegó unos días después, los niños sufrían de fiebres, vomitaban y no había alimento ni líquido ni sólido que pudieran recibir. Abandonarlos no debió ser tan sencillo y su llanto debió de plagar de pesadillas sus noches.
Pero este mundo era un monstruo sediento de vidas y no daba ni tiempo para sentir arrepentimiento y la mayor enseñanza era siempre preservar la vida de uno por sobre la de cualquiera.
Los tres fueron los que lograron sobrevivir el mayor tiempo, Jace porque era cauteloso con sus decisiones, Joff porque era silencioso y ágil y él, por alguna razón extraña que podría llamarse destino.
A veces él pensaba que no merecía haber sobrevivido al resto de su familia cuando lo único que hacía era correr. Lucerys Velaryon, el más rápido de toda su familia. Pero eso no lo hacía mejor ni más apto, sólo más difícil de atrapar.
Perdieron a Joff cuando tuvieron el mayor tiempo de paz que habían conocido, semanas donde el clima los favoreció y encontraron un enorme tesoro.
Un huerto con árboles fuertes y ramas cargadas de frutos.
Bajaron la guardia y así como ellos se habían movido en busca de insumos, ellos, los muertos, se movían buscándolos a ellos. Joffrey Velaryon era un chico precioso que gustaba de cantar mientras hacía el trabajo, recolectar manzanas mientras su dulce voz los hacía olvidar un poco los terrores vividos.
Olvidar el frío que se iba apoderando de todo, el hambre que comenzaba a ser preocupante, la oscuridad de las noches. Los gritos de los muertos.
Joff debió seguir siendo silencioso, pero el dejar de escuchar la canción fue lo que los alertó y tuvieron tiempo para salir corriendo antes de que los invadieran. Dejaron todo atrás, lo poco que lograron construir en ese tiempo de paz.
Era una ilusión, los muertos tienen tiempo, era obvio que seguían detrás de ellos, pero sin ninguna prisa.
Después de eso Jace parecía ir perdiendo la cordura y repetía una y otra vez la misma frase sin sentido. Estaba traumatizado seguramente, no lo culpaba, las muertes de todos debían de pesar en sus espaldas. Pero no había más que hacer, llorar no los regresaría, recordarlos dolía. Así que la opción era seguir adelante, algún día tal vez habría tiempo para honrarlos.
La primera corriente invernal fue mucho más cruda que cualquier otra que recordaran, los hizo darse cuenta de que estaban mal preparados para el cambio en la temperatura. Los años anteriores se habían dado cuenta de que el invierno duraba más, que las noches eran mucho más largas, que el hielo congelaba la tierra por más tiempo, no cediendo ante el calor de las estaciones más benignas con tanta facilidad.
Sin embargo, pese a sobrevivir a duras penas a los inviernos previos, esta vez sería mucho más complicado. Tenía la sangre helada en sus venas y el respirar dolía, la vida parecía escapar de su cuerpo en cada aliento, junto con todo su calor.
Jace comenzó a toser una noche, se miraron preocupados, enfermar era algo que podía condenarlos. Como sucedió con su madre o con sus hermanos menores. Su preocupación estaba bien fundamentada, en cosa de nada estaba tan enfermo que un día no se levantó. Puso su mano sobre el cuerpo frío de Jace y lo sacudió, fue inútil.
Tomó la ropa de su hermano, lo poco que habían logrado conseguir para mantenerse calientes y siguió adelante. Se alejó con prisas de ese lugar, sin hacer ningún esfuerzo por enterrar su cadáver, no podía desperdiciar energía y calor en algo así. La nieve lo llevaría al olvido, perdido en el paisaje blanco y mortal que parecía no tener fin.
El invierno no se fue. Aunque no tenía muy claro cuánto tiempo había pasado desde la muerte de Jace, pero para él el invierno era ya eterno.
Estaba cansado, herido en lo más profundo de su ser, casi sin comida y en la soledad más espantosa de todas. Había perdido peso, lo poco que comía era ya una cosa asquerosa, restos que había recolectado previamente.
El hielo le dejaba sin nada, ni siquiera los animales habían sobrevivido a esto, así que arrancaba trozos de carne congelada cuando los encontraba, aprovechando la oportunidad que no se podía dar el lujo de pasar por alto. Pero hasta eso era cada vez más escaso.
Por ello debía aceptarlo, estaba al borde de la muerte.
Y la muerte y su Rey irían directo a su encuentro.
Años después se contaría la forma en que el Rey de los Muertos encontró a su princesa. Los años y el contar la historia de boca en boca había terminado por cambiar a los personajes, porque decían que era una bella chica de largo cabello y rizos color chocolate, una Princesa que anhelaba por su Rey, un amor prohibido que había traído el invierno a la tierra.
El rey también era diferente, le faltaba horror a su descripción, le faltaba terror a sus acciones.
Esto se contaba en agradables salas de piedra con las paredes recubiertas por gruesos tapices. Las chimeneas llevando el calor al cuerpo de todos, ninguno de ellos sabría lo que es sentir el frío congelar cada parte de su ser.
Las cosas no fueron así, pero ahora ya nadie contaba la verdad, perdida en el tiempo de un pasado que casi logró la muerte de lo todos.
El Rey de lo Muertos era un hombre común y corriente, resentido y deseoso de venganza. La Princesa de precioso cabello era un chico muy joven que había dañado al hombre resentido a tal grado que se convirtió en su obsesión.
De niños, el rey de los muertos perdió un ojo a manos de ese chico precioso quien sólo buscaba proteger a su hermano. Acciones pequeñas que trajeron enormes consecuencias.
De adultos, el rey de los muertos vendió su alma para sumir al reino en un invierno donde la muerte caminaba, poco a poco y año tras año, hasta consumirlo todo con un solo objetivo en la mira.
Lo único que quería era arrebatarle todo al chico que lo lastimó, su familia, su vida y hasta el deseo de luchar por su supervivencia. El invierno arrasó con la tierra y los muertos con todo lo demás.
-Soy Lucerys Velaryon, el primero de mi nombre, el último de mi casa.
Los muertos esperaban a que su rey se moviera, pero este observaba impasible, complacido con el resultado de sus esfuerzos de años. Ellos lo sabían, esta última persona era de su reyl, los demás ya se había dado su festín durante mucho tiempo, pero él esperaba pacientemente y esta era la recompensa.
El rey de los muertos tenía la piel carcomida y helada, el ojo que había estado vivo brillaba con luz azul y el ojo que había estado muerto, era una piedra preciosa del mismo color. Tenía una sonrisa terrorífica y una voz temible.
-El último, como bien dices, el que más rápido y más lejos corrió, mi Lord Strong.
La gente solía contarlo como un cuento, el invierno largo y temible, devorando a la luz de la primavera. Años después, cuando esa edad de hielo terminó, sólo quedaban historias con las que las abuelas junto a sus chimeneas prevenían a los niños sobre aquel destino horrible al que los hombres y mujeres de otra época estuvieron destinados.
-Dulce niño del verano -les decían las mujeres cargadas de años y sabiduría– el invierno siempre regresa, cada año, poco a poco, hasta que nos consuma a todos una vez más.
Pero los niños lloraban y las abuelas mentían, les decían que el rey de los muertos no vendría de nuevo, mientras tuviera a su princesa de luz a su lado. Lucerys, la luz más intensa y cálida que había.
Se mentiría tanto para dar esperanzas a los hombres, pero el rey nunca podría ser abatido, ni por espada ni por magia, nada podría detener al invierno.
-Esto es mío, Lucerys, siempre lo ha sido.
El rey de los muertos clava su daga de acero valyrio en la suave superficie del ojo del más joven, el calor que quedaba en su sangre comienza a escapar y el frío se apodera del cuerpo moribundo. El decadente rey lo sostiene mientras aquello sucede, un delgado Lucerys que no pesa casi nada en los descarnados brazos del soberano del invierno.
En la daga está el ojo cobrado que consume sin dilación el rey. Sabe al dolor de todos esos años, sabe a retribución.
El Rey de los Muertos tiene a su lado a un Príncipe, uno que no siente más que envidia por la vida que todos disfrutan y que dan por sentado.
Su alma se ha enfriado tanto que mira receloso a las personas que por cientos de años han olvidado la verdad y sólo se concentran en sus miseras vidas mortales, disfrutando del calor de cada día y alejando al frío de la noche. Pronto ni todo el fuego encendido en hogueras y chimeneas servirá de algo.
El rey toma la mano de su príncipe, lo conduce a observar la tormenta de nieve, admirando también el rostro que se adorna con un agujero muerto en lugar de ojo. Ambos están complacidos, saben que el invierno cada vez más crudo es sólo una señal que nadie parece entender.
