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Bubblegum Bitch

Summary:

—Sí, ¿por? —sigue sin entender, pero no le molesta porque el otro suelta una carcajada, tintineante y alegre, que le hace cosquillas en la panza a Marcos y, por alguna razón, también le deja un nudo en la garganta.

 

El nudo no desaparece. Marcos siente que está creciendo despacio, lo siente subir y, de a momentos, siente arcadas.

Notes:

decidí participar de la margus week, pero re colgué cuando empezó y traté de escribir super rápido pero no llegué porque morí en el finde ahre
ponele que son los primeros tres caps en una, coffee shop au, no usé prompt del día dos, y hanahaki disease del día tres.

quiero aclarar sobre la hanahaki, capaz sea medio rebuscado cómo lo metí, pero hagamos de cuenta que existe de verdad y algunas personas la conocen(? no se fijen tanto en los detalles ahre

por último, es la primera vez que escribo de ellos, si quedó como el orto, mis más sinceras disculpas(?

el título es por la canción de marina porque siento que ellos, en esta historia, vibran así(?

disfruten.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Uno

Chapter Text

Agustín

Es un cambio de ambiente. La comparación entre la época de clases y las vacaciones es inevitable cuando son las diez de la mañana y no hay nadie en el local, dejando a Agustín totalmente al pedo y obligándolo a pasarle un trapo al mostrador por quinta como para, qué sé yo, fingir que hace algo.

Está a nada de ofrecerse a hacer el stock del depósito de lo aburrido que está.

En vacaciones- la semana pasada, a esa hora, había gente comprando. No mucha, pero al menos se entretenía. Ahora, todos están estudiando. Él también podría estar haciendo eso, pero en esa cadena de cafeterías no lo dejan sacar sus apuntes.

Ve al encargado de turno regresar de la oficina y decide que sí, es el momento de sacrificarse por el equipo y ofrecerse a hacer el stock, cuando alguien entra.

Un pibe, bastante más alto que él, con cabello desordenado tipo los modelos, ¿viste? Como que cada mechoncito está descuidadamente acomodado en su lugar, en tonos caoba, y su rostro, muy… muy-

—Buenas —saluda, voz suave y que llega en un tono medio incómodo a los oídos de Agustín.

—Hola, ¿todo bien? —sonríe en modo atención al cliente—. ¿Qué vas a pedir?

El chico se toma su tiempo y, si bien eso le suele romper las pelotas, a Agustín no le molesta ahora. Por un lado, no tiene nada mejor qué hacer. 

Por el otro, aprecia los segundos robados que tiene para mirarlo.

Los cuales no son muchos, porque nota de inmediato que el otro se pone incómodo, así que, desvía la mirada con pesar. Hasta que se le ocurre algo.

—¿Necesitás ayuda? —pregunta con otra sonrisa y sus ojos encuentran los ajenos, pero el otro se vuelve a la cartelera detrás de la cabeza de Agustín, capaz por evitarlo, capaz porque está eligiendo. Seguro la segunda.

—Y… No sé, ¿algo que recomiendes? 

Este pibe no debe ser habitual de estas cafeterías. Podría aprovecharse y decirle alguna bebida rebuscada, algo que le tome un poco de tiempo en hacer para poder entretenerse, pero no. Decide no ser malo hoy.

—La bebida de frutilla nunca falla. O la de dulce de leche —dice—, son las más comunes.

El chico lo medita unos segundos más, pero termina eligiendo la de frutilla. Agustín le pregunta los otros detalles y luego de cobrarle, pregunta su nombre.

—Marcos —murmura y parece que va a decir algo más, pero solo parece.

Está tentado a responder con su nombre, pero se contiene. Probablemente no lo vuelva a ver.

 

Tal como Marcos entró a sus pensamientos cuando ingresó al local, desaparece cuando sale y no regresa hasta unos días después cuando atraviesa la puerta, mismo horario, misma cafetería vacía.

Ya no tiene una expresión perdida como la primera vez, como si no conociera la zona y de casualidad entró a ese Starbucks, pero tampoco viene confiado. Agustín no está seguro de en dónde encasillar la expresión de él.

—Hola, ¿todo bien? —el mismo saludo de antes, con la misma entonación impersonal.

—Bien, ¿vos? —devuelve Marcos, probablemente por costumbre.

—Todo tranqui, eh, demasiado tranqui —ríe apenas, porque se estaba cagando de embole hasta antes de que llegara—. ¿Qué te gustaría pedir?

Pide la misma bebida de frutilla. Cuando se despiden, Agustín le dice que tenga un buen día, pero Marcos responde con el mismo tono automático de antes.

 

Él es simpático, se lo han dicho. Pero también le han dicho que es medio gede a veces, y si bien se lo dijeron pocas veces, esas palabras suenan seguido dentro de su cabeza.

Como cuando pasa un mes desde que Marcos empezó a ir al Starbucks y le sigue respondiendo de la misma forma. Automatizada. Capaz lo está jodiendo con sus escasos comentarios. Debería parar.

—Hola, ¿todo tranqui? —se le escapa cuando ve a Marcos. 

—Bien, ¿vos?

Abre la boca y la cierra. Asiente.

—Sí. ¿Qué te gustaría pedir? —le sabe raro responder así nomás, especialmente comparado con los otros días en que le había hecho un resumen de diez segundos de su día.

—Lo usual —responde Marcos y después lo mira veloz—, la de frutilla…

Agustín ríe suave—, sí, ya… —ya me la aprendí, está de más decirlo—. Okay, sería…

—¿Todo bien, primo?

Eso lo descoloca. Demasiado.

Hay varios factores descolocantes, como, la palabra primo, la mirada de Marcos, su tono preocupado o cómo agarra apenas sus dedos cuando le deja los billetes en la mano. Muchas cosas, poco tiempo.

—Eh- —Agustín jadea y sus ojos revolean por todos lados evitando caer en los del otro—. Sí, eso- ¿estudiás?

Terminan cayendo en los apuntes que Marcos apoyó en el mostrador para sacar su billetera.

—Sí, Ingeniería Agrónoma. ¿Vos estudiás?

—Estoy terminando —sonríe apenas porque se acuerda de que está trabajando en Starbucks—. ¿Dónde estudiás?

Y la respuesta a eso no lo descoloca, pero sí lo confunde. Medio raro ir a tomar café a media hora de tu facultad.

 

Marcos

 

Se siente incómodo la primera vez que entra a la cafetería porque en su puta vida había pisado un Starbucks antes. Viene de Salta, vivió desde que nació ahí y, como decía su vecina, estamos en la era de los dinosaurios. Él no está del todo de acuerdo con eso. Claro, no tienen esas cafeterías que son tan comunes acá, pero tampoco es como sí vivieran en el mil ochocientos.

Está divagando. No debería pensar tanto en Salta, porque eso le recuerda que falta bastante para volver a ir para visitar a sus papás.

No le gusta mucho Starbucks. No le parece lo mejor del mundo como otras personas piensan. Zafa.

Pero sí le gusta ir. Le gustaría tener más tiempo libre para pasarlo ahí, pero no se queja.

Le gustan las pequeñas charlas que tiene con Agustín. A esta altura, debe ser obvio que él es la razón por la que va ahí. Se decepciona cuando llega y ve que no está trabajando en ese momento. Suele debatirse un poco en si debería intentarlo otra vez más tarde, pero siempre termina decidiendo ir al día siguiente. La mitad de los días lo encuentra ahí, así que está bien.

—¿Y cuándo vamos a bailar otra vez, primo? —es el saludo de Thiago, su vecino, cuando lo ve a la noche.

—Un día de estos —sonríe Marcos apenas. No tiene muchas ganas últimamente.

—Pero, la pasó bien la otra noche —es una afirmación acompañada de una risita y el otro no encuentra forma de negarlo—, medio imposible que no la pase bien con esa facha.

—Bueno, bueno, dejá de chamuyarte al vecino —interviene Nacho, su otro vecino, que venía saliendo detrás de Thiago—, no sos de su palo.

Hay algo que siempre le hace ruido de Nacho. Marcos siente que está medio en un tira y afloje con Thiago, pero sin que el otro se dé cuenta. O algo así, tampoco es que le importa tanto.

—¿Qué decís vos, metido? —devuelve Thiago y ellos se envuelven en su propia discusión.

—Los veo después —se despide apenas Marcos y cuando ninguno responde, aprovecha para meterse en su casa.

Nacho no le parece mal pibe, pero hay que no le cierra del todo. Thiago sí le parece más transparente y se llevan mejor. Sospecha que Nacho lo odia un poquito, pero no está seguro de porqué. Tampoco le importa tanto descubrirlo.

Capaz, si les hubiera prestado más atención cuando habían ido a bailar hace un par de meses, Marcos habría descubierto algo, pero estaba demasiado ocupado en sus propias andadas. 

Y ocupado con Agustín, pero no hablamos de eso ahora. ¿De qué hablamos? 

De nada. Porque se va a dormir.

 

Y en lo primero en que piensa cuando se despierta es en si Agus estará trabajando hoy. No tarda mucho en levantarse y vestirse para ir a averiguarlo.

Han pasado dos meses desde que va a tomar café ahí y Marcos siente que desde que le dijo primo esa vez, las cosas fueron para arriba. Agustín trataba de sacarle conversación y él, siendo el nabo que es, no tenía idea de cómo continuarla, pero ahora siente que las charlas de escasos minutos que surgen no son triviales, sino un poco más personales. ¿Cómo va el trabajo? ¿Cómo te fue en el parcial? Siente que charlan más como amigos que como solo conocidos.

—¿Y qué onda con el primo? —pregunta Agus mientras le prepara su bebida.

—¿Qué primo?

—Vos —responde y ríe suave—, no, o sea, la expresión.

—Ah… es, no sé, ¿una forma de decir? Una expresión —termina repitiendo lo que Agustín dijo.

—Tipo como… ¿wacho? 

—Ponele, algo así, pero no me gusta esa. Guachos son los que no tienen papá, ni mamá.

—Y primos son los… —Agus ríe, pero Marcos no capta el chiste—, no serás del norte vos, ¿no?

—Sí, ¿por? —sigue sin entender, pero no le molesta porque el otro suelta una carcajada, tintineante y alegre, que le hace cosquillas en la panza a Marcos y, por alguna razón, también le deja un nudo en la garganta.

 

El nudo no desaparece. Marcos siente que está creciendo despacio, lo siente subir y, de a momentos, siente arcadas. Se debe estar enfermando.

Capaz no es buena idea tomar un Frapuccino de frutilla sintiéndose así, pero si no lo hace, no tiene excusa de ver a Agustín. 

Son pasadas las once cuando abre la puerta del establecimiento, un poco más tarde de lo usual, pero espera que Agus esté.

—Ah- qué hacés, primo —saluda Agustín, delante suyo, sin delantal. En la puerta. Porque se está yendo.

—Bien, bien… ¿Vos? ¿Ya te vas? —espera que no le haya salido en un tono tan decepcionado como se siente.

—Sí, recién terminé —responde con un aire de alivio, de al fin terminé con esta mierda.

La conversación muere, pero ellos siguen ahí parados, ocupando todo el lugar de la puerta.

—Y… qué onda —Agus es valiente a los ojos de Marcos, aunque capaz no es valentía, sino solo es su personalidad, habladora y simpática, tan refrescante, tan contraria a cómo Marcos se siente—, ¿venís a estudiar?

No se siente apropiado decirle que viene a verlo.

—Algo así —ríe apenas—. ¿Y vos…?

—Agustín —dice él, aunque Marcos no estaba tratando de preguntar su nombre—, creo que nunca lo dije, ¿no?

La confirmación de que no lo recuerda le trae un nudo a su garganta y tiene una pequeña arcada, pero tan pequeña no es, porque se dobla un poco, y Agustín le pone una mano en el hombro.

—¿Todo bien, Marcos? —cuestiona preocupado y, más que ayudarlo, parece que le hace peor.

—Sí, no- ando medio jodido del estómago creo… 

—Ah, entonces no deberías comprar acá- ¿Querés que te traiga un vaso con agua? Sentante un poquito —Agus dice varias cosas seguidas y Marcos sigue sintiendo su nudo empeorar mientras el otro lo guía a los sillones, pero no se sienta.

—¿El bañ-? —se tapa la boca, porque siente que algo va a salir. Agustín no pierde tiempo y lo lleva ahí, pero en cuanto Marcos lo encuentra, se adelanta al otro.

Se encierra en un cubículo, cayendo de rodillas delante del inodoro y vomita.

Cuando termina y abre los ojos, lo único que ve ahí es rojo.

 

Agustín

 

Le preocupa Marcos. Después del incidente de ese día, no aparece por como una semana. Supone que está empachado y por eso no viene al local, pero… Le preocupa igual.

Los días pasan, las jornadas se vuelven cada vez más aburridas y un poquito desesperantes porque Marcos no aparece. 

Debió haberle pedido su número, así, al menos, podría saber si sigue vivo.

Su turno está a punto de terminar, en local está medio concurrido y no llega a ver quién entra hasta que se para delante suyo.

—Estoy cerrando la caja, ¿podrías-? —le parece de película, un encuentro medio boludo, porque justo cuando piensa en Marcos, él decide aparecerse. Una sonrisa se dibuja en su rostro y, de golpe, se olvidó por completo por dónde iba contando—. Qué hacés, Marquitos, ¿todo bien? ¿Cómo estás de la panza?

La respuesta del otro viene acompañada de una mueca—, decente, supongo. ¿Vos cómo andás?

—Aburrido —sonríe Agustín—, un garrón estar acá sin vos que me saques charla.

Él ríe, pero Marcos solo sonríe apenas. Capaz no le causó gracia el chiste.

—Che, tenés… —estira su mano hacia un pliegue de la ropa de Marcos y saca media flor roja, un poco cagada a palo.

—Sí, eh- seguro me cayó cuando iba por la calle —responde veloz y Agustín resopla divertido.

—Mirá si tenés esa enfermedad —ríe apenas y tira la flor en el tacho debajo del mostrador.

—¿Eh? —cuestiona y le sale una sonrisa divertida—, qué dice, primo…

—¿No escuchaste? —pregunta y Marcos lo mira curioso—, es tipo como el covid- bueno, no, nada que ver —ríe apenas—. Empezaron a pasar casos en la tele… un conocido de un amigo me contó que se contagió o algo así, tipo, que empezás a vomitar flores o algo así.

Marcos lo mira un poco horrorizado.

—¡En serio! —ríe Agustín—, después me dijo que se le pasó cuando se curtió a la piba que le gustaba… pero, qué sé yo, nunca lo vi vomitando, ni nada.

—Es una boludés eso, primo —concluye el otro, negando apenas, pero con una sonrisa devuelta en su rostro.

Luego pasan a un momento de silencio. Marcos no agrega más y Agustín no tiene nada para decir. Debería regresar a cerrar la caja, capaz se está pasando su hora de fichar, pero no quiere irse todavía.

—¿Qué harías…? —comienza Marcos, llamando su atención porque había regresado a contar la plata. Sus ojos se encuentran, él traga y sigue hablando—, ¿qué harías si vos tuvieras eso?

—Lo usaría para hacer té —responde sin pensarlo. Es como el equivalente de escupir en el café de los clientes forros.

—Sos un asco, Agu —responde Marcos con una carcajada.

—¡Che, Guardis! —los dos se giran veloz, su encargado está ahí—, ya tenés que fichar.

—Dale, ya termino —responde y se vuelve a Marcos—. ¿Vas a quedarte mucho? Porque ya salgo, y…

—Te espero —dice y Agus no puede hacer nada más que sonreír.

 

Y capaz es tonto, pero cuando regresa al salón después de fichar y cambiarse, Marcos sigue ahí, porque de verdad lo esperó, y a Agustín se le escapa otra sonrisa.

Hay algo de él que no le termina de cerrar. No cree que tenga algo malo, es, como, que hay un detalle de Marcos que no puede reconocer. No sabe explicarlo.

Capaz es el hecho de que sea un poquito socialmente inepto, porque le da la impresión de que le cuesta charlar. Aunque tal vez eso solo le pase con él. Todavía no termina de conocerlo y, a pesar de que Agustín se suele jactar de poder leer bien a las personas, le cuesta un poquito con Marcos.

Supone que es porque él es muy cerrado o porque no hay nada para leer. Quiere creer que es la primera, porque no le parece que el otro sea hueco.

Se da cuenta de que a Marcos no le disgusta su compañía. Eso es bueno, porque medio como que a él le encanta.

Pasan un par de horas charlando ahí, la primera vez que intercambian tantas palabras. Agustín descubre algunas cosas curiosas, como que vive a una hora del Starbucks, o que está llegando a la época de parciales, o que nunca, en su puta vida, vio ninguna película de El Señor de los Anillos completa- lo cual le parece inaceptable y, tal vez, debería remediarlo, pero le parece un poco mucho.

—Una vergüenza que no hayas visto ninguna —niega Agustín, jodiendo—. ¡Hay que solucionar eso, che!

Es mitad broma, mitad verdad, y Marcos ríe apenas, pero no puede identificar si lo hace por compromiso o no.

—Capaz, primo… No me hago cargo si me duermo, eh —responde con una sonrisa y Agus suelta una risita.

Son casi las tres de la tarde y Agustín quiere irse, pero no quiere dejar a Marcos. Quiere volver a charlar con él así.

Entonces, esta es la última prueba. Es el momento en que descubre si Marcos es anormalmente cordial o si de verdad disfruta su compañía.

—¿Me pasás tu número? —suelta de golpe, ignorando su corazón que late en sus oídos y la vocecita en su cabeza que le susurra que le va a decir que no—, así vemos El Señor de los Anillos o, no sé, cualquiera que quieras… Qué sé yo…

Sonríe apenas, nervioso pero con coraje, listo para que le diga que no y aceptarlo como un campeón.

—Sí, pero- —mentira, no es un campeón, la decepción lo está comiendo a una velocidad increíble, haciendo que se arrepienta cada vez más de haberlo preguntado—, pero se me rompió el celu, primo.

Quedan en silencio unos segundos. Agus no sabe qué decir.

—Pasame el tuyo —pide Marcos y, ugh, Agustín espera que no se nota tanto la alegría que debe tener—. Te escribo cuando consiga uno.

—Dale —sonríe y sus cachetes se están acalambrando.

—Dale —repite el otro.

Espera que no tarde tanto en escribirle.