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21 de junio de 2003
Eran poco más de las ocho de la tarde de un sábado, y Hermione se relajaba sentada sola en la mesa con una copa de vino. Lo cierto es que esa noche no era distinta a cualquier otro sábado por la noche, si no fuera por la ropa. A no ser que Ron tuviese algo planeado, normalmente los sábados por la noche estaba en pijama. Sin embargo, el pijama no era lo más adecuado esa noche. Aunque los pantalones verdes de felpa del pijama eran sin lugar a dudas más cómodos, Hermione no negaba que prefería el precioso vestido blanco que su madre y ella se habían pasado horas buscando. Admitía que llevar el vestido puesto, hacía que ese sábado fuese muy distinto al resto. Indudablemente, esa noche de sábado era la mejor de toda su vida.
—¡Hey! ¡Si estás aquí, esposa!— el pequeño momento de relax de Hermione se vio amablemente interrumpido por un brazo que le rodeó los hombros y un beso en la mejilla.
Le sonrió a Ron, que estaba increíblemente guapo con el traje muggle que le había rogado que llevase por el bien de sus padres. La había llamado esposa; ahora era su esposa. El simple pensamiento de que ahora eran marido y mujer le provocaba a Hermione una sensación de mareo.
—No creerías que ibas a perderme tan fácilmente, ¿no?— le preguntó Hermione con descaro.
—Nah, probablemente será dentro de unas semanas, por lo menos antes de que te intentes deshacer de mí— respondió mientras entrelazaba las manos con las de Hermione y la ayudaba a ponerse de pie—. Vamos a bailar.
Hermione sonrió mientras lo seguía hasta la pista de baile, recordando la primera vez que le había dicho esas palabras, seis años antes, bajo esa misma carpa. Esta vez, la decoración era diferente, habían escogido el azul como el color de la boda y habían llenado la carpa con margaritas en vez de rosas, aunque la distribución era la misma que en la boda de Bill y Fleur. Habían cambiado muchas cosas desde entonces; después de todo, por aquel entonces tenían diecisiete años. Ahora estaban aquí, con veintitrés y recién casados. Hermione pensó que no eran personas completamente diferentes, sino que eran una versión mejorada de sí mismos.
Llegaron a la pista de baile y la música comenzó a debilitarse, empezando a sonar una canción más lenta. Hermione miró por encima de los altavoces que habían hechizado para la ocasión y vio a George con una sonrisa de suficiencia. Ella le sacó la lengua, lo que era, por supuesto, un gesto muy maduro. Ron simplemente puso los ojos en blanco y la atrajo hacia sí, mucho más cerca de lo que se hubiera atrevido si aún tuviesen diecisiete años, y Hermione suspiró satisfecha.
—Estamos casados— Ron inhaló, empezando a mecerse a algo parecido al ritmo de la música.
—Para eso es esta fiesta, ¿sabes?— le respondió Hermione sonriendo, mientras veía a sus padres bailando cerca de ellos. Su madre, que lloraba a ratos desde las ocho de la mañana, le ofreció una gran sonrisa desde el otro lado de la pista.
—Ya no eres Hermione Granger— observó Ron—. En realidad, eso es lo más raro de todo esto.
—La verdad es que sí. ¿Te das cuenta de que ahora tengo que cambiar mi firma?— le respondió Hermione medio seria. Para su sorpresa, Ron abrió los ojos de par en par.
—No había pensado en eso.
Hermione rio.
—No pasa nada. Hermione Weasley suena bastante bien.
Ron le agarró la cintura con más fuerza, clavando los ojos en los de ella.
—¿Cuándo te puedo llevar a casa, Hermione Weasley?
—Pronto, espero— le respondió—. Sería una grosería marcharse de una fiesta que solo han organizado por nosotros; además, me vas a tener para ti solo toda la semana que viene.
—Gracias a Merlín— suspiró contento—. No es que no haya disfrutado de cada segundo del día de hoy, pero una parte de mí te quiere para mí solo.
Hermione asintió con comprensión y apoyó la cabeza sobre el hombro de Ron. Él respondió moviendo las manos desde la cintura de ella hasta la espalda para envolverla en un abrazo mientras seguían meciéndose. Era verdad que había sido el mejor día de su vida, pero, en cierta medida, Hermione estaba contenta de que casi hubiera llegado a su fin. Se había pasado toda la mañana y las primeras horas de la tarde con ansiedad. Estaba convencida de que se iba a tropezar de camino al altar o de que iba a tartamudear a la hora de los votos, o de que, de alguna manera, se iba a romper el vestido. Se había vestido con su madre, con Molly y con Ginny y había sido estresante. La habían rodeado durante horas, perfeccionándole cada centímetro de la cara y cada mechón de cabello. Aunque debía admitir que estaba encantada con el resultado, a pesar de que el proceso era algo que no le gustaría volver repetir. Sin embargo, todo había merecido la pena al verle la cara a Ron, mientras no se tropezaba de camino al altar y decía los votos claros y concisos, aunque ninguno de los dos había podido evitar derramar unas cuantas lágrimas.
Hasta el momento, el banquete estaba siendo muy agradable, aunque al principio había sido un poco abrumador. Todos los asistentes a la boda se habían acercado a ellos casi inmediatamente después de la ceremonia para felicitarlos. Apenas habían tenido un momento para sí mismos hasta el primer baile, y ahí todos los pares de ojos de los invitados estaban puestos sobre ellos, pero se habían reído el uno del otro al intentar que todo aquello pareciese romántico. El único consuelo que tenían era que ya no se pisaban como cuando tenían diecisiete años, así que ahora deberían haber parecido menos absurdos.
Tras unos minutos, la voz de Ron sacó a Hermione de sus pensamientos.
—Mi madre nos está saludando. Creo que algunos de mis primos se van.
Hermione suspiró y se alejó un poco de él, pero sin llegar a soltarse del abrazo.
—¿No podemos hacer lo que queremos ni siquiera en nuestra propia boda?
—Tú eres la que acaba de decir que tenemos que apreciar todo esto— le recordó Ron mientras aflojaba el abrazo a regañadientes.
—Bueno, he cambiado de idea— respondió en voz baja, cogiéndole la mano que le ofrecía y, una vez más, mezclándose entre los invitados.
Tras casi una hora de socialización con la familia lejana y amigos de la familia de los que Hermione no se iba a aprender nunca el nombre, la pareja finalmente tomó asiento en una mesa junto a Harry y Ginny.
—¡El padrino y la dama de honor, al fin! Nos podríais haber advertido sobre esto— enfatizó Ron.
—No tenemos ni idea de lo que estáis hablando— contestó Harry mientras invocaba una botella de Whiskey de Fuego de la barra y les ofrecía un poco. Ron dio un trago abundante antes de ofrecérsela a Hermione, que tomó un pequeño sorbo.
—No te quejes. Cuando te acuerdes de tu boda, te encantará cada segundo de ella— dijo Ginny con sabiduría.
—Sí, me voy a acordar que iba solo de nosotros dos, no de todas las conversaciones tediosas que he tenido con parientes con los que jamás he hablado— replicó Ron.
—Estoy completamente de acuerdo— aseguró Hermione—. Yo hice la lista de invitados y ni siquiera me había dado cuenta de que iba a venir tanta gente.
—Que horror— comentó Ginny con sarcasmo—. Hermione está de acuerdo con algo que ha dicho Ron.
—Bueno, ahora que estamos casados, nos hemos dado cuenta de que es hora de presentarnos como un frente unido— remarcó Ron.
—Sé de lo que hablas— comentó Harry evitando la mirada fulminante de Ginny—. Cuando pienso en nuestra boda, la mayor parte está borrosa, pero hay momentos que destacan por encima del resto. Como lo impresionante que estabas— terminó Harry de manera diplomática, lanzándole a Ginny una mirada seductora. Ron simuló tener arcadas mientras los demás se reían por lo bajo.
—Sé que no lo parece porque nos los estamos pasando muy bien, pero estábamos hablando de volver ya a casa. Estamos cansados—dijo Ginny rompiendo el silencio que se habían instalado momentáneamente.
—Apenas son las nueve y media— observó Ron—. Supongo que como ya lleváis casados un año y medio ya sois unos vejestorios.
—Ahora soy un hombre nuevo— comentó Harry—. Los sábados nos vamos a la cama a las diez y nos pasamos los domingos leyendo el periódico y limpiando la casa.
—¿Y contestando las cartas de tus admiradores?— le preguntó Ron con indiferencia. Harry lo miró con el ceño fruncido. Lamentablemente, el comentario de Ron no era solo una broma. Aunque ya no le llegaban cartas a casa, seguían llegando grandes cantidades que le hacían sentir incómodo.
—Tú ríete, pero espera a que el anuncio de vuestra boca aparezca en “El Profeta”. Los mejores amigos de El Elegido se acaban de casar, va a causar alboroto—comentó Ginny mientras se levantaba—. Ha sido una noche preciosa, pero de verdad que nos vamos a casa.
—Venís mañana a comer a La Madriguera antes de que nos vayamos, ¿no?— les preguntó Hermione mientras abrazaba a su nueva cuñada.
—No me lo perdería— respondió Harry imitando a su mujer y envolviendo a Hermione en un abrazo, dándole un ligero beso en la mejilla—. Ahora tienes que cuidar de Ron. Rómpele el corazón, y te las verás conmigo, y esas cosas que se suelen decir.
—Es bueno saber cuáles son tus prioridades— bromeó Hermione.
—¿Qué esperabas? Llevamos más tiempo siendo amigos— comentó Ron mientras él y Harry se daban palmadas en los hombros, en una especie de abrazo varonil.
—Claro, lo conocí dos meses más tarde que tú, pero los doce años siguientes no importan. ¿Conseguiré ponerme al día en algún momento?— dijo Hermione arrastrando las palabras con sarcasmo.
—Yo no me lo tomaría como algo personal— dijo Ginny—. La gran depresión que tuvo después de que Ron se mudara de Grimmauld Place bastó para convencerme de que el suyo es un vínculo que difícilmente se va a romper jamás.
—¡Suena raro si lo dices de esa manera!— protestó Ron, y el grupo estalló en carcajadas.
Poco después, los cuatro se despidieron, y Ron se desplomó de nuevo en la silla.
—Ven— dijo perezosamente, tirando de la mano de Hermione hacia él. Ella se sentó de lado en su regazo, moviéndose un poco, tratando de arreglar la cola del vestido. Ron le rodeó la cintura e inclinó la cabeza, mientras ella le pasaba los dedos por el pelo. Cinco años y todavía no se creía lo suave que era.
Un minuto después, Ron levantó la cabeza para mirarla.
—Eres preciosa. Es probable que me acabe olvidando del resto de este espectáculo, pero siempre me voy a acordar de lo condenadamente increíble que estabas de camino al altar.
—Gracias. Yo jamás me olvidaré de tu cara. Era adorable— sonrió Hermione.
—¿Adorable?— Ron arqueó las cejas mientras Hermione asentía.
—Siento ser yo la que te lo diga, querido marido, pero hay veces en las que puedes ser adorable.
—Mmm. Llámame marido otra vez— le rogó Ron con descaro.
Hermione puso los ojos en blanco, pero no borró la sonrisa de la cara.
—Tengo el resto de la vida por delante para llamarte mi marido— entonces, se inclinó para besarlo, a lo que él correspondió con gusto.
Si alguien le hubiera dicho a Hermione Granger en aquel tren, doce años atrás, que se iba a casar con Ron Weasley, le habría dicho a esa persona que dejase de decir tonterías. Habían tenido que superar muchos obstáculos antes si quiera de considerar el hecho de pasar a ser algo más que amigos, y decir que las probabilidades se habían acumulado en su contra, era un eufemismo. Incluso su primer beso había sucedido en un momento en el que prácticamente no tenían esperanzas. Pero era eso, el hecho de estar vivos, enamorados y casados, rodeados de las personas que se preocupaban por ellos, aquello por lo que habían luchado. Hermione no habría cambiado ni un solo momento del trayecto que los había llevado hasta ahí.
