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Volátil

Summary:

Agustín sufre y a Marcos no le importa.

Notes:

Ya sé que las comillas no se usan para el diálogo en español, pero me pareció que acá las rayas quedaban mal je.
No releí esto y lo escribí todo rápido :p
Disfruten (ahre no van a disfrutar nada) (juro que no termina tan mal) (anímense)

Work Text:

Lo comprendió un martes cualquiera. El sol de verano estaba desapareciendo y siendo reemplazado por una luna mediocre y particularmente poco atractiva. Corría un viento fresco. Frío, pero no tanto. Absolutamente todo en esa tarde gritaba trivialidad y, sin embargo, marcó un punto de quiebre en la vida de Agustín. Un martes cualquiera comprendió que él era un secreto.

Pero eso es mentira, porque Agustín ya lo sabía. Lo supo desde un principio. Hasta ahora, esta tarde de martes cualquiera, había estado en un estado negación. Marcos no quería que lo vieran con él, esa era la realidad. Esa había sido siempre su realidad, e iba a serlo eternamente. Se sintió tonto por alguna vez haber pensado que podría haber sido diferente.

El agua de la ducha seguía corriendo, y él seguía frente al espejo. Se miró por unos segundos antes de acercarse a su reflejo y acariciar su rostro. Los movimientos que habían comenzado como suaves caricias se volvieron más agresivos, hasta que se encontró tironeando de sus cachetes rojos y rasguñando su frente. Quiso gritar, llorar, patalear. Quería arrodillarse frente a alguien, quien sea, y rogarle que lo quiera. Ni siquiera tenía que ser sincero. Podrían solo aparentar, y él sería feliz con su vida falsa, plástica, de juguete. Se metió a la ducha.

 

~

 

Organizaron verse un viernes cualquiera. Había pasado una semana desde la última vez. Agustín estaba contento porque iban a verse en un lugar público, finalmente.

Tal vez fue demasiado ingenuo. No, definitivamente lo era. Cuando Marcos le envió un mensaje cancelando su salida solo pudo sonreír. Sabía que iba a pasar, había pasado antes. Sabía que ahora le propondría verse en su departamento, solos. Y así fue.

Aceptó, porque disfrutaba de este amor de plástico. Era lo único que tenía.

 

~

Al estar con Marcos no podía evitar sentirse como un ladrón, robándole pedacitos de su tiempo y de él mismo. Se sentía sucio, de alguna manera. Marcos olía a colonia adolescente y a jabón, pero, al sentarse a su lado, Agustín solo olía culpa. Lo estaba ensuciando.

A veces deseaba no haberlo conocido nunca, y se daba cuenta que Marcos deseaba lo mismo.

Recordó el día de su cumpleaños. Marcos cumplía veinticuatro años, y aún vivía en Buenos Aires. Lo festejaba en la terraza de su edificio, con todos sus amigos, nuevos y viejos. Agustín lo felicitó por mensaje de audio a las 00:07. Marcos respondió con un único mensaje.

“Gracias!! Podes pasarte tipo 3 cuando ya se hayan ido todos. Yo te aviso.”

A las tres, Agustín estaba esperando afuera del edificio del más alto con una caja de regalo en sus brazos. Un taxi lo había dejado allí y, luego de unos minutos, estaba empezando a sentir mucho frío. Marcos no respondía sus mensajes, por lo que supuso que sus visitas aún no se habían ido. La brisa fría de esa madrugada primaveral se estaba haciendo inaguantable, cuando sintió el sonido de la puerta de entrada siendo abierta, y voces arrastradas que no registraba. Se dio la vuelta y caminó por la vereda hacia la avenida, intentando no ser reconocido, pero un grito débil lo hizo detenerse.

“¡Pará, ey!”. Agustín no se detuvo. De hecho, comenzó a caminar más rápido. Reconoció la voz, lamentablemente.

No escuchó como los pasos se hacían más ligeros detrás suyo y, cuando quiso doblar y desaparecerse en la esquina, una mano rápida captó la capucha de su campera, haciéndolo detener abruptamente. Cerró los ojos antes de darse la vuelta, enfrentándose con el rostro fastidiosamente presuntuoso de uno de los viejos amigos de Marcos. La luz roja del semáforo que lo iluminaba lo hacía parecer endemoniado, y las sombras en sus facciones lo volvieron algo amorfo, desfigurado. Era feo, simplemente. Agustín sonrió ante su tren de pensamiento.

Un segundo después, el más bajo fue sorprendido por un golpecito en el pecho que lo hizo perder el balance y echarse un tanto hacia atrás. No lo habían empujado con demasiada vehemencia, pero le gustaba exagerar.

“Quién…” El amigo de Marcos habló arrastrando la palabra. Un aliento a alcohol insoportable golpeó el rostro de Agustín, que aprovechó para hacer la mueca de disgusto que tenía guardada desde que vio su cara. Se llevó un nuevo golpecito desestabilizante en el pecho como respuesta. “¿Quién chota te dijo que podías venir acá?”. Enfatizó la palabra ‘chota’. En vez de sonar amenazante, sonaba ridículo.

“¿Necesito un permiso gubernamental para venir? Decime en dónde puedo llenar el formulario así la próxima traigo todos los papeles al día y puedo…” El más alto no lo dejó terminar. Lo tomó del pelo, haciendo que Agustín echara la cabeza hacia atrás, y tiró del cuello de su campera. Dolía, pero solo cerró los ojos. La agresividad, aunque deducible, lo tomó por sorpresa.

“Callate”. El alcohol podía escucharse en su voz y podía verse en la forma en la que se movía. “Callate, callate, callate, callate”. La mano que se encontraba aferrada a la campera del más bajo se movió hacia su cuello, apretando con fuerza. Observó cómo Agustín abría la boca para respirar, siendo insuficiente el aire que se colaba a sus pulmones. Disfrutaba en verlo dolorido y desesperado. El ruido estruendoso de una bocina lo hizo salir del trance en el que se encontraba y aflojar su agarre, haciendo que el más bajo cayera al suelo casi inmediatamente. Respiraba sonoramente.

Agustín, aún en el piso, sintió la mano del contrario aferrarse a su pelo, echándole la cabeza hacia atrás y obligando a mirarlo.

“No te quiere. No te quiere ver más”. Agustín negó, como pudo, con la cabeza. “Sí, sí. Se aburrió, y ya no te quiere. Te uso para coger, como experimento, y lo aburriste”. Soltó su pelo abruptamente. “Andate, hacele el favor”.

Le hizo ese favor, y volvió a su departamento pasadas las cuatro de la madrugada con moretones en el cuello y un regalo sin abrir. Recibió un mensaje de Marcos pidiendo disculpas media hora más tarde. A veces, Agustín fantaseaba con que lo había visto todo desde su balcón, sin hacer nada.

 

~

 

Agustín tenía una tendencia a la soledad, últimamente. Los meses pasaban y parecían luces que se prendían y apagaban siempre en el miso sitio. El verano estaba comenzando y el calor lo asfixiaba, y se sentía tan alejado de sí mismo que parecía que en cualquier momento su alma treparía hacia afuera y saldría de su cuerpo cansado en forma de espuma, o de vapor.

Había comenzado a tener pesadillas frecuentemente. Se levantaba agotado, y se acostaba de la misma forma. Le pareció que dejar de levantarse era más conveniente, así que dejó de hacerlo. Por unos días, por lo menos. Bajó de peso, y no soportaba mirarse al espejo porque era la viva imagen de su decadencia.

Hablaba con Marcos, a veces. Se veían una vez por semana en su departamento, y Agustín se arreglaba solo para verlo. En una ocasión, le sugirió salir a tomar algo afuera.

“Agus”. El más alto le habló como se la habla a un nene caprichoso que no entiende aún cómo funciona la vida real. “Sabés cómo son acá, con las fotos y eso. Ya habíamos hablado”.

En realidad, nunca habían hablado de eso. De hecho, apenas hablaban; últimamente se dedicaban a coger y estar en silencio. El silencio los oprimía, en verdad: comían en silencio, cogían en silencio, y hablaban en silencio. No se decían nada.

Agustín no le respondió. Ese día cogieron en silencio y se despidieron en silencio.

 

~

 

La siguiente semana, su mamá lo llamó y lo regaño por no hablarle ni mandarle mensajes. Su mamá habló, habló, y habló. Le habló de cómo estaban las plantas de su casa, y de cómo lo extrañaba su papá. Le habló de las milanesas que había hecho ese mismo día, del precio de la carne, del aceite, y del tomate. Habló hasta que se cansó. Hace mucho que Agustín no escuchaba a alguien hablar tanto, y se llenó de tantas palabras que no se dio cuenta cuando comenzó a llorar. Se tapó la boca con una mano, casi de forma natural, queriendo llorar en silencio. Cuando su mamá le preguntó qué le pasaba, de esa forma áspera que tienen las mamás de preguntar qué pasa, se permitió llorar con ruido, y gritar tanto como quisiese.

Esa habitación había estado tanto tiempo en el total silencio que hasta las paredes se sorprendieron ante el ruido repentino de una voz que parecía haber desaparecido. El llanto retumbaba en ellas, pero parecía que esa era la verdadera naturaleza de su existencia, y el propósito de su ser.

Agustín volvió a su ciudad natal días más tarde. Viajó en el colectivo de línea que más paradas tenía y disfrutó del ruido, del caos. Se sintió volátil, por una vez, y no tuvo que resignar su cuerpo para serlo.