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Llega un punto en que comienza a evitarla y eso enerva un poquito a Paloma. Solo un poquito.
El sótano de la casa de Sasha es agradable. Afuera está caluroso, pero el aire acondicionado deja la sala en una temperatura ideal. Hacía tiempo que no se juntaban todos ahí, ni en cualquier lado. Un par de meses.
Es divertido que estén todos juntos, pero ya hace rato que Paloma quiere irse a casa. Acompañada.
De Jean, obviamente.
Lo vuelve a mirar mientras se lleva su vaso a la boca. Sus ojos fijos en los ajenos a través de la habitación y se lame los labios cuando termina de beber. Él frunce apenas el ceño y voltea la mirada, robándole una risita a ella. Ya sabe que no le queda mucha voluntad.
Debería calmarse un poco- todos sus amigos están ahí y, se supone, que no saben que están saliendo.
Ahora mismo, que solo piensa en tener a Jean cerca, no se puede acordar de porqué es un secreto.
Él se levanta del sillón y se acerca a la mesa en un rincón. Ahí están todas las botellas de alcohol que trajo cada uno de los presentes, esperando a ser vaciadas una por una.
Paloma se baja lo que queda en su vaso y lo imita, parándose a su lado y dándole un pequeño empujón con el hombro.
—Está divertido, ¿no?
—Sabés que me estás tentando, ¿no? —murmura él entre complacido y molesto, y Paloma suelta una risa—, eso no es muy divertido que digamos.
—¿Cómo que no? Yo la estoy pasando bomba —devuelve ella con la risa envuelta en sus palabras.
—Sos… —Jean no encuentra palabras para describirlo, por lo que termina suspirando.
—¿Qué soy? —insiste Paloma mientras se sirve un poco de vodka en su vaso. Después, lo mira y repite—, qué soy, Kirschstein.
Él se estira para agarrar la botella de la mano de ella, acariciando sus dedos en el camino. La mira a los ojos.
—Sos hermosa —dice y después frunce la nariz, sin que su sonrisa desaparezca—, pero sos un tease.
Paloma suelta una carcajada y Jean se siente enrojecer un poco.
—Fua, alguien al fin descargó Duolingo —se burla.
—Sí, después de que alguien me rompiera las pelotas con aprender —responde, pero no hay recriminación en su voz.
Ella va a responder, pero justo cuando abre la boca, Connie la interrumpe, cantando.
—¡Yooo, que fijé las reglas, que llevé las riendas, que hice la leeey!
—Uy, este ya puso Folklore… —suspira Jean.
—Pero le pone onda —ríe Paloma.
Los dos se miran por última vez y regresan a sus asientos.
—¡Poné la de Lit Killah! —pide Historia, recibiendo una mueca de Ymir y de Jean, que justo pasaba por delante de ellas.
—Quedamos en que Connie no tenía permitido poner música desde la última vez —Ymir le recuerda a la otra mientras voltea a mirar a Connie—. Aunque pone cuerpo y alma para cantar, eh.
—¡En tu boca mordí! ¡La manzana carmín! ¡Del deseo y la tentación! —grita él, a todo pulmón, acompañado del Chaqueño Palavecino—. ¡Pero no imaginé- que evitando a la ley, en la trampa caería yooo!
—Me retracto —se queja ella—, sáquenle el escabio a este chabón.
—¡Puras leyes, puras trampas! —sigue cantando mientras se tira en el sillón junto a Ymir—, ¡inventamos al amor!
—¡Salí de acá, pelotudo!
—¡Y seguimos adelante-! —Historia se le une, dejando a Ymir apretada entre ellos, mientras cantan al unísono—, ¡corazón a corazón!
Jean ríe apenas por la escena e instintivamente busca los ojos de Paloma, pero ella ya no les presta atención porque está charlando con Mikasa. La ve que está haciendo varios gestos con las manos, le debe estar contando algo interesante.
Ah, le gustaría ir a escuchar también.
—Tenés una re cara de aburrido vos —comenta Marco y Jean voltea a él con una mueca.
—Es que esto se volvió un embole- ya ni Connie aullando casa gracia.
—¡Ey, ¿cómo que aullando?! —se queja el aludido, tirándose en el sillón junto a los otros—. Si canto precioso, vos tenés envidia.
—Sí, de la gente que no te conoce —concluye Jean y vuelve a voltear a Paloma.
Tiene ganas de ir a decirle que se vayan a otro lado, pero además de que la ve entretenida, Connie y Eren ya se auto-invitaron a su casa para dormir, porque es la más cercana. No tendrían forma de escapar de ellos.
Paloma rompe en risas y Mikasa la acompaña apenas. Jean se pregunta qué habrá sido tan gracioso- ah, sí, Armin está sentado en el suelo, riendo también. Seguro se cayó.
Jean se levanta del sillón dejando a Marco y a Connie ahí, y habla en voz alta, para que lo escuchen por encima de la música.
—¿Quién me ayuda a traer más botellas? —todos se quedan en silencio, como cada vez que pide ayuda con algo, pero tiene otras intenciones detrás de esto—. No se peleen, eh.
No quiere mirarla directamente porque eso lo haría obvio, trata de mirar a todos uno por uno, pero cuando cae en los ojos de ella, siente que está ahí más tiempo del necesario. ¿O no? Capaz volteó demasiado rápido.
Da igual, porque Paloma es la única en responder. Suelta un suspiro que le suena un poco forzado en parecer molesto y se levanta pesada.
—Te ayudo, pero la próxima, va alguien más.
La charla se reanuda, como si nadie hubiera querido hacer ruido antes para que Jean se olvidara de que estaban ahí.
—Qué manga de pajeros… —se queja él en voz alta mientras suben las escaleras hacia la cocina de arriba.
Jean sale primero y cuando Paloma hace lo mismo, él cierra la puerta detrás de ella. Su brazo queda cerca de la espalda ajena y la mira a los ojos con una sonrisa.
Se acerca despacio, pero la mano de ella se posa en su pecho, deteniéndolo.
—¿Y si alguien más está viniendo a ayudar? —susurra Paloma, sus ojos subiendo y bajando de sus ojos a su boca.
—¿Querés que ponga una silla para que no abran?
—Es una buena idea.
Comienzan a caminar hacia la cocina mientras ríen apenas, sus manos rozándose con cada paso, pero sin que ninguno las entrelace. Llegan a destino y Paloma se acerca a la heladera, como muchas veces ha hecho, y se pone a revisar lo que les queda.
Son cerca de las cuatro de la mañana, llevan un par de horas ahí y, la verdad, ya no queda tanto alcohol.
—No hay cerveza, pero hay… seis botellas de vino, todas por la mitad —dice ella y Jean se acerca con una mueca, mirando sobre su hombro.
—¿Quién mierda las dejó así?
—¿Capaz daban un trago de camino al baño? —bromea Paloma y él resopla divertido—. ¿Qué llevamos, entonces?
Jean da un paso más cerca de ella y suspira contra su hombro.
—Lo que quieras —murmura. Besa apenas la piel descubierta y Paloma no puede evitar suspirar también.
Las manos de él se colocan despacio a cada lado de sus caderas, deslizando lentamente los dedos por el escaso espacio libre que hay entre su blusa y su pantalón, y comienza a besar su cuello.
—¿Te estoy distrayendo? —susurra Jean y ella puede imaginarse a la perfección la sonrisa que acompaña esas palabras.
—Y- —su propio jadeo la interrumpe, cuando siente las manos de él metiéndose debajo de su ropa—, un poco- ¿a vos te parece?
—Sí me parece, bastante.
—Encima de que vengo a ayudarte… —finge quejarse y Jean sube sus manos mientras suelta una risita.
—Ah, es verdad —vuelve a besar su cuello y lo muerde apenas—, ¿cómo podría agradecerte la ayuda?
—Podrías-
La puerta del sótano se abre y Jean retrocede veloz, tanto que se golpea con la mesada detrás suyo.
—La puta madre —masculla mientras se acaricia la cadera.
Paloma comienza a reír y Marco aparece. Mira a Jean un momento, pero decide no preguntar.
—¿Necesitan ayuda para llevar las cosas?
—Medio tarde —responde el otro.
—Tomá, llevá esto —agrega ella, sacando cuatro botellas de vino—, nosotros llevamos el resto.
Marco asiente y regresa por donde vino.
Paloma y Jean se miran, pero ella solo vuelve a reír.
—Sos medio boludo a veces —se burla y se acerca a dejarle un beso.
—Podrías besarme donde me golpeé, ¿no?
Regresan al sótano riendo y con una botella de ron barato que encontraron en el congelador.
Cuando llegan, nadie está en su lugar, sino que están sentados en el suelo, alrededor de una botella.
—Qué onda, ¿tenemos doce? —dice Jean—. ¿Quién tuvo la idea de mierda de jugar a la botellita?
—¡Cerrá el orto!/Connie —responden todos al mismo tiempo, pero él sigue hablando—, además, no es la botellita, es el de meterse al armario con alguien para cagarse a piñas —explica con sarcasmo—, así que, siéntense, así empezamos.
—¿O si no? —cuestiona Paloma, solo para molestarlo.
—Me veré obligado a cagar a palo a Jean.
—¡Ey!
—Vas a tener que esperar a que te toque él.
—¡Che! —se queja él, mirando a Paloma—, todo mal con vos, me voy a acordar de esto, eh.
El juego empieza. El primero en dar vuelta a la botella es Connie y aterriza en Marco.
—Vamos, papito, te voy a dejar como pasamanos de subte.
—¿Por qué pasamanos?
—Por lo manoseado.
Marco ríe apenas, inseguro de si está jodiendo o no, pero igual se encamina al armario, seguido de Connie y Sasha, que va a cerrar la puerta con seguro.
—¿Es necesario eso? —pregunta Historia y la otra se encoge de hombros.
—Connie insistió- no estoy muy segura de porqué…
Nadie pregunta. El silencio comienza a envolver al grupo de forma incómoda. Siguen sentados en el suelo, alrededor de la botella, dándose cuenta de que, en realidad, no hay mucho más para hacer en el juego.
—¿Y qué trajeron de arriba? —Mikasa rompe el silencio.
Todos aprovechan ese momento para rellenar sus vasos.
Los siete minutos pasan con lentitud, entre expectación y aburrimiento. Casi festejan cuando suena el temporizador.
Connie y Marco salen del clóset.
—Todo bien con el pibe, pero fue un embole.
El juego se reanuda, todos ignorando las quejas de Connie. Le toca a Marco girar la botella y a Jean se le para el corazón cuando pasa muy despacio por Paloma, pero termina aterrizando en él. No sabe si es bueno o malo.
Se levanta sin perder tiempo, decidido a que pase de una vez y ya. Marco lo sigue y se meten al armario.
—Y… ¿qué hiciste esta semana? —pregunta él incómodo. Jean suspira.
Cuando salen, está casi seguro de que los dejaron más de lo necesario.
Ahora, le toca girar la botella y- Jean debería considerarse afortunado, porque cae en Paloma. Trata de no festejarlo, de que no sea obvio, pero cuando sus ojos se encuentran con los de ella, su corazón se acelera. Ella también estaba esperando ese desenlace. Con ansias.
—Bueno, vayamos de una vez-
—¡Fua, Jean, disimulá un poco! —se burla Eren y todos sueltan una carcajada, haciéndolo enrojecer.
—¡Para terminar de una vez con esto, pelotudo! —jadea avergonzado y se apresura al armario sin atreverse ni a mirar a Paloma.
—Siete minutos, eh —les recuerda Sasha y después se acerca a Paloma—, si querés salir antes, golpeá.
Ella solo asiente apenas y sigue al otro.
Entran al clóset. Es chico, pero se siente más grande en comparación a cuando entró con Marco. ¿Será porque ahora está casi encima de Paloma y antes no quería ni respirar cerca del otro?
—¿Y estás disfrutando de la juntada? —pregunta Jean como para disimular de que quiere hundirse ya mismo en la boca ajena.
—Está decente —responde Paloma a la vez que agarra las mejillas de él y las atrae a ella.
Jean sonríe contra su boca porque a veces se olvida de que ella lo anhela casi tanto como él a ella.
Abraza su cintura con un brazo y con la otra mano acaricia su rostro, tratando de marcar un ritmo más dulce en los besos, pero es imposible porque Paloma devora su boca como si eso hubiera sido lo único en su cabeza durante toda la noche.
—Tengo ganas desde que empezó la noche —jadea ella y Jean resopla divertido.
—Creo que lo noté —responde mirándola a los ojos y después besando su mejilla.
Sigue abrazando su cintura y su mano libre se encarga de guiar y girar su cara para dejarle espacio para besar su mentón y bajar por su cuello.
Paloma suspira en su oído y enreda sus dedos en su cabello, tirando un poco cuando él muerde su cuello y sus rodillas se aflojan.
—Si me dejás marca… —comienza ella, pero Jean ríe.
—Creo que se darían cuenta de lo que hicimos, ¿no?
—Puede ser —sonríe cuando los ojos de los dos se encuentran y después lo besa.
Jean abandona su cuello para besar y morder sus labios.
Paloma busca sus manos, las acaricia entre sus dedos cuando las encuentra y después las lleva hacia sus senos, suspirando cuando llegan ahí.
—Solo tenemos siete minutos… —se queja Jean.
—¿Preocupado por lo que haremos con los seis minutos restantes?
Los acaricia sobre la fina ropa de verano, busca sus pezones que lentamente se van endureciendo. Paloma suspira contra su boca, pegándose más, buscando sentir sus manos más cerca de ella.
Jean comienza a subirle la remera mientras la besa y acaricia sus senos por encima del corpiño. Siente el encaje en las yemas de sus dedos y, si bien quiere mirar, no quiere soltar su boca.
—Me puse el que te gusta —murmura ella—, el verde.
—¿El verde? —repite él, mirando sus ojos y decepcionado de que esté oscuro.
Paloma asiente—, todo el conjunto.
Se muere por prender la luz y desnudarla. O al revés, no le importa el orden. Solo le importa no estar en ese armario de mierda, porque quisiera estar en cualquier otro lado con ella.
—Me encanta ese conjunto —dice Jean con voz grave y gutural, haciendo énfasis en la palabra. Se agacha y lleva su boca a su pecho, besándola suavemente—. Top tres mejores compras.
—¿Cuáles son las otras dos-? No te atrevas a decir el aro-
—Obviamente, el aro de básquet, pero también el microondas.
—¿Mi ropa interior está después del aro de mierda y el microondas? —cuestiona Paloma con la risa acompañando su voz.
—¡Es que! —se excusa Jean, soltando también una risita—, cuando estoy cagado de hambre después del trabajo, en solo cinco, cinco, minutos, puedo comer.
—Dios.
—Es un top que varía —agrega y vuelve a besar su pecho—, la mayoría de las veces, el conjunto está primero.
No está segura de cómo responder a eso, pero como que la conversación lentamente va perdiendo relevancia en su cabeza. Sus pensamientos son invadidos por las caricias de Jean, sus dedos quemando la piel de su cadera y su boca dejando un camino por todo su pecho.
La presiona más contra él y las manos de Paloma regresan a su pelo. Quiere que la toque más, sentir su piel contra la de ella y que no se detenga por, mínimo, los siete minutos que se supone que tienen.
Cada vez le cuesta más reprimir los suspiros y jadeos, y capaz eso es lo que le dice a Jean que es momento de quitar la ropa del medio.
Las manos de él suben despacio, haciéndole cosquillas durante todo el recorrido, y se detienen sobre sus senos.
Jean se endereza y busca la boca de Paloma mientras que sus dedos liberan sus senos de la lencería verde que tanto le encanta, y acarician sus pezones.
Sus labios amortiguan los gemidos de ella, a pesar de que se muere por escucharla. Se aleja un poco, los ojos de Jean abiertos para poder apreciar lo que le está provocando, pero por poco tiempo, porque vuelve a inclinarse. Vuelve a besar su pecho y sus senos, y después pasa a un pezón, para morderlo y lamerlo. Siente que una mano de Paloma se aleja de su cabello; seguramente se dirige a su propia boca, para amortiguar los sonidos.
—Jean… —suspira ella y lo vuelve loco y quiere seguir y quiere tocarla más y quiere no que susurre su nombre, sino que lo diga, que lo grite, pero-
—Seguimos en el armario —murmura molesto y se pone derecho—, en cualquier momento podrían venir los demás.
Paloma frunce la nariz, también molesta por la situación, y se acerca a abrazarlo. Busca su boca y acaricia el rostro de él. Siente la barba incipiente de él raspando sus dedos y le encanta, pero le encantaría más si la sintiera en…
—Estabas hermosa hoy… Estás, en realidad —dice Jean, sujetando su rostro con una mano y besando su cuello.
—Ah, ¿sí? —sonríe ella—, ¿qué más?
Paloma se pega más a él, acaricia sus brazos, su pecho, su estómago.
Y hay una pequeña voz en su cabeza que le dice que no es el lugar, ni en momento, pero apenas puede escucharla por culpa del alcohol y la calentura que tiene encima. La ignora y baja más sus manos, acariciando la entrepierna de él.
—Me gusta cuando, ah… —Jean jadea y ella le besa la barbilla—, me gusta cuando tenés el pelo atado-
Se le escapa un jadeo y Paloma lo mira.
—¿Cómo decías? —instiga, acariciando con más fuerza esa zona.
—Pal- Paloma —su voz tiembla, pero se recompone—, están los demás afuera, además…
Se le nota avergonzado.
—Terminaría con una erección —concluye Jean con un hilo de voz.
—No pasa nada, soy rápida —retruca con una sonrisa, robándole el aliento.
Se pone de rodillas sin romper el contacto visual, esperando una queja o una confirmación.
Desabrocha el cinturón de Jean. Luego el primer botón y después el cierre. La prenda baja un poco y Paloma mueve las cejas. Se acerca despacio a la entrepierna de Jean.
—Sabés que puedo ser rápida —insiste.
Él se muerde el labio inferior y termina cediendo, recibiendo la boca de ella contra su ropa interior. Lo besa y lo lame, buscando el punto que lo haga estremecerse más.
Capaz es culpa de los suspiros que ninguno de ellos escuche las voces o el sonido del picaporte girando.
—Tiempo- —dice Connie con un canturreo, pero su voz muere en su garganta.
—¡Hijo de puta! —jadea Sasha—, ¿¡qué carajo le estás haciendo a Paloma!?
Jean se sujeta la ropa a toda velocidad, tratando de acomodarla, y Paloma cae hacia atrás, sentada de culo, mientras se baja la blusa, tapando sus senos.
—¡No es lo que-!
—¡Te voy a dejar la columna como una z! —grita Sasha y abraza a Paloma como si quisiera protegerla.
—¡Estamos juntos! —interviene la otra, su ropa ya en su lugar, sujetando los brazos de Sasha—. ¡Estamos juntos!
Hay un momento en silencio en el cual los cuatro se miran, ojos que saltan de persona en persona.
—Bueno —Connie suspira con una risita—, esto es incómodo.
