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our missing year

Summary:

Un pequeño y desordenado ramo de tulipanes rojos yacía en la mesa y a Reo se le cortó la respiración.

—¿Tulipanes?— dijo sin girarse a ver a Nagi.

—Dijiste que no te gustan las rosas— contestó como si fuese suficiente explicación.

Reo cerró los ojos y se frotó las sienes, sintiendo que le empezaba a doler la cabeza. No tenía tiempo para esto.

—¿De dónde los sacaste?— no recibió respuesta—. Dime por favor que los compraste en una floristería y no los arrancase del jardín de mi madre— escuchó al caballero alejarse lentamente—. ¡Nagi Seishiro!

 

O donde Nagi y Reo eran una pareja de cuentos de hadas hasta que dejaron de serlo y Nagi intenta reconquistar a su príncipe

Reonagi week 2023 día 5, prompst(s) usados: Breakup / Royalty AU

Notes:

Día 5!

Como siempre, muchísimas gracias a @alexdomingeez en twitter por ser el beta reader!

Este es el fic más largo que escribí para la week y también el que más me costó. Después de quince días de estrés, una lloradita de frustración en un tren, reescribirlo cuatro veces y plantearme abandonarlo, aquí estamos! Soy demasiado terca y esto ya era personal, pero al final me gustó bastante el resultado!

Pues nada, gracias por darle una oportunidad y disfruten!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

La biblioteca real se había vuelto la nueva casa de Reo. Pasaba todos los días en la gran sala, sentado en una mesa durante horas, sin levantar la cabeza, mientras decenas de libros lo rodeaban. Ese año su padre había empezado a darle más responsabilidades como heredero al trono y le daba siempre los problemas más estúpidos, pero complicados, como castigo por lo que había pasado en el último banquete de Año Nuevo.

Si a Reo le preguntabas, los conflictos que tenía que revisar eran una tontería. La gran mayoría eran nobles cincuentones peleando y amenazando con declararse la guerra entre ellos por pequeñas parcelas de territorio que no le pertenecían a nadie. Y al final siempre se descubría que en realidad estaban peleando porque la amante de uno se acostó con el otro y toda excusa era buena para “recuperar su honor”.

Si Reo fuese su padre, si fuese el rey, sería tan fácil como decirles que parasen para conseguirlo; sin embargo, Reo no era el rey. Reo era el heredero perfecto al que todos aspiraban ser, el chico que tenía mucho potencial para gobernar, pero que en el fondo solo tenía diecinueve años. Y nada les dolía más en el orgullo a esos nobles que recibir órdenes de lo que consideraban un crío sin experiencia en el mundo real, por muy príncipe que fuese.

—¿No pueden solucionarlo con un duelo a muerte como hacían hace un par de décadas?— se quejó mientras cambiaba de libro.

—Reo— habló Nagi a sus espaldas por primera vez en el día y el heredero se dio cuenta de que en algún punto se había olvidado de su presencia, lo que era extremadamente estúpido de su parte. Nagi era su caballero personal, siempre estaba a sus espaldas, como una segunda sombra.

—No tengo tiempo— contestó secamente. Habían pasado cinco meses, pero aún tenía la espina clavada y no podía evitar llenarse de rabia cada vez que el otro le dirigía la palabra. Intentaba ser cordial y amigable cuando estaban en público, pero de puertas adentro no tenía la misma cortesía.

Reo sintió a Nagi acercarse y dejar algo encima de la mesa frente a él, antes de volver a tomar su puesto. Reo quiso hacerse de rogar e ignorarlo, como llevaba haciendo esos meses, pero como con todo lo relacionado con Nagi, le acabó pudiendo la curiosidad y levantó la vista del montón de libros. Un pequeño y desordenado ramo de tulipanes rojos yacía allí y a Reo se le cortó la respiración.

—¿Tulipanes?— dijo sin girarse a ver a Nagi.

—Dijiste que no te gustan las rosas— contestó como si fuese suficiente explicación.

Reo cerró los ojos y se frotó las sienes, sintiendo que le empezaba a doler la cabeza. No tenía tiempo para esto.

—¿De dónde los sacaste?— no recibió respuesta—. Dime por favor que los compraste en una floristería y no los arrancase del jardín de mi madre— escuchó al caballero alejarse lentamente—. ¡Nagi Seishiro!

El caballero se detuvo nada más escuchar su nombre completo, Reo solo lo usaba cuando estaba enfadado con él. Se había acostumbrado a escucharlo casi diariamente desde el banquete de Año Nuevo, desde que Reo anunció su relación al público en dicho evento y las cosas entre ellos empeoraron hasta llegar al punto de romper apenas dos meses más tarde.

—Vamos a disculparnos con el jardinero real— dijo el príncipe mientras se levantaba y agarraba el ramo con una mano y la muñeca de Nagi con la otra.

Los dos notaron que usó el plural cuando solo uno de ellos se tenía que disculpar, pero ninguno comentó nada. Habían sido una pareja, un dúo, un pack de dos desde que tenían trece años y cambiar el hábito era difícil. A Reo le avergonzaba seguir pensando en ellos como un conjunto, pero a Nagi se le llenaba el corazón cada vez que lo escuchaba.

En el pasillo se toparon con Ba-ya, que cargaba una bandeja con té y pastas en dirección a la biblioteca. La mujer sonrió al ver la imagen de ellos juntos andando de la mano, pero no dijo nada al respecto. Ella había sido la persona que más apoyo les había brindado durante los dos años y medio que estuvieron juntos y también fue la más decepcionada cuando le desvelaron la ruptura.

—Estaba de camino a llevarle algo de comer. ¿Prefiere que lo lleve al jardín? Hoy hace un muy buen día.

—No, déjalo en la biblioteca— contestó Reo con el ceño ligeramente fruncido—. Solo vamos a hablar con el jardinero real un momento.

—A sus órdenes— hizo una reverencia mientras los dos chicos pasaban a su lado—. Por cierto, joven amo, su majestad la reina quería saber si este año va a ir a las festividades por su nacimiento.

Eso hizo que Reo se detuviese en seco y se girase a verla pensativamente.

—Depende de lo ocupado que esté por esas fechas. ¿Cuánto queda para la celebración?

—Dos semanas— contestó Ba-ya al momento, como si ya hubiese estado preparada para la pregunta.

—Dos…— repitió en bajo y miró por uno de los ventanales del pasillo. El sol brillaba con fuerza y todos los sirvientes en el jardín vestían el uniforme de verano—. ¿Ya es julio?— dejó escapar incrédulo y sintió las miradas preocupadas de Nagi y Ba-ya sobre él.

Estaba tan ocupado con los trabajos de su padre y encerrado todos los días en la biblioteca que había olvidado por completo qué día era. Al punto de que cuando se quiso dar cuenta, ya había pasado más de medio año y lo único que había hecho en esos meses era trabajar sin descanso.

Recordó lo bien que se lo había pasado el año anterior cuando Nagi y él lo celebraron juntos y lo libre que se sentía en aquella época. En alguna parte del escritorio de su cuarto debían estar todavía las ideas, que había escrito con ilusión, para su cumpleaños y el de Nagi. Se le revolvió el estómago. Había pasado el de Nagi y ni se había enterado y si no hubiese sido por Ba-ya, se hubiese olvidado del suyo.

Respiró profundo y sintió que le empezaban a picar los ojos con las lágrimas que llevaba ignorando desde febrero. No tenía tiempo para pensar en esas cosas. Los trabajos de su padre, su trabajo como heredero, eran más importantes.

—Por favor infórmele a su majestad que no podré asistir— acabó diciendo, apretó inconscientemente su agarre en la muñeca de Nagi y retomó la marcha, arrastrándole con él.

Aminoró el paso cuando estuvieron lo suficientemente lejos y sintió que no se iba a poner a llorar a la mínima. Si el albino había notado algo, no había dicho nada y eran momentos como esos en los que Reo agradecía la pasividad del caballero.

—Reo— llamó el otro cuando salieron al jardín.

El príncipe esperó a lo que fuese que iba a decir, pero Nagi no dijo nada.

 

 Los dos se habían conocido cuando tenían trece años. Reo se había escabullido un día a uno de los pueblos cercanos queriendo interactuar con gente que no lo tratase como si fuese de cristal y grande había sido su decepción al darse cuenta de que daba igual en qué parte del reino estuviese, todos conocían la cara del heredero al trono. Se había querido ir, disgustándole la actitud de la gente a su alrededor, pero tampoco había querido regresar a su casa y al final había acabado escapando hacia un bosque cercano.

Al menos los animales no me tratan diferente por ser quien soy, había pensado frustrado.

Allí, en medio del bosque, se había topado con un cuerpo que yacía en el suelo inmóvil. Su primer instinto había sido gritar; su segundo, comprobar si la persona estaba viva o muerta. Se había acercado temeroso, con piernas temblorosas y aguantando el aliento.

Ya más cerca había podido observar que se trataba de un niño de su edad de pelo blanco y piel pálida. Era extremadamente delgado y su ropa estaba sucia y desgarrada. Reo había visto a mucha gente similar en los barrios bajos de la capital, pero nunca se había acercado tanto a ninguno de ellos.

Había extendido la mano para comprobar si respiraba cuando de repente sus ojos se abrieron y se posaron en él. Reo sentía que se le había parado el corazón del susto y sus piernas habían cedido. El niño se había erguido lentamente, sus ojos fijos en el desconocido que estaba sentado y temblando a su lado.

—¿Quién eres?— había preguntado con voz llena de sueño y Reo se había estremecido.

¿Por fin alguien que no me conoce?

—Reo.

—Oh, como el príncipe.

La esperanza había muerto tan rápido como había aparecido. Estaba claro que era imposible vivir en ese reino y no conocerle.

—¿Qué estabas haciendo aquí tirado?— había cambiado de tema, en un vano intento de distraerse de la decepción que había llenado su ser—. Pensaba que habías…

El niño había parpadeado lentamente y su inexpresividad le ponía los pelos de punta. Por primera vez Reo se encontraba ante alguien que no podía leer.

—Estaba echándome una siesta.

—¿En medio del bosque?— lo miró con los ojos abiertos de par en par—. ¿No es peligroso?

—Nunca me ha pasado nada…

—¿Y tu familia no se preocupa?— Reo no podía dar un paso sin que hubiese alguien encima suya. Estaba seguro de que esta escapada había dejado al palacio en caos y le esperaba una reprimenda cuando volviese.

—No tengo— lo había dicho como si no tuviese nada que ver con él.

—¿Vives solo?

—Tengo a Choki.

—¿Choki? Qué nombre más extraño. Nunca he conocido a nadie llamado así.

—Es una planta.

Por alguna razón a Reo le había hecho gracia y parecido adorable. El niño había hecho un puchero al verle reír y era la primera emoción clara que Reo le había visto.

Aquella tarde en ese bosque los dos habían hablado durante horas, hasta que el sol empezó a ponerse y Reo se dio cuenta de que tenía que volver. Podía haberse marchado, dejando al niño donde lo había encontrado, dejando esa tarde como un agradable recuerdo de la infancia. Pero algo se había revuelto en el estómago de Reo y por alguna razón que en aquel momento no entendía, cometió una locura por primera vez en su vida.

—¿Por qué no te vienes a vivir conmigo?— había ofrecido.

El niño lo había mirado sorprendido y Reo había empezado a arrepentirse, no sabiendo qué hacer en caso de que lo rechazase. Se había encariñado demasiado con él en el poco tiempo que habían interactuado.

—De acuerdo… Pero tiene que venir Choki.

—¡Por supuesto!— había sonreído ampliamente, lleno de una ilusión y felicidad que no sabía de dónde salían.

Pero al padre de Reo no le había gustado Nagi, ¿y quién podía culparlo? Su hijo de trece años había desaparecido todo el día y había vuelto con otro niño que parecía estar a punto de morir de malnutrición y una pequeña planta en brazos, proclamando que ahora iban a vivir con ellos en el palacio real.

 

Reo nunca pensaba con claridad cuando se trataba de Nagi y por eso su padre no acababa de aceptar al chico que llevaba viviendo con ellos siete años, siendo caballero real los últimos cuatro. Reo llevaba todo el año no queriendo pensar en todo lo que había pasado entre Nagi y él en los últimos nueve meses, pero su padre no podía tener una conversación con él sin sacar el tema. Alegría y alivio llenaban sus palabras y Reo se dividía entre querer gritarle de frustración y no volver a dirigirle la palabra nunca más en su vida.

Esta vez parecía que por fin su padre se había cansado del tema, pero Reo seguía en alerta. El desayuno estaba siendo demasiado tranquilo y el rey no le había mirado con decepción o hecho algún comentario hacia él por primera vez en un año y eso le ponía de los nervios. Su padre no era el tipo de persona que se olvidaba de las cosas de la noche a la mañana y el lado rencoroso de Reo lo había heredado de él.

—En un mes es ya el banquete de Año Nuevo— dijo su padre de repente, mirando fijamente a su hijo—. Este año quiero que te encargues tú de organizarlo.

Reo sintió que se le caía el alma a los pies y la sonrisa de su padre le puso los pelos de punta. El hombre había estado ahogándole a trabajo desde el banquete del año anterior, mirándole condescendientemente, criticando cada una de sus acciones y riendo de su situación actual con Nagi. Reo creía que se cansaría dentro de poco, que tras un año de castigo lo acabaría dejando, pero su padre se había guardado una última sorpresa, una última humillación, y Reo recordaba entonces que el hombre era conocido por sus múltiples métodos de tortura psicológica.

—¿Pero ese no es el trabajo favorito de madre?— se atrevió a preguntar con una sonrisa forzada, rogando mentalmente que su madre tuviese piedad por él y por fin detuviese a su padre.

—Oh, cielo, no me importa que este año te encargues tú— contestó ella dulcemente y Reo ocultó sus temblorosas manos debajo de la mesa.

—Si quieres heredar el trono, tienes que demostrar que al menos sabes organizar una festividad— dijo su padre con un falso tono de amabilidad que hizo que se le revolviese el estómago—. Estoy deseando ver cómo decides explicarle al pueblo por qué no vas acompañado del que presentaste como el amor de tu vida el año pasado.

Hasta su madre perdió la sonrisa al escuchar el comentario. Había sido un golpe bajo, pero Reo se negaba a darle el gusto de verle llorar. No le hacía falta darse la vuelta para saber que Nagi estaba fulminando al hombre con la mirada y que la sonrisa de Ba-ya se había vuelto un poco más tensa.

Pero nadie podía llevarle la contraria al rey o hablar en su contra, menos aún en su propio palacio. Reo contó mentalmente hasta diez y apretó y cerró sus puños debajo de la mesa un par de veces.

—Está bien— agradeció mentalmente que no se le cortase la voz y añadió el banquete de Año Nuevo a su larga lista de tareas pendientes que le quitaban el sueño.

Sobre la ruptura de Nagi y él… Bueno, ya se le ocurriría algo más tarde, no quería pensar en ello.

 

El desagrado que sentía el padre de Reo hacia Nagi era mutuo. Nunca se lo había dicho a Reo porque sabía que el príncipe se escandalizaría, pero sabía que el de pelo morado estaba al tanto de su desagrado. Por eso cada vez que no podía más y quería hablar pestes del rey, se iba a la gran despensa a reunirse con las otras tres personas que consideraba sus amigos en ese palacio.

Isagi y Barou eran hijos de los cocineros reales y se habían criado en las cocinas mientras que Bachira era el hijo de una de las tutoras de Reo y artistas que vivían allí a cambio de pintar para sus majestades. Los tres y Nagi tenían más o menos la misma edad y eso había hecho que se hiciesen amigos cuando el albino llegó al palacio y no tenía nada que hacer. No podía seguir a Reo a todas partes, así que se iba a la despensa con los otros tres a pasar el rato hasta que el príncipe lo iba a buscar.

El comentario del padre de Reo del desayuno lo tenía grabado a fuego y llevaba todo el día con una rabia contenida que estaba a punto de explotar. Aprovechó para escaparse cuando Ba-ya apareció para traerle comida a Reo y no tardó en encontrar a Isagi entre los fogones y arrastrarlo a una esquina de la despensa.

—¿Qué pasó?— preguntó preocupado una vez se aseguraron de que no había nadie alrededor.

—El rey— dijo secamente e Isagi suspiró cansado.

—¿Otra vez? ¿Qué dijo ahora?

Nagi de vez en cuando se quejaba del hombre y esas quejas habían ido aumentando gradualmente desde que Reo y él se habían hecho pareja. Pero el último año había sido exagerado, casi todos los días aparecía Nagi para desahogarse y hablar del padre. Aun cuando el príncipe y él habían cortado, Isagi no escuchó ni una queja sobre el heredero. Siempre era todo sobre el rey.

—Quiere que Reo organice el banquete de Año Nuevo y anuncie nuestra ruptura.

Isagi hizo una mueca y le mandó apoyo mentalmente al príncipe. El pueblo los adoraba como pareja y hablaban de ellos como si fuese una historia de cuento de hadas. La reacción negativa cuando se supiese que lo habían dejado iba a ser horrible y ya podía imaginarse la cantidad de críticas que iba a recibir Reo. La gente buscaría alguien a quien echarle la culpa y la respuesta fácil sería el príncipe que se había criado entre riqueza y los muros de palacio, no el caballero de orígenes humildes con el que se sentían identificados.

—Bueno, si consigues volver a salir con él antes del banquete, todo estaría solucionado. No habría nada que anunciar— dijo una voz a sus espaldas y los dos se giraron para ver llegar a Bachira.

—Pero Reo no quiere— contestó el albino cabizbajo.

—¿Seguro? ¿Le regalaste las flores como te dije?— preguntó Isagi y Nagi asintió suavemente—. ¿Y el poema?

—Lo leyó y me preguntó si estaba practicando para hacer llorar de horror a los escritores reales…

—La poesía no es tu fuerte— rio Bachira—. ¡Yo sigo votando por los fuegos artificiales! Son infalibles.

—No— cortó Isagi la idea rápidamente. Lo último que necesitaban era hacer una escena y estaba seguro de que Reo los mataría si intentaban tocar algo de la pirotecnia cuando el banquete de Año Nuevo era en un mes—. ¿Probaste con la serenata que te enseñé?

—Sí, pero Reo se durmió antes de que pudiese empezar a tocar— hizo un puchero y recordó la situación. Acababan de terminar de almorzar y Nagi había convencido a Reo bajo la excusa de que criticase su mejoría con la guitarra. Se había ido un momento para buscar el instrumento y cuando había vuelto el príncipe se había quedado dormido. Sabía que Reo llevaba varios meses descansando mal por culpa del estrés, así que se resignó a cargarlo hasta uno de los sofás de la biblioteca y cubrirlo con una manta.

—¿Y la cena romántica?

Bachira y Nagi miraron a Isagi como si fuese estúpido y este último acabó suspirando. A veces se le olvidaba que el caballero solo era bueno para proteger a Reo y seguirle a todas partes.

—Pues ya no sé qué decir.

—¡Fuegos artificiales!— insistió Bachira.

La puerta de la despensa se abrió y los tres se giraron para ver a Barou entrar cargando una caja. Isagi se acercó rápidamente a ayudarlo y se disculpó cuando recordó que ese día llegaban las provisiones del mes y era el trabajo de ambos descargar y guardar todo.

—¿Ya estáis holgazaneando de nuevo?— dijo claramente enfadado. Cada vez que Nagi se llevaba a Isagi significaba más trabajo para él y ya estaba lo suficientemente sobreexplotado como para cubrir por otra persona.

Nagi no se dignó a contestarle, pero Bachira contestó sonriendo.

—Estamos tratando un tema importante.

—Lo que sea que está pasando entre esos dos estúpidos no es importante— respondió mirando a Nagi con desdén—. Podríais arreglarlo teniendo una simple conversación, pero sois inútiles hasta para eso.

—¡Barou!— exclamó Isagi escandalizado, cansado de repetirle que no podía seguir insultando a alguien de la familia real y que eso podía acarrearle serios problemas.

Nagi repitió mentalmente lo que acababa de decir el otro mientras él e Isagi discutían de fondo. Era cierto que ninguno de los había hablado seriamente de nada de lo que había pasado y quizá esa solución funcionase. Cuando le había propuesto dejarlo a Reo, había pensado que su padre rebajaría el castigo del príncipe por haber hecho pública su relación sin permiso o aviso previo. Pero Nagi había subestimado el enfado del rey y el hombre siguió ahogando a Reo a trabajo mientras se burlaba de que ya no fueran pareja.

Había estado intentado disculparse y volver con Reo desde entonces, pero el otro hacía caso omiso a sus gestos románticos (o intentos de) y Nagi empezaría a pensar que el otro ya había pasado página si no lo conociese tanto. Reo siempre había tratado a Nagi distinto al resto del mundo y hacía cosas por él que no haría por nadie más, aunque esas cosas fueran hablarle de forma cortante y no mantener su imagen de cordialidad cuando estaban solos.

 

Reo se había despertado con dolor de cabeza y no podía moverse sin sentir una punzada de dolor atravesarle el cráneo. Ba-ya había ido a buscar alguna medicina mientras Reo se lamentaba de todo lo que tenía que hacer ese día.

El banquete de Año Nuevo comenzaba a las doce y él tenía que asegurarse de que todo estaba listo y preparado antes de las diez. Estaba en cama mirando fijamente al reloj en la pared, eran las siete y su cuerpo le pedía volver a dormir y no levantarse en todo el día, pero sus responsabilidades no se lo permitían.

Nagi estaba de pie al lado de la puerta y no había parado de jugar con las mangas de su uniforme desde que había llegado. Reo sabía que eso significaba que estaba dudando sobre hacer algo o no, pero prefería no darle atención ninguna, no el día del banquete. No se encontraba con ganas de que se le arruinase aún más el día.

Nagi y el banquete eran un recordatorio constante de los errores que había cometido el año anterior y por mucho que su padre lo intentase, ningún castigo era mayor que la vergüenza que sentía. Aún tenía que pensar en qué iba a decir para anunciar la ruptura, había estado posponiendo aquello hasta el último momento posible.

—Reo.

Parecía que al final el caballero se había decidió y Reo no se dio la vuelta, prefiriendo hacer como que estaba dormido para ver si se cansaba y lo dejaba.

—Reo— insistió y el príncipe escuchó cómo se acercaba a la cama—. Sé que estás despierto.

Reo chascó la lengua y se giró para fulminarlo con la mirada, pero la intensidad del gesto se rompió cuando hizo una mueca por la punzada de dolor.

—Ah— eso hizo a Nagi detenerse de forma incómoda—. ¿Estás bien?

—¿Tú qué crees?— dijo entre dientes mientras se frotaba una de las sienes.

Nagi volvió a jugar distraídamente con las mangas del uniforme.

—Reo, ¿podemos hablar?

—¿Sobre qué?— escupió sintiendo que se llenaba de rabia. Normalmente intentaría calmarse y actuar indiferente, pero ese día no tenía la paciencia para ello.

—Sobre nosotros.

—No hay nada que decir.

Nagi lo ignoró.

—Reo, ¿por qué cortamos?

Esa pregunta fue la gota que colmó el vaso. Reo se sentó de golpe, parando un par de segundos para calmar el dolor de cabeza, antes de volver a mirar a Nagi.

—No sé, dímelo tú— la frustración y rabia llenaba cada una de sus palabras y la impasividad de Nagi lo hacía sentir peor, parecía que solo le afectaba a él—. ¡Tú fuiste el que me dijo de cortar apenas dos meses después de hacerlo público! ¡Y luego tienes el descaro de mandarme flores y gestos románticos cuando nunca lo habías hecho mientras salíamos! ¡¿Sabes cómo me hace sentir?! ¡¿Acaso te parece divertido jugar con mis sentimientos?!

—Reo…

—¡No quiero escucharlo!— lo interrumpió levantándose para salir de la habitación. Sentía que estaba perdiendo el control de sus emociones y ya había dicho más de lo que quería. Hacer saber a Nagi que le seguía afectando tanto casi un año tras la ruptura se sentía como una derrota—. Y no me dirijas la palabra en lo que queda de día, tengo cosas más importantes que hacer que seguirte el juego— avisó antes de salir del cuarto.

Le daba igual seguir en pijama y Ba-ya le estaba llamando escandalizada con la medicina en la mano. Necesitaba alejarse lo máximo posible de Nagi.

 

El banquete estaba siendo todo un éxito, pero la intensa mirada de su padre le llevaba incomodando desde hacía ya varias horas. Ya había anochecido y la gente esperaba ansiosa la medianoche para los fuegos artificiales y Reo aún no había anunciado la ruptura. Lo había intentado en varias ocasiones, pero las miradas ilusionadas del pueblo cuando le veían andando con Nagi a su lado le cortaba la voz. Ya le costaba cargar con la decepción y lástima que sentía y con las que le veía Ba-ya; no se veía capaz de lidiar con la del pueblo entero.

—Su alteza real.

Una de las hijas de algún noble importante se acercó e hizo una pequeña reverencia. Reo le sonrió educadamente y por el rabillo del ojo vio a su padre sonreír orgulloso. Ah, se trataba de alguna chica que quería como futura nuera.

Los dos hablaron durante un rato sobre el banquete y la familia de ella. Reo se aseguró de mantener cierta distancia en todo momento y dejar claro con su actitud de que no estaba interesado, pero ella no parecía captar el mensaje, pensando que las sonrisas educadas implican algo más.

—Su alteza real, perdone mi insolencia, pero no he podido evitar fijarme que su acompañante no viste de manera adecuada— dijo llevándose una mano a la boca, como para que nadie excepto ellos lo escuchasen, pero su tono de voz fue lo suficientemente alto y las personas de alrededor empezaron a prestar atención a la conversación.

Reo se tensó y se maldijo mentalmente por bajar la guardia. Su padre la había mandado no solo para que ligase con él, sino que también para obligar a Reo a anunciar la ruptura. Los acompañantes oficiales de la familia real siempre tenían que vestir de una forma concreta para representar su estatus, pero Nagi vestía simplemente el uniforme de gala de la guardia real. Nagi y él habían estado pegados toda la noche y nadie había cuestionado su relación, pero ahora que la chica señalaba la incongruencia, la gente no podía evitar sospechar.

Era la oportunidad perfecta para descubrir la verdad, pero el peso de todas las miradas que estaban sobre él le hizo congelarse. No podía decir nada.

—Considero que proteger a Reo es más importante que atender el banquete como su pareja— intervino Nagi y todos alrededor abrieron la boca sorprendidos. Nadie se atrevía a llamar públicamente a alguien de la familia real por el nombre; ni siquiera lo hacían entre ellos pese a ser familia. Era una clara ruptura del protocolo y podía tomarse como una gran ofensa.

La chica miró confundida hacia el rey, pero este no había escuchado desde donde se encontraba. La gente alrededor empezó a murmurar; por supuesto que no había nada raro, el caballero personal del príncipe no iba a dejar de trabajar en un evento tan importante.

Reo no dejó que la sorpresa porque Nagi interviniera se notase en su cara y se despidió de los presentes con sonrisas cordiales antes de arrastrar al caballero con él. Salieron de la gran sala principal y subieron a la siguiente planta. Caminaron hasta llegar a una de las muchas habitaciones que no frecuentaba nadie.

Nagi se quedó de pie en medio de la habitación sin saber qué hacer mientras Reo abría la puerta del balcón para salir a tomar aire. La actitud del albino desde que habían cortado y sus ganas de hablar esa mañana le habían hecho pensar durante el resto del día y había concluido que debía actuar con madurez por una vez y escuchar lo que tenía que decir. Quizá entonces podría cerrar ese capítulo de su vida y pasar página.

—Dijiste que querías hablar sobre nosotros— empezó cuando sintió a Nagi acercarse en silencio—. Y tienes razón, hay mucho que deberíamos aclarar. Lo siento por cómo te trate esta mañana.

—Te encontrabas mal.

—Eso no es excusa para tratar mal a nadie— suspiró y se apoyó en la baranda—. ¿Sabes? Estoy cansado de sentirme fatal cada vez que me hablas o alguien me recuerda que fuimos pareja y ya no lo somos. Necesito pasar página, pero no sé cómo.

—No hace falta, podemos volver…

—Nagi— lo cortó antes de que siguiese y el caballero hizo un puchero—. No estábamos bien, llevábamos desde el banquete de Año Nuevo discutiendo todos los días. Por mucho que me duela admitirlo, tu propuesta de cortar era lo correcto— Nagi abrió la boca para rebatir, pero Reo siguió hablando para no dejarle—. He tardado meses en aceptarlo, pero tenías razón. Me equivoqué, no debí anunciar lo nuestro sin consultarlo antes contigo. Con razón estabas molesto conmigo desde el banquete, te hice ser el centro de atención cuando menos te lo esperabas— sintió que le empezaban a picar los ojos por lágrimas no derramadas. Ese año lo había perdido todo, al amor de su vida, el respeto de su padre y ahora su orgullo.

Nagi levantó una mano y le acarició la mejilla suavemente. El toque sorprendió a Reo, pero no se alejó. Hacía frío y la calidez del otro era agradable. Era el primer contacto íntimo que tenían en casi un año y la forma en que Nagi le estaba mirando hacía que Reo sintiese que se podía derretir en cualquier momento. Intentó resistir esos sentimientos, ignorarlos o hacerlos desaparecer, pero su raciocinio se evaporaba cuando se trataba del caballero de pelo blanco.

—¿Puedo hablar ahora?— preguntó Nagi y pensó un rato antes de cambiar la pregunta—. ¿Me vas a escuchar?

—Lo intentaré.

Reo no quería mentir y ambos sabían lo emocional que se podía llegar a poner cuando se trataba de ellos.

—Es cierto que estaba molesto contigo— admitió Nagi. Sintió a Reo tensarse y corrió a seguir hablando antes de que el príncipe se cerrase en sí mismo—. No era porque hiciste la relación pública. De hecho, me gusta que el resto del mundo sepa que eres mío.

Las mejillas de Reo se pusieron rojas y sintió que se le paraba el corazón. Algo en su interior estaba gritando y celebrando porque lo había dicho en presente, pero aún no se atrevía a ilusionarse.

Nagi cogió aire profundamente y parecía que lo siguiente que quería decir le costaba. Reo se preparó para lo peor.

—No soporto a tu padre.

Reo parpadeó un par de veces y Nagi parpadeó de vuelta.

—¿Perdón?

—No soporto a tu padre— repitió seriamente.

—Eso…— la confusión era obvia en su rostro—. Ya lo sé, lo llevo sabiendo años. Hasta sé que hablas mal de él con Isagi, Bachira y Barou— frunció el ceño—. ¿Qué tiene esto que ver con nuestra ruptura?

—Me molesta que te trate mal, que su opinión te importe tanto por muy estúpida que sea— levantó la otra mano para tomar el rostro de Reo entre sus manos y no dejarle apartar la mirada—. Me molesta que te dejes pisotear por él.

Reo abrió los ojos de par en par, sin saber si estaba entendiendo bien. Tenía sentido, las discusiones no habían comenzado nada más terminar el banquete de Año Nuevo, sino que empezaron un par de semanas más tarde, cuando su padre triplicó su carga de trabajo. Las peleas siempre comenzaban con Nagi haciendo algún comentario sobre el trabajo de Reo y este defendiéndose porque la culpa y estrés le hacían sentirse insultado.

—Espera— Reo se quiso alejar, pero Nagi no le dejó—. ¿Entonces por qué…?— se detuvo al descubrir él solo la razón por la que el otro había pedido romper. Los dos se conocían perfectamente y, ahora que por fin se había parado a escucharle y entenderle, la respuesta era demasiado obvia—. ¡Sei! ¡Sabes que a mi padre no se le pasaría el enfado con eso!

El príncipe se echó a reír y Nagi lo miró embelesado con las orejas rojas. Hacía mucho que no le llamaba por su nombre y le veía tan feliz y relajado. Con la luz de la luna iluminándole y su amplia sonrisa, se veía deslumbrante.

—¿Entonces podemos volver?— preguntó pese a saber ya la respuesta por cómo brillaban los ojos morados frente a él.

Reo no contestó verbalmente, le puso una mano en la nuca y lo atrajo hasta juntar sus labios pasionalmente. Los dos se derritieron al sentirse tan cerca de nuevo y el momento hubiese sido perfecto si no fuese por los vítores que estallaron en cuanto se besaron.

Se separaron y vieron a todo el mundo abajo, en el jardín, observándolos. Habían salido porque ya iban a empezar los fuegos artificiales y se toparon con la imagen del príncipe y el caballero hablando íntimamente en uno de los balcones. Si alguien quedaba con dudas de su relación por la conversación de antes, se habían acabado de esfumar por completo y Reo vio a su padre cruzado de brazos y claramente molesto en el palco preparado para la familia real. Su madre tenía una mano apoyada en su brazo y le susurraba cosas para apaciguarlo. Si ya le había enfadado el anuncio de la relación el año anterior, el beso público en este no iba a ser menos. Reo podía imaginarse la reprimenda de varias horas que tendría que aguantar al día siguiente.

Nagi le cogió la mano suavemente por debajo de la baranda, acción que la gente abajo no pudo ver, y Reo le sonrió cariñosamente de vuelta.

Los dos volvieron a ver hacia la gente y fruncieron el ceño al ver a Bachira dándoles dos pulgares hacia arriba con una sonrisa orgullosa mientras Isagi a su lado parecía estar al borde de un ataque.

Nagi sintió su cuerpo llenarse de horror.

—Los fuegos— pero ya era demasiado tarde y el espectáculo pirotécnico comenzó.

Ese año en vez de ser explosiones de color en el cielo al azar, los fuegos artificiales formaban palabras en la oscuridad de la noche y el público se quedó mudo de asombro.

Reo, cásate conmigo, se podía leer y Nagi empezó a sudar en frío.

—Seguro que se refiere a otro Reo— dijo indiferente cuando Reo se volteó para verle inexpresivamente.

Otras explosiones. De Nagi.

—Hay muchos Nagis en este mundo.

Seishiro.

El albino hizo un puchero al ver que no había manera de salir de esa y Reo se rio a carcajadas. El pueblo empezó a vitorear y pedir boda mientras el rey parecía al borde de un paro cardíaco. Nagi pensó con mejillas sonrojadas que tendría que agradecérselo a Bachira después por hacer reír a Reo tan ampliamente y casi matar al rey en tan solo cinco minutos. Había sido un desastre de año y probablemente sería el peor y más estresante de sus vidas, pero ya no importaba, tenían al otro a su lado.

Notes:

Muchas gracias por leer y espero que les haya gustado! Se aprecian kudos, comentarios y críticas

Por si alguien no lo sabe o pilló la referencia, la escena de los fuegos artificiales al final la saqué de una escena similar en Gumball jaja

Hasta mañana!

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