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Un Audi A8 se paró frente a la entrada de la UA cerca de las nueve de la mañana. La puerta del copiloto de abrió y del interior del coche emergió un joven de cabello alborotado y ojos verdes. Una gran sonrisa iluminó su rostro al contemplar el recinto de la universidad más prestigiosa de todo Japón: una elegante y oscura reja marcaba los límites de aquellos magníficos jardines y aquel edificio señorial que se encontraba al final de un camino de piedra.
Izuku dio un salto de emoción y corrió a sacar su equipaje del maletero. De la puerta del conductor salió un hombre de mediana edad de cabello rubio y ojos azules que intentó ayudarlo, pero Izuku ya se había cargado la mochila a los hombros y sostenía su maleta de ruedas con ambas manos.
—Siento no poder quedarme para ayudarte, hijo, pero tengo una reunión dentro de media hora y ya llego tarde.
—No te preocupes. Me las apañaré.
—¿Lo llevas todo? ¿Los libros, el dinero...?
—Sí, tranquilo. Tengo todo lo que necesito.
—Mañana te enviaré a alguien para que te traiga el resto de las cosas. La matrícula ya está pagada, y el comedor también. Me han dicho que preguntes en la entrada por el Consejero escolar y...
—Tranquilo, papá —lo calmó—. Todo estará bien. Estaré bien. Este es mi sueño —le recordó, impaciente por entrar a la universidad a la que había querido acudir desde que era pequeño.
Izuku siempre había querido estudiar Criminología. Le encantaba analizar los factores psicológicos, sociológicos y biológicos que influían en los delitos que tenían lugar en su país. Quería ser capaz de adelantarse a los delincuentes, saber cómo pensaban y buscar formas de prevenir otros delitos semejantes en el futuro.
—Muy bien. Entonces, me voy. ¿Hablamos luego?
—Claro.
Toshinori Yagi montó de nuevo en su coche y salió de a toda velocidad. Izuku tomó aire y lo soltó lentamente. Estaba nervioso, pero no quería que su padre se preocupara por él.
Maleta en mano, se adentró en el recinto y recorrió los jardines admirando las flores, las fuentes y los árboles que embellecían el lugar. Tal y como le había dicho su padre, preguntó por el Consejero escolar tan pronto como llegó al edificio, y pronto se vio abordado por un joven más alto que él, de cabello oscuros y gafas cuadradas.
—Tú debes de ser Izuku, el hijo de Toshinori Yagi —dijo, mirando una vez más el papel—.Debe de haber un error: vuestros apellidos no coinciden.
—En realidad, Yagi-san no es mi padre —contestó Izuku, algo incómodo—. Mi madre se casó con Yagi-san después de que mi padre... Bueno, es una larga historia. Mi apellido es Midoriya —concluyó.
—Oh, en ese caso, déjame que te dé la bienvenida, Midoriya-kun. Me llamo Tenya Iida. Es un placer conocerte.
—El placer es mío.
—Sígueme: te enseñaré la universidad y después iremos a la residencia.
—Bien.
Dejaron el equipaje de Izuku en recepción y caminaron a lo largo del edificio mientras Iida le señalaba dónde se encontraban las clases, la biblioteca, los aseos, la cafetería y las zonas de descanso. Estaba tan inmerso en su explicación que Izuku no se sintió capaz de decirle que ya lo sabía todo sobre ese lugar, que había investigado, había visto vídeos e imágenes e incluso había recorrido aquellos pasillos mientras su padre se entrevistaba con el rector.
Más tarde, recogieron las maletas de Izuku y se dirigieron a la residencia: un edificio aparte donde se encontraban los dormitorios de los alumnos.
—¿Qué vas a estudiar, Midoriya? —le preguntó Iida en el camino.
—Criminología. ¿Y tú? ¿Qué estudias, Iida?
—Estudio Relaciones Internacionales.
—Vaya, eso parece muy difícil.
En realidad, Izuku no estaba muy seguro de qué era lo que se estudiaba en esa carrera, pero tampoco quiso preguntar a sabiendas que su nuevo compañero podría pasar horas explicándole en qué consistían sus estudios, y de esa manera nunca llegaría a su habitación.
—Ahora que lo pienso, ayer llegó una alumna que también va a empezar en primer año de Criminología. De hecho, creo que la estoy viendo ahora mismo: ¡Uraraka!
Una joven de cabello corto que estaba hablando con otras chicas se dio la vuelta y saludó a Iida con la mano. Se despidió de sus amigas y corrió hacia ellos, posando su mirada en el chico nuevo.
—Buenos días, Iida-kun.
—Buenos días, Uraraka. Quería presentarte a Midoriya. Será tu compañero este año.
La chica sonrió ampliamente.
—¿De verdad? ¡Qué bien! ¡Por fin conozco a alguien con el que poder ir a clase! Soy Ochako Uraraka.
—Me llamo Izuku Midoriya. Un placer, Uraraka-san.
—¿Vas a ver tu habitación?
—Sí, nos dirigíamos hacia allí.
—¿Sabes ya quién será tu compañero?
—No... No sabía que tendría un compañero.
—En la UA todas las habitaciones son compartidas —explicó Iida—. De otra manera, no sería posible acoger toda la demanda de alumnos que tiene esta universidad. Tu compañero será Katsuki Bakugo, alumno de segundo curso de Criminalística.
—¿Criminalística? ¡Qué chulada! Podemos complementar nuestros estudios —exclamó Izuku, entusiasmado.
La criminalística era la disciplina científica que se enfocaba en el análisis e interpretación de evidencias físicas relacionadas con los delitos. Se podía decir que era la parte activa en la lucha contra el crimen, mientras que la Criminología era la parte más teórica.
A pesar de la exaltación de Izuku, Ochaco parecía preocupada.
—He oído hablar sobre ese tal Bakugo —comentó—. Al parecer, no es muy amable. Se rumorean muchas cosas como él.
—¿Como qué? —preguntó Izuku.
—Dicen que sus compañeros de cuarto no duran demasiado. Siempre terminan marchándose o pidiendo el traslado a otra habitación. Algunos incluso han preferido dormir en el sofá de la sala común. Se dice que hizo llorar a un chico porque dejó los calcetines tirados al lado de la cama.
—No será para tanto... —rio Izuku de forma nerviosa.
—No lo sé... Yo no lo conozco, pero se comentan demasiadas cosas sobre él. Muchos le tienen miedo.
—Uraraka-san, no está bien prejuzgar a las personas sin conocerlas y tampoco hablar a sus espaldas—la regañó Iida.
—Sí, tienes razón. Lo siento. Quizás Izuku tenga razón y no sea tan malo.
Quizás. Pero aquellos comentarios ya habían puesto nervioso a Izuku.
Iida lo guio al interior del edificio y subieron en ascensor hacia la zona designada a los varones. Su habitación era la doscientos dos. Le dio una llave y un carnet identificativo que lo acreditaba como estudiante y mostraba cuál era su número de habitación.
Se pararon frente a la puerta y llamaron un par de veces. Izuku brincó como un conejillo asustado cuando una voz grave respondió con un grito desde el interior.
—¿Quién mierda es?
—Bakugo, soy Iida, el consejero escolar. Traigo conmigo a tu nuevo compañero de habitación.
Se escucharon unos pasos y la puerta se abrió de golpe. Izuku tragó saliva y miró a su nuevo compañero: era alto y musculoso, de puntiagudo cabello rubio y mirada hostil. Llevaba puesta una camisera de tirantes y unos pantalones de chándal. Izuku se sintió un poco menos culpable por acudir su primer día con una sudadera demasiado grande para él y sus acostumbrados zapatos rojos.
—Creía que había dejado claro que no quiero un puto compañero de cuarto —gruñó Katsuki mirando fijamente a Iida, sin siquiera reparar en el joven con la cabeza gacha que se encontraba junto a él.
—Ya hemos hablado de esto, Bakugo-kun: la universidad no puede permitirse el lujo de que los alumnos tengan habitaciones individuales.
—¿Que no se lo pueden permitir? En esta universidad estudian miles de alumnos cuyos padres pagan una fortuna al mes por mantenerlos aquí, ¿y me estás diciendo que no se pueden permitir que yo tenga una habitación para mí solo?
—No sería justo para el resto del alumnado.
—Me importa una mierda. No quiero volver a convivir con ningún maldito cerdo.
—Si tienes algún problema con tu nuevo compañero, ya sabes que solo tienes que presentar una queja y tomaremos parte enseguida —le aseguró—. Ahora tengo que irme. Debo dar la bienvenida a otros alumnos. Intentad llevaros lo mejor posible. Una vez más, bienvenido, Midoriya. Espero que tu estancia sea grata.
—G-gracias, Iida-kun —dijo Izuku antes de que el consejero escolar desapareciera por el pasillo.
Izuku volvió a tragar saliva y miró de reojo a Katsuki. El chico rubio había clavado sus ojos en él como si fueran cuchillos. Parecía examinarlo detenidamente, mirándolo de arriba abajo.
—Me llamo Izuku Midoriya —se presentó Izuku con una voz tan débil que no pudo sentir más que vergüenza—. ¿Puedo... puedo pasar?
Katsuki hizo una mueca y se apartó de la puerta chasqueando la lengua.
Izuku entró en la habitación con cautela. Era un lugar espacioso y con buena iluminación. Tenía dos camas con colchas blancas, dos armarios de madera de roble y dos escritorios con baldas para colocar los libros. El lugar estaba limpio y ordenado, quizás demasiado para tratarse de la habitación de un veinteañero.
Izuku supuso que la parte de Katsuki sería la derecha, pues encima de la cama había un par de libros y la colcha estaba levemente arrugada.
—¿Es esa mi cama? —preguntó, señalándola, para asegurarse.
—Por ahora —respondió Katsuki con voz de ultratumba.
Izuku rio, nervioso, y se dirigió a su lado de la habitación para soltar la maleta y la mochila. Estaba dejando algunos libros encima del escritorio cuando notó una presencia tras él. Se dio la vuelta y estuvo a punto de chocar con Katsuki, que lo había acorralado contra la mesa.
—Escúchame bien, Deku, porque solo te lo diré una vez —dijo.
—¿D-Deku?
—Si quieres quedarte en esta habitación, tendrás que cumplir unas normas. Si no, me veré obligado a echarte a patadas de aquí, y me da igual lo que ese gafotas diga —lo amenazó, levantando uno de sus dedos y señalándolo a la cara.
Izuku asintió, apoyándose contra el escritorio para ganar estabilidad. Aquel chico estaba tan cerca que podía sentir su aliento sobre él.
—Regla número 1: No quiero ningún tipo de ruido en la habitación. Si quieres escuchar música, te pones unos putos auriculares. Regla número 2: a las ocho y media se apagan las luces. Si quieres estudiar hasta más tarde, te vas a la sala común.
—¿A.. a las ocho y media? ¿No es demasiado temprano?
—Cállate —le exigió—. Regla número 3: la habitación siempre tiene que estar limpia y ordenada. Si veo que dejas un calcetín sucio en el suelo, te lo meto por el culo. Regla número 4...
—¿Son muchas reglas? —se atrevió a preguntar.
—Regla número 4 — repitió Katsuki, ignorándole deliberadamente—: en la habitación solo entramos tú y yo. Nada de fiestas ni reuniones ni mierdas. Y por supuesto, no quiero ver su estúpido culo mientras te follas a alguien.
—¡Oye! —exclamó Izuku. La sangre se le había subido a la cabeza y empezaba a sentirse mareado—. ¡No voy a hacerle... ESO a nadie!
—Bueno, en ese caso, seré más específico: tampoco quiero ver cómo alguien se folla tu culo blanco en esa cama.
Izuku tapó su cara con las manos. Aquello no podía estar pasando. No podía ser que su nuevo compañero de cuarto fuera alguien tan desvergonzado y malhablado.
—¡No voy a hacer eso aquí! ¡Por favor, deja de decirlo!
—Eso espero. Regla número 5: En la habitación no se come.
—¿Ni siquiera unos snacks? Me gusta comer algo mientras estudio.
—Me molesta escuchar el sonido de las bolsas de plástico o el crujir de las patatas fritas mientras estudio. Me desconcentra.
—¿Y si como gominolas? Eso no hace ruido.
Katsuki gruñó e Izuku decidió no discutir.
—Regla número 6: No toques mis cosas bajo ningún concepto ni agarres nada sin mi permiso. Regla número 7: nada de perfumes ni ambientadores. Me molestan los olores demasiado intensos. Regla número 8: Ni se te ocurra meter un animal en la habitación.
—¿Un animal? ¿Acaso no están prohibidos?
—Lo están, pero siempre hay algún imbécil al que se le olvida.
—Parece que no has tenido muy buenos compañeros de habitación —intentó conciliar Izuku.
—Regla número 9 —volvió a ignorarlo Katsuki—. Es la última regla, pero también una de las más importantes: Mientras estés aquí, no me molestes. No me interesas. No quiero ser tu amigo. Así que, simplemente, ignórame y yo te ignoraré. ¿Ha quedado claro?
Izuku asintió. Katsuki pareció satisfecha y por fin se separó de él. Izuku suspiró y miró hacia su lado de la habitación. Era un cuarto bonito, pero le faltaba algo.
—¿Puedo, al menos, decorar mi parte de la habitación?
—Mientras no cuelgues posters satánicos, puedes hacer con tu espacio lo que te dé la gana.
Katsuki caminó hasta su cama y se dejó caer en ella con un libro en las manos. Izuku comenzó a sacar su ropa de la maleta y a colocarla dentro del armario mientras pensaba. Su comienzo en la UA no había sido de los mejores, pero aun así, sabía que no tendría grandes problemas para seguir las reglas de Katsuki. Quizás el horario era demasiado rígido y estaba un poco obsesionado con la limpieza y el orden, pero Izuku siempre había sido bueno complaciendo a los demás.
Ya que su estricto compañero le había dado un respiro a la hora de decorar, decidió sacar algunos posters de All Might, el personaje de ficción que interpretaba su padre en las películas que le habían hecho un famoso actor antes de convertirse en uno de los mayores productores del país. Se subió a la cama y pegó algunos a la pared. Después colocó los libros en las baldas y, finalmente, sacó su tesoro más preciado de la mochila. Lo llevaba envuelto en papel de periódico para que no se rompiera: era un marco plateado con una fotografía de él y de su madre cuando se graduó del instituto, pocos días antes de que un accidente de tráfico se la arrebatara de su lado para siempre. Ella siempre había deseado que su hijo estudiara en la UA, y por fin, el sueño se ambos se veía cumplido.
Besó el cristal y colocó el marco encima de la mesa.
—Ya estoy aquí, mamá —susurró.
Desde la cama, Katsuki lo miraba de reojo.
