Work Text:
Lo primero que el olfato de Marcos pudo distinguir al poner un pie en su departamento fue el exquisito aroma a comida recién hecha.
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Y lo segundo, el aroma tan distintivo de su omega.
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-¡Agu! ¡Llegué!
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No tuvo que esperar demasiado para oír pequeños pasitos acelerados corriendo a su encuentro, y de repente, tener a Mora, su cachorra, entre sus brazos.
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Detrás de ella, quien apareció esta vez fue Agustín, su novio, saliendo de la cocina con una sonrisa triunfante. El omega se acercó a paso acelerado hacia él y lo atrajo a su cuerpo en un fuerte abrazo.
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-Llegaste temprano, mi amor. Todavía ni siquiera terminé de cocinar.
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Marcos aprovechó la diferencia de altura y escondió su rostro entre los rulos castaños de su novio, aspirando, codicioso, el aroma a manzana y coco que el contrario desprendía:-No pasa nada, gordito. Te ayudo si querés.
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Agustín se resfregó en su pecho, intentando librar al alfa de todo aquel aroma intruso, impregnando el suyo en su lugar:-Bueno, pero primero date un baño-. Se separó de a poco, subiendo su mirada a los verdes ajenos-No voy a dejar que toques mis milanesas napolitanas con tus manos sucias.
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Si fuera por el rubio tal vez jamás lo soltaría, e incluso lo obligaría a quedarse ahí, abrazados. Pero hay otra pequeña prioridad en el momento: su hambre, así que simplemente pudo soltar una pequeña risa como respuesta y asentir antes de desaparecer en el baño.
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La ducha fue corta. No quería pecar de hacer esperar más tiempo del necesario al más bajito. Pero cualquier intención de salir del baño cambió cuando paseó su mirada y ahí lo vió.
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Estaba tirado en el pequeño tacho de basura, cubierto de papel higiénico para disimular, pero Marcos lo reconocería aún a kilómetros de distancia. El pequeño test de color blanco y tapa rosada estaba ahí, y el rubio no pudo contenerse a tomarlo entre sus manos y observar el resultado, aunque sabía perfectamente que le llevaría a una amargura.
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Marcos se consideraba un alfa afortunado. Era fuerte, intimidante a primera vista, y respetado por las castas inferiores. Pero además, gozaba de una buena salud, una hermosa familia y una estable relación con su omega destinado, Agustín. Pero Dios sabía que ni su pareja ni él se sentían enteramente completos.
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No era un secreto para nadie que ambos tuviesen deseos de formar una familia, de traer al mundo a un pequeño cachorro, pero tampoco era un secreto para nadie que el cuerpo de Agustín parecía imposibilitar aquella tarea, pero no podía culparlo. El bajito poseía un gen recesivo y eso lo hacía innegablemente inferior en fertilidad a comparación de un beta.
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Cuando se cansaron de intentarlo por los métodos tradiciones, tras cerca de cuatro meses, recurrieron a tratamientos artificiales, y todos y cada uno de los doctores que los atendieron prometieron que Agustín podría embarazarse en un abrir y cerrar de ojos. Que con vitaminas y un riguroso control sería posible. Que Agustín estaba listo y que no era de preocuparse si su proceso tardaba más de lo habitaul. Que la pareja no tenía porqué perder la fé en formar una familia tan pronto.
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Puras mentiras.
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Fue alrededor de un año y medio después que el omega dijo basta. Le dijo basta a las vitaminas, le dijo basta a las tres pastillas diarias y le dijo basta a las inyecciones de clomifeno. Simplemente Agustín se había agotado de ir a clínicas, de escuchar a miles de doctores decirles prácticamente lo mismo. De repetir el proceso y fracasar al final. Se había cansado de exponer su salud mental y por consecuente, se había cansado de intentar mantener su nula fé viva.
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Pero Marcos jamás se iba perdonar el hecho de dejar que Agustín se canse de sí mismo, y que haya comenzado a lastimarse mentalmente por la propia influencia del alfa, que lo alentaba una y otra vez a seguir intentando, sin darse cuenta que su novio ya no podía.
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Recordar aquel tormentoso año era difícil para el rubio y para su alfa interior, quien lloriqueaba dentro de su pecho en aquel momento, dándose cuenta de lo ingenuo que había sido al aceptar tan fácilmente la falsa sonrisa que Agustín le había dedicado años atrás, diciendo que todo estaba bien. Que podrían vivir perfectamente sin hijos y que ya no valía la pena intentarlo.
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Le tomó un par de minutos más a Marcos salir del baño, intentando actuar normal para que Agustín no se diera cuenta de nada, pero siente que falla en la misión porque apenas ve a su pequeño novio y a sus rulos balanceándose de un lugar al otro en la cocina, tan naturalmente, como si nada, siente que el pecho de le cierra y el corazón se le estruja. ¿Cómo era capaz de mirarlo a la cara después de enterarse que Agustín, tal vez, jamás había dejado de intentar en silencio? Porque si de algo era consciente, era de que el test hallado en el baño no era el primero que el omega se había realizado casi furtivamente, dando el resultado como negativo.
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Y aún después de todas las desilusiones, el de rulos continuaba siendo el pequeño sol que siempre había sido. Siempre dispuesto a estar para Marcos, a esperarlo pacientemente en su hogar para mimarlo luego de un largo día de trabajo.
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Marcos quiso vomitar.
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-Mar...¿Todo bien?
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Agustín supo, apenas vió a su novio salir del baño con su cabello húmedo, que no todo estaba marchando bien. El particular aroma fresco de su alfa ahora se encontraba apagado, casi imperceptible. No dudó demasiado para acercarse a él y envolverlo con sus cortos brazos, refregando su rostro sobre el hombro contrario e intentando una vez dejar sus propias feromonas con el propósito de hacerlo sentir cómodo.
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-Todo bien, mi amor. Solo que estoy cansado.
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-Eso es mucho más que cansancio, bebé-. El más bajo separó un poco sus cuerpos, y sus manos viajaron por instinto al rostro de su amado, analizando cada parte del mismo. Era un alfa hermoso; sus ojos verdes profundos, junto a sus finos pero apetecibles labios eran la cosa más bella que alguna vez Agustín pudo apreciar-¿Qué te pasa, Marcos? No te veo bien...
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Su novio había utilizado aquella voz suave y gentil que podría derretir cualquier corazón, y el suyo no era ningún tipo de excepción. El alfa se permitió cerrar los ojos y tomar una bocanada de aire, tembloroso. Sabía que de seguir así, las lágrimas no tardarían en acumularse en la cuenca de sus ojos, pero eso significaría asustar a Agustín. Acercó una vez más su rostro al contrario, pero esta vez, de forma en la que su mejilla roce con suavidad la de su novio, tomando todo lo que podía con su olfato, hasta que la manzana nubló todos sus pensamientos:-Es que te extrañé muchísimo hoy.
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La respuesta pareció dejar satisfecho al de rulos, porque se limitó a acariciar su espalda con suavidad, antes de plantar un beso en su mejilla:-Yo también, bebé. Pero ahora comamos, ¿si? Y después podemos sentarnos a mimarnos un rato.
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La cena transcurrió de forma tranquila, entre pequeñas charlas y risas. Agustín era un omega charlatán por naturaleza, y lo demostraba ante Marcos. Nunca le faltaba tema para conversar o para preguntar. Además de que estaba completamente enamorado, el alfa amaba aquella característica en su destinado, porque él era, en cambio, un hombre de pocas palabras, y eso casi siempre había molestado a su entorno, pero no a Agustín, quien escuchaba y asentía a lo que decía y luego continuaba con su propia catarsis.
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Esa noche el bajito habló de todo un poco. De sus dolores corporales en la mañana, de su trabajo, de lo cara que estaba la docena de medialunas en su panadería favorita, de lo que había hecho Mora, su cachorrita de ojos muy grandes y negros, y de pelo muy negro, durante el día.
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Tanto habló que de un momento a otro, las milanesas y el puré se acabaron y la pareja ahora estaba lavando los platos utilizados, codo a codo. Tanto habló el omega también que, sin demasiadas complicaciones, Marcos pudo dejar atrás su malestar y olvidar de a poco la razón.
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Sintió la mano pequeña de su omega tomar la suya, tirando levemente hacia adelante, acabando con ambos tirados en el sillón, o más bien, con Marcos presionando el cuerpo de su novio debajo suyo.
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-Te prometí mimitos, ¿no, Mar?-. Su omega susurró casi sobre sus labios, antes de que pudiera esconder su cabeza en el cuello contrario, intoxicándose con el tan característico aroma y se dejara consentir, relajándose cada vez más ante las caricias en su cabello.
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Marcos suspiró pesadamente, abrazando aún más fuerte el cuerpo contrario, rozando suavemente su nariz en su cuello, cerca de la marca ajena, que demostraba que se pertenecían mutuamente. Era como si buscara fundirse en él y no separarse nunca más:-No sabés lo feliz que me haces, Agu.
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-Y vos me haces muy feliz a mí, Mar-. Susurró despacio, sin frenar sus caricias en el dorado cabello de su alfa. Pronto la relajación los llenó a ambos, y Marcos no pudo evitarse sentirse flotando en una nube estando en el pecho de su pequeño novio, dejando caerse en los brazos de Morfeo.
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Las cenas familiares de los Guardis eran la cosa favorita de Marcos. Estar entre aquel cálido ambiente de betas llenaba su corazón de amor y alegría, y a su vez le permitía sentirse un poco más cerca de su adorada familia.
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-Hijo, ¿podés llevar esa pizza de anchoas al horno?-. Mariel, la madre beta de Agustín, señaló con su mandíbula la nombrada pizza y Marcos obedeció.
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El alfa era adorado a donde sea que vaya. Y la familia de su amado no sería le excepción. Era un alfa tan servicial, diferente a todos aquellos alfas qué se creían superiores por su sangre.
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Dejó de lado la cocina cuando vió que ya no había nada con lo que pueda contribuir, y de inmediato buscó por toda la casa a su omega. Marcos era un alfa bastante posesivo -aunque se avergonzara de admitirlo-, y necesitaba saber dónde y qué estaba haciendo Agustín a cada instante.
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Grata fue su sorpresa cuando lo encontró en el patio, jugueteando con los pequeños hijos de sus tíos.
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El alfa apoyó su hombro en el marco de la puerta y admiró la vista. Los rulos alborotados de Agustín volaban junto a la suave brisa mientras perseguía a los pequeños niños, y su risa llenaba sus oídos. Marcos creyó en ese mismo instante que Agustín jamás se había visto tan hermoso como cuando tomó al más pequeño en sus brazos, girando sobre su propio eje y dejando un casto beso en su mejilla.
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Estaba completamente enamorado.
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Y estaba completamente seguro, también, que el sueño de formar una familia con el amor de su vida no se iría nunca de su mente.
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El almuerzo transcurrió normalmente, como todas las semanas. Agustín hablaba con todos y cada uno de sus familiares mientras Marcos lo miraba embelesado. Su mente aún seguía procesando una y otra vez las imágenes de su amor estando entre pequeños cachorros, actuando tan natural y como si fuera un experto en ello.
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Pero no todo podía ser enteramente perfecto.
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-¿Te enteraste quien está esperando cachorros?
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La frase de aquella beta ni siquiera estuvo directamente dirigida a la pareja, sino más bien a la madre del omega, pero eso no imposibilitó la forma en la que el cuerpo de Agustín se puso rígido. Marcos intentó relajarlo y despegar su mente, colocando su mano en el muslo ajeno y dando pequeños apretones. Al ver que no obtenía la reacción esperaba, dejó salir sus feromonas, frescas y hogareñas, para que Agustín pudiera tranquilizarse.
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Pero parecía que, sin querer queriendo, todos en aquella mesa se oponían a que eso pase.
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-¿Y ustedes, Agus? ¿Cuándo piensan darnos a unos cachorros Ginocchio?
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A Marcos se le oprimió el pecho y sintió, a su lobo y a él, con inmensas ganas de vomitar. Y pudo suponer que lo mismo ocurrió con su pequeño novio debido a cambio repentino en su aroma. Las dulces y suaves feromonas ahora pasaron a ser agrias, inundando el ambiente en tristeza y melancolía.
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Marcos necesitaba sacar a Agustín de ahí.
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-Es complicado-. Respondió el omega en un tono tímido pero frío, demostrando como aquella pregunta había quebrantado la confianza que demostraba hasta minutos antes.
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Aunque nadie en la mesa se dió cuenta, y todos volvieron a sus propias charlas.
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Nadie más que Marcos.
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Porque él conocía a la perfección a su omega. Conocía sus gustos, sus sueños y deseos, pero más que nada, conocía sus tristezas.
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Lo notó cuando Agustín simplemente no pudo comer ningún otro bocado de su plato, lo notó cuando se mantuvo en completo silencio en el viaje de regreso a casa, y lo notó cuando lo encontró lloriqueando escondido como un nene chiquito en la habitación que compartían.
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Agustín estaba acostado en el medio del colchón doble, entre medio de sábanas, almohadas, peluches y prendas de ropa pertenecientes a Marcos. Había formado un nido. Con sus rodillas pegadas al pecho y su rostro escondido entre ellas, su cuerpo daba pequeños espasmos, mientras Mora parada a su lado daba vueltas una y otra vez, en una silenciosa súplica para que pare de llorar.
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El alfa se acercó a paso lento, lo que menos quería era asustar a Agustín o peor, a su lobo. Sabía, también, que muy probablemente el omega necesitara de mucho confort a través de su aroma o de quedarse absorto en su propio nido.
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Una vez que Marcos estuvo sentado a su lado, dejó escapar sus feromonas con más intensidad, como si deseara envolver con ellas a Agustín, quien no tardó en abrazarlo débilmente, hundiendo su nariz en su cuello, cerca de su glándula. Se quedaron allí por un buen rato, con el omega intentando calmar sus temblores mientras recibía caricias sutiles de parte de su alfa por toda su espalda.
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-Perdonáme...-. Susurró Agustín, inhalando una y otra vez contra el pecho de Marcos, como si en cualquier momento fuera a romperse nuevamente-Perdonáme, perdonáme.
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-No tenés nada porqué disculparte, gordito. Nada de esto es tu culpa.
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-Pero me siento inservible, Marcos-. Agustín se separó suavemente de él, y el nombrado pudo ver sus ojos, sus preciosas gemas azules, cubiertas en gruesas lágrimas-. No puedo hacer algo tan simple como traer un cachorro a este mundo. Y se siente como la mierda, Marcos.
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El alfa no pudo hacer otra cosa más que atraerlo nuevamente a su pecho, retomando sus caricias y dejando su nariz pegada a los rulos ajenos, ante aquel pensamiento que tanto luchaba por retener en el fondo de su mente:-No sabés lo que yo daría por tener una familia con vos, gordito.
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Agustín sintió las repentinas náuseas asomándose en la boca de su estómago. Ambos eran conscientes del deseo implícito, enterrado ya hace tanto tiempo, cuando ambos decidieron darse por vencido. Pero el hecho de que sea el alfa quien lo manifieste en aquel momento fue una gran patada para la inquebrantable neutralidad que Agustín había adoptado hace tiempo.
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No contestó, porque sabía que si lo hacía, tal vez sus ojos se conviertan en un catarata interminable de lágrimas. Así que se limitó a buscar la mirada cálida que le dirigía su alfa, como siempre que necesitaba confort. Los verdes ajenos siempre tuvieron un gran poder sobre Agustín, y esta no era la excepción.
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Las grandes y posesivas manos de Marcos viajaron por su espalda y se posaron en su cadera, mientras que acercaba su rostro al de Agustín y frotaba sus narices en un besito esquimal:-Tendríamos que irnos de acá, ¿o no, bebé?
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La pregunta tomó desprevenido a Agustín, pero de inmediato supo que su novio estaba siendo totalmente serio al respecto por su fuerte y seguro tono de voz.
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-Antes de que digas algo, no me refiero a mudarnos, Agu'...-continuó Marcos, bajando el tono de voz, como si buscara que las palabras se esfumasen solo entre ellos-Pero quiero que nos tomemos un tiempo para los dos. Todos estos días... Todo este estrés por el que estás pasando, Agu'...
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Fue interrumpido por los suaves labios del omega que invadieron su boca, chupando y mordiéndolos suavemente, mientras Agustín lo miraba con una sonrisa, y con sus ojitos brillantes, como si le hubiesen dado la mejor noticia de su vida.
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-Sí quiero, amor. Vayamos a donde quieras, pero vamos.
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No hubo muchas más palabras esa noche. Pero Dios y Marcos sabían internamente lo mucho que Agustín había estado esperando por ello, por la simple de idea de irse por unos días lejos, y de alejar de igual forma sus pesadillas e inseguridades que tanto daño le hacían.
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El alfa y el omega estuvieron por un buen rato allí acostados, sin decir nada, pero mimándose en el transcurso. Pronto la respiración de Agustín se calmó, sus ojos comenzaron a cerrarse, y se entregó a los brazos de Morfeo, con Marcos siguiéndolo.
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El alfa rubio sacudía suavemente su cuerpo mientras esperaba, paciente, que su novio se dignara a salir de aquel pequeño local de comida rápida.
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Finalmente, tras un par de días de discusiones sobre el destino a elegir, Marcos y Agustín se decidieron por el sur como su parada para su pequeña escapada de fin de semana. Al rubio poco le importó el tener que haber conducido interminables horas para llegar, puesto que sabía que su pequeño novio estaría más que feliz y conforme.
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Y era cierto. Desde la mañana en que llegaron a la cabaña, a pesar del frío del día y el gris del cielo, Agustín había sido el pequeño rayo de sol del ambiente. Y Marcos estaba feliz con ello.
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Los malos recuerdos del último test de embarazo, o de la incómoda cena familiar en casa de los padres de Agustín seguían vigentes en la mente del alfa, pero se prometió a sí mismo descontracturarse por aquel fin de semana, y se prometió pasar un buen rato con su omega, a solas, como hace tanto tiempo no lo hacían debido a los trabajos de ambos.
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Unos brazos rodeándolo lo sacaron de sus pensamientos, y se volteó rápidamente para encontrarse con los ojitos azules y los rulitos bien formados de su omega.
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-Ya me dieron la comida, Mar. ¿Podemos irnos a la cabaña ya? Me voy a morir de la hipotermia-. Agustín levantó sus manos, mostrando las dos bolsas de madera, y Marcos notó rápidamente el temblor en ellas.
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El viaje a casa fue tranquilo, con Agustín subiendo el volumen a las canciones de la radio, tamborileando sus dedos y cantando a todo lo que su voz le permitía las que le gustaban, invadiendo todo el auto con sus feromonas suaves y hogareñas a coco, aquellas que Marcos adoraba y que esperaba sentir siempre.
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Al llegar a la cabaña, no esperaron hacer otra cosa más que calentar sus cuerpos, sentándose cerca de la estufa con leña. Marcos miraba deliberadamente a Agustín, y como aún su cuerpo daba pequeños temblores mientras acomodaba su comida, listo para devorarla.
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-¿Tanta hambre iba' a tener, Agu'?
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El nombrado chasqueó la lengua:-Dejame. Hoy no merendé porque alguien no me despertó.
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Marcos ahogó una risa mientras daba sus primeros mordiscos a su hamburguesa:-Pasa que usted es muy dormilón.
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El omega lo miró de mala forma, revoleando sus ojos pero contradiciendo con su risa. La risa que Marcos tanto amaba y por la que mataría todos los días, por la que aseguraba velar todas las noches, como si quisiera conservarla por el resto de sus días.
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La cena pasó entre charlas triviales, abrazos y besos. Agustín amaba tomar el rostro de Marcos entre sus manos y besarlo en todos los lugares posibles, dejando su aroma impregnado, como si estuviera demostrando que él le pertenecía. A él y a nadie más.
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-Te amo, Mar. Mucho, mucho-. El omega besuqueaba el rostro de su alfa, aún cuando ambos estaban tendidos en el suelo, abrazados-. Gracias por traerme.
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-Gordito, no tenés nada de qué agradecerme. Vos no sabés todo lo que yo haría por vos-. El alfa tomó con cuidado los rulos del omega entre sus dedos, tirando de ellos para que Agustín suba su cabeza y lo mire.
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Tal vez fue la luz de la leña ardiendo reflejada en su pálida piel, tal vez fue el cansancio en el cuerpo de Marcos después de un día entero de excursión con su novio, o tal vez fue la cúspide de aquel viaje lleno de amor lo que le produjo a su mente ver la piel de Agustín más brillante que nunca, con sus ojos mirándolo profundo, y su aroma inundando cada uno de sus sentidos.
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-Te amo-. Le susurró Marcos, acercando sus labios a la comisura ajena, luego a la mandíbula y seguido al cuello, dejando un rastro de besos y pequeñas mordidas-. Lo amo mucho, Agus.
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La respiración del omega quedó enganchada, dejándose hacer por los besos expertos de su novio, disfrutando de su fresco aroma a bosque luego de una llovizna de invierno. Sus manos viajaron hasta la cadera de su alfa, dándose paso debajo de su camisa y pasando las yemas de sus dedos por toda la espalda, despacio, como si el solo tacto lo quemara.
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Agustín definitivamente había abierto una puerta que Marcos no estaba dispuesto a cerrar, y el mismo aprovechó la fuerza de sus brazos para colocarse sobre su pequeño novio, manteniéndose en el aire para no aplastarlo, con un brazo a cada lado de su cabeza. Sus labios se encontraron una vez más, deseosos de probar y morder, chupar y sorber. Marcos amaba el sexo con Agustín, y aseguraba que cada vez lo pasaban bien, pero no recordaba con claridad sentirse así de absorto alguna vez.
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Sin embargo, fue el mismo Agustín que se encargó de bajarlos a tierra nuevamente, de esfumar un poco aquella nube de calentura.
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-Marcos Ginocchio... Si vas a querer llegar a buen puerto esta noche, va a ser mejor que me lleves a la cama-. Susurró, en tono divertido, con sus mejillas rojas y sus labios húmedos e hinchados.
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El alfa lo miró hambriento, como si fuera su más reciente obra de arte. Lamió con suavidad el labio inferior de su omega y decidió tomarse un par de segundos para admirarlo. Todo en él lo tenía embobado en todo sentido. Su pelo, sus ojos, sus labios. Marcos pensó que tal vez era egoísta de parte de Agustín conservar toda esa belleza para él solo. Y que tal vez también era egoísta de su parte tener un novio con tal belleza y no poder concebir la idea de que alguien más lo admite porque sus tripas se retorcían de los celos.
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Se imaginó un sinfín de escenarios al ver sus gemas azules. ¿Cómo sería verlas durante todo el día, todos los días? ¿Cómo sería quedarse al lado de ellas por el resto de su vida?
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¿Cómo sería ver aquellos ojos tan característicos en una versión más pequeña de tu amado?
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La pregunta se esfumó de la mente de Marcos tan rápido como tomó forma. No haría eso, no esa noche. No sé castigaría a él ni Agustín por decisiones del destino.
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En su lugar tomó firmemente los muslos de Agustín, levantandolo con cuidado del sofá en sus brazos, acariciando toda su espalda.
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-Gordito, espero que tengas muchas energías para hoy. Porque no te voy a dejar ir tan rápido.
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El omega rió bajito, besuqueando el rostro de Marcos, quien emprendió el camino hacia la habitación.
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Eventualmente, después de que Marcos y Agustín vuelvan a su rutina todo estuvo más que bien por algunas semanas.
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Al menos para Marcos. Porque Agustín estaba a punto de volverse loco.
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No recordaba con exactitud cuándo fue su primera falsa alarma, pero probablemente haya sido luego de casi un año de relación con Marcos. Lo que sí recordaba con viveza era la sensación de aquel test negativo entre sus delgados dedos, mientras él estaba sentado sobre la tapa del inodoro del baño en casa de sus padres.
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Nunca se hubiera imaginado que después de eso vendría una completa mala racha de resultados negativos.
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Agustín era un omega sano, su cuerpo era sano y podía resistir un embarazo, pero simplemente parecía nunca ser su oportunidad para engendrar una vida. Las primeras pruebas negativas hirieron su orgullo, y el de su lobo, pero nunca imaginó la gran obsesión que desarrollaría.
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Pasó cerca de dos años intentándolo, dos años en donde todo lo que buscaba era ese signo positivo en el test. Todo en lo que podía pensar era en cuándo llegaría el momento de darle la noticia a Marcos de que se convertirían en padres.
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Pero cada negativo era una herida más, y Agustín simplemente supo que no importa lo que haga, o lo que intente, nada daría sus frutos. Por eso dejó de intentarlo, de buscarlo y de desearlo con todas sus fuerzas. Su alfa entendió su tristeza y sus razones para ya no querer seguir adelante, y luego de eso vino una tarde entera de mimos para reconfortarlo. Pronto el tiempo pasó para la pareja, y el tema de la posibilidad de tener hijos no volvió a surgir.
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Aunque Agustín no había olvidado completamente nada de lo que había pasado, e incluso había noches en las que no podía dormir preguntándose qué estaba mal en él. Y aún así jamás molestaría a su alfa con las inseguridades y los arrepentimientos que lo torturaban de vez en cuando.
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La paz y la tranquilidad parecían por fin comenzar a ser parte de la vida del omega, cuando todo volvió a dar un vuelco.
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Apenas un par de semanas atrás, Agustín había vuelto a experimentar algunos síntomas.
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Intentó ignorarlos y dejarlos morir, claro que lo hizo. Después de todo, para él no sería nada extraño que su mente haya creado una especie de embarazo psicológico luego de tantas desilusiones. Y lo confirmó a través del último test negativo que se hizo, una semana antes del viaje, que creyó que le quitaría todo tipo de esperanza e ilusión. Por al menos un tiempo, antes de que las pesadillas vuelvan a invadir su subconsciente.
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Pero ahora, habiendo pasado ya un par de semanas, Agustín sabía que tal vez esos síntomas no estaban del todo inventados por su mente. El cambio en su piel, que ahora parecía mucho más brillante, fue la primera alerta, pero el omega lo justificó con que tal vez se acercaba su época de calor. Luego siguieron su hambre voraz y su repentina subida de peso, o aunque sea, la sensación de ello.
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Durante un par de días pensó en consultar con un médico ante la posibilidad de que esté enfermo, pero cuando recayó en que para eso Marcos debería enterarse, se arrepintió rápidamente.
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Aunque no dudó en llamar de inmediato a Constanza, su mejor amiga.
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Ese día acordaron para encontrarse en una cafetería con el pretexto de verse después de muchas semanas para ponerse al día, pero Agustin sabía perfectamente que necesitaba una segunda opinión, y nadie en el mundo podría poner bien sus pies en la tierra como la omega lo hacía.
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-La verdad que no te entiendo, Agustín. Estás dando mil millones de vueltas como calesita para hacerte un test de embarazo.
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El de rulos suspiró y golpeó su frente en la mesa, despacio. Su madre le había dicho exactamente lo mismo cuando mencionó el tema en una llamada hace un par de días.
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-No voy a hacerlo, Co.
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-¿Por qué no? Si se puede saber. - Ahí estaba. El tono engreído que la rubia usaba que lograba sacar de sus casillas a Agustín. El omega de aroma a coco ni tenía demasiadas ganas de pelear, así que solo se limitó a negar con la cabeza, resistiéndose a contestar.
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Volvieron a hundirse en un silencio incómodo. Habían estado en esa cafetería por casi una hora y media, y nada demasiado inteligente había salido de la charla. Habían evaluado todas las posibilidades: el que Agustín esté enfermo, el que esté en sus días de calor, o el que esté en cinta. Y Coti seguía insistiendo con el último, a pesar de que sus dichos disgustaban al contrario.
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La omega rubia conocía muy bien a su amigo. Conocía su lado salvaje y divertido, lo hacía desde que eran apenas un cachorros revoltosos que tan solo buscaban alguna aventura. Pero también conocía su lado más susceptible, aquel que estaba lleno de dudas. Conocía sus cicatrices del pasado, porque ella había sido un gran apoyo para Agustín cuando ninguno de los tratamientos para traer una nueva vida al mundo funcionó.
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Constanza había sido el hombro en el que Agustín pudo apoyarse cuando sintió que el mundo se le derrumbaba, y no podía estar más agradecido por ello.
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Con ello en mente, la rubia suavizó su mirada cuando se dió cuenta del panorama: Agustín con la mirada baja, escondiéndose entre sus propios rulos, como si fuera un gatito asustado. En la mesa, por su parte, los restos de la variada comida que pidieron para merendar. Habían pedido mucha, y la gran mayoría de ella fue devorada por su amigo.
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-Agus...- llamó, estirando su mano a los rulos ajenos y dando suaves masajes en el cuero cabelludo, liberando de sus propias feromonas para envolver a Agustín y tranquilizarlo.-Yo sé que tenés miedo... Pero pensalo.
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El nombrado levantó su mirada, con sus bonitos ojitos azules apenas mojados en lágrimas y con sus labios fruncidos.
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-¿Y si no es, Co? ¿Y si me estoy volviendo a ilusionar por nada?
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La omega chasqueó su lengua:-Por favor. Mareos, náuseas y antojos. ¿Vos pensas que eso te agarra así porque sí?
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Se dedicaron algunas sonrisas cómplices, y Coti pudo distinguir que había liberado una gran tensión en su amigo. Lo observó cautelosamente, y antes de que pudiera arrepentirse, volvió a hablar:-Hablalo con él, ¿si? Marcos necesita saber de esto.
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Agustín asintió con la cabeza, y, tembloroso, sacó su celular de su bolsillo derecho. Coti le ofreció su mano, y él la tomó muy, muy fuerte. Como si eso fuera a quitarle todo el miedo de encima. Concentrado, buscó el número de su novio entre sus contactos. Contó hasta tres y marcó.
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Uno, dos, tres pitidos.
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¿Qué se supone que iba a decirle?
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Cuatro, cinco, seis pitidos.
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¿Qué ahora, luego de haberse rendido en la búsqueda, volvió a tener un dejo de esperanza?
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Siete, ocho, nueve pitidos.
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La reconocible voz de Marcos llamándolo extrañado se oyó del otro lado de la línea. Y Agustín supo que quiso vomitar.
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Agustín daba vueltas por el departamento, impaciente. Seguramente si Mora hubiese tenido la oportunidad, lo hubiera empujado desde el balcón.
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El sol se escondía en el horizonte, y la agradable y cálida paleta de colores que el reflejo de aquel acto figuraba en la pared tal vez le hubiese generado tranquilidad en otra ocasión.
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Luego de su charla con su mejor amiga, y luego de armarse de valor para explicarle la situación a Marcos una vez que lo hizo retirarse del trabajo y una vez que llegó a casa, su alfa salió disparado a la farmacia más cercana en busca de algún test que acabe con la eterna duda de una vez por todas.
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Agustín tardó apenas unos minutos luego de quedarse solo en recaer en la locura que estaba por cometer, otra vez. ¿A quién intentaba engañar? No habían demasiadas posibilidades de un resultado positivo, nunca las hubo. Y aún así él había decidido tirarse nuevamente a la piscina vacía, y no sabía si podría aguantar otra decepción. Su cuerpo pedía un alto. Lo pidió desde que se había dado cuenta que probablemente los hijos biológicos sean un deseo que nunca se cumplirían. Agustín había estado triste y agotado durante mucho tiempo, buscando respuestas inexistentes al que parecía un castigo divino sin justificación.
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Como si quisiera esconderse del resto del mundo, Agustín se hizo un bollito en el suelo, sollozando. No supo cuánto tiempo pasó, pero entre su trance sintió los brazos de Marcos rodearlo fuerte y abruptamente.
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-¿Bebé? ¿Qué pasa, amor? Hablame.- Marcos estaba más que preocupado, toqueteando con la yema de sus dedos la carita de su omega, intentando de que fije su vista en él.
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-Tengo mucho miedo, Mar.- soltó, tartamudeando y temblando levemente, mientras buscaba consuelo en el fuerte pecho de su novio.-Tengo mucho, mucho miedo.
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El alfa rubio suspiró pesado, con la inquietud floreciendo en su pecho. Su dulce omega sentía un gran miedo, podía sentirlo a través de su aroma. Inmediatamente intentó reconfortarlo, besuqueando la coronilla de su cabeza, sintiendo cosquillas cuando los rulitos rozaron su nariz:-¿Es por la prueba, bebé?
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Agustín asintió, tomando una distancia adecuada de su rostro, acunándolo entre sus manos:-¿Qué pasa si otra vez le erramos?- su voz se le rompe al final, con el terror palpable, aguantando las ganas de comenzar a llorar de nuevo.
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La mano de Marcos se desliza hasta el cuello de su omega, masajeando con cuidado cerca de la marca de su mordida, aquella que los distingue como pareja, aquella que indica que Agustín le pertenece.
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-No va a pasar nada, bebé, lo prometo. Nos vamos a sentir mal, ambos. Pero lo vamos a superar juntos, como siempre. Lo prometo.
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La otra mano de Marcos se sitúa sosteniendo la barbilla de Agustín, firme, para que el contrario fije su mirada en el alfa, para que crea en sus palabras.
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Aunque Marcos sabe que en cierta parte, miente. Una pequeña y horrible parte de él, de la que no estaba para nada orgulloso, se niega a aceptar otro negativo. Se niega aceptar de que tal vez esta sea, ahora sí, la última vez que Agustín busque aquella luz en la oscuridad. Y él lo entiende, claro que lo entiende, pero su corazón no. No entiende el porqué el omega le está haciendo esto, a él, a su amado alfa.
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Pero Agustín no estaba lejos de sentir aquello también. Estaba triste, cansado, agotado. Física y mentalmente. Estaba harto de ilusionarse por nada. No entendía el porqué Dios lo abandonaba en aquellos momentos, el porqué no podía simplemente darle lo que él pedía para él y para su alfa. Estaba enojado con todo el mundo, y sobretodo con él, con su cuerpo, por no colaborar y no darle un pequeño cachorro.
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La negatividad brotaba de sus poros, queriendo empujar levemente a Marcos, romper cosas, o simplemente desaparecer. Sentía que en cualquier momento se desmayaría, de los nervios o de la bronca.
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Pero como si de un salvavidas se tratase, los labios de su alfa invadieron los suyos, besando, mordiendo y chupando. No era para nada un beso lascivo, sino uno en donde Marcos le pasaba toda su -poca- tranquilidad, para que no tenga nada de qué temer.
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Así estuvieron por un buen rato, entre besos y mimos. Agustín apretaba con fuerza la mano de Marcos, hasta que sintió como su alfa apartaba los rulos de su frente sudorosa, y se alejaba con lentitud para no romper la burbuja.
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-Entonces, bebé...- de su bolsillo sacó la cajita rectangular, aquella que iba a decidir si Agustín podría entrar de una vez al paraíso, o se quedaría de por vida en el infierno-¿Lo intentamos una última vez?
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Agustín soltó una risita sin gracia, asintiendo mientras se levantaba y tomaba la cajita entre sus manos:-Lo intentamos una última vez.
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Para el omega no fue nada difícil seguir el procedimiento del test, después de todo tenía mucha práctica, y mucha agua corriendo en su sistema. Una vez acabó, dejó el frágil objeto en el tocador de baño y salió al encuentro de su alfa para esperar.
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-Decimelo una última vez.- pidió después de unos minutos, aún con el rostro hundido en el pecho de Marcos.
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El rubio no hizo más que reír, estrechándolo aún más cerca, para que sienta su calor. Estaba nervioso, pero sabía que no ganaba nada con la negatividad, su novio no necesitaba a otro pesimista. Besó con euforia su frente y susurró:-Te voy a seguir amando, sea cual sea el resultado, ¿si?
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Con aquellas palabras en mente, Agustín se separó del pecho de Marcos, y se adentró nuevamente en el baño antes de arrepentirse. Marcos lo esperaba afuera, porque sabía que el de ojos azules necesitaba aquella privacidad.
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Cada paso, cada segundo era otro deja vú en la mente de Agustín, de todas aquellas veces que sintió que sus sueños fueron arrebatados.
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Se preguntó si, tal vez, esta vez sería diferente.
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Oh. Y claro que lo fue.
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Agustín había tomado el objeto con la rapidez de mil soles, y sintió todo su alrededor girar al punto de marearlo y darle náuseas cuando divisó el resultado. Dos rayitas rosadas posaban en la pantallita del test, y ante la inseguridad de estar imaginando cosas, llamó a su alfa de inmediato.
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-¡Marcos! ¡Mar! ¡Vení por favor!
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Marcos no estaba mucho mejor que él, por supuesto. Se acercó apenas oyó a su novio, y tuvo que ahogar un grito mientras procesaba lo que sus ojos veían. Aquellas dos sagradas rayitas rosas fue como una lluvia en medio de un desierto, fue como volver a casa después de un largo y cansador día. Aquellas dos rayitas fueron la materialización de todos los suelos y fantasías que Marcos y Agustín habían guardado en una caja fuerte bajo catorce llaves.
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Las lágrimas, besos y abrazos no tardaron en aparecer. Agustín estaba temblando, sin saber que decir, con su mente yendo a diez mil kilómetros por hora. Se aferró fuerte a Marcos, pasando sus brazos por su cuello, y colgando sus piernas a la cadera ajena.
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-No entiendo, Mar...-susurró.-No entiendo. La última vez que lo hice fue hace poco y...
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-No sé, Agu. No sé y no me importa.-Marcos interrumpió de inmediato aquel pensamiento, depositando un eufórico y sonoro beso en su mejilla-Lo único que me importa es que vamos a ser papás, bebé. ¿Podés creerlo?
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Los ojitos de Agustín volvieron a llenarse de lágrimas, esta vez de felicidad. Marcos creyó que el cielo en sus ojos nunca había estado tan brillante, tan vivo. Absolutamente todo el sufrimiento anterior había valido la pena por este instante.
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-No sé que decir, amor, estoy muy contento.-Agustín junto sus frentes y cerró sus ojos, guardando aquel momento en el lugar más preciado en el que su mente y corazón podía guardarlo -Vamos a ser papás...
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Marcos rió bajito balanceándose aún con Agustín entre sus brazos, con temor de separarse y que todo haya sido un sueño:-¿Sos consciente de que ahora no te voy a dejar en paz, no?
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Un suspiro pesado abandonó al omega, mientras mordia sus labios, impaciente:-Me voy a poner gordo, Mar.
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-Te vas a poner hermoso.- dijo, y besó una vez más sus labios -Vas a llevar a nuestro cachorro, y yo voy a cuidarlos. A ambos.
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Los pensamientos de Agustín se inundaron en ropita, zapatitos, juguetitos y coches para bebés. Se imaginó a si mismo paseando a su pequeño, rubio de ojitos verdes, igual a su papá. Tenía tanto para decir, pero simplemente no podía encontrar las palabras adecuadas para expresar sus sentimientos.
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¿Si era alfa, beta u omega? ¿Acaso eso le importaba a la pareja? Definitivamente no. Ahora lo único en lo que podían pensar era en la vida que les esperaba, feliz y próspera, y llena de amor.
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-Te amo, Mar, mucho...- Agustín susurró, despegando los cabellos rubios de la frente de su alfa, para poder observar mejor sus ojitos verdes. Oh, su alfa. Su amado alfa. Aquel que nunca lo abandonó, que fue su soporte, que nunca puso presión en sus hombros. Y que ahora él podía retribuir todo su amor con lo que siempre habían soñado, un pequeño hijo.
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Una de las manos posadas en los muslos de Agustín subió hasta su espalda, acercándolo más. Marcos lo abrazó como nunca antes lo había hecho, fuerte y decidido, feliz. Se hundió en el cuello ajeno, aspirando su aroma, codicioso, y besó la mordida de su omega.
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-Yo te amo mucho más, Agu. Te amo, te amo.
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Se quedaron allí, absortos en su burbuja, como siempre lo habían hecho. Marcos se encargó de tranquilizar y mimar a Agustín cuando bajaron de la euforia. Se encargó de darle un masaje, y de arroparlo para que descanse. Se encargó de comunicarle a su familia la gran noticia días después, y se encargó de todas y cada una de las citas mensuales a las que el omega debía asistir para ver el progreso del bebé en su vientre.
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Pero lo más importante, se encargó de cuidar a su novio, y de recordarle lo bien que lo hacía, lo orgulloso que estaba de él por todo lo que se aguantó, y de lo mucho que lo amaba. Le dijo te amo la noche que se enteraron del embarazo, se lo dijo en la primer ecografía, y se lo volvió a decir horas después de que Agustín diera a luz a un sano y fuerte bebé, cuando tuvo la autorización de los médicos para ver a su ahora marido, y para conocer a su primogénito.
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-Lionel conquista a todos, ¿no, bebé?- Marcos bromeó, luego de que su familia haya abandonado la habitación de hospital donde Agustín descansaba post-parto.
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Carola, su madre, había insistido en que Agustín y el recién nacido no podían estar solos una vez que Marcos vuelva a trabajar, así que se había ofrecido a quedarse un par de días en Buenos Aires hasta que Agustín pueda acostumbrarse a la rutina nuevamente.
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-Mmm, vos no te vas a rendir, ¿no? -el omega hizo un espacio en la cómoda cama de hospital para que su esposo se recueste junto a ellos, pero en ninguno de esos momentos había despegado los ojos de la carita de su hijo, estudiando cada rasgo y endulzándose con ellos.
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-Y si Lionel es el nombre del mejor del mundo, ¿cómo no voy a querer que este gordito hermoso se llame así? - el alfa rió, mientras besaba la mejilla de su omega, y seguido, la del cachorro entre sus brazos. Observó los ojos verdes de su hijo, abiertos y curiosos, mientras alternaba la mirada entre sus padres. -Es hermoso igual que vos, bebé.
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-¿Qué decís, amor? Si es una copia tuya. - sonrió, acariciando el rostro de su amado.
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Marcos vió las ojeras debajo de las gemas de Agustín, sabiendo que lo las adecuado sería dejarlo descansar. Pero si había descubierto algo en los últimos casi nueve meses, era lo mucho que le gustaba molestar a su omega:-¿Sí? Entonces tendríamos que ponerle Marcos. Marcos Ginocchio Junior, ¿qué te parece?
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La mueca que Agustín hizo fue digna de enmarcar. La pareja comenzó a reírse, como si aquello fuera lo más gracioso del mundo, mientras el pequeño cachorro aún los miraba, extrañado.
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El omega recordó todas las escenas de celos por parte de su alfa durante todo su embarazo, recordó su intensidad y el cómo no lo dejaba ir solo a ningún lado bajo la excusa de "cuidarlo". Frunció el celo, divertido, antes de negar con la cabeza:-¿Dos Marcos en la casa? Mmm no me parece... Prefiero Lionel.
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Marcos sonrió victorioso y se acercó a besar los labios de su marido, mientras acariciaba la regordeta mejilla de Leo.
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Sintió la felicidad plena invadir su pecho. Y de repente, todos los malos momentos en su vida fueron reducidos a cenizas. Ahora su vida se reducía a eso. A él, a su marido, y a su hijo. En la pequeña familia y en el pequeño hogar que habían logrado construir con paciencia y dedicación.
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Ese sería su para siempre, por siempre.
