Actions

Work Header

M0rire besand0 a Roier Soot

Summary:

Roier Soot es el mago más poderoso del mundo, tiene diecisiete años y es 'el Elegido', el único que puede salvar su mundo.
La verdad: Roier es el peor Elegido que nadie podría haber elegido.
Al menos eso es lo que dice Spreen, su némesis. Y Spreen será malvado y un vampiro y hijo de puta, pero aquí tiene razón. La mayor parte del tiempo, Roier ni siquiera puede controlar su magia, ¿y tiene que salvar el mundo?

Notes:

NO subir a WATTPAD. Que las adaptaciones se queden aqui para evitar que llegue a los streamers. 

Esta adaptacion esta hecho sin fines de lucro, de fans para fans. Se shippean cubitos NO STREAMERS

El titulo esta con numeros para que no salte el coppy, lo siento <3

Chapter Text


-Roier-

Voy solo a la estación de autobuses.

Siempre arman muchísimo lío con mis papeles cuando me voy. Durante el verano, ni siquiera me dejan ir a un Oxxo sin un acompañante y permiso de la mismísima reina de Inglaterra. Pero, cuando llega el otoño, simplemente firmo el documento de salida del centro de menores, y me dejan irme.

—Él va a un colegio especial —le explica una de las señoras de la secretaría a la otra cuando me voy.

Están sentados sobre una caja de poliestireno y yo les devuelvo mis papeles deslizándolos a través de una ranura en la pared.

—Es una escuela para jóvenes delincuentes —susurra. La otra mujer ni siquiera levanta la cabeza.

Esto se repite cada mes de septiembre, a pesar de que nunca repito centro de menores.

El Hechicero Luzu vino en persona a buscarme para llevarme a la escuela la primera vez, cuando tenía una vez años. Pero, al año siguiente, me dijo que podía llegar a Watford yo solo.

—Has sido capaz de matar a un dragón, Roier. Seguramente serás capaz de caminar un poco y coger un par de autobuses.

Yo no quería matar a aquel dragón. No creo que quisiera hacerme daño. 'A veces todavía sueño con eso. El modo en que el fuego lo consumió de dentro hacia fuera, como una quemadura de cigarrillo consumiendo un trozo de papel.'

Llego a la estación de autobuses y me como una chocolatina de menta mientras espero el primer autobús. Después tengo que coger otro. Y luego un tren.

Cuando estoy instalado en el tren, intento dormir con la maleta en el regazo y los pies apoyados en el asiento de enfrente, pero un hombre un par.

de filas atrás no deja de mirarme. Siento sus ojos trepando por mi nuca.

Podría ser un simple pervertido. O un policía.

O podría ser un cazarrestos que sabe cuánto le pagarían por mi cabeza.

—Se llaman cazarrecompensas —le dije a Rivers la primera vez que nos enfrentamos a uno de ellos.

—No, se llaman cazarrestos —respondió ella—. Porque son tus restos, tus dientes y tus huesos, más concretamente, lo que se queda de ti si te pillan.

Me cambio de vagón y ni siquiera intento volver a dormirme. A medida que me acerco a Watford, me voy poniendo cada vez más nervioso. Todos los años considero la opción de saltar del tren en marcha y así lograr evitar el resto del camino a la escuela, aunque eso signifique quedarme en coma.

Podría hechizar el tren con un "¡Date prisa!", pero es un hechizo arriesgado, y los primeros hechizos que conjuro a principios de curso no suelen salirme bien. Se supone que, durante el verano, debería practicar con hechizos pequeños, predecibles, cuando nadie me vea. Como encender farolas. O transformar manzanas en naranjas.

—Practica abrochándote los botones de la camisa, o atándote los cordones —sugirió la señorita Eliza—. Ese tipo de cosas.

—Solo tengo un botón que abrocharme —le dije y, luego me sonrojé cuando ella bajó la vista hacia mis vaqueros.

—Entonces, usa tu magia para hacer las tareas domésticas —dijo—.

Para fregar los platos. Para sacar brillo a la cubertería de plata.

No me molesté en decirle a la señorita Eliza que los platos en los que como en verano son desechables y los cubiertos son de plástico (solo tenedores y cucharas, nunca me dejan usar cuchillos).

Ni siquiera me moleste en practicar mi magia este verano.

Es aburrido. Y no tiene sentido. Y no sirve de nada. No consigo ser mejor mago a base de práctica, lo único que consigo es cabrearme y perder el control.

Nadie sabe por qué mi magia es así. Por qué se dispara como una bomba en lugar de fluir a través de mí como un maldito arroyo o como narices les funcionan a los demás.

—No sé —me dijo Rivers cuando le pregunté qué experimenta ella con la magia—. Supongo que podría describirlo como un pozo en mi interior. Tan profundo que ni siquiera alcanzo a ver el fondo. Pero en lugar de bajar cubos para sacarla, lo único que tengo que hacer es tirar de ellos para que afloren a la superficie. Y, entonces, simplemente aparece la cantidad necesaria que necesite mientras consiga concentrarme.

Rivers siempre consigue conseguir. Además, ella es poderosa.

Mayichi no lo es. No tanto, al menos. Y a Mayichi no le gusta hablar de su magia.

Pero una vez, en Navidad, conseguí mantenerla despierta hasta que estuvo tan cansada y atontada que logré que me confesara que, para ella, lanzar un hechizo es como flexionar un músculo y mantenerlo en esa posición.

—Igual que en el croisé devant —me dijo—. ¿Sabes lo que es? Negué con la cabeza.

Estaba tumbada sobre una alfombra de piel de lobo delante de la chimenea, acurrucada como una preciosa gatita.

—Es un paso de ballet —dijo ella—. Es como tener que mantener una posición el máximo tiempo posible.

Spreen dice que, para él, es como encender una cerilla. O apretar un gatillo. En realidad, no tenía intención de contármelo, pero se le escapó cuando tuvimos que luchar contra la quimera en el bosque en quinto. La quimera nos tenía acorralados, y Spreen no era lo suficientemente poderoso como para combatir solo contra ella. (Ni siquiera el Hechicero tiene poder suficiente

para luchar solo contra una quimera.)

—¡Hazlo, Soot! —me gritó Spreen—. ¡Hazlo! ¡Libérala ahora, carajo!.

—No puedo —intenté explicarle—. No funciona así.

—¡Claro que funciona así, maldita sea!.

—No puedo activarla sin más —respondí.

—¡Inténtalo!.

—¡Que no puedo, mierda!.

Yo estaba blandiendo mi espada a mi alrededor; a los quince años ya la manejaba bastante bien, pero la quimera no era corpórea. (Así es mi mala suerte, casi siempre. En cuanto empiezas a manejarte con la espada, todos tus enemigos se vuelven niebla y telarañas.)

—Cierra los ojos y enciende un fósforo —me dijo Spreen.

Los dos estábamos intentando escondernos detrás de una roca. Él lanzaba un hechizo tras otro; practicamente los estaba cantando.

-¿Qué?

—Eso era lo que solía decirme mi madre —comentó—. Enciende un fósforo en tu corazón, y luego sopla sobre la paja.

Para Spreen, todo está relacionado con el fuego. Me cuesta creer que todavía no me haya incinerado. O quemado en una hoguera.

Cuando estábamos en tercero, le divertía amenazarme con un funeral vikingo.

—Sabes qué significa eso, Soot? Una pira en llamas, a la deriva, en el mar. Podríamos hacer la tuya en Blackpool, para que todos tus pelotudos amigos Normales puedan venir.

—Vete a la verga —respondía, tratando de ignorarlo.

Yo nunca he tenido amigos Normales, ni pelotudos ni de ningún tipo.

En el mundo de los Normales, todo el mundo huye de mí si puede evitarlo. Rivers dice que perciben mi poder y me evitan instintivamente. Como los perros que no establecen contacto visual con sus dueños. (Que no es que yo sea el dueño de nadie, no quiero que suene así.)

De todas maneras, con los magos me pasa justo al revés. Les encanta el olor de la magia. Tengo que esforzarme mucho para conseguir que me odien.

A no ser que el mago en cuestión sea Spreen. Él es inmune. Después de compartir habitación conmigo durante siete años, semestre tras semestre, quizás haya desarrollado cierta tolerancia a mi magia.

Aquella noche que estuvimos luchando contra la quimera, Spreen estuvo gritándome hasta que perdí el control y estallé.

Los dos despertamos unas horas más tarde en un agujero renegrido. La roca detrás de la que nos habíamos estado escondiendo se convirtió en polvo, y la quimera en vapor. O, tal vez, simplemente desapareciera.

Spreen estaba convencido de que le había chamuscado las cejas, pero a mí parecía que estaba perfectamente, ni un solo pelo fuera de su sitio.

Típico de Spreen.

Durante los veranos, no me permito el lujo de pensar en Watford.

Después del primer curso allí, cuando tenía una vez años, me pasé el verano entero pensando en ello. Pensaba en toda la gente que había conocido en la escuela: Rivers, Mayichi, el Hechicero. En sus torres y sus jardines. En la hora del té. En los postres. En la magia. En el hecho de que yo también era mágico.

Llegué a ponerme enfermo de tanto pensar y soñar con la Escuela Mágica de Watford, hasta que empecé a sentir que solo era un sueño. Una simple fantasía con la que pasar el tiempo.

Como cuando solía soñar con que algún día sería futbolista y que mis padres, mis padres biológicos, volverían a por mí…

Imaginaba que mi padre sería futbolista profesional. Y mi madre un modelo de alta costura. Y me explicarían que tenían que abandonarme porque eran demasiado jóvenes para ocuparse de un bebé, y porque tenían que sacar adelante sus carreras.

—Pero siempre te echamos de menos, Roier —me dirían—. Te hemos estado buscando.

Y me llevarían a su mansión.

La mansión de un jugador de fútbol… Un internado mágico…

A la luz del día, en el mundo real, ambas fantasías eran igual de mierda. (Sobre todo si te despiertas en una habitación con otros siete chicos abandonados por sus familias.)

Aquel primer verano ya casi había reducido a polvo el recuerdo de Watford cuando me llegó el billete de autobús y mis documentos, junto con una nota del Hechicero en persona…

Real. Todo era real.

Así que, durante el verano siguiente, después de mi segundo año en Watford, no me permití pensar en absoluto en la magia durante meses.

Simplemente, fue como si me desconectara de ella. No la eché de menos, no me apeteció usarla.

Decidí dejar que la Escuela Mágica llegara como un gran regalo sorpresa en septiembre, si es que llegaba. (Y llegó. Hasta el momento, siempre lo ha hecho.)

El Hechicero solía decir que quizás algún día me dejaría pasar los veranos en Watford, o que tal vez incluso podría pasarlos con él, donde quiera que pase él los veranos.

Pero luego concluyó que era mejor que pasara parte del año con los Normales. Para acostumbrarme a su lenguaje y mantenerme:

—Deja que las dificultades te afilen, Roier.

Al principio creí que se refería al filo de mi espada, pero después me di cuenta de que se refería a mí.

Yo soy la espada. La Espada del Hechicero. No estoy seguro de que pasar los veranos en casas de acogida me «afile» de ninguna manera… Pero sí me hace sentir más… ansioso. Como hambriento. Hace que quiera ir a Watford como, no sé, como si me fuera la vida en ello.

Spreen y los de su calaña —las Familias Antiguas y ricas— opinan que nadie iguala su capacidad de entender la magia. Ellos creen que son los únicos a los que se les puede confiar el don de la magia.

Pero no hay nadie a quien le guste la magia más que a mí.

Ningún otro mago —ninguno de mis compañeros, ninguno de sus padres— sabe cómo es vivir sin magia.

Yo soy el único que lo sé.

Y haré cualquier cosa para asegurarme de que siempre esté aquí para mí y poder hacer de ella mi hogar.

Intento no pensar en Watford cuando estoy lejos de allí, pero este verano ha sido casi imposible no hacerlo.

Con todo lo que pasó el curso anterior, me costaba creer que el Hechicero fuera a prestarle atención a una cosa tan banal como el final de curso. ¿Quién interrumpe una guerra para mandar a los alumnos a sus casas para las vacaciones de verano?

Además, yo ya no soy un niño. Legalmente, podría haber solicitado la mayoría de edad a los dieciséis años. Podría haber alquilado un piso en algún sitio. Tal vez en Londres. (Podía permitírmelo. Tenía un saco lleno de oro de los duendes, que solo desaparece si intentas pagar con él a otros magos.)

Pero el Hechicero me mandó a un nuevo centro de menores, como hace siempre. Después de todos estos años, me sigue teniendo de aquí para alla, dando vueltas como una peonza. Como si alli fuera a estar a salvo. Como si allí el Humdrum no pudiera invocarme, o lo que sea que nos hizo a Rivers ya mí a finales del semestre pasado.

—¿Es capaz de invocarte? —preguntó Rivers en cuanto conseguimos alejarnos de él—. ¿A través de una masa de agua? Eso no es posible, Roier. No existen precedentes.

—La próxima vez que me invoque bajo la forma de una puta ardilla demoniaca, no te preocupes, que se lo diré.

Rivers tuvo la mala suerte de estar agarrada a mi brazo cuando el Humdrum me invocó, por lo que la arrastré conmigo. La única razón por la que conseguimos escapar fue su rapidez de pensamiento.

—Roier —me dijo ese día, cuando finalmente estábamos en el tren de vuelta a Watford—. Esto es serio.

—Por Jesse y el puto Joy, Rivers!, ya sé que esto es serio. Sabe cómo encontrarme.

Ni yo mismo sé cómo encontrarme, pero el Humdrum sí sabe cómo hacerlo.

—¿Cómo puede ser que sigamos teniendo tan poca información sobre él? —dijo, furiosa—. Esta tan…

—Escurridizo —dije—. Por algo le llaman el Escurridizo Humdrum.

—Deja de bromear. Esto es serio.

—Ya lo sé, Rivers.

Cuando volvimos a Watford, el Hechicero escuchó nuestra historia y comprobó que no hubiéramos sufrido ningún daño, pero luego nos mandó a cada uno por nuestro lado. Simplemente… nos mandó a casa.

No tiene ningun sentido.

Así que, como no podía ser de otra manera, me pasó el verano entero pensando en Watford. En todo lo que pasó, y todo lo que todavía me podría pasar y todo lo que estaba en juego… Me angustiaba.

Pero, a pesar de todo, intenté no concentrarme en las cosas buenas. Porque las cosas buenas son las que te vuelven loco cuando las echas de menos, ¿sabes?

Tengo una lista de todas las cosas buenas que echo de menos y en las que no me permito pensar hasta que estoy a una hora de Watford. Entonces, repaso la lista, punto por punto.

Es un poco como irte introduciendo poco a poco en agua fría. Bueno, más bien lo contrario, como irte sumergiendo en algo realmente bueno, para reducir el efecto de la impresión. Empecé a hacer esta lista, mi lista de cosas buenas, cuando tenía una vez años, y probablemente debería eliminar algunos puntos, pero es más difícil de lo que parece.

De todos modos, ahora mismo estoy a una hora de llegar a la escuela, así que recapitulo mentalmente la lista, y apoyo la frente contra la ventanilla del tren.

Las cosas que más eco de menos de Watford

nº1; Los bollos de cereza;

Antes de estudiar en Watford nunca había probado los bollos de cereza. Solo había probado los de pasas, pero, por lo general, solo comía los normales, los del supermercado, que solían estar demasiado horneados.

En Watford, si quieres, siempre puedes comer bollos de cereza recién horneados para desayunar. Y a la hora del té vuelve a haber otra remesa. Tomamos té en el comedor después de las clases, antes de las actividades, el fútbol y los deberes.

Siempre tomo el té con Rivers y Mayichi, y yo soy el único que siempre viene bollos.

—Vamos a cenar dentro de dos horas, Roier —Mayichi se sigue burlando de mí, después de todos estos años.

Una vez Rivers intentó calcular la cantidad de bollos que me comió desde que empezamos en Watford, pero se aburrió antes de averiguar el resultado.

Sencillamente, no puedo evitar comérmelos si están allí. Son suaves, ligeros y tienen un leve toque salado. A veces, hasta sueño con ellos.

Nº 2 Ríos;

Este punto de la lista podría ocuparlo el rosbif. Pero hace unos años decidí limitarme a una sola comida. Si no, esta lista se convertiría en una oda a la comida como la del musical ¡Oliver!, y me entra tanta hambre que hasta me duele la tripa.

Mayichi debería ocupar un lugar más alto de la lista que Rivers, porque Mayichi es mi novia. Pero Rivers llegó a la lista primero. Nos hicimos amigos durante mi primera semana en la escuela, en clase de Palabras Mágicas.

No sabía muy bien qué pensar de ella cuando nos conocimos: una niña menuda y un brillante pelo rosa. Llevaba gafas puntiagudas, de esas que usas para disfrazarte de bruja en una fiesta de disfraces, y un enorme y pesado anillo color morado en la mano derecha. Estaba intentando ayudarme con un ejercicio, y creo que yo me limitaba a mirarla fijamente.

—Sé que eres Roier Soot —dijo ella—. Mi madre me dijo que estarías aquí. Dice que eres muy poderoso, probablemente más poderoso que yo. Yo soy Rivers Rivera.

—No sabía que alguien como tú pudiera llamarse Rivers —dije. Menuda estupidez. (Ese año solo dije estupideces.)

Ella arrugó la nariz.

—Y ¿cómo debería llamarse alguien como yo?

—No lo sé —de verdad que no lo sabía. Las chicas que había conocido que se parecían a ella se llamaban Saanvi o Aditi, y, definitivamente, no eran pelirosas—. ¿Saanvi? —proponer.

—Alguien como yo puede llamarse de cualquier manera —dijo Rivers.

—¡Ah! —dije—. Bien, perdona.

—Y podemos hacer lo que nos dé la gana con nuestro pelo —volvió al ejercicio, dando un latigazo en el aire con su coleta pelirosa—. Es de mala educación quedarse mirando fijamente a la gente, ¿sabes?, aunque sean tus amigos.

— ¿Somos amigos? —le pregunté, más sorprendido que otra cosa.

—Te estoy ayudando con el ejercicio, ¿no?

Lo estaba haciendo. Acababa de ayudarme a reducir una pelota de fútbol al tamaño de una canica.

—Creía que me estabas ayudando porque soy tonto —respondí.

—Todo el mundo es tonto —respondió—. Te estoy ayudando porque me caes bien.

Resultó que se había teñido el pelo accidentalmente de ese color probando un hechizo nuevo; después lo llevó pelirosa durante todo primero. En segundo probó con el azul.

La madre de Rivers es Mexicana y su padre inglés. En realidad, los dos son ingleses; la rama mexicana de su familia lleva muchos años instalada en Londres. Más tarde, Rivers me contó que sus padres le habían pedido que se mantuviera alejada de mí en la escuela.

—Mi madre dice que nadie sabe realmente de dónde ha salido. Y que puedes ser peligroso.

—¿Y por qué no le ha hecho caso? —le pregunté.

—¡Porque nadie sabe de dónde ha salido, Roier! ¡Y porque puedes ser peligroso!

—Tienes el instinto de supervivencia roto.

—Además, también me diste pena —dijo—. Estabas cogiendo la varita al revés.

Todos los veranos echo de menos a Rivers, aunque me repita a mí mismo que no debo hacerlo. El Hechicero ha prohibido a todo el mundo que me escriba o me llame durante las vacaciones, pero Rivers se las ingenia para encontrar la manera de enviarme mensajes: un día poseyó el cuerpo del anciano de la tienda de abajo, al que se le olvidará ponerse la

dentadura, y habló a través de él. Me alegré de tener noticias suyas y eso, pero fue tan raro que le pedí que no lo volviera a hacer a menos que hubiera alguna emergencia.

Nº3 El campo de fútbol;

No jugar consigo tanto al fútbol como antes. No se me da lo suficientemente bien como para entrar en el equipo de la escuela, además siempre estoy metido en algún plan, o en alguna tragedia, o fuera de la escuela porque el Hechicero me ha enviado a alguna misión. (No se puede defender la portería con confianza cuando el puto Humdrum de las narices es capaz de invocarte cuando le viene en gana.)

Pero a veces consigo jugar. Y es un campo perfecto: el césped es precioso. La única zona llana del campus. Es muy bonito, y cerca hay árboles, a la sombra de los que podemos sentarnos a ver los partidos. Spreen juega en el equipo oficial de la escuela. Por supuesto. El muy hijo de puta.

En el campo es igual que en todos los demás sitios. Fuerte. Agraciado.

Jodidamente despiadado.

Nº 4 El uniforme;

Incluí este punto en la lista cuando tenía una vez años. Hay que entender que, cuando recibí mi primer uniforme, era la primera vez que tenía ropa de mi talla, la primera vez que me ponía una chaqueta y una corbata. De repente, me sentí alto y elegante. Hasta que Spreen entró en el aula: él era el más alto y elegante de todos.

En Watford, los estudios duran ocho años. Los alumnos de primero y segundo usan chaquetas a rayas —de dos tonos de morado y dos tonos de verde— con pantalones gris oscuro, jerséis verdes y corbatas rojas.

Hasta sexto, dentro de la escuela hay que usar un sombrero como los que llevan los gondoleros, aunque en realidad es solo una prueba para ver si eres capaz de lanzar un "Estate quieto" suficientemente potente como para mantener el sombrero en su sitio. (El mío siempre lo hechizaba Rivers. Si lo hubiera hecho yo, hubiera terminado durmiendo con el maldito sombrero todo el curso.)

Cada otoño, cuando llego a nuestra habitación, hay un uniforme nuevo esperándome. Lo encontraré sobre mi cama, limpio, planchado, y me quedará perfectamente, da igual cuánto haya cambiado o crecido.

Los alumnos de cursos superiores —como yo, ahora mismo— visten chaquetas verdes con ribetes blancos. Además, si queremos llevar jerséis rojos. Las capas son opcionales. Yo nunca las uso, me hacen sentir un poco imbécil, pero a Rivers le gustan. Dice que se siente como Stevie Nicks, la cantante de Fleetwood Mac.

Me gusta el uniforme. Me gusta saber la ropa que voy a llevar todos los días. No sé cómo vestiré el año que viene, cuando haya terminado en Watford…

Pensó en unirme a los Hombres del Hechicero. Ellos tienen sus propios uniformes, una mezcla de Robin Hood y agente del MI6, el servicio secreto británico. Pero el Hechicero dice que ese no es mi camino.

Me lo dice así:

—Ese no es tu camino, Roier. Tú camino está en otro lado.

Él quiere que me mantenga apartado de todo el mundo. Que reciba entrenamiento exclusivo. Lecciones especiales. Creo que ni siquiera me hubiera permitido asistir a Watford si él no fuera el director y pensara que es el lugar más seguro para mí.

Si le preguntara al Hechicero qué ropa debería usar cuando termine en Watford, probablemente me daría un equipamiento de superhéroe.

Pero, cuando me marche, no pienso preguntarle a nadie cómo debería vestirme. Ya tengo dieciocho años.

Me vestiré yo solo. O me ayudará Rivers.

Nº 5 Mi habitación;

Debería decir «nuestra habitación», pero no echo de menos la parte que comparte con Spreen.

En Watford, cuando entras en primero, se te asigna una habitación y un compañero para toda tu estancia allí. Nunca tienes que recoger tus cosas, ni quitar tus pósteres.

Compartir habitación con alguien que quiere matarme, con alguien que lleva queriendo matarme desde que tenía once años, ha sido… Bueno, ha sido un poco jodido, ¿Si?

Pero tal vez el Crisol se sintiera un poco mal por ponernos a Spreen ya mí juntos en la misma habitación (no literalmente, no creo que el Crisol tenga sentimientos), porque, a cambio, Spreen y yo tenemos la mejor habitación de Watford.

Vivimos en la Casa de los Enmascarados, casi en el confín de los terrenos de la escuela. Es un edificio de piedra de cuatro pisos y medio, y nuestra habitación está en la parte superior, en una especie de torreta que da al foso. La torreta es demasiado pequeña para tener más de una habitación, pero es más grande que las habitaciones de los demás alumnos. Y aquí pasamos el personal, así que nuestro propio baño.

Spreen es en realidad una persona bastante decente para compartir un baño. Se pasa toda la mañana ahí, pero está limpio; y no le gusta que toque sus cosas, así que lo mantiene todo bastante despejado. Rivers dice que nuestro baño huele a cedro y bergamota, y ese olor debe ser de Spreen porque, definitivamente, yo no huele así.

Te contaría cómo consigue Rivers entrar en nuestra habitación —las chicas tienen prohibido entrar a las habitaciones de los chicos y viceversa

—, pero es que todavía no lo sé. Yo creo que lo hace con el anillo. Una vez la vi usar para abrir una cueva, así que cualquier cosa es posible.

Nº 6 El Hechicero;

También metí al Hechicero Luzu en la lista cuando tenía una vez años. Y ha habido muchas veces que he pensado en sacarlo.

Como en sexto, cuando prácticamente me ignoró. Cada vez que intentaba hablar con él, me decía que estaba en medio de algo importante.

A veces, me lo sigue diciendo. Lo entiendo. Es el director. Y es mucho más que eso: es el líder del Aquelarre, así que, técnicamente, es quien gobierna el mundo de los Hechiceros. Y no es que sea mi padre. No es nada mío…

Pero es lo más parecido que tengo a un pariente.

El Hechicero fue la primera persona que se acercó a mí en el mundo de los Normales y me reveló (o intentó explicarme) quién soy. Sigue cuidando de mí, a veces sin que yo me dé cuenta. Y cuando me puede dedicar un poco de tiempo, para hablar de verdad conmigo, es cuando me siento más apoyado. Lucho mejor cuando el esta cerca. Pienso mejor. Es como si, cuando él está a mi lado, consiguiera creer lo que siempre me dice: que soy el Hechicero más poderoso que jamás se haya conocido en el mundo de los Hechiceros.

Y que tener tanto poder es algo bueno, o que, al menos, algún día lo será. Que un día conseguiré resolver mis problemas y solucionar más de los que causan.

El Hechicero también es la única persona a la que se le permite mantener contacto conmigo durante el verano.

Y siempre se acuerda de que mi cumpleaños es en junio.

Nº 7 La magia;

No necesariamente mi magia. Esa me acompaña a todas partes y, sinceramente, no es algo con lo que me sienta demasiado cómodo.

Lo que echo de menos, cuando estoy lejos de Watford, es estar rodeado de magia. Un ambiente de magia natural y relajado. Gente lanzando hechizos por los pasillos y en las clases. Alguien que envíe un plato de salchichas flotando hacia la mesa del comedor como si estuvieran transportándolas con cables.

El mundo de los Hechiceros no es un «mundo» como tal. No tenemos ciudades. Ni siquiera barrios. Los magos siempre han vivido entre la gente del mundo de los Normales. Según la madre de Rivers, así es más seguro, y evitamos alejarnos demasiado del resto del mundo.

Ella dice que eso fue lo que les pasó a las hadas. Que se cansaron de tener que lidiar con el resto de criaturas, se refugiaron en los bosques durante siglos, y después no encontraron el camino de vuelta al mundo.

El único lugar donde los magos conviven es en Watford, a no ser que estén emparentados entre sí. Existen algunos clubs sociales y asociaciones de magia, reuniones anuales, ese tipo de cosas. Pero Watford es el único lugar donde compartimos todo nuestro tiempo juntos. Precisamente por eso, la gente se pone a buscar pareja como loca durante los dos últimos cursos. Si no encuentras pareja en Watford, dice Rivers, podrías terminar solo, o inscribiéndote en los viajes de solteros de magos británicos al cumplir los treinta y dos.

Ni siquiera sé de qué se preocupa Rivers; ella tiene un novio estadounidense desde cuarto. (Un estudiante que vino de intercambio a Watford.) Micah juega al béisbol y tiene una cara tan simétrica que se puede invocar un demonio en ella. Hablan por videoconferencia cuando ella está en casa, y, cuando Rivers está en la escuela, él le escribe casi todos los días.

—Sí —me dice ella—, pero Micah es estadounidense. Ellos no se toman el matrimonio como nosotros. Igual me deja por alguna chica guapa que conozca en Yale. Mi madre dice que por ahí es por donde se nos está yendo la magia: disipándose en los irreflexivos matrimonios estadounidenses.

Rivers cita a su madre casi tanto como yo la cito a ella.

Son un par de paranoicas. Micah es un chico de fiar. Se casará con Rivers, y después querrá llevársela a Estados Unidos con él. Eso es lo que nos debería preocupar de verdad.

En fin…

La magia. Echo de menos la magia cuando estoy lejos.

Cuando estoy solo conmigo mismo, la magia es algo personal. Mi carga, mi secreto.

Pero, en Watford, la magia es el aire que respiramos. Es lo que me hace sentir parte de un todo mayor, no lo que me distingue de los demás.

Nº 8 Aroyitt y las cabras;

Empecé a ayudar a Aroyitt, la cabrera, en segundo. Y, durante algún tiempo, pastorear a las cabras era básicamente mi actividad favorita. (Y Spreen usó las botas riéndose de mí por ello.) Aroyitt es la mejor persona de Watford, es más joven que los profesores. Y sorprendentemente poderosa para alguien que ha decidido pasarse la vida cuidando cabras.

— ¿Qué tendrá que ver ser poderoso con dedicarte a lo que te dé la gana? —diría Aroyitt—. La gente alta no tiene por qué dedicarse al balón papelera obligatoriamente.

—¿Te refieres al baloncesto?

(Al no salir de Watford, Aroyitt ha perdido un poco el contacto con el mundo de los Normales.)

—Da igual. Yo no soy un soldado. No veo por qué debería ganarme la vida luchando solo porque sepa dar puñetazos.

El Hechicero dice que todos somos soldados, y que todos poseemos una pizca de magia. Eso era lo peligroso de los métodos antiguos, según él: los magos simplemente se divertían y hacían lo que les venían en gana, trataban la magia como un juguete o como si fuera un derecho, no como algo que tuvieran que proteger.

Aroyitt no tiene perro pastor que la ayude a cuidar de las cabras. Solo su bastón. La he visto traer de vuelta al rebaño con un sencillo gesto de la mano. Empezó a enseñarme a llamar a las cabras para que volvieran al redil una a una; cómo hacer que el rebaño al completo sienta que se está alejando demasiado. Una primavera, incluso, me dejó ayudar en el parto de un cabritillo.

Ya no tengo mucho tiempo libre que pasar con Aroyitt.

Pero las sigo manteniendo, a ella ya las cabras, en la lista de cosas que echo de menos. Aunque solo sea para poder pararme un minuto a pensar en ellas.

Nº 9 El Bosque Velado;

Tengo que sacar esto de la lista.

A la mierda el Bosque Velado.

Nº 1O Mayichi;

Quizás también tendría que sacar a Mayichi de la lista.

Ya empiezo a acercarme a Watford. Llegaré a la estación en cinco minutos. Alguien de la escuela vendra a recogerme.

Solía dejar a Mayichi para el final de la lista. Así me pasaba el verano entero sin pensar en ella, y esperaba hasta estar prácticamente en Watford para volver a traerla a mi mente. Así no tenía que pasarme todo el verano convenciéndome de que era demasiado buena para ser verdad.

Pero, ahora… No sé, quizás Mayichi sea realmente demasiado buena para ser verdad, al menos para mí.

El semestre pasado, justo antes de que el Humdrum nos secuestrara a Rivers y mí, vi a Mayichi con Spreen en el Bosque Velado. Supongo que en algún momento noté que quizás había algo entre ellos, pero nunca creí que Mayichi me traicionaría de esa manera, que cruzaría esa línea.

No tuve tiempo de hablar con ella después de verla con Spreen: estaba demasiado ocupado siendo secuestrado y, luego, intentando escapar. Y, después, no pude hablar con ella porque durante el verano no se me permite hablar con nadie. Y, ahora, yo no sé…

No sé qué significa Mayichi para mí.

Ni siquiera estoy seguro de haberla echado de menos.