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Melanópardos: el origen

Summary:

Si somos honestos, Draco Black (o panterita como le dice su tía Nana) es un humano muy extraño. ¿Si quiera califica como humano un semidiós? ¿O un semidiós que encima es un mago? Ven, a esto me refería. Y si encima le agregamos el hecho de que fue criado por...

No nos adelantemos.

Esta es la primera parte de la saga Melanópardos, en donde todo parece ir bien. Hasta que todo va mal.

(Pre-Draco hasta los 6 años)

Chapter 1: Cuando mamá conoció a papá

Chapter Text

Sirius Black temía que, si no pasaba algo fuera de lo normal dentro de los próximos cinco minutos, iba a morirse de aburrimiento. A ver, no es que las reuniones de la Orden fuesen siempre así de aburridas, y no estaba diciendo que no fuesen importantes (que lo eran, si querían derrotar a ese bastardo de pacotilla), pero tampoco la estaba pasando muy bien ese día. James no estaba, pues tenía que estudiar para su examen de la Escuela de Aurores, y el bueno de Dumbledore le había dado el día libre. Ojalá Sirius pudiese librarse así de fácil, si tan solo no hubiese elegido el camino del desempleo… Sus otros dos amigos, Remus y Peter, tampoco se encontraban. Remus estaba en una misión para persuadir a los hombres lobo de irse a su lado de la guerra, y de Peter… realmente no sabía qué estaba haciendo Peter estos días, el maldito no respondía ninguna carta.

Luego de imaginar más de diez peinados diferentes en la cabeza de Molly Weasley, la puerta de los cuarteles generales de la Orden se abrió de par en par, llamando la atención de todos. Oh, ¿alguien llegando tarde? Sirius ya podía escuchar mentalmente las reprimendas de Minnie McG. Era bueno que una vez cada tanto esas reprimendas no estén dirigidas a él. Sin embargo, eso no pasó. Además, aparte de sus mejores amigos no había faltado nadie a esa reunión. ¿Quién demonios había…?

Oh, ya podía ver quién había llegado, una vez que alzó la mirada. Frente a Sirius, se encontraba la mujer más hermosa que había visto en toda su vida. No era una exageración, si ustedes la viesen también dirían lo mismo. Era un poco más baja que Sirius, aparentaba tener la misma edad que él, su cabello era de un precioso rubio dorado (no feo y platinado como el de Lucius Malfoy… ni siquiera estaba seguro de que el cabello de Malfoy fuese natural) que caía en cascadas de ondas por sobre sus hombros. Sus ojos eran de un azul sumamente penetrante, pero no como el del cielo, sino como el del agua cristalina, y eran grandes y expresivos. Vestía una costosa túnica color rosa pastel, adornada con piedras preciosas, las cuales no tenía el más mínimo interés en saber su nombre. El único nombre que le importaba conseguir era el de ella.

La misteriosa chica (que claramente había sido invitada por alguien, pues no todo el mundo tiene la contraseña a los cuarteles generales de la Orden del Fénix) escaneó toda la sala de reuniones, y cuando sus ojos se posaron en los de Sirius, el joven vio un leve sonrojo en sus mofletes. Está bien, tal vez se lo imaginó, y eso es lo que a Sirius le hubiese gustado que ocurriese en verdad, ¡pero sus miradas en algún punto sí se cruzaron!

―Ah, señorita Kythéreios ―anunció Dumbledore, rompiendo el silencio que se había creado en la sala de reuniones―, veo que ha podido encontrar el camino sin problemas.

La chica misteriosa, ahora “Señorita Kythéreios”, sonrió mostrando una dentadura perfectamente blanca y reluciente. Hey, Sirius no era así de superficial en cuanto a la apreciación de la apariencia de otras personas, pero debía de reconocer que hasta ahora no le encontraba nada malo a la chica.

―Por favor, señor Dumbledore, solo Afrodita está bien ―respondió la chica, tomando el asiento que Alice y Lily le estaban ofreciendo.

Así que se llamaba Afrodita… la verdad que ningún otro nombre le haría tanta justicia a Afrodita como ese. Es como si él fuese el hombre más guapo del mundo y se llamase Adonis.

Afrodita Kythéreios… interesante nombre para una interesante muchacha. Aunque mucho no sabía de su personalidad, pero Sirius estaba seguro de que sería igual de interesante que su apariencia.

Ante la mirada expectante de todos durante el intercambio entre Dumbledore y Afrodita, el viejo se dio cuenta de todos los ojos puestos en ellos, y empezó a carcajear. Viejo lunático, nunca lo entendería.

― ¡Ah, se me había olvidado! ―exclamó Dumbledore, levantándose de su asiento en la punta de la mesa―. Damas y caballeros, les presento a Afrodita Kythéreios, una bruja proveniente de Grecia que se especializa en encantamientos del cambio de la apariencia ―continuó―. Esto, por supuesto, nos viene muy bien dado que desde el otro lado de la guerra saben muy bien cómo lucimos, y a veces esto limita nuestros movimientos. ¿No están ustedes de acuerdo?

Todos asintieron ante la pregunta. Si bien tenían la opción de usar las pociones multijugos, tenían que usar la apariencia de otras personas que ya existían, y no era exactamente ideal pues los mortífagos luego irían detrás de los verdaderos dueños de esos rostros. Además, los únicos que podían cambiar su apariencia cuando se les dé la gana eran los metamorfomagos, y esos eran escasos en la comunidad mágica. Así que si conseguían encantamientos que cambien la apariencia de uno, eso sería maravilloso. Afrodita lo intrigaba cada vez más al joven Sirius Black.

La reunión prosiguió su aburrido curso, o tal vez no fue tan aburrida, pero Sirius no le prestó atención a nadie más que a Afrodita y los pequeños comentarios que hacía. A Sirius le gustaba escucharla, tenía una dulce voz, y hacía acotaciones que demostraban sabiduría. Tenía un acento más bien americano, aunque realmente no sabía cómo sonaban los griegos. ¿Será que había nacido en Grecia y luego se había mudado a Estados Unidos? ¿O será que estaba utilizando un encantamiento traductor y el acento por defecto era el americano? Muchas preguntas, pocas respuestas. Y pensaba averiguarlas, así que una vez que la reunión concluyó, con su mejor sonrisa de galán, se dirigió a Afrodita.

Pero ya se le habían adelantado.

Lily, Alice, Dorcas y Marlene estaban rodeando a Afrodita, diciéndole lo bonita que era su túnica, o que su maquillaje estaba perfecto, o que su cabello se veía muy sedoso. Afrodita reía y al parecer no se veía para nada incómoda, al contrario, parecía adorar la atención.

Sirius se acercó aún más al grupo de chicas, y carraspeó, llamando la atención de todas. Algunas, como Lily y Marlene, que ya deducían sus intenciones, le advirtieron con la mirada que se vaya. Otras como Alice y Dorcas, ya se estaban empezando a reír, tal vez también anticipando lo que iba a hacer. Afrodita lo observaba con curiosidad.

―Señoritas… Afrodita… ―comenzó a decir Sirius, arrepintiéndose un poco de haber venido sin un plan. Maldita sea, necesitaba el apoyo moral de sus amigos. Ni siquiera estaba Frank cerca, pues el maldito Longbottom se había quedado discutiendo algo con Moody.

Afrodita alzó una de sus finas y doradas cejas, adornando su rostro con una pequeña sonrisa.

― ¿Acaso insinúas que no soy una señorita? ―preguntó Afrodita, y, honestamente, Sirius quería que lo tragase la tierra.

Sus amigas empezaron a reírse a carcajadas, mofándose del rostro más rojo que un tomate de Sirius. Realmente no se podía confiar en nadie en este mundo.

Piensa, Sirius, piensa. No dejes que te ganen esas hurracas.

― ¡No! ―exclamó Sirius apresuradamente―. No me refería a eso, yo… ―una idea se le vino a la cabeza repentinamente, así que recuperó la compostura y puso su mejor sonrisa del hechicero soltero más codiciado en la comunidad mágica británica―, estaba pensando en que tu belleza no se compara a la de ninguna otra chica, y simplemente me pareció vulgar meterte en el saco de señoritas comunes y corrientes.

Sirius podía escuchar los resoplidos ofendidos de sus amigas, pero sus ojos se quedaron fijos en la reacción que llegase a tener Afrodita. Y, para la fortuna del joven Black, ella soltó una risita.

Ah, así que así se sentía estar en el paraíso.

―Me halagas mucho, pero todavía no sé tu nombre ―dijo Afrodita con un fingido tono afligido.

―Sirius Black ―se introdujo el pelinegro, y extendió su mano para que Afrodita la tome. Una vez que la despampanante rubia le dio su mano, Sirius la llevó a sus labios, y depositó un corto beso en la palma de ella.

Sus amigas rodaron los ojos, pero Afrodita amplió su sonrisa.

―Un placer conocerte, Sirius ―ronroneó Afrodita, sin devolver su mano a su lugar original.

El toque eléctrico de sus manos envió una sacudida de excitación por la columna de Sirius, una sensación que no había experimentado nunca antes. Era como si un hilo invisible los hubiera conectado, acercándolo a la enigmática mujer que tenía delante. No pudo evitar maravillarse ante la forma en que sus ojos parecían contener galaxias en su interior y su sonrisa encerrase una promesa de secretos y aventuras.

A medida que intercambiaban más bromas, su conversación fluía sin esfuerzo, como una melodía que resonaba entre ellos. La risa de Afrodita era una melodía dulce, y Sirius se encontró instintivamente tratando de provocarla con comentarios ingeniosos y bromas juguetonas.

― Sabes…―comenzó, con los ojos bailando con picardía―, dicen que el amor es un campo de batalla. Y por lo que parece, eres una maestra tanto de los hechizos de glamour como de los corazones encantadores.

La risa de Afrodita tintineó como campanillas de viento, un sonido que parecía hacer eco en los rincones de su mente mucho después de que se desvaneciera.

―Ah, tienes una lengua inteligente, Sirius Black. Pero recuerda que, incluso en el ámbito de la magia, es el corazón el que realmente teje los hechizos más poderosos.

Él se rió entre dientes, el sonido siendo profundo y cálido.

―Bueno, mi corazón parece haberse tropezado con una gran hechicera del amor hoy.

Al decir eso, pudo escuchar a sus amigas diciendo cosas como “Sirius, ya cállate, das vergüenza ajena”, o “Vete de aquí y deja de querer matarnos del disgusto”. Pero el joven Black no les hizo caso.

Sintiendo una conexión cada vez mayor, Sirius finalmente reunió el coraje para preguntar:

― ¿Quizás querrías salir a tomar una copa o algo más tarde? Ya sabes, ¿sólo para continuar esta fascinante conversación?

Los ojos de Afrodita brillaron y, por un momento, pareció como si el tiempo se hubiera detenido.

―Aprecio la oferta―respondió con un suave suspiro―, pero en realidad, estas encantadoras damas ya me invitaron a unirme a ellas en un café.

Sirius volvió su mirada hacia el grupo sonriente de Lily, Alice, Marlene y Dorcas. Su expresión se transformó en una mirada asesina. Ellas respondieron con risas y algunos gestos burlones como sacarle la lengua.

Se volvió hacia Afrodita, con un brillo travieso en sus ojos.

―Bueno, parece que me han ganado ―dijo Sirius con una sonrisa, aunque la decepción era evidente en su voz.

La risa de Afrodita tintineó nuevamente, y colocó una delicada mano sobre su brazo.

―Pero, ¿quién sabe, Sirius? Quizás el destino tenga otros planes para nosotros ―concluyó Afrodita, y luego de guiñarle un ojo, se levantó de su asiento, y el grupo de chicas la siguieron.

Mientras el sol de la tarde arrojaba su cálido resplandor a través de las ventanas, Sirius se encontró fascinado por el pedazo de mujer que tenía delante. Y aunque sus amigas habían frustrado sus planes de cita, no pudo evitar sentir una creciente emoción por el impredecible camino que le esperaba. La guerra todavía estaba ahí, acechando más allá de los límites de su conversación, pero por un breve momento, se sintió como algo que podía superarse. Sirius no podía predecir lo que le esperaba, pero se aferraba a la idea de que tal vez, sólo tal vez, un toque de la magia de Afrodita podría ayudar a iluminar el camino a través de la oscuridad.

En los días que siguieron a su encuentro inicial, la relación de Sirius y Afrodita floreció como una flor en primavera. Después de la siguiente reunión de la Orden del Fénix, cuando la noche se asentaba y las estrellas salpicaban el cielo, se encontraron sentados en un rincón tranquilo de una acogedora taberna. El ambiente era cálido e íntimo, y la vacilante luz de las velas proyectaba un suave resplandor sobre sus rostros.

Su conversación fluyó sin esfuerzo, igual que durante su primer encuentro. Hablaron de sus sueños, de sus miedos y del incierto futuro que les esperaba. Con cada palabra que pasaban, se estrechaban más, su vínculo se profundizaba como si el propio destino hubiera orquestado su conexión.

Las copas se convirtieron en muchos más encuentros, cada uno de ellos una aventura única. Juntos exploraron lugares mágicos, desde rincones ocultos del Callejón Diagon hasta jardines encantados donde el tiempo parecía haberse detenido. Las risas y los secretos compartidos se convirtieron en la base de su relación y, a medida que los días se convertían en semanas, se fueron enamorando, envueltos en el abrazo de un vínculo que desafiaba el tiempo y las circunstancias.

Sus citas estaban llenas de risas, besos robados y momentos tiernos que los dejaban a ambos sin aliento. Mientras paseaban tomados de la mano por noches iluminadas por la luna y compartían helados bajo el sol del verano, su historia de amor se desarrollaba con una magia rara y potente.

Una noche, tras una reunión especialmente intensa en la Orden, se encontraron buscando consuelo en el acogedor rincón de un pub. El ambiente era cálido y acogedor, la luz parpadeante de las velas añadía un aire romántico a la escena.

―Entonces, ¿crees que somos los únicos que tomamos copas después de estas reuniones? ―musitó Sirius, enarcando una ceja.

Afrodita rió, un sonido que hizo que su corazón diera un vuelco.

―Oh, lo dudo mucho. Pero parece que tenemos un don para encontrar los mejores sitios, ¿no?

A medida que avanzaba la noche, Sirius se perdía en la profundidad de los ojos de Afrodita. No sabía exactamente qué era, pero había algo en ella que le hacía sentirse como flotando en una nube. Tal vez fuera su aura misteriosa o la forma en que hablaba del amor con tanta sabiduría. Fuera lo que fuese, sabía que se estaba enamorando, y fuerte.

A medida que los días se convertían en semanas, el incipiente romance de Sirius Black con la cautivadora Afrodita no pasó desapercibido para sus amigos. Los Merodeadores, James Potter, Remus Lupin y Peter Pettigrew, no pudieron resistirse a burlarse de Sirius cuando vieron la delatora mirada soñadora en sus ojos.

―Oye, Canuto, últimamente estás muy distraído ―bromeó James con una sonrisa socarrona―. ¿Cuál es el secreto?

Sirius lo miró de reojo, con un brillo travieso en los ojos.

―Ya sabes, salvar el mundo y arrasar con una diosa. Lo de siempre.

Remus arqueó una ceja y sus labios se movieron divertidos.

― ¿Una diosa, dices? No sabía que fueras capaz, Sirius.

Peter, siempre dispuesto a participar en las bromas, intervino.

―Sí, y ahora nos dirá que en realidad es Merlín disfrazado.

Los Merodeadores estallaron en carcajadas, sin que su camaradería se viera mermada por el paso del tiempo. Y mientras Sirius ponía los ojos en blanco ante sus burlas, no podía evitar esbozar una sonrisa reservada, pues una parte de él estaba encantada de vivir un romance sacado directamente de un libro de cuentos de hadas.

Una noche memorable, se aventuraron en un remoto lago bajo la luz de la luna llena. Compartieron historias, susurraron secretos y contemplaron cómo la luz de la luna bailaba sobre el agua. La risa de Afrodita resonaba en la quietud de la noche, creando una melodía que parecía resonar en el corazón de Sirius.

Los meses pasaron volando y su conexión se hizo más profunda. Sirius se enamoraba cada vez más de Afrodita, y su belleza no era más que el telón de fondo de la increíble mujer que era bajo la superficie. Compartían sueños, miedos y los tiernos momentos que definían una relación basada en la confianza y el entendimiento mutuo.

Un día, mientras la primavera pintaba el mundo de vibrantes colores, Sirius recibió una noticia que cambiaría sus vidas para siempre. Afrodita estaba frente a él, con una sonrisa radiante y un dejo de emoción.

―Sirius, hay algo que necesito decirte.

Picado por la curiosidad, se inclinó hacia ella.

―Continúa.

Ella respiró hondo, sus ojos brillaban con una mezcla de nerviosismo y alegría.

―Estoy embarazada.

Por un momento, Sirius se quedó boquiabierto. Luego, se le escapó una risa alegre.

―Tú... ¿quieres decir que vamos a tener un bebé?

Afrodita asintió, con las mejillas sonrojadas de felicidad.

―Sí. Nuestro amor ha creado una vida, un hermoso regalo.

Sirius la tomó en brazos, dándole vueltas en un torbellino de euforia.

― ¡Esto es... esto es increíble!

Su alegría era palpable, la perspectiva de convertirse en padres añadía una nueva capa de profundidad a su ya profunda conexión.

Con el paso de los meses, el embarazo de Afrodita se convirtió en un testimonio de la magia que habían compartido. Sirius la acompañaba a las citas con el sanador y la tomaba de la mano mientras oían los latidos del corazón de su bebé por primera vez. Reían mientras se esforzaban por montar los muebles del bebé y bailaban juntos a la luz de la luna, con su amor creando un capullo de calidez y expectación a su alrededor.

El 5 de junio del año 2000 nació su hijo, un precioso niño llamado Draconis Astherios Black, o Draco para abreviar. Sirius no podía creer el profundo amor que sentía por su hijo, un pequeño milagro que encarnaba el amor que él y Afrodita compartían.

Sosteniendo al pequeño bulto en brazos, Sirius se maravilló ante el milagro de la vida. "Mírate, Draco. Tienes un gran legado que cumplir".

Draco balbuceó en respuesta, agitando los puñitos en el aire como si estuviera de acuerdo con su padre.

Se imaginó a Draco jugando con Harry, el hijo de James y Lily, la próxima generación de traviesos en ciernes.

Mientras miraba la pequeña vida que había ayudado a crear, Sirius no pudo evitar soltar una risita. "Tienes mi nariz, chico. Y el encanto de tu madre, diría yo".

Draco balbuceó en respuesta, y su risita llenó la habitación.

Pero su felicidad duró poco. La verdadera naturaleza de Afrodita los alcanzó y llegó el día en que Sirius encontró una nota manchada de lágrimas, sin rastros de su amada alrededor.

Sirius estaba sentado solo en su habitación en penumbra, con la nota de Afrodita en la mano. Su corazón se aceleró con una mezcla de expectación e inquietud mientras desdoblaba el pergamino. Las palabras que aparecieron ante sus ojos parecían brillar, como tocadas por su propia magia.

"Mis queridos Sirius y pequeño Draco,

Mientras escribo estas palabras, me duele el corazón al saber lo que me espera. El amor que hemos compartido ha sido un regalo sin medida, un capítulo de mi existencia inmortal que siempre atesoraré...

En el momento en que nos conocimos, mi mundo se iluminó con tu presencia, Sirius. Tu risa, tu valentía y la forma en que amas con todo tu corazón han dejado una huella indeleble en mí. He aprendido de ti, como tú has aprendido de mí, y nuestro tiempo juntos ha sido un verdadero privilegio.

Y entonces llegó Draco, nuestro precioso hijo. Su existencia es un testimonio de la profundidad de nuestra conexión, un recordatorio vivo del amor que hemos compartido. Me llena de tristeza y alegría la idea de que crezca a tu cuidado, Sirius. Sé que serás el mejor padre que podría esperar.

Pero el reino al que pertenezco tiene sus reglas, sus obligaciones que no puedo ignorar. Mi deber me llama y debo responder. Los caminos mortales e inmortales se separan, pero por favor, sepan que mi corazón permanece con ustedes dos. Draco es un símbolo de nuestro amor, un lazo que trasciende el tiempo y el espacio.

Cuando llegue el momento, háblale de mí.

Hazle saber que es hijo del amor, un amor que fue inquebrantable incluso por las fronteras de nuestros mundos. A medida que crezca, guíalo, apóyalo y observa cómo se convierte en la persona extraordinaria que sé que será.

Sirius, posees una fuerza y un amor que son raros en cualquier mundo. Creo en ti, y creo en la vida que crearás para nuestro hijo. No estás solo en este viaje, tienes el apoyo de amigos, aliados y el amor que une nuestras historias. Te dejo con esto, mi amor: Cuando llegue el momento, busca un lugar llamado Campamento Mestizo. Allí, Draco podrá encontrar guía y compañía que lo ayudarán a descubrir su verdadero potencial. Es un lugar de magia, donde tanto semidioses como linajes divinos encuentran un hogar.

Por favor, perdóname por el dolor que trae mi partida, pero necesito que sepas que mi amor por ti y por Draco permanece tan firme como las estrellas en el cielo nocturno.

Con todo mi amor,

Afrodita"

Siguió leyendo, las palabras llevaban un peso que se asentó en lo profundo de su pecho. A medida que la verdad sobre la identidad de Afrodita se desplegaba ante él, su mente luchaba por procesar la información. Era una diosa, nada menos que la diosa del amor. Una mezcla de confusión y asombro se agitó en su interior. Ella nunca lo había mencionado y, sin embargo, su belleza y su aura eran propias de una deidad.

Una punzada de tristeza se apoderó de su corazón mientras seguía leyendo. Ella se marchaba, su deber de diosa la alejaba de su vida en común.

La realidad le golpeó como un puñetazo en las tripas: la había perdido, la mujer que se había convertido en su mundo, la madre de su hijo.

La rabia se apoderó de él, una tormenta de emociones que chocaban en su pecho. ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué había permitido que su amor floreciera sin revelarle la verdad?

Lo sentía como una traición, un cruel giro del destino que los había separado justo cuando su amor había alcanzado su cenit.

Sin embargo, a medida que su ira se consumía, sabía que en el fondo ella debía de tener sus razones. El mundo de los dioses y los mortales estaba sujeto a reglas que él no comprendía, reglas que la habían obligado a actuar. Comprenderlo le trajo cierta aceptación, pero no disminuyó el dolor.

Aferró la nota con más fuerza y los nudillos se le pusieron blancos. Sus pensamientos se convirtieron en un torbellino de emociones contradictorias. Confusión, rabia, tristeza... todo se mezclaba en una cacofonía de sentimientos que amenazaba con abrumarle. Entonces, cuando su mirada se desvió hacia la forma dormida de Draco en la cuna cercana, una oleada de determinación se apoderó de él. La rabia se desvaneció, sustituida por una feroz resolución. No importaban las circunstancias del nacimiento de Draco, ni las complejidades de la partida de Afrodita, tenía un hijo que criar, una pequeña vida que cuidar y proteger.

El peso de la responsabilidad se posó sobre sus hombros, pero no era una carga. Era un privilegio, una oportunidad de moldear la vida de un niño que era, literalmente, un regalo de los dioses. Sabía que no podía dejar que sus propias emociones lo consumieran. Draco se merecía algo mejor, y Draco se merecía algo mejor, y haría lo que fuera necesario para proporcionárselo.

Con un suspiro, Sirius se secó una lágrima que se le había escapado. Dobló la nota con cuidado, trazando con los dedos las palabras que contenían la esencia del amor que había compartido con Afrodita. Al mirar a su hijo una vez más, una sensación de determinación se apoderó de él.

―Parece que sólo quedamos tú y yo, Draco ―susurró, con una voz tierna y llena de una mezcla de tristeza y determinación―. Nos enfrentaremos juntos a lo que venga.

Draco se agitó en sueños, con sus deditos enroscándose y desenroscándose. El corazón de Sirius se hinchó de amor al ver a su hijo, testimonio vivo del amor que había compartido con Afrodita. Con una última mirada a la nota, la guardó en un cajón, un espacio sagrado donde la conservaría, un recordatorio del amor que habían compartido y de la fuerza que necesitaba para seguir adelante.

Sirius sabía que su viaje no había hecho más que empezar, que tenía retos por delante. Pero al mirar al niño dormido que tenía delante, sintió un destello de esperanza. Pasara lo que pasara, estaba decidido a darle a Draco una vida llena de amor, magia y el vínculo inquebrantable que compartían.