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Melanópardos: cuentos de un semidiós

Summary:

La vida de Draco Black se había tornado patas para arriba en cuestión de horas, y en su desesperación aceptó una tarea que lo va a perseguir hasta el día en que muera. Las mentiras que le son dichas como verdades absolutas harán que su percepción del mundo cambie por completo.

Díganle adiós al dulce y alegre niño que alguna vez conocieron, porque no volverá en un largo rato.

Tal vez nunca lo haga.

Esta es la segunda parte de la saga Melanópardos, en donde todo definitivamente va de mal en peor... ¿hasta que empieza a ir bien?

(6 años a 11 años)

Chapter 1: La guarida de las serpientes

Chapter Text

Mientras que, a 300 kilómetros, un Remus Lupin recién llegado de Chelsea lloraba desconsoladamente sobre el cuerpo de Narcissa Black, con Pantera aferrado a su pecho, Draco… Draco no sabía qué estaba haciendo allí.

Draco nunca había visto un lugar así. El aire estaba cargado de una inquietante quietud, y las sombras bailaban en los bordes de su visión. Árboles altos y retorcidos proyectaban ramas largas y esqueléticas que se extendían como dedos de hueso. El suelo estaba cubierto por una alfombra de hojas caídas, cuyos colores eran una mezcla de rojos carcomidos y verdes apagados. Aferró con fuerza la madera de su varita de niño. No pensó que fuese muy útil en ese instante, si algo le llegase a pasar.

Esteno y Euríale lo habían traído aquí. Eran temibles, con cabellos como serpientes que se retorcían y siseaban, y ojos que parecían ver demasiado. Se lo habían llevado lejos de todo lo que conocía, lejos del calor de su cabaña, del aroma de la cocina de su tía Nana y del suave abrazo de la risa de su tío Luni.

El corazón le latía con fuerza en el pecho mientras miraba a su alrededor, seguro de que debía de estar en Marsella, o en algún lugar cercano. Draco nunca había viajado tan lejos y le dolía el corazón anhelando lo familiar. Pero aquel entorno era cualquier cosa menos familiar; parecía sacado de una pesadilla.

Una mansión se alzaba ante Draco, un edificio en expansión que parecía haber surgido de sus pesadillas más oscuras. Su exterior era un lienzo de piedra gris, desgastada y envejecida por el tiempo, con intrincadas tallas que se retorcían y contorsionaban en formas grotescas. La arquitectura parecía casi viva, como si el propio edificio albergara una conciencia malévola.

Unas enormes puertas de hierro chirriaron al abrirse, revelando un patio que se extendía mucho más allá del campo visual de Draco. El aire estaba cargado de una inquietante quietud, y el patio estaba adornado con estatuas, incontables estatuas que proyectaban largas sombras a la luz mortecina del día. Estas figuras de piedra permanecían congeladas en el tiempo, con expresiones de angustia, terror y desesperación grabadas para siempre en sus rostros.

Cuando Draco atravesó las puertas, un escalofrío le recorrió la espalda. Las estatuas parecían observarle con ojos huecos, sus miradas seguían cada uno de sus movimientos. A algunas les faltaban miembros, otras estaban destrozadas en fragmentos, pero todas compartían un aire de inquietante belleza en medio de la desolación.

La gran entrada de la mansión atraía la atención, un enorme abismo de oscuridad enmarcado por columnas ornamentadas que parecían los restos esqueléticos de gigantes muertos hacía mucho tiempo. Unas cortinas raídas se agitaban con la brisa, y su movimiento hacía que las sombras bailaran sobre el descolorido papel pintado.

Los pasos de Draco resonaron en el silencio cuando entró en la mansión. El interior era un laberinto de grandes salones, estrechos pasillos y cámaras que parecían extenderse hasta el infinito. Los apliques tenuemente iluminados sólo proporcionaban una débil iluminación, dejando grandes franjas de oscuridad que acechaban en los rincones de cada habitación.

La pieza central de la mansión era una gran escalera que ascendía en espiral y desaparecía en los niveles superiores como una serpiente enroscada. Estaba flanqueada por imponentes armaduras que parecían centinelas, como si protegieran los secretos de la mansión de los intrusos.

Cada habitación tenía su propio cuadro espeluznante: una colección de estatuas, cada una de las cuales capturaba un momento de dolor, miedo o desesperación. Se alineaban en las paredes y nichos, mirando al vacío con ojos vacíos. Las manos de mármol se extendían como si suplicaran ser liberadas de sus pétreas prisiones.

El corazón de Draco se aceleró mientras avanzaba por la mansión, cada paso como una cautelosa exploración de lo desconocido. El frío tacto de la piedra y el opresivo peso del silencio aumentaban su inquietud. Los susurros parecían resonar por los pasillos, una sinfonía de voces a medio formar que le producían escalofríos.

En el corazón de la mansión, Draco encontró una habitación diferente a las demás. Era una cámara de espejos, cada uno de los cuales reflejaba su propia imagen, fracturada y distorsionada. Los espejos parecían burlarse de él, distorsionando su apariencia en formas monstruosas, un grotesco carnaval de lo desconocido.

A medida que las mujeres con cabellos de serpiente lo guiaban hacia el interior de la mansión, el miedo de Draco crecía, un nudo apretado de espanto que parecía constreñirle el pecho. Las estatuas, la oscuridad, el silencio escalofriante, todo contribuía a la sensación de estar atrapado en un mundo que desafiaba la razón y retorcía la realidad.

―Draconis ―dijo una de las dos mujeres. Todavía no sabía cuál era cuál, y no estaba muy seguro de querer enterarse―, no estás aquí para hacer turismo. Debes prestar atención a lo que te diremos…

―Mi nombre… mi nombre no es Draconis ―susurró Draco.

El rubio jugueteaba con sus manos, extrañando a Pantera, el peluche que le había regalado su tío Luni cuando tenía un año.

La mujer que le habló, al escuchar la respuesta de Draco, sonrió ampliamente, y dejando ver dientes filosos como los de un Colacuerno Húngaro. Un escalofrío recorrió toda la espina dorsal de Draco ante ese pensamiento.

―Sí lo es ―respondió la otra mujer―. Draconis Astherios Black. Nacido el 5 de junio del año 2000, hijo de Sirius Orión Black y… ―por un momento pausó dramáticamente, con el fin de mantener a Draco atento―, una diosa.

Draco parpadeó, con los ojos muy abiertos mientras los miraba fijamente.

― ¿Qué quieres decir?

La primera mujer se acercó, su cabello serpenteante ondeando en el aire como lianas vivas.

―No eres un simple mortal, Draconis. Eres un semidiós, un niño nacido de sangre divina y mortal.

Su corazón se aceleró al oír sus palabras, una mezcla de incredulidad y curiosidad se arremolinó en su interior.

― ¿Semidiós? ¿Como en los cuentos?

Ellas asintieron sin más, como si fuese otro jueves.

El pequeño corazón de Draco se aceleró como las alas de un pájaro atrapado mientras asimilaba la revelación de que su madre no era una mujer corriente, sino una diosa. Como la de los cuentos que le relataba su tío Luni. El peso de esta verdad lo presionó, dejándolo con la sensación de que el suelo se movía bajo sus pies. Sus grandes ojos grises contenían una mezcla de confusión, miedo y asombro, como si hubiera sido arrojado a un mundo sin sentido.

Las palabras de las mujeres resonaban en su mente, y una tumultuosa tormenta de emociones se agitaba en su interior. Una diosa como madre era un concepto demasiado vasto para su joven mente. Siempre había creído que su madre era una mujer amable y hermosa, pero ahora su identidad encerraba una mística que lo emocionaba y aterrorizaba a la vez.

Mientras los temblorosos dedos de Draco agarraban la correa de su varita, sus pensamientos se arremolinaban como hojas atrapadas por una ráfaga de viento. Añoraba la familiaridad de la cabaña de Lyon, donde el aroma de la cocina de su tía Nana y la risa de su tío Luni llenaban el aire. Esta nueva verdad suponía una brusca ruptura con el acogedor capullo de su infancia.

El miedo se apoderó del corazón de Draco. Su madre, una diosa, ¿significaba eso que era diferente a los demás? ¿Significaba que se esperaba que ejerciera poderes más allá de su comprensión? La idea de ser un semidiós, de tener sangre divina corriendo por sus venas, lo hacía sentir pequeño e insignificante, como una frágil muñeca en un mundo de gigantes.

A Draco se le llenaron los ojos de lágrimas al pensar en su tía Nana, en sus cálidos abrazos y sus tranquilizadoras canciones para hacerlo dormir. El dolor de echarla de menos era abrumador, y el nuevo conocimiento sobre la identidad de su madre sólo hacía que su ausencia se sintiera aún más pronunciada. Quería que volviera, oír su voz, sentir su presencia, ser acunado por su amor una vez más.

Sus pequeños hombros temblaban mientras luchaba contra el peso de sus emociones. Los fríos e inquietantes pasillos de la mansión parecían resonar con su incertidumbre, magnificando sus miedos y dudas. Deseaba poder volver atrás en el tiempo, a los días en que su mundo era más sencillo, cuando su madre era sólo un corazón en blanco sobre un pergamino, y sus mayores preocupaciones eran sus juguetes y dulces.

― ¡Espabila, Draconis! ―exclamó una de las mujeres, chasqueando sus dedos frente a Draco. Las serpientes de sus cabellos siseaban y se atacaban entre ellas―. Todavía no llegamos a lo más interesante.

Draco las observaba con los ojos llorosos, pero les volvió a prestar atención.

― ¿Cómo… cómo me ayudarán a salvar a mi tía Nana? ―preguntó Draco entre casi imperceptibles sollozos.

―A eso vamos, Draconis ―siseó la otra―, mereces saber toda la historia sobre tu tía Narcissa.

La respiración se le entrecortó en la garganta, los recuerdos de la sonrisa de su tía Nana y sus cálidos abrazos inundaron su mente.

― ¿Qué...? ¿Qué quieres decir?

―Los dioses ―habló la segunda mujer, con tono gélido―, te la arrebataron, Draco.

Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendidos, y sus pequeñas manos se cerraron en puños.

― ¡No, eso no puede ser verdad! Ellos no harían eso. ¡Mi mamá no haría eso!

La voz de una tercera mujer emergió de la oscuridad, asustando a Draco. Su voz era suave pero escalofriante, como un susurro desde las sombras.

―Los dioses son lo más cruel que conocerás en toda tu vida, Draconis. Ven a los mortales como meros peones en sus juegos.

Las lágrimas brotaron de los ojos de Draco, una mezcla de rabia y pena surgiendo en su interior.

― ¿Pero por qué le harían daño?

―La consideraban insignificante ―explicó la primera mujer, con la voz cargada de una amarga verdad―. A sus ojos, era una víctima de sus conflictos. Por supuesto, los semidioses no caen tan lejos del árbol. Siempre haciendo el trabajo sucio de sus padres…

Un sollozo escapó de los labios de Draco, su pequeño cuerpo temblaba con el peso de sus emociones.

―Quiero recuperarla ―se atragantó, con la voz entrecortada.

―Hay una manera ―dijo la segunda hermana, su voz atrajo la atención de Draco como una polilla a una llama―. Una forma de salvarla de la crueldad de los dioses… Y de redimirte como semidiós.

El corazón de Draco latió con renovada esperanza. No le importaba la segunda parte, pero la idea de recuperar a su tía Nana lo llenó de energía.

― ¡Dímelo! Haré lo que sea.

―Una profecía ―dijo la tercera mujer, con palabras cargadas de presagio―. Habla de ti, Draconis. Tienes el poder de destruir el Olimpo.

La respiración de Draco se entrecortó, su joven mente luchaba por comprender la enormidad de la elección que tenía ante sí.

― ¿Destruir el Olimpo? ―repitió, con la voz temblorosa.

―Sí ―afirmó la primera mujer―. Para liberar a tu tía de los dioses, para redimirla de sus garras, debes cumplir la profecía. Solo así la recuperarás.

―Pero yo no quiero destruir o lastimar a nadie ―tembló la voz de Draco, con los ojos brillantes de lágrimas.

La mirada de la segunda mujer lo sujetaba como una prensa.

―Tienes el poder, Draconis. Para salvar a tu tía, para proteger a los que amas, debes abrazar tu destino y enfrentarte al Olimpo.

Las lágrimas corrieron por las mejillas de Draco, con el corazón dividido entre el deseo de salvar a su tía Nana y el terror de causar daño. Las palabras de las mujeres con cabellos de serpientes habían destrozado su realidad, revelándole un mundo más oscuro y complejo de lo que jamás había imaginado.

Mientras sus escalofriantes palabras flotaban en el aire, Draco sintió que su corazón se hundía en un abismo sin fondo. La revelación de que su querida tía Nana le había sido arrebatada por los dioses le arañó el alma, enviando temblores de dolor y terror a través de su joven cuerpo. El mundo a su alrededor parecía borroso mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos, nublándole la vista.

La verdad que presentaban era un peso monstruoso que se asentaba sobre su pecho, dificultándole la respiración. Apenas podía soportar la idea de que los dioses, los mismos seres que una vez había admirado por los cuentos que le leía su tío Luni, pudieran cometer un acto tan atroz. La imagen de su tía Nana, con su cálida sonrisa y su suave tacto, contrastaba fuertemente con la crueldad descrita por las mujeres. Era una pesadilla de la que no podía escapar.

Un sollozo se le atascó en la garganta y se apretó los ojos con las palmas de las manos, como si intentara bloquear la dura realidad que le habían pintado. Deseó poder apagar las voces de las hermanas, retirarse a la seguridad de sus recuerdos, donde aún resonaba la risa de su tía Nana.

― ¿Por qué? ―le temblaba la voz, apenas audible por encima del torrente de emociones que lo invadían―. ¿Por qué... le harían daño?

Las palabras de las mujeres con cabello de serpientes, como zarcillos helados, se enroscaban en su corazón, apretándolo cada vez más. Su explicación fue un torbellino de ira, traición y dolor que se arremolinó en su interior. La ausencia de su tía, antes un vacío inexplicable, se había llenado ahora de un horror que era casi demasiado para soportar.

Las lágrimas se derramaron por sus mejillas, sus hombros temblaban mientras luchaba con el peso de sus emociones. La habitación parecía cerrarse a su alrededor, las sombras se arrastraban por las paredes como monstruos, reflejando la oscuridad que había invadido su corazón. Deseó poder tocar a su tía Nana por última vez, oír sus palabras tranquilizadoras diciéndole que todo iría bien.

―Quiero que vuelva ―la voz de Draco vaciló, una súplica envuelta en dolor. Deseaba poder retroceder en el tiempo, reescribir la historia que la había alejado de él. Darse cuenta de que se había ido, de que nunca volvería a verla, era una herida más profunda de lo que hubiera imaginado.

Las acompañantes de Draco lo observaban con sus miradas enervantes, como esperando su respuesta a la elección que le habían planteado. La perspectiva de vengar a su tía Nana, de recuperarla de las garras de aquellos que la habían agraviado, era a la vez tentadora y aterradora.

Sin embargo, la idea de destruir el Olimpo, de enfrentarse a los propios dioses, producía una nota discordante en su corazón. No era más que un niño asustado, con su mundo patas arriba, y la responsabilidad que habían depositado sobre sus hombros le parecía demasiado inmensa para soportarla. Se aferró al recuerdo del amor de su tía Nana, su presencia que siempre había sido una luz que lo guiaba en la vida.

A medida que el peso de las palabras de las mujeres lo presionaba, las lágrimas de Draco caían como un río, cada gota era un testimonio del amor que sentía por su tía y de la angustiosa pena que amenazaba con consumirlo. Las paredes de la mansión parecían cerrarse, las sombras se hacían más profundas, reflejando la tumultuosa tormenta que asolaba su alma.

Con el corazón palpitando como las alas de un pájaro asustado, la voz de Draco tembló, apenas audible en medio del pesado silencio que envolvía la sala.

―Sí ―consiguió susurrar, con la mirada clavada en las mujeres.

El peso de su decisión se asentó sobre él como un sudario de plomo, una mezcla de miedo e incertidumbre enroscándose en su pecho. No estaba del todo seguro de estar tomando la decisión correcta, pero la idea de traer de vuelta a su tía Nana, de deshacer el dolor que le habían infligido, lo impulsó a responder afirmativamente.

Los ojos de las mujeres parecieron brillar detrás de sus gafas de sol con una extraña mezcla de satisfacción y algo más oscuro, algo que provocó escalofríos en Draco. Como si su respuesta hubiera puesto en movimiento fuerzas más allá de su entendimiento.

―Muy bien ―dijo la primera hermana, con una voz sibilante que parecía vibrar en el aire―. Has elegido tu camino, Draconis.

A Draco se le hizo un nudo en la garganta mientras las observaba, sus formas empezaban a difuminarse en los bordes, como si se estuvieran fundiendo con las sombras que las rodeaban. La habitación parecía estar cambiando, como si las paredes respiraran. Entonces, las mujeres lo llevaron hacia el jardín trasero de la mansión.

La luna colgaba como un pálido centinela en el cielo nocturno mientras Draco permanecía de pie bajo el inquietante resplandor del jardín de la mansión. Las mujeres lo flanqueaban, y su presencia era un inquietante recordatorio de las decisiones que había tomado. El aire estaba cargado de una calma inquietante y un escalofrío recorrió la espalda de Draco cuando lo miraron.

―Draconis ―habló la primera mujer, con una voz tan fría y distante como el aire de la noche―. Ha llegado el momento de que descanses. Mañana comenzará tu entrenamiento.

El pequeño cuerpo de Draco se tensó mientras las miraba, su miedo creciendo como una flor en su pecho. El peso de su decisión le presionaba, y darse cuenta de que se había comprometido a seguir un camino lleno de incertidumbre era como una piedra clavada en la garganta.

La mirada de Draco se desvió hacia el suelo, hacia la fría hierba que parecía punzarle en las palmas cuando cerró las manos en puños. Añoraba el calor y la seguridad de la cabaña de Lyon, la presencia de su tía Nana y de su tío Luni. El jardín, con sus sombras y secretos, le parecía un mundo ajeno, un lugar donde sus miedos habían echado raíces.

La voz de la tercera hermana era un susurro inquietante que parecía enhebrarse en el aire nocturno.

 ―Duerme, Draconis. Mañana empezarás a explotar el poder que yace en tu interior.

Draco vaciló un momento, con el corazón en un caótico remolino de temor y anhelo. Lentamente, bajó a la hierba, sintiendo el frío filtrarse a través de la tela de su ropa. Se abrazó las rodillas contra el pecho, con la mirada fija en el suelo, como si pudiera encontrar consuelo en su oscuridad.

Mientras las mujeres lo observaban, Draco respiraba entrecortadamente y su mente era una tormenta de aprensión. El jardín, normalmente un lugar de belleza y tranquilidad, se había transformado en un reino de incertidumbre y presentimiento. Las estrellas parecían distantes, como si se burlaran de su vulnerabilidad.

―Tengo... miedo ―su voz temblaba, su admisión como una frágil confesión ofrecida a la noche.

―El miedo es para los cobardes y los débiles. Si sigues con esa mentalidad, no llegarás a ningún lugar, y tu querida tía Narcissa permanecerá muerta por el resto de la eternidad.

Los dedos de Draco se clavaron en la hierba, la tierra húmeda le proporcionó una sensación de arraigo en medio del caos de sus pensamientos. Deseaba el calor del abrazo de su tía, sus palabras tranquilizadoras que harían que todo estuviera bien. Pero aquí, en este jardín de sombras, estaba solo, enfrentándose a un futuro que le parecía tan incierto como las brumas de la noche.

―Duerme ahora ―le instó la segunda mujer, con una extraña sensación de finalidad en la voz―. Mañana será un nuevo comienzo.

Draco cerró los ojos, sintiendo el peso del cansancio tirándole de los párpados. Cuando se tumbó en el frío suelo, la hierba crujió bajo él como susurros en el viento. El miedo aún persistía, un dolor persistente en su corazón, pero las palabras de las mujeres contenían una promesa, un rayo de esperanza en medio de la oscuridad.

La noche envolvió a Draco con sus brazos, acunándolo en su enigmático abrazo. Sus pensamientos, un mar tumultuoso, cedieron poco a poco a la atracción del sueño y, mientras sus ojos se cerraban, no pudo evitar preguntarse qué le aguardaría al otro lado del amanecer, o si esto no era más que una espantosa pesadilla.

Pero, en las profundidades de la noche, el sueño de Draco se vio interrumpido por un torrente de imágenes inquietantes. Las pesadillas danzaban en los bordes de su conciencia, un tapiz siniestro tejido con sus miedos y dudas. Se encontró en un bosque sombrío, los árboles se alzaban como centinelas ominosos, sus ramas se extendían como dedos esqueléticos. El aire estaba cargado de presentimientos, y un escalofrío le recorrió la espalda mientras avanzaba a trompicones por la oscuridad, con el corazón acelerado por un terror sin nombre.

En su pesadilla, la voz de su tía Nana resonaba en el viento, un grito desesperado que parecía provenir de todas partes y, sin embargo, de ninguna. Se abrió paso entre la maleza, con las ramas arañándole la ropa y la garganta llena de pánico. La llamó, su voz era una súplica cruda que rebotaba en los árboles y se desvanecía en el abismo.

Mientras corría, el bosque parecía cambiar, las sombras se fundían en formas retorcidas que se retorcían y contorsionaban. De la oscuridad asomaban rostros distorsionados y monstruosos cuyos ojos brillaban con malevolencia. El suelo bajo sus pies cedió de repente y cayó en un abismo de niebla arremolinada, con la sensación de una caída interminable.

Pero, en vez de despertarse, el sueño cambió. Draco se encontró en un lugar a la vez familiar e inquietantemente distorsionado. Estaba entre las paredes de la casa de Lyon, el mismo lugar que había sido un santuario durante su tiempo con Nana y Luni. Pero había algo diferente. El aire estaba cargado de tensión y una sensación de inquietud le roía los bordes de la conciencia.

Ante él, la escena se desarrollaba como un cuadro surrealista. Su tío Luni se movía por la casa, con los hombros caídos y los pasos apesadumbrados. A Draco le dolió el corazón al verlo, porque Luni sostenía algo con fuerza entre los brazos: a Pantera.

Draco vio con horror silencioso cómo las lágrimas corrían por la cara de Luni, sus sollozos resonaban en la cabaña como una melodía lúgubre. Pantera, normalmente una fuente de consuelo, ahora parecía un símbolo de su dolor. La pena de Luni era palpable, y era como si Draco pudiera sentir su peso presionando su propio pecho.

Quería tenderle la mano, ofrecerle algún tipo de consuelo, pero vio incapaz de incluso musitar palabras, siendo un mero observador dentro del retorcido tapiz de su propio sueño. Su voz estaba atrapada y sólo podía observar cómo el dolor de Luni lo consumía, desgarrando el tejido de la acogedora cabaña que una vez había sido un lugar de amor y risas.

Mientras el sueño seguía desarrollándose, Draco sintió una mezcla de culpa e impotencia. Había elegido el camino que le habían marcado las mujeres, un camino que parecía conducir a la salvación de su tía Nana. Pero, ¿y la gente a la que amaba, los que había dejado atrás? El sueño era como un espejo que reflejaba sus propios miedos, sus dudas, su anhelo de aferrarse a los lazos que lo significaban todo para él.

A Draco se le llenaron los ojos de lágrimas mientras miraba, con el corazón oprimido por la nostalgia y el pesar. Deseó poder estar allí con su tío Luni, ofreciéndole un hombro en el que apoyarse, una presencia con la que compartir la carga del dolor. Pero el sueño lo mantenía cautivo, como un observador silencioso de una escena que se sentía a la vez íntima y dolorosamente distante.

Cuando el sueño empezó a desvanecerse y la cabaña se convirtió en bruma, los sollozos de Draco se mezclaron con los del tío Luni. El sueño era un espejo de su propio dolor, un recordatorio de los sacrificios y desafíos que había decidido afrontar. Y cuando se despertó en el jardín, el recuerdo del sueño se aferró a él como una melodía inquietante, una sinfonía de emociones que resonaban en su alma.

Cuando Draco abrió los ojos, se encontró con la cruda realidad del jardín. La luz de primera hora de la mañana lo cubría todo con un resplandor espeluznante y se sintió como si hubiera entrado en un mundo tan inquietante como surrealista. Tenía los músculos agarrotados por haber dormido en el frío pasto y en el fondo de su mente palpitaba un dolor sordo provocado por los sueños que le habían perseguido durante la noche.

No podía deshacerse de la sensación de ser observado, y cuando giró la cabeza, su corazón se apretó en una mezcla de inquietud y temor. Allí estaban, las tres mujeres del día anterior, y su presencia proyectaba una sombra ominosa sobre la atmósfera ya de por sí inquietante. A Draco se le cortó la respiración y un escalofrío le recorrió la espalda cuando sus miradas se clavaron en él.

―Así que te dignaste a despertar ―siseó la primera hermana, con una voz que destilaba una escalofriante satisfacción.

Los dedos de Draco se apretaron contra la hierba que tenía debajo y su mirada pasó de una mujer a otra, mientras un nudo de aprensión se le agolpaba en el pecho. Los sueños, las pesadillas... era demasiado para asimilarlo, y la presencia de las hermanas no hacía más que aumentar la sensación de presentimiento que flotaba en el aire.

Los ojos de la segunda mujer tenían una intensidad que hizo que un escalofrío recorriera las venas de Draco.

―Tienes hambre, ¿verdad?

Su estómago rugió en respuesta, un recordatorio del hambre implacable que se había convertido en un compañero constante. Las palabras de las hermanas eran como una extraña melodía, su tono una mezcla de autoridad y algo más oscuro.

La voz de la tercera mujer era un susurro inquietante que parecía deslizarse por el aire.

―Come lo que te hemos proporcionado y, a medida que avances en tu entrenamiento, se te concederá más sustento.

Los ojos de Draco se abrieron de par en par al ver lo que tenía ante él: media hogaza de pan tirada en el suelo como si no fuera más que una idea de último momento. Se le encogió el corazón al darse cuenta de que ésa sería su comida, una magra ofrenda que parecía subrayar su vulnerabilidad y su dependencia de su misericordia.

Las mujeres lo observaban, con expresiones ilegibles, como si estuvieran evaluando su reacción a sus órdenes. Los dedos de Draco se apretaban y aflojaban, sus emociones eran un mar turbulento que se agitaba en su interior. Añoraba la calidez de sus recuerdos, el amor y la seguridad que una vez había conocido, pero allí estaba él, un peón en su retorcido juego.

Cuando agarró el pan, le recorrió un escalofrío, mezcla de miedo y desafío. La fría realidad de la situación se asentó sobre él como un pesado manto. Las mujeres tenían el control, su influencia sobre su vida era innegable, y ese conocimiento le produjo un escalofrío.

La primera mujer, con los ojos brillantes como esquirlas de obsidiana, volvió a hablar, con voz de susurro sibilante que parecía danzar al filo del viento.

―Puedes dirigirte a nosotras como las hermanas Gorgonas.

A Draco se le encogió el corazón cuando el nombre resonó en su mente. Las hermanas Gorgonas... el nombre tenía un peso que no alcanzaba a comprender, una historia y un significado que parecían ir más allá de los límites de su entendimiento.

La mirada de la segunda hermana permaneció fija en él, con expresión inquebrantable.

―Pero tenemos nombres propios, nombres que se han susurrado a través de los tiempos.

Draco apretó los dedos alrededor del pan, sin apartar la mirada del trío que tenía delante. No eran sólo figuras sin rostro; eran individuos con sus propias identidades, sus propias historias que se entretejían en el tapiz de su viaje.

La voz de la tercera hermana era un eco inquietante que parecía perdurar en el aire.

―Soy Esteno.

El corazón de Draco se aceleró cuando el nombre salió de su lengua, un nombre que transmitía una sensación de antiguo poder y misterio. Esteno, el nombre parecía evocar imágenes de fuerza y resistencia, una presencia que era a la vez dominante e inquietante.

―Yo soy Euríale ―anunció la segunda hermana, con una extraña mezcla de frialdad y curiosidad en la voz.

Euríale, ese nombre le parecía un enigma, una pieza de un rompecabezas que apenas empezaba a encajar. Era un nombre que guardaba secretos, historias por desentrañar.

La primera hermana se adelantó y su mirada se clavó en la suya con una intensidad que le produjo un escalofrío.

―Y yo soy Medusa.

Medusa: el nombre resonó en su interior como el eco de un pasado olvidado. Lo había oído antes, en cuentos de mitos y leyendas. Un nombre que evocaba imágenes de serpientes y piedra, de una mirada que podía convertir a los hombres en estatuas. Pero aquí, ahora, ella estaba ante él, su presencia fuertemente intimidante.

La mente de Draco se agitó mientras asimilaba los nombres de las hermanas Gorgonas: Medusa, Esteno y Euríale. No eran sólo figuras misteriosas; eran individuos con sus propias historias, sus propios motivos. El peso de sus nombres, de sus identidades, añadía otra capa de complejidad a la ya enmarañada red de su viaje.

Esteno, con la mirada firme como la piedra, empezó a hablar, y su voz tenía un peso de autoridad que parecía resonar en el aire.

―Draconis, has elegido el camino que se te ha señalado, el camino que determinará el destino de destrucción y agonía que les espera a los dioses.

El corazón de Draco se aceleró, una mezcla de miedo y determinación recorrió sus venas. Las palabras flotaban en el aire, como un recordatorio de la monumental tarea que tenía por delante. La destrucción del Olimpo: las palabras parecían un eco de otro mundo, un concepto tan impensable como aterrador.

La mirada de Medusa se clavó en él, como fragmentos de obsidiana que parecían atravesarle el alma.

―Para lograrlo, debes aprovechar las habilidades de semidiós que fluyen por tus venas. Habilidades que han estado latentes, esperando la chispa que las encendiera.

La voz de Euríale se unió al coro, una melodía inquietante que parecía llevar el peso de historias jamás contadas.

―Nuestro entrenamiento pondrá a prueba tus límites, te empujará más allá de lo que creías posible. Aprenderás a controlar el poder que te corresponde por derecho de nacimiento.

Los dedos de Draco se apretaron y sus emociones se convirtieron en un remolino de aprensión y silenciosa determinación. Había dicho que sí a su proposición, al camino que prometía la salvación para su tía Nana. Pero el peso de sus palabras ―la enormidad de la tarea― amenazaba con abrumarlo.

Esteno se acercó, con expresión firme.

―Tu entrenamiento abarcará la resistencia física, la fortaleza mental y el dominio de las armas. Tus habilidades se perfeccionarán, tus puntos fuertes se magnificarán.

Draco tragó saliva, con la mente llena de preguntas que aún no se atrevía a formular. ¿Qué querían decir con dominar las armas? ¿Cómo podía él, un simple niño de seis años, esperar llevar a cabo una tarea tan monumental?

Los labios de Medusa se curvaron en una sonrisa escalofriante, sin apartar la mirada de él.

―Y ahora, elegirás tu arma.

Una mezcla de emoción e inquietud se enroscó en su interior. Siempre le habían fascinado las historias de héroes y sus armas legendarias. La idea de empuñar un arma propia le llenaba de una extraña mezcla de expectación e inquietud.

Como si leyera sus pensamientos, Euríale extendió el brazo y una colección de armas apareció ante ellos en un resplandor de luz etérea. Espadas, dagas, pentagramas... el conjunto era a la vez hipnotizador y desalentador.

―Elige, Draconis ―resonó la voz de Esteno, con una mirada entre desafiante y expectante.

Draco recorrió las armas con la mirada, con el corazón latiéndole con fuerza al pensar en el peso de su decisión. Y entonces, sus ojos se posaron en un elegante arco que parecía llamarlo. Su madera era oscura y pulida, la curva de las extremidades elegante y poderosa.

―Elijo el arco ―dijo, con voz firme a pesar del torbellino de emociones que sentía.

Medusa asintió, su aprobación palpable.

―Una sabia elección. El arco es un arma de precisión, de estrategia. Requiere habilidad y concentración, cualidades que te serán útiles en tu viaje.

Mientras el jardín parecía palpitar con una extraña energía, Draco alargó la mano y tomó el arco entre las suyas. Se sentía bien, como si fuera una extensión de sí mismo. Podía sentir el poder que yacía en él, un poder que aún no comprendía del todo.

La voz de Euríale tenía una nota de finalidad.

―Tu entrenamiento comienza ahora, Draco. Acepta los desafíos que te esperan, porque te convertirán en el arma que necesitas ser.

Lo que sea para salvar a la tía Nana.