Chapter Text
Y ahí estaba de nuevo.
Siendo sometido sin oportunidad de resistirse, sabía que era inútil, su Omega lloraba por complacer a su Alfa, no podía resistirse, por más que intentara hacerle entender a su Omega que aquello no terminaría bien.
Nunca termina bien.
La prueba más sólida es su pobre corazón.
Su corazón...
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Recuerda que una vez, durante sus lecciones, uno de los maestres les dio la tarea de dibujar la manera en la que visualizaban su corazón...
No estaba seguro a que se debía, pero debía ser alguna prueba importante o no se le hubiera sido pedido.
Él lo había hecho, era grande, abarcaba toda la hoja y dentro de él había escrito algunos nombres, el de su madre, el de su padre, el de Ser Harwin y por supuesto, en un espacio bastante considerable, había puesto el nombre de su tío
De su Alfa
Aemond
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El temblor en su cuerpo lo hizo regresar a su realidad, a ese momento, en donde podía sentir que su ser se dividía tan cruelmente entre lo que quería y lo que su Omega deseaba.
Lo que su Omega deseaba tan desesperadamente, tan anhelantemente, su Alfa paso sus labios por su cuello, llenándolo de besos, llenándolo de caricias, el Alfa siempre hacia eso, el Alfa siempre lo había hecho sentirse tan amado, tan querido...
Tan aceptado
Por sus ojos lagrimas bajaban, sabía que su Alfa lo amaba, que su Alfa sería capaz de darle absolutamente todo lo que quisiera...
Pero su Alfa solo estaba con él dos veces al año.
Y esas dos veces, esas dos ocasiones... En donde el Alfa se desviviría por demostrarle su amor, jamás serian suficiente para reparar lo que su ser racional se esmeraba por destrozar.
Y ahora temblaba, temblaba de anticipación, de ansiedad, y por su Omega, de emoción, tanto que su Alfa se dio cuenta de ello, vio las lágrimas que bajaban de esos ojos azules, limpiándolas con sumo cuidado.
Sus ojos mirando fijamente el del Alfa, aquel pozo tan purpura, como amatista, contrastando con el zafiro de su cuenca, brillante, y a pesar de eso, pudo sentir aquel amor que quería trasmitirle el Alfa, Lucerys no pudo evitar seguir derramando más lagrimas...
Como amaba esos ojos.
El Alfa pensó que ese sería el momento perfecto para dar su máxima muestra de amor, el Alfa rubio acercándose tan decididamente, tratando de reclamar lo que consideraba suyo y Lucerys hizo algo que hizo a su Omega gimotear.
—No, por favor...—. Pidió, colocando sus dedos en sus labios, negando su reclamo. —No te atrevas a besarme, Qybor—. El Alfa le miro por un momento, para después, delicadamente, apartar la mano del Omega.
—¿Por qué? —. Pregunto, acercándose a su oído, soltando su cálido aliento en el cuello del más bajo, haciéndolo estremecer. —¿No quieres? —.
Lo quería, su Omega lo quería... ¡Lo deseaba tanto!
Pero...
—Lo quiero—. Confirmo, aquello hizo sonreír al Alfa. —Pero no así—. El castaño alejo al Alfa, no tanto como quisiera, pero lo suficiente para preocupar al rubio. —No contigo en estado Alfa, no contigo sucumbiendo a tus instintos primarios a causa de tu rutina—. Lucerys agacho su cabeza, tratando de esconder su dolor, el dolor de su Omega reflejado en sus angustiantes ojos. —No eres tú, lo que digas o hagas no sería sincero—.
Aemond lo tomo con más fuerza, hundiendo su cabeza en el cuello del Omega y soltado más feromonas, feromonas que hacían bailar al Omega de Lucerys.
—Este, Taoba—. Dijo el Alfa acercando su boca a la del más bajo. —Es el estado más sincero en el que me veras—. Y sin más, beso los labios del Omega, las lágrimas de Lucerys seguían bajando, no sabía si eran de angustia o de felicidad, él solo sabía que no quería que aquello terminara, quisiera poder estar así, siempre con Aemond.
Pero sabía que no era posible, la falta de aire los hizo separarse, el rubio unió su frente con la del Omega, respirando las feromonas de aceptación de Luke. —Te amo, Omega—.
Ahí estaban... esas palabras que siempre lograban romperle el corazón.
Sonrió con dolor. —Eso lo sé—. Dijo, separándose del rubio para mirarlo a los ojos. — Al igual que sé que cuando regreses a tus sentidos, te arrepentirás, negaras tus palabras y tus promesas—. Vio a Aemond fruncir el ceño, el Alfa frustrado por el olor angustiante que salía del Omega.
—Yo...—.
—Por favor—. Suplico. —Lo último que quiero, es sufrir el rechazo del Alfa del que estoy enamorado—. Aemond no lo dudo, necesitaba hacer sentir a su Omega amado, necesitaba hacerlo entender que el jamás lo dejaría, él jamás... —No lo soportaría... no otra vez—.
La angustia en el Omega era tal, que las feromonas del príncipe platino reaccionaron de inmediato, ya no con la intención de aparearse, si no con la intención de calmar al Omega, de brindarle seguridad.
—No lo hare—. Dijo muy seguro. —Eres mi Omega, mi otra mitad—. Y el Alfa ahora se dedicó a llenar de besos tiernos toda la cara del menor, tratando de trasmitir su más sincero amor. —Lo prometo, Lucerys—. Y su Omega le cree, él también quería creerle.
Fue así que terminaron en el cuarto del rubio, solo la luz de la luna iluminaba el cuarto, bañando con luz pálida ambos cuerpos, el Alfa se dedicó, en toda esa noche, a adorar el cuerpo del Omega, trasmitiendo todo el amor que sentía por él.
El Omega no podría estar más feliz, tanto que Luke no pudo negarse a dejarlo tomar el control, dejándose adorar y adorando de igual manera al Alfa, ambos se unieron, creyendo en las promesas del Alfa.
Promesas de amor y protección
Promesas de eternidad.
Es por eso que cuando el Alfa pidió, mudamente, el permiso del Omega para marcarlo, Lucerys mostro su cuello, dándole el permiso de hacerlo, de unirlos como pareja y el Alfa gruño complacido.
Lo siguiente que siente el castaño, es la fuerte mordida y el comienzo de una unión que representaba seguridad, fidelidad y sobre todo... amor.
Cuando el Alfa termino, el Omega era capaz de sentir el amor trasmitido por el vínculo, el Velaryon sonrió tontamente y el Omega ronroneo de gozo al saberse querido por su Alfa.
Como había prometido...
Como el Alfa había prometido.
Una promesa que se rompió al día siguiente, cuando Aemond estaba en sus cinco sentidos.
—¡Maldito bastardo! —. Algo que Lucerys no esperaba después de una de sus mejores noches de sueño, era ser levantado de manera tan brutalmente. —¡¿Que mierda haces aquí?!—. El príncipe castaño inmediatamente sintió la ira del rubio. Aemond se vio aún más enojado al darse cuenta de algo. —¡Tu...! —.
Sin delicadeza alguna, Lucerys fue tomado de la nuca, apenas teniendo tiempo de tomar la sabana para cubrirse, Aemond paso su mano de su cuello al cabello y lo jalo fuera de la habitación, el alboroto y los gritos del castaño fueron tan fuertes que al menos tres guardias habían acudido al lugar, siendo testigos de lo que parecía ser un altercado de amantes, si eso les decía la falta de ropa en ambos príncipes
.
—¡¿Como te atreviste a vincularte conmigo?!—. La pregunta fue hecha mientras el Aemond arrojaba a Lucerys al suelo, el castaño apenas y podía ser consiente de lo que estaba pasando, manteniéndose pequeño, intentando ocultarse de la furia Alfa de la que estaba siendo destinatario.
—Mi príncipe ¿Qué pasa? —. La voz de Ser Criston se hizo notar, al ver que el altercado era en las habitaciones del príncipe Aemond, el caballero de la reina fue avisado de inmediato, otro Alfa, uno que Aemond respetara, era de mucha ayuda cuando el rubio se salía de control. Aunque claro, nadie le dijo que uno de los bastardos de la princesa estaba involucrado, y por la molestia palpable en el príncipe Aemond, el pequeño Omega bastardo había hecho algo bastante malo e insultante.
—¡Cállate, mierda! —. Grito el platinado ante los chillidos angustiantes del Omega en el suelo, la ira del Alfa era palpable, las feromonas hostiles inundaban el pasillo de aquellas habitaciones, lo que causo que ahora la princesa Helaena y la reina Alicent estuvieran ahí también, ambas mujeres viendo sin entender lo que pasaba.
—¿Qué está pasando aquí? —. Exigió la reina, mirando a su hijo y apenas dándole una mirada juzgadora al Omega en el suelo, había indignación al ver las pintas que el hijo de Rhaenyra tenía, apenas cubierto por una ligera sabana, con su cuerpo a la vista, era ciertamente indecente, sin duda la pequeña bestia había heredado no solo la belleza de su madre, también lo promiscua. —¿Aemond?
El rubio miro a su madre, ella exigía una explicación, entonces su vista regreso a Lucerys en el suelo, sollozando e intentando cubrirse lo más que podía con lo que tenía. —¿Por qué mierdas no les dices? —. Pregunto el rubio al castaño, Lucerys tembló aun en el suelo y el rubio pudo sentir su angustia a través del vinculo.
Era asqueroso
—Diles que usaste mi celo para vincularte conmigo—. Aquellas palabras hicieron que la reina soltara un jadeo, mientras que los caballeros presentes comenzaron a murmurar.
Aquello era una acusación bastante grave, la cara de Lucerys cambio de la angustia al miedo, su Omega tratando de comunicarse con su Alfa a través del vínculo, pero ...
No estaba...
El Alfa de Aemond no estaba ¿Qué había pasado?
El platinado sonrió internamente, la búsqueda del Velaryon por el Alfa jamás resultaría, Aemond siempre se encargaba de eso. —¿Y así te haces llamar un Omega honorable? —. Pregunto con veneno el rubio. —¿Usando el celo de alguien para vincularte? —.
—¡No, eso no...! —.
—Ser Criston, aprisiónelo—. Lucerys escucho la orden de la reina, casi de inmediato fue bruscamente tomado, importando poco la posición que ocupaba en la familia de la princesa, ahora ella no estaba aquí para defenderlo, ni nadie de su familia, intento soltarse, moviéndose lo más que pudiera para zafarse del agarre de los caballeros, sabía lo que intentarían hacer, sabía lo que pretendían.
—¡No! —. El terror se hizo ver en su voz, trato de levantarse y huir, intento llamar a alguien que lo ayudara, debía encontrar a su madre o a Daemon, alguien, quien sea.
—¡Madre, Jace! —. Lo siguiente que siente Lucerys, es que sus brazos han sido colocados detrás de su espalda, también es empujado de rodillas al suelo nuevamente, Lucerys tiembla aun más, sabe lo que pasara y el Omega llora e intenta, una vez más, llamar a gritos a su Alfa, pero su Alfa no contesta.
El aroma a angustia baña el pasillo, Helaena ha comenzado a sollozar también, intenta acercarse a Aemond para detenerlo, intentar advertirle lo que pasara si continua con lo que piensa hacer, pero ella es detenida y apartada por la reina Alicent, a nadie le importa lo que una princesa loca tenga que decir, el castigo debe llevarse a cabo y ni Rhaenyra ni el príncipe canalla están aquí para evitarlo.
Lucerys es llevado frente a Aemond, dos caballeros lo mantienen sujetado mientras que Cole sostiene su cabeza, descubriendo la marca del vínculo.
El castigo para un Alfa que obliga a un Omega a vincularse con él, es severo, según los Siete que son uno, en la mayoría de los casos se llevan al Alfa a prisión y lo obligan a hacerse cargo del Omega sin que este ejerza algún derecho sobre él. Claro, esto si se comprueba que el Omega realmente fue sometido y forzado, pero los Alfas han alegado inocencia ante las feromonas y las provocaciones de Omegas promiscuos.
En cambio…
El castigo de un Omega que obliga a un Alfa a vincularse no era tan severo, en muchos de los casos tachan al Omega de problemático, se le es enviado al Muro, se le exilia y se obliga al Omega a hacerse una operación para romper el vínculo formado.
Muchas veces eso ultimo no se hace, puesto que es el Alfa, en el calor del momento, quien rompe el vínculo. Si, de manera violenta, pero que en la mayoría de los casos no trae graves consecuencias para el Omega, a menos que...
El Omega no haya forzado al Alfa
Lucerys aun y siendo sostenido luchaba como podía, trataba de huir, llego un momento de desesperación en donde el Omega del castaño tomo el control y comenzó a gimotear, pidiendo ayuda, de quien fuese, lloraba, lloraba de desesperación, de angustia, entonces sintió la mano de Aemond en su marca...
... y supo que todo había terminado.
El rubio había hundido su daga en la marca, la sangre broto y el grito de agonía del Omega les helo la sangre a todos, a todos menos a Aemond, que, sin más, arranco la marca del castaño, entonces el llamado angustiante del Omega en su cabeza termino.
Aemond sabía que algo había pasado, sus instintos en alerta sin saber porque, el olor a sangre lleno el lugar y el silencio fue cortado por la voz de Rhaenyra.
—¿Qué demonios pasa aquí? —. Pregunto, los caballeros abrieron paso a la mujer, más por sorpresa que por verdadera obediencia, la platinada no venía sola, Daemon llego tras ella junto al hijo mayor de la princesa, ella se abrió paso hasta el centro del grupo y quedo sorprendida ante lo que veía. —¿Lu-Lucerys? —. Su hijo, su preciado hijo siendo sostenido de manera poco respetuosa, con sangre brotándole del cuello, el silencio fue abrumador, nadie se atrevió a decir nada, la princesa, presurosa, se acercó al Omega, apartando sin delicadeza a los caballeros que se interpusieran en su camino, apartándolo de las viles manos de Criston Cole, ella tomo a su hijo en brazos. —Luke, Luke, mi dulce—. Llamaba, en un intento de hacer que su hijo reaccionara, miro el cuello del Omega, alzo la vista y dio con Aemond y su mano que sostenía aun la daga manchada en sangre. —¡¿Qué demonios hiciste, monstruo? —. Había lagrimas de rabia en los ojos purpurinos, había acusación y había fuego.
—Tu indecente hijo obligo a Aemond a vincularse—. Dijo acusatoriamente la reina. —Solo hicimos cumplir el castigo merecido—. Rhaenyra ahora miro con odio, verdadero odio a la mujer que había sido su amiga en los viejos tiempos de su niñez. —Esta falta no quedaría impune esta vez—.
—¡¿Qué demonios han hecho?!—. Rugió con verdadera furia, los presentes retrocedieron ante el olor acido que libero la princesa, el dragón estaba molesto, habían osado tocar a su cachorro, le habían hecho daño, quería sangre, no importaba que después desatara una guerra, ella quería venganza, quería quemarlo todo y a todos.
—M-ma…má—. Susurro Lucerys, ella aparto su atención de la reina y su hijo para centrarse en su dulce niño, cayo en cuenta que la herida en el cuello de Lucerys seguía sangrando, así que actuó de la manera más rápida que pudo. —Daemon—. Llamo a su esposo, quien rápidamente tomo al Omega en brazos, asegurándose de que este estuviera bien cubierto y se alejaron de ahí. Necesitaban llevarlo con un maestre y debían avisar a su padre y a Lord Corlys y la princesa Rhaenys.
Esto era malo, muy malo.
—Lo siento—. Dijo el hombre con tristeza. —El Omega de Lucerys está muerto—. La sorpresa en el rostro de Rhaenyra y de Daemon. —La herida fue bastante grave, penas pude lograr detener la hemorragia, pero no pude hacer nada más por el Omega—.
El platinado mayor miro a su hijastro postrado en la cama, aun inconsciente, la tristeza era palpable en la habitación. —¿Cuáles serán las consecuencias de esto? —. Pregunto preocupado, Gerardys suspiro.
—Él no despertará, se dejará morir—. Dijo angustiado, Daemon pudo escuchar a Rhaenyra soltar un sollozo, la mujer no se había despegado ni por un segundo del lado de su hijo. —Tenemos muy poca información ante la ruptura de enlaces más allá de lo que se ha demostrado con los enlaces erróneos—. El silencio reino por unos segundos. —Esto, claramente no es un enlace erróneo, de otra manera el príncipe Lucerys ya hubiese despertado—. Ambos Targaryen miraron al hombre esperando que continuara. —Si no conseguimos hacer que el principe despierte, seguramente su estado físico ira deteriorándose—.
Un Omega que se vincula por amor a su Alfa, muere si su Alfa rompe el vinculo
—¿Habrá algo que podamos hacer? —. Pregunto Rhaenyra con angustia, el Maestre pensó un momento y luego giro a uno de sus estantes en busca de información, saco algunos libros, hojeándolos y revisándolos hasta dar con el correcto.
—Podrida ser...—. Dijo abriendo un último libro y mostrándoselo al príncipe Daemon. —Aquí—. Señalo. —Hay algunos registros de curanderos y sanadores en Essos que se especializan en esta clase de situaciones—. Aquello llevo algo de alivio al corazón de la princesa, deberán hacer los preparativos para el viaje lo más pronto posible, el castaño no tenía mucho tiempo si las palabras del Maestre resultan ser ciertas.
—Bien, hare los preparativos, partiremos apenas estemos listos—. Dijo el platinado, para después salir de la habitación de su hijastro y comenzar con lo necesario para trasladar a Lucerys a Essos.
Rhaenyra se quedó en la habitación, velando por su cachorro, su dulce niño, la frustración de no poder protegerlo como se lo había prometido, hizo mella en ella, apenas se libraban de las acusaciones de Vaemond y ahora esto.
—Sabe su gracia—. La voz del Maestre, la saco de sus pensamientos. —No debería preocuparse por él—. Dijo con una ligera sonrisa. —El príncipe Lucerys es fuerte, saldrá bien de esta situación—. Dijo a manera de tranquilizar y dar alivio a la princesa, ella intento sonreír, pero no pudo, la angustia y la incertidumbre de lo que pasaría con su cachorro no la dejaba estar tranquila.
—Lo sé, pero...—. La platinada no pudo evitar peinar los cabellos del menor tratando de dar confort. —...una madre no puede evitar preocuparse por su hijo, especialmente cuando lo lastiman—.
—Entiendo—. Gerardys siguió leyendo el libro donde estaba documentado todo lo necesario para ayudar al príncipe. —El Alfa es quien debería estar preocupado—. Dijo con tono serio. —Posiblemente acaba de cometer el peor error de su vida—. Aquello llamo la atención de la mujer.
—¿Por qué? —.
Daemon pidió reunirse con su sobrino en el salón del pequeño consejo, inclusive acepto que viniera acompañado de ese caballero lame botas de la reina si con eso aceptaba aquella reunión. Tenía que hablar severamente con él con respecto a lo que había pasado y las consecuencias que conllevarían sus acciones.
—¿Quiero que me digas exactamente qué sucedió? —. Exigió el platinado, Aemond no había soltado palabra alguna desde su entrada y bufo ante la pregunta hecha.
—El…—. Pensaba soltar un nombre descriptivo, pero hasta él entendía que no debía hacer enojar a su tío, especialmente estando las cosas como estaba. —… príncipe Lucerys uso mi celo para vincularse conmigo—. Dijo sin más, aquellas palabras no se las creía del todo el hombre, sabía que su sobrino no le estaba contando toda la historia.
—Aemond, tu...—. Tenía pensado replicar, pero entonces noto algo, algo que lo hizo fruncir el ceño, el príncipe Daemon no pudo evitar soltar un gruñido antes de volver a hablar. —Quiero hablar con tu Alfa—. Exigió, las feromonas Alfa de enojo bullían de él y su mano fue al pomo de su espada para darle mayor fuerza a su orden. —Muéstralo—. Aemond frunció el ceño, pero sonrió con prepotencia.
—Él no está aquí ahora, tío —. Dijo como si nada.
—Aemond ¿Qué hiciste? —. Gruño el Alfa no queriendo creer que el idiota de su sobrino había hecho lo que creía que había hecho. Daemon pudo ver a Aemond apretar los labios y mostrar una sonrisa de suficiencia y superioridad.
—Supresores—. Respondió. —Los mejores que pude conseguir, el idiota de mi Alfa no dejaba de buscar y pedir por ese Omega—. La furia del rubio mayor solo creció después de esas palabras.
—¡¿Sabes las consecuencias de lo que acabas de hacer?!—. Su lengua materna se deslizo con furia ante la indiferencia de lo que el niño tonto del rey había hecho.
—¿Y qué? —. Pregunto altanero. —Que mi Alfa persiguiera al pequeño Strong fue lo peor que me podría pasar, así que me encargue de él—. Dijo de manera segura. —Jamás aceptare a Lucerys como mi Omega—.
Daemon soltó un bufido, no tenía caso discutir y tampoco había caso en hacer entender al menor lo que pasaría en más. Aemond estaba tan cerrado a explicaciones, estaba ignorante ante lo que pasaría su Alfa por sus tercas y descuidadas decisiones.
—Bien—. Se limitó a decir, no buscando discutir más. —Es todo, no hay nada más que quiera discutir contigo, sobrino—. Dijo, el platinado menor chasqueo la lengua y obedeció, pero antes de que saliera de la sala, el mayor volvió a hablar. —Y asegúrate de no quedarte sin supresores—. Dijo. —Te harán mucha falta a partir de ahora—. El príncipe Aemond no entendía a que se refería y tampoco le dio importancia, aunque la media sonrisa de su tío debió decirle algo, sin más salió de ahí.
El peor castigo para un Alfa que reniega de su Omega, es que su Omega le sea indiferente
—La técnica se llama "Kintsugi"—. Explico el joven curandero Yitense a la pareja. —Es una técnica que se ha desarrollado en mi pueblo por años precisamente para esta clase de situaciones—. Dijo, aunque Rhaenyra noto, de manera lamentable. —Solo quedarán unas marcas de cicatrización que rodearán la zona de la glándula que se volverán de un tono dorado—.
—¿Y eso a por qué? —. Pregunto la mujer platinada con preocupación. —¿Tendrá alguna repercusión negativa en el futuro? —.
—No, claro que no—. Negó el joven con una sonrisa. —Su hijo estará perfectamente, incluso podrá vincularse nuevamente si así lo desea—. Hideaki había estudiado y practicado esta técnica a fondo. —Puede confiar en mí, princesa Rhaenyra, el príncipe Lucerys estará bien—. La mujer aun con dudas, asintió, cogió la mano de su hijo, Lucerys aun se encontraba inconsciente, ajeno a lo que ocurría a su alrededor. —Solo una cosa más antes de continuar—. Rhaenyra le miro. —¿Qué relación llevaba su hijo con su Alfa? —. La princesa frunció el ceño y el joven pudo oler la acida furia que sentía la mujer.
—No se llevaban bien—. Se apresuro a contestar. —El Alfa rompió el vínculo alegando que fue forzado—. Aquello saco lagrimas a Rhaenyra, aun no podía creer que Aemond le había hecho aquel daño a su pequeño. El joven curandero Yitense asintió. —¿Hay la posibilidad de que el Omega de mi hijo regrese con ese Alfa? —. Pregunto la mujer, rogando porque las palabras del joven sanador le dieran una negativa, el joven sonrió.
—Por eso pregunto—. Contesto. —Una vez que el procedimiento haya sido un éxito, el Omega del príncipe Lucerys jamás reconocerá al Alfa que rompió su vínculo—. El joven puso una cara demasiado seria. —Este “ritual” es para que su hijo lleve una vida totalmente normal—. Aseguro. —Pero no con el Alfa que rompió el vínculo, nunca más con él—.
Aquellas palabras, aunque calaban hondo, dieron tranquilidad al corazón afligido de Rhaenyra.
Su dulce niño no volvería a sufrir por las acciones del Alfa de su hermano y Aemond jamás le volverá a hacer daño a su preciado hijo.
Rhaenyra asintió en aprobación hacia Hideaki, el joven Yitense sonrió y comenzó a preparar sus utensilios para el procedimiento.
Ese Alfa, quien quiera que sea, estaba...
Condenado
Lucerys despertó repentinamente y se encontró en un lugar oscuro, la angustia se sentía en el aire, tanto así que casi de inmediato sintió sus propias lagrimas cayendo de sus ojos, no sabía que pasaba, pero sabía que era algo malo.
Los sollozos se abrieron paso hasta él, a lo lejos de rodillas llorando lo vio, era...
Él mismo.
—¿Por qué? —. Lloraba. —¿Por qué nos hiciste esto? —. Preguntaba a nada.
El castaño no podía hablar, ni emitir sonido alguno, todo era tan oscuro, tan angustiante, tan triste...
El dolor del alma era mucho peor que el físico, para el físico hay medicinas y brebajes que los alivian por un momento, pero para el dolor del alma no hay medicina que lo alivie, ese dolor es tan grande y agonizante que lo único que puedes hacer es rezar por que todo termine.
Pero ¿Por qué le dolía tanto el alma?
—¡Lo prometiste! —. Grito su otro yo. —Me prometiste que estaríamos juntos—. El dolor aumentaba y el llanto también. —¡TU LO PRO-...! —.
Y entonces todo se volvió blanco. Ya no había oscuridad, ya no había dolor, solo había...
Paz
El dolor que había estado teñido de negro y la angustia habían desaparecido, llego un punto en el que ya no recordaba lo que hace segundos había sentido, ni porque se había sentido así.
Se vio así mismo, su Omega estaba tranquilo, pareciera que nunca había estado muriéndose de dolor hacia apenas unos segundos.
Lucerys quiso preguntarse qué es lo que había pasado, pero si eso le había traído tanta paz, no le importaría quedarse sin saber...
Estaba mucho mejor así.
La luz del sol le molestaba en los ojos y llegaron a él ciertos olores que desconoció por un instante, poniéndolo alerta, primeramente, el olor a incienso, tan típico cuando se enfermaba.
Demonios ¿Acaso se había vuelto a lastimar durante un ejercicio? ¿Se había caído de Arrax y se había golpeado la cabeza?
No, reconoció otro olor, era... brisa salada ¿Estaba cerca del mar? ¿Estaban en Marcaderiva? Pero entonces lo rodeo un olor bastante conocido, el olor a lavanda, era el olor de su madre.
Se obligo a abrir los ojos, su vista borrosa no le permitió notarla en primera instancia, parecía que había pasado tanto tiempo dormido que sus ojos pesaban. De a poco sus ojos se acostumbraron a la luz y así pudo notar a la mujer que dormitaba en una silla justo a su lado.
—¿Ma.…Mamá? —. Pregunto con voz ronca, la mujer se apresuró a despertar apenas hubo escuchado la voz de su hijo.
—¡Lucerys! —. Grito antes de lanzarse a abrazarlo y llenarlo de su olor para tranquilizarlo. —Oh, mi dulce, estaba tan preocupada—. El castaño sonrió ligeramente.
—Lo siento—. Se disculpo. —¿Pero que paso, porque estoy aquí? —. Rhaenyra no pudo contestar las interrogantes de su hijo, puesto que precisamente entraban el joven Hideaki acompañado del Maestre Gerardys y en ultima estancia, su padrastro, Daemon.
—Ah, despertaste, joven príncipe—. Sonrió el joven con pinta exótica, noto Lucerys.
—Amm yo…—. No sabía que decir, lo que sea que le había pasado había sido bastante grave si su madre y su padrastro habían tenido que recurrir a ayuda extranjera para ayudar al maestre para su recuperación, bajo la cabeza apenado de causar tantos líos.
—Aprovecho para presentarme, joven príncipe—. Saludo el sanador Yitense. —Mi nombre es Hideaki y yo fui el sanador que te atendió—. El extranjero se acercó a la cama del príncipe para hacer un chequeo de rutina. —Dime ¿Recuerdas lo que te trajo aquí? —. El castaño negó, sintiendo como ese extraño pasaba los dedos por su cuello, solo entonces noto el vendaje que lo rodeaba. —Bien, sufriste una ruptura de vinculo—. Por un momento recordó el lugar oscuro, la angustia y el dolor. —El Alfa con el que te vinculaste, rompió el vínculo que los unía—.
¡Lo prometiste! ¡Prometiste que estaríamos juntos!
Entonces Lucerys se tocó la nuca sintiendo los vendajes protegiendo la zona donde debería estar su marca de vinculación. —¿Recuerdas quién era el Alfa? —. Él pensó, una silueta apareció en su mente, el olor del fuego, del bosque, del sándalo, pero...
Un segundo después, no recordaba nada.
—Lo siento, no—. Dijo sinceramente y el Yitense asintió, miro ahora al maestre, quien le paso una hoja de pergamino, el joven sanador se la mostró, en ella había un dibujo, era un hombre joven, su cara tenía facciones angulosas, Lucerys tomo la hoja, mirando detalladamente el dibujo, se detuvo especialmente en el pache que cubría el ojo y la cicatriz que recorría desde el pómulo hasta la ceja, el hombre del dibujo tenía un gesto fiero que mostraba molestia. Lucerys abrió sus ojos en reconocimiento.
Claro que lo conocía, era el hijo de la reina Alicent. Aemond.
—¿Sabes quién es el del dibujo, Lucerys? —. Pregunto su madre, Lucerys asintió, lo que provocó un jadeo angustiado en ella, el castaño la miro extrañado, pero Hideaki continuo con su interrogatorio.
—¿Quién es, joven príncipe? —. El castaño le miro.
—Es el hijo de la reina Alicent, su nombre es Aemond Targaryen—. El silencio reino por unos momentos.
—¿Algo más que recuerdes de él? —. El Velaryon lo pensó por un momento, pero finalmente negó, aquello alivio a su madre y el joven sanador sonrió.
—Bien, eso está muy bien y es perfectamente normal—. Dijo. —Significa que el procedimiento fue un éxito—.
—¿Procedimiento? —. Pregunto extrañado. —¿Me paso algo, fue grave? —. Miro a su madre, quien tenia un gesto angustioso en el rostro, entonces su padrastro le tomo del hombro.
—Lo siento, cachorro—. Se disculpo el mayor.
—Estabas muriendo, mi amor—. Dijo angustiada su madre. —Tu Omega estaba muriendo—.
