Actions

Work Header

Escudos y Girasoles

Summary:

"Leónidas, ven aquí un momento" Brunhilde lo llama mientras se acomoda en su escritorio con las manos entrelazadas en su regazo.

"Tengo que informarte algo nuevo del próximo evento que va a realizar nuestra escuela."

Leónidas se acerca, cruzando sus brazos musculosos contra su pecho: "¿De qué se trata?"

Brunhilde le sonríe, sus ojos esmeraldas brillan.

Notes:

Este fic esta muy inspirado en esas ilustraciones oficiales que han salido ;)

¡Espero que disfrutes la lectura!

Work Text:

"Leónidas, ven aquí un momento,” Brunhilde lo llama mientras se acomoda en su escritorio con las manos entrelazadas en su regazo.

“Tengo que informarte algo nuevo del próximo evento que va a realizar nuestra escuela.”

Leónidas se acerca, cruzando sus brazos musculosos contra su pecho: “¿De qué se trata?”

Brunhilde le sonríe, sus ojos esmeraldas brillan.

“Como es tradición, nuestra escuela va a participar en las próximas dos semanas en 'la unión de profesores y niños.'“

Ah.

Ese evento.

“No es nada que no se haya hecho antes,” Brunhilde sigue hablando mientras abre un cajón y saca una gran carpeta verde.

“Pero,” hace una pequeña pausa mientras busca algo en la carpeta atiborrada, y cuando lo encuentra sonríe triunfante “En esta ocasión añadiremos algo más emocionante.”

Leónidas parpadea e inclina la cabeza a un lado.

¿Qué sería más emocionante que ver a los niños correr de aquí y allá por los juegos como si estuvieran poseídos?

Su pregunta debe reflejarse en su expresión porque Brunhilde sonríe más, si es posible.

“Veras Leónidas,” ella empieza a leer la hoja que tiene en una de sus manos. “Con el comité de padres hemos llegado a lo conclusión de que a este evento le falta algo.”

“Y ese algo, es que…, necesitamos que todas las clases se unan durante esas dos semanas.”

Leónidas ya podía sentir el comienzo de una migraña formarse, al solo pensar en cómo esas dos semanas iban a ser un infierno.

Además, era como si ya pudiera escuchar todos los gritos y llantos de esos mocosos.

“Se que es algo que va a resultar agotador,” Brunhilde suspira sin despejar la vista de la hoja “Por eso, solo haremos que dos clases se unan.”

Una sabia decisión. Leónidas asiente, de acuerdo.

Aunque, otro par de niños más no es nada que no pueda manejar; después de todo, sus mocosos son los más caóticos (exceptuando a una niña).

“Bien, me alegro que estés de acuerdo. Entonces mira…" Brunhilde deja la hoja en la superficie del escritorio y con un dedo señala a una línea de palabras impresas.

Leónidas se inclina, se acomoda la montura de sus lentes sobre su nariz y fija su mirada donde Brunhilde señala.

Escudos y Girasoles. Eso es lo que lee en el papel.

De seguro, no, es más que seguro, que algo más horrible que el mismismo infierno va a suceder en esas dos semanas.

Jodido Apolo de mierda.

 

𑁍

 

Leónidas, después del recreo, reúne en un círculo a los mocosos, quienes, están más interesados en oír sobre los juegos que van a realizar que en oír las clases de matemáticas.

No es ninguna sorpresa.

Leónidas se toma su tiempo en responder algunas preguntas antes de tomar un respiro muy necesario para lo que va a venir.

“Haremos lo habitual,” Leónidas exclama y se pasa los dedos por la barba.

“Pero, esta vez tenemos que formar equipo con otra clase,” suspira mientras barre la mirada a su clase sentada en circulo.

“¿Con cuál clase vamos a formar equipo?” un niño levanta la mano.

“La clase ‘Girasol’,” Leónidas responde. Ya siente el enojo recorrer su cuerpo al recordar la cara de ese estúpido.

Después de que haya terminado de pronunciar el nombre, el salón rápidamente se llena un coro de quejas agudas y algunos murmullos suaves.

“¿Uhmm…Por qué tenemos que hacer grupo con ellos?” alguien se queja.

“Esos niños nos van a hacer perder el juego final.”

“¿Por qué no podemos unirnos con la clase de el profesor Heracles?”

“Idiota, el profesor Heracles ya está haciendo equipo con el profesor Jack.”

“El profesor Apolo es realmente llamativo… hace que mis ojos duelan de solo verlo.”

“Yo creo que el señor Apolo tiene un cabello muy bonito…”

“¡No quiero unirme con ellos, profesor!”

Leónidas gruñe bajo y con una sola mirada los silencia.

“Ya está decido por la directora Brunhilde,” Leónidas dice y escucha los gemidos de queja “Aunque quisiera, No hay nada que yo pueda hacer a estas alturas.”

“No querrán que ella nos descalifique, ¿verdad?” Leónidas se cruza de brazos, escuchando los sonidos de resignación que dejan escapar sus mocosos.

“Así que les pido, no les exijo, que muestren su mejor comportamiento y cooperación si quieren ganar”

Hay un coro de ‘Si profesor Leónidas’ en toda la habitación que le hace asentir satisfecho.

“Muy bien, mocosos, escuchen esto,” Leónidas se pone de pie con un salto. Los niños lo siguen a continuación con entusiasmo.

“Estos son los materiales que deben traer para el viernes…”

 

𑁍

 

El sol se ha hundido ya hace mucho tiempo.

Y Leónidas está tratando y fallando, en recortar las pequeñas estrellas con las diminutas tijeras que tiene en sus grandes manos.

Deja escapar un gruñido de frustración y está a punto de pararse de la silla para tomar un soplo de aire fresco, cuando el sonido de una puerta abriéndose le hace alzar la mirada desde donde está sentando.

Y no es nada menos que…

Apolo.

Quien está acercándose a él con una sonrisa engreída plasmada en su ‘horrible’ cara.

Odia admitir esto, pero reconocería incluso desde lejos esa cabellera rosada (o cualquiera que sea el jodido color que usa).

Leónidas se cruza de brazos y desvía la mirada a las estrellas mal recortadas que hay en la mesa.

“No pensé que Leo se quedaría hasta tarde haciendo los preparativos,” saluda Apolo con una voz melosa cuando se detiene a su lado. Leónidas frunce el ceño.

“Hace que me sienta mal al irme tan temprano después de acabar mi parte.”

Leónidas deja escapar un bufido molesto “No veo que te estés yendo por esa puerta.”

“Además, si me llamas de esa forma otra vez te golpeare en la cara,” advierte, conectando su mirada con la de Apolo. Los ojos oro brillan con diversión.

“No creo que ese comportamiento este permitido en la escuela, profesor Leónidas,” Apolo apoya una mano en su cadera y alza un dedo apuntando hacia él, con acusación.

Leónidas ignora la charla de modales y empieza otra vez a recortar las estrellas en la cartulina.

“Si no tienes nada más que decir, la puerta está abierta ”

“Y yo que quería ayudarte un poco para sacarte de la miseria en la que te encuentras,” Apolo solo suspira mientras observa las estrellas de cinco puntas mal recortadas que hay en la mesa.

Algunas incluso tienen unas puntas de más.

“¿QUÉ MIERDA ACABAS DE―”

Leónidas es interrumpido por el dedo índice que hay en sus labios. Impidiéndole continuar.

“Shhh,” Apolo le silencia con una sonrisa, y con la mano desocupada busca algo en uno de los bolsillos de su mandil de girasoles y antes que Leónidas pueda apartar el dedo que sella sus labios, Apolo en un movimiento se aparta y le muestra lo que tiene en sus manos.

“Aquí,” dice con un guiño “Es una pequeña perforada.”

“¿Para qué quiero yo esa mierda?” Leónidas pregunta irritado.

Apolo deja escapar una pequeña carcajada.

El sonido le recuerda al tintineo de una campana. Ugh.

Necesita un cigarrillo. Esta comenzando a pensar en cosas raras.

“Es una perforada en forma de estrella de cinco puntas,” responde y agarra un pedazo de cartulina que hay en la mesa y la lleva hacia la perforada. “Es realmente práctica.”

Apolo aplasta la perforadora sobre la cartulina con un chop. Y luego la saca para dejar ver perfectamente la forma de una estrella.

“¿Lo ves? No hay ninguna punta menos o de más,” exclama Apolo y deja la perforada en las manos de Leónidas.

“Espero que le des un buen uso, cariño,” Apolo le guiña uno de sus ojos con picardía y se va con un silbido, su largo cabello ondeando con el movimiento.

Leónidas parpadea estupefacto viéndolo irse por la puerta.

Si, definitivamente necesitara un cigarrillo.

 

𑁍

 

La primera semana del evento está a la vuelta de la esquina.

Es lunes de mañana, hace un buen clima, y hay una gran cantidad de adornos extremadamente coloridos tanto en el interior como el exterior del jardín de niños.

Incluso las aulas de clases están tan decoradas con sus temas de Escudos y Girasoles que Leónidas teme siquiera entrar. Después de todo, su tamaño y músculos no son realmente algo que puedas ver y llamar pequeño.

Heracles ya había destruido accidentalmente unas cuantas decoraciones en su propio salón.

“Muy bien, mocosos, formen una columna para entrar antes de que vengan los otros mocosos del profesor Apolo,” Leónidas ordena.

Los niños asienten a su orden y rápidamente forman la columna para entrar por la puerta. Ellos saltan emocionados al ver las decoraciones brillantes. Hay distintos diseños de escudos pegados a la pared con algunas estrellas, también hay guirnaldas de girasoles en las paredes.

Hay en total veinte mesas con sus respectivas sillas en la habitación, diez para la clase de Apolo y los diez restantes para su clase. También hay una gran mesa con un mantel crema con dos sillas de madera; sus asientos.

Por el momento no hay nada sobre la mesa, todavía no es hora del recreo.

Algunos de sus mocosos toman asiento y algunos todavía están de pie, observando las cosas que hay alrededor.

“No rompan nada, ¿me oyen?” Leónidas menciona mientras toma asiento en la silla y saca un libro de su bolsillo.

“Nadie quiere que el profesor Apolo se desmaye o le pase algo peor.”

“No me voy a desmayar o me va a dar algo peor, profesor Leónidas.”

Leónidas levanta la mirada de las páginas que estaba leyendo en dirección de la voz melosa.

“Aunque, aprecio su preocupación.”

El nombrado se adentra al salón con su familiar sonrisa engreída y por detrás vienen los pequeños en una perfecta columna (como patitos) y se sientan educadamente en las sillas restantes.

Sus mocosos que están de pie imitan también el movimiento y observan a los otros con interés.

Espera que no inicien una pelea o algo peor.

“Mmm, tus niños sí que son encantadores. No sé porque decían los rumores que eran problemáticos,” Apolo murmura con voz suave, acercándose con paso elegante y toma asiento a lado suyo.

Leónidas se encoge de hombros. Él no le va decir que sus mocosos si son problemáticos, (excepto Cleo). Ellos harían cualquier cosa por ganar el evento como el año anterior.  

“Bueno, son rumores,” Apolo murmura como si fuera obvio.

Hay un silencio por unos benditos segundos que Leónidas aprecia y ya los extraña, porque luego de que esos segundos pasen estalla una conversación que parece más gritos del infierno que una conversación.

Algunos mocosos empiezan a conversar entre ellos, otros acercan las mesas y sillas, los más tranquilos (Cleo y un niño de Apolo, el cual no recuerda su nombre) se quedan sentados en sus asientos mientras sacan algún cuaderno de sus mochilas para ponerse a dibujar.

“Mocosos alborotadores,” Leónidas gruñe con suavidad, sus ojos recorriendo los alrededores hasta que su mirada se queda en la cara de Apolo.

Ahora que lo está observando de cerca, Leónidas puede ver hay algunas pequeñas joyas de tonos rosados adornando el cabello largo de Apolo.

Apolo le da una sonrisa divertida, como si lo hubiera atrapado. Mirando.

“¿No te hace feliz ver a tus niños llevarse bien con los míos?”

Leónidas hace un ‘mmm’ y regresa la mirada al grupo de niños, que ahora se han convertido en gritos y peleas. Los más tranquilos ven con miedo la escena.

“No hables antes de tiempo,” Leónidas dice divertido, pero no tan divertido. Él, no, ellos dos tienen que solucionar esto pronto.

“Oh vaya,” Apolo suspira con tristeza cuando una niña rompe accidentalmente una guirnalda de girasoles.

 

𑁍

 

Son las nueve y cuarto de la mañana cuando todos los grupos de clases son llamados a formarse y salir al gran patio. Hay música infantil saliendo de los parlantes que se mezcla con todo el ruido que hacen los niños.

“¡Muy bien estudiantes y profesores, espero que escuchen todas estas indicaciones!” grita con energía Brunhilde, quien se encuentra encima de la tarima con el micrófono en la mano.

“¡Como ya saben todos haremos los mismos juegos que los años anteriores, pero esta vez… va a ser más divertido!”

“¡Después de todo, ahora mismo hay tres grupos unidos con dos clases!”

“¿Cómo se están llevando? ¿bien? ¿mal?” Brunhilde sonríe cruzando los brazos.

“¡No los escucho decir nada!”

“¿Acaso nadie quiere ganar puntos?”

Hay un coro de gritos alegres e inentendibles que se traduce como: ‘¡Nos estamos llevando muy bien, directora Brunhilde!’

Leónidas siente como sus oídos zumban ante los gritos. Mira alrededor del patio abarrotado de mocosos gritones, que moviéndose emocionados en donde están formados (si qué tienen mucha energía) y su mirada cae más lejos, donde se encuentra el grupo de Beelzebub y Tesla.

El profesor Beelzebub está sentado en la sombra y tiene puesto unos auriculares con cancelación de ruido sobre sus orejas.

Leónidas se rasca la cabeza con frustración.

Él también debió haberse comprado uno de esos.

“¡Me alegra oírlos decir eso!” Brunhilde aplaude con alegría.  “¡Así que como recompensa todos los tres grupos van a obtener un punto!”

Hay más gritos emocionados.

“Como estaba diciendo…” Brunhilde saca un papelito del bolsillo de su traje impecable “Todas las clases van a participar en estas dos semanas y los que salgan triunfantes en cada juego, van a poder sumar puntos a sus respectivos grupos”

Brunhilde lee el papelito y sonríe “Entonces como primer concurso tenemos…”

“¡Pinturas inspiradas en cuentos!” Brunhilde exclama con una sonrisa y agita el papelito en el aire.

“¡Profesores ordenen de nuevo a sus niños y sigamos con lo acordado!”

Leónidas y Apolo vuelven a mirar a su grupo de niños, quienes saltan eufóricos.

“Hora de ganar puntos, mis queridos,” Apolo aplaude con una sonrisa de oreja a oreja y el grupo se mueve.

“No se desorden,” Leónidas masculla mientras reubica a un mocoso devuelta a la columna. El hace un ruido divertido cuando escucha a alguien decir que ‘ojalá nos premien por el buen orden’.

Ante este sonido que deja escapar, Apolo se vuelve hacia él con las cejas alzadas, sorprendido, y con las comisuras de su boca alzándose para formar una sonrisa.

Al conectar su mirada con la suya, en su rostro se dibuja una sonrisa aún más grande, que Leónidas cree que no merece ni quiere.

 

𑁍

 

Para sorpresa de nadie, (ni la de Apolo, aunque este quiere hacerse el humilde), la clase de los girasoles son quienes ganan el primer concurso. Coronándose con el primer lugar, con nada menos que: tres puntos.

Y sumando el punto adicional que tiene cada grupo, ellos tendrían en total: cuatro puntos.

Los niños gritan y saltan felices al ganar el primer juego. Leónidas los sigue con la mirada y sostiene por el cuello de la camisa a un mocoso que casi se cae al correr muy rápido.

“Si sigues corriendo de esa manera, no probaras bocado alguno,” advierte Leónidas mirando al niño, quien asiente con nerviosismo cuando lo deja en el piso sano y salvo.

“Profesor Leónidas, no seas tan duro con el niño. Todos estamos emocionados.” Apolo se acerca para palmear amistosamente su espalda y Leónidas gruñe ante el toque.

Apolo sonríe ante eso, su mirada se enfoca en el niño y se acuclilla un poco para estar a su altura “No te preocupes por eso, cariño. Comerás lo que quieras cuando estemos en el salón.”

El mocoso asiente y le da a Apolo una risita que le falta un diente frontal.

“Además, el profesor Leónidas está ocultando el hecho de que está muy preocupado por todos ustedes y no quiere que nadie salga herido,” Apolo susurra.

Pero no lo suficiente bajo, porque Leónidas está lo suficientemente cerca de él como para escuchar el constante tambor de su corazón.

“Pongámonos en marcha antes que los otros mocosos arrasen con toda la comida,” Leónidas se aparta y sigue caminando.

Escucha por detrás la risa que deja escapar Apolo.

El sol quema la piel de su cara.

 

𑁍

 

“Señor Leónidas…”

Leónidas está durmiendo una pequeña siesta, (está matando algo de tiempo antes de que el próximo juego comience) en su hamaca favorita con un libro sobre su cara cuando escucha a duras penas una diminuta vocecita llamar su nombre. Él se saca el libro de la cara y gira su cabeza a la voz.

“Señor Leónidas, lo siento por despertarlo, quería…”

Cleo. Una de sus más lindas y comportadas mocosas, con una personalidad tímida y con la voz más pequeña, que se pierde en el parloteo constante de todos sus niños y niñas con inmensas cuerdas vocales.

Leónidas se incorpora en una posición sentada con suavidad y la mira atentamente para indicarle que la está escuchando.

“Te dije que me llamaras profesor, no hay necesidad de ser tan formal,” Leónidas dice tranquilamente.

“Entiendo, señor…dijo, profesor Leónidas” Cleo se corrige con suavidad.

“Bien,” Leónidas asiente con la misma suavidad “Dime, ¿en qué te puedo ayudar?”

Ella se anima, y se pone de puntillas como para demostrarlo. “¿Cree …?”

Leónidas asiente, animándola a seguir. Ella le sonríe tímidamente, retrocediendo uno o dos pasos hacia atrás y se esconde tras su esponjoso cabello caramelo.

“¿Cree que el profesor Apolo me deje trenzar su cabello?” ella pregunta, las vocales salen sin aliento de su boca.

Trenzar el cabello de Apolo.

No cree que Apolo deje que alguien toque su precioso cabello.

Leónidas se rasca la barba. “No tengo idea,” y escucha el pequeño sonido de tristeza que deja salir Cleo.

“Sería bueno que le preguntaras,” Leónidas aconseja, y luego agrega cuando siente que la mirada incierta de Cleo persiste todavía: “Está bien, vamos a preguntar.”

“Juntos,” Leónidas enfatiza y se pone de pie, guardando el pequeño libro en uno de los bolsillos de su mandil.

Cleo le sonríe, contenta y extiende una de sus pequeñas manos para rodear el pulgar de Leónidas.

 

𑁍

 

Para sorpresa de Leónidas. Apolo realmente deja que toquen su cabello y lo trencen.

Apolo los había visto venir desde lejos. Bueno, más bien, se dio cuenta de Leónidas inmediatamente. Su presencia no es algo que se pueda ignorar fácilmente.

Cleo se había ocultado con timidez detrás de una de sus piernas al ver a Apolo, quien estaba algo curioso y divertido al ver la escena que tenia de frente.

Leónidas deja escapar un suspiro: “Cleo pregunta si puede trenzar tu cabello.”

La nombrada asiente con entusiasmo.

“Oh, ya veo,” Apolo comprende la situación con una pequeña y amable sonrisa, y esta vez se acuchilla lo suficiente bajo para hablarle a Cleo.

“Hola Cleo,” le saluda y la niña murmura con un hilo de voz un ‘hola’.

“Me encantaría que pudieras trenzar mi cabello.”

“¿De verdad?” Cleo pregunta, insegura.

“Por supuesto, vamos a sentarnos en esas sillas,” Apolo le responde con una sonrisa más encantadora y brillante.

Arriba, en el cielo, las nubes dan paso a la luz del sol.

Con eso dicho, Cleo asiente y sale de su escondite, y va de la mano de Apolo a sentarse en las sillas.

Leónidas mira la escena por unos minutos y hace un ademán de dar la vuelta, pero es detenido por un silbido.

“Vamos, profesor Leónidas, quédate un poco más,” Apolo le incentiva con un tono de voz parecido a la miel.

Leónidas se va a negar, pero es interrumpido por la suave voz de Cleo:

“Profesor Leónidas, ¿no te quedaras?” Cleo pide con algo de esperanza brillando en sus ojos marrones.

Y Leónidas no se va.

Se queda sentado en una silla, mirando embelesado el largo cabello rosa oro de Apolo siendo trenzado hábilmente por los pequeños dedos de su niña, quien sigue murmurando acerca de lo muy suave que es el cabello de Apolo.

El mencionado murmura un agradecimiento con una expresión algo tímida. Y, cuando Apolo alza la mirada, se encuentra con los ojos de Leónidas, los cuales los habían estado observando atentamente durante ya varios minutos.

Y Leónidas piensa que es el sol que está quemando la cara de Apolo, porque este se ha puesto tan rojo como un tomate en una cosecha de verano.

 

𑁍

 

Los días de la primera semana del evento pasan con tanta velocidad que se asemeja a la velocidad de vuelo de las bandadas de aves que surcan el cielo en otoño. 

Hasta ahora, los Escudos y Girasoles, su grupo de veinte mocosos, ha reunido en total sesenta y ocho puntos, en las varias actividades que se han dado en el gran patio. 

Carreras de relevos.
Partidos de voleibol, baloncesto y fútbol.
Concursos de pintura.
Recitales de poesía.
Escritura.
Las escondidas.
Reventar globos.
Canto.
Etc. 

Han hecho un buen trabajo. Leónidas los felicita, pero no lo suficiente como para que se les suba a la cabeza. 

Y ahora es lunes de nuevo, dando comienzo a la segunda y última semana del evento de unión. 

La directora Brunhilde sigue estando llena de energía como el primer día. Sus ojos esmeraldas tienen fuego en ellos, ella grita en la tarima y alienta a los niños a seguir ganando puntos. 

“¡Me enorgullece saber que quieren seguir ganando más puntos!” 

“¡Así que, en este momento...!” Brunhilde agita una mano en el aire para llamar a Geir, quien está sosteniendo una pequeña caja morada en sus manos.  

“¡Haremos que participen los profesores! ¿Están de acuerdo todos?” Brunhilde les pregunta con una sonrisa grande. 

Hay un coro de gritos emocionados de 'Si directora Brunhilde' 

“¡Bien! El siguiente juego será...” Brunhilde mete su mano libre en la caja y luego de unos segundos saca un papelito de color rojo. 

“¡Vencidas!” Brunhilde exclama con energía, su largo cabello azul oscuro se mueve por el viento. “¡Muy bien profesores por aquí, vamos a empezar el juego!”

 

𑁍

 

Leónidas se enfrenta a Heracles en un juego de 'vencidas'. La superficie de la mesa cruje bajo el peso de sus brazos musculosos, ninguno de los quiere ceder. 

Al final es un empate. Y Leónidas se divierte al poder medir la fuerza del profesor Heracles. 

No ganan ningún punto, pero el premio de consuelo es un ‘chupa-chups’. 

Leónidas se encoge de hombros, saca la envoltura del caramelo y se lo mete a la boca. 

El sabor es de uva. 

“¿No hay caramelo para mí?” Apolo se para a su lado haciendo un puchero con sus labios. 

“Vete a conseguir el tuyo,” Leónidas gruñe “Este es mío,” y para enfatizar sus palabras, él muerde groseramente la golosina

“Que grosero profesor Leónidas,” Apolo reprende sus modales, pero hay una pequeña sonrisa en su boca. 

Leónidas quiere golpear esa expresión estúpida de su cara. 

Apolo parece adivinar lo que está pensando porque en un movimiento rápido, le pellizca su mejilla. “Deja de pensar en cosas violentas, cariño” le dice con un tono juguetón y se aleja de su lado cuando escucha a Cleo llamarlo para poder trenzar otra vez su cabello. 

Leónidas se soba la mejilla, molesto por el pellizco y el apodo cariñoso. 

 

𑁍

 

“Todos hagan silencio,” Leónidas les ordena y golpea, esta vez con suavidad, (porque ya ha dañado una de esas anteriormente) la pizarra para enfatizar su orden. 

Al instante sus mocosos cierran las bocas, hacen silencio y fijan sus miradas hacia al frente. 

“Muy bien, mis queridos.” Apolo les dice “Como sabrán se está acercando el evento final de realizar una gran maqueta.”

Hay asentimientos de cabeza y algunos murmullos emocionados por el salón. 

Es una de las niñas de Apolo, Tera, es quien levanta su mano desde donde está sentada. 

“Profesor Apolo, ¿qué haremos esta vez?” ella pregunta con curiosidad. 

Apolo le sonríe, sus dedos jugando con un mechón de cabello. “Bueno tengo algunas ideas en mente, pero quisiera saber si tienen ustedes más ideas.” 

“Soy todo oídos.”

Cuando Apolo termina de decir esa frase, es como si hubiera activado un interruptor en los niños porque el salón de nuevo se llena con gritos agudos. 

“¡Profesor Apolo, quiero hacer una casa!” 

“¿Una casa?” “Eso es muy aburrido, ¡mejor hagamos un robot!” 

“¡Tonto, el profesor Tesla ya está haciendo un robot!” 

“¡Oye! No me llames tonto. Tú eres el tonto y además no es un robot.... es una mecha lo que van a hacer ellos.”

Leónidas siente una vena palpitar en su frente al observar a los mocosos pelear, otra vez. Ya está deseando con todas sus fuerzas que todo esto acabe de una vez por todas para poder irse de vacaciones. 

“Todos calmados,” Apolo apacigua, y los mocosos hacen silencio nuevamente. 

Él se inclina para recoger un marcador de la mesa y lo acerca a la pizarra, “Se que todos tienen muchas ideas, así que vamos a ordenarlas y a votar por las que más les gusten.”

“¿Todos de acuerdo?” 

“¡Si profesor Apolo!” 

Luego de unos minutos, de más gritos y quejas que hacen que los oídos de Leónidas zumben por millonésima vez, pueden finalmente llegar a un acuerdo. 

Un gran león con girasoles. 

Es la idea de Cleo y Oriol, quien gana la mayoría de votos. 

“Bien entonces reuniremos los materiales,” dice Apolo con una sonrisa, sus ojos dorados brillan. “Mañana quiero que todos ustedes estén llenos de energía para construir la maqueta.”

“Así que duerman temprano, ¿me oyen mocosos?” Leónidas ordena y barre su mirada por todo el salón. 

“¡Si profesor Leónidas!” ellos cantan a coro.

 

𑁍

 

“Leo, pensé que te caía mal ese tal Apolo," Geirölul le dice con una mueca burlona plasmada en toda su cara. 

Leónidas gruñe irritado mientras se pasea por la pequeña tienda de flores, “Ese idiota y yo no somos amigos.”

“Mmm, yo no dije que fueran amigos,” Geirölul silva con diversión y mete cuidadosamente los girasoles en las cajas. 

“¿Entonces qué son?” “¿Conocidos?”

“¿Compañeros de trabajo?”

“¿Un amor prohibido?” 

Leónidas se niega a pensar siquiera en responder a lo último, en cambio dice: “Pensé que a ti te caía mal también ese idiota.”

Geirölul simplemente se ríe maliciosamente. “Eso fue antes de que me comprara casi toda la tienda.”

“Ahora me cae un poquito mejor.”

Leónidas alza su ceja con algo de curiosidad. 

¿Apolo había entrado a comprar flores donde Geirölul? 

"Escucha esto, Leo," ella llama su nombre mientras sigue ordenando los girasoles “Hace dos meses atrás, Apolo y unas cuantas damas ingresaron a mi tienda con un encargo de varias flores para un cumpleaños.”

Leónidas hace un sonido contemplativo. Él ya había visto algunas de esas mujeres rodear a Apolo como un enjambre en algunas reuniones.

“Claramente le vendí todas las flores que había en la tienda a un precio negociable," Geirölul le guiña un ojo. 

“Pero escucha más esto, entre esas damas había una mujer que se parecía muchísimo a Apolo.”

Leónidas suspira con agotamiento, de solo imaginar lo malo que sería tener que soportar un clon de Apolo. 

“¿Y por qué me cuentas todo esto?” 

Geirölul cierra la última caja de girasoles y levanta su mirada. Sus ojos brillan con malicia.

“Porque, ya sabes... probablemente tengas una cuñada.”

Leónidas decide ignorar completamente eso y levanta con sus brazos las dos cajas de girasoles que hay en la mesa. 

“Gracias por los girasoles Geirölul,” Leónidas gruñe y camina hacia la salida. 

“¡Espero que a Apolo le guste tu obsequio!” Geirölul grita detrás de él, aguantando la risa tras la manga de su vestido. 

“¡No son para ese idiota, son para los niños!” Leónidas grita en respuesta. Y al salir de la tienda se golpea accidentalmente con el marco del letrero de la tienda. 

Puede escuchar en su cabeza, durante todo el trayecto en carro, la risa malvada de Geirölul.

 

𑁍

 

Está dando unos pequeños retoques con un pincel a los ojos del león, cuando es llamado por una voz infantil que se acerca a donde está con entusiasmo.

“¡Vamos a divertirnos, profesor Leónidas!”

Sintiéndose como si hubiera envejecido varias décadas de golpe, Randall (uno de sus niños) lo arrastra al patio de juegos donde hay túneles, toboganes y escaleras en espiral y muchas cosas más.

Leónidas se ve muy obligado a divertirse, con las piernas encogidas contra el pecho y sintiéndose claramente indigno mientras está sentado en una caja, que no es lo suficiente pequeña, como para que no pueda entrar.

“Veo que los niños también te han atrapado,” viene una voz desde la abertura de la caja.

Y Leónidas no tiene que levantar la vista para ver de quien se trata, porque él, desgraciadamente, conoce muy bien esa irritable voz.

“Apolo,” Leónidas pronuncia el nombre con brusquedad. El recién nombrado se le iluminan los ojos dorados con algo parecido a la diversión.

De seguro que está disfrutando de ver a Leónidas metido en un juego para niños.

“Y yo que pensé que te estabas divirtiendo al menos un poco,” Apolo dice mientras se adentra a la caja. “Hazme un poco de espacio, cariño.”

Leónidas gruñe con amenaza cuando Apolo lo empuja un poco para que pueda caber a lado suyo. Sus brazos se rozan por la cercanía.

“Este juego no es lo suficiente grande para dos hombres adultos.” Leónidas advierte.

Apolo se encoge de hombros, ignorando su advertencia “Pero ya estamos aquí,” dice sin más.

Leónidas resopla con pesadez. Hablar con este tipo le va a provocar algo a su cabeza.

Algunos mocosos pasan por la caja, gateando y se sorprenden al verlos juntos, pero en unos segundos sus caritas cambian de expresión, y se despiden con una sonrisa.

Apolo les devuelve el gesto con una sonrisa brillante y Leónidas refunfuña al sentir el codazo disimulado que Apolo le da en su brazo.

Leónidas a regañadientes les devuelve el gesto y cuando el último mocoso sale de la caja, él pellizca a Apolo en el brazo como represalia.

Este deja escapar un chillido agudo de dolor que avergonzaría a cualquiera.

Después de eso, pasan unos minutos en un ‘agradable’ silencio, donde escuchan los familiares sonidos del parloteo animado de los niños y el chirrido de los columpios que hay en la lejanía.

Apolo decide romper el silencio con una pregunta, su tono de voz se ha vuelto sorprendentemente vacilante para alguien tan lleno de sí mismo.

“Leónidas…” Apolo comienza a susurrar su nombre con un tono distante, hace que su cuerpo se remueva algo incómodo “¿Te disgusta tanto mi compañía en este momento?”

Leónidas parpadea desconcertado ante la repentina pregunta que hay en el aire.

¿Qué bicho le habrá picado ahora?

Y gira su cabeza para mirar a la cara de Apolo.

No es recibido por la habitual expresión narcisista que siempre hay en de Apolo. En cambio, es recibido por extraños ojos dorados opacos y labios tensos que forman una línea recta.

Toda su postura brillante se encuentra anormalmente apagada.

Como si hubieran arrojado un balde de agua a una llama ardiente.

Leónidas no responde todavía, primero se permite leer entre líneas la verdadera pregunta.

¿Tú de verdad me odias?

¿Él odia de verdad a Apolo?

No odio, es más que eso.

¿No?

No, no es eso. Leónidas no ha sentido el picor del odio en su cuerpo últimamente.

Es más…, como una pequeña picazón cada vez que ve a Apolo en estos días. Su corazón también se retuerce de una forma extraña...

¿Tendrá alguna enfermedad?

Apolo le sigue mirando en silencio, fijamente, esperando su respuesta. Y Leónidas suspira y levanta una de sus manos para tocar con suavidad un lado de la cara de Apolo. La piel en extremadamente lisa bajo sus dedos.

Apolo deja escapar un jadeo sorprendido ante su toque, casi cayéndose hacia atrás. Pero, logra recomponer su postura.

Hay un sonrojo calentado su cara.

“Leo—“Apolo comienza a decir con incertidumbre, pero es interrumpido por el ‘shhh’ de Leónidas.

“Calla por una vez,” pero en sus palabras no hay el habitual mordisco.

Leónidas toma una bocanada y deja salir el aire: “No te odio.”

Apolo parpadea cómicamente, confundido por sus palabras y acciones.

La mano de Apolo se levanta, y envuelve sus propios dedos en los dedos que Leónidas tiene cerca de la cara de este.

“Pero tú siempre—”

“Te dije que te callaras,” Leónidas lo calla otra vez y Apolo frunce el ceño un poco. Leónidas sonríe, divertido.

“¿Te acuerdas de lo que paso de noche en esa fiesta de cumpleaños de Brunhilde que hubo hace tres meses?”

“No me acuerdo mucho de lo que paso,” Apolo exclama un poco avergonzado “Pero, recuerdo haberme emborrachado. Si el dolor de cabeza y el estómago revuelto que tuve al día siguiente fueron señales.”

Leónidas asiente con una mueca divertida, “Yo me acuerdo de lo que paso.”

Apolo lo mira con las cejas alzadas con curiosidad “¿Enserio? ¿No estabas borracho tú también?”

Leónidas niega.

“¿Dime quién iba a evitar que una Brunhilde ebria rompiera todo lo que estuviera en la habitación?”

Apolo deja escapar una pequeña carcajada que hizo calentar su corazón.

Ugh. Que cursi.

“No pude emborracharme esa noche. Estaba muy sobrio, para mi disgusto.”

Y claro que estaba extremadamente sobrio esa noche. Porque recuerda cada detalle como si hubiera sido ayer.

Fue una locura, en toda la palabra.

Recuerda que esa vez evito el alcohol como si de una plaga se tratase, tomo un jugo horripilante y cuando tuvo suficiente, salió afuera para fumar un necesario cigarrillo.

Pero ni siquiera pudo encenderlo, porque una puerta se había abierto con un estruendo que casi lo hizo saltar del susto.

Y de esa puerta salió un Apolo que se acercaba a donde estaba él con paso tambaleante, su rostro sonrojado. Sus ojos dorados estaban desenfocados.

Y sin duda alguna había bebido demasiado, porque cuando Leónidas se acercó para sostener a Apolo antes de que cayera al suelo y dañara lo único bueno que tenía en la cara…

El olor del alcohol había asaltado su nariz e hizo que frunciera el ceño.

¿De dónde habían sacado esos malditos borrachos un alcohol tan fuerte?

¿Y porque no le dieron una botella a él también?

Aunque sea, como un regalo por estar cuidando que Brunhilde no se emborrachara lo suficiente como para destrozar la casa...

De todas maneras, eso no importaba ahora. Porque Apolo empezó a balbucear algo inentendible.

Y de un momento a otro Apolo se acercó a él lo suficiente como para oler el alcohol en su aliento y…

Lo besó.

Junto sus labios contra los suyos durante un tiempo y luego se separaron para tomar un respiro necesario.

Los labios pintados de Apolo habían manchado su boca.

El viento frío de la noche le hizo poner los pelos de punta.

Leónidas estaba petrificado, no se movió ni siquiera para alejarse.

Y casi como si hubiera rompido un hechizo, después de unos momentos…

Apolo lo golpeó en la cara con un fuerte puñetazo (y que ningún borracho hubiera podido hacer en ese estado) que le hizo ver estrellas.

Leónidas había soltado un gruñido de dolor. Se había tambaleado unos dos pasos hacia atrás por el golpe, masajeándose la nariz.  Al menos no estaba rota, se alivió, y también fue bueno que no llevara sus lentes en ese momento.

Leónidas iba a gritarle a Apolo una blasfemia que avergonzaría al propio diablo.

Pero la cara de Apolo se puso verde en un instante, y Leónidas no fue lo suficientemente rápido en hacerse más atrás.

Porque Apolo vomito encima de él.

Encima de una de sus camisas hawaianas favoritas.

Vacío todo su estómago, murmuro otra vez algo inentendible y se desmayó.

Dejando a un Leónidas muy desconcertado y oliendo a vomito.

Preguntándose en su cabeza… ¿Qué demonios había pasado en este momento?

Y regañándose a sí mismo por no estar borracho, porque si estuviera borracho, al menos hubiera podido olvidar toda esta locura que le sucedió.

Pero… de algún modo no quería olvidarlo del todo.

“Me besaste,” Leónidas comienza a decir, y observa como el rostro de Apolo se pone de algunos colores.

“Luego del beso… me golpeaste.”

Apolo le hace una mueca, culpable, pero no parece arrepentido.

“Y después de ese golpe que me hizo ver estrellas…” continua Leónidas y Apolo lo mira fijamente.

“Vomitaste en mi camisa favorita,” finaliza con una mueca al recordar que tuvo que botar esa camisa a la basura.

Apolo ahora está realmente avergonzando, parece pedir con urgencia que la tierra se lo trague en ese momento.

“Yo... lo siento por eso,” se disculpa Apolo con un susurro ahogado “Puedo comprarte otra camisa de esas… si quieres, para recompensarte por lo sucedido.”

“No hace falta,” Leónidas niega y luego esboza una sonrisa depredadora “Pero estaría bien que me dejaras darte un golpe.”

Apolo bufa, no sorprendido ante ese giro.

“Prefería que me dieras un beso,” Apolo menciona mientras una sonrisa descarada se forma en sus labios.

“Ah. Tú eres realmente otra cosa,” Leónidas se burla.

Se acerca a la cara sonrojada de Apolo, (su cara también arde), sus manos siguen entrelazadas, y sus alientos se acercan y está a punto de…

“Caballeros." "¿Qué tanto hacen aquí, metidos en los juegos de los niños?”

Y es como si una descarga eléctrica hubiera recorrido toda su espalda, porque en un instante se separa de Apolo, quien deja escapar un pequeño sonido decepcionado.

Y es… el profesor Jack.

Quien los está mirando sin siquiera parpadear ni alzar una ceja ante la cercanía que había visto anteriormente.

Carajo.

Ellos estaban a punto de besarse.

“¿Interrumpo algo? Si es así… les ruego que me disculpen.”

“No está pasando nada,” Leónidas niega con rapidez y Apolo, el gran estúpido, simplemente se ríe.

Jack observa atentamente en silencio la escena por unos segundos, y luego esboza una pequeña sonrisa de labios. “Oh, está bien.”

Y maldición. Leónidas sabe que Jack ya lo sabe.

Ese tipo, realmente… es muy inteligente para leer a la gente. Y Apolo también debe saberlo porque no está haciendo nada para ocultarlo.

“Caballeros, solo quería recordarles que el ultimo evento va a empezar en unos cinco minutos” Jack dice manteniendo la expresión en su rostro, y luego hace una pequeña reverencia y se retira.

Leónidas mira como ese tipo se va silbando una melodía.

“Ponte de pie, profesor Leónidas” Apolo ordena, divertido.

“¿No creo que quieras ver a nuestros niños enojados por hacerlos esperar tanto tiempo? ¿Oh me equivoco?”

Apolo le pregunta con un meloso tono, y se acerca con una sonrisa de oreja a oreja a su cara y le da un sonoro beso en la mejilla.

Leónidas suspira mentalmente.

 

𑁍

 

Para sorpresa de nadie, el ganador de la maqueta, es nada menos que el ¿robot? ¿mecha? Lo que demonios sea, del profesor Tesla. Con un total de noventa y ocho puntos ganados.

Para alivio de todos, Beelzebub pudo convencer a Tesla de que por esta vez no usara metal en sus creaciones.

Aun así, la maqueta de cartón es realmente inmensa. Tesla había dicho con orgullo brillando en sus ojos, que su altura era de unos cuatro metros.

Todos habían suspirado agotados al solo imaginar armar eso.

Beelzebub suspiro incluso el doble, si es posible.

El pobre tenía más ojeras adornando sus ojos. Y estaba del color de una hoja de papel bond…

Todos estaban preparados para ver al profesor Beelzebub desmayarse en medio del patio en cualquier momento.

Brunhilde se acercó a su lado para entregarle una medalla.

Ellos habían ganado el segundo lugar, (con ochenta y seis puntos), para decepción de sus mocosos. Pero la infelicidad no les duro mucho.

Debido a que, cuando escucharon que les iban a dar pizzas y una caja de dulces, sus expresiones cabizbajas cambiaron a unas expresiones de felicidad a la velocidad de la luz.

Niños y sus cambios de humor.

“¿Profesor Leónidas?” Brunhilde lo saca de sus pensamientos llamando su nombre, y Leónidas asiente mientras sostiene en sus manos la medalla de plata.

“Tienes un poco de labial en la mejilla “ella le sonríe, a sabiendas, y señala con el dedo índice la mancha dorada que efectivamente hay en su piel.

Ella toma una foto antes de que pueda siquiera quitar el labial.

Leónidas casi deja caer la medalla que sostiene en sus manos, si no fuera porque está en frente de sus mocosos y del maldito Apolo, quien le manda un beso en el aire sin ningún tipo de vergüenza.

 

𑁍

 

“Profesor Leónidas,” Heracles le saluda, acercándose y tomando asiento a su lado, donde están reunidos los profesores. Todos observando atentamente a los niños divirtiéndose y corriendo por el patio por lo queda del horario escolar.

Tesla estaba custodiando su creación de pie (después de que casi los mocosos la hubieran tumbado.)

Jack estaba sentado junto a ellos, bebiendo con calma su té.

Y Apolo estaba conversando animadamente con Beelzebub, quien había recuperado rápidamente el color tras beber una de las tazas de té que había preparado Jack.

La directora Brunhilde conversaba enérgicamente, a unos cuantos pasos, con una de sus hermanas: Randgriz.

Geir estaba jugando con algunos niños a un juego de luz verde y roja.

“Profesor Heracles,” Leónidas asiente con agradecimiento al vaso de jugo (se ve que es un jugo de un color agradable) que le pasa Heracles.

Leónidas toma el líquido y se alivia al ver que esta vez el jugo sabe bien (es de mango.)

“Profesor Leónidas…” Heracles empieza a hablar de nuevo, con una sonrisa plasmada en su cara. “Permítame darle mis sinceras felicitaciones por su reciente noviazgo con el profesor Apolo.”

¿Qué mierda acaba de escuchar?

Y luego hay una pequeña risa a su izquierda, donde se encuentra…

El maldito chismoso de Jack, quien sorbe su té caliente con una fingida inocencia.

Leónidas se ahoga con el jugo de mango, tose con fuerza, y Heracles le da unas cuantas palmadas preocupadas en la espalda.

Hay un silencio momentáneamente después de eso. (El estúpido de Apolo decide hacer silencio en el peor momento.)

Y luego unas vocecitas, que conoce muy bien, deciden romper el silencio.

“Eso quiere decir que, el profesor Leónidas y el profesor Apolo… ¿se van casar?”

Apolo sale de su repentino silencio para abrir la boca y deja escapar una risa, con las mejillas coloradas y los ojos dorados increíblemente brillantes, y claramente encantado ante la ocurrencia de los mocosos.

Leónidas, por una vez en su vida, esta tentado a intentar rezar a cualquier maldita deidad para que declare el Ragnarök en este mismo momento.