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La nieve caída plácidamente sobre la ciudad, cambiando el panorama y los colores del lugar, pasando de naranjas, cafés, y rojos a tonos blancos, grises, y azules, trayendo consigo el inevitable frío; ese frío que llegaba a calar hasta los huesos.
Parpadeó un poco al ver como un copo de nieve caía en su nariz. Se sentía helado, pero después llegaba el calor y la sensación de ardor… aunque realmente nada ardía, solo era su piel poniéndose roja. Sacudió su rostro un poco, concentrándose en la vitrina que estaba frente a él. Los maniquíes estaban finamente vestidos, todos con ropa de la época, pero los precios… bueno, no era algo que podía permitirse. La verdad era que sólo pasaba por ahí a echar un vistazo. Vieja costumbre, recuerdo de viejos tiempos.
Sintió que alguien se puso a su lado, seguramente alguien que también quería ver las ropas de buena calidad que vendían en esa tienda. Acomodó la bufanda sobre su cuello.
El frío estaba a comenzando a ser demasiado molesto para aguantarlo, quería un lugar más cálido. Bajó la mirada y comenzó a caminar hacia la calle, continuando su paseo.
— Kaeya.
Se detuvo en seco.
«Esa voz… »
— ¿Jean?
Ahí estaba, frente a él. Se veía igual que siempre; el pelo rubio desordenado, el rubor en sus mejillas, la mirada expectante…
— Wow, ah… Cuánto tiempo sin vernos, ja, ja — dijo, tratando de ocultar su nerviosismo.
— Sí, bastante. ¿Qué te trae por aquí? —preguntó la rubia.
— Solo venía a dar la vuelta, por los viejos tiempos.
— Qué coincidencia —rió Jean—. Vine por la misma razón. Supongo que los viejos hábitos nunca mueren.
— Huh. Interesante.
Los dos se quedaron en silencio un rato. No sabían qué decir.
Habían pasado 3 años desde su ruptura, 3 años desde que desaparecieron de la vida del otro, 3 años en solitario. ¿Qué es lo que hay que decir o hacer en una situación así?
«Hola, todavía te amo», «Nunca dejé de pensar en ti», «¿Sigues soltera?»; su mente no lograba pensar en otra cosa. La había extrañado tanto, pero tenía miedo que si abría la boca, Jean continuara su camino, saliendo de su vida una vez más.
Kaeya tenía miedo a pocas cosas, pero el hecho de no ver a Jean de nuevo lo aterraba.
« Piensa, piensa. »
« ¡Lo tengo! »
— ¿No quieres ir a…–?
— ¿No quieres ir a…–? —dijo la rubia, al mismo tiempo.
Jean soltó una carcajada.
— Tú primero.
— No, tú primero. Ja, ja, ja.
— ¿Quieres ir por un café?
Kaeya sonrió.
— Me encantaría.
Los carros pasaban por la ventana, y en general había mucha energía en el lugar, pero dentro, en la mesa que estaban sentados, un aura de calma y alegría los envolvía. Se sentían seguros, charlando y riendo, recordando cosas de hace unos ayeres, compartiendo tiempo el uno con el otro.
Dentro de la cafetería, en la mesa del rincón, solo existían ellos dos y nadie más.
Estaban tan cómodos que no se dieron cuenta del tiempo que había pasado. La luna estaba en el cielo, iluminando tenuemente la calle. La energía de la mañana pasó a ser el letargo de la noche, tranquilo y calmado; el momento perfecto para descansar.
Se levantaron de la mesa y salieron del lugar, la brisa helada pegándoles en la cara, trayéndolos de nuevo a la realidad. Estaban parados en la acera, observando todo, pero a la vez nada, en silencio, rodeados de nieve. Era hora de confrontar lo inevitable. Pero ninguno de ellos quería irse. Querían estar juntos solo un rato más.
Pasados unos minutos, rompieron el silencio.
— Por favor, quédate.
Jean dirigió su mirada a Kaeya. Tenía una expresión triste, casi de súplica.
— Por favor… —Kaeya acercó su mano para tomar las suyas, un poco dudoso.— Solo un poco más.
La rubia sintió que las lágrimas se formaban en sus ojos, distorsionando su vista. Todo era borroso. La última vez que lo había visto así fue hace 3 años, cuando decidieron que sus vidas estaban destinadas a caminos diferentes. Pero aun después de continuar sus vidas, Jean sentía que algo le faltaba. Extrañaba su compañía, su calor, sus chistes… Extrañaba cuando la hacía enojar a propósito, por más enfadoso que fuera; extrañaba beber una copa de vino juntos antes de dormir; extrañaba tenerlo a su lado.
Jean podía tener todo lo que siempre había querido, pero nada era igual sin él.
La rubia tomó la mano del moreno, entrelazando sus dedos.
Una mirada cálida, una sonrisa, un abrazo, un beso.
Se habían extrañado tanto, que sentían que iban a explotar en cualquier momento.
Jean tomó el rostro de Kaeya en sus manos, acariciando su mejilla, haciendo pequeños círculos con el dedo.
— Esta vez no me iré —dice la rubia, besando su frente—. No te dejaré solo de nuevo, lo prometo. Me quedaré contigo —besó la punta de su nariz—. Mi lugar es junto a ti.
Un tierno beso y nada más fue dicho.
Tomados de la mano, caminaron hacia las luces de la ciudad, albergando cierta esperanza que todo estaría bien, que mañana sería un día mejor.
Mientras estuvieran juntos, todo estaría bien.
