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Nadie hubiera imaginado que, sin una ceremonia o formalidad avalando su relación, Samatoki se tomaría tan en serio esa relación y permanecería a lado de Doppo aún cuando ese extraño padecimiento comenzó a presentarse en el asalariado.
Inició una mañana cuando, después de despedirse de su amado justo en la puerta del departamento, se giró tras dar unos pasos, nervioso y asustado.
"¿A dónde iba?"
Samatoki estaba perplejo, ni un solo segundo imagino que pudiera ser una broma, esas cosas no son propias de él, ni que fuera el tonto de Sasara o el cínico Rei. Alarmado, llamó al confiable Jakurai quien no pudo encontrar nada mal con el cuerpo de su amigo, aún insatisfecho envió al pelirrojo para una revisión completa y análisis, todo lo cual se hizo al pie de la letra y, tras obtener el mismo resultado, se concluyó el asunto como un tema de estrés. Ya sea que de repente estuvo asustado de la reunión que tendría el día en que todo empezó o tan agotado que su mente lo bloqueo, lo más que pudo hacerse fue recomendar vacaciones.
Fue a la playa con Samatoki. No recuerda aquello ahora, pero lo sabe por esas fotos juntos, sonrientes e ignorantes en su felicidad. El menor enmarcó algunas, junto a otras varias, y las repartió por la casa para asegurarse de que Doppo sepa lo mucho que se aman.
El siguiente episodio fue peor. Jyuto le llamó de la comisaria para que fuera a recogerlo, no se había metido en problemas como años atrás, simplemente estaba perdido, incapaz de recordar cómo llegar a casa. Por suerte Jyuto hacía la ronda nocturna habitual y, al seguir en horario de servicio, no pudo llevarlo a casa, mas si llamar a Samatoki. De nuevo la ansiedad asentándose en su corazón, mirándose inútil ante su joven amante que, sin decir nada, lo lleva en el auto de buena gana, tan buena gana que asusta. No está acostumbrado a la amabilidad, tantas atenciones podrían ser la antesala del hartazgo... Eso que se calla, su rostro delata, así que esa noche el yakuza no se contuvo en la cama, usando besos y caricias para hacerle saber que nunca podría hartarse de él y ese apasionado amor.
Se volvió más recurrente y severa la pérdida de memoria.
Un día olvidó que ya era todo un oficinista y se dirigió a su universidad; llorando desconsolado cuando se dio cuenta de la verdad, encontrado por Rio, quien permanece mudo y no sabe como consolarlo.
Luego preguntó "¿Quién? cuando el peliblanco le señaló con admiración el nuevo espectacular honrando a Hifumi.
Lamentable.
Todos aprendieron a no señalar sus olvidos o, en el peor de los casos, seguirle la corriente.
Jakurai cierra el puño, mira a su hijo en coma y luego piensa en Doppo, enfrentando su propia incapacidad de ayudar a quines más quiere, viendo esa joven vida deteriorarse y, tal vez, perderse en la oscuridad algún día cuando pierda conciencia de si mismo.
El poderoso yakuza ha hecho todo por tener a los mejores especialistas en Japón, pero todos se van con las manos vacías y miles de dudas ante la salud del hombre de 29 años. No hay problemas físicos, neuronales ni psicológicos, de hecho, por los registros cruzados con sus anteriores visitas al doctor, es posible deducir que está mejor que nunca. Algunos atrevidos piden trasladarlo a sus centros de investigación para analizarlo a fondo, reciben una mirada de fuego y desisten con solo eso.
— ¡No es una maldita rata de laboratorio! -Algunas veces arrojará algo tras la frase y, otras, simplemente un golpe firme en la mesa.
Sus hombres no entienden porque insiste en mantener a un amante tan problemático, su apariencia es simple y, con esa enfermedad, más una carga que un alivio para el ocupado kashira. Por supuesto, guardan esos pensaientos para si mismos, no son tan idiotas como para opinar en algo que les ganaría la furia del jefe.
— Lo siento, es mi culpa. No...
— ¡No te preocupes, Doppochin~! Solo come. -Hifumi le acerca el bento, ese mismo que solía hacerle para el trabajo antes, mucho tiempo atrás, cuando ni siquiera conocía a Samatoki.
— Pero... -Podrá tener ese problema, pero no es tonto. Su intuición le grita que no debe aceptar cosas de desconocidos y que, dadas las lagunas mentales, es una víctima potencial de cualquiera.- Esto...
— Come, es seguro. -Samatoki aparece detrás del rubio, sonriente y afirmando con la cabeza.- Este es tu amigo de toda la vida.
— Oh. -No sabe qué sentir. Intenta expresar la pena de haber olvidado tantos años y momentos junto a esa persona, pero es inevitable que su sentir sea más cercano a la indiferencia. Hifumi lo nota y asume que le ha pasado tantas veces que empieza a darle igual.
— ¿No es gracioso, Samachan? ¡Tú conoces a Doppo por mucho menos tiempo, pero no te olvida! ¡Ese es el poder del amor!
El poder del amor.
Ja.
Puede ser.
Cuando termina el día, el consuelo de Samatoki es la persona que duerme profundamente en esa cama.
¿Un problema o una carga? Tonterías. Doppo es el hombre que ama y no más. Sabe bien lo que cruza por la mente del mayor, sabe que ese amor alguna vez intenso ahora no es más que niebla en la confundida mente, nunca podrán reír juntos recordando su primera cita bajo la lluvia y cuando resbalaron a la par; no pueden rememorar su primera noche de amor y la navidad en que intercambiaron anillos.
Doppo ya casi no recuerda nada.
Que alivio.
Sí, no puede recordar sus momentos buenos, pero tampoco los malos.
No puede recordar el crimen que Samatoki cometió por celos, tampoco su discusión posterior al asesinato semi accidental y, por supuesto, tampoco que su intento de escape y denuncia acabó con el rodando por unas escaleras. El pánico inundó al menor cuando vió que Doppo había perdido la conciencia, casi estuvo a punto de llorar y entregarse a la policía luego de llamar a una ambulancia; pero el micrófono en sus manos le dio otra alternativa y le permitió pensar con claridad.
Dejó ahí el cadaver y tomó a Doppo rumbo a casa, era arriesgado pero valía la pena intentar.
En efecto, el micrófono funciona tal como lo dijo el maldito ese.
Al otro día, Doppo despertó como si nada... Y fue esa pequeña victoria el comienzo del fin.
No solo podía retenerlo haciéndolo olvidar su despreciable conducta debido a los celos enfermizos, podía monopolizarlo totalmente. ¿No es una cursi idea esa de ser lo único en la mente de tu amado? Pues él podía ejecutarla.
Doppo no puede recordar los momentos buenos, pero tampoco los malos.
Y así, nunca podrá recordar si es que dejo de amarlo esa catastrófica noche.
Unas por otras.
Doppo abre los ojos, sin levantarse de la cama y sin moverse demasiado, mirando esa espalda ancha que parece una sombra contra la luz que entra por la ventana. Parpadea, aún sin creer lo lejos que ha llegado con él.
Lo lejos que llevó su farsa.
Imposible no asustarse cuando vio a Kazuha tirado y ensangrentado, muerto por los golpes de un furioso Samatoki. Por supuesto que estaba aterrado y amenazó con ir a la policía, no es que de verdad fuera hacerlo, también estaba indignado por las palabras de su compañero que, aseguró, podría llevarlo a la cama cuando lo decidiera. Solo necesitaba tiempo a solas para asimilar todo... Y entonces su torpeza lo hizo caer.
Recobró la conciencia en casa, aunque fingió no haberlo hecho, temeroso y expectante de qué haría. ¿Lo mataría para cubrir su crimen?
Sería irónico.
Lo vio usar un micrófono para contarle mentiras, aunque casi se ríe de la ternura de su amante. ¿De verdad creyó lo que le dijo Kazuha? Los famosos hypnosis microphone no son más que un mito nacido de un proyecto militar fallido. Y, sin embargo... Samatoki intenta proteger su relación usando algo de tan dudosa procedencia... Él podría simplemente abrir los ojos y decirle que no pasa nada, que tire esa cosa y olviden esa noche.
Pero no lo hizo.
Tampoco cuando, cada ciertas noches, lo sentía levantarse y comenzar esa especie de recital, indicándole a su mente qué olvidar.
Ah, Samatoki es tan lindo. Creyendo un cuento... Y él, siendo el mayor, no se atreve a romper su fantasía.
No le preocupa fingir que jamás ha visto a Hifumi, no le es difícil poner una cara asustada cuando Jyuto juega a detenerlo. No le importa herir a sus padres y a sus ex compañeros de oficina.
Solo piensa en seguir con Samatoki así, con ese lazo intrincado y lleno de torceduras que, por miedo a romper, ninguno quiere desenredar.
Juntos, seguirán así.
En la salud y en la enfermedad.
En lo próspero y en lo adverso.
En la verdad y en la mentira.
