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Sirius solo mira atentamente el vial entre sus dedos.
¿James notaria alguna diferencia si dejará de tomar el supresor?
Su mejor amigo había olido una vez a Sirius cuando ambos eran apenas unos primeros años, y James había dicho que el olor de Sirius no era nada fuera de lo normal.
—No hueles para nada a un omega, Sirius.
Al principio eso había hecho sentir tan feliz a Sirius, él no era diferente, James no lo veía como alguien que fuera menos que él. Con los años…Sirius llegó a odiar el recuerdo. Su madre no había permitido que se saltara ninguna toma del supresor.
—No eres una puta, Sirius. —había dicho mientras la varita de su madre presionaba contra su piel— No necesitas dejar que los demás conozcan tu olor.
Solo la familia tenía tal privilegio.
James era familia. Ese razonamiento le había valido una mejilla oscurecida y toda una semana en el laboratorio de pociones de su hogar, perfeccionando su supresor.
El supresor era casi perfecto, duraba exactamente lo que tenía que durar para el periodo escolar y ocultaba perfectamente bien su aroma. Si Sirius no regresara a casa, ciertamente él comenzaría a olvidarse de su propio aroma.
A veces era tan desesperante que las familias antiguas tuvieran esa peculiar tradición. James olía natural, al igual que los magos mestizos y ni hablar de los nacidos de Muggles, la cantidad de esas tres partes que usaba un supresos era terriblemente baja.
—Ya es lo suficientemente malo que seas un omega, Sirius. Puedes evitar quejarte.
Sirius había tenido las mejillas ardiendo en esa ocasión. La indignación y el enfado eran sus mayores aliadas. Él no había pedido nacer como un omega. Había sido el privilegio de nacer primero, su gran poder mágico, su afinidad por la magia de la familia y además de que les estaba callando la boca a todos con sus calificaciones, así que con eso y más Sirius seguía siendo el heredero de su casa.
—Entre tú y yo, Sirius— había dicho su abuelo una vez mientras pasaban las vacaciones de pascua juntos—que fueras un omega fue lo mejor que nos pudo haber pasado.
Enfocándose en el presente era su último año en Hogwarts y después de pasar el Yule con su familia Sirius pasaría el resto de las vacaciones con James y su familia. James, su mejor amigo que estaba demasiado interesada en Lily Evans, una omega que olía a flores silvestres, y la parte más egoísta y miedosa de Sirius, realmente necesitaba saber —junto con sus sentimientos reprimidos— si oler a algo más cambiaria algo en su relación con James, si en algún momento vería los colmillos de James moverse, decían que si un alfa comenzaba a sentir molestias en sus colmillos era una señal precisa de la bilogía que solo indicaba que aprobaba al futuro compañero. Sirius tenía el mayor deseo de que eso sucediera aunque sea una vez.
Sería solo unas horas, no debería de ser una gran diferencia.
Sirius no había bebido del vial y James aun no lo había visto diferente, no ocurrió nada cuando todos se levantaron, se vistieron y se fueron al gran comedor, así que mientras él aún estaba en la cama, espero y analizo si realmente valía la pena. Fue sacado de su gran investigación mental cuando la puerta se abrió. Seguramente James anunciaría el desayuno y como ya era hora de que por fin bajara.
Cuando no escucho la melodiosa voz de James, alzó la vista y se encontró con los ojos avellana muy abiertos de James Potter. Había un sonrojo en sus mejillas y su boca estaba ligeramente entreabierta y no pudo evitar fijarse en la forma que la lengua de James se empujaba contra sus dientes.
—¿Tú…—fue testigo del principio de las pupilas dilatadas y después…— siempre has olido así?
