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No pudo quitar la mirada del aparador.
Sus ojos no podían de ver la gargantilla que tenía adelante.
Había pasado horas en las tiendas intentando encontrar la pieza perfecta.
Michael era un perfeccionista, y nunca tenía miedo de admitirlo.
Michael amaba la moda y las cosas bonitas.
Michael solo quería que su omega supiera cuando él lo amaba.
Michael Kaiser había encontrado su pieza ideal.
Sus ojos habían estado ya cansados y aburridos de mirar los mismos diseños sin gracia ni creatividad.
Por dios, una de las señoritas había incluso ofrecido collares de perlas y esmeraldas ¿Cómo en el mundo podría darle él darle a Yoichi algo como eso?
Las perlas no eran ideales, a Yoichi no le gustaban.
Las esmeraldas no combinaban con sus ojos ni con su cabello.
Lazos cortos, lazos largos, dorsales egipcios, de esferas pequeñas, grandes medianas, en plata, oro blanquecino, nada de eso había hecho su sangre hervir y decir que eran los elegidos.
Estaba a punto de darlo por terminado mientras caminaba por la avenida, cuando de reojo lo capto. En un aparador de una pequeña tienda.
Era el correcto, el ideal y lo que Michael no sabía que necesitaba hasta que lo vio.
Era una perfecta pieza, un collar discreto, una cadena discreta, una piedra azul en el centro y dos pequeñas esferas negras a sus lados, espacio perfecto para grabar y la piedra traía relieve.
Michael sintió su garganta secarse y su sangre hervir, mientras imaginaba esa pieza en el cuello de Yoichi, en la piel pálida de su omega.
Era perfecto.
No tuvo que ver otros modelos, ni tampoco interesarse por otros.
Era el indicado, Michael lo sabía mientras lo veían envolverlo y él se apresuraba a tornarlo entre sus manos.
Esperaba que Yoichi lo amará tanto.
El brillo en esos ojos azules horas después calentó su alma.
Él era tan feliz.
