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Rutina de miel

Summary:

Y tenía que haber algo en aquella sencillez de vivir con Sherlock. Debía de. No podía creer que fuera feliz con tan poco.

#sherliamweek2023

day 4: groceries.

Notes:

No puedo creer que llevo 4 fanfics escrito seguidos. Nunca había llegado tan lejos. No me he olvidado de terminar la última parte del segundo, que ya casi lo tengo listo.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

[Sherlock x William]

.

.

Desde el momento que Sherlock cruzó la puerta de entrada, sintió un pesado bloque de hierro en el estómago. Trató de contenerlo, enredándose con otras abstracciones más sensatas, hasta que la realidad apoyó su miedo instintivo con las lámparas apagadas en el rellano y por un momento dejó de pensar. 

Lo primero que percibió fue que había ruido en el vestíbulo. No era que William hiciera mucho para empezar, pero al menos el sonido de sus pasos siempre pintaba huellas específicas de su presencia en el apartamento. 

Se deslizó con pasos sigilosos, tratando de desechar cualquier temor innecesario que el trauma psicológico de los meses de silencio, y aquel estado vegetativo que dejaron cicatrices en su consciencia. Encendió las primeras velas para iluminar las paredes, solo para encontrarlo dormido en el sillón, con la cabeza echada hacia atrás y un libro en su regazo. 

Una sonrisa abrió los pétalos en sus labios y suspiró con una risita que campaneó en su interior. Fue hasta la cocina y dejó las bolsas que trajo de su viaje, regresando sobre sus pasos para hincarse sobre sus talones junto a su príncipe durmiente. 

William dormía como aquellos días oscuros, y el recuerdo le hizo entristecerse más de lo hubiese deseado admitir. Verificó que el pecho todavía se balanceaba suavemente y tenía un poco la cabeza ladeada que era el único signo que no parecía un muñeco de yeso, petrificado en una cama olvidada.

No pudo detener la sensación de tocarlo, llevándole el mechón dorado que cubría el parche en su ojo perdido y lo ajustó detrás de la oreja. Dejó unas caricias en las mejillas mientras la calidez de su piel le calmaba un poco la desazón que estaba masticando.  Con el roce, William pareció regresar del mundo de los sueños, con un ligero aleteo en sus párpados, que le hizo razonar rápidamente que no había caído en ese estado en mucho tiempo de agotamiento en el que su cuerpo se apagaba inminentemente. ¿Se habría esforzado con algo en esos últimos días que no estuvo?

El ojo carmesí sale de la prisión de niebla del aturdimiento y se enfocó un poco en su figura, antes de razonar quién estaba frente a él para sonreír lánguidamente. 

—Sherly… —susurró con una respiración tersa—. Llegaste temprano hoy. 

Sherlock no detuvo sus avances en usar sus dedos para trazar surcos en la faz de William: nariz, pómulos, sus labios…

—Y estoy notando que te has quedado dormido aquí, con el riesgo a que te enfermes. ¿Cómo te sientes? 

Moviéndose un poco, bostezando con una mano sigilosa cubriendo su boca, lo vio torcer la línea de sus cejas mientras los lagrimales se le humedecían por la larga espiración. 

—No me gusta cansarme tan rápido —confesó sinceramente—. No recuerdo en qué momento me dormí…

—Aunque te hayas forzado a ir a Vermissa la última vez, aún te estás recuperando, Liam. Estuviste meses en coma. Tu cuerpo necesita adaptarse de nuevo al ritmo, y tú también. No te obligues a leer cuando ya te duele la cabeza. Sé que estabas acostumbrado a leer hileras completas de libros, pero ahora con la pérdida de tu ojo debes tener más cuidado. 

William entrecerró los ojos con una sonrisa. 

—Te diste cuenta. 

—Claro que me di cuenta, pequeño bastardo testarudo —regañó Sherlock, sin hacerlo realmente—. He estado pensando en algo al respecto, pero necesitamos ir al médico primero. 

Siendo atraído por el nuevo contenido de esa información, William finalmente reunió la energía para sentarse, haciendo que Sherlock también lo hiciera a su lado. 

—Has captado mi atención, señor Holmes. 

Sherlock se rio entre dientes para enseñar esa blancura de venus y le dio un beso en la frente que William recibió bajando un poco la cabeza para mejor ángulo. También terminó acostando la cabeza en su hombro, buscando su mano para entrelazarla. Había algo místico cuando se sentaban en aquel mueble y compartían tímidas caricias que no podrían ser vistas por nadie, y que era su secreto más amado.

Hubo un silencio agradable entre ellos, natural como cuando las cosas finalmente estaban en su lugar. 

—Entonces, ¿cuál es tu solución? ¿Leerás por mí, Sherly? 

—Con lo autónomo que eres, de seguro te hartarás eventualmente —respondió Sherlock, ajustándose para darle más comodidad, acercando también su cabeza a la William, apretando el enlace entre sus dedos y usar el pulgar para acariciarle la piel—. Mi solución es que uses lentes para leer. O en su defecto, un monóculo. Con la falta de tu ojo izquierdo, ahora el esfuerzo cae completo en el otro. Usar lentes ayudará a minimizar el esfuerzo, y probablemente reduzca las migrañas. 

Una dulce línea con espirales en los bordes cruzó los labios de William, quien ya había cerrado los ojos, casi con la promesa de volver a dormirse.

—Suena bien, podríamos intentar. Por lo pronto, debo ir a hacer las compras. Me quedé dormido y no pude hacerlas temprano. 

—Entonces, vamos. Todavía no es tarde para que esté cerrado el mercado —se motivó Sherlock, levantándose con cuidado, tendiéndole la mano—. También traje unas cosas. 

—Las ordenamos más tarde —dijo William, tomando los dedos hacia él que le ofrecían y que sabía que nunca más quería soltar. 


William siempre había sido la cabeza piramidal de la organización Moriarty. Había establecido las piezas y los roles de forma tan acertada, y cada quien las cumplió al pie de la letra, que ahora que estaba en una tierra con un mar en medio de la suya, caía en cuenta el pesado rubro que había derramado sobre Louis, quien lo hizo sin quejarse ni una sola vez. 

Siempre que había querido comer algo, ya a la tarde estaba preparado; cuando tenía anhelo de una bebida específica, no tardaba horas en estar sobre su escritorio; si había ansiado ponerse el mismo traje de hace dos días, ya estaba lavado y planchado en su percha. Ahora privatizado de aquellas comodidades comunes y tener que hacerlas él mismo, quería ver a Louis y darle las gracias por los cuidados de esos años que él no pudo darse cuenta hasta que los tuvo que atender. 

¿La sal se acababa? ¿Cómo que ya no tenía ropa limpia? 

Criticó toda su vida el mal hábito dependiente de los nobles, sin saber que poco a poco se había introducido en su piel como una sanguijuela el placer idóneo de los beneficios de las ostentaciones. No le molestaba en absoluto hacerlas actualmente, al contrario, pero sí le hizo recapacitar algunas cosas y de las que hablaría con su hermano pequeño apenas tuviera la oportunidad.

Ahora en Nueva York, de la mano con quien soñó en noches oscuras poder tener a su alcance, ya no era el consentido y mimado líder criminal, sino el dueño y señor de un imperio de polvo y telarañas que habitaban aquel departamento que solo pudo ser rescatado por la fuerza del empeño de ambos en hacerlo apto. 

Nunca pensó que amaría las cosas más comunes y sencillas, como lo era, justo ahora, el elegir qué marca de salsa era mejor comprar. Sherlock siempre se aseguraba de la vigencia de las frutas, y lo hacía con una ceja alzada, incrédulo, mencionando algunos beneficios o consecuencias del consumo excesivo del vinagre. William no podía evitar reírse, apeteciéndosele besarle el entrecejo fruncido, mientras devolvía el frasco de maíz a su vendedor. Suponía que así debía de ser molesto su persona cuando se trataba de matemáticas. 

—¿Ya elegiste cuál es más comestible y de la cual sobreviviremos?

—Ríete lo que quieras, pero me aseguro de cuidar tu sistema digestivo que en este momento está sumamente frágil. Puedo reconocer lo que está a punto de echarse a perder.

—Como era de esperarse de quien sabe ciencias forenses.

—¡Calla!

Y al final eligió una bolsa de frijoles, y que él mismo lavaría a fuerza de pura tenacidad hasta hacerlo un manjar. William podría haberse reído de eso en días anteriores, considerando el primer fatalismo del café matutino, pero ya había aprendido que Sherlock era virulento con todo que le interesaba. Ya había dominado el arte del procesado del té y el destilado del café, y había estudiado con aire prodigioso con el mismo interés cuando alegaba poseer las claves de Nostradamus, todo plato culinario que a William le gustó en el pasado. Aún estaba en líneas de documentación del stargazy pie, más que como un procedimiento sino como un misterio.

Había dejado atrás la imagen de hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, para dar paso a una efigie de hombre de familia que había sentado cabeza al encontrar su razón en el mundo. En cambio, por su parte, que antes conservaba una fuerza descomunal, que le permitió decapitar a una persona con un solo brazo, actualmente parecía estragado por una dolencia tenaz en cada parte de su cuerpo. 

El cansancio inmutable era algo que aún tenía que acostumbrarse. Le molestaba en la consciencia que caminar solo unas manzanas le dejaba sin aliento, con ardor en las pantorrillas, que cuando llegaba a casa y se quitaba los zapatos, descubría que tenía los pies enrojecidos por la mala circulación. Sherlock había masajeado sus pies con el mismo aire solícito que le hizo recordar al padre que nunca tuvo como fue Jack, y que deseaba poder negarse a esas tentaciones por la vergüenza, pero que terminaba cediendo porque no quería establecer muros alrededor de su relación. 

No previó que su relación con Sherlock en tan solo semanas de regreso después de la misión en Pensilvania se convirtiera en un matrimonio con la belleza de pueblo, sin nombre ni fortuna, de la cual antiguamente en la alta alcurnia se burlarían en secreto las señoras de apellidos difusos, hasta que se notaba que lo que a ellas les sobraba en comodidades con el armazón de una relación sin amor, a ellos les segregaba el cariño que hacía que las precariedades fueran solo un paso angosto que un obstáculo. 

William tomó la manga de Sherlock en un impulso súbito y tiró de él cuidadosamente para llevarle hasta las tiendas que tenían la miel de brezo que había descubierto que a Sherlock le gustaba. 

—En la casa creo que todavía hay —le recordó Sherlock cuando se dejó llevar, caminando por esas calles pedregosas con el aire vivaracho de quien camina a un palmo del suelo. 

—No esperemos que se acabe, Sherly. Me da un tarro, por favor —Y había pagado antes que Sherlock pudiera ahogarse en cualquier excusa que evitara complacerle con ese placer sencillo. 

—Ven, Liam, allá hay manzanas. Quería comprarte cuando venía de regreso, pero la señora Herta no abrió hoy. Y sé que Billy capaz se habrá comido las que te dejé. 

Ahora fue él, quien tomó su mano para llevarle hasta el puesto donde un hombre con barba poblada ya les conocía y les ofreció la primera docena gratis porque William le había ayudado a sanar el desazón agrietado que se había vuelto el lazo con su esposa, con algunos consejos que no fueron ni técnicos ni elaborados sino basados en su pura experiencia con Sherlock, y que les había servido de ganancia para que ese hombretón les tomara estima dándole siempre sus primeras frutas frescas que había engendrado de su huerta. 

Sherlock también eligió algunas almendras, un par de naranjas y también unas barras de mantequilla. William aprovechó para preguntarle por sus hijas y se ponía a disposición para enseñarles a leer y a escribir, si así su padre lo deseaba. 

—Podemos averiguar cuánto cuesta una pizarra para que puedas enseñarle a gusto —comentó Sherlock en plena conversación—. Si quiere darle un futuro a sus hijas, más que vivir para las voluntades de un hombre, también enséñele que el conocimiento más que un lujoso servicio, es una necesidad. Liam puede enseñarle sin compromiso. 

—¿Cuánto podría pagarle por las lecciones? —quiso saber el vendedor, limpiándose la nariz con su manchada camisa y que estaba evitando a toda costa perder el orgullo bajo una cortesía poco frecuente. 

Haciéndose a un lado, Sherlock le dejó el resto de la conversación, dándole el poder de la petición, y que no pudo evitar reírse queriendo apoyarse un poco en él si no estuviera en un lugar público. 

—¿Le parece muy costoso un simple «gracias»? Que permita que sus hijas aprendan a leer, ya es suficiente ganancia en este mundo. 

Y así dejaron las calles polvorientas, con un hombre sollozando en agradecimiento, lo cual era bastante inusual porque pocas veces permitían que sus hijas tuvieran acceso al estudio. No cabía duda que estaban en el nuevo mundo y que Londres se había atrasado hasta en los buenos modales. 

Regresaron con pasos tranquilos, mirándose de reojo y con sonrisas secretas, tratando de inhibir a pura voluntad las ansias de tocarse y que no dudaron en hacerlo apenas tuvieron en la suavidad de su apartamento. 

Sherlock le besó con las comisuras que sabían a dulce de almíbar que compraron en el regreso, susurrándole te amo con el aliento caliente y dejarle con las venas echando humo cuando se le separó para ir a colocar la comida en la despensa. Lo acompañó en la ayuda extra para ir haciendo la cena, en tanto el otro aprovechaba para barrer la ceniza en el suelo proveniente de las cornisas porque habían dejado la ventana abierta. 

Nunca se vio más feliz con una vida tan hogareña y tan natural como esa. Al rato, se despojaban de sus vestimentas, de sus barreras e incluso las inhibiciones que sentía con la cicatriz de su ojo, para acostarse con su amado quien había recuperado el libro que abandonó en el sillón. Resultó que era uno de los ensayos que Sherlock tenía guardado sobre la teoría del flogisto de Priestley y que le hizo sonrojarse sin remedio al darse cuenta de la implicación, haciendo que William se conmoviera de una forma que saltó a besarle esos pómulos carmesíes con la misma gracia de la risa.

—Has estudiado por mí matemáticas, es lo justo, ¿no?

Se habían besado bajo la tenue luz de la lámpara, deshaciéndose en caricias lentas y susurros sofocados. Sherlock empezó a leerle la continuidad del estudio, haciendo comentarios ocasionales, mientras le hacía caer en la imaginación un tanto libidinosa que la voz de Sherlock sonaba más gruesa cuando estaba concentrado. 

Sherlock más que quitarle la cruz de su vida pasada, le había despojado de la virginidad de un matrimonio convencional, encerrándolos en el problema del rechazo de sus sentimientos a la luz pública, que era más pernicioso que la virginidad congénita.  Aprendieron juntos que nada de lo que se haga en la cama era inmoral si contribuye a perpetuar el amor y que la abstinencia de la ignorancia sobre los placeres ocultos no habría sido más que otra enfermedad cuyo bien debía tratarse. 

Después de haber perdido la castidad en esas sábanas, ya no había vuelta atrás con la contención de sus propias voluptuosidades y deseos más insondables, que nunca en su vida anterior llegó a despertar incluso después de haber leído Fanny Hill: Memoirs of a Woman of Pleasure, en las habitaciones de sus estudiantes.

Se volvió tan fácil como respirar la acción de quitarle el libro para dejarlo con cuidado en el buró, sentándose a horcajadas en el vientre fornido, y robarle el aliento con impaciencia desmesurada que sorprendería a todo quien le conoció. Era tan simple quitarle la cinta que envolvía su cabello, abrazarse como solo ellos sabían hacerlo y rodar en aquel lienzo blanco de seda, entendiendo aún más los encantos de la serenidad que traía consigo la cama compartida. Eran absorbidos por esos instantes de inspiración, tejiendo sus orgasmos más avasallantes y coléricos, dejándole deshuesado cuando Sherlock aún tenía energía para seguir penetrándole. Y que no le importaba llevarse a otros límites, aplastado por un nuevo nivel de sensibilidad cuando Sherlock los hacía girar en las almohadas, para encontrar nuevas posiciones de más uniformes y que le hacían conocer nuevas luces del alba cuando rozaba el tercero o cuarto orgasmo, gimiendo ahogadamente el nombre de su alma gemela. 

Solo cuando les vencía la fatiga, Sherlock removía con besos dóciles los mechones dorados sudorosos adheridos a su frente, observándolo con esos ojos que eran auroras boreales como si él fuera lo más angelical y no un un asesino con todas las manos manchadas. Las lágrimas bajaban por sus ojos cuando trataba de recuperar el control de su respiración y sentirse acobijado por las nubes donde solo podía llamarlo aunque estuviera ahí. 

Yo también creo que eres lo más etéreo que ha pisado esta tierra, mi Sherly. 

No tenía que decirlo en voz en alta, así como tampoco Sherlock dijo lo anterior. Sus mentes se entendían a la perfección para tener sus conversaciones sin palabras. 

Se recostaron minutos después, retozando con besos rotos pese a la hinchazón de sus labios magullados y entrelazar sus dedos como si inventaran cada vez una nueva forma de volverse una sola entidad.

—Perdón, Liam, pero ahora que he probado el veneno de tus labios no puedo evitar perseguirlo.

Él ya había probado la muerte en sus brazos, y también perseguía el calor de ese pecho protegiéndole, que no había noche donde incluso dormido le buscara a tientas para apoyarse en él.

—No hay persecución, Sherly, ya no. Aquí estoy. Atrapado en tu cuerpo y tu esencia.

Se recostó con el aliento cansado sobre él, con toda la satisfacción del mundo cuando Sherlock también le acariciaba la espalda, y William aprendió con convicción deslumbrante de que con matrimonio o sin él, sin Dios o sin ley, no valía la pena vivir si no era para tener un hombre en la cama.

Había estado veinticuatro años sin este nuevo ángulo de una relación, y ahora que la había conocido, no creía poder respirar ahora sin él. Quería seguir caminando con Sherlock para sumirse en la espiral de una rutina sencilla que trabaja para comer, y que vivía para amarse. 

Ya cambió un país completo en base a un plan elaborado, por lo que podía rendirse ante la común idea de las horas felices de las compras de la semana, de las limpiezas matutinas y la repartición de quién cocinaba y quién fregaba. 

William nunca se creyó un hombre simple y Sherlock le permitió entender que lo era, y de la forma más sentimental posible. 

FIN.

Notes:

¿Investigué si las latas ya existían en aquella época? Sí, y tenemos al comerciante Pedro Durand que en el 1810 innovó la idea de conservar alimentos en latas. Pero el procesado ni vino sino hasta después del XIX.
Debo decir que este resultado me gustó bastante y me siento satisfecha. Perdonen nuevamente los errores, escribo sobre la marcha y no me da el tiempo de leer dos veces.

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