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[Sherlock x William]
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Cuando la puerta se abrió de golpe, arracándolos del mundo de los sueños, Sherlock y William dieron un respingo que los hizo saltar de la cama rompiendo el abrazo con el que se habían acoplados. Fue un instante de sus pulsos agitados, para luego serenarse y solo para observarse con la conmoción pintando sus rasgos.
Era Billy, lo cual no debería ser una sorpresa porque no era la primera vez que lo hacía. La molestia vino al rostro de Sherlock, segundos después de apaciguarse, era que mantuviera esas viejas e infernales costumbres aún en Londres.
Ya habían hablado anteriormente que para esos casos lo despertara solo a él, que a William le costaba conciliar el sueño y que regresarlos a tierra de esa forma solo afincaría el veneno insomne que sufría. Lo que era peor, en horas previas, cuando Sherlock jugaba con Morán una partida de ajedrez y le hizo jaque mate en tres movimientos, ahogando al coronel en una cadena de maldiciones, William entró al salón con todo el desaliento en el rostro diciéndole a Sherlock que se fueran a dormir.
Era temprano en sí, no pasaban las veinte horas, pero Sherlock no rechistó lanzándole unas cuantas burlas a Morán antes de levantarse con una mano en el bolsillo, y juntarse con su pareja que lo esperaba en la puerta.
—Te pido disculpas, Morán, pero ya no puedo dormir sin él. —William se excusó con una sonrisa endeble.
Morán hizo un ademán de mano que no importaba, diciéndole que descansara y que ese idiota hiciera bien su trabajo en calentarle la cama, mientras buscaba a su siguiente víctima para hacer una noche de tragos y un cómplice para cuando Louis los encontrara.
En el pasillo, la distinguida figura de William se tambaleó un poco, haciendo que Sherlock reaccionara rápido atrapándolo y estableciéndolo cuando estuvo a punto de caer.
—¿Otra vez pesadillas? —susurró en la confidencia de la soledad del pasillo—. ¿Te volviste a debilitar?
—Sí…, tengo náuseas. Pero solo necesito descansar —confesó William, llevándose la mano a los labios y sostener su estómago—. Disculpa si interrumpí tu diversión, Sherly.
Sherlock sabía que los pavores nocturnos causaban mucha desazón y ansiedad en William, provocando que en algunos episodios fueran tan fuertes que le hacían vaciar el estómago en el cuenco de palangero por el ataque de pánico.
—No te disculpes, Liam, no elegiría a nadie sobre ti para pasar el tiempo.
Se sumieron en su morada, donde ya por suerte e insistencia y perseverancia de los dos, lograron conseguir una cama matrimonial, teniendo que mudarse a una Gaby un poco más grande y casi alejada de las otras. Había sido un regalo de Mycroft y que Louis pese a varias excusas mal disimuladas no pudo rechazar.
Se habían envuelto en sus pijamas, William ayudando a Sherlock a quitarse el arnés de su hombro dejándole la libertad del descanso, aunque con ardores por movimientos bruscos. Asimismo, Sherlock fue el primero en subirse a la cama para recibir el cuerpo extenuado de William que se apoyó en el confort de su pecho y durmiéndose casi de inmediato cuando el olor característico y familiar inundó sus sentidos. Ese había sido un ritual que conservaron desde Nueva York, quedándoles el mal hábito de no poder conciliar el sueño si no tenían al otro haciendo contrapeso en el otro extremo.
En episodios anteriores, Sherlock aún sin el recato del sueño en su sistema, se había acostado con William solo llevando un libro consigo mientras éste dormía en su pecho, tratando de eludir el pecado de la culpa a base de frazadas de caricias y besos en las sienes. Que ahora Billy los despertara de esa forma tan abrupta, considerando que había costado que William concretara una tregua con el sueño reparador, hizo que en la boca de Sherlock florecieran una cadena de maldiciones que, por suerte, su pareja previó con la misma rapidez con las que se formularon en su cabeza, lanzando su mano sobre la suya y hablar con los fragmentos de su voz.
—Oye lo que tiene de decir.
—¡Ponytail! —exclamó de nuevo Billy, adentrándose sin reparos y buscarlos a tientas en la oscuridad.
Sherlock suspiró, calmado por el clima taciturno de la mirada de William antes de abandonar el lecho y maldecir en voz baja.
—Billy, te lo juro, más te vale que sea importante —lo dijo sin alzar la voz, pero fue un escupitajo con tal virulencia, tal ira sibilante, que dejó un aire frígido e incómodo en la habitación.
Billy se disculpó con la cabeza hacia William, quien solo le sonrió y alzó la mano restándole importancia, antes de volverse a Sherlock con el rostro serio.
—No lo haría si fuera así, Ponytail. Vístete, tu hermano, señor no Ponytail me envió a buscarte.
—¿A estas horas? ¿No puede esperar?
—¡Ponytail!
El grito resonó en esas paredes que sobresaltó no solo a William sino a Sherlock. Pocas veces Billy tomaba ese perfume déspota y con andar de depredador que anteriormente había hecho ganarse el título que portaba su nombre.
—Te lo repito: no estaría aquí, si no fuera una emergencia. Por favor, las preguntas te las respondo en el camino. Es urgente. El carruaje está abajo, te espero allá.
Y con ello, salió de la habitación, casi batiendo la puerta, dejando pasmado a un Sherlock que ya empezaba a formular escenarios un tanto tétricos. Solo salió de apesadumbrado estupor cuando su oído captó que William abandonó la cama, yendo hasta el guardarropa y buscarle unas prendas rápidas para que se vistiera.
—Iré a la cocina a prepararte algo rápido y te lo lleves, Sherly.
—¿Seguro? ¿Por qué no intentas dormir mientras aún estoy aquí?
Pero William negó, recogiendo el abandonado apartado que le hacía funcional el hombro, acercándose a él y darle un beso casto en los labios.
—Ambos sabemos que esto no me tentará el sueño. Apresúrate en vestirte, no hagas esperar a Billy. Te ayudo a colocarte la indumentaria —quiso bromear un poco, para aliviar las piedras que arrastraba el río y en parte funcionó porque lo hizo reír.
Al terminar, la silueta de William, con su andar de venado siguió los pasos de Billy, permitiendo que Sherlock se quedara a solas con los pálpitos de su corazón destrozándole el pecho y con un escarnio quemándole en los labios.
William veía por la ventana como el carruaje se alejaba a un destino incierto, abriendo dentro de su estómago un hueco sin fondo que sabría que no sosegaría hasta que supiera qué estaba pasando realmente. Sherlock le había dejado el soplo de un beso que aún sacudía su espíritu, diciéndole que volvería tan pronto pudiera. Se había negado que lo despidiera en la entrada, debido al sereno gélido de la madrugada, dándole un último apretón de manos, yéndose con Billy y hablarle solo con el movimiento los labios, pero sin pronunciar ningún sonido.
«Te amo»
Le había respondido que él también. Y así lo vio marcharse, abandonándolo en contra de la voluntad de ambos, con toda la preocupación del mundo. Atrás de él ya estaban Louis y Albert, ambos acicalándose en sus batas de seda, mirándole con una ligera reserva.
—¿Qué crees que haya pasado, hermano? —Louis rompió el silencio y lo siguió de cerca cuando William se sentó en el otro mueble restante, cruzándose ceremonialmente de piernas y descansando ambos brazos en los mangos acolchonados.
—No lo sé, Billy no dio detalles. Le dijo que le contaría en el camino. Debe ser de los Pinkerton. No tiene que ver con el MI6.
—¿Se supone que es confidencial incluso para ti? —indagó Albert a su lado.
Soltando el sexto o quizás séptimo suspiro de la noche, William recostó la cabeza en el respaldar del mueble y una parte de su mente reparó que no traía el parche en que ocultaba tantas cosas... Aun así, sus hermanos no hacen preguntas y por ese momento lo sintió como un milagro. Cerró los ojos unos segundos, antes de tamborilear los dedos y usar su cabello para cubrir las laceraciones de su rostro evitando que fuera desagradable para quien lo viera. Pensó que esa noche, realmente, habría querido descansar.
—No debería —dice al fin, notando que tardó una buena cantidad de segundos en responder a la inquietud de Albert—. Pero hubo misiones en el pasado donde Sherly no podía decirme.
—Hermano, ¿quieres que te prepare un poco de té? No luces bien —La preocupación de su hermano menor era genuina y William se había propuesto que dejaría las máscaras con él también.
—He tenido noches un poco difíciles, Louis. Por eso le pedí a Sherly que se acostara conmigo temprano hoy. Duermo mejor cuando él está a mi lado.
Louis retrajo su expresión y trató de moderarla para que no se le notara el pinzón de los celos, mientras que Albert tenía la mirada perdida en la mesa de en frente también abstraído en sus pensamientos.
—Iré a buscarle algo a los dos. Dejen esa expresión de esposas preocupadas —anunció Louis ya levantándose.
La acotación los hizo parpadear, antes de hacerlos sonreír con lo que permitió sus amarguras.
—Nos ha perdido totalmente el respeto —Sonrió Albert, viendo la puerta donde el hermano pequeño había dejado su aura refunfuñada.
William asintió, riéndose, pero no atrapó un comentario que agregar. Debido a la conmoción y al alboroto que sacudió las paredes del MI6, varios de los integrantes se unieron al salón, notando el silencio mortuorio de los hermanos Moriarty. Louis no tardó en regresar para unirse a ellos, trayendo consigo una manta, dos almohadas y Jack le seguía de cerca con un juego de té en una bandeja que no tardó en repartir.
—Hermano, intenta descansar un poco recostándote en el mueble. Morán, quítese y deja que William estire las piernas —pidió Louis.
—No escucho un por favor en tu demanda —quiso quejarse, antes de recibir una mirada afilada y asesina de Louis.
—No es necesario, Louis, si me siento fatigado me iré a la habitación. Por el momento estoy bien.
Pero sabía que no sería así, aunque lo intentara, preso de la ausencia de quien consideraba su pareja y que solo podría dormir si lo tuviera a su lado. A su alcance.
Se dejó envolver por el aroma del té, bebiéndolo con una calma que le gustaría no fingir, oyendo los comentarios ocasionales de su familia, permitiendo que el vapor atenuara sus ideas. En su mano se denotaba aquella sortija dorada que decoraba su dedo anular, y le causaba cierta gracia como todos los miembros, al menos una vez, observaron aquel esplendente anillo con la pregunta en los ojos, pero reservándose los comentarios. Solo fue Jack, en una risa resquebrajada y que le sacó una también a él, siendo el valiente de todos e hizo la pregunta que ya era tan grande que no cabía en la habitación.
—Y bien, pequeño Will, ya que estamos en espera de una noche larga, ¿por qué no nos cuenta cómo contrajo matrimonio con Holmes?
William había esperado ese interrogatorio, más de sus hermanos, pero que también la hiciera Jack ayudaba a la propagación de aquella verdad más que un espejismo sino como una realidad. Dejó la taza en la comodidad de su plato, y con los ojos entrecerrados, esbozó una sonrisa pequeña. Descubrió, de una forma paradójica, que le gustaba hablar de Sherlock y su relación solo en la confidencia de quienes amaba. La resumió lo mejor que pudo, puesto que ya estaban al tanto de sus proezas anteriores y del que todavía honraban a GoodNight.
—Fue en Vermissa. Después de haber llegado a tiempo y, asegurándome que Sherly todavía estuviera con vida, fue que le hice la propuesta —Dejó que aquella última oración calara en su propia categoría a través de la gravedad de lo que implicaba—. Y él la aceptó.
—¿Fuiste… tú? —Louis trató de disimular su tartamudeo, sin éxito.
—Will siempre ha sido de las grandes iniciativas, ¿verdad, coronel? —dijo Albert, sonriendo, observando a Morán que parecía tragar vidrios, y que no desaprovecharía la oportunidad de molestarlo cada vez que le dieran los motivos—. Él quiere algo y lo obtiene.
—¿Por qué mierdas me andas mirando a mí? Lo que haga William con vida privada no me compete.
Albert se rio después de molestar un poco al coronel, que solo le lanzó un gruñido para luego reírse entre los dos.
—¿Cómo te dijo que sí? —Bond parecía bastante interesado en esa parte de la historia—. ¿Él te dio el anillo?
—Sí, pero me lo entregó cuando regresamos a Londres. Anteriormente, habíamos ayudado a una doncella llamada Agnes, Albert conoce esa historia, y el anillo era más un trofeo que a ambos nos quedó. —Ensanchó una sonrisita con una mano en la barbilla y que a muchos les gustó ver que recuperaba su semblante genuino—. Lo conservó desde entonces, y cuando me lo entregó, fue más una broma interna entre nosotros.
—Ya me extrañaba que Holmes tuviera presupuesto para pagar un accesorio así —comentó Louis, mascando las palabras.
William abrió su mano frente a él, con sus piernas cerradas y su aire de príncipe, observando aquel hermoso anillo que escondía, como muchas cosas de ellos, un entresijo de momentos que siempre recordará con cariño. No dijo nada más y no fue necesario. Solo abrió la patente realidad de la importancia de aquel juego de acertijos y secretos, y que solo parecían entenderlo sus involucrados.
—Eso quiere decir que han tenido luna de miel —jugueteó Bond de repente, haciendo que Louis se atragantara con su té, y que William permaneció inmutable, dándole palmaditas hasta que la peor parte pasó.
Morán no parecía muy dispuesto a oír esa parte de la historia y se sirvió un vaso de whisky que Jack también había dejado al servicio de todos.
—Si la pregunta es si hemos intimado, la respuesta es sí —respondió William, riéndose un poco, y disfrutando las reacciones de sus familiares, quienes parecían envueltos en un mutismo de estupefacción, como si la noticia fuera un inesperado fuego artificial en medio de su serena noche de expectativas.
—Me encantaría saber detalles del tamaño…
—¡Cállate, Albert! —interrumpió con un alarido Moran y todos en la sala se sumieron en una risa colectiva.
—Puedo verificar con medidas exactas de cuánto es el tamaño de la vara Holmes, y según cálculos, los centímetros están por encima del natural. —habló Herder apareciendo en la entrada con Moneypenny, quien no tardó en sonrojarse ante la mención.
—¡Tú también, Herder! —Señaló con el dedo Morán—. Si vamos a mencionar ese tema, solo preguntaré: ¿quién gana, en esta pelea de hombres, sobre quien porta el verdadero tamaño?
Una mano se estrelló en la mesa y Louis ensartó con la mirada a Morán y Herder, haciendo que la orden silenciosa quedara apostada en el aire.
—Nadie quiere saber aquí las intimidades de mi hermano ni la de ustedes mismos.
Riéndose, William no pudo evitar desaprovechar esa oportunidad para jugar con su hermano.
—Después te cuento esas confidencias, Louis, no quisiera que alguien aquí se sintiera incómodo —bromeó, con un semblante tranquilo y despejado, que roció una brisa cálida entre ellos como si todo lo que necesitaron para que todas las barreras que una vez tuvieron, se rompieran bajo la simplicidad de una conversación sobre los paseos en la cama.
—No, por favor, no quisiera agregar imágenes que no podría olvidar —respondió Louis, removiéndose en cabello—. Mientras seas feliz, William, yo te voy a apoyar.
Una sonrisa tropical salpicó el rostro de William y en los presentes, que hicieron que la espera agónica fuera más sustentable. En Nueva York, habría estado él solo, sentado en aquella mesa para dos personas y con una taza de café fría entre sus dedos, sofocándose bajo los hilos invisibles de la preocupación. En compañía del amparo de su familia, las horas pasaron rápido que cuando el amanecer rozó los ventanales, los encontró a todos durmiendo en aquellos sillones como si hubiesen tenido una noche de bebidas que Morán nunca pudo concretar, siendo abrigados por sábanas que Moneypenny y Jack habían traído de las habitaciones. Algunos se habían dormido en el suelo, solo apoyados con los cojines y sábanas, mientras que Louis se había dormido en el hombro de William quien apenas atrapó el sueño, charlando con Albert que tampoco pudo entregarse a la tranquilidad del mundo incoloro.
Hablaron sobre Sherlock y sobre Mycroft, adormilados y con bostezos regidos bajo su regla de etiqueta. Solo cuando sintió unos toquecitos en el hombro, notó que al final sí se habían dormido al menos un par de minutos, gracias al agotamiento y la resaca de las pesadillas.
Al espabilarse, vio a Sherlock detrás del mueble con su rostro precioso, ensanchándole una sonrisa que le alivió todos los pesares que cultivó esa noche en el fondo de su consciencia.
—¿Pudiste descansar? —habló Sherlock en voz baja para no interrumpir el descanso de ninguno de los presentes.
—Un poco —admitió, removiéndose con cuidado y apartar a Louis de su hombro, acomodándolo en la almohada que desocupó rápidamente cuando se levantó del mueble.
Notó que Mycroft estaba detrás de él, una expresión lúgubre en su rostro de facciones batidas. Parecía haber envejecido diez años de repente.
A lado de Louis, Albert que apenas había podido deleitarse en un sueño tranquilo, alzó sus ojos verdes hasta el director y esbozó una sonrisa tibia. Mycroft se la respondió con el brillo de sus ojos y William pensó que eso era todo. No hacía falta hablar ni alzar voces al cielo de sus relaciones cuando esos pequeños gestos hablaban por sí mismos.
—Bienvenidos —dijo Albert cortésmente, también abandonando con sumo cuidado el sillón y unirse a ellos—. ¿Pueden hablar de lo que pasó?
Los hermanos Holmes intercambiaron miradas, ningún buen vaticinio se adivinaba en su lenguaje corporal, haciendo que Albert y él también se observaran, haciéndoles sentir que la sangre se les convertía en hielo.
—Nuestra madre ha muerto —reveló Mycroft.
Aquella noticia les hizo desenfundar una expresión de sorpresa y estupor, tan socorrida y falta de apresto.
—¿Tienen madre? —preguntaron en unísono los hermanos Moriarty.
La habitación se llenó de silencio.
Caminando por el pasillo con pasos lentos y apesadumbrados, William observó la espalda encorvada de Sherlock y sus hombros caídos. Era la peor postura que jamás le había visto, y no sabía exactamente qué hacer. En su mayoría, siempre había sido Sherlock quien lo consolara, la figura ideal para detener su derrumbe; raras veces lo había visto llorar, y en esas ocasiones, las lágrimas eran principalmente de felicidad.
Sherlock, de alguna forma, sabía cómo detener sus peores emociones hasta que el gas dentro de la botella volaba el corcho y, finalmente, había llegado el momento el que saldría disparado sin remedio.
Cuando entraron en la habitación, William pensó cuidadosamente qué decir. Para empezar, no sabía que Sherlock aún tuviera parientes con vida salvo de su hermano. Nunca le habló de una madre enferma ni de un padre ausente y ahora que había descubierto este sótano en lo que era la estructura de Sherlock, le despertó un completo hervidero de preguntas, decepcionándose de sí mismo creyendo que ya había descubierto todo sobre él.
—Sé que nunca te hablé de ella… —empezó Sherlock con dominio irregular para disimular el nudo de la garganta que no era más que de tristeza, cuando la puerta se cerró detrás de ellos, dejándolos en la riqueza de su privacidad—: Pero estaba buscando la fuerza para poder contarlo.
Tras oír eso, sus pasos silbaron apaciblemente en la alfombra, acercándose por detrás y rodear a Sherlock en un abrazo íntimo.
—No tienes que contarlo si no deseas, Sherly —musitó, buscándole las manos para acunarla entre las suyas—. Cuando quieras hablarlo, yo te voy a escuchar.
Sherlock apretó sus dedos, girándose para atraparlo entre los hercúleos brazos y apresarlo entre ellos. Lo escuchó sollozar, enterrando la cabeza en su cuello y humedecerle la piel con la fragilidad de las lágrimas. Y William no podía soportarlo. Si antes había creído que solo la idea de perderlo era insoportable, pues no podía ya imaginarse una vida sin él, ahora que lo tenía roto en su pecho, descubrió que dolía más que una laceración en el vientre.
Sherlock lo apretaba cada vez más contra su cuerpo, como si quisiera unirlo a él más de lo que ya prometían sus votos. Lo sintió llorar por primera vez, compungido y con lamentables gemidos entrecortados, sin testigos más que solo él, que al parecer era su único modo de llorar.
Solo cuando se calmó, lo soltó, desligándose de ese férreo abrazo que le dejó las piernas temblorosas. Observó esa nariz roja y los ojos hinchados, haciéndole alzar las manos para acunarle el rostro y usar sus dedos para eliminar la humedad. Juntó su frente con la de él, haciéndole entender que el dolor era de ambos y que juntos saldrían adelante.
—Quería que te conociera —lo dijo con el temblor evasivo en la voz y una incertidumbre en las pupilas que traicionaban a las palabras—. Quería que pudiera ver que sí pude enamorarme. Quería que ella, al verme, pudiera reconocerme.
William consideró que no era necesario hacer preguntas. Los guio hasta la cama, sentándolos que sus muslos se rozaran, usando su mano para subir el rostro de Sherlock y besarle sus mejillas.
—Estoy seguro que fue una mujer maravillosa.
Sherlock negó con la cabeza con la impresión quebrada de una risa sin elegancia.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque te conozco a ti —dijo con cariño—. Al conocerte a ti y al director Holmes, puedo ver que se criaron con ternura. ¿No recuerdas lo que dije en el Noahtic? Siempre pude ver en ti los rastros de una madre amorosa que hizo que sus hijos se dijeran «Sherly» y «Micky», como una forma de unirlos como hermanos.
Una mirada vidriosa en aquella tormenta azul penetró la figura de William. Le sonrió con tristeza, usando su pulgar para barrerle camino cristalino.
—¿Me equivoqué?
Sherlock negó, desvaneciendo la cabeza en su hombro y William lo recibió, consolándolo con todo el afecto que tenía para darle. Lo tuvo en su pecho hasta que se durmieron, presos de cansancio. Solo fueron un par de horas, un poco reparadoras, al menos, para evitar el colapso inminente. Al rato, se bañaron y se alistaron en sus mejores galas de duelo, acompañados por el clan como una mancha negra que siguieron de cerca el féretro inundado de coronas blancas.
Aquella tarde llovió como todos los días, común en una Londres con una bóveda gris, pero que impulsaba la melancolía y la misma tristeza que decoloriza el alma.
Desde el instante que se supo de tal muerte, la prensa asoló las puertas del 221B donde aún se creía que vivía Sherlock, ambicionando una primicia y que su sujeto de entrevista nunca apareció, puesto que no estaba tan desvalido como lo había temido William.
Con dos hijos de renombre, un héroe y un pilar del gobierno, el nombre de la madre Holmes fue una columna completa donde exhibieron que fue una dama de la clase trabajadora que había sido cantante de ópera. Poco se sabían de más detalles, solo algunas canciones que había dejado a sus hijos y que empezaron a sonar en las esquinas con las bandas haciéndole homenaje que hacía estremecer a Sherlock, y que trataba de controlarlo con el rigor de la templanza.
En cuestión a las políticas propias del funeral, Mycroft y Sherlock fueron inflexibles en la determinación de no permitir que se utilizara el cadáver de su madre en beneficio de ninguna causa, y lo fueron inclusive con la misma serenidad a que fuera bendecida en la catedral. Tendría su funeral en el hogar de los frutos de su vientre, y con la libertad de cada quien pudo recordarla para llorarla como quisiera.
Le apostaron en la residencia de Mycroft, primero porque sus amigos más allegados y generales quisieron presentarse para enviar sus condolencias, y también para evitar que ojos indebidos encontraran información confidencial detrás de las puertas del MI6.
La mansión quedó bajo el precepto del velatorio, con espacios vacíos que parecían inmensos, ampliando las voces haciendo que tuvieran una resonancia espectral. Habían apostado, a tapa abierta, el cadáver de la madre con un solemne vestido esmeralda y una diadema en su frente que era una joya enviaba por la mismísima reina en presentación de sus respetos hacia el dolor de los hermanos.
Fueron más los invitados de Mycroft que los de Sherlock, puesto que nunca había sido de tener amigos salvo de John y Stamford, y uno que otro conocido de la universidad cuyo nombre ya no recordaba y menos bajo la ofuscación de la pérdida. Su fama también trascendió para otros nobles que querían conocerle, y agradecer por su heroico acto de asesinar al amo del crimen, pues había sido el peor maleficio para el país dejando una marca imborrable en los corazones de las personas. Había sido John quien atendió a esos comentarios que sabía que eran tizones tanto como para Sherlock como para el clan Moriarty que estaban pululando en los alrededores y que prefería evitar añadir más penurias a los hombros de su amigo.
Los hermanos Holmes se sentaron junto al ataúd en luto honrado, trémulos pero muy dueños de sí, recibiendo las condolencias sin teatralidad, sin moverse apenas, hasta que despidieron a figuras célebres que eran conocidos de Mycroft pero que no daban el suficiente foco que tanto les exigían. El único momento de un cierto patetismo, por lo demás involuntario, fue cuando llevaron el ataúd episcopal todavía oloroso, con manijas de bronce y envolturas de seda acolchonada. Se habían estremecido cuando se cerraron las tapas, fijándolas para siempre, y que Sherlock había saltado de la silla rompiendo el brazo que tenía alrededor de la cintura de William, como si hubiese deseado ver el rostro de su madre una vez más, antes de enviarlo a las fauces del olvido que solo el tiempo decidiría cuando duraría en su memoria.
Deseó en ese momento haber sido mejor hijo, haberla visitado más y tratar de entender los alaridos tácitos con el que su madre se comunicaba puesto que había perdido la voz, y cuya oscura historia detrás, del que nadie se atrevió a preguntar por el hilarante antifaz del respeto.
Albert y William se habían disfrazado en sus mejores galas femeninas, aunque el mayor de los hermanos no tuviera la necesidad, pero lo sintió ineludible para poder entrelazar sus dedos con Mycroft, sin tener que limitarse bajo otras confidencias. También para no tener que atender a otros nobles que todavía le buscaban para esas pomposas fiestas. Por el lado de William, no había dejado nunca solo a Sherlock, apoyado en su brazo y confortarlo en ratos que huían del ojo público. Muchos se preguntaron quién era la dama que no soltó su lugar junto al detective y las interpelaciones sobre su presencia también fueron una comidilla al menos los primeros días.
No le habría importado menos, porque su única intranquilidad era reanimar a Sherlock y mantenerlo estable cuando lo encontraba frente al féretro que encerraba a su madre, y que William descubrió con algo de tristeza y melancolía, que ya había sabía de donde venían los hermosos rizos de su amado. Había sido una lástima conocerla en tales circunstancias, pero con el honor de que al menos pudo ver su rostro y sus labios escarlatas que aún conservaba la gracia pintoresca. Sherlock le había colocado una rosa detrás de la oreja, y su anillo de calavera en la mano derecha. William le había preguntado si estaba seguro, pero Sherlock le dio una sonrisa pequeña, diciéndole que ya tenía con qué suplantarlo, enseñándole el anillo de matrimonio que ambos compartían.
Solo cuando fue el entierro, acompañado de pocas personas y que la seguridad que Mycroft se había asegurado de cubrir perímetro en los restos de los miembros del MI6, cubiertos por paraguas y en un barrizal que habían estropeado los bordes de los vestidos, caminaron bajo la fiereza de la lluvia que no dio consuelo ni a los muertos.
Cuando la placa con el nombre y la fecha de deceso fue exhibida bajo una caligrafía delicada, Mycroft dejó salir las primeras y únicas lágrimas que solo pocos habían visto cuando Sherlock había muerto, enterrándolo en el mismo panteón del que solo había tres lápidas.
Sherlock ya había llorado lo que tenía que llorar, solo en el amparo de los brazos de William, solo siendo en ese momento una figura insondable y firme, apretando los dedos de su pareja hasta que ya no quedaron personas en el cementerio, dejándolos finalmente bajo el luto sombrío de los verdaderos oradores quienes amaron a la fallecida. Se habían mojado de los pies a la cabeza, Louis insistiendo que tanto William como Albert debían ir a cambiarse o evitar el furor de la tormenta, pero que hicieron caso omiso con suaves respuestas no deseando abandonarlos.
Hubo un momento, esencial y entre los hermanos Holmes, a solas frente a la tumba de su madre, donde se refugiaron en el confort de un abrazo mutuo que no se dieron ni en su reencuentro después de la resurrección del menor. Albert y William estuvieron a unos pasos lejos, pero atentos a cubrirlos. Le dieron cierta privacidad pero del que podían oír la conversación.
—Tengo que decirte lo que me dijo mi madre antes de morir, Micky. —dijo Sherlock, con la nariz cristalina, colocándole una mano en hombro—. Y no sé si sea idóneo decirlo en este momento.
—Hazlo, ahora que estamos aquí en presencia de ella —afirmó Mycroft, mirándole atento.
Tomando una honda respiración, lanzando una mirada al panteón, Sherlock fue que habló:
—«Nunca quise al hombre con quien me casé, sino a otro que me dijeron que había muerto en la guerra; búsquenlo y díganle que morí pensando en él, porque es su verdadero padre» —citó, haciendo que todos los que escucharon aquellas palabras fueran envueltos en unas discretas sorpresas—. Tenemos un padre, Micky, y al parecer está vivo.
Pocas veces se había visto a Mycroft desgarrar su rostro de piedra y William pudo recordar esa expresión incluso en años más adelante.
Los hermanos Moriarty se observaron, impacientes, antes de acercarse a ellos y unirse a la incógnita que se había sellado en el aire.
—Pensemos en eso más adelante, Sherly, no es momento de exhumar nombres que no existieron para nosotros. Vivamos el presente y caminemos hacia el futuro.
—Ese siempre fue mi plan, hermano —expuso Sherlock, estirando el brazo hacia William y que se dejó venir fácilmente hacia su costado, observándole con una sonrisa de sol—. Ya tengo todo lo que necesito.
FIN.
