Chapter Text
Día 1: Noticia / Diagnóstico. Aioros x Shura.
♐️♑️
Profusas lágrimas bajaban calientes y cargadas de pesares por su fino rostro, ahora sonrojado y marcado de desesperada tristeza. El espejo le regresaba una expresión de perpetua angustia, como si fuera una pintura maldita presa de una vieja pared. Y entre sus temblorosas falanges; un papel crujía suplicando clemencia mientras que en su corazón, yacía creciendo el inmenso dolor provocado por una agónica noticia.
El sollozo masculino rompió su eco frente al reflejo, al mismo tiempo que aquella arrugada página blanca caía con livianeza a la alfombra de rojo borgoña que cubría la pieza. El nudo creciente en su garganta le impedía formar alguna palabra, incapacitando incluso el sencillo acto de inhalar aire para sus pulmones.
El sentimiento de dolor y culpa lo estaban llevando a una ansiedad dolorosa, al miedo del inminente destino que ya le estaba escrito y que tarde o temprano, lo reclamaría inmisericorde. Cerró sus ojos y los apretó con fuerza cuando la boca se abrió, dejando escapar el grito ronco que rompió intempestivamente el silencio circundante y de sus adentros.
No quería dejar solo a quien amaba con su ser entero, ¿qué hacer? Sería egoísta destruir la ajena ilusión de felicidad que lo incluía a él en una visión de novelesca plenitud, en la que ya no le alcanzaría la vida para ser protagonista. Tenía miedo al inminente futuro cruel que lo amenazaba con llegar en cada uno de sus lentos latidos, se odiaba tanto. ¿Cómo podía ser tan débil? ¿Por qué tenía que ocurrir esto ahora? ¿Por qué luego de tanto dolor no podría finalmente ser feliz? ¿No merecía acaso ser feliz…?
♐️♑️
Los días, las semanas se deshojaban de los polvorientos calendarios alrededor de la casa, el tiempo volaba como las hojas marchitas que caían de los árboles. Danzando con el viento que lleva lejos y trae olvido. Las horas no perdonaron así como esa vil enfermedad que consumía su alma y su energía y que con la rapidez de una lluvia torrencial, arrasó con el brillo sagaz de sus ojos de verde profundo, dejando en un leve recuerdo la belleza que cautivara hasta al más altanero en días lejanos.
La puerta de su habitación soltó un chirrido que asusta, una forma de saludar al único visitante que era permitido por quien yacía preso de su propio cuerpo, alma y mente. Un aroma memorable se hizo presente, refrescando un poco del mortuorio olor de las medicinas y los frascos vacíos.
Un suspiro de cansancio fue disimulado con un paso de saliva por la garganta cerrada, su vista fija en la otra figura y con labios secos expresó:
—Por fin es el día de la boda…
Esa voz ya conocida se dejó escuchar resonando cual campana en su cerebro, arrancándolo de golpe de una visión lejana donde su mente se hallaba sumergida.
Pasos acercándose fueron perceptibles para su agudo oído de violinista, aún de espaldas pudo predecir la mueca de su mejor amigo; mirándolo con tristeza y lástima. Cuánto odiaba que lo vieran de esa maldita manera.
—No me veas de esa modo, sabes que me enferma más de lo que estoy —demandó con su voz cargada de contenida rabia, el otro no hizo más que suspirar y voltear la mirada hacia otro punto.
Le dolía ver a su amigo en esa situación, sus iris azules se aguaron pero no quería que el otro viera algún indicio de dolor en sus facciones y menos en su voz. Y es que en su garganta de italiano cantar, yacía un nudo ciego que dolía al pasar saliva.
—Deja que te ayude a vestir… —fue todo lo que aquel que se perdía por el panorama fuera de la ventana, pudo escuchar antes de elegir ponerse de pie de su improvisado asiento con dificultad.
—No es necesario que hagas esto —le dijo en un apagado murmullo, arrepentido de su tono anterior.
El de ojos azules le miró, armándose de una resignación que no tenía. Le sonrió como en antaño y negó suavemente con un movimiento de su cabeza.
—Eres mi mejor amigo, tú siempre has estado en mis buenos y malos momentos. Es justo que yo haga lo mismo, además te lo debo, Shura…
—Dante…
El nombre ajeno se fugó de entre sus labios curvados en un tenue sonrisa de gratitud y sentimiento. Shura veía en el rostro de Dante cuán difícil estaba resultando para él, el saber que estaba dejándolo un poco cada vez con el correr de los segundos.
La muerte se acercaba, lo presentía a la misma vez que su piel se iba poniendo cada vez más fría. La respiración le era cada vez más trabajosa y el sentido de vitalidad se le escapaba del cuerpo.
—Anda, démonos prisa o llegaremos tarde a tu boda. Estoy seguro de que quieres ver a Aioros por última vez —Dante le sonrió una vez más, haciendo un esfuerzo abismal por evitar dejar correr los cristales de sal que le hacían los ojos más brillantes de lo natural.
Shura no dijo nada más solo asintió en una muda afirmativa, dejándose hacer por su amigo de infancia, quien le desvestía y le vestía con parsimonioso cuidado.
Y luego de todos esos meses de ansiosa espera, Shura Capricornio pudo vestir aquel fino traje confeccionado para una ocasión especial. Mas ahora, le quedaba mucho más grande dado a su enfermedad. Su piel yacía más pegada al hueso, su rostro lucía marcadas ojeras y sus ojos de verde profundo se tiñeron de negra noche; sus cabellos habían perdido el brillo y sus atrayentes labios agrietados y marchitos, tenían el color de la nada.
—Es hora de irnos. ¿Te quedan fuerzas para andar? —Dante murmuró delicado. Shura asintió levemente—. Bien, entonces sujétate tan fuerte como puedas.
Dante le ofreció su brazo izquierdo a aquel pobre moribundo enamorado y entristecido. Y sin que Shura lo notara, el italiano tomó al pasar al lado del buró junto a la cama y cerca de la salida, el papel arrugado que se salvó del olvido el día que supo de la triste verdad de su amigo.
De prisa y sin delicadeza, apuñó el papel y lo metió casi a la fuerza en su bolsillo derecho. Era una revelación aterradora pero era importante que la llevara consigo.
♐️♑️
La pesadumbre se apoderaba minuto a minuto del ambiente, de las flores, de las nubes, de las almas… El desconsuelo llegaba primero, arrastrando el velo de la desolación y la soledad. El novio esperaba solemne a quien sería para siempre el mayor amor de su vida, no comprendía por qué en el último par de meses Shura se había negado a verle, siempre que iba a su hogar, le era negado hasta que un día de tantos, Dante le dio una carta escrita del puño y letra de su amado; en ella le hacía saber cuánto lo amaba y que pasara lo que pasara eso no iba a cambiar. Le decía también que estaría sin falta el día de su boda ya que ese sería el día más feliz de su vida.
Ahora Aioros suspiraba prisionero de los nervios más traicioneros, su corazón latía acelerado presintiendo que algo no estaba bien. La desesperación más absoluta lo hizo suyo y cuando estaba decidido a ir en búsqueda de su prometido, su hermano menor lo detuvo al darse cuenta de que un coche se acercaba.
Pronto los presentes identificaron al cochero de la casa Capricornio y entonces Aioros Sagittarius se permitió suspirar aliviado, pero tal sensación no estaba destinada a durar demasiado para su triste desgracia.
♐️♑️
El coche se acercaba con decidida lentitud a la entrada de la sencilla capilla. Aún desde la poca distancia los ocupantes del transporte podían distinguir a los invitados que les esperaban con sonrisas aliviadas y felices.
El día parecía oscurecerse aún más con el correr del tiempo, y Shura al divisar a Aioros entre el gentío y su algarabía, se permitió sonreír a la misma vez que una lágrima caía de su opaco ojo derecho, deslizándose por su rostro ahora demacrado y acelerando su corazón un poco más hacia la muerte al latir éste con genuina emoción.
Dante lo observó preocupado, sabía que lo que se avecinaba no era nada sencillo. Necesitaba asegurarse de que Shura no sufriera más todavía de lo que ya lo hacía.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? Aún podemos regresar —su mano cálida envolvió la fría del español, éste le dedicó una mirada suplicante antes de asentir.
—Sí, quiero hacerlo porque es la última vez que podré sentir el calor de Aioros, embriagarme de su aroma, perderme en sus ojos y llevarme ese bendito recuerdo a donde quiera que deba ir… Por favor, Dante, permíteme hacerlo —susurró con la voz y los labios temblorosos antes de llevar su mano libre con mucho esfuerzo a la mejilla izquierda de su mejor amigo.
Los ojos azules de Dante se agrandaron, y pronto se aguaron al comprender que esa era la última oportunidad de Shura para irse feliz. Debía hacerlo aunque le doliera en el alma, debía dejar que Shura por fin descansara.
—De acuerdo… —sujetó aquella mano delgada con la suya, antes de separarla de su rostro y llevarla a sus labios para depositar en el dorso gastado, un fraternal beso amargo.
♐️♑️
La puerta del coche fue abierta, descendiendo de él el joven italiano que pronto ayudaría a salir a quien una vez fuera un atractivo joven hombre de origen español. Las risas jubilosas se transformaron en cuestión de segundos en jadeos de asombro y espanto, al ver a aquel que caminaba lento y casi como un viejo muñeco de cuerda, sujeto del brazo del joven Dante.
Aioros no podía creerlo, no era posible lo que sus ojos le mostraban. Su amado Shura, ese que iba a ser su esposo, su compañero y complemento por el resto de sus días… No, no podía ser verdad.
Para Dante la expresión del griego no pudo ser ignorada, pero nada podía hacer para intervenir pues antes de bajar del vehículo, Shura le hizo prometer que no cedería a sus impulsos y que le permitiría a él manejar la situación. Dante no pudo más que apretar la mandíbula pidiendo a los dioses que Aioros tuviera misericordia de su amigo y que el amor que le juraba, fuera verdadero aún en la enfermedad como dictaban los sagrados votos que irían a dar ese día de haber sido todo diferente.
—¿Sh-Shura…? —balbuceó el heleno dejando a todos los presentes perplejos.
Dante desenlazó su brazo del de Shura, siempre cuidando que no fuera a caerse por la debilidad de su cuerpo. Pero en contra de lo que todos los demás creían, Aioros sin perder un sólo segundo, rompió la poca distancia que lo separaba del hispano y lo rodeó con sus brazos, mientras de sus ojos brotaba un inmenso llanto.
—¡¿Qué es esto, Dante?! —vociferó iracundo Aioria, el hermano menor de Aioros, a la vez que se le iba encima al italiano, tomándolo de las solapas.
Dante parecía ido, derrotado o ausente. Con descuido empujó al joven griego con su antebrazo, le miró con la mayor de las tristezas y antes de que Aioria dijera algo, sacó de prisa el papel casi hecho bola de su bolsillo derecho, arrojándoselo al de ojos verdes al pecho.
Con el entrecejo fruncido Aioria se agachó y recogió aquello del suelo, lo desdobló con enojo e impaciencia esperando leer cualquier cosa menos lo que estaba escrito ahí.
Era un diagnóstico médico de hace tres meses atrás, Shura fue diagnosticado con una enfermedad terminal y su esperanza de vida era de, a lo mucho, cuatro meses. Shura iba a morir irremediablemente…
Shura se aferró con fuerza a ese fuerte pecho que tantas noches de calor le regalara, inhaló el aroma de esa colonia que le hacía soñar despierto y se grabó en su memoria la sensación de protección que Aioros le transmitía.
—A-Aioros, perdóname. Siempre te voy a amar sin importar a dónde vaya…
El shock del susodicho era tan grande que no se dio por enterado cuándo fue que con su último aliento, Shura se había estirado lo suficiente como para depositar en su boca entreabierta, un último y sentido beso. Un beso de despedida y una promesa que va más allá del viento.
El cielo por fin lloró, la primera gota aterrizó sobre la frente de Shura que cerraba sus ojos por última vez, la segunda gota fue para Aioros que lloraba, pidiéndole a Shura que le viera una vez más. La tercera fue para Dante quien cayó de rodillas al suelo, víctima del sufrimiento de perder a quien quiso como a un hermano por tantos años y la cuarta cayó en la tierra que vio morir un corazón que sufrió toda su vida, y su destino era tan cruel que el día en que su felicidad pudo ser real, todo terminó entre los brazos de aquel que lo salvó en más de una forma, aunque fuera ignorante de un triste diagnóstico…
♐️♑️
