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Tumbado en el suelo con pistola en mano y la bala de esta aferrada en el interior de su pierna, todo en lo que Oda podía pensar era en Tachibana.
Después de asumir su derrota, sin embargo, y a sabiendas de aquello que planeó casi que en pánico por el temor que le traía que el hombre que amaba se diera cuenta de lo que le hizo a su hermana, ya apenas tenía fuerzas para luchar. Aquello que había intentando había terminado como un fraude de él mismo, y si exhalaba su último suspiro, al menos quería que fuera por el bien de la persona que tanto significaba para él, algo que nunca pudo conseguir en todo su esplendor; porque desde antes que conociera a Tachibana la reputación de Oda estaba manchada.
La realidad era que todas las consecuencias por aquello que realizó no habían hecho más que escupirle en la cara de vuelta: era como una maldición, afectándole secundariamente por el hecho de que conoció a Tachibana cuando ya había realizado aquello que acabaría con su relación. La realidad es que no podía huir de su destino ni aunque quisiera, pues tras cometer los actos más horrorosos inimaginables durante toda su existencia y que desembocaron afectando directamente al hombre que le hizo cambiar su rumbo en la vida, lo más probable es que su final ya estuviera escrito.
Y ya no tenía ningún valor arrepentirse ni tendría algo de fuerza rogar por el perdón de nadie; sobre todo cuando no se lo merecía y que un final con una bala dirigida hacia su corazón sería incluso demasiado pacífico para lo que se merecía. Oda lo sabía, de la misma manera en la que sabía que siempre había sido egoísta querer permanecer al lado de Tachibana, y aún así ni un millón de años dedicados a velar y optar por su bien podrían jamás sanar sus pecados del pasado.
