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Yo voy a protegerte, pues no hay nada igual

Summary:

Tal y como Charlie dijo "Tuvieron una reunión y él dijo ¡adelante matadlos a todos!" pero ¿Cómo vivió eso Lucifer?

Notes:

¡Hola a todos! Esta serie serán unos fics cortos desde el punto de vista de Lucifer. Siento que la serie omitió varios detalles y me gusta escribir cosas que puedan ser compatibles con el canon

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: La reunión

Notes:

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Chapter Text

Hacía años que Lucifer no salía de casa. No sabría decir exactamente cuándo se habían torcido las cosas. Sus hermanos arcángeles le dieron la espalda, el cielo que había sido su hogar le dio la espalda. A pesar de ello: del odio y la condena del mundo, había podido encontrar la serenidad y felicidad que daba el amor, pero por desgracia, aquello tampoco fue eterno. Se había distanciado de Lillith y de su hija pequeña y no sabía cómo volver recomponer esa relación.

 

En cierto modo, creyó que su familia estaría siempre unida, que al menos podría conservar eso. Aunque tampoco era la primera vez que se equivocaba, después de todo, nunca creyó que el libre albedrío pudiera corromper a la humanidad... “Eres un experto en destrozar las cosas ¿eh?” solía pensar con amargura. Estaba donde le correspondía, alejado de la luz de su hogar y encerrado en un reino donde iba la escoria que dañaba la creación. Estaba cansado de los pecadores: aquellos a quienes él había intentado guiar y que solo habían desatado su mayor maldad al llegar al infierno. Había intentado hablar con el cielo; quería descubrir si había posibilidad de redimirlos, pero nada había funcionado. ¿Cómo podía ser la creación tan maravillosa y horrible al mismo tiempo? 

 

De modo que había dejado de salir de casa. Después de todo, tenía todo lo que necesitaba en su palacio. Estar en casa era seguro, estar en casa le protegía… incluso si eso le alejaba de aquellos a los que quiso.

 

Y así, con el pasó el tiempo y las distracciones triviales, se fue esfumando todo lo que le había motivado… su familia… su reino… sus sueños…

 

Fue en un día corriente cuando, después de muchos años, el portal se iluminó. Lucifer lo sintió al instante; el portal era un círculo sagrado que había en una de las habitaciones de su palacio. El mismo cielo lo había puesto allí y era una vía de comunicación con ellos. Al fin y al cabo, ser el diablo no le impedía hablar con el cielo. Aunque a veces Lucifer había sospechado que ese portal servía para espiarle (razón por la cual estaba en la habitación más abandonada del palacio) su función era la de convocar reuniones. Reuniones que a Lucifer le aburrían muchísimo, se dedicaban a hablar de la gestión de las almas y los progresos de cada reino. Era una pérdida de tiempo. ¿Qué esperaban que les contara del infierno? ¿Qué habían descubierto nuevas formas de matarse entre ellos?

 

Lucifer suspiró con hastío cuando se asomó a la habitación. Esperaba haberse equivocado, pero no, el estúpido círculo sagrado estaba brillando.

 

“¡Por todo el infierno! ¿Qué es lo que quieren ahora?” pensó mientras se adentraba en el círculo de luz, miró hacia arriba y cerró los ojos esperando la respuesta.

 

“Lucifer Morningstar. Rey del infierno. El cielo solicita reunirse con usted” dijo una voz suave que manaba de aquella luz.

 

—¿Es necesario? Lo cierto es que no me importa lo que pase en el cielo, y el infierno sigue igual que siempre…— dijo Lucifer.

 

“Por favor, le rogamos su asistencia al punto de reunión dentro de veinticuatro horas. Es de vital importancia.” respondió la voz.

 

—Bien… allí estaré— respondió Lucifer con desgana.

 

El portal se apagó, sumiendo la habitación en penumbras.

 

—El cielo nunca escucha…— murmuró Lucifer con aburrimiento mientras salía de la habitación.

 

Habían dicho que su asistencia era de vital importancia. Lucifer no podía evitar poner los ojos en blanco con aquellas excusas. Seguramente solo sería otra estúpida reunión sobre los progresos de los reinos y el cuidado de las almas. Parecía como si el cielo no supiera que en el infierno las almas seguían destruyéndose entre ellas. Se consoló pensando en que seguramente la reunión no duraría más de una hora y que solamente tendría que sonreír a algunos ángeles que acapararían toda la atención.

 

 

 

El tiempo pasó con ligereza y, llegada la hora acordada, Lucifer materializó un portal para llegar al punto de reunión. No deseaba ir andando, y mucho menos pasear entre las almas de los pecadores que, seguramente, estarían destrozándose unos a otros por las calles.

 

El punto de reunión era un edificio de aspecto majestuoso. A aquel lugar no podían acceder las almas corrientes, solo aquellas que estuvieran autorizadas; era una zona neutral. Conforme avanzaba, se adentraba más y más en el silencio y la calma que reinaban en aquel edificio. La hoja de asistencia se materializó ante él. Era obligatorio firmar la entrada.

 

“Tan disciplinados como siempre”, solía pensar Lucifer.

 

La puerta de la sala de reunión se abrió ante él, quien avanzaba con paso seguro. Sin embargo, ni en el infierno ni en el cielo pudo imaginarse lo que iba a encontrar…

 

Cuando lo habitual en aquellas reuniones era encontrar a dos o tres ángeles que actuaban en representación del cielo, en esa ocasión se encontró a todo un séquito. Había al menos unos veinte ángeles, todos vestidos con ropajes celestiales que eran de un color perlado. Entre ellos, destacaba un individuo alto al que Lucifer no estaba seguro de conocer; sus vestimentas eran similares a la de los ángeles, pero con la distinción de bordados dorados. Y finalmente, lo que más le impactó, ante él se encontraba un serafín de apariencia femenina y gran altura.

 

Lucifer nunca supo cómo pudo ocultar su asombro. Esa no era la reunión que él esperaba. Por unos instantes se preguntó si había hecho algo para que lo apresaran… pero no podía ser eso ¿verdad? Sonrió para sí mismo. La idea de que el cielo lo convocara para arrestarlo tampoco era muy descabellada.

 

—Saludos Lucifer Morningstar— dijo el serafín con amabilidad —Agradecemos su asistencia, a pesar de que le hemos avisado con poca antelación.

 

—Ya. No importa— dijo Lucifer tomando asiento. Aunque las palabras de aquel Serafín eran amables, una sala rodeada de ángeles no le transmitía confianza. Por no hablar de aquel tipo que vestía parecido a ellos y que no dejaba de mirarle con expresión burlona.

 

—Soy Sera. Nos conocimos brevemente cuando usted vivía en el cielo, no sé si usted me recuerda— dijo el serafín.

 

Los ojos de Lucifer se abrieron de sorpresa. Realmente le resultaba familiar, pero el nombre Sera lo asociaba a un serafín mucho más joven y de rasgos más inocentes ¡El paso del tiempo es increíble!

 

—¡Vaya! Si que te recuerdo, aunque has cambiado bastante. Puedes tutearme, no me van las formalidades— dijo Lucifer.

 

—¡Oh! Gracias. Ahora soy un alto serafín. Me ocupo de la protección del cielo— puntualizó Sera.

 

Tras unos minutos de charla intrascendente, durante los cuales Lucifer se habría sentido cómodo de no ser por la presencia de todos aquellos ángeles, Sera finalmente abordó el tema de la reunión.

 

—Como sabrás, Lucifer. La población en tu reino ha aumentado considerablemente— dijo Sera adquiriendo un tono más serio.

 

—Ah, claro— respondió Lucifer, ocultando que en realidad no tenía ni idea, porque no había salido de su palacio en años.

 

—Verás, hemos estado pensando durante mucho tiempo que hacer— siguió Sera —La protección del cielo es algo vital—

 

Lucifer no pudo evitar poner los ojos en blanco. Si ¿Cómo no? Las necesidades del cielo eran siempre lo primero.

 

—Hemos llegado a una solución. Una que puede ayudar a la sobrepoblación en tu reino y nos gustaría contar contigo— dijo Sera, materializando en sus manos un pergamino que le entregó a Lucifer.

 

Lucifer miró a Sera con duda antes de empezar a leer aquella especie de formulario. Cada palabra que leía hacía que su ceño se frunciera aún más. La diferencia numérica entre las almas que entraban al infierno y las que ingresaban al cielo era abismal. Tanto que el cielo temía que pudiera producirse una rebelión. Lucifer se habría reído ante aquella suposición, de no ser por el horror que implicaba la solución que el cielo quería aplicar…

 

—Esto es absurdo— dijo Lucifer, incrédulo.

 

—Tienes que entenderlo, Lucifer— dijo Sera en tono serio —Nosotros preservamos almas puras. Tienen que estar a salvo—

 

—Y me parece bien, pero no sabéis cómo funcionan los pecadores. Son almas desordenadas, dolidas y en caos. No escuchan y apenas son capaces de organizarse entre ellos. Es imposible que logren organizarse para derrocar al cielo— dijo Lucifer, esperando encontrar algo de compresión en Sera. Ella solo suspiró.

 

—Lucifer, sabemos que no tienes intenciones hostiles hacia el cielo. Pero hay otros demonios ¿no es así? Pecadores que se han hecho poderosos sometiendo a otras almas ¿Qué crees que pasará cuando sientan que el infierno no es suficiente para ellos? ¿Cuándo ambicionen más? — preguntó Sera.

 

—Que no lograrán nada, nunca van a alcanzar un poder semejante al del cielo y son incapaces de crear alianzas que puedan suponer una amenaza para vosotros—

 

—Lucifer se razonable…— susurró Sera.

 

—¡Lo estoy siendo! — replicó Lucifer con vehemencia.

 

—No estamos hablando de desestabilizar tu reino. Tanto el infierno como el cielo son esenciales para el equilibrio de las almas humanas. Solo se trataría de eliminar algunas almas echadas a perder— dijo Sera, manteniendo la calma.

 

“¿Solo?” musitó la mente de Lucifer.

 

—Esto es ridículo— dijo Lucifer, sin dar crédito a aquella situación— ¿Y para que me habéis llamado? Si siempre hacéis lo que os da gana— dijo, fulminando con la mirada a todos los que había en la sala.

 

—Queremos pedirte que no intervengas, Lucifer. Sé que es duro hablar de exterminar a tu gente, pero debes comprenderlo— dijo Sera en un tono que intentaba ser conciliador.

 

Lucifer desvió levemente la mirada. No es que considerara a los habitantes del infierno su gente. Lo cierto es que después de tantos años intentando encauzarlos, los había terminado aborreciendo. Pero una cosa era su desencanto con la humanidad y otra muy distinta exterminar almas.

 

—¿Y en el cielo aprueban esto? —preguntó Lucifer —Quiero decir… son almas. También fueron humanos en la Tierra, no son tan diferentes…—

 

—El cielo está dispuesto a hacer lo que sea necesario— dijo Sera, desviando levemente la mirada. Lucifer no supo si era por vergüenza o porque estaba mintiendo.

 

—¿Y si pudieran ser redimidos? — Lucifer se arrepintió casi al instante de haber dicho eso. Pudo captar algunas miradas incrédulas y sonrisas burlonas entre los ángeles que le rodeaban; por otro lado, Sera mantuvo su rostro impasible.

 

—Mi antecesor ya me habló de esa idea tuya. Un proyecto algo descabellado, siento decir— dijo Sera. No estaba seguro de si era su actitud normal, pero realmente parecía no querer ofenderle —Lucifer, tú mejor que nadie sabes que un alma que llega al infierno está corrompida. No va a cambiar nunca—

 

—No tiene por qué ser así. Es cierto que hay algunos que jamás cambiarán y por ello no deben salir de aquí, pero hay otros muchos que cometieron errores o ni siquiera tuvieron el suficiente tiempo en la Tierra para vivir una vida plena que les hiciera ser dignos del cielo— Sera entrecerró los ojos, claramente incomoda de adonde iba aquella conversación —Mira, lo que digo es que si hubiera forma de que fueran al cielo, no habría necesidad de esto—

 

—¿Has puesto en práctica esa idea? ¿Tienes algún resultado? — preguntó ella.

 

—No. Aún no lo he intentado— mintió de forma descarada. Lo cierto es que lo hizo hace años. Esa idea le había rondado desde el inicio de la entrada de almas a su reino. Cuando por fin fue consciente de las diferencias entre las almas que iban llegando. Pero los pecadores apenas escuchaban; acabó siendo muy frustrante no poder obligarles a comportarse, pero eso era el libre albedrío después de todo.

 

—Quizás pueda hacerse, pero necesitaría tiempo…— empezó Lucifer.

 

—¡Menuda gilipollez! —

 

Sera se sobresaltó brevemente ante la intervención del tipo con vestimentas angelicales con bordados dorados.

 

—Adán, ¡ten respeto! — lo reprendió ella.

 

Lucifer se quedó boquiabierto ¿Adán? ¿Acababa de llamarle Adán? ¡Por todo el infierno! Ahora entendía porque ese idiota le resultaba familiar.

 

—¿Qué? ¡Estoy diciendo lo que todos estáis pensando! Solo estáis perdiendo el tiempo en algo que es una gilipollez— dijo Adán acercándose a Lucifer con expresión desafiante.

 

—Cuida tu lengua, chaval— dijo Lucifer en tono amenazador.

 

—¿O qué? ¿Me vas a matar? — Adán sonrió burlonamente.

 

—¡Adán! — le regañó Sera.

 

—¿Qué? ¡Estoy hablando en serio! El problema aquí es que a nuestro amigo Morningstar hay que explicarle las cosas como si fuera un niño— Adán se encaró a Lucifer —Mira, amigo, esto va a pasar te guste o no. La única razón por la que estamos aquí es porque algunos de ahí arriba aún tienen consideración hacia ti —hizo una pausa mirando a Sera —Pero estoy seguro de que sabes lo que te conviene ¿No querrás que el exterminio afecte a…? ¿Cómo se llama…? Es un nombre que suena a marimacho… ¿Charity? ¿Charlotte? —

 

Un fogonazo de fuego estalló en la sala.

 

—¡No, por favor! ¡Lucifer! — gritó Sera, pero Lucifer no escuchaba.

 

La reacción fue tan rápida que ni él mismo fue consciente de lo que hizo. Su silla volcada en el suelo, sus pupilas teñidas de rojo, el fuego ardía en su cabeza y sus manos apretando la garganta de Adán, a quien había estrellado contra la pared. Pudo oír como todos los ángeles sacaron sus armas apuntándolo. Un quejido de dolor emergió de Adán, seguido de una risa divertida.

 

—¡Vaya! ¡Parece que he tocado un nervio sensible! — dijo Adán fingiendo diversión mientras intentaba quitarse las manos de Lucifer de encima.

 

—¡Suéltele ahora mismo! — gritó uno de los ángeles. Adán no dejaba de reir.

 

—Lucifer, no tenemos que llegar a esto…— dijo Sera con un tono de voz que delataba pánico.

 

—¿¡Te parece divertido!?— rugió Lucifer usando su voz demoniaca.

 

—No, pero me parece interesante ver como un demonio se descontrola en presencia del cielo. ¿No te das cuenta de dónde estás? — dijo Adán sin perder su expresión burlona.

 

Lucifer lo sabía, era consciente de todas las armas angelicales que le estaban apuntando, pero no pensaba dejar que ese idiota le intimidara.

 

—¿Y crees que no soy capaz de destriparte antes de que ellos me ataquen? — gritó, poniendo más nerviosos a los ángeles que le rodeaban.

 

—¡Claro! No eres más que un salvaje ¡Seguro que puedes hacerlo! —dijo Adán sin perder su tono divertido —Pero ¿qué crees que pasará después? —

 

Un atisbo de duda se filtró entre la ira de Lucifer. La imagen de su hija Charlie siendo apuntada por todas las armas que ahora le amenazaban a él. Si, podía defender a Charlie de una veintena de ángeles, pero ¿protegerla del cielo? Era un sabor amargo, la inevitable realidad de ser consciente de que su poder no era suficiente para proteger a su hija.

 

¿Por qué estaba luchando? Bueno… ese gilipollas le había provocado, pero habían ido a hablar sobre los pecadores. Esas almas que tanto le habían decepcionado. No, no valían la pena… El fuego se fue disipando y las pupilas de Lucifer volvieron a aparecer entre el rojo de sus ojos, sus manos se aflojaron lentamente soltando a Adán.

 

—Buen chico— dijo Adán saboreando su victoria.

 

—Cierra la boca, Adán— dijo Sera en tono severo, fulminándolo con la mirada.

 

Con movimientos lentos y sin mirar a nadie, Lucifer se dio la vuelta, colocó su silla y volvió a sentarse, dejando atrás su forma demoníaca.

 

—Lucifer, yo…— empezó Sera.

 

—No quiero hablar más de esto— murmuró Lucifer, sintiéndose derrotado —Lo firmaré, pero solo con una condición: No podréis hacer daño a ningún nativo del infierno y eso incluye a mi hija. Si no cumplís esa norma, os las veréis conmigo—

 

—Me parece razonable— respondió Sera — Colocaremos un sello sagrado en tu palacio. Durante los días previos y posteriores al exterminio, deberás permanecer allí, en caso de que salgas perderás parte de tu poder. Entiendo que es algo drástico, pero necesitamos asegurarnos de que cumples tu parte del acuerdo—

 

Claro ¿Cómo iban a confiar en él? A Lucifer ya no le sorprendía nada de lo que el cielo hiciera. Sera tomó el pergamino que le había entregado y fue modificando las condiciones del acuerdo. Se lo volvió a pasar a Lucifer, quien, en silencio, se tomó su tiempo para leer línea por línea. Todo parecía bien, no parecía haber nada que pudiera poner en peligro a Charlie, aunque no pudo evitar hacer una mueca ante una de las últimas condiciones.

 

—¿No podré decir nada sobre el acuerdo que voy a firmar? — inquirió.

 

—Pienso que es lo mejor para tu seguridad. Ningún demonio se podrá aprovechar de tu confinamiento durante el exterminio— dijo Sera en un tono que sonaba amable, o al menos lo intentaba.

 

“Otra forma de decir que no queréis que sepan que teméis que intervenga”, pensó Lucifer.

 

Pero ya no importaba. Estaba cansado, quería marcharse de aquel lugar y, a ser posible, no volver a ver a un ángel jamás. Era una condición que podía cumplir.

 

—Está bien— murmuró.

 

Lucifer volvió a tomar su forma demoniaca. Con una de sus garras se hizo un corte en el pulgar y llevó la sangre hacia el pergamino para dejar su marca. Una vez firmado el documento, Sera pareció relajarse.

 

—Has hecho lo correcto— dijo ella mirándole con una compasión que a Lucifer le repelía —Solo son almas que se desperdiciaron, no serán una gran pérdida y…—

 

Sera detuvo su frase al notar la forma en la que Lucifer la miraba. Este soltó una risa sarcástica mientras negaba con la cabeza.

 

Lucifer se levantó con ligereza mientras se colocaba el sombrero. Se dio media vuelta y se marchó sin decir nada. Materializó un portal en el pasillo. Se sentía exhausto y lo último que deseaba era salir a la calle y ver a los pecadores que rondaban por allí.

 

 

La tranquilidad de su palacio le abrazó; al menos, era un consuelo. Intentó distraerse con sus hobbies: pintaría sus patitos. Estaba seguro de que alguno le gustaría a Charlie, quizás debería hacer alguno que moviera las alas… pero lo sucedido en la reunión acudía a su mente una y otra vez. Su mano tembló con el pincel, estropeando el quinto patito que había intentado pintar en la última media hora…

 

Dejó caer el pincel, dándose por vencido. Se llevo las manos a la cara apoyandose en la mesa del taller…

 

—¡Maldición! — gritó furioso, golpeando con ambas manos la mesa.

 

Aquello no fue suficiente: lanzó su silla lo más lejos que pudo, golpeó los muebles con fuerza y destruyó sus creaciones.

 

Los odiaba, los odiaba ¡los odiaba a todos! Odiaba a Sera con su condescendencia y falsa amabilidad, odiaba al imbécil de Adán y su fanfarronería, odiaba a los estúpidos ángeles, odiaba al cielo que le había dado la espalda, odiaba a los pecadores que eran viles e incapaces de cambiar, pero, sobre todo, se odiaba a sí mismo por dejar que ellos aplastaran su espíritu…

 

Se dejó caer contra la pared. Se miró las manos; las tenía ensangrentadas, se las había destrozado golpeando sus cosas, pero no sentía el dolor…

 

En su mente solo se repetía la misma pregunta…

 

“¿Qué pensará Charlie cuando sepa que yo he permitido esto?”

Notes:

Espero que te haya gustado, si es así deja tu kudo o comentario. Estoy más que encantada de leerte.