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Los humanos son seres interesantes, individuos impredecibles y complejos de entender. Cada uno de ellos era un mundo, único entre los miles de millones de personas que existían en el plano terrenal, diferentes tanto en su físico como en sus ideas y pensamiento. Vivían su propia realidad y actuaban conforme a ésta; entre ellos mismos era difícil descifrar que pasaba en la cabeza de otros. Si existían conflictos entre la misma especie, no era de extrañar que Lucifer se sintiera tan alejado de los súbditos que habitaban en su reino.
El señor soberano del infierno, quien se suponía que estaba por encima de todos, se sentía como alguien sobrante entre su gente por el simple hecho de desconocer lo que era ser un ser humano, no compartía el mismo origen que todas esas almas que le rodeaban. Él alguna vez fue un poderoso ángel, una figura que en sus tiempos de gloria brilló tanto como las estrellas en el cielo, que pasó a ser uno de los caídos y gobernar el abismo al que fue exiliado. Tenía un asombroso historial, sin embargo, en las dos etapas de su vida siempre miró al humano desde la lejanía; Lucifer nunca pudo comprenderlos, gran parte del tiempo no podía entender porque actuaban de cierta forma.
Cuando pensó que finalmente podría sentirse más cercano a estos seres con ayuda de Lilith, nada salió como esperaba. Su esposa era una humana, por lo que no tardó en hacerse con el poder del infierno al entender a cada pecador que habitaba en este. Lucifer fue relegado primero por el cielo y después por sus tierras, a causa de esto sentía que no había a un lugar en los tres reinos donde realmente perteneciera.
Pensó que al menos le sería permitido una luz en su vida y un rol al cual apegarse con la llegada de su hija, pero ese taller, donde solía reprimir su creatividad creando juguetes en forma de patos y los cuales usaba para alegrar a su pequeña con grandes historias, pronto perdió su color cuando Lilith comenzó a reducir el número de visitas de la pequeña Charlie, debido a la inestabilidad y depresión que Lucifer se encontraba pasando.
―Contagiar a nuestra hija con la tristeza de tu trágico pasado no es bueno, Lucifer ―fue lo que dijo Lilith en el último encuentro que tuvieron―. Me hace preguntas acerca del tema… Y todo sabemos lo que le pasa a esta familia cuando pregunta de más ―con sus palabras siempre directas y crueles, Lucifer entendía porque era mejor soberana que él al lidiar con los pecadores.
Aislado en su sombrío taller, bajo un completo silencio y rodeado de patos de todos tamaños y colores, Lucifer se encontraba recostado sobre su mesa de trabajo, agobiado por todo el ruido que había en su cabeza. La última conversación con su esposa fue dura de sobrellevar: revivió muchos recuerdos del pasado, le obligó a afrontar la realidad de su presente y le hizo temer por el posible futuro. Abriendo los ojos para darse cuenta que estaba haciendo con su vida, sólo le recordaba que era un ángel caído rodeado de crueles almas humanas, que le mantenían consciente día tras día que se encontraba en un oscuro abismo gracias a su atrevido actuar hace siglos.
El puño de Lucifer aterrizó sobre la mesa provocando que temblara con violencia. Por muy frustrado que se encontrara, se percató de que algo no estaba bien; su piel no sintió la rasposa madera, sino la textura del papel enrollado, aplastado y arrugado. Levantó lentamente la mirada, percatándose de que, bajo su puño, había golpeado un bonito pergamino que había aparecido de la nada, ya que no recuerda haberlo visto hace unos minutos.
Al tomarlo entre sus manos, arqueó inconscientemente las cejas ante la confusión, para después dar lugar al shock. Trató de mantenerse tranquilo, pero nuevamente todo su pasado volvió a abrumarlo. Las pupilas de sus ojos temblaron al mantenerse fijas sobre un pergamino como ese. Lucifer no necesitaba abrirlo para saber de dónde provenía. Los diseños y colores que decoraban los bordes del papel revelaban claramente que eso había llegado del cielo, probablemente arrojado desde un portal en medio de su silenciosa crisis.
¿Por qué un objeto de ese tipo llegó hasta él? Lucifer sabía que no había motivos para que el cielo le contactara, nunca se le pedía opinión y presencia, aunque se tratara de cosas relacionadas con su reino. Miró frenéticamente de un lado a otro, sin encontrar nada fuera de su lugar, confirmándole que estaba solo.
―Tal vez es para Lilith… ―se dijo en voz alta, con un ánimo decaído reflejado en su rostro. El cielo no quería saber nada de ellos, eran repudiados, pero si tuvieran que elegir a alguien con quien tratar un asunto, Lucifer estaba convencido que buscarían a Lilith al ser ella quien verdaderamente guiaba los nueve anillos infernales.
Todavía abrió el pergamino para corroborar sus pensamientos, pero grande fue su sorpresa cuando notó que su nombre estaba escrito en el primer renglón, él era el destinatario. Sus ojos se abrieron grandes, sin saber si alegrarse por la pequeña pizca de reconocimiento o temer al ser su presencia solicitada en el cielo.
Leyó dos veces el contenido para cerciorarse de que no se tratara de alguna mala broma, pero la firma de un antiguo colega y hermano estaba al final, tan pulcra y elegante como recordaba; una triste nostalgia invadió el corazón de Lucifer. Aunque la caligrafía del cuerpo de la carta era poco refinada y con una redacción básica, la firma de un arcángel estaba sobre el papel.
Un sentimiento complicado se resguardó en el pecho de Lucifer, todavía dudoso de lo que tenía en manos. La incomodidad de un mal presentimiento perturbaba su cabeza, pero decidió ignorarlo con las mismas fuerzas.
Sus ojos miraron a través de la ventana, viendo al cielo carmesí adornado por un gran pentagrama rojo, el sello que limitaba el alcance del infierno y que mantenía a salvo el plano de las tierras celestiales. Lucifer regresó sus ojos a la información del pergamino, al párrafo específico donde se señalaba la fecha, hora y lugar al que debía acudir para un tema a tratar.
[…]
Lucifer esperó pacientemente alrededor de una hora en el sitio acordado, un lugar remoto y de difícil accesibilidad para pecadores comunes, muy alejado de la sede del cielo donde era usual que versiones no corpóreas de sus representantes bajaran para hablar con Lilith. A Lucifer le pareció extraño verse en un lugar que no fuera en la base divina, pensó que debería haber una razón tras ello, pero todavía se encontraba desconfiado.
Cuando había pasado más de hora y media, Lucifer arrojó el pato de goma con el que jugueteó todo este tiempo y se dispuso a irse. Sus ojos se tornaron en un rojo brillante ante la furia que explotó en su interior, enojado de caer tan fácilmente en una broma tan ridícula. Estaba por salir volando para buscar a un responsable, pero una luz dorada lo iluminó por la espalda, obligándolo a detenerse.
Se giró precipitadamente para encontrarse con una abertura en el espacio: un portal que irradiaba luz dorada en sus bordes, en su centro mostrando la imagen de un pasillo blanco hecho de mármol. Los rasgos demoníacos de Lucifer desaparecieron, regresando a su apariencia sencilla y habitual. Sus ojos temblaron ante la imagen que tenía a un solo paso de él. Permaneció allí pocos segundos, con el portal iluminando su rostro, antes de exhalar profundamente y atravesar hacia el cielo mientras aguantaba la respiración.
Fue irreal pisar un suelo tan reluciente, una sensación extraña le invadió cuando estuvo consciente de que ingresó al cielo, pero cuando quiso dar marcha atrás, el portal que conectaba al infierno ya había desaparecido.
―Mierda, no, no, no ―dijo en repetidas ocasiones al mismo ritmo que su acelerado corazón. Lucifer mordió su labio inferior al haber perdido su única salida, no sabía a dónde dirigirse a continuación.
Sus ojos se desviaron a los ventanales que abarcan completamente una pared del pasillo, mostrando una hermosa vista panorámica de lo que era el reino celestial. Lucifer quedó anonadado por el repentino cambio de ambiente, ya que los colores del infierno no tenían nada que ver con lo que contempló en ese momento: grandes edificios con una exquisita arquitectura, colores alegres por todos lados, un cielo despejado y un radiante sol que bañaba toda la ciudad con la luz de la vida.
Esta vista no era nada similar a lo que recordaba, pero sin duda era agradable ver el avance que el cielo había tenido, no era nada comparado al desastre que es el infierno, el cual parecía componerse únicamente por trincheras y campos de batalla, además de gente desquiciada que vivía entre ruinas y escombros. Los conflictos que alguna vez sacudieron el mundo mortal permanecieron después de la muerte, siendo todo lo contrario a la tranquilidad en el cielo.
Lucifer tuvo sentimientos encontrados, el cielo no hubiera cambiado en absoluto si él no hubiera interferido con el destino de la humanidad. El sufrimiento sin fin de las almas mortales en el infierno y la adaptación del cielo, era todo por su causa, todo lo que le rodeaba era lo que surgió de sus acciones. Tragó saliva con nerviosismo ante tan repentinos pensamientos.
Perdido en su mente, Lucifer permaneció de pie mirando por los grandes cristales, sin darse cuenta de que una pequeña esfera plateada se balanceaba energéticamente a su lado, anhelando captar su atención. No fue hasta que la bola de luz hizo un escandaloso ruido, similar al de una trompeta, que Lucifer pegó un brinco y se giró alarmado hacia donde provenía el sonido. Sus rasgos demoníacos salieron a la luz ante su actitud defensiva, volviendo a ocultarse al notar que era una simple esfera.
―¿Qué es? ―Lucifer frunció el ceño cuando la esfera se alejó por el pasillo, dando pequeñas pausas para comunicarle con simples movimientos que le siguiera.
El soberano del infierno caminó por donde se le guiaba, saliendo de un pasillo para entrar a otro, siguiendo la luz. Fueron un par de vueltas por las instalaciones celestiales, algo que empezó a ser tedioso para Lucifer. Se quejaría si no fuera por la extraña sensación que se apoderaba de su cuerpo, sintiendo que algo estaba mal; ningún alma o ente había aparecido desde que su recorrido inició.
―Bueno, pequeño ser de luz ―sonrió Lucifer a la esfera.― ¿Sabes el motivo por el que me solicitaron subir? Lo que mandaron decía que era algo urgente y confidencial, tanto para necesitar la presencia del gran rey del infierno ―rio mientras inflaba su pecho, tratando de ocultar su nerviosismo.― ¿Todos deben estar en algún tipo de junta secreta? ¿Es por eso que está todo desértico por aquí?
Pero la esfera no respondió, en primer lugar, Lucifer no estaba seguro de que pudiera hablar o fuera un ser pensante. La luz sólo cumplió con guiarlo hasta una puerta en lo más recóndito de las instalaciones, la cual dejó ver una interminable escalera que guiaba a un lugar misterioso y subterráneo. Las manos de Lucifer sudaron ante el mal presentimiento y exclamó hacia la esfera.
―Oye, más vale que me digas que está pasando aquí si no yo- ―toda palabra de Lucifer fue opacada por el fuerte estruendo de una trompeta, de la misma manera su vista fue cegada con una explosiva luz proveniente de la esfera.
Lucifer gritó por la sorpresa de ser cegado y ensordecido repentinamente, forzándolo a retroceder, sin percatarse que estaba dando la espalda a la aterradora escalera. Con un paso en falso, Lucifer perdió el equilibrio y maldijo entre gritos al comenzar a rodar por los escalones, golpeándose repetidas veces sin poder llegar a detenerse.
Fue un alivio cuando finalmente llegó al final del camino, rodando un poco más por el suelo firme y quedándose inmóvil, mordiéndose el labio al soportar el dolor en su cuerpo magullado. Sus extremidades no le obedecían, estaban lo suficientemente lastimadas para no poder moverse. No obstante, Lucifer se forzó a ponerse de pie, chillando de dolor con cada esfuerzo. Estaba realmente molestó e indignado, pero la conmoción se redujo al percatarse de donde había parado.
Un gran salón con un techo bastante alto, sostenido por innumerables pilares de mármol, iluminados por las velas que bajaban en forma de espiral ubicadas en estos mismos. Algunos candelabros colgaban en ciertas partes del techo, ubicados estratégicamente para iluminar cada punto del lugar, el cual sólo era un sitio vacío. Lucifer se sintió muy pequeño dentro de ese sitio, además de tonto por terminar tan fácilmente en una situación que gritaba peligro.
No lo pensó dos veces y se giró para irse, pero las escaleras por las que había llegado ya no estaban. Tragó saliva al percatarse de que estaba jodido.
―No, no, no ―se lamentó en voz baja, caminando con grandes pasos para buscar una salida, pero no avanzó mucho hasta que una voz fría llegó a sus oídos.
―Realmente no esperaba contar con tu presencia en esta reunión.
Lucifer detuvo cualquier movimiento, congelándose en su sitio y adoptando una postura firme por la sorpresa. Sus ojos se fijaron a un punto muerto, temblando al negarse a escuchar al dueño de esa voz, que se encontraba tras de él a unos metros de distancia. La piel del rubio se erizó y su cuerpo empezó a temblar de forma desapercibida, luchando para no exponerse.
―¿Cómo puedes tener la osadía de pisar tierra santa sabiendo los desastres que causaste? ―la voz era firme pero delicada, intentando reprimir un tono prepotente con una tranquilidad fingida.
Dando un suspiro, Lucifer se dio la vuelta para plantar cara a aquel que le llamó. Como ángel caído y exiliado del cielo, muchos hechos le habían marcado; demasiados seres estuvieron presentes en cada uno de ellos. Pero sobre todas las cosas, nunca olvidaría al dueño de esa voz, el responsable de darle el último golpe y hacerle caer al punto más bajo de la existencia, sacándolo del reino de los cielos.
Los ojos rubí de Lucifer hicieron contacto visual con unos penetrantes ojos zafiro. Ese momento sacudió a ambos seres en un silencioso deja vu, transportándolos brevemente al pasado. Lucifer apretó los puños, indeciso de que hacer o qué decir ante la ilegible expresión del arcángel Miguel.
―Cuanto tiempo, Miguel… ―susurró tras unos segundos de pesado silencio, no sabía cómo reaccionar ante la sospechosa y tensa situación.
―Responde a mi pregunta ―insistió una vez que Lucifer habló. El recelo en su voz era cada vez más evidente.
Lucifer hizo una mueca complicada ante la guardia alta de Miguel. ―Los cielos solicitaron verme para hablar de asuntos importantes, eso es todo ―respondió secamente, cruzándose de brazos y girando hacia otro lado.
Fue inevitable que Miguel levantara una ceja al ver la postura decidida de Lucifer. ―¿Oh? Lucifer, rey del infierno, sabes perfectamente que ya no tienes voz ni voto en el cielo. Entonces, ¿Por qué haces algo tan ridículo conociendo tu lugar?
―Para tu información, niñito bueno, he sido convocado aquí por Gabriel ―levantó un poco más la voz.
―¿Ah sí? ―una esquina de su labio se elevó ligeramente, a modo de burla―. Aun así, con todo e invitación, debes de ser consciente de tu inferioridad.
Un tic se presentó en el ojo derecho de Lucifer. Inhaló y exhaló tranquilamente, luchando por no arrojarse contra el arcángel. ―Sí, lo que digas. ¿No está Gabriel por aquí, o tal vez algún ser de verdadera autoridad? No quiero perder más el tiempo contigo.
―¿Realmente te crees muy importante? ―Miguel disfrazó su furia con una carcajada burlesca, avanzando hacia Lucifer con peligrosos pasos.
―Lo soy, pero obviamente el cielo no lo considera así ya que mandaron a alguien de rango inferior para tratar conmigo.
Era evidente el lugar de Miguel dentro de la jerarquía del cielo, siempre se encontró en una posición mucho más alta que Lucifer, pero el actual rey del infierno sabía cómo herir el orgullo del arcángel: sólo bastaba molestarle con comentarios que minimizaran la importancia de su papel. Aunque todo mundo supiera que eran comentarios falsos, Miguel refutaría por orgullo. Lucifer rio en sus adentros al saber que los viejos trucos seguían funcionando.
―¿De verdad pensaste que era genuina esa invitación?
Miguel soltó de imprevisto ese comentario debido a su rabia, confirmando de alguna forma las sospechas de Lucifer. En la cara del ángel caído se reflejó la frustración, cosa que no pasó desapercibido por el arcángel, quien aprovechó la oportunidad para favorecerse en la discusión y enmendar las palabras de más.
―Pobre Lucifer, cayendo en una trampa tan obvia, ¿Tanto es tu anhelo por el cielo, que no dudaste en ningún momento? Recuerdo que eras un poco más inteligente ―la distancia entre ambos era cada vez más corta―. No diste ni un paso atrás a pesar de la extraña forma de traerte hasta aquí, con tanto secretismo de por medio; claro que nos da vergüenza que los tres reinos se enteren que tuvimos contacto contigo, pero de todos modos ese no es nuestro estilo para transportar gente al cielo ―una sonrisa cruel adornó el rostro de Miguel, desapareciendo la elegancia de su ser―, tú deberías ser traído en una jaula cual perro.
La compostura de Lucifer también desapareció ante las provocaciones de Miguel, no pudo evitar caer ante sus palabras, parecía que él tampoco había cambiado. Sus ojos se tornaron de un intenso rojo al clavarse en la figura de Miguel, su transformación demoníaca se manifestó en seguida; sus tres pares de alas se extendieron de forma escandalosa, causando una fuerte ráfaga que apagó las velas cercanas.
El arcángel no se inmutó a pesar de sentir la energía maligna a metros de él, acumulada en la figura imponente entre las sombras. Miguel hizo una mueca de repulsión al ver en lo que se había convertido, el que antes fue, su hermano. Con un ademán, Miguel invocó su espada y adoptó una posición de lucha. Los ojos zafiro del arcángel brillaron decididos, sosteniendo la mirada a los ojos demoníacos en la oscuridad.
―Parece que quieres un segundo round.
―Déjame ir, pedazo de mierda ―gritó Lucifer. Llamas infernales escaparon de sus labios al vociferar con su voz demoníaca―, o haré caer todo este lugar.
―No te conviene. Si lo haces, esta vez no te dejarán salir con vida, ni a tu familia.
Las llamas infernales explotaron en los cuernos de Lucifer, la energía demoníaca que emanaba se hizo más fuerte con esto, siendo obvia su presencia. Al mismo tiempo, los pilares y las paredes de mármol a su alrededor se vieron rodeados por símbolos brillantes, revelando algún tipo de sello cuando Lucifer desató su poder.
Con esta nueva imagen ante él, Lucifer analizó rápidamente lo que estaba pasando, dándole respuesta a una de las muchas incógnitas que tenía de la situación: Miguel lo atrajo a un lugar recóndito con el propósito de encerrarlo en una habitación sellada bajo algún conjuro, que no permitiera que seres externos se percataran de la posible lucha que estaba por acontecer. Al exterior de la habitación, nadie se enteraría de que el bien y el mal estaban luchando por segunda vez.
Miguel estaba actuando a las espaldas del cielo, pero a Lucifer le daba igual si sólo fuera un complot de un solo arcángel o de todo el cielo, necesitaba encontrar una manera de escapar. Pero cuando estaba dispuesto a dialogar, Miguel liberó un estado de poder divino tan poderoso, el cual impactó contra el estado de poder maligno de Lucifer. El rey demonio fue obligado a entrar en la lucha, siendo tomado por sorpresa al no esperar que Miguel desatara tanto poder al instante.
¿El sello que les rodeaba era tan poderoso para ocultar el estado de Miguel? ¿Iba a pelear con todo lo que tenía, como en aquella ocasión? Lucifer pensó en ello mientras escupía un poco de sangre. Si el cielo estaba destinado a no darse cuenta de esta batalla, entonces Lucifer tampoco temía en darlo todo. Ya no era el mismo desde la caída, su poder había crecido considerablemente desde que la fuente de su fuerza estaba ligada al lugar más siniestro y desamparado de la existencia.
―¡¿Cuál es tu razón de traerme hasta aquí?! ―bufó―, ¡¿Sólo tirar mierda?!
Miguel rechinó los dientes. ―No tienes idea de cuánto odio he acumulado hacia ti en todos estos años. Durante los siglos y siglos que he observado las acciones de la humanidad, hace que me lamente de no haberte hecho desaparecer ―el agarre en su espada se apretó, revelando venas en el dorso de su mano―. No puedo soportar ver en lo que se ha vuelto la creación de nuestro señor gracias a tu intervención. Todo es tu culpa, ¡Darles libre albedrío transformó a una perfecta creación en la peor desgracia que los cielos hayan visto!
―Parece que ya lo has olvidado, pero siempre aclaré que no tenía malas intenciones ―Lucifer tembló ligeramente, resignado a que Miguel no escucharía nada de lo que dijera como el cielo siglos atrás―, lo que sucedió después, ya no tiene nada que ver conmigo.
―¡Claro que sí! Tus acciones fueron una reacción en cadena, todo se fue por el camino equivocado ―la hoja de su espada comenzaba a iluminarse gradualmente al rojo vivo, irradiando calor―, los tres reinos fueron desestabilizados, convirtiéndose en algo totalmente diferente a su propósito inicial…
―¿Eso crees? Déjame decirte que actualmente el cielo se ve muy bonito, parece ser el mismo lugar de siempre ―hubo burla en sus palabras―. Estoy muy sorprendido de que ustedes hayan decidido adaptarse a la humanidad, siendo que el cielo siempre quiere tener el control de todo. Yo de verdad pensaba que obligarían a todos a permanecer desnudos una vez que llegaran aquí, ya sabes, por su característica mente conservadora apegada a las tradiciones ―rio―. Tienen que dejar a los mortales vestirse, sino quedarían como unos pervertidos.
―¡Deja de escupir estupideces! ―gritó Miguel, arrojándose sin aviso hacia Lucifer.
Repentinamente, una explosión de llamas surgió de la espada en manos del arcángel Miguel: la espada flamígera había liberado el ardiente fuego celestial. Lucifer había visto lo que era capaz de hacer esa arma, sabía lo letal que era un golpe de esa espada; era la fusión de la impecable técnica de espada de Miguel y las poderosas llamas del feroz arcángel Uriel.
Lucifer esquivó el ataque al volar hacia el techo. Sus pies aterrizaron en uno de los pilares y se impulsó hacia delante batiendo sus alas en dirección de Miguel, desatando una fuerte ráfaga de llamas que el arcángel detuvo al partirla por la mitad con su espada. El choque entre el fuego del infierno y el del cielo generó una cegadora explosión que hizo tambalear a Miguel, obligándolo a retroceder un solo paso, un pequeño hueco en su defensa que Lucifer aprovechó.
Una escurridiza cola se enredó en el tobillo del arcángel, tomándolo por sorpresa y no dejándole reaccionar, ya que en cuestión de un parpadeó lo hizo perder el equilibrio y fue arrojado a varios metros de distancia. Un pilar tembló y se desmoronó al Miguel impactar contra éste. Todo el lugar se sacudió y el sello en las paredes pareció vacilar.
―Eso fue demasiado sencillo. ―murmuró Lucifer, hablando demasiado rápido.
Con una explosión desde el pilar derrumbándose, una rápida espada salió volando a la dirección del rey, dejando un rastro de feroces llamas blancas en el aire. Lucifer esquivó el arma gracias a sus rápidos reflejos, sintiendo un alivio que duró poco al no poder esquivar a Miguel, quien apareció un segundo frente a él luciendo una reluciente e impecable armadura, además de tres pares de alas extendiéndose de forma majestuosa. Cuando Lucifer menos se lo esperaba, Miguel le golpeó con una letal patada justo en la mandíbula, perforando la piel con el filoso escarpe dorado de la armadura.
La sangre dorada dejó rastro en el aire cuando fue turno de Lucifer ser arrojado lejos, un gran cráter se formó al Lucifer impactar fuertemente en el suelo. La sangre dorada no dejaba de gotear, la pérdida de sangre lo tenía mareado; los golpes lo aturdieron dejándolo temporalmente inmóvil, pero todavía escuchó las palabras de Miguel a la distancia.
―Las cosas no deberían ser como las ves ahora ―dijo tras recuperar su espada―. Mi padre nunca más pudo volver a empezar y arreglar nada, todo gracias a tu intervención.
―No pudo arreglarlo porque… cuando lo intentó ―la sangre botó de su boca―, quedó como un monstruo ante todos los mortales ―Lucifer hizo lo posible por ponerse de pie―. ¿Un diluvio? ¿En serio?
Ante la burla, Miguel volvió a arremeter contra el rey demonio, batiendo su espada en el aire y arrojándole una ola de ardientes llamas blancas, muy difícil de esquivar. La visión de Lucifer se vio teñida por el fuego celestial, obligándolo a actuar rápido antes de ser golpeado, convirtiéndose en una pequeña ave y escondiéndose tras el pilar más cercano. Las llamas sacudieron esa área del gran salón, provocando que la temperatura aumentara.
―¡Tú qué sabes acerca de las decisiones de nuestro padre! ―Miguel sintió la bilis llegar a su garganta, estaba muy furioso―. ¡Siempre fuiste tan arrogante! Tan rebelde y soberbio, creyendo que lo entiendes y lo sabes todo. ¡No tienes idea de nada!
Miguel hablaba al aire, aunque no tenía respuesta, sabía que era difícil matar a alguien como Lucifer, era consciente que su antiguo hermano seguía vivo entre los escombros. La batalla continuó, porque Lucifer todavía dio lucha, mandando a volar dos pilares en dirección de Miguel, uno seguido del otro, con el fin de mantenerlo ocupado.
A Lucifer le estaba costando seguir la pelea, no por falta de fuerza, sino de voluntad, no quería meterse en problemas que pudieran arrastrar a su familia. Estaba sumamente arrepentido de haber acudido al cielo y caer en una trampa de su antiguo hermano, en ese momento sólo anhelaba escapar, pero en toda la pelea no encontró alguna salida.
Dos pilares no fueron nada para Miguel, su ira seguía a flor de piel; la adrenalina bombeaba en sus venas, impulsándolo a continuar la lucha. Lucifer se defendió de cada golpe del arcángel y arremetió con la misma fuerza, usando su energía en una constante lucha de poder. Entre el intercambio de puños, Miguel logró desgarrar una de las alas de Lucifer, enfureciendo al rey demonio. En un gesto veloz, Lucifer transformó la parte baja de su cuerpo en la de un caballo y descargó una poderosa patada en el pecho de Miguel, haciendo añicos su armadura con la fuerza del golpe.
Miguel se estrelló contra el suelo, creando un segundo cráter con su figura. Lucifer cayó a metros del arcángel, agrietando todo el piso al liberar lo que le quedaba de energía; las grietas se iluminaron con el ardiente rojo del fuego infernal, para enseguida dar paso a altas llamas que reaccionaron a su poder.
Ver al arcángel retorcerse ante la abrumadora energía maligna estaba complaciendo a Lucifer, llevándolo a bajar la guardia sin querer, lo que le hizo arrepentirse al segundo siguiente. Su hombro izquierdo estalló en sangre dorada cuando la espada flamígera lo atravesó sin aviso, causándole un gran dolor y ardor que le hizo caer de rodillas. La espada regresó y maniobró por sí sola para cortar sobre las alas del rey demonio, clavándose y arrancando parte de ellas.
Un charco dorado bajo Lucifer se extendía más con cada ataque. El filo de la espada cortaba sin piedad, hiriéndole de gravedad y haciéndole gritar desgarradoramente ante el dolor. La energía celestial comenzó a suprimir a la demoníaca con Lucifer sometido. Las llamas rojas fueron apagadas por las blancas y Miguel aprovechó el momento para arrojarse hacia el ángel caído, arremetiendo contra él con los puños desnudos.
―Tú, de verdad… ―Miguel hablaba de forma agitada, dejando de moler a golpes a Lucifer y ahora tomándolo por el cuello― mira como terminaste, en qué te has convertido, todo por aliarte con la primera creación fallida de nuestro padre ―su voz se volvió un susurro amenazante―, esa mujer te lavó el cerebro, ella es la culpable de lo miserable que te ves ahora.
―No metas a Lilith en esto ―tomó las manos de Miguel, clavándole las uñas en la piel.
Pero el arcángel siguió ignorándolo. ―Qué patético, dejándote llevar por un ser inferior. No sabes la repulsión que me da saber que las peores mierdas de este mundo concibieron a un engendro… Que Dios nos ampare de tan asquerosa criatura.
Lucifer gritó ante la ira que explotó en su interior con las palabras dirigidas a su hija. No supo de dónde sacó las fuerzas, pero su cuerpo comenzó a cambiar, transformándose en una aterradora serpiente de monstruoso tamaño, llegando hasta el alto techo del salón. Miguel retrocedió varios metros con ayuda de sus alas, mirando desde abajo como el gran animal siseaba a su dirección totalmente furioso.
―Tal como lo recuerdo ―Miguel sonrió con malicia.
Luz comenzó a emerger de los pocos pilares en pie y, en el momento que la gran serpiente se arrojó al arcángel para devorarlo, múltiples cadenas se arrojaron hacía la criatura, enredándose en su cuerpo y obligándola a retroceder. Un enorme grillete descendió del techo, capturando su cuello y ejerciendo una gran presión, haciéndola retorcerse de dolor.
Una potente explosión de poder celestial comenzó a suprimir el de Lucifer. Los eslabones brillaban intensamente de luz dorada, debilitando con su poder al rey, sometiéndolo por la fuerza, obligándolo a volver poco a poco a su forma original. Más grilletes se dirigieron para sujetar los tobillos y muñecas de Lucifer, estirando sus extremidades en el aire, dejándolo en una posición que asimilaba una estrella.
A pesar de ya no contar con más fuerza, Lucifer luchó por liberarse, provocando que las cadenas tiraran más fuerte, haciéndolo gritar. Su mirada agotada paró de casualidad a uno de los pilares, quedando en shock al notar una tercera presencia. Su mirada rubí se cruzó accidentalmente con la de un nervioso santo, que se escondió rápidamente cuando fue notado.
―Apóstol de mierda ―murmuró Lucifer con un aliento cansado.
Aunque no lo quisiera, Lucifer agachó la cabeza al sentirse débil. Las cadenas brillaban con mayor intensidad al anular su poder, no podía hacer nada, había perdido nuevamente. No se dignó a levantar la mirada cuando escuchó el aleteó de unas alas acercándose a su dirección, no miró a Miguel cuando lo tuvo enfrente.
―¿Por qué haces esto? ―preguntó tras un rato de silencio.
―Porque te odio.
―Acabo de ver a San Pedro esconderse como una zorra asustada, obviamente esto no es sólo por tus incomprendidos sentimientos ―escupió, finalmente levantando la cabeza―. ¿Qué es lo que quieres?
Miguel colocó sus manos tras su espalda, mirando con frialdad a un indefenso Lucifer. El rostro del arcángel volvió a ser el mismo que al inicio del encuentro.
―En las últimas décadas, la humanidad ha adquirido un poder sobre el cielo. Este se adapta a lo que dicen y creen los mortales ―respondió―. Los humanos creen tanto lo que ellos mismos inventan sobre el cielo, que inevitablemente hacen que éste se moldeé a su palabra. Si ellos dicen que los arcángeles son yeguas de colores con alas de mariposa, nos transformaremos en ello, gracias a lo convencidos que estarán de sus propias palabras. Tus acciones llevaron a que los mortales tuvieran tanta influencia sobre el cielo, usando un razonamiento estúpido. ¡De que les sirve tener conciencia se lo usan de la peor manera!
―¿Entonces tu miedo es que te transformen en una yegua de colores con alas de mariposa?
Lucifer fue golpeado en el abdomen por el puño de Miguel, perdiendo todo el aliento y vomitando gran cantidad de sangre.
―No sabes lo furioso que me siento cada día que observo como la humanidad se desmorona, sabiendo claramente que no estaba destinada a ser así ―Miguel continuó, ignorando que Lucifer se ahogaba intentando respirar―. Los mortales han manchado el nombre de Dios haciendo cosas terribles en su nombre, alegando que nuestro señor apoya cosas que ellos mismos inventaron. No puedo ver como personas nefastas usan el nombre del cielo para hacer actos crueles y engañar a los inocentes. Todo esto ha desencadenado conflictos, guerras, muertes… Situaciones que arrastran a gente buena que pagan por los pecados de otros.
Con las cadenas quemando su piel y debilitándolo, Lucifer sólo se quedó en silencio observando el rostro consternado de Miguel. Los ojos del arcángel tiemblan ante la impotencia, pero Lucifer no hizo nada por consolarlo, en su lugar quería reclamarle a su antiguo hermano el hecho de que no ve diariamente las atrocidades del infierno como él, pero opta por quedarse en silencio.
No necesitaba que Miguel le describiera la maldad humana cuando Lucifer lo veía todos los días, fue el motivo principal por el que se aíslo en su taller los últimos años, huyendo de la podrida realidad que le rodeaba.
―No hay nada bueno en la humanidad, aquellos que suben al cielo son un asco de alma que únicamente lograron llegar aquí porque un gran número de personas en la tierra piensan que son buenas personas. La visión de los humanos está totalmente retorcida, y siempre que pienso en la raíz del problema… ―sus ojos ardieron con rabia― allí estás tú.
―Ya me quedó claro con todas las veces que lo has dicho ya ―Lucifer bufó―. Me diste una paliza, sólo arrójame al abismo otra vez.
Miguel lo ignoró. ―Se te advirtió que no te acercaras a los humanos y no pudiste seguir algo tan sencillo, ¿Tu sed de rebeldía era tan intensa que te llevó a profanar a las dos primeras mujeres?
―¡Ya tuve suficiente de escucharte hablar sólo mierda! ―si no fuese por su poder retenido, Lucifer hubiera adquirido nuevamente su apariencia demoníaca―, ¡¿Qué quieres hacer conmigo?! ¡¿Vas a matarme?!
―Ya estás acostumbrado a observar cual es el final de un alma malvada; tu reino es el infierno, entiendo tu lugar como el soberano de los nueve anillos ―le dio la espalda a Lucifer―. No obstante, un día empecé a reflexionar más acerca de ti, analizándote desde otra perspectiva; no como rey del abismo, sino como Lucifer… Y me di cuenta que, tú eres ignorante de muchas cosas, realmente nunca has visto como sufren las vidas inocentes, sólo las pecadoras.
―¿A dónde quieres llegar? ―Lucifer pregunta, sin comprender porque Miguel no iba al punto.
―En el infierno únicamente ves a almas pecadoras, pero nunca has presenciado los tormentos que las orillan a ese estado ―finalmente se giró para verle a la cara―. No conoces el deseo de anhelar ayudar a alguien y ser incapaz de hacer nada… Lucifer Morningstar no ha sido testigo de las verdaderas consecuencias de sus acciones, solo ha presenciado la etapa final de un lado de la moneda.
―¡Déjate de rodeos! ―la paciencia de Lucifer se había agotado.
Sintiendo la boca seca por hablar durante unos minutos, Miguel finalmente guardó silencio, su mirada fue a una dirección en específica para después regresar a Lucifer y chasquear los dedos. Con la señal, San Pedro finalmente reveló formalmente su presencia. En el rostro del santo se apreciaba perfectamente el nerviosismo a causa de la situación, pero respiró hondo y prosiguió con la tarea por la que se le fue embocado.
Las manos de San Pedro se juntaron para dar inicio a una cadena de rápidos rezos, pronunciados por él mismo. Su voz hizo un gran eco en el salón desmoronándose, permitiendo similar un grandioso canto gregoriano, capaz de generar un escalofrío en cualquiera que escuchara. Con la melodía de Pedro, los símbolos en las paredes y los pilares parpadearon repetidas veces de forma violenta; las cadenas irradiaron un destello mucho más cegador con el canto y los gritos de Lucifer.
Los caracteres en los pilares comenzaron a deslizarse a través de las cadenas, llegando hasta el cuerpo de Lucifer y estableciéndose sobre su piel, recorriéndolo como si fuesen insectos divinos, provocando severas quemaduras. Un gran sello comenzaba a desaparecer la fuerza del rey demonio, drenando todo su poder como si cientos de sanguijuelas succionaran todo lo que tuviera.
―¡¿Qué carajo?!
―Siento que un castigo más apropiado para ti es el experimentar lo que es verdaderamente la humanidad, que lo dimensiones de manera correcta y no desde tu cuarto lleno de patitos ―Miguel sonrió de forma macabra, disfrutando de la tortura de Lucifer―. Eres un ignorante, pero una vez que empatices con ellos, sentirás el verdadero peso de tu pecado.
Símbolos divinos cubrieron cada parte de Lucifer hasta encerrarlo en una gran esfera formada de textos religiosos, recitados con mayor intensidad por San Pedro, a quien le temblaba la voz al tener que luchar con la aprisionada energía del rey demonio. El sello se fortaleció hasta el punto de ahogar los lamentos de Lucifer, sólo Miguel, que tenía el agudo oído de un guerrero, podía escuchar perfectamente las dudas mezcladas entre temor e ira que su antiguo hermano gritaba, exigiendo al arcángel respuestas.
―Todavía sigues con el mal hábito de no dejar de hacer preguntas. ―puso los ojos en blanco.
La esfera fue disminuyendo su tamaño, comprimiendo cada vez más a la figura de Lucifer. Las cadenas se sumaron como una nueva capa del sello, acelerando el proceso de encogimiento, hasta que de repente un fuerte ¡Boom! Ensordeció a Miguel y obligó a callar a San Pedro, enviándoles lejos al ser empujados por la fuerte explosión de energía divina. El lugar se volvió blanco por unos segundos y las pocas estructuras en pie se desintegraron en un parpadeo.
Miguel permaneció en el suelo por un largo rato hasta que la explosión y el temblor desaparecieran. Cuando recuperó los sentidos de la vista y el oído, sólo lo recibió una imagen del lugar completamente destruido y reducido a cenizas: el claro escenario de una violenta batalla.
―¿Funcionó? ―San Pedro, que estaba herido a su lado, preguntó con un tono de voz apenas audible.
Poniéndose de pie y acomodando sus cabellos rubios, Miguel inspeccionó en todas direcciones, analizando con una mirada aguda cada rincón, sin encontrar nada fuera de lo común, ni siquiera un rastro de la energía de Lucifer.
―Eso parece… Pero no estoy realmente seguro ―suspiró agotado―. De todas formas, si no funcionó ¿Qué más da?, me ahorro lo de «Apocalipsis 12».
Esas palabras sólo hacen sentir ansioso a San Pedro, comenzando a replantearse si fue buena idea ayudar al arcángel. ―Mierda, mierda, mierda ―tomó mechones de su cabello con frustración―. Estaremos en problemas si el cielo sabe lo que hicimos, ¡¿Qué pasa si Sera se entera?!
―No tiene por qué ―lanzó una mirada amenazante hacia Pedro, provocando que se encogiera en su lugar―. De todos modos, esto también es algo que podría ayudar a comprobar la hipótesis que formuló en la última reunión.
―P-Pero, ¿Qué pasa con Gabriel? ―Pedro no dejaba de mortificarse, ahora pasando a morder sus uñas― Si llegara a enterarse que usamos su nombre para algo así.
―¿Algo como qué?
Ambos seres sudaron frío cuando una voz serena y aparentemente calmada habló en su dirección. Miguel no tuvo que mirar para saber que estaban jodidos, y deseó poder desmayarse como hizo San Pedro en ese momento.
