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Corría el rumor en todo el instituto. Todo empezó por que alguien se fijó en que Terushima del club de ocultismo, nunca, nunca, nunca iba al lavabo en el instituto. Pero especialmente evitaba los lavabos del tercer piso. Algún listo podía decir que era porque estaban muy sucios, pero si Sakusa subía a los baños del tercer piso, no podía ser aquello.
Había varios alumnos que habían visto mear a Terushima en la parte trasera del instituto, y que nunca jamás cagaba. Si tenía ganas de cagar, salía corriendo hasta su casa como si fuera un atleta de triatlón.
Hitoka Yachi sabía que los rumores podían ser lo peor, pero también sabía que podían llevarla por buen camino. Aunque tenía miedo de que todo fuera real, también temía que tenía suficientes pruebas para confirmarlo.
Terushima Yuji formaba parte del club de ocultismo lo primero, lo segundo conocía a alguien del club de ocultismo que no quería ni hablar del tema y tercero Tobio Kageyama estaba lo suficientemente interesado como para que pudieran hacer un artículo para el periódico de la escuela.
—Te digo que no es realista creer que Hanako-san exista — dijo Kageyama con ganas de gritar por aquellas tonterías, pero conteniéndose porque sabía que no podía ya que Yachi era vulnerable a los gritos.
— ¡Y yo te digo que es verdad! — Gritó Yachi, muy indignada —. ¡Hay registros sobre la muerte de una Hanako en el instituto! ¡Y en los baños del tercer piso además!
—Podríamos preguntarle a Tendo, él sabe de esas cosas — mencionó Kindaichi —. Kunimi ¿crees que nos haría caso?
Kunimi levantó la cabeza y le miró de reojo. Lo conocía vagamente, pero la verdad es que no tenía ni idea. Se giró apoyando la cabeza sobre la ventana e ignoró a su novio. No necesitaba una respuesta.
— Gracias, Kunimi. Un placer tratar contigo — bufó irritado Kindaichi.
Hinata no estaba muy seguro de todo aquello. ¿Un fantasma? ¿En el baño? No iba a volver a subir al tercer piso, eso estaba claro. Aunque… Si iban a comprobar si había algo en aquel baño, tal vez tuviera una excusa para cogerle la mano a Kageyama…
— ¿Y por qué no vamos a probarlo? — comentó Hinata, no muy seguro de lo que estaba haciendo o por qué.
— Dicen que si tienes buenas notas, Hanako-san te concede un deseo — explicó Hitoka, haciendo que Kunimi volviera a prestarle atención y Hinata y Kageyama se la quedaran mirando.
Aquella noticia fue un rayo de esperanza para Kunimi. ¿Le estaban diciendo que podía pedir que actualizaran A+ Type, su fanfic favorito? Llevaba más de tres meses sin actualizar y la autora lo había dejado en tremendo cliffhanger, haciendo que soñara con cómo los personajes iban a solucionar haberse cargado al guardabosque. También soñaba con que Agust, su personaje favorito y el vampiro de la historia, aparecía y le besaba antes de llevárselo para siempre. Se identificaba con él profundamente y sabía que conectarían a la perfección. Pero bueno, aquello era aparte y tampoco podía contárselo a Kindaichi, porque si pensaba mucho en ello, tal vez sería molesto para su novio.
— ¡Vamos! — dijo sin pensar en si le iban a preguntar por qué.
Kindachi le miraba confuso, sabía que había pensado algo, pero no sabía qué era y aquello era inquietante.
— ¿Qué deseo le quieres pedir a Hanako-san? — Preguntó Hinata curioso. Él también la había pillado al vuelo.
— ¿Y tú qué deseo le pedirías? ¿Besar a Kageyama? — replicó para callarlo y fue suficiente porque tanto el pelirrojo como el mencionado se pusieron rojos.
— ¿Y a ti qué mierdas te importa? — atajó Kageyama gritando y si, rojo como un tomate.
— De todos modos hace falta tener muy buenas notas para pedir algo... así que quizá solo Kunimi, Kindachi y yo tendríamos la oportunidad… — Dejó caer Hitoka apretando los labios y casi como sintiéndose culpable de que Hinata no pudiera pedir su deseo fuera el que fuera —. Lo siento…
Kindaichi continuaba mirando a Kunimi de reojo. Estaba claro que quería algo, pero aquello le daba un as en la manga. Sí él era el primero en encontrar a Hanako-san podía pedirle que su relación fuera un poco más sana, solo un poco para que Kunimi no le dejase en visto después de las ocho de la noche. Quizá también que fuera un poquito más romántico y que no solo le buscase cuando quería atención…
— ¿Cuándo queréis que vayamos a buscarla? ¿Esta noche? — Preguntó finalmente, ideando el plan. Se visualizaba a si mismo repitiéndole aquello, enseñándole sus notas que cada vez eran mejores. Ya casi podía saborear el éxito.
— Se me ocurre que con boletines de notas falsas quizá podríamos conseguir al menos que… — continuó a la suya Hitoka —. La historia que yo había oído es que te mata si sacas malas notas… ¿Qué pensáis?
— Vamos a demostrar que es todo mentira, así que no me da miedo — afirmó Kageyama, aunque una pequeña parte de él fantaseaba con que podía pedirle a la fantasma una relación bonita como la de Kunimi y Kindachi.
El acuerdo final era ese. Aquella misma noche a las 20:30 horas estarían en la parte de atrás de la escuela para colarse y pasar la noche allí y ver si era cierto y Hanako-san estaba en el baño del tercer piso.
Según le leyenda debía estar en los baños femeninos, y en el colegio eran baños mixtos, pero se podían aceptar licencias teniendo en cuenta que la Hanako real era una niña benévola de 13 años y en Kanagawa te soltaba una mano sangrieta y no sé dónde te daba a elegir entre un rollo de papel de váter rojo o uno azul... como Morfeo en Matrix con las pastillas.
En un resumen de pensamientos: honestamente, incluso si públicamente no podía decirlo por ser una chica, si estaba cagando y le aparecía Hanako-san le importaba un bledo el color del papel de váter o si el fantasma quería jugar. Estaba cagando.
Al margen de todos aquellos pensamientos, que podía expresarle a Hanako-san si la veía, Hitoka tenía una misión. Asegurarse de que todo estaba bien y eso incluía llevar una mochila de camping con: un DEA, por el estrés que podía sufrir Kunimi, una aguja con adrenalina por si Hinata tenía un paro cardiaco al ver a Hanako-san, una cámara de fotos para recordarle a Kageyama que Hanako-san existía, una revista de vóley para Kindachi que se iba a aburrir a los dos minutos, linternas, una grabadora, papel de váter de color rosa, por si acaso, patatas fritas, agua, caramelos, un bloc de notas y un boli. Probablemente se olvidaba algo importante, como su peluche rayita-chan pero, no quería sobrecargarse.
Sobre las linternas, Hinata había prometido llevar las linternas, pero Hitoka sabía que tendría alguna historia absurda como que Natsu se había comido las pilas, así que mejor llevar por si acaso.
Quería también llevar las notas falsas para proteger a sus amigos, pero Kindachi había prometido llevarlas copiadas de las suyas. Había asegurado que para el último viaje de la escuela habían falsificado las de Kageyama para sus padres y todo había ido bien, aunque no acababa de encajar.
Por otro lado, Kunimi solo llevaba su último boletín de notas en un bolsillo y su móvil con el fanfic abierto en el otro. No necesitaba nada más, todo era perfecto para él. Solo iba a llegar, presentarse y pedir su deseo, agradeciéndole a Hanako-san cuando este se cumpliera llevándole a Kageyama para que lo sacrificara o algo así.
Kindaichi y Kunimi llegaron cinco minutos antes, encontrándose con Hitoka que ya llevaba rato esperándoles mientras tomaba notas de todos los detalles a tener en cuenta. Kageyama llegó varios minutos después, con su móvil y poco más de lo que llevaba puesto, esperando que el asunto se arreglara pronto para poder volver a casa y dormir a pierna suelta. Y una hora más tarde de lo acordado Hinata apareció junto con Lev.
Evidentemente no había traído las linternas, pero ya era de suponer. Solo que el muy cenutrio había triado su boletín de notas original, porque evidentemente quería morirse. Lev hizo lo mismo, y la chica rubia no pudo hacer más que suspirar deseando de forma indirecta que Kageyama tuviera razón, aunque bajo ningún concepto podría permitirse aquella idea. Hanako-san existía.
— ¡Pues vamos al tercer piso! — Animó Hitoka, señalando la reja entrada, que estaba completamente cerrada.
— ¿Y cómo coño quieres que entremos, lerda? — Se quejó Kunimi, recibiendo un codazo por parte de Kindaichi.
— ¿Es que lo has pensado tú? — Preguntó Kindaichi —. Y no llames lerda a Hitoka, que al menos tiene más personalidad que tú.
Akira le miró mal, tanto que Yutaro sintió un escalofrío pensando que la había cagado para siempre.
—Desde atrás se puede entrar — dijo Lev de forma simple y sin dar detalles. Todos se le quedaron mirando, desconocían que hubiera una entrada. Ante la atenta mirada de todos, el chico se explicó mejor —. Hago pellas muchas veces, entro saltando por un árbol que está medio torcido.
Dar la vuelta era largo y tedioso, de saberlo podían haber quedado ahí.
— ¿Me vas a soltar? — se quejó Kageyama para que todos vieran cómo Hinata soltaba su camiseta, con las orejas rojas y los ojos muy abiertos.
— Es que está muy oscuro, no sé, si hubiéramos venido en verano quizá no daría tanto miedo… — se excusó.
— ¿Si hubiera luna llena el problema serían los hombres lobo? — dijo Kunimi con retintín —. ¿O quizá serán una kitsune que aparezca por una esquina con la cara de Hitoka?
Llegaron al maldito árbol. Hitoka calculó que si no saltaban bien podían romperse una pierna y ella no había contado con aquello. No llevaba yeso, tampoco ni una tablilla para inmovilizar los miembros facturados. Claro, nadie podía ser tan alto como Lev, y no había calculado aquello…
—Hitoka, no te preocupes ninguno vamos a mirarte las bragas, aquí menos Lev todos somos maricones — dijo Kunimi pensado que seguramente la chica estaba incomoda por aquello, que ni siquiera se le había pasado por la mente a la rubia.
Hitoka se miró la falda, no se le había ocurrido y ahora tenía otra preocupación. Miró de rojo a Lev que a asi mismo la miró con curiosidad.
—Me gustan más mayores y que pueda llamarlas lovyoska — dijo encogiéndose de hombros y pensando en la chica de la que estaba medio enamorado.
Lev empezó a subir por el árbol y los demás le siguieron.
— Y ¿qué significa Lovynosequé? — Le preguntó Kindaichi a Lev. Iba justo detrás de él, imitando donde ponía los pies para evitar caerse. Detrás de él Kunimi, seguido de Hinata y Hitoka. Kageyama se quedaba el último con el pretexto de que era el único que no tenía miedo.
— Amada mía, se lo digo mucho a mi hermana — Contestó Lev antes de saltar al interior del colegio.
Kunimi se quedó con aquel dato. Así que Lev y su hermana se enrollaban, no le sorprendía había leído cosas así en sus fanfics.
Ninguno había pensado en cómo iban a salir después…
Una vez hubieron cruzado todos, sin romperse ninguna pierna ni brazo, se encaminaron hacia el edificio principal por la zona de césped, pasando al lado del edificio de los clubs. Pasando por delante del gimnasio.
— Dicen que en el gimnasio hay un fantasma de un compañero que practicó hasta hacerse sangrar las rodi… — empezó a decir Lev casi en susurros para quedarse callado de golpe, a la vez que Hinata gritaba para abrazarse a Kageyama fuerte.
Una figura se alzaba en la puerta del gimnasio, con el pelo blanco y un aura fantasmal a su alrededor.
Hitoka apretó los labios y se giró tiesa como un palo, mirando a Kindachi y Kunimi. Quizá, quizá no había sido tan buena idea.
— Ei chicos ¿Qué hacéis aquí tan tarde? — dijo la figura fantasmal que se acercaba con curiosidad. No era otro que Hoshiumi, que debía haber estado entrenando hasta aquella hora.
— ¿Qué? ¿Qué haces tú aquí? — preguntó Kindachi casi irritado por el susto que les había metido, aunque técnicamente habían sido Lev y Hinata.
— Entrenar ¿Qué si no? — dijo como si no fuera obvio —. Los que no sé qué hacéis…
— ¿Qué? ¿Qué te quedas hasta esta hora y no te echa el de seguridad? — se quejó Kageyama.
Hoshiumi se encogió de hombros.
— ¿No os escondéis bien?
Hoshiumi les contó que solía quedarse hasta tarde y que lejos de lo que pudieran pensar, la puerta principal siempre estaba abierta. Según parecía se había roto hace años y como el sueldo del conserje era tan bajo, se negaba a repararla.
El chico bajo se largó ante la atenta mirada de todos. Hinata, que seguía abrazado a Kageyama se relajó un poco después de aquello, pero seguía teniendo miedo, así que no estaba dispuesto a soltarlo. Por otro lado Kindaichi fantaseaba con poder abrazar a Kunimi que iba tres pasos por delante junto con Lev y Hitoka.
Entraron en el instituto, cada uno con su linterna en la mano. Los pasillos desiertos parecían espeluznantes, ya que el reflejo de las linternas chocaba contra las ventanas y le daba a todo un aspecto terrorífico. Cabía decir que estaban acostumbrados a ver todos aquellos pasillos llenos de vida, y ahora mismo tan solo estaban ellos temblando como hojas.
Subieron las escaleras despacio.
—Aún podemos volver a casa — dijo Hinata que seguía sin soltar a Kageyama. Este estaba encantado, de hecho le gustaba y no decía nada por aquello. Además creía falsamente que nadie se había dado cuenta por la oscuridad. Lejos de eso Kindaichi se reía por lo bajo.
—Vuelve tú solo — dijo Kunimi de forma seca y con decisión.
Hitoka suspiró y Hinata pareció no contestar nada. Subir las escaleras no asustaría a nadie, pero la chica no podía evitar pensar en aquella técnica de acceder a otras realidades… subir y bajar escaleras, ya. Había una técnica concreta, pero y si solo por pensar en ello ya se metían en un plano paralelo y jamás podían salir del colegio.
— ¿Sabéis esa técnica de las 1001 escaleras? — dijo buscando que sus compañeros le dieran algo de sosiego.
— No te preocupes Yachi, no son tantas las he contado alguna vez — afirmó Lev —. Cuando Yaku se enfada y me manda a subir escaleras, tengo que contarlas para no aburrirme ¿sabes?
— También podríamos probar el truco coreano del ascensor si conseguimos las llaves ¿no? — añadió Kageyama con sorna. Seguía sin creerse todo ese rollo, lo único que le retenía eran los brazos de Hinata, tanto porque se sentían a gusto y calentitos y porque tampoco iba a poder marcharse si no le pegaba.
Kindaichi se sentía abrumado por todo aquel idiotismo paranormal. Si, se creía el rollo de Hanako-san, pero tampoco es que fuera real a cien por cien, quizá solo quería estar ahí porque Kunimi estaba ahí.
— No quiero probar cosas raras — dijo Hinata con cara de preocupación y mirando a Tobio, como si no tuviera capacidad para entender el sarcasmo.
— No, si yo lo decía porque me da miedo — admitió Hitoka mientras Lev se giraba con la linterna en la cara hacia los demás.
— Y es la única sensata aquí, porque cuenta la leyenda que... — empezó a decir Lev, pero se quedó callado cuando Kunimi suspiró con tedio y le interrumpió:
— Que sí, que en nuestro instituto han muerto siete millones de alumnos y por eso está abierto todavía, porque la mortalidad infantil es el deseo máximo del gobierno.
Y finalmente llegaron a la puerta del baño del tercer piso. Una puerta normal de color marrón, algo desgastada por el paso de los años esperaba a ser abierta. Hinata cruzaba los dedos para que decidieran volver. Hitoka podía sentir la emoción de su corazón bombeando con fuerza. Kindaichi hojeaba su revista de Voley harto de todo aquel rollo y esperando a volver a casa. Lev, Lev ni siquiera comprendía que hacían delante del baño porque Hinata se lo había contado todo mal. Y Kunimi, Kunimi solo quería entrar. Así que el chico abrió la puerta con decisión y desfiló al interior del baño.
El fosforescente del baño parpadeaba, tampoco era nada raro, en aquel colegio estaba casi todo hecho mierda.
—Hanako-san no existe, ya lo habéis visto — Dijo Kageyama abriendo todas las puertas de los diferentes cubículos donde solo se veían los retretes. La mayoría de ellos sin tapas porque se habían roto o alguien las había robado. Ni siquiera había papel higiénico, así que encontrarse con Hanako-san sería un favorazo si acababas de cagar.
— La leyenda dice que tienes que llamar tres veces, llamar a Hanako-san y hacerlo dos veces más — atajó Hitoka con el dedo levantado —. Solo uno de nosotros debería hacerlo, por seguridad.
—¡Lo hago yo! — Se ofreció Lev, que no tenía del todo claro qué buscaban en Hanako-san.
— A ver, pero Kindaichi no ha traído notas falsas tuyas para qué... — empezó a decir Yachi pero el chico levantó la cabeza de su revista con media sonrisilla dejando entrever que no había traído las notas falsas. NO HABÍA TRAÍDO LAS NOTAS FALSAS Y ESO SIGNIFICABA QUE HINATA Y KAGEYAMA Y LEV ESTABAN MUERTOS SI APARECIA HANAKO-SAN — Nos volvemos a casa.
El silencio se hizo por un momento presente en el baño. Nadie movió un solo pie, solo notaban el latido del corazón intensamente, que además probablemente debía ser el de Hinata especialmente. El chico no gritaba, pero Hitoka temía tener que sacar su aguja de adrenalina y ya estaba por abrir la mochila y mandar a cagar la mitad de bolsas de patatas que no habían abierto.
— Aparta, penca — dijo Kageyama, sacando su brazo del abrazo de Hinata muy a su pesar, pero es que alguien tenía que hacer algo allí.
Se acercó al tercer cubículo y golpeó tres veces la puerta, diciendo después el nombre de Hanako-san en la voz más aburrida que podía, repitiéndolo dos veces después. Entonces esperó unos segundos a ver si pasaba algo, pero ni la puerta se movió ni nada perturbó el aire. Kageyama entonces se giró, mirando a Hitoka con una sonrisa. Hanako-san no existía.
La puerta del cubículo crujió tras Kageyama, aun jactándose de que Hanako-san no existía, dejando entrever una sombra oscura y una mata de pelo que caía sobre un rostro enmarcado por aquella aura negra y prácticamente humeante que se hacía más y más grande detrás del chico. No, no era su aura, como ocurría cuando se cabreaba en un partido de vóley, era evidentemente Hanako-san.
Hinata, con el corazón a mil por hora, pálido como el papel y creyendo que su deseo lo era todo. Si uno cree puede llegar a dónde sea. Empujó a Kunimi que se sacaba algo de su bolsillo, se lo quitó descubriendo que eran sus notas y lo planto delante de aquella espectral figura blanca. Temblaba, a duras penas podía moverse pero levantó las notas de Kunimi y sonrió.
— Deseo que Kageyama me bese — dijo muy rápido y casi como si rapeara, con intención de que solo Hanako-san pudiera entender su intención y su deseo.
El fantasma parpadeó, no solo sus ojos, toda su aura. Negó con la cabeza y miró de nuevo a Hinata que tragó saliva.
— ¿Puedes hacerlo o solo eres una pringada? — dijo Kindaichi mientras Kunimi se abalanzaba sobre Hinata para quitarle las notas y a punto de gritarle al fantasma que a ver si aprendía a leer, que Hinata era muy listo pero no tanto.
Hitoka boquiabierta no se movía, quería sacar la cámara, pero sentía su cuerpo como hecho de madera.
Y luego estaba Lev, que miraba asombrado.
— ¡Yo quiero unas pipas! Si eres un hada de los deseos, yo las quiero — dijo Lev emocionado.
El espectro empujó a Kageyama, que fue a caer sobre Hinata dando por cumplido el deseo. Si querían besarse, que se besaran. Desapareció pensando en las gilipolleces que tenía que ver después de muerta…
La rubia aún alucinada, sacó de forma instintiva una bolsa de pipas y se la entregó a Lev. Estaba programada para complacer a los demás.
— Es un hada de los deseos de verdad — afirmó Lev mirando la bolsa y abriéndola.
Aprovechando que todo estaban distraídos intentando volver a invocar a aquel espectro en el que él no creía, besó a Hinata. A fin de cuentas, estaba encima de él. Total, él solo había ido por aquello y demostrar que el fantasma no existía, pero bueno, tampoco era relevante si existía o no. Al menos estaba besando a Hinata.
Tras un rato tratando de volver a traer a Hanako-san al plano terrestre, decidieron marcharse con un Kunimi que lloraba a mares y un Lev con media bolsa de pipas vacía. Había dejado un montón de cascaras en el baño y ahora las iba esparciendo en un camino hacia la salida. Hinata y Kageyama iban en su mundo, de la mano, ignorando el resto.
— Es que no actualiza desde el año pasado ¿qué voy a hacer ahora? — Kunimi lloraba en el hombro de Kindaichi, mientras este intentaba consolarle.
— Oye pues, en verdad, si acampamos en el bosque podríamos invocar a Baba Yaga y pedirle deseos — comentó Lev entre pipa y pipa, tirando las cascaras al suelo.
— Pero come personas, generalmente niños… — dijo Yachi, completamente blanca y sin ganas de hacer algo como aquello.
— ¿Cuándo decís que vamos? — Preguntó Kunimi, dejando de llorar de golpe y soltándose de Kindaichi. Él tenía un objetivo: conseguir que actualizaran su fanfic.
Lo que Akira no esperaba es que justo en aquel momento sonara la notificación específica que tenía para cuando sus fanfics fueran actualizados, haciendo que sacara el móvil del bolsillo y viera que aquello que tanto deseaba se había cumplido.
Kindaichi miró entonces a Kunimi, alternando su mirada entre la cara del chico y el móvil de este. ¿Iban a tener ahora una relación más sana? Todos aquellos deseos, el de Hinata, Lev e incluso el de Kunimi se habían cumplido, incluso sin pedirlo… ¿Se iba a cumplir también el suyo? Esperaba que sí, porque aunque no sacaba tan buenas notas como Kunimi, se esforzaba mucho.
Salieron del recinto, volviendo a su casa en grupo y sin decir una sola palabra. Solo Lev chapurreando canciones en las que mezclaba ruso con japonés y que a veces les preguntaba si la conocían, completamente imposible de identificar.
— Kageyama — se oyó a Hinata decir desde detrás de todo del grupo — ¿Qué somos?
Kunimi y Kindaichi no pudieron evitar reírse al oír aquello, al tiempo que Hitoka suspiraba. Tal vez, la que iba a necesitar la adrenalina era ella.
