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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-05-10
Completed:
2024-06-05
Words:
143,678
Chapters:
45/45
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18
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116
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2,463

Koi no yokan | ItaFushi AU

Summary:

"Koi no yokan" es la expresión japonesa sin traducción exacta, pero cuya definición más acertada es: "la sensación al conocer a alguien de que inevitablemente te enamorarás de él/ella".

Itadori Yuji, un joven de veinticuatro años, se ve envuelto en el rescate de dos moribundas crías de perro que fueron abandonadas a su suerte en los angostos callejones de Tokio, Japón, donde una torrencial lluvia azota la acera. Con la esperanza de salvar a los dos cachorros en un estado tan crítico de salud, temblorosos por el inclemente viento que sopla y empapados debido al llanto del cielo grisáceo, se encuentra aquel lugar donde un joven cuyos ojos verdes enmarcados por espesas pestañas rizadas, le auxilia. Un estudiante de universidad y auxiliar en la clínica veterinaria "Kaizen".

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Capítulo uno

Chapter Text

La torrencial lluvia azotó contra el pavimento que recubre las calles de Tokio, provocando el apure en los pasos de los transeúntes, y el embotellamiento de los vehículos; el ruido de las bocinas y del constante choque del veloz goteo contra los parabrisas inundó la estancia. Hombres de oficina interceptaban las continuas gotas con sus maletines de cuero, esperando mantener secos sus pulcros trajes negros en su camino de vuelta a casa o a sus oficinas, así como algunas colegialas se divertían saltando en los charcos de agua estancada, sin preocuparse de mojar sus medias y cortas o largas faldas de tablones que se agitaban dulcemente acariciando sus muslos.

Y entre las docenas de personas, una apretó aún más el paso, cubriendo su cabeza con la capucha de su sudadera holgada de un llamativo amarillo, y esquivando los cúmulos de agua con saltos alargados que sus musculosas piernas le permitían; las calles se vaciaban rápidamente, y él, un integrante del Departamento de Bomberos de Tokio, andaba en dirección a su hogar tras su jornada laboral finalmente concluida. ¿Se sentía agotado? Poco realmente, su condición física se prestaba para trabajar horas extras sin problema; sin embargo, alguien aguardaba por él en casa, y la sola idea de privarle de su ruidosa compañía entre cuatro paredes estrechas era mínimamente, no, nulamente, atractiva.

Itadori Yuji, un joven adulto de veinticuatro años, nacido en la prefectura de Miyagi, y habitante reciente de Tokio, serpenteó entre las angostas calles para llegar cuanto antes a su modesto hogar, arrogar su húmeda ropa civil en la lavadora, tomar un baño caliente que relajaría su musculatura y luego tumbarse en el sillón de dos plazas a un costado de su abuelo, único familiar conocido, a ver la televisión hasta que el malhumorado anciano cayese dormido y así poder arrebatarle el control remoto con cuidado de no despertarlo, tomando el mando sobre la pantalla y decidiéndose por alguna película, preferiblemente que mostrara a una protagonista femenina de su tipo, como Jennifer Lawrence: altas y con un buen trasero, o largometrajes con personajes de grandes ideales heroicos o mucha fe en el amor, trabajando dentro de una trama con un final feliz predecible. Tal vez y a mitad de la película, seguiría las órdenes de sus escandalosas entrañas y arrastraría los pies descalzos hasta la cocina, para preparar un hondo plato rebosante de palomitas de sabor mantequilla que degustar. No era un mal plan, solo tenía que llegar a casa.

Solo debía seguir avanzando sin pausas, y en cuestión de minutos la calidez de su casa lo abrigaría, protegiéndolo de la agresiva lluvia.

Entonces, sus pies calzados en unas zapatillas de deporte desgastadas se detuvieron abruptamente; su desarrollado sentido de la audición captó un débil sonido, un gimoteo. Acostumbrado a ello en su labor como combatiente del fuego, y rescatista de primera línea en desastres naturales, fue capaz de percibir lo que para otros ciudadanos pudo ser imperceptible, ¿o fue su buen corazón que no permitió a su cerebro hacerse a la idea de que todo rondaba bien y no existieron nunca esos débiles gritos de auxilio?

Itadori, curioso de nacimiento, retrocedió un par de pasos, quedando a la altura de un callejón útil como destino a basura y cuanta chatarra la gente decidiera botar irresponsablemente. ¿Serían ratas rasgando la basura? El chillido era agudo, pero más prolongado que el de la plaga roedora. Por ello, avanzando con precaución, asomó su cabeza. Sus ojos trabajados para ver en la oscuridad captaron movimientos insistentes, acompañados de un lamento más audible. Se cubrió la nariz, asqueado. La reciente humedad de la lluvia que consiguió colarse, mezclada con la basura regada, creó un nauseabundo aroma que se restregó en sus narices con insistencia, forzando al japonés a gesticular desagrado. Mas entre el escombro, la caja maltrecha con un contenido desconocido lo impulsó a contener el aire, no solo para no inhalar más del putrefacto olor, sino para hacerse esbelto y pasar entre el estrecho espacio, estirándose hasta dar con la caja humedecida, tirando de ella con dos dedos hasta conseguir cerrar el puño alrededor de una de sus paredes. Un tirón más y finalmente la tuvo contra su pecho. Así fueran ratas, la impulsividad de Yuji lo hizo acercarse íntimamente a aquella caja. Su peso era considerable.

Al bajar su vista, sus ojos de un suave café, captaron a dos seres, muy próximos el uno al otro, acurrucados.

La lluvia continuaba fuerte, por lo que se aproximó más contra la pared de un edificio, protegiéndose bajo la lona que sobresalía del local cerrado para analizar con mayor claridad el interior de la caja de cartón.

Dos temblorosos cachorros, de colores dispares, apenas se movían, con sus pelajes empapados. Sus huesudos lomos subían y bajaban con una lentitud que hirió el corazón del joven bombero. Cuestionarse por qué estaban en aquel lugar, sin su madre, en un estado de vulnerabilidad lamentable estaba de más. Yuji apretó la caja contra sí, y sus labios cotidianamente curvados por las comisuras hacia arriba, fromando una sonrisa relajada, se tensaron.

Morirían. No tendrían más que un par de días de nacidos, lo supuso a pesar de nunca haber tenido una mascota en su vida. Su estricta vida bajo las reglas del abuelo se opusieron a encariñarse con cualquier ser que no pudiese vivir en una pecera, o como mínimo, rondar dentro de una jaula, eso sí evitaba que hiciese un insoportable ruido durante todo el día. En pocas palabras, su abuelo no toleraba a los animales. Mucho menos a los perros o gatos, su pelaje generaba en el anciano estornudos que sacudirían la casa entera.

Pero... tenía que hacer algo. ¿Cuál era la diferencia entre lo que hacía en su trabajo con el actuar ahora? Pese a las bajas probabilidades de sobrevivir de algún ciudadano que haya rescatado bajo pesados escombros o de las garras del fuego infernal, eso no lo detuvo en su fiera carrera con la persona en brazos o espalda hasta donde los paramédicos le tratarían.

Con determinación, Itadori estiró su sudadera, metiendo la caja bajo la ancha prenda. Su estómago de falso embarazo de un bebé cúbico era cómico, sin embargo, eso aseguraría que los cachorros no continuaran mojándose, y el orificio entre su cuello y la sudadera con su anchura no privaba a los pobrecillos animales del oxígeno.

— Aguanten un poco más, ¿sí?

Desconocía del paradero más cercano de alguna clínica de urgencias caninas, o cualquier local donde hallarse con un profesional que auxiliara a las dos crías de perro. Por ello, sin dejar de moverse hacia la zona de mayor urbanidad, comenzó a teclear con su mano diestra en Google Maps, sosteniendo por debajo la caja. Los sonidos lamentables iban disminuyendo, por lo que apuró su búsqueda en internet hasta dar con la ubicación más próxima. Una clínica veterinaria con servicio disponible hasta las nueve de la noche, y de acuerdo con la hora actual, quedaban poco menos de quince minutos para el horario de cierre. El resto eran kilómetros de distancia, pero no dudaría en recorrerlos por salvar a los pequeños.

Con su velocidad inhumana y llamativa hasta para los miembros titulares de los clubes deportivos en su antigua vida como estudiante, corrió bajo esa lluvia que ya había empapado hasta su ropa interior. Los charcos salpicaban a medida que Itadori los pisaba, sin inmutarse al agua que se acumulaba en sus zapatilla deportivas.

La pantalla repleta en gruesas gotas de agua señalaba una distancia de ochocientos metros para su destino. Un par de cuadras delante, después girar a la derecha y avanzar más. Apretaba su brazo izquierdo contra su pecho, evitando que los dos inquilinos se agitaran bruscamente en su interior. Apenas y los oía quejarse, a esos cachorros, uno de pelaje blanco cubierto por mugre por la deplorable condición en que lo halló, y otro negro muy pequeño, para su raza parecía diminuto, quizá desnutrido en extremo. ¿Cuánto tiempo pasaría desde que los abandonaron en ese reducido espacio? Tal vez horas, o días, pero ningún indicio señalaba que había obtenido algo de alimento en su estadía.

Sacudió su rostro, aclarando su mente. El pesimismo no iba con él, dentro y fuera de su trabajo. Aceptaba la partida, pero solo después de haber hecho lo posible por preservar una vida, sobre todo esas vidas que se resistía a dejar el mundo, como ese par, pues silenciosamente aquellos cachorros pedían una oportunidad más.

Alzó el rostro, así como su celular desbloqueado. Ya casi llegaba.

La clínica "Kaizen" yacía a cien metros, por la imagen otorgada era un lugar de impecables instalaciones, con una puntuación de casi cinco estrellas en servicio. No se dio tiempo a revisar los comentarios, pero todo apuntaba a un confiable espacio con personal capacitado.

Deslizando al frente una pierna tras otra, en cuestión de segundos, se halló parado y respirando agitadamente frente a dos puertas cristalinas y corredizas, la luz en el interior dio indicios de que había alcanzado servicio antes del cierre marcado dentro de los detalles propios que los dueños actualizaban para conocimiento público.

El lugar estaba resaltado por un anuncio de letras metálicas, junto a un logo, una huella que lejos de parecer de canino o minino, apuntaba a una garra. ¿Un oso quizá? Curioso para ser una clínica veterinaria en el centro de Tokio.

Inhaló, esperando no importunar por acercarse al límite de disponibilidad. Su mano deslizó la puerta lo suficiente para entrar él, y la cerró detrás de sí mismo. Un pitido anunció su llegada, con algún aparato oculto muy próximo a la entrada. Miró al suelo con incomodidad, su ropa mojada goteaba y la estancia con sus suelos bien pulidos se vio arruinada por la tierra y agua mezcladas. Dejó un rastro de sus huellas al acercarse al mostrador.

El lugar brindaba una confortable calidez a comparación de la lluvia sin compasión y viento desenfrenado de las calles. Además, un aroma de limpieza acarició su nariz, como cítricos propios de un limpiador que había sacado brillo al suelo y otra mueblería dispuesta. Había un espacio de espera, un librero con revistas y periódicos actualizados para los visitantes. Incluso un extintor dispuesto donde las normas indicaban, para el joven bombero era un deleite ver el cumplimiento, ese lugar era como un paraíso, y ese sofá reclinable cercano al rincón lucía tentador para echarse encima, de no ser por el sonido de pisadas aproximándose, proviniendo de la zona de recepción.

Tras el mostrador de cristal, con un florero modesto y una computadora de escritorio, la puerta fue abierta. Una cabellera desarreglada, caótica, se asomó. Tan negra como la noche misma. Su dueño, un atractivo joven de piel nívea y expresión cansada, se aproximó a la zona de recibimiento, masajeándose el hombro izquierdo.

— El horario de servicio concluyó, me temo que no podemos atenderle en este momento —dijo el joven que sería un universitario, al menos eso calculó el buen ojo de Itadori. Los orbes verdes, como vibrantes praderas ni siquiera se dignaron a volverse hacia él, solo descansaron sobre la pantalla de la computadora, para comprobar que estaban a dos minutos de la hora de cierre.

Itadori tragó saliva con dificultad, se temía ello, pero apenas y percibía movimientos de la caja. Por ello insistió con voz lastimera, atrayendo finalmente la atención del muchacho que portaba una bata con costuras que escribían "Fushiguro Megumi, auxiliar" y el mismo logo que vio en el letrero de afuera, ambos bordados a la altura de su pecho, del lado derecho.

— Lo sé, y lamento importunar, pero es una emergencia — estiró de su sudadera bajo la mirada atónita del joven que parecía aterrado por el desastre que sus zapatos lodosos dejaron atrás. Yuji trapearía el suelo hasta dejarlo como nuevo si tan solo ese chico de peculiar nombre le auxiliaba.

Fushiguro Megumi, estudiante de último año en la universidad de Tokio, perteneciente a la carrera de veterinaria, arqueó una de sus cejas delgadas al ser espectador de los movimientos del extraño importuno. Justo a minutos del cierre, en una noche en la que solo deseaba ir a su casa, darse un baño, cenar junto a su hermanastra la deliciosa comida que ella preparó y luego tumbarse a dormir, aquel chico empapado irrumpía en un momento en el que ni siquiera el especialista graduado y resposable del lugar se encontraba. Masamichi Yaga, un médico veterinario de renombre había alzado aquel espacio como consultorio privado, dándole trabajo a Megumi, apenas un estudiante universitario pero con innegable habilidad, dejándolo permanecer a su lado como auxiliar, un aprendiz en capacitación en el que confiaba lo suficiente para dejarlo solo ocasionalmente.

Fushiguro suspiró, él no debería estar ahí, en la recepción, atendiendo las labores que pertenecían a su superior, Inumaki, un joven que pese a su discapacidad del habla era bastante eficiente haciendo su trabajo como recepcionista en la clínica.

Finalmente, se enfocó en lo que el desesperado joven tanto se preocupaba.

Le bastó un vistazo superficial para dictaminar que las probabilidades de supervivencia eran mínimas, ni siquiera un número entero, sino decimales. Quiso explicarle al chico que aquellos dos caninos no pasarían ni la noche, pero al encontrarse con esos ojos marrones, sus labios se sellaron, incapaces de soltar ni una palabra. Era una súplica. Un grito de auxilio.

Itadori Yuji poseía aquella habilidad de plasmar el dolor de otros, de transmitirlo mediante sus facciones o sus palabras acaloradas, y para un par de cachorros que apenas respiraban, era como su amplificador. Hablaba por ellos, comunicaba su mensaje: "danos otra oportunidad".

Fushiguro pasó su mirada del joven a la caja, y así un par de veces más. La expresión del joven bombero no se suavizó, no cedió. En sus facciones varoniles no se plasmó ni un indicio de derrota. Permanecía ahí, plantado como un árbol de robusto tronco, completamente inamovible incluso contra los violentos vientos del exterior. 

Megumi se sintió como bajo la lluvia que aún continuaba fuera. Las gotas heladas y completamente imaginarias se colaban por su ropa, se deslizaban por su espalda desnuda haciéndole erizar, y todo solo por la inquebrantable personalidad del chico.

Itadori se sobresaltó al sentir unos largos dedos rozar los suyos, más toscos por su difícil labor diaria. En cuestión de segundos, el asistente le había arrebatado la caja entre sus manos y ahora, sin importarle mancharse su pulcra bata, la apegaba contra sí, caminando de vuelta hacia la puerta con un letrero que indicaba ser el cuarto especial para tratar casos de tal delicadeza. Yuji, hipnotizado o movido por su preocupación le siguió en silencio.

En la sien del universitario se remarcó una vena. ¿Qué estaba haciendo aquel terco joven?, ¿no podía quedarse fuera, quieto, en espera de que él hiciera su trabajo? Pues aparentemente no, porque aquel se pegó a su persona con la similitud casi exacta de un can grande, viendo las acciones de su dueño con impaciencia, aguardando por su tazón de croquetas mientras gimoteaba y babeaba. La clara preocupación en sus ojos caramelo motivó a Megumi a moverse. Sacó a los cachorros de la caja, cuidadosamente depositándolos sobre una mesa de exploración cubierta en un papel que cambiaba constantemente de acuerdo a cada paciente.

La raza de los perros era incierta, su anatomía dio pista a tratarse de alguna cruza entre un perro pástor alemán u ovejero, como se nombraba vulgarmente, con alguna raza de menor tamaño.

Calzándose un par de guantes, miró de reojo al chico. Era, sin duda, la viva imagen de un perro, tal vez un Golden Retriever o un Shiba Inu, sollozando lastimeramente. Claro que, era muy ridícula aquella comparación con un intimidante varón de un metro noventa y hombros tan anchos como el marco de una puerta.

— ¿Podría retirarse y esperar en la recepción? 

El joven bombero pestañeó, saliendo de su burbuja gracias a las palabras con un tono filoso cual alfiler del joven pelinegro. Entendió el mensaje de inmediato, aun así, le costó abandonar la estancia, por lo que arrastrando los pies y cabizbajo se dirigió fuera al no percibir un cambio de opinión en el auxiliar.

Al salir, comprobó el desastre que había ocasionado. Más allá de hacer trabajar al joven Megumi horas extra, había perturbado la limpieza del lugar por lo que se decidió por avanzar hacia un pequeño cubículo con un letrero de "cuarto de limpieza" en la puerta de madera. Sacó un trapeador y cubeta, y mientras Fushiguro se movilizaba haciendo maniobras que estimularan a los moribundos cachorros, ocupó su mente borrando las huellas negruzcas que dejó.

Miró hacia atrás, el cuarto del que había sido botado "amablemente" por el arisco joven que le atendió permanecía cerrado, y no había ruido que le diera la respuesta a sus grandes incógnitas.

Por ello, decidió terminar de secar el suelo, guardar todo en su lugar una vez se hubo limpiado también las suelas de sus zapatillas y tomar asiento en ese sofá reclinable que le llamaba a descansar de cargar sus penas en él. Escribió un mensaje para su abuelo. Había olvidado ese inconveniente.

No era un niño para preocupar de más al adulto de tercera edad, pero... era su abuelo, y tutor legal tras el fallecimiento de sus padres. Pese a su actitud tan agría como el jugo de un limón, y esas incontables veces que le decía que hiciera lo que quisiera con su vida, tenía la corazonada de que de desaparecer una noche sin avisar perturbaría ese desgastado corazón que guardaba el anciano dentro de su pecho.

Una vez hubo avisado lo ocurrido, sin contar con lujo de detalle pues un mensaje extenso solo haría que el mayor le ignorara con más facilidad, se recostó, reposando el celular sobre su pecho tras bloquearlo y perder de vista su fondo de pantalla de él junto a sus compañeros del Departamento de Bomberos de Tokio, posando orgullosamente con sus uniformes pesados que los hacían lucir más robustos de lo que ya eran.

Cerró sus ojos. 

¿Y ahora? Los minutos corrían y el reloj de pared solo lo atormentaba con su segundero avanzando y haciendo un sonido leve pero audible. Quiso tomar una revista, enfocarse en leer algo que no le interesaba realmente y perderse entre letras e imágenes, pero le fue difícil incorporarse. Como si recién hubiese corrido un maratón de cien kilómetros, ida y vuelta.

Sus preocupaciones se extendieron, más allá de las posibilidades de sobrevivir de los dos cachorros. Finalmente, estaba hablando de perros. No podría llevarlos a casa, con su abuelo sensible a sus pelajes, y en su larga lista de contactos no relucía alguien a quien confiarle la tarea. ¿Su superior Yuta Okkotsu? Era más de gatos, de hecho, había mencionado tener uno, muy problemático dejar a su cargo a dos pequeños perros. ¿Su insistente compañero que se empeñaba en llamarlo "hermano"? Todou era una opción completamente descartable, pese a su cariño hacia los animales, lo dudaba capaz de tener dos cachorros a su cuidado sin antes aplastarlos con sus gruesas manos. ¿Alguna chica? La más próxima a su persona era Kugisaki, pero su preferencia por los gatos se sabía por sus fotos en redes sociales llenas de los tiernos mininos. ¿Maki? Apenas y si le dirigía palabra a la novia de Kugisaki, quien decía gustar más de los perros que de los gatos, aunque sospechaba que era solo lo decía con intención de molestar a Nobara al llevarle la contraria.

¿Sus antiguos compañeros de la escuela? Ni siquiera recordaba sus nombres, y no era personal, pero tenía una memoria corta para memorizarlos cuando la mayoría de su tiempo la pasó perdiendo el tiempo, saltándose las clases –especialmente las ciencias como física y química, aún odiaba la palabra "mol"-, o recibiendo retos de los titulares de clubs deportivos a los que humillaba tras demostrar su talento natural para cualquier deporte así fuese la primera vez que sostenía un bate, una raqueta o rematara/encestara un balón.

¿Y su par de amigos del club de ocultismo? No, definitivamente no. Ambos eran oficinistas ocupados como para prestar atención a dos cachorros.

Quiso tironearse el cabello al no encontrar más opciones. ¿Qué más podía explorar?, ¿un refugio para perros? No sonaba mal, pero agujas se clavaban en su corazón al pensar en un segundo abandono de los indefensos seres. Esos que con sus gimoteos tan frágiles como el cristal, le pedía ayuda. 

Suspiró, sincronizado con el sonido de la puerta abriéndose. De un salto se levantó. Fushiguro se frotaba sus manos. Tenía el espacio entre sus largos y delgados dedos como de pianista cubiertos de talco, supuso que de los guantes que antes usó, pero era su piel tan blanca que apenas se notaba, lo que hacía más perceptible su red de vasos sanguíneos de color verdoso trazándose por su dorso.

— ¿Cómo están? —preguntó sin más. Fushiguro se había distraído mirando la limpieza retornada de los suelos. Estaba confuso, pero lo dejó pasar cuando ese extraño individuo le atrajo con su voz cargada en un nudo de sentimientos y emociones tan intensos que Megumi se vio apresurado a responderle para no prolongar su sufrimiento. 

— Están fuera de peligro, pero tendrán que permanecer bajo vigilancia por más tiempo, tomaré sus datos y otra papelería para que otorgue su permiso de tenerlos en observación

El pelinegro observó con extraña satisfacción como el peso se desmoronaba dejando los hombros de Itadori libres. 

— Te lo agradezco mucho, Fushiguro

Como un gato al que rocían agua, el universitario se erizó ante la confianza tomada por Yuji al llamarlo por su apellido para agradecerle. Claro, estaba impreso en su bata, pero más que su apellido, era el tono tan dulcificado, tan puro. Negó con la cabeza, aún tenía un par de preguntas rondando su cabeza alrededor de tan extraña persona pero ya las resolvería en la pequeña entrevista que era parte del protocolo de la clínica. Antes notificó a Yaga, el médico veterinario para avisarle que estaría un par de horas más y recibió apenas un pulgar alzado como respuesta. Supuso que estaba bien, aunque le hubiera gustado que viniera implícito con una aclaración de un pequeño aumento en su salario por salvar la vida de dos cachorros a pesar de estar fuera de su horario laboral.

El joven de orbes cual pradera fresca rodeó el mostrador para posteriormente insertar la contraseña que Inumaki había colocado al ordenador, odiando en silencio que fuera "salmón" como si no existiera otra clave menos extraña que aquel ingrediente acostumbrado de añadir a las bolas de arroz que tanto amaba el chico de blanco cabello.

Bufó, arrastrando el ratón hasta seleccionar la opción que abriría las hojas de registro.

— ¿Cuál es su nombre? —sus dedos se prepararon sobre el teclado, en espera de la respuesta del chico de cabello rosado.

— Itadori Yuji —respondió casi enseguida y su nombre fue registrado como propietario de los pacientes.

— Nombre de los pacientes —finalmente Megumi podía satisfacer la duda que lo carcomía mientras reanimaba a los cachorros.

¿Por qué los había traído en tan deplorables condiciones? La caja estaba húmeda, a nada de doblegarse bajo el peso de los animalillos, los pequeños perros no solo estaban desnutridos, mojados y por consecuente con frío, incluso habían defecado sobre el mismo espacio en que residían al estar tan limitados del movimiento por su debilidad física. Parecían recién nacidos, pero realmente podrían tener un mes. Al privarlos de alimento por mucho tiempo, su crecimiento se congeló, dedujo Megumi. 

Yuji se rascó la nuca. ¿Debería explicarle los acontecimientos al joven? Aquel le miraba expectante, y podía jurar que casi amenazaba con esos ojos verdes tan severos en un rostro de facciones relajadas, como si fuese incapaz de gesticular pero muy habilidoso para transmitir mensajes por medio de la mirada.

Decidió que lo más acertado sería explicarle detalladamente y poder salvarse de esos ojos de fiera que lo asechaban, como si buscara que cometiera el error de decirle que él los mantuvo en esas condiciones hasta que la culpabilidad lo arrastró hasta ahí. Entonces Fushiguro le saltaría a la yugular como una persona que se lamentaba más la muerte de un animal que de un desconocido. 

— En realidad no los he bautizado, hoy los encontré, justo unos minutos antes de llegar aquí

Los ojos del universitario pararon de mostrarle horribles escenas en las que lo decapitaría si era el responsable del sufrimiento de los peludos seres. Megumi asintió, aun así, debía insistir en un par de nombres o el registro no sería válido. Con algunos animales bajo su resguardo, recibiendo tratamiento, una confusión los llevaría a bochornosos errores como entregar al familiar la mascota incorrecta.

— Entiendo. Nombres.

Yuji tragó saliva. Era pésimo en ello. En recordar y asignar nombres.

— "Uno" y "Dos"

Itadori juraba que sentía las manos del más joven estrujando su cuello. Asfixiándolo por su pésima elección de nombres. Pero en realidad, Fushiguro no se había movido ni un centímetro. 

— "Pul..."

— No.

— Oye, son mis perros —se quejó. Finalmente, ¿no era él quien tenía todo el derecho de nombrarlos?, ¿por qué se dejaría intimidar por alguien claramente menor que él en estatura y edad?

— No.

— Bueno —desistió de llamarlos "pulga" y "huesos". El nombre más célebre que recordaba para un perro era el de aquel Shiba Inu que demostraba lealtad a su dueño. Pero tenía dos perros por nombrar, y llamarlos "Hachiko uno" y "Hachiko dos" era darle razones al malhumorado chico de asesinarlo. 

— Olvídalo —Megumi no se iba a molestar más al respecto. Salía humo de las orejas de Itadori mientras procesaba todas sus estúpidas opciones de nombre, y él solo quería irse a casa. Claro, querer no era lo mismo que poder.

El estudiante a veterinario tecleó con habilidad, Itadori se asomó a la pantalla para leer lo que había escrito, casi subiendo mitad de su pesado cuerpo sobre el alto escritorio. ¿Es que se tomó la confianza de nombrarlos él? Estaba sorprendido por la falta de respeto a sus mayores de aquel joven de cabellos intranquilos.

"Kuroi" y "Shiro".

Itadori sintió que su mandíbula se azotaba contra el escritorio de la recepción. ¡Eso era lo menos original que había leído y aun así ese chico se molestó con sus "asombrosas" opciones para nombre! Pronto descubrió que no podía objetar, por lo que refunfuñando le dio el resto de sus datos al menor junto a la cantidad a pagar por los servicios ofrecidos, finalmente recibió la papelería que lo distinguía como dueño de los pacientes.

Había sido costoso, pero menos que el precio a pagar si no hubiera conseguido salvarlos. Por lo que dobló las hojas y las guardó en su bolsillo menos mojado. La lluvia se había detenido en el exterior. Podía irse a casa y volver de acuerdo a la fecha que se asignó para dar de alta a los cachorros.

El sonido del celular, un tono predeterminado que hizo sentir a Itadori como si estuviera frente a un anticuado, provino del bolsillo trasero de Megumi, a lo que este respondió.

Fingiendo distraerse con el florero que adornaba el escritorio cristalino, escuchó los monosílabos que respondía el pelinegro a su jefe. Se notaba cansado mientras recibía instrucciones del hombre al otro lado de la línea. Por unos segundos sus ojos hipnóticos parecieron iluminarse, como quien gana un premio, pero enseguida volvió a su monótona expresión de hastío. Tras colgar, Megumi miró a quien ahora identificaba como Itadori Yuji, de veinticuatro años, apenas unos años mayor que él. Cuya ocupación era ser bombero, algo que no le sorprendía y por el contrario, correspondía bien a su complexión física robusta visible tras esa sudadera holgada que se pegaba a su cuerpo por la humedad. Megumi arrastró lejos esos pensamientos inoportunos antes de agregar con tranquilidad forzada.

— Le llamaremos ante cualquier urgencia que se presente en los cachorros durante su estadía, tiene los números impresos en el documento en la parte inferior para llamar dentro de los horarios de servicio —recalcó, haciendo sentir avergonzado a Itadori.—, y preguntar acerca del estado de los pacientes

El hombre de cabello de un rosa opaco asintió. Tenía oportunidad aún de averiguar quién podría hacerse cargo de los dos cachorros ahora bautizados por un arisco joven de gran atractivo, al menos, hasta que viniera a recogerlos al ser dados de alta.

Se despidió con efusividad, haciendo énfasis en estar al pendiente de su celular ante cualquier urgencia, y salió a las calles nocturnas, siguiendo por el rabillo de su ojo al pelinegro que se deslizaba con un aura penumbrosa a la maquina dispensadora de café del rincón. ¿Pasaría la noche ahí? No parecía haber nadie más para encargarse del cuidado de los nuevos y enfermizos inquilinos, sobre todo ese par delicado que podía empeorar en cualquier momento.

Yuji se sintió culpable por mantener a ese chico sujeto a la clínica, y con lentitud movió sus piernas en dirección a su hogar. La luna ya estaba en lo alto y las estrellas la acompañaban, apenas visibles con toda la iluminación nocturna típica de Tokio.

Vaya noche.