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EL CRIMEN DEL PADRE JACAERYS
Había caminado hasta la pequeña parroquia cuando le dijeron que por el camino tan irregular la carreta no podría subir. No le quedó de otra que agradecer, bajar sus dos maletas y echar a andar.
El camino era agradable, pero empinado y pedregoso, entendía que era peligroso subir hasta sólo con un caballo, menos una carreta. Comenzaba a entender por qué la congregación aquí era casi inexistente y nadie había querido recibir la comisión para venir y comunicar la palabra de los dioses.
Se detuvo a medio camino, era aun más empinado, más difícil cargando con las maletas y eso que no estaban en realidad pesadas. Ropa, sotanas y unos libros, eso era lo que había metido ahí y lo que resumía su vida, sencilla, austera y simple. Lejos en su pasado habían quedado los excesos, las grandes fiestas, el despilfarro de ser quien era.
El recuerdo lo hizo permanecer quieto por unos minutos, recorriendo en su mente la gran mansión familiar, los salones llenos de música y personas, el vino circulando entre todos los invitados, los grandes y pomposos vestidos y los bonitos y elegantes trajes. No era una mala vida, sólo que ya no era su vida.
Suspiró como respuesta a sus pensamientos, luego respiró profundo y volvió al ascenso por el camino, paso a paso, con seguridad, cuando llegó hasta arriba estaba sudando y le dolían las piernas. La parroquia, un edificio de piedra de hace trescientos años estaba en malas condiciones porque había estado vacía por varias décadas. Pero no importaba, no le asustaba que la puerta casi se le cae encima cuando la abrió, ni tampoco la cantidad de polvo y tierra que encontró dentro o que casi no había muebles.
Eso estaba bien, esta era su vida. Haría con ella algo maravilloso.
Encontró una pequeña habitación con cama, un colchón tan viejo que casi se aplastó por completo con su peso, un armario sin puertas y cuando entró al baño, el lugar tenía agua estancada de olor nauseabundo. Realmente sabía que no habría lujos, pero esto era bastante peor de lo que creyó.
Limpió durante todo el día hasta que, por la noche, agotado, se comió el emparedado que había traído consigo. No había más, la cocina era una habitación con una estufa que no pudo encender, así que no podría ni calentar agua para su té. Dejó la caja de metal con las bolsitas que le envió su hermano, le juro que seguiría enviando, que nunca le faltaría, aunque fuera ese pequeño detalle que le recordaría su hogar.
Se durmió con sed, pero con más cansancio, pareció que sólo cerró los ojos cuando alguien tocaba a la maltrecha puerta. Se arregló la ropa, pantalones negros y una camisa blanca, no podía dar una mala impresión. Abrió la puerta con cuidado para que no terminara en el piso. Afuera había una mujer que a él le pareció joven, tal vez sólo un poco más grande que su propia madre, con un vibrante cabello rojizo, pero pulcramente peinado en un moño alto. Vestía con propiedad, en un tono de verde muy claro, no brillante, con cuello cerrado y muy amplio de cintura y falda. Aquello no mostraba nada de la mujer y era el atuendo adecuado de una señora de buena familia.
-Padre Jacinto.
Aun no se acostumbraba a ese nombre, así que pasó unos momentos sin responder mientras el rostro de la mujer parecía confundido. Lo había tomado como su nombre religioso para dejar atrás su pasado y porque su verdadero nombre sonaba rimbombante y poco adecuado.
-Sí, por supuesto, soy yo – la mujer pareció aliviada y la tensión desapareció de su rostro.
-Sé que es muy temprano y estará cansado, pero quise venir a ofrecerle mi ayuda y veo que es demasiado necesaria.
La mujer se abre paso dentro de la parroquia dejando una nube de polvo por donde pasa su falda. Ella gira mirando el techo, las paredes, las dos sillas medio rotas que había por ahí. Mueve la cabeza y él percibe su descontento.
-No, esto es peor de lo que pensé. Se habló en el consejo del pueblo de que no se podía recibir un padre con la parroquia en estas condiciones, pero yo no subía ver que tan malas eran las condiciones.
-Ha estado abandonada mucho tiempo…
-Padre, no ha visto que aquí se refugian murciélagos – la mujer señala los lugares en el techo donde no llega la luz y las pequeñas sombras de los animales voladores lo sorprenden -. No, esto es intolerable, hasta que esto no sea adecuada remodelado no se puede quedar aquí.
No lo deja hablar ni una sola vez para negarse, lo hace recoger sus maletas y seguirla por el camino empinado hasta el valle, cruzan por varios campos de flores amarillas hasta llegar a una bonita casa a donde lo invita a pasar. Se siente nervioso, no la conoce, le ha dicho que es Alicent Hightower, viuda desde hace diez años, con 4 hijos, dos de ellos alfas de excelente crianza que ahora mismo se encuentran en la ciudad.
Pero eso no lo hace entrar a su casa con mayor confianza, una viuda no debería abrir la puerta de su hogar tan fácilmente. Por ello se sintió mejor cuando encontró a su padre, Otto Hightower viviendo con ella y una hija omega, Helaena.
Lo invitaron a quedarse, le dijeron que realmente nadie pensó que enviaran a un padre cuando no lo había hecho por tanto tiempo, pero que de su cuenta corría que la parroquia quedara bellísima en el menor tiempo posible.
La comunidad creyente comenzó a reunirse en la pequeña capilla de los Hightower cada domingo para escucharlo hablar de la palabra de los siete. Se habrían quedado sorprendidos si supieran que él no estudió nada de esto hasta hace poco, cuando entró en la iglesia cumpliendo una promesa que hizo.
Fue hace ocho años, cuando siendo solo un adolescente, tuvo que presenciar un terrible accidente cerca de la propiedad familiar en Dragonstone. Uno de sus hermanos menores salió a cabalgar, cosa que hacía desde siempre. Su hermano sólo tenía diez años en ese tiempo, pero ya era un jinete muy bueno, además de que Arrax, su precioso caballo era su compañero casi desde la cuna.
Su madre lo envió a buscarlo y cuando lo encontró, su hermanito era perseguido por un caballo desbocado, un percherón enorme. Más tarde descubrió que era una yegua, aunque por el tamaño nadie lo habría pensado. La yegua tenía jinete, pero simplemente no le estaba haciendo caso, los animales no seguían instrucciones, ni de su hermano ni del otro jinete y corrían desbocados acercándose al acantilado.
Azuzó a Vermax para alcanzarlos y aunque su preciosa yegua corrió como nunca no alcanzó a llegar antes de que Arrax cayera por el enorme precipicio rocoso.
Creyó que su hermanito estaría muerto. Pudo bajar por el acantilado con la ayuda de otro jinete quien parecía conmocionado por lo que había sucedido. Encontraron a Lucerys inconsciente y con un montón de sangre en la cabeza, lo cargaron hasta subirlo y para cuando lo pudo ver un médico no tuvo nada que hacer más que decirle a su madre que esto era cosa de esperar.
Le susurró que sólo un milagro haría que Lucerys despertara.
El milagro sucedió varios días después y él estuvo pidiendo a todos los dioses que conocía por la salud de su hermanito, el día en que prometió convertirse en padre de la fe de los siete si su hermano abría los ojos fue cuando lo hizo. Su madre quiso evitarlo, decirle que no tenía que hacer algo que no quería, pero se negó rotundamente a romper su palabra y partió a la ciudad para iniciar sus estudios en cuanto su hermano estuvo fuera de peligro.
Por eso, aquellos que lo escuchaban hablar y al final de su sermón lo elogiaban por su perfecta forma de interpretar la fe se reirían mucho de saber que esto no era algo que sentía y que sólo lo motivaba el hecho de que su hermano estaba vivo y consciente y podría seguir con su vida normal.
Aunque eso nadie lo tenía por qué saber, era un secreto que jamás contaría.
La vida no lo trataba tan mal, en la casa de los Hightower nadie lo molestaba, Otto se dedicaba a sus negocios, Helaena a coleccionar bichos, estudiarlos, diseccionarlos, dibujarlos y estudiarlos y Alicent a dirigir la remodelación de la parroquia.
De vez en vez le decía que fuera con ella a ver los trabajos. Era impresionante que estuviera haciendo todo a una velocidad tan grande, habían arreglado la nave, el torreón y la pequeña casita adyacente, aun no era habitable, porque le faltaba techo, pero estaría lista en menos tiempo del pensado.
No lo iba a negar, le emocionaba, un proyecto tan grande, aunque fuera en esta vida inesperada que nunca pidió.
Cuando por fin la parroquia estuvo lista para que viviera en ella y pudiera oficiar cada domingo habían pasado solo seis meses desde su llegada. La señora Hightower va casi todos los días a visitarlo y supervisar el trabajo de la vieja cocinera que se encarga de sus comidas. Helaena la acompaña de vez en vez, se interesa por los insectos que hay en su pequeño jardín y en el huerto que le han construido, pero nunca se interesa en él.
-Es una chica rara – le dice Alicent – por fortuna es beta y nadie espera que se case.
Casi nunca habla de sus hijos, le parece extraño porque las madres suelen hablar siempre de sus vástagos, es tal vez porque están lejos y sólo tiene a la chica cerca. Aprovecha para preguntarle, porque le causa curiosidad y quiere satisfacer su curiosidad.
-Sus otros hijos son alfa, ¿verdad?
-Oh sí, uno de ellos se ha interesado por la medicina – le comenta ella mientras pasa por entre las sencillas bancas en la parroquia, pone su dedo sobre los respaldos buscando polvo que pueda limpiar -, hace años tuvo un accidente y quedó impresionado por ello, así es como encontró su vocación en la vida. Mi otro hijo, por ser menor, no ha estudiado nada, tal vez sólo herede el dinero de su padre que administra su abuelo y es todo, su vida se concentra en los bailes de debutantes y pasarla bien.
Conoce esa vida, aunque no se lo dice a la señora Alicent, no tendría por qué explicarle nada. No extraña esos bailes, pero si la vida con sus hermanos, las cabalgatas o las tardes de lectura.
-En cambio mi hijo mayor es otra historia -dice suspirando.
-Es cierto – recuerda él, al principio había dicho que tenía cuatro hijos, aunque nunca ha mencionado al cuarto -, había olvidado que tiene otro hijo, no ha hablado de él hasta ahora.
-Es complicado
Alicent parece tensa, se truena los dedos de forma distraída, parece pensar qué sería conveniente decirle y que es mejor que nunca sepa.
- ¿Se ha casado su hijo mayor?
- ¡Oh no! Mi hijo mayor es omega y aunque ha debutado desde que cumplió dieciséis años, me temo que su tiempo ha pasado.
Eso también lo entiende, sus primas ya tienen veinte años y casi parecía que no se iban a casar nunca, cuatro años para poder tener una buena propuesta, una que les asegurara una vida sin mayores complicaciones.
- ¿Qué edad tiene su hijo mayor?
-Treinta años, es todo un escándalo, se esperaba que eligiera fácilmente, que tuviera muchas propuestas…
- ¿No tuvo ninguna?
-Claro que sí -responde ella de inmediato, lo mira como si se apenara, le cuesta decir aquello porque tal vez no lo entiende -. Pero usted tal vez no sepa, los omega masculinos no siempre son los más populares, a su alrededor había muchas bellas flores, lindas omegas femeninas que se llevaron lo mejor año tras año.
-No siempre es fácil encontrar alguien a quién amar.
Ella lo mira sorprendida antes de echarse a reír.
- ¿Amar? Es usted un romántico o un tonto, con todo respeto.
Él arruga la nariz, no encuentra el respeto en que ella le diga tonto, pero como es una mujer mayor no le dice nada que evidencie su molestia por la forma de hablarle.
-No hay amor en el matrimonio, no lo hay la mayoría de las veces. El omega busca seguridad, un hogar donde haya techo, ropa, comida y a cambio, entrega hijos que hereden. Mi hijo mayor es omega, tenía que casarse bien o mejor no casarse, dejar que sus hermanos tuvieran un poco de compasión por él y parece que mis hijos alfa no son unos malditos. Estoy seguro de que ellos cuidarán a su hermano y hermana y no dejarán que la desgracia los orille a alguna situación vergonzosa.
Escucha sus palabras y entiende que le diga tonto. Los alfas controlan todas las situaciones de la vida, estudian, manejan el dinero, las propiedades y las herencias. Los betas son ignorados en la sociedad, pero por lo menos podrían estudiar algún oficio o tener algún negocio, pero los omegas debía casarse para solucionar su vida o esperar que algún familiar alfa tuviera compasión de ellos.
Sus hermanos son omega y es sólo gracias al segundo matrimonio de su madre que le ha dado dos hijos alfa muy saludables es que él ha podido cumplir su promesa y dedicarse a la fe. Sus pequeños hermanos alfa cuidarán de la familia, heredarán, tendrán hijos que continúen con su apellido.
Bueno, el apellido del segundo esposo de su madre.
Es un tonto, claro. Antes de terminar abrazando la fe si había esperado encontrar el amor.
Había pasado un año cuando las cosas cambiaron, él no lo sabía, por supuesto que no, porque su vida era como siempre. Tranquila, apacible, se dedicaba a leer y cada día de la semana añadía varios párrafos a su sermón del domingo. No le nacía del corazón aleccionar a todos, él era más joven que la mayoría de la comunidad, hasta que la misma Helaena que era la persona más cercana a su edad. Había niños, pero muy pocos. Los jóvenes no se quedaban en la campiña, en los pueblecitos perdidos. Ellos solían ir a la ciudad, a relacionarse con prospectos para un matrimonio, a estudiar, a pasar tiempo lejos de sus padres y sus reglas.
Su hermanito menor estaba ahora en la ciudad, recorría esos bailes, sonreía a alfas que tal vez se mostrarían interesados. Esos alfas serían idiotas si no notaran a su hermanito.
Helaena entró en la cocina de la parroquia como si fuera la propia, la cocinera levantó la ceja pero no dijo nada, no iba a regañar a la joven que vivía en su propio mundo.
-Mi madre lo invita a cenar – dice y la mujer mayor que la escucha casi avienta la olla.
- ¿Así de la nada? – le responde la mujer, la chica sonríe con dulzura sin darse cuenta de que sus palabras han causado molestia. – Niéguese, padre Jacinto, la señora Alicent cree que es dueña de su tiempo.
Él sabe que de hecho debería haberlo invitado sin tanta premura, de forma oficial, no con la visita de la chica.
-Mi hermano ha venido y mi madre quiere que lo conozca.
-Ah no – dice la cocinera con el cucharón en la mano, casi lista para defenderse de una amenaza invisible. – Si el padre Jacinto fuera un alfa casadero estaría en problemas, aun así eso es un trampa de la señora Alicent, debería negarse padre Jacinto. ¿Usted le ha hablado de su familia? La señora debe querer que algún alfa de sus conocidos se case con el omega que se le quedó, siendo el mayor se esperaba más, pero no salió ni regalado, ahora es viejo y se quedará a cuidar a su madre si no pasa otra cosa.
-No, yo no tengo hermanos alfa en edad de casarse – siente la necesidad de aclarar aquello porque no quiere malos entendidos -. Mis dos hermanos pequeños son alfa, pero son unos niños muy chicos.
-Entonces vaya, vaya – le recalca la cocinera – usted está a salvo de maquinaciones de madres desesperadas.
Helaena lo mira esperando su respuesta.
-Iré, estaré ahí más tarde.
La chica sonríe, encantada con la respuesta positiva, cosa que jamás dudó obtener, porque finalmente su madre es una persona muy creyente, la fe es parte importante de su vida. No tiene ninguna intención oculta y si sus otros hermanos, los alfa, llegaran de visita, el joven párroco también tendría una invitación para la cena.
Pero a Helaena si le interesa que el padre conozco a su hermano mayor. No sabe por qué está tan segura de que se llevarán exageradamente bien.
