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Algún día, vendrá algo mejor. Es como un mantra o una oración, algo que Atsushi cree con fe religiosa, y lo único que lo mantiene atado a la vida miserable que le tocó. Los chicos mayores estudian y se van del orfanato al egresar del instituto técnico, y aunque la compensación material que tienen que devolver dura toda la vida, al menos pueden vivir en otra parte como adultos. Y se ven felices y seguros de lo que hacen, por lo menos. Ser adulto es sinónimo de libertad.
Para eso faltan casi veinte años, así que Atsushi navega el día como puede y espera la noche para escabullirse en la biblioteca. Los escritores, ha descubierto, no parecen pertenecer a la raza humana. Incluso cuando narran cosas horribles y crueles, sus voces no pierden ese manto suave de dignidad con el que cubren a sus personajes. ¡Ah, los personajes literarios! Son muchísimo más soportables que la gente. Si uno no quiere interactuar con ellos, basta con cerrar el libro para ponerles un límite, y ni siquiera insultarlos tiene alguna repercusión. No es necesario defenderse de ellos.
Claro está, no puede decirse lo mismo de los seres humanos. Hay algo en la existencia de Atsushi que les resulta profundamente ofensivo, pero su naturaleza pacífica desata en su contra un sadismo perverso. Un día, al despertarse, sus manos tocan algo raro sobre la almohada. Frunciendo el ceño, intenta agarrarlo, pero se escapa como agua entre sus dedos. Sólo al abrir por completo los ojos nota que es cabello.
Cabello que fue cortado de su cabeza.
La explicación no tarda en llegar: sus compañeros juzgaron que ya era hora de un corte, porque de otro modo estarían arriesgándose a que Atsushi fuera enviado por error a la habitación de las niñas.
—Deberías agradecernos—dice uno de ellos, rompiendo a reír junto con todos los demás al momento siguiente.
Este incidente se repite tantas veces que Atsushi deja de intentar corregir el flequillo en diagonal, resignándose a que su cuerpo no es suyo. “Algún día, vendrá algo mejor”. Mientras tanto, su alma contiene tantas multitudes que ya ni se molesta en esconder sus lecturas: durante los escasos ratos libres en que no usan a los huérfanos como fuerza de trabajo, siempre tiene la nariz metida en un libro. Sus compañeras juegan con muñecas a su alrededor, y sus compañeros practican fútbol o béisbol un poco más alejados en el patio.
—¿Por qué no estás allá? —pregunta alguna vez una niña, prístinas trenzas enmarcando su expresión malintencionada a pesar de lo dulce de su tono.
Probablemente sólo está cuidando su territorio femenino sagrado, así que Atsushi le responde de buena gana. Con simpleza.
—No me gustan los deportes.
Y eso que lo intentó. La biografía de un haijin moderno que le gusta mucho decía que el hombre adoraba el béisbol, pero Atsushi tiene los reflejos de una piedra. Una vez se tropezó con sus propios pies haciendo de pitcher y tuvo que sentarse durante toda la jornada en el banco suplente, solo y dolorido.
Algunas niñas saben sobre esa anécdota, otras no. Da igual: todas se ríen. Un tigre blanco de peluche es arrojado en su dirección y rebota contra su cabeza, en una socarrona invitación para jugar con él. Contrario a lo que sería recomendable, Atsushi lo toma. Es un muñeco bastante viejo y con signos de uso por todas partes, como cualquier otro juguete del orfanato, y su cara tiene una forma linda y gentil. Le recuerda a las leyendas chinas que tanto le interesan últimamente, según las cuales los tigres protegen a los inocentes y los débiles.
Las niñas se ríen como hienas, y Atsushi se sonroja de vergüenza. La gente parece estar bajo la impresión de que las mujeres son más amables que los hombres, pero no es más que eso. Una impresión. Toda la raza humana está compuesta de gente horrible.
Después de alejarse corriendo, Atsushi se trepa a un árbol enorme donde nadie puede molestarlo. Su libro de cuentos reposa entre sus pies sobre la rama enorme que lo sostiene. A veces, observar la naturaleza en silencio también es hacer poesía. Era un pensamiento demasiado abstracto y nebuloso cuando lo leyó, pero ahora cobra sentido.
“Ojalá hubiera nacido como un tigre”, se encuentra pensando, sin dudas influenciado por una lectura reciente. El Reino de las Bestias es inferior al humano, se supone: al carecer de lenguaje, los animales no entienden su propia identidad y sólo pueden vivir en el presente. Pero, ¿realmente sería tan malo no estar restringido por las normas sociales? Si no tuviera tanto miedo, podría devolver la violencia y las maldades. Incluso podría hacerle frente a su padre cuando intentase castigarlo por ello. En lugar de desear un mundo más comprensivo, atacaría cuando lo ataquen. Mataría con tal de sobrevivir. Y eso sería todo.
Si fuera un tigre, ni siquiera estaría atado a este lugar.
**
Mientras los observa discutir acaloradamente, Atsushi cataloga a Dazai como dionisíaco y a Kunikida como apolíneo. Las categorías vienen solas, como si la poesía de ese enigmático escritor extranjero que le quita el sueño en estos días se estuviese fundiendo con la realidad. Más allá de la moralidad que pueda adosarse a las figuras mitológicas griegas, sin embargo, Atsushi está reconociendo en el mundo exterior al orfanato dos polaridades de la masculinidad.
Ahora tiene el lenguaje para hacerlo, aunque sea algo más bien intuitivo. Por un lado, está Kunikida, el “hombre japonés según Occidente” que vive para trabajar, un engranaje perfectamente aceitado de la maquinaria social que llevó a la Gran Guerra y que el sistema no ha sabido abandonar. Sin gente como él, el mundo no podría sostenerse bajo ningún orden. Suyas son las clasificaciones de los campos científicos, la paciencia y la tecnología. Atsushi sabe que ese orden establecido odia a las anomalías como él y, aunque no ha tomado represalias violentas, no le gusta en absoluto la idea de alinearse con ese costado de la vida.
Por otro lado, Dazai es el caos encarnado. Camina en los límites y los márgenes, coquetea con la mismísima muerte, y cuestiona todo sentido común con su sola presencia. Es una crítica a los errores del sistema, pero una llena de excesos que le dan sabor a la vida. Fundamentalmente, lo que inquieta a Atsushi es que muchísimas cosas burbujean bajo su superficie. Donde Kunikida es brutalmente honesto, Dazai está lleno de secretos que no puede verbalizar. Y ese es un camino que Atsushi no puede tomar, siendo tan dolorosamente honesto como es.
Un horrible pensamiento toma raíz en su cabeza: ¿y si no hay nada “mejor” afuera del orfanato? ¿Y si está condenado a vagar por el mundo sin hallar jamás un lugar al que pertenecer? Fuera de esta polaridad mencionada sólo hay muerte propia y violencia contra los pares, el opuesto exacto de lo que él quiere habitar.
Evidentemente, su cara demuestra que está perdido en pensamientos laberínticos, porque Dazai le da un golpecito con el dedo en la frente.
—¿Estás escuchando, Atsushi-kun?
—¿Eh…?
—Vamos a ir a un almacén del puerto a esperar al tigre. Falta poco para que caiga el sol, así que te recomiendo que comas todo el chazuke que puedas antes de salir.
—Ni se te ocurra—sisea Kunikida—. Voy a tener que sacar la tarjeta de crédito si este mocoso sigue comiendo.
Atsushi ha asistido a muchas peleas en su vida y tiene un sentido de la observación más desarrollado que el de la mayoría de gente. Para él es evidente que la animosidad que se tienen estos tipos no está teñida de maldad, y que pueden trabajar juntos a pesar de sus desacuerdos porque se respetan en lo básico y tienen objetivos en común.
Quizás, aunque uno no encuentre gente igual a sí mismo, aún haya formas de vivir que no impliquen una soledad aplastante. Sería un alivio que así fuera, a decir verdad.
Cuando salen a la calle, Kunikida dice que va a volver a la agencia e intercambia una mirada elocuente con Dazai. Luego, se gira hacia Atsushi y sus facciones se atenúan un poco.
—Gracias por la comida—dice Atsushi con una inclinación de cabeza.
—No agradezcas. Dazai me la va a pagar de una forma u otra.
Parece que quisiera decir algo más, pero la honestidad tiene sus límites. Una vez están solos, el brazo de Dazai le rodea los hombros y algo en el contacto se siente raro. Para ser tan caótico, el hombre tiene un curioso efecto calmante en su presencia. Los arquetipos, al fin y al cabo, son diferentes de las personas de carne y hueso.
—Kunikida-kun es un aguafiestas, ¿no te parece?
—Un desconocido apareció de la nada y se comió su salario. Puedo entender su actitud.
—Un desconocido que me salvó la vida. No te lo agradecí, ¿cierto?
—Bueno, estabas…tratando de no sobrevivir. Tiene sentido que no lo hicieras, Dazai-san.
—Una muerte tan patética hubiera sido una lástima. Si no fuera por ti, no podría vivir para cometer suicidio doble otro día con una mujer hermosa. ¡Gracias!
Por primera vez desde que salió del orfanato, Atsushi se ríe. Es la primera vez que le agradecen algo, y que sea por causa de una situación tan extraña y graciosa le quita cierta dimensión trágica a la vida. Esa capacidad de transmutar el dolor en payasadas es admirable. Ojalá sobrevivan al tigre esta noche.
Ojalá, porque algo mejor finalmente está llegando.
