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Más dulce que el té

Summary:

Basado en este post de Tumblr: https://www.tumblr.com/harry-watson/158750156341/teenlock-idea-theres-a-wall-in-their-school

Existe un mural usado como confesionario público, donde se escriben mensajes anónimos, secretos y confesiones. Un día Mike Stamford descubre un mensaje en ese mural:

"Soy gay y estoy perdidamente enamorado del capitán de rugby."

El equipo de rugby, encabezado por Mike, decide encontrar al autor del misterioso mensaje y conseguirle algo de amor al recientemente autodeclarado bisexual Capitán John Watson. Le toman una foto al muro, la imprimen y hacen folletos instando a que el enamorado desconocido se comunique al número de móvil de Mike.
Cuando John llega al día siguiente, los pasillos están empapelados con los folletos. Es una lástima que no le hayan consultado antes; sabe que sus amigos tienen buenas intenciones, pero a él no le interesa la identidad del admirador secreto. Su corazón le pertenece desde hace tiempo a su tímido compañero de laboratorio, Sherlock Holmes.

Historia escrita en Mayo 2024.

Notes:

❤Fluff. Mucho Fluff. Puro Fluff. Y nada más que Fluff. ❤

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

John estaba molesto. Hubiera preferido compartir clases con sus amigos o, al menos, con alguien a quien conociera; en cambio debía pasar dos horas trabajando junto a un nuevo compañero de laboratorio. Este año se había estado retando a salir de su zona de confort una y otra vez: al volver de las vacaciones anunció sin mucho revuelo su atracción tanto por muchachos como por muchachas y, más allá de algún que otro comentario desagradable, no había habido incidentes. Sus amigos lo habían aceptado, sin cambiar por ello la dinámica de su relación. Esto animó a John a postularse para la capitanía del equipo de rugby, la cual ganó entre vítores y aplausos. John se sentía contento de las decisiones tomadas, cómodo en su piel; pero hubiera sido mejor no haberse anotado en una clase que no atendía ninguno de sus amigos. No se le daba bien hablar con desconocidos; sin embargo, se decidió a darle una oportunidad y hacer su mejor intento.

Entró al laboratorio y se sentó en una silla junto a una mesa vacía. Con el móvil en la mano, se preguntó una vez más si era demasiado tarde para pedir un cambio a la clase de su mejor amigo; estaba a punto de enviarle un mensaje a Mike cuando sintió el peso de alguien sentándose en la silla a su lado. Alzó la vista, y lo recibió la imagen de un perfil de nariz y mandíbula prominente, perteneciente a una figura alta y elegante. El recién llegado no le había dirigido la palabra, ni siquiera lo había mirado; se mantenía erguido y distante con aires de superioridad. Una horda de estudiantes entró a tropel al dar la hora en punto, y trajo consigo un olor indefinible. John olfateó el aire sin poder distinguir con exactitud la fuente de ese aroma dulzón y ligeramente nauseabundo; olfateó sus ropas con disimulo, sin encontrarse por ello más cerca de la respuesta. Arrugó la nariz con disgusto. Su compañero dio un ligero vistazo a su alrededor y rompió el silencio con voz suave:

— Flora Millar.

— ¿Qué?

— No eres tú y, antes de que me huelas a mí, te avisaré que tampoco soy yo.

John lo miró, confundido.

—El olor que sientes es etanol desnaturalizado, fijador, propilenglicol, agua destilada y esencias de vainilla y frambuesas, mezclados con trazas de jugo de uvas.

—Flora…

—Flora Millar derramó jugo de uvas en su camisa (aún puede verse las dos ligeras manchas sobre el lado derecho del cuello de la prenda), y se echó encima un frasco entero de perfume en su intento de borrarlas, o esconderlas. Sin éxito.

—Eso es… muy impresionante.

La única respuesta a su comentario fue un ligero asentimiento, la suficiencia se leía en el doblez de su sonrisa.

—Yo soy…

—John Watson. Capitán del equipo de rugby —lo atajó, mientras lo recorría con la mirada—. La musculatura de brazos, hombros, espalda y muslos delatan el entrenamiento. Las callosidades de tus dedos y el modo en que dispones las manos hablan del agarre del balón. El posicionamiento de la cabeza y el uso claro de la voz delatan una posición de mando; aunque, por la escasez de aires de superioridad, me atrevería a afirmar que el nombramiento es reciente, o que eres una persona muy humilde. O ambos —hizo una pequeña pausa, y continuó—: Estás molesto por estar aquí. Te sientes incómodo y preferirías estar con tus amigos; pero quedaste atascado con un tipo que no conoces… y que no acaba de caerte bien —concluyó con una leve sonrisa.

John exhaló. No se había dado cuenta de que había estado conteniendo el aliento.

—Asombroso —dijo en un susurro, sus ojos brillando de admiración.

Un rojo subido coloreó el rostro del muchacho sentado rígidamente a su lado.

—Sherlock —murmuró, y escondió su embarazo tras un carraspeo—. Me llamo Sherlock Holmes.

—Es un placer —respondió John, mirando a su compañero de laboratorio con renovada curiosidad.

Parecía que estas clases no iban a ser tan tediosas como se imaginó en un principio.

✨✨✨

Las clases de química se convirtieron en sus favoritas. Eran las únicas que compartía con Sherlock, y John esperaba con ansias poder compartir un par de horas con ese muchacho inteligente y enigmático. No hablaba mucho pero, cuando lo hacía, dejaba a John anonadado con sus observaciones detalladas y sus deducciones certeras.

John ya había notado que Sherlock no parecía comunicar sus pensamientos a nadie más en clase. Quizás era a causa de la proximidad física o de los halagos que él no podía contener luego de cada interacción; Sherlock no registraba la existencia de sus otros compañeros de clase, y eso producía en John una extraña satisfacción egoísta. Los días en los que lograba arrancarle una palabra o una sonrisa, la felicidad lo abrumaba durante el resto del día.

Una mañana, Sherlock dedujo sin fallos que John había tomado taza y media de café negro y un muffin integral como desayuno.

—Es obvio, John —no pudo evitar sonreírse ante el asombro de su compañero—. El color de tus dientes, las migajas en la comisura de tus labios, la mancha en el puño de tu camisa, incluso tu aliento y la sequedad de tu boca te delatan.

—Eres increíble, realmente —repetía John—. Brillante.

Se convirtió en su rutina. Sherlock se sentaba expectante, la vista clavada en la puerta, hasta que John la atravesaba. Entonces sus músculos se relajaban, lo saludaba cordialmente y deducía con precisión el desayuno consumido algunas horas atrás. Como pago, John se desarmaba en expresiones de admiración e invariablemente Sherlock sonreía, el carmín brillando en sus mejillas.

Varios meses habían transcurrido, y la amistad florecía entre miradas y sonrisas. John había estado entrenando duro toda la semana y, sumado a las escasas horas de sueño que llevaba encima, encontraba difícil enfocar su mente en la clase. Se había quedado mirando al vacío, la cara apoyada en la palma de su mano, cuando un “John” lo trajo abruptamente a la realidad. Sherlock había intentado despertarlo de su ensoñación susurrando suavemente en su oído; y con ello había condenado a John a otra semana más de insomnio.

Sin importar lo que hiciera, John no lograba evitar caer en el recuerdo de ese instante cada vez que se metía en la cama. Esa voz grave junto a su oído le había producido un chispazo eléctrico que le recorrió la columna y se le instaló en el cerebro. Y, con el descubrimiento del poder que esa voz había tenido en él, comenzó a notar otras cosas en Sherlock, que lo enternecían, lo maravillaban o le quitaban el aliento. Sus manos llamaron poderosamente su atención, largas y delicadas, con pequeñas manchas y cicatrices; las contemplaba en cada oportunidad con el deleite del lepidopterólogo que ha encontrado una especie rara de mariposa. La elegancia de su porte tampoco le pasó desapercibida, así como la belleza de sus rasgos; le gustaba su risa silenciosa y el brillo astuto de sus ojos grises. Su olor ya le era familiar: cuero, amoníaco y un toque de jengibre; sus fantasías se plagaban con largos dedos enredados en sus cabellos o el tono susurrante de una voz grave junto a su oído.

La sonrisa con la que ahora llegaba al laboratorio no lo abandonaba en todo el día, y su corazón latía esperanzado cada vez que recibía una tímida sonrisa a cambio. Sherlock comenzaba a abrirse; ahora no era extraño que él iniciara las interacciones, entre sonrojos y tartamudeos. Poco a poco John se armó de confianza, y se permitió regalarle miradas que querían ser elocuentes.

—Cambiaste el peinado —le comentó una mañana, mientras tomaba asiento—. Me gusta, hace que se luzcan más tus ojos.

Sherlock sólo murmuró un tímido “gracias”; pero a partir de entonces se presentó cada mañana ostentando ese mismo peinado, aunque le tomara quince minutos más frente al espejo.

Por otra parte, la partida no acababa y Sherlock no se había equivocado ni una vez. Ese día John decidió hacérselo más difícil: llegó a clases con una sonrisa pícara jugueteandole en el rostro y se paró frente a Sherlock, a la espera. Éste lo examinó de cerca, parándose a escasos centímetros de él.

—Debí saber que no te gusta perder —dictaminó, mordiéndose el labio para contener la risa.

John reprimió el escalofrío que esa voz de barítono le produjo, y el intenso deseo de capturar ese mismo labio entre sus dientes.

—Espirulina diluida en mantequilla derretida y dos uvas moradas —declaró triunfante—. Querido John, me halaga que te tomes tantas molestias para probar mis habilidades, pero desaconsejaría que siguieras con esa dieta. La encuentro poco saludable, y francamente repulsiva.

Con la sonrisa boba que lo asaltaba en cada ocasión en que Sherlock se refería a él como “querido”, lo invitó a seguir el juego:

—Dime.

—La espirulina deja trazas de un característico color verde en los dientes y tus labios suelen estar más resecos —dijo fijando su vista en la boca de John.

Éste reprimió un escalofrío bajo el escrutinio de esa atenta mirada, e intentó no pensar demasiado en el hecho de que Sherlock se había fijado en sus labios lo suficiente como para notar ese detalle.

—Hoy —continuó Sherlock— están humectados, con un leve brillo. Además, puedo percibir un hollejo de uva tinta entre tu canino y tu primer premolar —agregó, y movió su vista hacia los ojos del joven parado a tan poca distancia—; odias las uvas tintas, sólo comerías una para molestarme —sonrió—, y tu personalidad de ligera tendencia hacia lo obsesivo te llevó a comer una de más, para asegurarte.

John le devolvió la sonrisa, y sus latidos se aceleraron al notar repentinamente lo cerca que estaban el uno del otro; comenzó a reclinarse lentamente hasta que su aliento se posó suave sobre los labios de Sherlock, invitándolo a dar el paso que los uniría a los suyos. Justo cuando sus párpados se entornaban coquetos, el laboratorio se enmudeció con la llegada del profesor y el inicio de la clase.

Esa tarde un mensaje apareció escrito en el Mural: una pared que, a fuerza de albergar graffitis y garabatos hechos por los estudiantes, había terminado por convertirse en un confesionario público que ostentaba los testimonios anónimos con la osadía de quien revela un secreto ajeno. El mensaje, escrito con una letra paradójica que reflejaba a partes iguales la precisión y el desorden, era el siguiente:

Soy gay y estoy perdidamente enamorado del capitán de rugby

En cuanto Mike Stamford lo leyó, decidió que debía encontrar a quien lo hubiera escrito. Hacía meses que John no asistía a ninguna fiesta, y más tiempo aún que no salía en una cita. Era un gran tipo, un buen capitán y excelente amigo; por lo que Mike solicitó la ayuda del equipo entero y se puso manos a la obra para conseguirle algo de amor al adorable John Watson. Tomaron una foto del mensaje e imprimieron folletos que incluían el número de móvil de Stamford y la exhortación al autor del mismo para que se comunicase de forma urgente vía texto.

John llegó al día siguiente y se vio sumergido en pasillos repletos de los famosos folletos. ¿Qué haría ahora? Sabía que su equipo tenía las mejores intenciones, y le conmovía profundamente su entusiasmo; sin embargo, hubiera preferido que le preguntaran antes de lanzarse en tan insólita aventura. Después de todo, a él no le interesaba la identidad del admirador misterioso; sólo tenía ojos para cierto muchacho alto de tímida sonrisa.

Luego del entrenamiento, convocó a su equipo al vestuario y les contó sobre sus sentimientos hacia su compañero de laboratorio. No había terminado de contar las mil y una interacciones dulces que habían compartido cuando el teléfono de Mike emitió un sonoro pitido. Le había llegado un texto.

Feliz?

—Escucha —le dijo Mike a John, algo embarazado—. No te dije nada porque empezaste a contarnos sobre tu enamoramiento, pero alguien me escribió afirmando ser el autor del mensaje en el Mural, y le pedí pruebas.

John tomó el móvil que se le extendía, y leyó:

John?

Soy tu admirador secreto

El del muro

Pruébalo

A continuación había un video en el que una mano escribía sobre un papel con esa característica letra:

Escribo esto como prueba de que soy aquel que escribió en el Mural las palabras “Soy gay y estoy perdidamente enamorado del capitán de rugby”.

El corazón de John dio un vuelco al reconocer esa mano. Cómo podría no hacerlo, cuando era la mano que saturaba sus más secretas fantasías con promesas de suaves toques sobre su piel y cosquillas en el cuello; si se había imaginado incontables veces a esa misma mano entrelazada con la suya, jugueteando con las hebras de su cabello, apretando levemente su nuca entre besos y suspiros.

Feliz? , decía el último mensaje enviado.

 

Mucho , escribió John.

Entonces… te gusto?

 

Creí que a estas alturas eso ya había quedado establecido

 

Por qué no dijiste nada?

Personalmente

 

Tenía miedo de que me rechazaras.

Fue un gran día para mí ese en el que anunciaste tu bisexualidad

 

John rió por lo bajo.

 

Apuesto a que sí.

Espera… ya te gustaba entonces?

 

Me gustas desde hace tiempo

 

Una pícara sonrisa se ensanchó en los labios de John mientras escribía el siguiente mensaje:

Lo siento si te di falsas esperanzas

Yo ya estoy enamorado de alguien

 

Y agregó rápido, antes de que la broma terminase mal:

De mi compañero de laboratorio

Él no lo sabe, pero yo estoy loco de amor

Estaba pensando en invitarlo a salir

 

Varios minutos transcurrieron hasta que llegó el siguiente texto:

 

En serio?

Deberías hacerlo

 

Tengo tu bendición entonces?

 

Totalmente

Invítalo a salir

Dirá que sí

 

Gracias!

Me encantó hablar contigo

 

A mí también

 

Adiós

 

Nos vemos, John

 

John dejó escapar la carcajada al leer el último mensaje del chat: por supuesto que se verían. Las mejillas le dolían, sin notarlo había estado sonriendo como un idiota frente a todo el equipo de rugby. Le devolvió su móvil a Mike, y éste lo miró, expectante:

—¿Y? ¿Tienes una cita con el misterioso muchacho sin nombre?

—No —respondió John con deleite, y todavía sonriendo salió del vestuario.

A pesar de que era temprano, Sherlock ya lo estaba esperando. Lo saludó como de costumbre y se sentó a su lado; mantuvieron el silencio durante toda la clase, pero cada que vez que sus miradas se encontraban intercambiaban sonrisas y sonrojos. Cuando la clase terminó y el laboratorio comenzó a vaciarse, John juntó valor y dijo:

—Estaba pensando… —Sherlock levantó la vista hasta sus ojos, devorándolo con la mirada; de pronto John se sintió muy nervioso, pero continuó—: ¿Te gustaría almorzar conmigo hoy?

—Claro —respondió Sherlock con las mejillas arreboladas.

—Me… me refiero a que sea una cita —aclaró John—, una cita de almuerzo.

Sherlock sonrió, mordiéndose el labio inferior.

—Sí… me gustaría eso.

Tímidamente acercó su mano a la de John, y éste entrelazó sus dedos con rapidez. Cuando sus ojos se encontraron, se apresuraron a disminuir el espacio que los separaba. Sherlock no pudo evitar contemplar la boca que se le ofrecía a pocos centímetros de la suya y, cuando entornó suavemente los párpados, sintió la mano que lo sostuvo por la mandíbula y lo guió en el beso que ambos habían estado posponiendo. Su mano libre encontró la nuca de John, y el tiempo se detuvo en un instante perfecto. Su primer beso fue tranquilo, delicado, dulce.

—Té endulzado con leche y tostadas cubiertas en mantequilla y mermelada —susurró Sherlock contra sus labios.

John estalló en carcajadas, feliz de haber perdido en ese extraño juego que habían inventado. Aún riendo, ambos compartieron otro rápido beso y se retiraron del laboratorio con rumbo a la cafetería; no se soltaron las manos hasta que se sentaron a almorzar.

Mike echó de menos su presencia en la mesa del equipo; y, si se asombró cuando John le pidió que le enviara la foto del Mural y el video del admirador secreto, no comentó nada al respecto.

✨✨✨

La tarde ya llegaba a su fin, y la sala de estar comenzaba a oscurecerse. John estaba sentado en su sofá junto a su novio, la televisión seguía encendida pero hacía tiempo que había dejado de prestarle atención. Tenía el móvil en la mano, y murmuraba para sí mientras eliminaba los archivos que no necesitaba y guardaba los demás. De pronto, se cruzó con una foto que le llevó una sonrisa a los labios: unas palabras apenas legibles escritas sobre un muro.

—¿Alguna vez te conté que tuve un admirador secreto? —le preguntó a Sherlock en un susurro.

Sintió cómo el joven se tensaba bajo su abrazo, y siguió:

—Estaba tan loco por mí que lo escribió en un muro —dijo con voz soñadora—. Un gesto así sin duda me hubiera conquistado —y luego de una pausa agregó—: lástima que ya estaba loco por él desde hacía meses.

—¿Él no sabía… —preguntó Sherlock quedamente, acurrucándose aún más junto al cálido cuerpo a su lado—: que te gustaba?

—No creo, no.

—Qué idiota —suspiró Sherlock, y besó la mejilla que se le ofrecía, casi con reverencia.

—Que no te escuche decir eso —le confió John al oído—, puede ser bastante vanidoso —y borró con un beso la falsa mueca de ofensa de los labios de su novio.

 

Notes:

¡Muchas gracias por leer!

Comentarios y Kudos son bienvenidos.

Historia disponible en español y en inglés.

 

✨✨Scarlett Macbeth✨✨

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