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Nuestra relación fingida

Summary:

La llegada de Beth al pueblo pelícano hubiera terminado de buena manera si no fuera por la aparición de Alex. Desde entonces, ellos dos se han jurado una enemistad eterna. Aunque quizá los mensajes confusos de Sebastián o su mala suerte en el amor cambien ese destino. Todo por un trato.

Chapter 1: bienvenida

Chapter Text

Elizabeth era una chica con problemas.

Vino al pueblo pelícano con la excusa de relajarse y disfrutar del campo. Así lo redactaba su abuelo en aquella carta que le daba derecho a las propiedades de la granja. En un principio pensó en quedarse en el área de la granja y no salir, pero lógicamente tenía que ir a comprar suministros y semillas, por lo que aquella idea fue olvidada.

Afrontó el primer día con entusiasmo y muchos nervios. Nada más llegar y bajar a la parada, se encontró con una mujer de hermosos mechones anaranjados, casi todos recogidos en una coleta alta. Se presentó como carpintera, Robin, la causante de que tuviera un lugar donde dormir. En pocos minutos también conocería al alcalde; el alcalde Lewis. Hablaron brevemente y apareció el tema de su abuelo. Con leve incomodidad, Beth informo de que él no estaba entre nosotros y que le mandaba recuerdos. Finalmente, se despidió de los dos y tuvo el tiempo suficiente para explorar y una vez que se hizo de noche, descansó.

El segundo día llegó con más relajación y una extraña motivación para conocer a los demás. Se levantó de la cama con energías extras y a las nueve de la mañana entro en la plaza, esta conectaba todos los caminos que conducían hacia las diferentes casas o tiendas. Se sorprendió al saber que en aquel pueblo había un centro de salud, un bar, un rancho y un supermercado. También vio un centro cívico, pero estaba abandonado.

Empezó por la tienda, la tienda de Pierre's. Pensó que allí quizás –y además de la hora, las nueve de la mañana– encontraría el establecimiento concurrido. Tuvo razón, contó alrededor de tres personas entre las estanterías y dos en la caja. Una mujer bajita y con un largo y rizado. Sus ojos marrones se abrieron y se acercó hasta ella.

—¡No sabía que la granjera vendría hoy! —exclamo agarrando con suavidad los brazos de la chica—¡Bienvenida, cariño! ¡Soy Marnie! Tengo una tienda de suministros de animales en mi rancho, si tienes algún problema, no dudes en venir a mi casa.

Sonrió con nerviosismo y asintió. A su lado apareció un hombre un pelín más alto que Marnie. El hombre lucía un bigote cuidado con un pelo castaño, corto. Su nombre era Gus y era el dueño del salón de fruta estelar.

—Encantado de conocerte, Beth —soltó la mano de la granjera tras un apretón—Si necesitas alguna comida o bebida, tampoco dudes en acudir, el salón estará abierto para ti.

—Lo tendré en cuenta.

Después conocido a Jodi, una mujer de casa. Ella le comento que tenía dos hijos, uno llamado Vincent y otro Sam, aparentemente de su edad. En un momento dado, la mujer tapo su boca con su mano y río con suavidad.

—Me alegra de que venga alguien nuevo —aclaró—, además de joven , claro.

Sonrió con el mismo nerviosismo que antes y la vio desaparecer. Se acercó a la caja, donde antes Marnie y Jodi esperaban a pagar sus respectivas compras. Apareció, detrás suya, una chica aproximadamente de su edad. Tenía un extraño pelo morado y unos brillantes ojos verdes.

—Es la primera vez que te veo aquí —soltó—He oído que eres nueva. Soy Abigail, un gusto.

Mientras ella se presentaba, Beth intentaba recuperar el aliento debido al susto. Abigail se quedó contemplando el rostro de ella; tenía las mejillas sonrojadas y su pecho subía y bajaba con rapidez.

—Encan..tada, Elizabeth —tartamudeo y extendió su mano.

Vio como ella sonreía y aceptada el agarre gustosa.

—Espero que tú estancia aquí sea la más agradable.

Abigail presentó a la granjera a su madre, Caroline. Observó lo poco que se parecían. La mujer, al contrario que su hija, tenía una cabellera verde brillante. Lo único parecido eran sus ojos verdes.

—Espero que mi hija y tu hagan buenas migas —deseo—. Es una buena muchacha.

—¡Mamá!

Sin poder evitarlo, una carcajada salió de sus labios. Eran las primera horas allí y ya se lo estaba pasando en grande.

—¡Bienvenida, granjera! —hablo por último el dueño, dedujo que se llama Pierre—¡Aquí vendemos las mejores semillas y productos agrícolas! ¡Lo mejores precios, con la mejor calidad!

Al parecer era un hombre muy competitivo, quiso pensar, ya que en el lugar, como había dicho antes, existía un supermercado. Respondió de forma afirmativa y le aseguro con una sonrisa de confianza.

Se despidió de Abigail y Caroline. Al salir el viento le recibió chocando contra su rostro. Aquello le dio gusto, le alivio el dolor de cabeza por haber adquirido tanta información en tan poco tiempo. Sólo podía pensar lo amables y educados que habían sido los habitantes de aquel pueblo Pelícano.

Hasta que chocó con él.

Durante el resto del día, conoció el resto; al lado de un árbol, encontró leyendo a Penny, que vivía en una caravana al lado del río con su madre, Pam. Continuó por el camino hasta bajar cerca del río, donde se ubicaban dos casas, allí fue sorprendida por Sam, un amante del skate y de la música. Cerca suyo se encontró con Sebastián, amigo de Abigail y que le gustaba fumar mucho. Él vivía con Robin, que era su madre, su padrastro, llamado Demetrius y su hermanastra, Maru, que le gustaba la mecánica. De la casa más cercana, con tablones de madera blanquecinos y tejado rojo, aparecieron dos chicas. Estaban peleando, siendo la de mechones rubios la que más gritaba. Cuando se dieron cuenta de la presencia de alguien nuevo, se calmaron y se presentaron como Haley, la menor y Emily, la mayor.

—¡Un gusto conoceros! ¡Nos vemos! —la granjera alzó el brazo y lo sacudió con energía.

Sam la copio de la misma forma. Sebastián sacudió la cabeza, Haley ignoró el ruido y Emily grito un "Adiós". La granjera se fue satisfecha, ocultando sus manos en los bolsillos de su holgada sudadera. Iba feliz, con los ojos cerrados. Empezaba a sentirse como en casa, se dejó llevar por la amabilidad, la sencillez y la tranquilidad del lugar. Volvió sobre sus pasos, rodeando el bar y de repente, recibió un golpe.

El impacto llegó a la parte superior de su cabeza, a su lado izquierdo. Era un tacto duro, áspero que le había causado un dolor horrible. Sin poder reaccionar, su cuerpo cayó desplomado al suelo. La vista empezó a dar vueltas y no pensaba con claridad.

—¡Oh, madre mía! ¿Estás bien? —su voz cada vez se acercaba a ella— ¡Si eres la nueva granjera!

Cuando todo volvió a la normalidad y sus ojos lograron percibir a la figura causante del golpe. Era joven, también de su edad, observó que detrás de la chaqueta tenía una buena forma. Aún así le dedicó la primera mirada enfada del día.

—¿Apuntas con el culo? —preguntó con sarcasmo.

—¿Disculpa? —su cara se contrajo, frunciendo el ceño.

Vio como la chica soltaba un suspiro y se levantaba, sin ayuda de nadie. Sus ojos castaños apreciaron los verdosos de ella.

—Solo mira mejor la próxima vez —susurro con su mano apoyada en la zona afectada.

Le dejo con la respuesta en la boca, la chica le dio la espalda y se fue andando hacia su granja. Por el camino, observó por el rabillo del ojo, que la puerta del centro de salud se abría. De ella salía un hombre alto y vestido de traje. Cuando percibió a la chica se acercó a ella con prisa.

—¡Hey, eres la granjera! —chillo, su pelo estaba alborotado y sonreía con suficiencia—¡Soy Harvey! El médico del lugar, siempre que quieras puedes venir al centro para una consulta.

—Oh, encantada —sonrió—. Muchas gracias, lo tendré en cuenta.

Tras una sonrisa, el hombre desapareció por el camino. Ahora todo se había vuelto oscuro, era de noche. Beth llegó finalmente a su casa tras un día exhausto. Se tumbó en la cama y automáticamente cayó dormida.

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Un año después. De nuevo comenzaba la primavera, Hermione ya era una granjera con experiencia básica, había construido un establo y un corral. Gracias a Marnie tenía dos gallinas y dos vacas. Por ahora, tenía dinero asegurado.

Además de la ganadería, trabajaba también la agricultura. Tendría que comprar semillas a Pierre ya que la época de primavera había comenzado. Además de pescar, suponía que alguna raza nueva aparecería. También aprovecharía para ir a las minas, aunque eso era la tarea principal en invierno; en esa época no se podía cultivar nada, acaso que tuvieras un invernadero, claro.

Salió de su granja y como cada día, se aseguró de que sus cuatro animales estuvieran bien. Recogió la leche y los huevos y colocó heno
en el lugar correspondiente, también noto que faltaba heno, por lo que también tendría que hacer una visita a Marnie. Le dio sus respectivos mimitos a cada uno y salió de la zona con la cesta cargada.

Tras ponerlo en la inmensa caja para venderlos y coger su mochila con una buena cantidad de dinero, la granjera salió a un ritmo pausado. Avanzó por el camino marcado y pronto se dividió en dos, unas flechas marcaban la estación de autobuses y otra el centro del pueblo. De pronto, la chica se detuvo, con los ojos fijos en las señales. Recordó que, justo hace un año, ella piso las tierras del pueblo pelícano. Sonrió cálidamente tras haberlo recordado y más alegre, continuó.

Era una hora perfecta para ir a comprar, justo las nueve en punto de la mañana. No era miércoles –que era cuando Pierre's cerraba– y no era demasiado tarde. Se propuso visitar a todos sus amigos, durante todo el invierno no les había visto mucho; solamente en los festivales y cuando ella iba a felicitarles por sus cumpleaños. Pero ahora que comenzaba a hacer buen tiempo no tenía excusa.

Sonrió triunfal ante sus ideas, no lo iba a negar, había veces que tenía un ego increíble. Infló su pecho y camino con elegancia hacia la primera tienda, Pierre's. Acercó –una vez que llegó y además se le pasó el orgullo– su mano al pomo para acceder, pero, sintió el tacto de otra cosa, sintió que no tocaba el pomo, sino una mano. Una que, desgraciadamente, conocía muy bien.

—¡Oye! —exclamaron los dos, a la vez, con la misma voz subida de tono.

—Buenos días, Alex —saludó, con las buenas formas, a su vecino—Pasa tu primero.

El aludido no se movió.

—Buenos días para ti también, granjera —repitió con una inmensa y arrogante sonrisa—Venia de entrenar a por una botella fresquita, hay que mantener el tipo, ¿sabes?

—Genial —sonrió y miró hacia los lados, fingiendo buscar algo. El chico la miró confundido—Pero creo que nadie te pregunto.

Le dirigió una mirada molesta y el chico rodó los ojos.

—Oh venga, que intentaba ser amable.

—Impropio de ti, entonces —hizo el ademán de entrar, pero este le impidió el paso—, no estoy de humor.

—No te comportes como una niñita —opinó y sonrió con los dientes—Creí verte muy contenta, tal vez así.

Imitó su postura anterior y la chica se sonrojó, muerta de la vergüenza. En su mente se veía más guay y genial.

—Hazte un lado —susurró, con la cara ardiendo.

—¿Y las palabras mágicas?

—¿Quién es el niñito ahora?

—Olvídate de entrar —dijo y usó su cuerpo como muralla—, si es que eso quieres, claro.

Este tío... es realmente un niñato caprichoso, pensó. La paciencia empezaba a escasear, tampoco quería obedecer, tenía que proteger su orgullo. Frunció su ceño, mientras el otro se apoyaba en ambos lados de la puerta. Intentó quitarle de ahí; agarró su brazo, rodeo su cintura y tiró para su dirección. Pero era imposible, sus brazos eran como columnas inquebrantables. La frustración no tardó en sumarse, así que la chica lo agarró del cuello de su camisa, como si fuera a lograr algo. Entonces, escuchó su risa, se estaba burlando de ella y entonces....

Crack

Toda su rodilla impactó en la entrepierna de este. Un grito se escuchó después y el deportista finalmente se hizo a un lado, con las manos en la zona afectada. La granjera sonrió con orgullo y victoria. Con cuidado, paso a su lado para avanzar, pero, de repente, Alex le agarró la pierna.

Soltó un chillido y cayó al suelo, dándose en la barbilla. Un jadeo se escapó de sus labios y trató de levantarse apoyándose en sus manos, pero de nuevo la agarraron por su brazo y la obligaron a quedar boca arriba, observando el rostro del deportista.

—¡Por Yoba! ¿Puedes dejarme en paz? —suplicó, con la mano libre en dirección a la cara del moreno (siendo opacada por la otra de él, vaya)—¿Es que no puedes dejar de ser tan egocéntrico y cabezota?

—¿Por qué iba a hacerlo? Me debes algo —recordó, con el pulso firme—. Yo siempre termino lo que empiezo, granjera.

Río con insuficiencia—. Por favor, que mal se te da bromear, jamás tu....

—No bromeo, estoy siendo serio.

Su mandíbula se tensó. La paciencia que una vez tuvo había desaparecido, además con ello sus coherentes pensamientos. Querida estrangularlo y después usar su cabeza como pelota de Ruby (aunque fuera el deporte que menos le gustará). Movió sus piernas en el aire, con el objetivo de darle, solo causando que el chico continuará riéndose. Beth farfulló palabras mal sonantes, cuando de pronto se sintió mareada y con ello aprecio un dolor de cabeza. Apretó los ojos y esta vez susurró que el contrario no entendió. Sin embargo, segundos después sintió que sus brazos fueron liberados. Abrió sus ojos y encontró a alguien coger el cuello de la chaqueta de Alex y tirarle hacía un lado.

—¡Jovencito! —exclamó una vez descubierta Evelyn, la abuela del chico, que con su pequeña mano agarraba con fuerza la oreja del chico—¡Creo que no te enseñe a tratar a una mujer de esa forma!

—¡Ay, duele!

—¡Así lo aprenderás mejor!

La granjera miro la pelea aún tirada en el suelo y con su mano descansando en su barbilla. El dolor se había acentuado e incluso su vista se volvió borrosa. Alex, mirando a otro lado que no fuera a su abuela, noto extraña a Beth. Se deshizo del agarre y trato de acercarse hasta ella.

—¿Te encuentras bien? —susurró agarrándola por los hombros—. Estas pálida.

—Supongo —hablo bajito, con las manos en su pecho, controlando su respiración—. Tan solo veo un poco mal, no creo que sea tan grave.

Estaba preocupado, ya que el sonido que hizo su barbilla contra el suelo no sonó muy bien. Iba a abrir la boca, asegurarle que debía ir al médico, que estaba tan solo a unos metros de allí. Sin embargo, alguien más agarró a la chica por detrás. Se trataba de Sebastián, que desde lejos había visto toda la escena. Hailey ante su repentina aparición pegó un salto, para más tarde sus mejillas se sonrojaron y comenzó a sentir sus piernas débiles.

—Te has dado un buen golpe —dijo, escueto—. Vayamos ahora al centro.

—Pero....

Dejaron al deportista solo, junto con su abuela. Ella estaba en silencio, con la mirada curiosa, como un presencia invisible.

—Esa chica es muy mona.

—Si la comparas con un ogro tal vez —secundó y de nuevo le volvieron a agarrar la oreja—¡No he dicho nada, lo juro!



Harvey la sentó sobre la camilla, trató de ser cuidadoso en cada movimiento, acción contra la pobre granjera, la cual estaba en el tercer sueño. Durante diez minutos, el doctor comprobó sus latidos, su vista y su reacciones ante estímulos externos.

—Todo parece estar en orden —objetó, escribiendo todo en su libreta—. Simplemente habrá tenido una bajada de azúcar, por eso esa cara pálida. Lo mejor será llevarla a su casa y que allí descanse unas horas.

El chico azabache asintió y acto seguido volvió a apoyar uno de sus brazos en sus hombros. Durante todo el camino estuvieron en silencio, pero fue bastante relajante. Iban a paso lento, con la respiración pesada de ella como acompañante a la tranquilidad que emanaba el bosque. Mientras, el chico aprovecho a sacar un cigarro y se lo puso en la oreja. Para así cuando la dejo sentada en la terraza, poder encenderlo con el mechero que guardaba en su pantalón.

—Uhg.. —tosió ella, con los ojos entrecerrados y arrugando la nariz—. No entiendo esa pasión que tienes para fumar.

Sus ojos negros se clavaron en los de ella.

—Es rutina —respondió, con simpleza—, se ha convertido en algo tan natural, que ni siquiera tengo que pensarlo.

Asintió con su cabeza y segundos después bajo la mirada al suelo, encontrando interesante la tierra que pronto tendría pasto. Fueron solo segundos y tras una calada por parte del azabache, la granjera se puso de pie. Al principio no hubo reacción por el chico, no hasta que las manos de ella se acercaron con peligrosidad a su cigarrillo.

—Ojala hacer todas las cosas como si de un simple cigarro se tratará —susurró y con destreza (aún estando un poco mareada) le quitó de sus dedos aquel cigarro—. Así todo sería más fácil, más.....

Y lo miró, descansando ahora en sus manos, con un brillo intenso en sus ojos azules.

»Más bonito.

Sin despegar la mirada del cigarrillo, Sebastián no lo hacía de Beth. Sus labios recibieron aquel estimulante; absorbió el humo y este más tarde salió, chocando con el rostro del contrario. Una suave risa se escuchó después.

—¿Sabes? Quizá no esté tan mal, está cosa te relaja.

Él otro se limitó a asentir. Beth observo como sus finos labios se curvaron a una pequeña sonrisa. Ante aquello sus mejillas sonrojaron y sintió un remolino en su estómago. Su sonrisa no era algo nuevo para ella, dos veces había podido verla, una cuando le dio su regalo y otra cuando lo encontró una noche en el lago, ella salía de la mina. Fue un bonito recuerdo, que lo guardaría en el fondo de su corazón.

—Quizá haya encontrado algo bueno a esto —dijo el azabache, refiriéndose al cigarro—. Gracias a ti.

Sus ojos fueron testigos de una sonrisa aparecer en los labios del chico, una que era tan solo para ella, como algo intimo. Beth devolvió aquello con otra sonrisa, una mucho más ancha y que mostraba cada uno de sus dientes. También le dio la confianza suficiente para acercarse un paso, con la intención de acortar la distancia y que fue correspondido por el chico; él dio dos pasos más y estaba tan cerca que obligó a la chica a apoyar sus dos manos en el pecho de él. Beth era capaz de percibir su respiración tranquila chocar contra sus mejillas y se le escapó una pequeña risa, hasta que unos labios ocuparon los suyos y dos manos descansaron a la altura de su cintura.

Ese beso cambió todo para Beth.

Ella estaba enamorada de Sebastián desde hacía un año. Quizá fue amor a primera vista o fue por qué fue el primer amigo que hizo en aquel pueblo. Logró entrar en aquella armadura tan resistente y creyó convenirse en una de las mejores amistades del chico. Disfruto de aquel beso como si fuera el primero.

Aquel día dormiría tranquila.